Christine Lagarde

Directora del Fondo Monetario Internacional.

Cuando la historia rima

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Mark Twain observó, “La historia nunca se repite, pero muchas veces rima”. Los jefes de Estado que se congregan en París esta semana para conmemorar el final de la Primera Guerra Mundial deberían prestar mucha atención a los ecos de la historia y evitar repetir las notas discordantes del pasado.
Durante siglos, el rumbo de la economía mundial respondió a dos fuerzas conexas: el progreso tecnológico y la integración internacional. Estas fuerzas pueden impulsar la prosperidad de todas las naciones. Pero si no se las maneja bien, también pueden provocar calamidades. La Primera Guerra Mundial es un ejemplo indeleble de una catástrofe total.
Las cinco décadas que la precedieron fueron un período de avance tecnológico notable: barcos a vapor, locomoción, electrificación y telecomunicaciones. Fue el período en el que tomó forma el mundo moderno. A la vez, fue un período de integración mundial sin precedentes; para muchos, fue la primera era de la globalización, en la cual bienes, capitales y personas pudieron cruzar las fronteras nacionales con obstáculos relativamente mínimos. Entre 1870 y 1913, en muchas economías aumentó con fuerza la exportación como proporción del PIB, lo cual es un signo de creciente apertura.
Todo esto generó gran riqueza, que, sin embargo, no se distribuyó justa ni equitativamente. Fue la era de fábricas sombrías y peligrosas, y de los barones ladrones. Fue una era de desigualdad enorme y creciente. En 1910, en el Reino Unido, el 1% más acaudalado de la población controlaba casi 70% de la riqueza nacional , una disparidad aun hoy histórica.
Entonces, como ahora, la creciente desigualdad y la disparidad de los beneficios de la evolución tecnológica y la globalización produjeron una reacción. Mientras se gestaba la guerra, cada país respondió pujando por obtener ventajas para sí mismo, abandonando la idea de la cooperación mutua y jugando un juego de suma cero. El resultado fue la catástrofe: todo el peso de la tecnología moderna volcado a la carnicería y la destrucción.
Y en 1918, cuando los líderes contemplaron los campos de amapolas sembrados de cadáveres, las conclusiones que sacaron fueron las equivocadas. Nuevamente, la ventaja a corto plazo primó sobre la prosperidad a largo plazo; los países se alejaron del comercio internacional, intentaron recrear el patrón oro y dejaron de lado los mecanismos de la cooperación pacífica. Como John Maynard Keynes -uno de los padres fundadores del FMI- escribió en respuesta al Tratado de Versalles, la insistencia en sumir a Alemania en la ruina económica terminaría en una catástrofe. Le sobró razón.
Los líderes mundiales tuvieron que enfrentar el espanto de otra guerra para encontrar soluciones más duraderas a nuestros problemas comunes. Las Naciones Unidas, el Banco Mundial y, por supuesto, la institución que dirijo, el FMI, se enorgullecen de ser parte de ese legado.
Y el sistema creado después de la Segunda Guerra Mundial siempre tuvo como objetivo la capacidad de adaptación. Del paso a los regímenes cambiarios flexibles en la década de 1970 a la fundación de la Organización Mundial del Comercio, nuestros predecesores reconocieron que la cooperación internacional debe evolucionar para sobrevivir.
Hoy vemos notables parecidos con el período previo a la Gran Guerra: avances tecnológicos deslumbrantes, creciente integración mundial y prosperidad cada vez mayor, que ha arrancado a una enorme cantidad de personas de la pobreza, pero que también ha dejado a muchos a la zaga. Las redes de protección son mejores y han ayudado, pero en algunos lugares vemos nuevamente creciente ira y frustración, sumadas a una reacción en contra de la globalización. Y, una vez más, necesitamos adaptarnos.
Eso me ha llevado últimamente a propugnar un nuevo multilateralismo , que sea más incluyente, esté más centrado en las personas y rinda cuentas más a fondo. Este nuevo multilateralismo debe revivir el espíritu de cooperación y, a la vez, abordar un espectro más amplio de retos, desde la integración financiera y las tecnofinanzas hasta el costo de la corrupción y el cambio climático.
Nuestros estudios recientes sobre los beneficios macroeconómicos del empoderamiento de la mujer y la modernización del sistema de comercio internacional ofrecen ideas nuevas para crear un sistema mejor.
Cada uno de nosotros -cada dirigente y cada ciudadano – tiene la responsabilidad de contribuir a esta reconstrucción.
Después de todo, lo que era verdad en 1918 sigue siéndolo hoy: la convivencia pacífica de las naciones y las perspectivas económicas de millones dependen directamente de nuestra capacidad para descubrir las rimas de nuestra historia común.

