PRODUCCION

De la investigación a la chacra: empresas misioneras evalúan selecciones genéticas de INTA para la yerba del futuro

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Dos nuevos ensayos instalados en establecimientos productivos de Santo Pipó y Oberá permitirán evaluar durante los próximos años materiales genéticos desarrollados por el Programa de Mejoramiento de Yerba Mate del INTA. La iniciativa busca identificar plantas con mayor productividad, mejor adaptación a distintas condiciones ambientales y características diferenciales de calidad que respondan a las demandas actuales y futuras de la cadena yerbatera.

La innovación en la producción de yerba mate es un proceso que demanda tiempo, continuidad y rigurosidad científica. Detrás de cada nueva selección genética existen años de investigación, observación y evaluación antes de que los materiales puedan llegar a los productores. En ese camino se inscriben los dos nuevos ensayos de progenies que el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) comenzó a implementar en establecimientos productivos de Misiones, donde se pondrán a prueba materiales obtenidos tras décadas de trabajo en mejoramiento genético.

Los ensayos forman parte del Programa de Mejoramiento Genético de Yerba Mate que el organismo desarrolla desde hace más de cincuenta años en la provincia. Su propósito es generar información que permita identificar los materiales con mejor desempeño productivo, sanitario y de calidad, aportando nuevas alternativas para fortalecer la competitividad del sector.

Nuevas selecciones en condiciones reales de producción

Uno de los ensayos fue implantado en un establecimiento de la empresa Madanto S.A., en Santo Pipó, mientras que el segundo se encuentra en proceso de instalación en la empresa San Miguel, en Oberá. Ambos incorporan nuevas selecciones genéticas surgidas a partir de la evaluación de plantas sobresalientes y de cruzamientos controlados realizados por los equipos de investigación del INTA.

La investigadora del INTA, Mgter. Vanesa Schoffen, explicó que estos materiales ya atravesaron distintas etapas de selección y ahora ingresan en una fase decisiva: su evaluación en condiciones reales de producción.

“Estos materiales tienen detrás varios años de trabajo de selección genética y cruzamientos controlados. Ahora comienza una nueva etapa en la que debemos observar cómo responden en el campo, evaluando crecimiento, rendimiento, adaptación, comportamiento frente a plagas y enfermedades y distintos parámetros de calidad”, señaló.

En el caso del ensayo instalado en Santo Pipó, se trabaja con 84 familias provenientes de cruzamientos controlados, selecciones genéticas y fenotípicas distribuidos en 15 bloques experimentales sobre una superficie cercana a las 0,7 hectáreas. Allí se realizarán mediciones y observaciones durante aproximadamente una década.

Sin embargo, el horizonte temporal del mejoramiento genético es aún más amplio. Desde la instalación de un ensayo hasta la disponibilidad comercial de plantines provenientes de los materiales seleccionados pueden transcurrir entre 8 y 10 años. Se trata de un proceso de largo plazo que requiere continuidad y seguimiento permanente.

A través de estas evaluaciones, los investigadores buscan identificar genotipos con mayor productividad, mejor estabilidad frente a distintas condiciones ambientales y características diferenciales vinculadas tanto a la calidad industrial como a perfiles químicos específicos, atributos que adquieren creciente relevancia dentro de la cadena yerbatera.

Hacia una yerba mate con perfiles diferenciados

La participación de la empresa Madanto S.A. en esta iniciativa se apoya en experiencias previas de mejoramiento genético desarrolladas por el INTA en distintos puntos de Misiones. Andrés Bovi, responsable del establecimiento asociado a la Cooperativa Piporé, destacó que el profesionalismo y la rigurosidad de los equipos técnicos fueron factores clave para sumarse al proyecto.

“Vimos los ensayos que ya se estaban realizando en otros lugares de Misiones y eso inspira mucha confianza. Hay un seguimiento muy profesional y meticuloso que genera entusiasmo y expectativas sobre los resultados que puedan alcanzarse”, expresó.

