ENTREVISTAS

Carolina Mazza, un viaje de casi 70 años: la herencia familiar que trasciende fronteras

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Antes de los paquetes turísticos, los vuelos internacionales, Disney, Turquía, Miami, Europa, las reservas digitales y los mensajes de WhatsApp, hubo algo mucho más elemental: una persona entregándole dinero a otra porque confiaba en que iba a volver con él convertido en otra moneda. Ocurría en Santo Tomé, Corrientes, hace casi siete décadas.

El abuelo de Carolina Mazza y sus hermanos recibían dinero de vecinos que necesitaban cambiar moneda cuando el negocio todavía no tenía la estructura ni la regulación actual. Viajaban a Buenos Aires o Brasil y regresaban con la moneda que les habían encargado.

El capital inicial de aquella empresa, por lo tanto, no fue solamente financiero. Fue reputacional. “Así arranca, basado en la confianza”, cuenta hoy Carolina Mazza. Y cuando se le pregunta qué permitió construir la empresa familiar durante todos estos años, agrega inmediatamente un segundo componente: “Confianza y mucho trabajo”.

Casi 70 años después, esa pequeña historia fronteriza se transformó en una de las compañías referentes del turismo en Misiones. Y ahora acaba de cruzar nuevamente una frontera: Mazza Turismo abrió una oficina en Encarnación.

No es un movimiento menor. Después de consolidarse durante décadas en el mercado misionero, la compañía pone un pie en una economía que Carolina observa en expansión y empieza a pensarse en una escala regional. Al mismo tiempo, la cuarta generación de la familia se incorpora al negocio.

Es un nuevo capítulo para una empresa que aprendió a sobrevivir a casi todo: cambios de moneda, crisis argentinas, transformaciones tecnológicas, nuevas formas de consumir, tragedias familiares y una revolución completa en la manera de viajar.

Con el tiempo, aquella actividad familiar vinculada al cambio de monedas tomó una estructura formal. Llegaron las habilitaciones del Banco Central y la primera casa de cambio funcionó en Santo Tomé. Después, el padre de Carolina tomó una decisión que sería determinante para la historia posterior: recién casado, se mudó junto a su esposa a Posadas y abrió allí la casa de cambio.

Luego se incorporarían otros integrantes de la familia. Entre ellos estaba Chela, tía de Carolina, que no tenía demasiado entusiasmo por el negocio cambiario y empezó a mirar hacia otro lado. Eran comienzos de los años setenta y los viajes comenzaban a convertirse en una actividad con un enorme horizonte por delante. Apostó al turismo. Vista desde 2026, la decisión parece lógica. Hace más de medio siglo era una lectura empresarial de futuro.

Carolina reconoce allí un rasgo que atravesó a la familia: la capacidad de observar lo que está cambiando y animarse a modificar el negocio antes de que el cambio resulte evidente para todos.

“Una empresa que no se capacita, que no mira el futuro, obviamente no crece”, sostiene. La definición resume buena parte de la historia de Mazza. Cada generación recibió algo construido por la anterior, pero también tuvo que transformarlo. Para Carolina, respetar las raíces no significa inmovilizarse, sino conservar determinados valores mientras la empresa se adapta al mundo que viene.

Esa tensión entre legado y transformación es uno de los grandes desafíos de cualquier compañía familiar. Sobrevivir durante casi siete décadas exige mantener una identidad, pero también saber abandonar a tiempo aquello que alguna vez funcionó.

La tragedia que cambió su vida

Carolina Mazza es licenciada en Administración de Empresas. Hace casi 30 años acababa de recibirse, ya era madre de su hija mayor y comenzaba a incorporarse a la empresa.

Su padre decidió que antes de ocupar responsabilidades mayores tenía que conocer el negocio desde abajo. Pasó por caja, archivos, documentación para el Banco Central y diferentes áreas administrativas. En aquel momento probablemente no imaginaba cuánto iba a necesitar ese aprendizaje.

Entonces ocurrió el accidente aéreo de Austral en Fray Bentos. En ese vuelo del 10 de octubre de 1997 viajaban su abuelo y su tía Chela, precisamente quien estaba al frente del área de turismo. No hubo sobrevivientes. 

El golpe familiar fue enorme y, al mismo tiempo, dejó un vacío inmediato dentro de la compañía. Carolina era la integrante de la familia con formación profesional para asumir esa responsabilidad. La decisión prácticamente no admitía tiempos.

