CIENCIA

IMiBio pone en agenda el ADN como herramienta de política pública: ciencia, salud y biodiversidad en el centro del debate

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Este 23 de abril, en Posadas, la jornada que se realiza en su sede no solo reúne a investigadores, sino que pondrá sobre la mesa una discusión de fondo: cómo el conocimiento genético puede influir en decisiones de gobierno vinculadas a la conservación y la salud. En ese marco, el investigador Diego Cadena Mantilla anticipó parte del enfoque: el ADN como puente entre biodiversidad, desarrollo y políticas públicas. La tensión es clara: ¿puede la ciencia convertirse en insumo efectivo para la toma de decisiones estatales?

Del laboratorio al territorio: el ADN como herramienta de gestión

El encuentro, abierto con inscripción previa y enmarcado en el Día Internacional del ADN (25 de abril), busca mostrar cómo una herramienta técnica puede tener impacto concreto en la gestión pública. Desde el IMiBio, el enfoque apunta a integrar investigación, conservación y desarrollo productivo.

Cadena Mantilla explicó que una de las líneas centrales es el uso del llamado ADN ambiental, una metodología que permite detectar especies a partir de rastros genéticos en el entorno —como pelos o residuos biológicos— sin intervenir directamente en el hábitat. El dato no es menor: habilita monitoreos no invasivos y la detección temprana de especies invasoras, lo que puede traducirse en decisiones más rápidas en materia de control ambiental.

La lógica institucional detrás de este enfoque es clara: generar información precisa para anticipar problemas, en lugar de reaccionar cuando el daño ya está consolidado. En ese esquema, el ADN deja de ser solo una herramienta de laboratorio y pasa a ser un insumo estratégico para la gestión.

Diego Cadena Mantilla, investigador del IMiBio

Biodiversidad y salud: un vínculo en construcción

El evento también busca ampliar el alcance del debate hacia el campo de la salud. Durante la jornada se presentarán avances sobre el uso de compuestos derivados de la biodiversidad misionera, en particular a partir de hongos, con potencial aplicación en tratamientos vinculados al virus del papiloma humano.

Según lo expuesto, las investigaciones se encuentran en una etapa inicial, centrada en revisión y delimitación de los proyectos, a la espera de validaciones institucionales para avanzar en ensayos. Sin embargo, el planteo introduce un punto clave: la biodiversidad como activo estratégico, no solo ambiental sino también sanitario.

En términos de política pública, esto abre una discusión sobre cómo transformar recursos naturales en desarrollos aplicados, bajo criterios de sustentabilidad. La ecuación no es lineal: requiere inversión, articulación institucional y marcos regulatorios adecuados.

El rol del biobanco y la disputa por el conocimiento

Otro de los ejes que emergen del planteo del IMiBio es el resguardo de material genético. El biobanco aparece como una pieza central para conservar información que, en muchos casos, podría perderse con la desaparición de especies.

La lógica es preventiva, pero también estratégica. Contar con ese material permite, a futuro, desarrollar investigaciones, comparar poblaciones y entender cambios ambientales. En términos de poder, implica resguardar conocimiento propio frente a un escenario global donde la biodiversidad adquiere valor económico y científico.

El propio investigador señaló que muchas veces la valoración de estos recursos llega tarde, cuando ya no están disponibles. En ese punto, el biobanco se posiciona como una herramienta de soberanía científica.

Ciencia, alianzas y capacidad de incidencia

El evento también apunta a fortalecer vínculos con otras instituciones, como la Universidad Nacional de Misiones, en un intento de consolidar redes de trabajo que permitan escalar investigaciones. La lógica es clara: sin articulación, los desarrollos quedan limitados; con alianzas, pueden transformarse en innovación aplicada.

A la vez, el planteo reconoce una limitación estructural: la falta de herramientas o recursos para avanzar en determinadas líneas de investigación. En ese contexto, el resguardo de material genético aparece como una forma de sostener potencial futuro, incluso cuando las condiciones actuales no permiten desarrollarlo plenamente.

Un debate que recién comienza

La jornada del 23 de abril se presenta como un punto de partida más que como una síntesis. El desafío es traducir el conocimiento científico en políticas concretas, en un terreno donde intervienen múltiples variables.

Habrá que observar si este tipo de iniciativas logra consolidarse como un canal efectivo de incidencia en la toma de decisiones o si permanece dentro del circuito técnico. Por ahora, el movimiento es evidente: la ciencia busca ocupar un lugar en la construcción de agenda pública. El alcance real de esa intervención todavía está en disputa.