Para Bovi, el potencial de estos trabajos va más allá de la obtención de plantas más productivas o resistentes. Considera que el futuro de la actividad también pasa por avanzar en la identificación de características químicas y sensoriales que permitan diferenciar materiales según distintos perfiles de consumo.

“Así como en otras producciones existen variedades claramente identificadas, creo que en el futuro también podremos encontrar materiales diferenciados por sabor, intensidad o composición química. Eso permitiría orientar mejor la producción según las demandas de distintos mercados y consumidores”, afirmó.

Asimismo, destacó la importancia de sostener investigaciones de largo plazo mediante una articulación efectiva entre el sector público y privado. “Estos estudios requieren paciencia, continuidad y rigurosidad. Las empresas podemos aportar la superficie, el manejo y el compromiso, pero instituciones como el INTA tienen las capacidades técnicas, los profesionales y el rigor científico necesarios para generar resultados confiables. Esa complementación es fundamental para el desarrollo futuro de la actividad yerbatera”, concluyó.

La articulación público-privada como motor de innovación

La ingeniera forestal y magíster Valeria Morales, titular de Vivero VYO, también resaltó el valor de este trabajo conjunto. Explicó que la empresa San Miguel S.A., perteneciente al grupo Máximo Urrutia, participa activamente en el acompañamiento de las investigaciones mediante la implantación y el mantenimiento de los ensayos, la provisión de insumos y la coordinación con los equipos técnicos del INTA.

Según indicó, este es el segundo ensayo que se desarrolla en la empresa y, en esta oportunidad, se evaluarán 65 nuevos genotipos de yerba mate. “El objetivo es analizar la interacción genotipo-ambiente y evaluar los rendimientos, la tolerancia a plagas y enfermedades, así como las características químicas de los materiales”, explicó.

Morales remarcó además que la cooperación entre organismos públicos y empresas privadas resulta fundamental para acelerar los procesos de innovación y transferencia tecnológica. “Es clave el trabajo en equipo entre empresas privadas y el sector público para que podamos dar pasos más grandes en menor tiempo”, afirmó.

“Poder trabajar en conjunto a través de convenios de colaboración técnica con el INTA nos permite ahorrar tiempo y adquirir materiales que ya tienen varios años de mejora, algo que es muy beneficioso para la empresa”, agregó.

Desde la perspectiva del vivero, la generación de nuevos materiales genéticos representa además una oportunidad estratégica para fortalecer la oferta comercial y diferenciarse por la calidad genética de las plantas disponibles para los productores.

Ciencia aplicada para construir la yerba mate del futuro

Más allá de la información que aportarán sobre productividad y adaptación, estos ensayos cumplen una función estratégica dentro del proceso de mejoramiento genético. La identificación de materiales de yerba mate superiores permitirá su utilización como plantas madre en huertos semilleros, como progenitores en nuevos esquemas de cruzamientos y como fuente de material para su propagación.

La iniciativa también refleja la importancia de vincular la investigación científica con las necesidades concretas del sector productivo. La instalación de los ensayos en establecimientos comerciales permite que las evaluaciones se desarrollen bajo condiciones reales de manejo, incorporando la experiencia y la visión de empresas y productores que forman parte de la cadena yerbatera.

En el marco de estos acuerdos de cooperación técnica, el INTA aporta los materiales genéticos, el diseño experimental, la implantación de los ensayos y el seguimiento técnico durante todo el proceso. Las empresas, por su parte, contribuyen con la superficie, el mantenimiento y el personal necesario para sostener investigaciones que requieren continuidad durante muchos años.

Las expectativas están puestas en que estos nuevos ensayos amplíen la base genética disponible para el sector y permitan avanzar en la identificación de materiales capaces de mejorar la productividad, la adaptación y la calidad de la yerba mate argentina. 

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Comienza la segunda campaña anual de vacunación contra la fiebre aftosa y la brucelosis bovina

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El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA) confirmó el inicio de la segunda campaña anual de vacunación contra la fiebre aftosa en la región Centro Norte y Cordón Fronterizo, única zona del país donde se aplica de forma sistemática.

