CIENCIA

De Misiones al país: Biofábrica exporta biotecnología y transforma el conocimiento en un negocio

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Cuando abrió sus puertas, en octubre de 2006, hubo quienes cuestionaron la necesidad de contar con una fábrica de este tipo en una provincia chica como Misiones. Veinte años después, la Biofábrica es referencia en biotecnología y se transforma en un socio corporativo de provincias como Buenos Aires y Salta. En la provincia norteña, la experiencia con bananos está transformando la industria. 

La visita de Axel Kicillof a Misiones dejó una fotografía política, pero detrás de esa imagen había una historia económica bastante más profunda. Cuando el gobernador bonaerense recorrió Biofábrica Misiones junto al gobernador Hugo Passalacqua y el ministro de Desarrollo Agrario, de Buenos Aires, Javier Rodríguez, no estaba conociendo simplemente una experiencia tecnológica del Nordeste argentino. Buenos Aires ya es cliente de la empresa misionera y se prepara para recibir un nuevo laboratorio desarrollado en Misiones que será instalado en Miramar para multiplicar plantas de kiwi. No será el primero.

La relación comenzó hace años y ya incluye un Phytolab instalado en Mercedes, inaugurado por Kicillof en 2021. El de Miramar será el cuarto desarrollado en total por la empresa misionera y el tercero destinado a territorio bonaerense, aunque el segundo específicamente orientado a producción.

La diferencia parece técnica. En realidad, muestra algo bastante más importante: Misiones está empezando a vender fuera de sus fronteras un conocimiento que tardó dos décadas en construir.

Somos socios biotecnológicos”, sintetiza Federico Miravet, presidente de Biofábrica Misiones. No utiliza la palabra por casualidad.

Lo que vende Misiones no es solamente un laboratorio dentro de un contenedor. Vende el equipamiento, los protocolos, el conocimiento acumulado, la instalación, la capacitación de los profesionales que deberán operarlo y la asistencia posterior. Es decir, vende tecnología.

El Phytolab que será instalado en Miramar tiene actualmente un valor cercano a los $530 millones, alrededor de US$300 mil según la referencia utilizada por la empresa.

La estructura puede trasladarse en dos camiones y requiere básicamente conexiones de agua y energía para comenzar a funcionar. Pero detrás de esa aparente sencillez existe un sistema de producción de alta complejidad.

La capacidad prevista está entre 300 mil y 500 mil plantas in vitro de kiwi por año.

La entrega está proyectada para febrero. Antes, en noviembre, Biofábrica deberá acreditar un avance del 70% del proyecto, instancia que habilitará otro desembolso de la provincia de Buenos Aires. El contrato se paga contra avances de obra.

Pero Miravet insiste en que mirar solamente el precio del laboratorio sería quedarse con la mitad de la historia.

Antes de la instalación viajan técnicos misioneros. Permanecen durante el montaje y continúan después. El proceso puede demandar un mes o más de acompañamiento para capacitar a los científicos bonaerenses en los procedimientos específicos desarrollados por Biofábrica.

Ahí aparece una de las claves del modelo. Un laboratorio puede comprarse. Los equipos pueden conseguirse. Los protocolos, la experiencia acumulada y el conocimiento sobre cómo hacer funcionar correctamente el proceso productivo son otra cosa. Por eso Miravet evita hablar de una simple relación proveedor-cliente. “Somos socios, no proveedores”.

La frase adquirió otra dimensión durante la visita de Kicillof. Según recuerda Miravet, el gobernador bonaerense llegó a Misiones con conocimiento previo del proyecto y mencionó expresamente los desarrollos de Mercedes y Miramar.

Para el presidente de Biofábrica, ese reconocimiento tiene un peso que trasciende la relación comercial: significa que una tecnología desarrollada por una empresa pública misionera empieza a incorporarse a la estrategia productiva de la provincia más grande del país.

Si Buenos Aires representa la venta de infraestructura y conocimiento, Salta muestra la otra cara del negocio: la producción biotecnológica a escala industrial.

Biofábrica se convirtió en el principal proveedor de plantines de banana de Salvita, una compañía salteña con aproximadamente 2.300 trabajadores y distintas unidades productivas. 

Entre 600 y 800 empleados de la firma están vinculados, según la época del año, a la producción bananera.

Para Miravet, conocer esa estructura cambió incluso la manera de interpretar el contrato. “Asombra la perfección de esas plantaciones. Ahí caí y dije: no somos proveedores, somos socios”.