“Tenés que hacerte cargo”.

Y había un detalle que volvía todo más urgente: alrededor de 450 chicos tenían un viaje a Disney en marcha.

No había plataformas digitales capaces de ordenar automáticamente cada reserva ni teléfonos inteligentes que concentraran la información. Había carpetas. Grandes carpetas con pasajeros, vuelos, servicios, autorizaciones y cada detalle de una operación enorme.

Carolina tuvo que estudiarlo todo mientras atravesaba el duelo. Se apoyó en las personas que habían trabajado con su tía, recibió el acompañamiento de su padre y salió adelante.

Su primer gran viaje profesional fue Disney con 450 chicos. “Fue un éxito. Creo que fue mi mejor Disney”, recuerda.

La frase tiene algo de paradoja. Uno de los momentos más dolorosos de su vida terminó señalándole el camino profesional que seguiría durante las siguientes tres décadas.

Ella no había imaginado dedicarse exclusivamente al turismo. Hoy dice que no se ve haciendo otra cosa.

Desde afuera, trabajar viajando por el mundo parece un privilegio. Y lo es. Carolina disfruta profundamente de su profesión, pero conoce también la parte que no aparece en las fotografías.

Durante años tuvo que dejar a sus hijos para acompañar grupos durante diez o quince días. Disney se convirtió en uno de los productos emblemáticos de Mazza y también en una ausencia recurrente en su propia casa. Su cumpleaños coincidía con esos viajes y durante mucho tiempo prácticamente nunca pudo celebrarlo con sus hijos en la fecha correspondiente.

Ellos terminaron incorporándolo a la dinámica familiar: mamá tenía que estar trabajando en Disney y el cumpleaños se festejaba después.

Es una dimensión del mundo empresario que suele quedar escondida detrás del resultado. Construir una compañía exige capital y decisiones, pero también consume tiempo. Y el tiempo que se entrega al negocio siempre sale de algún lado.

Carolina conoce además otra característica del oficio: el empresario difícilmente termina de trabajar cuando baja la persiana.

Habla de sus empleados como “guerreros”, pero marca una diferencia inevitable. El colaborador termina su jornada y vuelve a su casa. Quien conduce la empresa se lleva buena parte de ella en la cabeza.

A las diez u once de la noche puede seguir buscando tarifas, respondiendo consultas, revisando la administración o controlando bancos. No necesariamente porque exista un problema, sino porque siempre queda algo pendiente.

“No cerrás la puerta de la empresa y decís ‘bueno’. No se separa nunca”.

Detrás del glamour de los destinos internacionales hay, en definitiva, una empresa. Con números, empleados, proveedores, impuestos, pasajeros, contingencias y responsabilidades que siguen existiendo aunque el horario comercial haya terminado.

“Nosotros no vendemos viajes, tratamos con personas”. En casi 30 años, Carolina vio cambiar por completo la industria.

Cuando comenzó, la agencia concentraba información que el cliente difícilmente podía obtener por su cuenta. Hoy cualquier persona puede comparar cientos de vuelos desde un teléfono, reservar un hotel en otro continente, alquilar un departamento, contratar traslados, comprar entradas y construir un itinerario completo sin hablar con nadie. Eso obligó a redefinir el negocio.

Carolina lo explica con una frase que funciona casi como declaración de principios: “Nosotros no solo vendemos viajes. Nosotros tratamos con personas”.

Un viaje rara vez es apenas un pasaje y una habitación. Detrás puede haber un cumpleaños, un aniversario, una luna de miel, una separación, el viaje de una familia que ahorró durante años o el sueño de unos padres que quieren llevar por primera vez a sus hijos a Disney.

Por eso sostiene, medio en broma, que quienes trabajan en turismo también terminan siendo un poco psicólogos. Hay que escuchar la historia para entender qué viaje está buscando realmente el cliente.

Esa relación explica también por qué muchos pasajeros terminaron convirtiéndose en amigos. Carolina disfruta especialmente de las salidas grupales y conserva vínculos que continúan mucho después del regreso. Hay reuniones con quienes viajaron a Turquía, encuentros con grupos de Miami, comidas de fin de semana y amistades nacidas a miles de kilómetros de Misiones.