Para este segundo período de 2026, la inmunización se realizará durante 30 días y alcanzará únicamente a terneros y terneras que fueron vacunados en la primera campaña 2026, en el marco de la Resolución N.° 711/2025. De esta manera, se dejará de inocular vaquillonas, novillos, novillitos y toritos, lo que implicará para el sector productivo un ahorro cercano a 14 millones de dosis.

Así, las provincias Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, La Pampa, San Luis, Chaco y Corrientes vacunarán desde la fecha hasta el 10 de julio. Por su parte, Santiago del Estero y Misiones comenzarán el 22 de junio, mientras que Formosa lo hará el 29 de este mes. Del mismo modo, planes específicos de Catamarca y Tucumán aplicarán las dosis desde el 6 de julio, mientras que Jujuy y Salta darán inicio el 27 de julio.

La adecuación del plan de vacunación nacional constituye un avance en la gestión sanitaria de la fiebre aftosa —enfermedad ausente en la Argentina— y no supone un riesgo epidemiológico, ya que se garantiza la inmunidad de las categorías menores durante un año. Esta medida se alinea con la estrategia de otros países del Cono Sur que actualmente vacunan contra la fiebre aftosa, como Uruguay y Paraguay.

Asimismo, el Plan Nacional de Erradicación de la Fiebre Aftosa incluye la inoculación contra brucelosis bovina a terneras de 3 a 8 meses de edad en todo el territorio nacional, con excepción de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, zona reconocida como libre de la enfermedad.

Cabe destacar que eventualmente, ante contingencias climáticas, el SENASA contemplará medidas excepcionales para acompañar al sector ganadero en la gestión sanitaria y documental de la hacienda.

Para mayor información, acceder al calendario oficial de vacunación 2026.

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Destilado de mandioca: el oro blanco de Paraguay que ya hizo goles de sostenibilidad

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Lo que nace de la tierra merece celebrarse. Y qué mejor que con Emperatriz Cassava, el primer destilado elaborado a base de mandioca, que está llevando el nombre de Paraguay a mercados tan exigentes como Taiwán, Reino Unido y otros destinos internacionales. Su historia fue presentada en el marco del XVII Congreso Internacional de RSE y Sostenibilidad de la Adec.

En el mapa de los destilados premium, donde el origen suele ser parte del prestigio, una propuesta nacida en Paraguay empieza a ocupar un espacio inesperado. Se trata de Emperatriz Cassava, el primer destilado del mundo elaborado a base de mandioca, que ya llegó a mercados como Taiwán, Reino Unido y otros destinos internacionales, llevando consigo algo más valioso que una bebida: una nueva manera de mirar el potencial productivo paraguayo.

“Cuando los conquistadores vinieron a Sudamérica buscaban montañas de oro. No sabían que estaban pisando ese oro”, reflexionó Jennifer Snaider, fundadora y CEO de la firma en un reportaje del diario La Nación de Paraguay. Y quizás allí esté la esencia de toda esta historia, pues durante décadas Paraguay exportó materias primas, pero el verdadero desafío del siglo XXI consiste en transformarlas, agregarles conocimiento, diseño, identidad y tecnología. Y eso es exactamente lo que ocurre con Emperatriz Cassava.

La bebida nace del almidón de mandioca cultivado en Paraguay, luego atraviesa un proceso de fermentación y destilación acompañado de botánicos naturales cuidadosamente seleccionados. El resultado es un destilado premium que no busca parecerse a ningún otro. “Competitividad no es ser el mejor en lo que otros ya hacen, sino crear lo que otros nunca imaginaron”, sostuvo Jennifer.

La innovación no estuvo solamente en crear un nuevo producto, sino una categoría completamente nueva. “No es ron porque no está hecho a base de caña de azúcar. No es gin porque no tiene enebro. Entonces creamos una nueva categoría: Cassava”, explicó.

La fórmula utiliza ingredientes 100% naturales. No incorpora saborizantes artificiales ni aditivos químicos. El packaging privilegia materiales reutilizables y reciclables. Y toda la cadena de valor se desarrolla en Paraguay, generando empleo, conocimiento y oportunidades para productores locales.