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Biofábrica destaca el rol de la ciencia y la tecnología en el día de los investigadores científicos

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En el marco del Día de las y los Investigadores Científicos, una fecha que pone en valor el rol fundamental de quienes generan conocimiento y desarrollan soluciones innovadoras, Biofábrica Misiones reafirma su compromiso con la investigación aplicada al desarrollo productivo de la provincia.

Próxima a cumplir sus primeros 20 años, la empresa se consolidó como un referente en soluciones biotecnológicas, impulsando avances que impactan directamente en el sector agroproductivo misionero. Su trabajo se sustenta en equipos altamente capacitados que integran distintas disciplinas científicas, desde la biología y la genética hasta la ingeniería y la producción.

Actualmente, las áreas de  investigación y desarrollo, producción en laboratorio, vivero, validación a campo y gestión trabajan de manera articulada para optimizar procesos, mejorar la calidad de los cultivos y generar innovación constante en cada etapa productiva.

En este marco, el presidente, Federico Miravet, señaló que “la provincia coloca a la investigación científica como el pilar sobre el cual se construye el desarrollo sostenible. En la Biofábrica, siguiendo esa línea, apostamos a generar conocimiento aplicado que de respuestas concretas a las necesidades de los productores y fortalezca el crecimiento de Misiones”.

Por su parte, la gerenta general, Luciana Imbrogno, destacó que “el trabajo científico en la empresa implica planificación, formación continua y una mejora permanente de los procesos. Contamos con equipos que monitorean, analizan y optimizan cada etapa, garantizando calidad e innovación en nuestras soluciones biotecnológicas”.

En esa misma línea, la subgerente Verónica Rodríguez remarcó, cómo “uno de los principales logros fue concretar que el conocimiento científico se traduzca en soluciones concretas y accesibles para el sector productivo. Ese proceso de transferencia es clave para generar impacto real, mejorando la eficiencia y la calidad en cada etapa”.

El trabajo de investigación científica y tecnológica que se desarrolla en Biofábrica tiene un impacto directo en la producción de la provincia, funcionando como un puente entre el laboratorio y el territorio. Fátima López Hermann, responsable del Laboratorio de Producción, explica que este proceso permite que los avances de la ciencia se materialicen en plantas de alta calidad que son entregadas a los agricultores tras un riguroso proceso de multiplicación. 

En este Día de las y los Investigadores Científicos, Biofábrica Misiones pone en valor el trabajo cotidiano de sus equipos y reafirma su apuesta por la ciencia y la innovación como motores del desarrollo provincial.

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Tiene 16 años, diseña robots para salvar vidas y representará a Argentina en una competencia mundial

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Con apenas 16 años, Martina Talamona se prepara para dar un salto de escala en su carrera científica: representará a la Argentina en la RoboCup 2026, el Mundial de Robótica que se realizará en Corea del Sur. Su historia combina formación temprana, talento técnico y un objetivo claro: aplicar la tecnología para mejorar la respuesta ante emergencias.

Desde su infancia en la provincia de Buenos Aires, la tecnología fue parte de su vida cotidiana. Comenzó a los cinco años en talleres de robótica, en un entorno lúdico que con el tiempo se transformó en vocación. Esa evolución la llevó a competir a nivel nacional y, más tarde, a integrarse al equipo Sub-19 de la Universidad Abierta Interamericana, uno de los más destacados de la región en competencias internacionales.

El proyecto con el que competirá en Corea del Sur sintetiza esa trayectoria. Se trata de un sistema de robots simulados diseñados para actuar en escenarios de desastre, como derrumbes o incendios, donde la intervención humana implica altos niveles de riesgo. En estos entornos virtuales, los robots son evaluados por la precisión de sus algoritmos y su capacidad de respuesta ante situaciones complejas.

Tecnología aplicada al rescate

El desarrollo se apoya en algoritmos de navegación basados en matemática y trigonometría, que permiten a los robots recorrer espacios desconocidos, identificar víctimas y analizar su estado, incluso en contextos hostiles con presencia de sustancias peligrosas. A partir de ese relevamiento, generan mapas detallados del entorno y de las personas afectadas.

Esa información resulta clave para los equipos de emergencia: antes de ingresar a una zona crítica, pueden contar con un diagnóstico preciso que optimiza la toma de decisiones y reduce el riesgo operativo. La simulación, además, permite repetir escenarios y ajustar los modelos sin las limitaciones del mundo físico.

El presente de Talamona no es casual. Su recorrido ya incluye hitos relevantes en el circuito global de robótica: en 2024 fue campeona en la RoboCup Internacional de Eindhoven, en Países Bajos, y posteriormente logró el primer puesto en la RoboCup Américas de Pensilvania, Estados Unidos. También obtuvo un podio en la edición internacional realizada en Brasil.