El producto terminó, pero la relación continuó. Para ella, esa es una parte central del negocio. Puede demorarse un vuelo, fallar un transfer o no responder un hotel exactamente a las expectativas. Lo que el pasajero difícilmente perdona es sentirse abandonado.

“Que alguien vuelva de un viaje y te diga que fuiste parte de su sueño, que fuiste parte de esa ilusión y que fue el mejor viaje de su vida, es la mejor recompensa que nosotros podemos tener”.

Mazza no reniega de la tecnología. La usa. Ese mismo día necesitaba definir dónde convenía alojar a unas pasajeras que viajarían a una exposición en París y recurrió a la inteligencia artificial para analizar ubicaciones, distancias y alternativas según los aeropuertos. Es una herramienta que incorporó al trabajo cotidiano y que permite resolver consultas que antes demandaban mucho más tiempo.

Pero una cosa es usar tecnología y otra muy distinta entregarle el viaje.

Ahí Carolina marca el límite. Una plataforma puede encontrar una tarifa, comparar hoteles o armar un itinerario en segundos. Lo que no puede hacer es conocer realmente al pasajero, interpretar sus temores, anticiparse a determinadas necesidades o responder cuando algo sale mal a miles de kilómetros de casa.

Ese es el terreno en el que Mazza Turismo pretende competir. No contra la inteligencia artificial, sino con algo que la tecnología todavía no puede ofrecer: experiencia, criterio y respaldo humano.

“Vos sabés que atrás hay alguien de la agencia que está atento”, explica. Si surge una duda con un transfer, cambia un vuelo o aparece un problema en destino, hay una persona que conoce la operación y puede intervenir. “Eso es impagable”.

La transformación digital no necesariamente condena a las agencias de viajes, pero sí las obliga a justificar mejor su existencia. Emitir un pasaje dejó de ser suficiente porque el pasajero puede hacerlo solo. El valor está en saber qué conviene, conocer aquello que Google no siempre cuenta, anticipar problemas y tener capacidad de respuesta cuando el viaje deja de funcionar como estaba previsto.

Viajar también es parte del trabajo

En Mazza hay una concepción particular de la capacitación: viajar es trabajar.

No solamente porque permite conocer hoteles y destinos, sino porque proporciona una clase de información que difícilmente aparece completa en una pantalla.

Carolina lo explica con detalles concretos. Saber qué recorrido encontrará el pasajero al bajar de un avión, dónde está Migraciones, hacia qué lado debe caminar para retirar una valija, en qué piso encontrará un transfer o cuál es la conexión más sencilla puede parecer información menor hasta que uno aterriza cansado, en un aeropuerto desconocido y a miles de kilómetros de casa.

Ese conocimiento acumulado se convierte en capital de la empresa.

“Gran parte de esas capacitaciones para nosotros son los viajes. Para nosotros viajar es trabajo, porque lo replicamos después en eso que el pasajero necesita”.

Por eso, cuando arma equipos, Carolina pone primero una condición que no aparece en ningún sistema de reservas: calidad humana.

Después vienen la formación profesional, la geografía, las tarifas, la economía, los medios de pago, los sistemas específicos como Amadeus y una capacitación permanente que exige saber cada vez más sobre un mundo enorme. Pero el conocimiento técnico no compensa un mal trato.

“Un pasajero puede perdonarte cualquier cosa menos que vos no lo trates bien”, afirma.

Liderar es hacer crecer al otro

Su concepción del liderazgo sigue la misma lógica. Carolina no cree en el jefe que necesita que todas las decisiones pasen por su escritorio. Para ella, conducir significa ayudar a los demás a crecer, abrir espacios para que puedan desarrollarse y dar libertad para trabajar sin perder el control necesario de una organización.

También reivindica la cercanía. Entiende que debe existir respeto entre quien conduce y su equipo, pero no una distancia artificial. Una relación humana sólida, sostiene, puede mejorar incluso ese respeto y fortalecer el compromiso con la empresa.

Hay una experiencia personal detrás de esa mirada. Cuando tuvo que hacerse cargo del turismo después de la muerte de su tía, fueron precisamente los integrantes de aquel equipo quienes la ayudaron a entender rápidamente el negocio y sacar adelante una operación gigantesca.

Casi treinta años después, dirige intentando que el conocimiento no quede encerrado en la cabeza de una sola persona.