“Antes de existir en una botella, existió bajo la tierra”, expresó la emprendedora al describir la historia detrás de cada destilado. Y es justamente allí donde aparece otra dimensión del proyecto.

Cada botella cuenta la historia de productores, agricultores y familias paraguayas. De personas que trabajan la tierra y que hoy encuentran nuevas oportunidades gracias a productos capaces de competir en mercados globales.

Hace pocas semanas, la marca concretó su primera exportación oficial a Taiwán, un hito que se suma a envíos realizados a Reino Unido y muestras enviadas a Japón, Estados Unidos, Colombia y Europa.

Pero quizás el mayor logro no sea comercial. Tal vez sea demostrar que Paraguay puede competir sin copiar modelos ajenos, que puede innovar desde sus propias raíces y que puede construir valor a partir de aquello que siempre tuvo.

Mientras muchos países buscan su próximo gran recurso estratégico, Jennifer Snaider parece haber encontrado el suyo en una raíz que los paraguayos conocen desde siempre. “El oro siempre estuvo aquí, bajo nuestros pies, en nuestra tierra, en nuestra mandioca; ahora el mundo lo está descubriendo”, dijo con orgullo.

Y, a juzgar por lo que está ocurriendo, el marcador de la sostenibilidad ya empezó a jugar a favor de Paraguay.

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El negocio que crece en la tierra: Argentina impulsa reino fungi, un mercado de más de US$ 4.600 millones

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Shiitake. Champiñón. Portobello. Durante quizás demasiadas décadas, el hongo fue, en la mesa argentina, un relleno de tarta o salsa. Hoy eso cambió completamente. En América Latina, el mercado de productos derivados del hongo -desde su comercialización directa hasta los elaborados a partir de él- ya vale US$ 4.670 millones y se proyecta que llegue a US$ 7.120 millones en 2035.

Mientras tanto, el mercado global de hongos crece a una tasa del 5,6% anual y se proyecta que alcance los US$ 123.700 millones en 2034, según IMARC Group. El incremento no es casual. A nivel global, tres fuerzas convergieron para convertir al reino fungi en uno de los mercados con mayor proyección: el auge de las dietas basadas en proteínas vegetales, la búsqueda de materiales sostenibles que reemplacen al plástico y el interés científico -y financiero- en los compuestos bioactivos del hongo como alternativa terapéutica.

Argentina no es ajena a ninguna de esas tres corrientes. En los últimos años emergió un ecosistema local que las procesa a su manera: con emprendedores jóvenes que arrancaron desde cero, con ciencia pública como respaldo y ambiciones que, en algunos casos, ya superaron las fronteras de la región, escalaron el negocio y ya tienen entre manos negocios proyectos que levantan inversiones de hasta US$ 4,85 millones.

Cultivar la oportunidad

El hongo fresco es solo una de las formas que puede tomar este negocio. Y es, también, la más elemental: la que más cerca está de la tierra y la que mejor muestra cuánto espacio vacío hay todavía en el mercado local. El argentino consume en promedio 30 gramos de hongos por año. En Europa y Asia, esa cifra va de 3 a 9 kilos per cápita. La brecha no es solo alimentaria: es una oportunidad de negocio que Santiago Rubio Martínez y su socio Alejo Botana vieron antes que la mayoría.

Los dos venían de otro mundo. Rubio Martínez trabajaba en un banco; Botana, en una aerolínea comercial. Lo que los unió fue una observación simple: Botana cultivaba hongos en su casa como hobbista, y el mercado empezaba a hablar de variedades que nadie producía a escala en Argentina. En diciembre de 2023, con US$ 10.000 cada uno de sus ahorros montaron The Mushroom, una granja en Vicente López dedicada a variedades gourmet: melena de león, chestnut, enoki dorado.