La afirmación tiene una explicación económica.

Este año Biofábrica envió aproximadamente 200 mil plantines de banana desde Misiones hacia Salta. Fueron necesarios seis viajes en camión entre abril y agosto.

El próximo paso ya está proyectado: 300 mil plantas en 2027. Y después viene el salto mayor.

La empresa salteña pretende llegar a 500 mil plantines, producción que Biofábrica debe comenzar a preparar con mucha anticipación porque el proceso comienza con los hijuelos -las plantas madre- que llegan desde Salta y son introducidos al laboratorio misionero para iniciar su propagación.

Desde enero, la logística cambiará. En lugar de recibir grandes partidas esporádicas, llegarán plantas madre aproximadamente cada quince días para alimentar de manera continua el proceso de multiplicación destinado a las plantaciones de 2028.

La genética vegetal sale de las fincas salteñas, viaja hasta Misiones, ingresa al laboratorio, se multiplica mediante biotecnología, pasa al vivero y finalmente vuelve al Noroeste convertida en cientos de miles de nuevas plantas.

Después, las bananas terminan en los grandes mercados consumidores del país, especialmente Buenos Aires.

Misiones ocupa en esa cadena un lugar invisible para el consumidor, pero decisivo: es la fábrica tecnológica de las plantas que hacen posible la producción.

La escala económica tampoco es menor. Los plantines de banana se comercializan en valores cercanos a US$1 a US$1,20 por unidad. Si el contrato alcanza las 500 mil plantas pretendidas por la compañía salteña, la operación puede ubicarse en un rango de aproximadamente US$500 mil a US$600 mil, dependiendo del precio final acordado.

El éxito comercial empieza a chocar contra la capacidad instalada.

“Si nosotros en vez de medio millón hacemos dos millones, ellos compran”, explica Miravet.

El problema es que Biofábrica llegó prácticamente al límite de lo que puede producir con su estructura actual.

Duplicar o multiplicar fuertemente la producción mediante el sistema tradicional exigiría construir otro laboratorio, además de incorporar personal y equipamiento.

La alternativa es tecnológica. La empresa analiza proveedores de Argentina, Brasil y Bélgica para incorporar sistemas de inmersión temporal, una generación de biorreactores que permitiría multiplicar considerablemente la capacidad de propagación vegetal sin necesidad de replicar toda la infraestructura existente.

También comenzaron a mirar hacia China.

Miravet introduce allí una autocrítica poco frecuente dentro de una empresa pública tecnológica: buena parte del sistema productivo utilizado actualmente deriva de la tecnología con la que nació Biofábrica hace veinte años.

El mundo está en otro proceso”, admite.

La discusión dejó de ser solamente cómo vender más. Ahora es cómo aumentar productividad para poder atender un mercado que ya existe.

Del laboratorio misionero a Croacia

La internacionalización aparece además por caminos menos evidentes. Durante este año Biofábrica produjo alrededor de 200 mil plantines de menta piperita. Parte de esa producción fue destinada a establecimientos de Campo Grande y El Soberbio, donde continuó el proceso de enraizamiento. El producto final tuvo como destino Croacia, con Klimiuk Infusiones como exportador. 

Es una exportación indirecta, pero revela nuevamente el lugar que pretende ocupar la empresa: generar la base biotecnológica para que empresas privadas puedan desarrollar después el negocio comercial.

Algo parecido ocurre con MisioFlor. Biofábrica abastece de ornamentales a la cooperativa misionera y esa producción llega posteriormente al mercado de La Plata.

La empresa pública queda así en el comienzo de cadenas que después continúan por manos privadas.

“Biofábrica es una empresa pública, con pensamiento de empresa privada”.

La compañía es una SAPEM -una sociedad anónima con participación estatal mayoritaria- y el Estado provincial sostiene parte de su estructura, particularmente salarios y gastos corrientes. Pero Miravet pretende que esa condición pública no signifique renunciar a buscar clientes, competir por precios, generar ingresos y conquistar mercados.

Una empresa privada necesita que cada investigación termine generando rentabilidad. Biofábrica puede sostener investigación y desarrollo incluso cuando el retorno no es inmediato porque parte de ese conocimiento termina después convertido en bienes públicos: bioinsumos para productores, nuevas variedades, forestales nativos, aromáticas, medicinales o tecnologías aplicadas a las chacras misioneras.