Paraguay: la decisión de cruzar el Paraná

La apertura de una oficina en Encarnación es la decisión empresarial más importante de esta nueva etapa de Mazza Turismo. Después de décadas de liderazgo en Misiones, la compañía cruza el Paraná y comienza a pensarse como una empresa regional.

Carolina viene observando la transformación de Paraguay desde hace tiempo y utiliza a Encarnación como la medida más cercana de ese cambio.

Recuerda una ciudad muy diferente. Años atrás, dice, desde la costa paraguaya se veía a Posadas como una gran concentración de luces mientras Encarnación conservaba una escala mucho menor. Hoy esa distancia se redujo drásticamente. “Vos mirás desde el río Encarnación y es una gran ciudad”.

Su lectura va más allá de la transformación urbana. Ve a Paraguay como un país en pleno desarrollo y entiende que allí existe un mercado suficientemente importante como para justificar la expansión.

Mazza, además, no desembarca como una marca completamente desconocida. Ya tiene clientes paraguayos y décadas de presencia en una región donde las fronteras comerciales son bastante más porosas que las administrativas. También hay consumidores de Posadas que compran servicios en Paraguay, lo que agrega otra oportunidad para la nueva oficina.

La apuesta es utilizar uno de los activos más importantes construidos durante casi siete décadas -la reputación- para competir en un mercado nuevo.

“Que tengan también la confianza de decir: una empresa tan seria como Mazza ahora está en Paraguay y yo puedo ir a comprar allá”, explica.

La frase vuelve a conectar el presente con el origen. El abuelo recibía dinero porque la gente confiaba en que regresaría con la moneda encargada. Décadas después, la empresa pretende cruzar otra frontera apoyándose en el mismo intangible.

La apuesta paraguaya también permite asomarse a la mirada que Carolina tiene sobre el clima de negocios argentino.

No romantiza la tarea empresaria en ninguno de los dos países, pero cuando habla de Argentina identifica un problema recurrente: la dificultad para proyectar. “Acá es muy difícil. No imposible, pero difícil”.

En turismo, los cambios económicos y regulatorios tienen impacto inmediato. Un nuevo impuesto o una modificación en la forma de liquidar una operación obliga a tocar sistemas, rehacer presupuestos, recalcular precios y explicar al cliente por qué una cotización realizada pocos días antes ya no puede sostenerse.

Carolina cuestiona especialmente la forma en que muchas veces se implementan las decisiones. Una norma puede anunciarse un viernes o un sábado y comenzar a regir inmediatamente, mientras las empresas todavía no tienen sistemas preparados para aplicarla.

Para una actividad que vende con anticipación y opera en monedas diferentes, esa incertidumbre se multiplica. El pasajero que pidió una cotización el viernes puede volver el lunes y encontrarse con otro precio sin que la empresa haya modificado un solo componente del viaje.

“Uno no puede proyectar”, resume.

Paraguay aparece, en ese contexto, como una oportunidad de crecimiento y también como una diversificación geográfica para una compañía acostumbrada a navegar la volatilidad argentina. No significa abandonar Misiones. Significa ensanchar el mercado.

La expansión hacia Encarnación coincide con otro movimiento decisivo: la incorporación de la cuarta generación familiar.

Pilar, hija de Carolina, tiene 30 años. Es arquitecta, pero eligió trabajar en turismo y hoy está al frente del área de Disney. También asumirá responsabilidades en la nueva sucursal paraguaya.

Su historia dentro de la empresa comenzó mucho antes de que pudiera decidir una profesión.

Cuando tenía alrededor de tres años acompañaba a su madre a las reuniones informativas sobre Disney. Carolina debía trabajar y la llevaba con ella. La niña se sentaba y escuchaba.

Una tarde, una amiga del abuelo llegó a la oficina y, jugando, le preguntó si podía venderle un viaje a China. La respuesta de Pilar quedó en la memoria familiar:

“Señora, yo de China no sé nada. Pero si quiere le vendo un viaje a Disney”. Tenía tres años.

El supuesto cliente decidió escucharla y Pilar comenzó a explicarle los programas que tantas veces había oído presentar a su madre. Hoy dirige justamente esa área y comienza a tomar mayores responsabilidades dentro de la empresa.

Para Carolina, la llegada de una nueva generación aporta algo indispensable: otra velocidad.