“Fuimos bastante mandados. Nuestro estudio de mercado fue ver cómo en redes y sitios web se estaba hablando de hongos que quizás hace unos años directamente no se mencionaban”, admite Rubio Martínez. “Recién después hicimos mentorías con granjas de Estados Unidos y confirmamos que la intuición resultó acertada”. Arrancaron produciendo 200 kilos mensuales y los agotaban antes de que terminara el mes . “Para la tercera semana ya no teníamos más hongos para vender, los chef internacionales estaban fascinados, fue un boca en boca imparable”. Eso les dio la pauta: había que escalar. Hoy producen 1.000 kilos por mes y el objetivo para 2027 es mudarse a un espacio mayor y llegar a entre 2.000 y 2.500 kilos mensuales.

El camino tuvo sus fricciones. Aprender de maquinarias, de sustrato, de técnicas para escalar la producción a medida que creía. Aprendieron un oficio desde cero y por eso las consultorías con Southwest Fungi, una de las granjas más grandes de EE.UU., fue clave. El modelo de negocio también les dio una sorpresa. Pensaban apuntar al consumidor final y terminaron con más del 50% de sus ventas en restaurantes, donde la regularidad del abastecimiento fue la clave para que los chefs pudieran incluirlos en el menú de forma permanente.

El desafío que viene no es de producción, sino de cultura. “La gran barrera es que la gente los quiere pero no sabe cómo cocinarlos. Apuntamos a que conozcan la cocción y sobre todo los beneficios de incluirlos en la lista de compras” , dicen. La respuesta está en marcha: recetarios, acciones con influencers de cocina y, en el horizonte, un canal de YouTube con chefs y recetas simples. La visión de largo plazo es más ambiciosa: que una ama de casa pueda comprar una cajita de melena de león en cualquier cadena de supermercados.

El hongo como estilo de vida

Si algunos encontraron el negocio en la producción, otros lo encontraron en lo que el hongo puede hacer por la experiencia, vinculado al bienestar o al lujo. Las dos apuestas son distintas pero comparten una misma lectura del momento: el hongo ya no es un ingrediente, es una plataforma. Santino Martinez no llegó a los hongos adaptógenos -con compuestos bioactivos capaces de ayudar al organismo a adaptarse y responder mejor al estrés físico, mental y emocional- buscando un negocio. Empezó a cultivarlos por cuenta propia y a sentir sus efectos. Hace tres años, el joven empresario de 36 años, junto a su socio Claudio Aponte, arrancó un emprendimiento de suplementos a base de hongos adaptógenos la marca Fungalia. La solución fue una línea de bebidas funcionales en polvo -cacao, chai, golden milk y matcha- pensadas como alternativa al café y formuladas con extracto de hongos funcionales. Dos gramos de hongos adaptógenos por taza.

Arrancaron con US$ 70.000 de capital propio y en menos de 12 meses facturaron US$ 1 millón. Todo online, sin local físico, sin distribución tradicional. El motor fue el contenido dirigido al segmento de los jóvenes que buscan alternativas más saludables: invirtieron en 120 anuncios activos por día en Instagram, TikTok y Google Ads, con una lógica que Martínez resume: “Monitoreamos todo el tiempo lo que funciona y lo que no, nos vamos adaptando a lo que el consumidor pide y se lo damos”. La marca tiene alta recurrencia de compra y las reseñas positivas superan las 2.000. La fábrica propia en Vicente López opera con habilitación ANMAT y certificación como Empresa B: packaging 100% biocompostable, bajo consumo de agua y energía.

El mayor desafío, dice, no fue la producción sino la educación: “La gente generalmente no sabe lo que es un hongo adaptógeno. Nuestro primer trabajo siempre es salir a explicar los beneficios, cómo actúa sobre el cuerpo, también comunicar que somos una empresa B, y qué significa”. La estrategia fue trabajar con médicos, influencers de nicho y referentes de gastronomía. El objetivo: “No medimos el impacto en ventas, sino en cómo le cambiamos los hábitos a la gente. Competimos contra el café, contra el estrés constante, contra vivir acelerados. Vendemos hábitos, no una moda”.