En la competencia de 2026 estará acompañada por Ramiro Francavilla, junto a un equipo técnico encabezado por Emanuel Hamui y Gonzalo Zabala, director del CAETI y miembro del comité organizador internacional de RoboCup.

Más allá del desafío competitivo, el proyecto refleja una tendencia creciente: el desarrollo de tecnología orientada al bien común. Los simuladores permiten crear soluciones aplicables a contextos de alto riesgo sin exponer a rescatistas ni víctimas, generando conocimiento que puede trasladarse a situaciones reales.

La participación en la RoboCup 2026 posiciona a la Argentina en un escenario de innovación aplicada, donde la robótica deja de ser una disciplina experimental para convertirse en una herramienta concreta de gestión de emergencias.

En ese marco, la historia de Martina Talamona trasciende lo individual: refleja el potencial de la formación tecnológica temprana y el rol de los jóvenes en la construcción de soluciones para problemas complejos. Corea del Sur será, en ese camino, un nuevo punto de partida.

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Ciencia paraguaya avanza sobre antidepresivos naturales

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Un equipo de investigadores de Paraguay logró validar científicamente el potencial antidepresivo de una planta nativa y puso en circulación un dato que trasciende lo académico. El estudio sobre la Aloysia gratissima var. gratissima —conocida como cedrón del monte— fue publicado en la revista internacional Pharmaceuticals y confirma que sus compuestos actúan sobre los sistemas dopaminérgico y serotoninérgico, claves en el tratamiento de la depresión. En una región como la frontera entre Paraguay y Misiones, donde el uso de plantas medicinales es parte de la cultura cotidiana, el hallazgo plantea una tensión silenciosa: ¿puede la ciencia regional traducir ese conocimiento tradicional en política sanitaria y desarrollo productivo?

Un hallazgo científico con impacto más allá del laboratorio

La investigación fue desarrollada por un equipo de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional de Asunción, en el marco de un proyecto financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) a través del programa Prociencia.

El trabajo no se limitó a confirmar un uso tradicional. Avanzó en la identificación de mecanismos de acción concretos. Según los resultados, la fracción de acetato de etilo del cedrón del monte presenta “actividades similares a las de los antidepresivos”, al intervenir en los sistemas que regulan neurotransmisores como la serotonina y la dopamina.

Los ensayos experimentales mostraron una reducción del tiempo de inmovilidad en pruebas asociadas a conductas depresivas, un indicador clave en este tipo de investigaciones. Ese efecto, además, se revirtió al bloquear los sistemas dopaminérgico y serotoninérgico, lo que permitió confirmar la vía biológica involucrada.

De la medicina tradicional a la validación científica

El estudio se apoya en antecedentes: el extracto etanólico de la planta ya había mostrado actividad similar a la de antidepresivos. Sin embargo, esta investigación profundiza en la composición química y en la interacción de sus compuestos con receptores cerebrales.

Entre las sustancias identificadas aparecen el ácido ferúlico, el ácido cumárico y el ácido 13-oxooctadecadienoico, con afinidad por los receptores vinculados al estado de ánimo. Las simulaciones computacionales indicaron que algunos de estos compuestos tienen capacidad de atravesar la barrera hematoencefálica, una condición necesaria para que actúen directamente en el cerebro.

Otro dato relevante: no se detectaron efectos negativos en la movilidad durante los ensayos, lo que abre la puerta a pensar en alternativas terapéuticas con menor carga de efectos secundarios.

Una oportunidad estratégica en la frontera

El avance científico se inscribe en un contexto donde la depresión afecta a cerca del 4% de la población mundial, según la publicación. En ese marco, la posibilidad de desarrollar tratamientos a partir de recursos naturales cobra una dimensión económica y sanitaria.

Para regiones como Misiones, donde el vínculo con Paraguay es cotidiano y el uso de plantas medicinales forma parte de la vida social, el hallazgo no es ajeno. Expone un activo regional: biodiversidad, conocimiento tradicional y capacidad científica en crecimiento.

Al mismo tiempo, pone en escena una discusión más amplia sobre el rol del Estado y los sistemas de salud en la incorporación de desarrollos científicos locales. La validación internacional del estudio —publicado en una revista indexada en Scopus, Web of Science y PubMed— le otorga visibilidad, pero no garantiza su transferencia al sistema productivo o sanitario.

Un punto de partida, no de llegada

El descubrimiento no implica la disponibilidad inmediata de un nuevo tratamiento. Pero sí marca un avance en la dirección de integrar ciencia, biodiversidad y salud pública.