Cuando ella comenzó, la publicidad se hacía en los diarios. Hoy alguien puede decidir un viaje después de ver una historia de Instagram. Muchos clientes ni siquiera pisan la oficina y completan prácticamente toda la operación por WhatsApp.

Pilar creció dentro de ese lenguaje digital. Herramientas que para una generación requieren adaptación son naturales para la siguiente.

Carolina no lo vive como una amenaza a su forma de conducir, sino como un complemento. La empresa familiar empieza a preparar la sucesión incorporando conocimiento nuevo sin desprenderse de la experiencia acumulada.

El desafío es enorme. Muchas compañías familiares consiguen crear riqueza; bastante menos logran transferirla junto con la cultura empresarial que permitió generarla.

Mazza está entrando en esa etapa.

La obsesión por no perder el liderazgo

Después de tantas crisis, cambios tecnológicos y transformaciones del mercado, Carolina reconoce que hay algo que sigue empujándola. Pasión, primero. Orgullo, después.

“Sé que soy la empresa líder en el mercado y no quiero perder ese liderazgo”.

No lo plantea como una posición adquirida para siempre. Al contrario. Sabe que sostenerla obliga a moverse, abrir destinos, encontrar productos, incorporar tecnología y buscar nuevos mercados. Paraguay forma parte de esa lógica.

También aparece la responsabilidad de construir una empresa suficientemente grande para que la generación que viene encuentre oportunidades dentro de ella. Carolina tiene tres hijos y no descarta que los otros dos puedan incorporarse en algún momento.

“Me gusta donde estoy y quiero seguir ahí y quiero seguir creciendo”, afirma.

No es una mala definición de competitividad empresarial: llegar primero puede ser difícil; permanecer obliga a empezar de nuevo casi todos los días.

Cuando la conversación sale finalmente de los balances, los pasajeros y los destinos, aparece una Carolina mucho más personal.

¿Qué la hace sentir orgullosa?

La primera respuesta es su familia.

Después habla de su propia vida. No fue sencilla. Además de las pérdidas que marcaron su ingreso al turismo, tuvo que criar prácticamente sola a sus tres hijos después de que el padre muriera cuando eran pequeños. Con el tiempo reconstruyó su vida afectiva, pero recuerda aquellos años como otra etapa en la que no había demasiado margen para detenerse.

No cuenta esa historia desde la queja.

La utiliza para explicar una forma de mirar la vida. “Estamos en este mundo para eso. No podemos pasar por la vida amargados, por más que nos pasen cosas que no sean las más lindas”, dice.

Hay algo de esa filosofía en la empresa que dirige. El turismo, después de todo, comercializa uno de los bienes más particulares de la economía: experiencias que las personas esperan convertir en recuerdos.

Carolina lleva casi treinta años organizando esos momentos para otros mientras construía su propia historia entre aeropuertos, hijos, pasajeros, empleados, crisis y decisiones empresariales.

Cuando mira hacia atrás no habla primero de facturación, cantidad de pasajeros o sucursales. Dice que ama lo que hace.

Y quizá allí esté una de las claves para entender cómo una empresa consigue atravesar casi siete décadas y llegar a la cuarta generación sin convertirse simplemente en una reliquia familiar.

Los negocios necesitan números, profesionalización, tecnología, equipos y estrategia. Las empresas que quieren sobrevivir durante generaciones necesitan algo más difícil: conseguir que quienes vienen detrás todavía quieran formar parte de la historia. Ese es, probablemente, el verdadero patrimonio empresario que Carolina Mazza recibió de las generaciones anteriores y que ahora intenta entregar a la siguiente.

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Un viaje a la experiencia AguaVista: el country que convirtió el lujo en calidad de vida

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A pocos minutos de Encarnación, AguaVista se consolidó como uno de los desarrollos inmobiliarios más exclusivos de Paraguay. Con cerca de 1.000 lotes vendidos, golf, náutica, deportes, seguridad y un flamante aeródromo privado, el proyecto busca convertirse en una experiencia regional. Elio Saurini, presidente de A+E y del consorcio de propietarios, explica la filosofía empresarial detrás de un country que apuesta a vender realidades antes que promesas.

Hay proyectos inmobiliarios que venden metros cuadrados. Otros venden ubicación, amenities o una promesa de valorización futura. AguaVista intenta vender algo bastante más difícil de medir: una experiencia.