Por su parte, Denise Pañella encontró en el micelio -la red de filamentos subterráneos que forma la raíz de los hongos- una oportunidad de otro orden: estética, lujo y materiales del futuro. Diseñadora industrial recibida en pandemia en la UBA, retomó una línea de investigación que había descartado en su tesis final. Junto a biólogas del CONICET pasó años ajustando formulaciones hasta entender que no estaba desarrollando un solo producto, sino un material multifacético: dependiendo del residuo agrícola y del proceso de cultivo, el material cambia completamente de propiedades. La empresa acumula más de US$ 450.000 de inversión, volcados principalmente en investigación, desarrollo, equipamiento e infraestructura. Hoy Mosh opera con un equipo de 12 personas y está en plena mudanza hacia una planta semiindustrial de 500 m2 en Buenos Aires. La estrategia de entrada de la empresaria de 30 años fue llevar 18 m2 de obra entre piezas de diseño, joyas diseñadas a partir de micelio y muestras a la Design Week de Milán. Volvió con conversaciones abiertas con Dior para drops, packs y eventos: “El desafío real no es demostrar si el material genera interés, porque ya es un hecho. Cosméticas, bebidas, perfumes, diseño, packaging… tenemos tanto interés que seguimos agrandándonos. El desafío verdadero es construir infraestructura para responder a esa demanda”.

La apuesta farmacéutica

El extremo más disruptivo del ecosistema fungi argentino está en lo primero que cualquiera puede asociar a “hongos”: “alucinógenos”, “psicodélicos”. ¿Quién se metería con el prejuicio que hay que desarmar allí? Un inversor de Tesla. Pues lo más disruptivo muchas veces está señalando el tamaño del hallazgo. Victoria Costa Paz, cofundadora y CEO de Eywa Biotech, lleva cuatro años desarrollando una tecnología que no extrae psilocibina de hongos, si o que los imita en sus mecanismos para producirla. Es decir, la produce mediante biosíntesis con estándares farmacéuticos y a una fracción del costo de los métodos tradicionales. La finalidad es producir tratamientos de alta calidad, sin efectos secundarios, efectivos y sustentables para pacientes con padecimientos psiquiátricos.

Costa Paz, de 28 años, llegó a los hongos por un camino improbable. Estudió Comunicación, trabajó en corporaciones y en startups. Hizo un máster en Negocios y Tecnología en UdeSA durante la pandemia y, en paralelo, un curso de bioplásticos donde tuvo su primer contacto con los hongos como material. El click definitivo vino a través de Gridx, un fondo y company builder latinoamericano. En ese universo se cruzó con un equipo uruguayo que estudiaba los hongos psicodélicos para el tratamiento de la depresión. “La psilocibina, que es la molécula que tienen estos hongos, es un activo con mucho potencial. Había ensayos clínicos en EE.UU. mostrando que eran cuatro veces más eficientes que un antidepresivo en casos de depresión mayor, depresión resistente, estrés postraumático”.

Lo que hace Eywa es potenciar lo natural: “De alguna forma imitamos procesos de la naturaleza de los hongos para que sean más escalables. Hoy nuestra biosíntesis trabaja con hongos y con bacterias. Simulamos el metabolismo del hongo que sí produce psilocibina en un microorganismo que normalmente no la produce. Con bioinformática e IA lo que vamos adaptando es qué condiciones necesita ese microorganismo para que haya más cantidad de psilocibina. Y eso es lo que nos trae escalabilidad y acceso”.

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Victoria Costa Paz, cofundadora y CEO de Eywa Biotech. Crédito: Forbes Argentina.

Para financiar ese desarrollo, la empresa recaudó US$ 4,85 millones en dos rondas de inversión. El hito más visible fue una ronda de US$ 2,5 millones liderada por Tim Draper, pero antes estuvo Gridx, que puso el primer ticket de US$ 200.000. El equipo hoy es de 16 personas con una distribución deliberada: 70% ciencia, 30% negocios y operaciones. Junto a Pablo Salabarria -que viene de la biotecnológica STAM y lidera las operaciones- y Jorge Wenzel, científico uruguayo a cargo del escalado biosintético, conforman el trío que conduce la empresa. Ya pasaron de escala laboratorio a biorreactores de 30 litros; el próximo salto son 200 litros, directamente en Australia, con calidad suficiente para estar en farmacias. A unos días de emitir su primera factura -US$ 400.000 de ventas para el mercado australiano- la empresa proyecta US$ 40 millones de facturación en cinco años.