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A diez años de la caída de Lehman Brothers

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La crisis financiera internacional continúa siendo uno de los acontecimientos decisivos de nuestros días.Dejará marcada para siempre a la generación que la atravesó. Las secuelas de la crisis —los onerosos costos económicos que soporta la gente común y corriente, sumados a la indignación que causan el rescate de los bancos y la impunidad de los banqueros en un momento en que los sueldos reales siguen estancados— son uno de los principales factores que explican la reacción en contra de la globalización, sobre todo en las economías avanzadas, y la pérdida de confianza en el gobierno y otras instituciones.
En este sentido, la crisis ha dejado una honda huella que amenaza con perdurar. Con todo, el décimo aniversario del colapso de Lehman Brothers, un suceso que en su momento me dejó atónita, nos ofrece la oportunidad de evaluar la respuesta a la crisis a lo largo de la última década.
El colapso de Lehman Brothers provocó un pánico generalizado en el sistema financiero que condujo a una crisis sistémica. En total, 24 países fueron víctimas de crisis bancarias y en la mayoría de ellos la actividad económica aún no ha retomado la tendencia. Un estudio sugiere que el estadounidense promedio perderá USD 70.000 de los ingresos percibidos durante toda su vida por culpa de la crisis. Los gobiernos tampoco escapan al problema. En las economías avanzadas, la deuda pública aumentó más de 30 puntos porcentuales del PIB, en parte debido a la debilidad económica, a los esfuerzos por estimular la economía y al rescate de los bancos en problemas.
Retrospectivamente, los puntos de presión parecen obvios. Pero no lo fueron tanto en su momento. Fueron contados los economistas que predijeron lo que se venía. Se trata de un ejemplo aleccionador de endogamia intelectual.
¿Cuáles fueron los puntos de presión? Fundamentalmente, una innovación financiera frente a la cual la regulación y la supervisión quedaron muy, pero muy a la zaga. Las instituciones financieras se volcaron frenéticamente a asumir riesgos sin la menor prudencia, sobre todo en Estados Unidos y Europa. Entre otras cosas, se apoyaron menos en los depósitos tradicionales y más en el financiamiento a corto plazo, rebajando drásticamente las exigencias para el otorgamiento de crédito, sacando préstamos del balance mediante dudosas técnicas de titulización y, a nivel más general, empujando la actividad hacia rincones ocultos del sector financiero, menos expuestos a la supervisión regulatoria. Por ejemplo, la cuota de mercado de las hipotecas de baja calidad en Estados Unidos llegó a 40% del total de títulos con respaldo hipotecario en 2006, frente a un nivel de prácticamente cero a comienzos de la década de 1990.
A su vez, el aumento de la globalización de los servicios bancarios y financieros produjo un efecto de cascada rápido y peligroso. Los bancos europeos eran grandes compradores de títulos estadounidenses con aval hipotecario. Al mismo tiempo, el lanzamiento del euro encauzó voluminosos flujos de capital hacia la periferia a medida que se abarataba el endeudamiento. Estos flujos estaban financiados por bancos del núcleo de la eurozona, que se transformaron en otro canal de contagio financiero. La globalización también contribuyó al problema por medio del arbitraje regulatorio: las instituciones financieras podían exigir una supervisión menos estricta aprovechando la posibilidad de trasladarse a jurisdicciones más favorables.
Si las políticas de respuesta a estos riesgos antes de la crisis fueron deficientes, debo decir que las medidas adoptadas inmediatamente después fueron impresionantes. Los gobiernos de las grandes economías representadas en el G-20 coordinaron las políticas a escala internacional. Los países con problemas bancarios limitaron el daño de las convulsiones del sector financiero en la economía real recurriendo, entre otras medidas, al capital de respaldo, las garantías de deuda y las compras de activos. Los bancos centrales cortaron a destajo las tasas de política monetaria y luego se adentraron en la profundidad de aguas desconocidas, embarcados en políticas monetarias no convencionales. Los gobiernos apuntalaron la demanda con fuertes estímulos fiscales.
