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Historias de reinvención en primera persona

Historias de reinvención en primera persona
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La presente pandemia ha generado un fuerte deterioro en la situación de los emprendedores informales, en particular, de aquellos que se encuentran en situaciones difíciles por vivir en barrios carenciados sin acceso a ingresos permanentes y con pocas posibilidades de llevar un aislamiento preventivo. 
Por eso. deben hacer  malabares para poder continuar con sus ventas o para reinventarse a través de nuevas actividades. El tercer sector se volvió clave en este contexto de crisis.

Marta Bekerman, presidenta de la ONG Avanzar, contó cómo es el trabajo que realiza esta institución desde el año 2001 para acompañar a los pequeños emprendedores a desarrollar sus proyectos, y salir adelante a través de capacitaciones y microcréditos. El proyecto, incluso, se extendió a personas que se encuentran en riesgo de calle, a refugiados y a gente que sale de la cárcel.

“Ante esta realidad creo que todos los días debemos pensar nuevos ideas innovadoras  que contribuyan a lograr la inclusión social”, dijo, y agregó: “Es que hoy mas que nunca, esta pandemia nos está haciendo tomar una mayor conciencia de que la sociedad no brinda a todos los mismos instrumentos para poder salir adelante”.

Emprendedores, en primera persona

Adriana Vega es depiladora. Lleva adelante su propio emprendimiento “AMBER” que brinda servicios de depilación. Empezó a ir a domicilio. porque necesitaba salir a trabajar. Armó un protocolo propio. Aprovechó para capacitarse por Zoom en unos cursos que venía postergando. Se perfeccionó en laminado de cejas y lifting, pestañas y tratamientos nuevos que van saliendo. Además, como tenía productos en stock pudo vender algunos insumos a la gente que le pedía.

Natalia Salvático es maquilladora social. Su trabajo requiere del contacto físico y las restricciones del aislamiento siguen sin permitirle seguir con sus tareas. “Arranqué a vender por internet productos de maquillaje y del cuidado de la piel”, explicó y aseguró que “hay que estar todo el tiempo en movimiento” por eso también da clases de automaquillaje.

Fernando López no es la primera vez que se reinventa. Es abogado y hace tres años que vino de Venezuela. Trabajaba en un estudio jurídico y a partir de que se decretó el aislamiento obligatorio quedó a la deriva. Junto a su mujer empezó a cocinar la típica comida venezolana. Con la ayuda de la ONG Avanzar lograron comprar todos los instrumentos que necesitaban para empezar su emprendimiento. “No es un ingreso fijo, pero nos ayudó para seguir adelante”, dijo.

Carmen Giménez también comenzó a vender comida. En su caso, ella es costurera y desde que arrancó la cuarentena no tuvo clientes ni dinero para invertir en nuevas telas. Con el Ingreso familiar de emergencia (IFE), ayuda que entrega la Anses, se compró una panchera y empezó a vender en la vereda de su casa. “Me tuve que adaptar a las circunstancias”, dijo.


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