“Sin ese I+D nosotros no tendríamos el bioinsumo que después va a tu chacra”, resume Miravet.

Entre la sede central y el centro de San Vicente trabajan en Biofábrica alrededor de medio centenar de personas, con una producción que, por las características biológicas del proceso, requiere guardias y atención permanente. Miravet asegura que una parte del cambio fue organizacional.

Cuando asumió encontró áreas prácticamente separadas entre sí. Laboratorio y vivero funcionaban como mundos distintos. El primer movimiento fue elemental: hacer que las personas se encontraran y comenzaran a conversar.

Después vino otro desafío todavía más complejo: integrar la dinámica de Biofábrica y Biofarma.

Hoy comparten espacios, reuniones de responsables de áreas y procesos productivos. La transformación interna acompaña otra mucho más ambiciosa hacia afuera.

Biofábrica acumulaba alrededor de 50 protocolos vegetales, pero cuando la actual conducción comenzó a explorar seriamente la posibilidad de internacionalizar la empresa descubrió que faltaban cuestiones tan elementales como nomencladores y procedimientos aduaneros para sacar determinados productos del país.

Había conocimiento científico, pero faltaba arquitectura comercial. La empresa comenzó entonces a trabajar con Cancillería y representaciones diplomáticas para construir los procedimientos necesarios para exportar.

Ese cambio probablemente explique mejor que cualquier discurso lo que está ocurriendo.

Durante años, Biofábrica fue pensada fundamentalmente como una herramienta de política productiva misionera. Sigue siéndolo. Pero ahora pretende sumar otra identidad: una empresa tecnológica capaz de vender conocimiento argentino dentro y fuera del país.

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De científicas a empresarias: la camada del CONICET que levantó más de US$ 40 millones para fundar startups biotech

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La ciencia argentina empieza a mostrar otra cara. Ya no se trata solamente de investigar, publicar un paper, formar nuevos científicos y conseguir financiamiento para sostener un laboratorio. Una nueva generación decidió agregar un eslabón más complejo a esa cadena: transformar conocimiento científico en empresas.

El fenómeno tiene nombres propios, capital privado y negocios que empiezan a cruzar fronteras.

Ocho investigadoras formadas en el CONICET dieron el salto hacia el mundo empresario y crearon compañías vinculadas con fertilidad, diagnóstico temprano de cáncer, agricultura, química verde, terapias oncológicas y biotecnología marina. En conjunto, las startups vinculadas a sus historias consiguieron más de US$ 40 millones de inversión.

El dato adquiere otra dimensión cuando se observa qué está ocurriendo con el capital emprendedor argentino. Según el informe Panorama del Capital Emprendedor Argentino 2026, elaborado por ARCAP y EY, la biotecnología fue por segundo año consecutivo el sector con mayor cantidad de operaciones del país: explicó 43,1% de las transacciones realizadas durante 2025.

En 2026, además, el sector ya acumuló US$ 32,7 millones distribuidos en 31 rondas de inversión. Hay otro dato singular: apenas 12,5% de las startups argentinas que recibieron inversiones en 2025 tienen una mujer como CEO y todas ellas pertenecen al universo biotech.

De investigadores a empresarios

La transformación, sin embargo, supone bastante más que encontrar inversores.

El principal desafío es convertir una tecnología científicamente prometedora en un producto que alguien esté dispuesto a comprar. Es el puente entre el laboratorio y el mercado.

Matías Peire, fundador de GRIDX, conoce ese cuello de botella. El fondo administra alrededor de US$ 41 millones, posee más de 90 startups en su portfolio y reúne cerca de 190 científicos entre sus fundadores. El 75% de sus compañías cuenta con alguna mujer entre sus fundadoras.

Su modelo consiste precisamente en buscar investigadores dentro del sistema científico, ayudarlos a estructurar una compañía y aportar capital inicial. El problema aparece cuando esas empresas necesitan escalar: América Latina todavía no dispone de suficiente capital para financiar el crecimiento de muchas biotech, obligándolas a competir por inversiones internacionales.

Y ahí comienza otro examen: convencer a un inversor internacional de apostar por ciencia desarrollada en Argentina frente a proyectos nacidos alrededor de universidades como Harvard, MIT o Stanford.