El FMI también colaboró. Movilizamos a los países miembros para expandir drásticamente nuestros recursos financieros, gracias a lo cual pudimos comprometer casi USD 500.000 millones a países en crisis. También inyectamos USD 250.000 millones de liquidez internacional en el sistema; una cifra sin precedentes. Modernizamos los marcos de préstamo para acelerar y flexibilizar la respuesta que damos a las necesidades de los países; entre otras cosas, eliminando los intereses que se cobraban a los países de bajo ingreso. Y pusimos en marcha un serio replanteamiento de la macroeconomía para comprender mejor lo que se nos había escapado a todos, incluso los complejos vínculos entre el sector financiero y la economía real.
Combinadas, y en el contexto de la acción colectiva internacional, estas políticas en gran medida surtieron efecto en el sentido de que se evitó un peor desenlace. No había nada asegurado: inmediatamente después del colapso de Lehman, realmente estábamos al borde del abismo. Efectivamente, estaba atónita.
Las políticas también abordaron los errores que condujeron a la crisis. Los bancos tienen posiciones de capital y liquidez mucho más sólidas. Se han recortado las entidades fuera del balance y se las ha sometido a un régimen regulatorio. Los bancos grandes se enfrentan a una normativa más estricta, y su apalancamiento es más bajo. No se suscribe prácticamente ninguna hipoteca de baja calidad. Gran parte de los derivados extrabursátiles pasan ahora por un sistema centralizado de compensación.
Todo esto es positivo, pero no basta. Demasiados bancos siguen siendo débiles, especialmente en Europa. La capitalización bancaria probablemente debería ser mayor. El fenómeno de las instituciones cuya quiebra no se puede tolerar debido a su tamaño sigue siendo problemático porque los bancos crecen en tamaño y complejidad. Aún no se progresado lo suficiente en cuanto a la resolución de los bancos en vías de quiebra, sobre todo en su dimensión transfronteriza. Muchas de las actividades de dudosa legalidad se están trasladando a la banca paralela. Y encima de todo esto, la constante innovación financiera —como las transacciones de gran frecuencia y las tecnofinanzas— añaden otros problemas para la estabilidad financiera. Además, y quizás esto sea lo más preocupante, las autoridades se enfrentan a una presión sustancial por parte de la industria para replegar la normativa emplazada tras la crisis.
Otro ámbito importante no ha cambiado mucho: el de la cultura, los valores y la ética. Como ya he señalado, el sector financiero sigue anteponiendo las utilidades inmediatas a la prudencia a largo plazo, el cortoplacismo a la sostenibilidad. No hay más que pensar en los numerosos escándalos financieros ocurridos desde Lehman. La ética no es solo importante en sí misma, sino también porque su ausencia tiene consecuencias económicas claras. La buena regulación y la buena supervisión pueden hacer mucho, pero no todo. Deben estar complementadas con reformas dentro de las instituciones financieras.
En este contexto, un ingrediente crítico de la reforma sería la presencia de más mujeres en puestos de autoridad en el mundo de las finanzas. Lo digo por dos razones. Primero, una mayor diversidad siempre afila el pensamiento, alejando la posibilidad de endogamia intelectual. Segundo, se ha observado que las mujeres suelen ser más prudentes como líderes y suelen inclinarse menos por el tipo de imprudencia que provocó la crisis. Esto lo demuestran nuestros propios estudios: un porcentaje más alto de mujeres en los directorios de los bancos y los entes de supervisión financiera está asociado a una mayor estabilidad. Como he dicho en numerosas ocasiones, si los hermanos Lehman hubieran sido las hermanas Lehman, el mundo de hoy bien podría ser muy diferente.
Entonces, ¿cómo estamos a 10 años del desplome de Lehman? En pocas palabras, hemos progresado mucho, pero no lo suficiente. El sistema es más seguro, pero no en la medida justa. El crecimiento ha repuntado, pero no para todos.
Como si eso no fuera poco, el panorama de la economía política ha cambiado y la cooperación internacional pierde adeptos; irónicamente, esa cooperación fue precisamente lo que impidió que la crisis se transformará en una nueva Gran Depresión. Pensemos en el papel que desempeñaron el G-20, el CEF, el FMI y otros que colaboraron tan bien durante la última década. De hecho, la importancia de la cooperación internacional para superar los retos del siglo XXI es una de las lecciones duraderas de la crisis.
Hoy nos enfrentamos a nuevas fallas, desde el posible repliegue de la regulación financiera hasta las consecuencias de una desigualdad excesiva, el proteccionismo y las políticas aislacionistas, y los crecientes desequilibrios mundiales. La respuesta que demos a estos retos determinará si hemos internalizado del todo las lecciones de Lehman. En este sentido, el verdadero legado de la crisis no puede evaluarse debidamente después de 10 años porque aún no ha llegado a su término.