El arco que va del shiitake a la psilocibina tiene una lógica interna que Costa Paz articula: “Estamos al inicio de una revolución, pero de otro tipo, asistimos a una ola en la que miramos mucho más la biotecnología. Estamos observando procesos de la naturaleza para volver a hacer una revolución industrial distinta. La de antes era: pongamos todo en paquetes de plástico. La de ahora dice: hay cosas que ya existen en la naturaleza y que con más ciencia e innovación podemos traer a nuestro favor, sin que los procesos sean nocivos”.

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La Asociación de Semilleros avaló la norma dictada por Agricultura y el INASE

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La Asociación de Semilleros Argentinos (ASA) celebró la oficialización del nuevo protocolo destinado a realizar controles de identidad varietal en granos, una medida orientada a proteger la propiedad intelectual de las semillas en el ámbito agroindustrial local. No obstante, la entidad que nuclea a las principales compañías de mejoramiento genético vegetal aclaró que la disposición funciona como un paso inicial para brindar previsibilidad y reactivar inversiones, pero no constituye una solución definitiva al problema de fondo.

​El director ejecutivo de la ASA, Alfredo Paseyro, precisó que la resolución firmada por el secretario de Agricultura, Sergio Iraeta, y el titular del Instituto Nacional de Semillas (INASE), Martín Famulari, no altera las prácticas operativas actuales de los productores, ya que le otorga un marco institucional formal a un esquema de validación que el sector privado ya implementa desde hace una década mediante contratos individuales.

​La problemática de la falta de resguardo a la innovación afecta principalmente a las especies autógamas, como la soja y el trigo, cuyas semillas pueden ser reproducidas por el propio agricultor para campañas consecutivas sin necesidad de realizar nuevas compras. Esta situación provocó un marcado desincentivo a la inversión local en comparación con los mercados regionales: el año pasado, Brasil registró 330 variedades de soja frente a solo 23 variedades presentadas en la Argentina.

​Mecanismo de control y brecha tecnológica

​La nueva normativa, impulsada activamente por el Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado, establece que las muestras de granos se tomarán en el primer punto de entrega dentro de los establecimientos registrados en el Sistema de Información Simplificado Agrícola (SISA). Los análisis de identidad varietal se realizarán a través de metodologías homologadas por el INASE —incluyendo escáneres e inteligencia artificial— en cámaras arbitrales o entidades privadas autorizadas.

​Si el sistema detecta inconsistencias respecto de las variedades registradas, la norma prevé una instancia de negociación directa entre el titular de la genética y el productor, reservando la intervención del INASE únicamente para los casos donde no se alcance un acuerdo privado. El Poder Ejecutivo estima que este ordenamiento permitirá reducir la brecha tecnológica y proyecta un incremento potencial de las exportaciones agrícolas de al menos 4.000 millones de dólares anuales.

​”Una hectárea de algodón en el Chaco rinde unos 600 kilogramos de fibra, mientras que en Brasil los rindes superan los 1.800 kilogramos”, argumentaron las autoridades nacionales al graficar el impacto del retraso genético por la falta de protección de derechos.

​A pesar del avance administrativo, desde el sector semillero remarcaron que la medida no reemplaza la necesidad de reformar de manera integral la Ley de Semillas. El debate de fondo apunta a la adhesión a los estándares internacionales de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV 91), asumida en un entendimiento comercial con los Estados Unidos. Esta normativa restringe el uso propio no retribuido de las variedades, un punto que genera un fuerte rechazo por parte de las entidades de la Mesa de Enlace y federaciones rurales ante el temor de un encarecimiento en los costos de producción. 

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