Para comprenderlo hay que salir de Encarnación, cruzar hacia San Juan del Paraná y entrar en un espacio donde el paisaje empieza a explicar el negocio antes que cualquier brochure comercial. Golf, residencias, náutica, áreas deportivas, caminos internos y seguridad conforman una suerte de pequeña ciudad privada construida alrededor de una idea que aparece repetidamente en la conversación con Elio Saurini, presidente de A+E Sociedad Anónima -la desarrolladora- y también presidente del consorcio de propietarios: calidad de vida.

Ahora hay además una pieza que cambia la escala del proyecto. AguaVista inauguró su propio aeródromo.

No es solamente un nuevo servicio para los propietarios. Es probablemente la expresión más acabada de hacia dónde pretende ir el desarrollo: convertirse en un destino en sí mismo y acortar las distancias entre el sur de Paraguay y los grandes centros de negocios de la región.

“Queremos que sea una experiencia para todas las personas que visiten el sur, no solamente paraguayos, sino también extranjeros”, sintetiza Saurini. Y define tres pilares: calidad de vida, seguridad y bienestar.

La frase puede sonar a slogan inmobiliario. Pero detrás hay 17 años de construcción, inversión y decisiones empresariales, algunas bastante alejadas de la lógica tradicional del negocio inmobiliario.

AguaVista comenzó alrededor del deporte. Más específicamente, alrededor de una cancha de golf. Con el tiempo, el proyecto fue adquiriendo otra dimensión.

A+E significa originalmente Asunción más Encarnación, las dos procedencias de los accionistas que dieron origen a la sociedad. Después llegaría una figura determinante para la transformación del proyecto: Andrés Trosiuk, actualmente accionista mayoritario. Saurini le atribuye buena parte del cambio de escala.

La familia Trosiuk aportó capital, conocimiento empresario y, especialmente, tiempo. Pero la transformación más profunda estuvo en la filosofía con la que comenzó a desarrollarse AguaVista.

La premisa fue sencilla de formular y costosa de ejecutar: hacer todo al mejor nivel posible. Y apareció una segunda decisión todavía más disruptiva. No vender promesas.

En una industria acostumbrada a financiar buena parte de sus desarrollos mediante ventas “en pozo”, AguaVista decidió avanzar en sentido contrario.

“Nosotros no vamos a vender en pozo, vamos a vender realidades. Vamos a terminar y ahí recién vamos a vender”, recuerda Saurini sobre la estrategia impulsada por Trosiuk.

El comprador adquiría algo que podía utilizar prácticamente al día siguiente.

La diferencia parece semántica, pero en términos de negocio es enorme: significa trasladar parte importante del riesgo desde el cliente hacia el desarrollador.

La náutica fue uno de los primeros grandes ejemplos de esa filosofía y, según Saurini, también uno de los puntos de inflexión en la historia de AguaVista. Desde entonces el proyecto no dejó de incorporar capas.

Hoy reúne golf, náutica, fútbol, pádel, espacios para eventos, barrios residenciales y una infraestructura interna concebida para que buena parte de la vida cotidiana transcurra dentro del complejo. Y llegó el aeropuerto.

El lujo de comprar tiempo

En los negocios premium existe un activo cuyo valor suele crecer más rápidamente que el metro cuadrado: el tiempo.

El nuevo aeródromo de AguaVista debe entenderse desde esa perspectiva. Durante años, uno de los problemas para quienes llegaban desde Asunción o Ciudad del Este en vuelos privados era que el último tramo terrestre podía demandar casi tanto tiempo como el propio viaje aéreo.

El aeropuerto de Encarnación se encuentra, según Saurini, a unos 40 o 45 minutos de AguaVista. Un vuelo privado desde los principales centros paraguayos puede durar entre 40 minutos y una hora y veinte, dependiendo de la aeronave.

La paradoja era evidente: se podía cruzar medio Paraguay en el mismo tiempo que después demandaba completar el último tramo por tierra. El aeródromo elimina buena parte de esa fricción.

No fue sencillo. El proyecto llevaba más de una década en discusión. El masterplan original no contemplaba una pista y la topografía tampoco facilitaba la solución. Hace alrededor de siete años se intentó adquirir un terreno vecino, pero inconvenientes documentales frustraron aquella alternativa. Las negociaciones continuaron hasta conseguir finalmente la propiedad donde se construyó la infraestructura actual. La pista es privada, pero no exclusiva para propietarios.