 
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Estimación del riesgo cibernético en el sector financiero

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El riesgo cibernético se ha convertido en una amenaza importante para el sistema financiero. Un estudio basado en modelos realizado por el personal técnico del FMI estima que, en promedio, las pérdidas anuales de las instituciones financieras causadas por ataques cibernéticos podrían llegar a varios cientos de miles de millones de dólares, lo que representa un deterioro de las ganancias bancarias y una amenaza para la estabilidad financiera.
Incidentes recientes demuestran que la amenaza es real. Ataques exitosos ya han producido filtraciones de datos que han permitido a los delincuentes acceder a información confidencial y cometer fraudes, como el robo de USD 500 millones al agente de cambio de criptomoneda Coincheck. Además, existe la amenaza de que una institución atacada quede impedida de operar.
No sorprende entonces que las encuestas muestren constantemente que los gestores de riesgo y otros directivos de las instituciones financieras se preocupan principalmente por los ataques cibernéticos, como se ilustra en el siguiente gráfico.
 
Vulnerabilidad del sector financiero
El sector financiero es particularmente vulnerable a los ataques cibernéticos. Las instituciones financieras son blancos interesantes por su función vital en la intermediación de fondos. Un ataque cibernético exitoso contra una institución podría propagarse rápidamente a través del sistema financiero, ya que está sumamente interconectado. Muchas instituciones siguen empleando sistemas más antiguos, que podrían no resistir a los ataques cibernéticos. Además, un ataque exitoso puede tener consecuencias sustanciales directas por las pérdidas financieras causadas, pero también costos indirectos, como el perjuicio a la reputación.
Algunos casos recientes de gran notoriedad han introducido progresivamente al riesgo cibernético en el orden del día del sector oficial, e incluso de los organismos internacionales. Pero el análisis cuantitativo de este riesgo aún está en sus albores, especialmente debido a la falta de datos sobre el costo de los ataques y las dificultades para modelarlo.
Un estudio reciente del FMI provee un marco para analizar las pérdidas que pueden resultar de los ataques cibernéticos, especialmente en el sector financier.
Estimación de las posibles pérdidas
El marco del modelo usa técnicas obtenidas de las ciencias actuariales y la medición del riesgo operativo para estimar las pérdidas acumuladas como consecuencia de los ataques cibernéticos. Esto requiere evaluar la frecuencia de los ataques a las instituciones financieras y formarse una idea de la distribución de las pérdidas resultantes de estos incidentes. Luego se pueden utilizar simulaciones numéricas para estimar la distribución de las pérdidas acumuladas causadas.
Ilustramos nuestro marco empleando un conjunto de datos que incluyen las pérdidas recientes por ataques cibernéticos en 50 países. Así se ejemplifica una forma de estimar las posibles pérdidas de las instituciones financieras. Esta labor es compleja y se dificulta aún más debido a las importantes carencias de los datos sobre el riesgo cibernético. Además, afortunadamente, todavía no ha habido un ataque exitoso a gran escala contra el sistema financiero.
Por ende, nuestros resultados deben considerarse como un simple ejemplo. Si se toman en sentido literal, indican que el promedio de las posibles pérdidas anuales resultantes de los ataques cibernéticos puede ser significativo y ubicarse en el orden del 9% de los ingresos netos de los bancos a nivel mundial, es decir, unos USD 100.000 millones. En un caso hipotético de gravedad, en que la frecuencia de los ataques cibernéticos fuera dos veces superior a la registrada hasta ahora y con un mayor contagio, las pérdidas podrían ser 2½–3½ veces mayores, o sea, ascender a un monto de entre USD 270.000 millones y USD 350.000 millones.
El modelo podría usarse para analizar hipótesis extremas de riesgo que representen ataques a gran escala. La distribución de los datos que hemos reunido indica que en estas hipótesis, que representan el peor 5% de los casos, las posibles pérdidas podrían ascender en promedio a la mitad del ingreso neto de los bancos, lo que pondría en riesgo al sector financier.