En las próximas etapas, la clave estará en observar si estos resultados escalan hacia desarrollos farmacológicos concretos o quedan circunscriptos al ámbito académico. También será relevante el papel de las políticas de financiamiento y articulación regional para transformar conocimiento en aplicación.

En la frontera, donde la circulación de saberes es tan fluida como la de personas, el cedrón del monte deja de ser solo una planta. Se convierte en un indicio de lo que podría ser una agenda compartida entre ciencia, salud y desarrollo.

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De Oberá a la Nasa: el misionero que lideró el satélite argentino en Artemis II

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En la carrera por volver a la Luna, la Argentina encontró un lugar propio. No en la primera línea mediática de los astronautas, sino en la ingeniería silenciosa que permite que una misión funcione. Allí, en ese entramado técnico de precisión extrema, aparece un nombre con acento misionero: Luis López, oriundo de Oberá, quien lideró el desarrollo del segmento terreno y el concepto de operaciones del microsatélite ATENEA.

Desde la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), López formó parte del equipo que logró insertar a la Argentina en la misión Artemis II, el primer vuelo tripulado del programa lunar de la NASA en décadas. Y no fue una participación menor: ATENEA se convirtió en el único satélite latinoamericano seleccionado para esta misión, en un proceso competitivo que incluyó a decenas de países.

“Argentina fue uno de los cuatro países que cumplió todos los requisitos técnicos en tiempo y forma”, explicó López en diálogo con Open1017.com, al detallar el proceso que llevó al país a formar parte del programa Artemis.

ATENEA no fue diseñado como una misión científica tradicional, sino como una prueba tecnológica de alto valor estratégico. Su objetivo: validar sistemas, medir radiación, ensayar comunicaciones en condiciones extremas y generar “herencia de vuelo”, un concepto clave en la industria espacial.

El microsatélite fue liberado a unos 40.000 kilómetros de la Tierra y alcanzó un apogeo cercano a los 72.000 kilómetros, convirtiéndose en el objeto argentino que más lejos llegó en la historia. Pero el verdadero logro estuvo en otro punto: la comunicación.

“En todo momento tuvimos enlace con el satélite. Eso ya fue un hito”, destacó López.

Esa capacidad no solo permitió validar tecnología nacional, sino que posicionó a la Argentina como un actor técnico confiable en el ecosistema espacial internacional. De hecho, el equipo argentino logró incluso asistir a otras potencias.

Cuando la Argentina ayuda a las potencias

En un escenario donde participan países como Alemania y Corea del Sur, el desempeño argentino sorprendió. Según relató López, Argentina y Arabia Saudita fueron los únicos en establecer comunicación desde el inicio. Luego, ante dificultades técnicas de otros participantes, el equipo nacional intervino.

“Nos contactaron de Alemania y Corea del Sur para ver si los podíamos ayudar. Pudimos encontrar sus satélites y enviarles datos”, explicó.

El episodio no es menor: en una misión de escala global, con estándares de la NASA, la ingeniería argentina no solo cumplió, sino que colaboró activamente con otros países.

ATENEA tuvo una vida útil extremadamente corta: apenas unas horas en órbita antes de reingresar a la Tierra. Esa limitación convirtió cada segundo en crítico.

“El satélite cumplió su misión en un solo día. Por eso era tan importante lograr la comunicación y bajar todos los datos posibles”, explicó López.

Ese carácter efímero no reduce su impacto. Por el contrario, refuerza el valor de cada dato obtenido, que servirá como base para futuras misiones argentinas.

Detrás del logro hay una historia personal que también explica el recorrido de la ciencia argentina. López tiene 29 años, comenzó estudiando ingeniería en Oberá y luego migró a la Universidad Nacional de San Martín para especializarse en ingeniería espacial.

Ingresó a la CONAE como pasante y, en apenas cuatro años, pasó a integrar el equipo de proyectos satelitales, participando incluso en la misión SAOCOM-2.

“Encontré la ingeniería espacial y me voló la cabeza”, resumió sobre su decisión de cambiar de rumbo.

Su experiencia en el Kennedy Space Center, donde participó en la integración final del satélite, sintetiza el salto: de la universidad pública argentina al corazón del programa espacial estadounidense.

El desarrollo de ATENEA fue completamente nacional, con participación de la CONAE, la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, la UNSAM, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Argentino de Radioastronomía.

En un contexto de tensiones presupuestarias y debate sobre el financiamiento científico, el caso ATENEA aparece como una evidencia concreta del potencial del sistema científico argentino.

No se trata solo de un satélite. Se trata de capacidad instalada, de formación de recursos humanos y de inserción internacional. Y también, de historias como la de Luis López, que muestran que desde Oberá también se puede llegar a la Luna.

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