Microgénesis: US$ 4 millones para entender la fertilidad

Microgénesis, fundada por Gabriela Gutiérrez, nació buscando respuestas para aquellos casos en los que los estudios convencionales no consiguen explicar los problemas de fertilidad.

La compañía desarrolló una metodología que combina antecedentes, síntomas y biomarcadores metabólicos, inflamatorios y de microbiota para identificar perfiles y orientar tratamientos.

Después de años de investigación y validación, avanzó hacia la atención directa de pacientes mediante herramientas digitales y una red internacional de profesionales.

La empresa consiguió más de US$ 4 millones provenientes de inversores privados de Argentina, Estados Unidos y Asia, particularmente China y Singapur.

Oncoliq: detectar cáncer con una muestra de sangre

El desafío de Oncoliq es todavía más ambicioso: detectar tempranamente distintos tipos de cáncer mediante una muestra de sangre.

La tecnología mide microARN, moléculas cuyos patrones se modifican cuando comienza a desarrollarse una enfermedad. La intención es extender el diagnóstico hacia cánceres que actualmente no cuentan con sistemas adecuados de tamizaje y hacerlo de manera descentralizada y accesible.

El test cuesta alrededor de US$ 70 y el primer producto, Oncoliq Mama, tiene previsto llegar al mercado hacia fines de 2026.

La compañía, cofundada por Marina Simian y Adriana De Siervi, consiguió algo más de US$ 4,2 millones y prepara una Serie A, mientras México aparece como su próximo mercado internacional.

OncoPrecision: US$ 11 millones para atacar el cáncer

Entre los proyectos que más capital consiguieron aparece OncoPrecision.

La empresa desarrolla microavatares de tumores reales: modelos vivos del cáncer de cada paciente que permiten estudiar, con ayuda de inteligencia artificial, por qué determinadas células no responden a los tratamientos.

A partir de esa información desarrolla anticuerpos destinados a superar esas resistencias.

La compañía surgió de un laboratorio de la Universidad Nacional de Córdoba integrado por exinvestigadores del CONICET y posteriormente pasó por los programas de GRIDX e IndieBio.

Ya reunió alrededor de US$ 11 millones de fondos como GRIDX, SOSV, AIR Capital y New York Ventures, y actualmente divide sus operaciones entre Córdoba y Nueva York. Su terapia más avanzada, ONC001, se acerca a la instancia de estudios clínicos.

Del mar patagónico a Estados Unidos

También hay biotecnología nacida lejos de los grandes centros urbanos.

Tamara Rubilar convirtió más de veinte años de investigación sobre huevas de erizos de mar en Erisea, compañía detrás de la marca ProMarine, orientada al desarrollo de suplementos vinculados con el envejecimiento saludable.

La empresa obtuvo una licencia exclusiva del CONICET y se convirtió en la primera compañía de base tecnológica de la Patagonia en conseguir una licencia de esas características.

Ya realizó su primera exportación hacia Estados Unidos y recibió cerca de US$ 5 millones de inversión desde su creación.

Su caso rompe además con una lógica histórica de la economía del conocimiento argentina: demuestra que una empresa tecnológica exportadora puede construirse desde Puerto Madryn y no necesariamente desde Buenos Aires o los principales polos tecnológicos del país.

Puna Bio: microorganismos extremos para recuperar suelos

Otro de los casos de mayor escala es Puna Bio.

La compañía utiliza extremófilos, microorganismos capaces de sobrevivir en los salares de la Puna a más de 4.000 metros de altura y bajo condiciones extremas de radiación y salinidad.

Aplicados a la agricultura, esos microorganismos consiguieron mejoras de rendimiento de entre 10% y 15% y permiten producir sobre terrenos degradados.

La tecnología resume más de 25 años de investigación científica desarrollada en el CONICET y Tucumán.

La empresa ya lanzó tres productos, tiene operaciones en Brasil, Estados Unidos y Paraguay y consiguió más de US$ 10 millones de capital. En 2025 cerró una ronda liderada por Corteva con participación de la Fundación Gates.

La definición de sus fundadoras sintetiza la oportunidad que se abre detrás de este proceso: Argentina tendría potencial para generar al menos cien compañías similares a Puna Bio.

Bioeutectics: química verde desde Mendoza

Bioeutectics apunta a otro mercado gigantesco: reemplazar solventes petroquímicos utilizados en cosmética, alimentos, agro y materiales por alternativas naturales.