Estas pérdidas estimadas tienen una magnitud varias veces superior al tamaño actual del mercado de seguros para riesgos cibernéticos. A pesar de su crecimiento reciente, este mercado sigue siendo pequeño, con primas que en 2017 ascendieron a USD 3.000 millones a nivel mundial. La mayoría de las instituciones financieras ni siquiera cuenta con seguros de este tipo. La cobertura es limitada y las aseguradoras enfrentan dificultades a la hora de evaluar el riesgo debido a la incertidumbre sobre la exposición, la falta de datos y los posibles efectos de contagio.
El camino a seguir
Hay un amplio margen para mejorar las evaluaciones de riesgo. La recopilación por parte de los gobiernos de datos más granulares, firmes y completos sobre la frecuencia y los efectos de los ataques cibernéticos ayudaría a evaluar el riesgo para el sector financiero. Se prevé que los requisitos de declaración de filtraciones, como los considerados en el marco del Reglamento General de Protección de Datos de la UE, ayuden a tener un mayor conocimiento de los ciberataques. Se podría utilizar el análisis de casos hipotéticos para evaluar integralmente la forma de propagación de los ataques cibernéticos y para idear respuestas adecuadas de las instituciones privadas y los gobiernos.
También se debe profundizar la labor tendiente a entender cómo fortalecer la resiliencia de las instituciones e infraestructuras financieras, tanto para reducir las posibilidades de éxito de un ataque cibernético como para facilitar una recuperación rápida y sin contratiempos. Además, en muchas partes del mundo, se debe fortalecer la capacidad del sector oficial de vigilar y regular estos riesgos.
En resumen, es necesario fortalecer los regímenes normativos y de supervisión para hacer frente al riesgo cibernético, y los esfuerzos deben centrarse en el establecimiento de prácticas de supervisión eficaces, pruebas de vulnerabilidad y recuperación, y planes de contingencia que sean realistas. El FMI está brindando asistencia técnica para ayudar a los países miembros a mejorar sus regímenes normativos y de supervisión.

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Crear un mejor sistema de comercio mundial

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Las noticias recientes acerca del comercio mundial tienden a concentrarse en las medidas proteccionistas y las tensiones diplomáticas, desafíos han suscitado preocupación acerca del crecimiento y el empleo en todo el mundo.
Pero lo que suele quedar al margen del debate actual es el hecho de que estamos entrando en una nueva era del comercio: un mundo en el que los flujos de datos están cobrando más importancia que el comercio físico.
La nueva era
Piénsenlo: entre 1986 y 2008, el comercio mundial de bienes y servicios creció a un ritmo más de dos veces superior al de la economía mundial. Sin embargo, en los últimos años, el crecimiento de este tipo de comercio más tradicional a duras penas ha superado el crecimiento del PIB mundial.
Al mismo tiempo, se ha registrado un auge de los flujos digitales. Según Cisco, el ancho de banda transfronterizo utilizado se multiplicó por 90 entre 2005 y 2016, y se espera que de aquí a 2023 la cifra vuelva a multiplicarse por 13.
No me refiero únicamente al video en directo, o streaming, trata solamente de transmisión de videos, llamadas por Skype y las publicaciones en la redes sociales, sino también al impulso que los datos dan a otros flujos, sobre todo al facilitar la comercialización de servicios que van desde la ingeniería hasta las comunicaciones y el transporte.
De modo que, en muchos sentidos, el futuro del comercio es el futuro de los datos.
Esta es una enorme oportunidad para que las autoridades tiendan nuevos puentes económicos entre los países, y para crear un mejor sistema de comercio mundial.
Permítanme destacar cuatro componentes esenciales de un mejor comercio:

  1. Más comercio de servicios

Afortunadamente, el comercio de servicios viene creciendo a un ritmo relativamente rápido, y en la actualidad representa una quinta parte de las exportaciones mundiales. Y según ciertas estimaciones, la mitad del comercio mundial de servicios ya se basa en tecnologías digitales.
Pero este es un ámbito en el que las barreras comerciales aún son extremadamente altas, ya que equivalen a aranceles de entre 30% y 50%.
Pienso que, si se reducen dichas barreras y se incrementa la digitalización del comercio, los servicios podrían pasar a ser motor principal del comercio mundial. ¿Quiénes serían los principales beneficiados?

  • Las economías avanzadas, porque son competitivas a escala mundial en muchos sectores de servicios, especialmente financieros, jurídicos y de consultoría.
  • Economías en desarrollo como Colombia, Filipinas y Ghana, que están fomentando el crecimiento en servicios comercializables, como comunicaciones y servicios a las empresas.
  • Millones de pequeñas empresas y particulares que pueden utilizar herramientas digitales para aprovechar sus conocimientos y experiencia en un mercado mundial.

Pero eso es solo el comienzo. Creo que podemos construir La riqueza de las naciones en el siglo XXI a partir del comercio de servicios.

  1. Incremento de la productividad

 Podemos alcanzar ese objetivo incrementado la productividad del comercio. ¿Cómo? Alentando un nuevo cambio en la composición de los flujos comerciales: la transición desde un comercio “físico” a otro basado más en los datos.
Por ejemplo, un mayor nivel de automatización está haciendo más fácil para las empresas repatriar, o “internalizar”, algunas de sus operaciones, lo cual en la práctica revierte parte del proceso de “externalización” de los últimos dos decenios.
Esto podría contribuir a rejuvenecer las industrias manufactureras en muchas economías avanzadas, abriendo la perspectiva de que haya más fábricas nacionales con empleos mejor remunerados.
La impresión 3D también podría inducir a las empresas a trasladar la producción más cerca de sus clientes. Una importante marca de calzado, por ejemplo, está llevando la fabricación individualizada de zapatos al mercado masivo imprimiendo suelas a medida en tiendas situadas en las principales zonas comerciales.
De continuar así, estas tendencias podrían acortar las cadenas de suministro, aumentar su productividad y reducir las emisiones de carbono.
Al mismo tiempo, la digitalización intensificará la competencia en el comercio mundial, obligando a las empresas a invertir más en nuevas tecnologías y prácticas empresariales más eficientes.
Nuevos análisis del FMI muestran que un aumento de la competencia acelera la difusión de tecnología de un país a otro, e incluso el ritmo de innovación.
Esto a su vez ayuda a bajar los precios para empresas y consumidores. Se estima que el intercambio comercial beneficia al 10% más pobre de los consumidores al generar casi dos tercios de su poder adquisitivo.

  1. Mayor inclusión

Logros como este demuestran las enormes ventajas de tender puentes económicos entre los países. Pero aun así, demasiadas personas siguen viviendo a la sombra de esos puentes.
La revolución digital en el comercio planteará sus propios desafíos, ejerciendo más presión sobre los trabajadores menos preparados para competir.
Es por ello que necesitamos una mayor inclusión. Consideremos los beneficios de invertir más en capacitación y en redes de protección social, de modo que los trabajadores puedan mejorar sus aptitudes y pasar a ocupar empleos mejor remunerados.
Por ejemplo, las experiencias de Canadá y Suecia muestran que la formación en el lugar de trabajo es más eficaz que el aprendizaje en el aula.
En estos y muchos otros aspectos el FMI está ayudando a los países a prepararse para la nueva era del comercio.
A escala mundial, analizamos los tipos de cambio y vigilamos los desequilibrios económicos mundiales.
A nivel de los países, trabajamos con todos nuestros 189 países miembros con respecto a políticas que ayuden a eliminar las barreras al comercio y la inversión, fomentando economías más abiertas en las que el sector privado pueda crecer y crear empleo.
En síntesis, creemos que para que sea mejor, el comercio debe basarse más en los servicios, ser más productivo y ser más inclusivo, de tal manera que todos puedan beneficiarse.
Para lograr estos objetivos, el comercio también debe apoyarse en una mayor cooperación internacional.