María Fernanda Silva llegó a investigadora superior del CONICET y dirigió un instituto en Mendoza antes de convertirse en empresaria.

La startup fue seleccionada por GRIDX e IndieBio y acumuló más de US$ 4,8 millones entre inversiones privadas y programas de aceleración.

Conserva su laboratorio en Mendoza, abrió una sede en Tulsa, Estados Unidos, y se encuentra desarrollando una ronda Serie A. Incluso recibe pasantes provenientes de universidades estadounidenses como New York University y Cornell.

Semion: hacer que la planta se defienda

Semion, por su parte, desarrolla soluciones destinadas a activar las defensas naturales de los cultivos.

En vez de atacar directamente una plaga, la tecnología busca fortalecer la capacidad de la propia planta para resistirla sin perder productividad.

Su desarrollo cobró especial relevancia durante la crisis de la chicharrita del maíz de la campaña 2023/24. En los primeros ensayos consiguió incrementar 30% el rendimiento de lotes afectados y ya acumula 23 ensayos a campo desde Paraguay hasta Córdoba.

La compañía levantó alrededor de US$ 1 millón de capital privado, además de fondos no reembolsables.

Mucha ciencia, pero todavía poco capital

La paradoja argentina aparece precisamente allí.

El país posee recursos humanos altamente calificados, universidades, décadas de inversión pública en investigación y científicos capaces de producir tecnologías competitivas internacionalmente. Pero convertir esa capacidad científica en compañías globales todavía exige superar barreras financieras, regulatorias y culturales.

El 87,7% de las rondas de inversión realizadas en Argentina durante 2025 fueron inferiores a US$ 5 millones, una escala reducida para compañías biotecnológicas que pueden necesitar años de investigación, ensayos, validaciones y aprobaciones regulatorias antes de alcanzar ventas significativas.

También existen tensiones dentro del propio sistema científico.

Patentar una tecnología puede exigir postergar una publicación académica; emprender obliga a comprender balances, clientes, valuaciones y capital de riesgo; y levantar fondos demasiado temprano puede diluir rápidamente la participación de los científicos fundadores.

Pero detrás de esas dificultades comienza a consolidarse un activo económico de enorme valor: la posibilidad de transformar décadas de conocimiento acumulado en propiedad intelectual, empresas, exportaciones y empleo calificado.

No es una discusión menor para una Argentina necesitada de dólares.

La biotecnología ofrece algo que el país busca desde hace décadas: exportar mucho valor utilizando relativamente pocos recursos físicos. En lugar de vender solamente materias primas, permite comercializar microorganismos, diagnósticos, moléculas, patentes, tratamientos y conocimiento.

Y esta generación de científicas empieza a demostrar que entre un laboratorio argentino y el mercado mundial puede existir algo más que un paper. Puede existir una empresa.

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Hallazgo científico: identifican nueva vía para potenciar la inmunoterapia contra el cáncer de hígado

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Investigadores del Instituto de Investigaciones en Medicina Traslacional (IIMT, Univ. Austral-CONICET) identificaron un mecanismo biológico que podría ayudar a superar una de las principales limitaciones de la inmunoterapia en el tratamiento del cáncer de hígado. El trabajo, publicado en la revista científica Molecular Therapy Oncology, demostró que el bloqueo de la proteína SMYD2 reduce el crecimiento tumoral y potencia la respuesta a la inmunoterapia en modelos experimentales de hepatocarcinoma.

El hepatocarcinoma es el tipo más frecuente de cáncer primario de hígado y constituye una de las principales causas de muerte por cáncer a nivel mundial. Si bien en los últimos años la inmunoterapia ha revolucionado el tratamiento de numerosos tumores, su eficacia en el hepatocarcinoma sigue siendo limitada: menos de un tercio de los pacientes obtiene respuestas objetivas.

El estudio analizó el papel de SMYD2, una proteína que se encuentra aumentada en distintos tipos de cáncer y que participa en la regulación de procesos asociados al crecimiento tumoral. A partir del análisis de muestras de pacientes, experimentos en cultivos celulares y modelos animales, los investigadores comprobaron que SMYD2 está particularmente activa en las regiones tumorales y asociada a mecanismos que favorecen tanto la progresión del cáncer como la supresión de la respuesta inmunológica.

Cuando los científicos bloquearon farmacológicamente esta proteína, observaron una reducción significativa del tamaño de los tumores y cambios en el microambiente tumoral que favorecieron una respuesta inmune más activa. Además, detectaron una disminución de señales biológicas vinculadas con la resistencia a la inmunoterapia.