  1. Más cooperación internacional

En los últimos 70 años, los países han trabajado conjuntamente para crear un sistema de comercio multilateral que ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas, elevando al mismo tiempo los ingresos y el nivel de vida en todos los países.
Pero este sistema requiere de mejoras para adaptarse a la nueva era del comercio.
Por ejemplo, muchos gobiernos afrontan graves problemas que no están perfectamente contemplados en las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), como diversos subsidios estatales, restricciones sobre los flujos de datos y la protección de la propiedad intelectual.
Para abordar estas cuestiones, podríamos recurrir a los acuerdos comerciales “plurilaterales”, es decir, acuerdos entre países con filosofía similar que se comprometen a trabajar dentro del marco de la OMC. También hay margen para negociar nuevos acuerdos dentro del marco de la OMC sobre comercio electrónico y servicios digitales.
En este sentido, la nueva versión del Acuerdo de Asociación Transpacífico, o TPP-11, es alentador. Por primera vez en un acuerdo comercial más amplio, los países del TPP-11 garantizarán el libre flujo de datos entre sus fronteras para los proveedores de servicios e inversionistas.
Ahora es el momento de impulsar nuevas reformas comerciales en un entorno multilateral en el que se respeten las normas, en el que los países trabajen mancomunadamente y en el que todos estén comprometidos con la equidad y la justicia.
Creo que construyendo nuevos puentes económicos y forjando una nueva era del comercio podemos fomentar comunidades más prósperas y más pacíficas en el mundo entero.

 
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Arrojar luz sobre la corrupción y el lado oscuro de la gestión de gobierno

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El Directorio Ejecutivo del FMI acaba de aprobar un nuevo marco para reforzar la labor que el FMI realiza con los países miembros en materia de gestión de gobierno y corrupción. Quisiera explicar por qué esto es importante y cómo incide en nuestro trabajo.
Costos de la corrupción
Todos sabemos que la corrupción arraigada es perniciosa para la economía ya que socava la capacidad de un país de generar un crecimiento económico inclusivo y sostenible.
El estudio que acabamos de publicar presenta resultados empíricos que muestran que un alto grado de corrupción está asociado a niveles significativamente más bajos de crecimiento, inversión, inversión extranjera directa (IED) e ingreso tributario. Bajar del percentil 50 al percentil 25 en un índice de corrupción o gestión de gobierno implica una caída de la tasa anual de crecimiento del PIB per cápita de medio punto porcentual o más, y un descenso en la relación inversión/PIB de 1½–2 puntos porcentuales.  Los resultados muestran asimismo que la corrupción y la gestión de gobierno inadecuada traen consigo un mayor grado de desigualdad y un menor crecimiento inclusivo.
Estas conclusiones no son difíciles de entender. Sabemos que la corrupción mina la capacidad impositiva del gobierno y distorsiona el gasto, desviándolo de inversiones valiosas en esferas como salud, educación y energías renovables hacia proyectos que despilfarran recursos y ofrecen beneficios a corto plazo. Sabemos que actúa como un impuesto a la inversión, o incluso como un obstáculo más grave, debido a la incertidumbre sobre las demandas de futuros sobornos. También sabemos que la corrupción hace que los jóvenes no inviertan lo suficiente en educarse y especializarse porque salir adelante depende de a quién se conoce y no qué se sabe. Sabemos que la corrupción perjudica a los pobres, limita las oportunidades económicas y la movilidad social, socava la confianza en las instituciones y disuelve la cohesión social. La corrupción es uno de los principales obstáculos para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Reforzar la labor del FMI
Todas estas razones están detrás de la decisión del FMI de redoblar la lucha contra la corrupción, y de hacerlo ahora. Cabe destacar que esta iniciativa contra la corrupción pasará a formar parte de nuestras actividades generales con las que buscamos promover la buena gestión de gobierno en ámbitos fundamentales, como la gestión de financiera pública, la supervisión del sector financiero y las medidas contra el lavado de dinero.
Este enfoque más amplio es indispensable. Las deficiencias en la gestión de gobierno son perjudiciales en sí mismas, pero además abren las puertas a una corrupción generalizada. Para ser verdaderamente eficaces, las estrategias contra la corrupción no deben reducirse simplemente al encarcelamiento de gente. Requieren reformas normativas e institucionales más amplias. Al fin y al cabo, la “cura” más perdurable para la corrupción es contar con instituciones sólidas, transparentes y que den cuenta de sus actos.  En las célebres palabras de Louis Brandeis, “se dice que la luz del sol es el mejor desinfectante y la luz eléctrica el policía más eficiente.”
Un beneficio adicional de este enfoque más amplio es que como la corrupción suele estar estrechamente ligada a fallas más generales en la gestión de gobierno y que, en muchos casos, es difícil de cuantificar, podemos usar las deficiencias en la gestión de gobierno para corroborar las evaluaciones de la corrupción.
He de señalar que este tema no es nuevo para nosotros. Desde 1997 contamos con una política de gestión de gobierno que ha dado buenos resultados: nuestro examen puso de manifiesto que los principios que la animan son los correctos. Esta política nos insta a abordar las cuestiones de gestión de gobierno y corrupción cuando tienen un impacto macroeconómico significativo. También nos exhorta a colaborar con nuestros socios institucionales (especialmente el Banco Mundial) en sus ámbitos de especialización y a no interferir en política o en casos específicos de aplicación de la ley.
No obstante, aunque estos principios son adecuados, nuestro examen constató que su aplicación es dispar. Ante acciones similares, no siempre medimos a los miembros con la misma vara. Nuestros análisis a menudo no fueron claros.
Esto va a cambiar. Hemos adoptado un marco para reforzar la labor del FMI en materia de gestión de gobierno y corrupción, para así facilitar una interacción más sistemáticaimparcialeficaz y franca con los países miembros.
Como primer paso, estamos elaborando una metodología clara y trasparente para evaluar la naturaleza y gravedad de las deficiencias de la gestión de gobierno. Evaluaremos una amplia serie de indicadores: calidad de las instituciones presupuestarias encargadas de la tributación y el gasto; solidez de la supervisión del sector financiero; integridad de los bancos centrales; transparencia e imparcialidad de la regulación del mercado; previsibilidad de los aspectos del Estado de derecho esenciales para la salud de la economía, en particular, el cumplimiento de los contratos; e idoneidad de los marcos jurídicos contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo. Y desde luego, evaluaremos la gravedad de la corrupción directamente.
El siguiente paso será determinar el impacto económico de las fallas identificadas en las esferas de gestión de gobierno y corrupción y, en respuesta, formular recomendaciones de política específicas para cada país. Cabe destacar que examinaremos estos aspectos en una perspectiva de más largo plazo, dado que la gestión de gobierno deficiente y la corrupción perjudican a la economía no solo a través de distorsiones a corto plazo sino también del lento deterioro institucional. En nuestros programas de crédito, analizaremos si estos problemas menoscaban la capacidad de los países para poner en práctica sus reformas económicas.
La corrupción enfocada desde el lado de la oferta
Hay un elemento más que debemos tener en cuenta. Es obvio que, parafraseando a Milton Friedman, la corrupción es siempre y en todas partes un fenómeno que involucra a dos partes. La contracara de cada soborno aceptado es un soborno ofrecido. Además, suele pasar que los fondos obtenidos por actos de corrupción se ocultan fuera del país y, en muchos casos, en el sector financiero de las grandes capitales. Es muy posible que un país tenga las “manos limpias” en casa, pero las “manos sucias” en el exterior.
Por ende, para combatir la corrupción verdaderamente, también es necesario abordar la forma en que las personas o las entidades privadas facilitan las prácticas corruptas. En tal sentido, alentaremos a los países miembros a que sometan sus marcos jurídicos e institucionales de forma voluntaria a una evaluación por parte del FMI, para determinar si los actos de soborno en el extranjero están tipificados como delito y son enjuiciables, y si existen mecanismos para detener el lavado y ocultamiento de dinero sucio. Me complace que nueve países —todos los del G-7 más Austria y la República Checa— ya se hayan ofrecido voluntariamente para participar en esta evaluación. Esto representa un importante voto de confianza en el nuevo marco.
Ahora que tenemos el respaldo pleno de nuestros países miembros, debemos centrarnos en el tema de la aplicación. Observarán que de aquí en adelante la gestión de gobierno y la corrupción serán temas que se evaluarán y analizarán más a fondo en nuestras actividades de supervisión y nuestros programas de crédito. También reforzaremos nuestras actividades de fortalecimiento de capacidades en estos ámbitos, para ayudar a los países a afianzar sus marcos normativos y sus instituciones.
Nuestro objetivo es ser francos, estrictos, trasparentes e imparciales. Esto a su vez aumenta nuestra credibilidad y nos permite mejorar aún más el cumplimiento de nuestra tarea.
Recordando nuevamente a Brandeis, estoy convencida de que el refuerzo de nuestra labor significará para la gestión de gobierno y la corrupción lo que la inversión en energía solar significa para el medioambiente: aprovechar el inmenso potencial de la luz solar para encauzar a la economía mundial por una senda más sostenible. Si todo marcha según lo previsto, el lado oscuro en el que se oculta la corrupción debería ser cada vez más reducido. Me interesa mucho trabajar en estrecha colaboración con los países miembros para hacer realidad este objetivo.

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