Uno de los hallazgos más relevantes fue que la inhibición de SMYD2 mejoró la eficacia de los tratamientos anti-PD-1, uno de los principales tipos de inmunoterapia utilizados actualmente. En los modelos experimentales evaluados, la combinación de ambas estrategias produjo una respuesta antitumoral superior a la obtenida con cada tratamiento por separado.

El trabajo fue liderado por los investigadores Dr. Guillermo Mazzolini y Dr. Juan Miguel Bayo Fina, del IIMT, junto a un equipo integrado por científicos de Argentina, España y Alemania. Los resultados fueron publicados en la revista Molecular Therapy Oncology y aportan nueva evidencia sobre estrategias para mejorar la respuesta a la inmunoterapia en el cáncer de hígado.

Según los autores, los resultados sugieren que SMYD2 podría convertirse en un nuevo blanco terapéutico para aumentar la efectividad de la inmunoterapia, especialmente en aquellos tumores que presentan resistencia a estos tratamientos. Aunque los hallazgos son preclínicos y aún deberán ser validados en estudios clínicos, abren una nueva línea de investigación para el desarrollo de terapias más eficaces contra uno de los cánceres de peor pronóstico.

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Avanza la validación de variedades de gerberas con biotecnología para abastecer al sector florícola

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En un nuevo paso hacia la consolidación de la producción florícola provincial, Biofábrica Misiones avanza en la etapa de validación en condiciones reales de producción de tres nuevas variedades de gerberas. Desarrolladas mediante biotecnología vegetal y propagación in vitro, estas plantas buscan evaluar su adaptación, comportamiento agronómico y calidad floral en la región.

Las variedades seleccionadas para este proceso son: sassefras (Caracterizada por sus delicadas flores en tonos rosado y blanco); princenton (dematices en naranja y amarillo); y aligator (de flores color fucsia). Cabe destacar que todas las variedades fueron producidas íntegramente en el laboratorio de Cultivo de Tejidos de Biofábrica Misiones, garantizando plantines con sanidad, uniformidad y vigor genético.

En este sentido, para evaluar el desempeño real de los ejemplares, los ensayos técnicos se llevan a cabo en tres puntos de la provincia: el invernadero de la productora Karen Heck, en Puerto Rico; el invernadero del productor Julio Yamada, en Colonia Luján; y el Centro de Investigaciones y Transferencia Tecnológica (CITECH), en Eldorado. También, hay ensayos en el Centro de Producción y Validación de Tecnologías Hortícolas de San Vicente.  

Por otra parte, vale destacar que tanto Heck como Yamada integran la Cooperativa Florícola Misioflor, reflejando un modelo de trabajo colaborativo que vincula directamente la investigación científica con las necesidades reales de las y los productores locales.

Sobre este trabajo, la subgerenta Verónica Rodríguez destacó el proceso de validación tanto de gerberas, crisantemos y gipsófilas como un hito porque permite que Biofábrica disponga de un producto de calidad, de genética uniforme y saneados. Un producto que estará disponible para las y los productores tanto de Misiones como de afuera de la provincia para abastecer un mercado que venía demandando este tipo de producto. 

Seguimiento técnico: una herramienta clave

La supervisión técnica y agronómica del proyecto está a cargo de los ingenieros agrónomos Doris Bischoff y Ricardo Haussecker, quienes realizarán un monitoreo sistemático sobre el crecimiento, la productividad, la calidad del botón floral y la resistencia de cada variedad frente a las condiciones agroclimáticas de Misiones. Una supervisión que muestra la articulación institucional y el compromiso con el sector florícola, ya que se trabaja en esta tarea en conjunto con el área de validación tecnológica de la Biofábrica.  

Esta instancia representa un paso fundamental para dotar al sector de alternativas comerciales competitivas, promoviendo la transferencia tecnológica y dinamizando las economías regionales.

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Con yerba mate y mandioca, científicas argentinas desarrollan un bioplástico que se degrada en cinco semanas

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Ante una demanda casi desesperada de alternativas a los plásticos de un solo uso, la ciencia argentina acaba de dar un paso con fuerte impacto ambiental y, especialmente, económico para el norte del país. Investigadoras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del CONICET desarrollaron un bioplástico biodegradable elaborado a partir de almidón de mandioca y yerba mate que puede degradarse completamente en apenas cinco semanas.

El avance no solo apunta a reducir la contaminación generada por los plásticos convencionales, que pueden permanecer entre 100 y 500 años en el ambiente, sino que abre un nuevo horizonte para las economías regionales, particularmente para Misiones, principal productora de yerba mate del país y una de las provincias con mayor desarrollo de la cadena de la mandioca.

Ciencia con sello argentino y potencial industrial

El desarrollo fue realizado en el Laboratorio de Polímeros y Materiales Compuestos de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, bajo la dirección de la investigadora del CONICET Lucía Famá.

El material está compuesto principalmente por almidón de mandioca, al que se incorporan derivados de yerba mate para obtener un film flexible destinado al envasado de alimentos.

“Esto, que parece plástico, no lo es. Lo desarrollamos en la UBA a partir del almidón de mandioca”, explicó Famá al presentar los resultados de la investigación.

El desarrollo se realiza en el Laboratorio de Polímeros y Materiales Compuestos de la UBA, dirigido por la investigadora del Conicet Lucía Fama. Foto: gentileza.

La tesista de Ciencias Físicas Natalia Hermoso destacó que el objetivo es reemplazar parte de los plásticos derivados del petróleo utilizando materias primas nacionales. “Este desarrollo se usa para reemplazar parte del plástico y así poder usar fécula de mandioca y yerba mate para darle valor agregado a productos nacionales”, señaló.

Una de las principales ventajas es que el nuevo material puede producirse mediante procesos industriales similares a los utilizados actualmente por la industria del plástico. El almidón procesado se transforma primero en un material termoplástico y luego, mediante presión y calor, se convierte en láminas transparentes aptas para envases alimentarios, sin requerir una reconversión completa de la maquinaria existente.

Una oportunidad estratégica para Misiones

Más allá del avance científico, el proyecto tiene una enorme relevancia económica para Misiones.

La provincia concentra cerca del 90% de la producción nacional de yerba mate y también posee una importante cadena de elaboración de fécula de mandioca. Ambas actividades generan empleo, arraigo rural y valor agregado, aunque históricamente estuvieron vinculadas casi exclusivamente al consumo alimentario.

La posibilidad de que estos productos se conviertan en materia prima para la industria de los biomateriales representa un cambio de paradigma.

En el caso de la yerba mate, significaría abrir una nueva demanda industrial en momentos en que el sector atraviesa dificultades derivadas de la desregulación del mercado y de la caída de los precios pagados al productor. Incorporar la yerba como insumo para envases biodegradables permitiría diversificar mercados y reducir la dependencia exclusiva del consumo tradicional.

Para la mandioca, cuyo procesamiento industrial se concentra principalmente en Misiones, Corrientes y Formosa, el desarrollo también podría traducirse en una mayor demanda de fécula destinada a aplicaciones de alto valor tecnológico.

Cada año se producen más de 400 millones de toneladas de plástico en el mundo y apenas alrededor del 10% logra reciclarse. El resto termina acumulándose en rellenos sanitarios, cursos de agua, océanos o fragmentándose en microplásticos que permanecen durante siglos en el ambiente.

Los envases alimentarios constituyen uno de los principales focos de esa contaminación.

En ese escenario, los bioplásticos aparecen como una de las alternativas más prometedoras para reducir la huella ambiental sin resignar prestaciones industriales.

El desarrollo argentino busca precisamente ocupar ese espacio: materiales con comportamiento similar al plástico tradicional, pero elaborados con recursos renovables y capaces de degradarse naturalmente en pocas semanas.

Del laboratorio al mercado

Aunque todavía resta avanzar en escalas industriales y validaciones comerciales, el proyecto muestra una ventaja competitiva importante: aprovecha cadenas productivas ya consolidadas en el país y utiliza tecnologías compatibles con la infraestructura existente de la industria del packaging.

Para Misiones, donde la bioeconomía se convirtió en uno de los ejes de desarrollo impulsados por el sector público y privado, este tipo de innovaciones refuerza una estrategia que busca transformar materias primas tradicionales en productos con mayor contenido tecnológico.

La combinación entre ciencia pública, recursos naturales y agregado de valor industrial aparece así como una oportunidad para ampliar mercados, generar empleo calificado y posicionar a la provincia como proveedor de insumos para una economía cada vez más orientada hacia la sustentabilidad.

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