Cualquier aeronave privada puede operar cumpliendo las condiciones correspondientes. AguaVista incluso imagina una etapa posterior: apoyar eventualmente una conexión regular Asunción-AguaVista o un circuito que incluya Ciudad del Este. Todavía es una idea hacia el futuro.

Pero revela algo sobre la ambición del proyecto. AguaVista ya no piensa únicamente en cómo llegar al country, sino en conectar el country con Paraguay.

El crecimiento también puede medirse en otra cifra: alrededor de 1.000 lotes vendidos.

Si cada lote representa potencialmente un núcleo familiar, Saurini calcula un universo cercano a las 4.000 personas vinculadas al complejo. El público es heterogéneo. La mayoría de los propietarios son paraguayos, procedentes principalmente de Encarnación, Asunción y Ciudad del Este. Pero existe una presencia significativa de argentinos, además de brasileños y, en menor medida, europeos. También cambió la manera de habitar AguaVista.

Ya no se trata exclusivamente de casas de fin de semana. Es una pequeña ciudad multicultural. 

Hay familias que viven permanentemente allí y salen diariamente a trabajar; otras utilizan sus propiedades durante determinados períodos del año y otras mantienen la lógica tradicional de segunda residencia.

Ese cambio es probablemente uno de los indicadores más importantes de maduración de cualquier country: cuando deja de ser solamente un destino ocasional y comienza a transformarse en lugar de residencia.

Para Saurini, el diferencial está en dos conceptos que aparecen constantemente durante la conversación: seguridad y libertad.

Un chico, ejemplifica, puede desplazarse en carrito de golf por el complejo sin necesidad de atravesar una calle convencional. La seguridad representa además una inversión permanente dentro del presupuesto y de la concepción general del desarrollo.

Es una concepción del lujo menos vinculada con la ostentación que con otra clase de privilegio: poder moverse, hacer deporte, vivir rodeado de naturaleza y reducir ciertas preocupaciones de la vida urbana.

Paraguay y el negocio de la previsibilidad

Pero AguaVista tampoco puede entenderse aislado de lo que ocurre alrededor. El desarrollo creció mientras Paraguay atravesaba una transformación económica que comenzó a atraer cada vez más capital extranjero. Saurini identifica una característica fundamental: la estabilidad.

Y aquí aparece una diferencia interesante entre la cultura empresarial paraguaya y la argentina.

En Paraguay los márgenes son menores, pero son mucho más seguros”, explica.

El empresario argentino, acostumbrado históricamente a convivir con retornos nominalmente elevados, inflación, saltos cambiarios y horizontes cortos, puede sorprenderse frente a rentabilidades más moderadas.

La contrapartida paraguaya es otra. Previsibilidad.

Saurini asegura que en Paraguay un empresario puede realizar proyecciones a cinco, seis e incluso diez años con un grado razonable de certidumbre. Ese cambio de paradigma ayuda a explicar el creciente interés argentino.

No necesariamente se trata de ganar mucho y rápido. Se trata de poder estimar cuánto puede ganar un proyecto dentro de varios años sin que todas las variables cambien violentamente en el camino.

Saurini observa incluso una suerte de efecto dominó entre inversores extranjeros. Uno llega, invierte, obtiene resultados y transmite su experiencia a otro potencial inversor.

“Vemos muchos extranjeros queriendo invertir, muchos extranjeros que ya invirtieron y el que ya invirtió, le fue bien, vuelve a traer a otra gente”, describe.

Entre ellos aparecen muchos argentinos.

Saurini evita opinar sobre inversiones en Argentina porque nunca realizó una personalmente. Pero asegura que los argentinos que invirtieron en AguaVista se muestran conformes con la experiencia.

El contraste entre ambos modelos es inevitable. Argentina ofrece históricamente oportunidades extraordinarias asociadas también a riesgos extraordinarios. Paraguay está construyendo otra propuesta: retornos posiblemente menos espectaculares a cambio de una economía donde el tiempo puede formar parte de la ecuación empresarial. Y para un inversor, poder pensar a diez años también es una forma de rentabilidad.

Saurini describe al empresario paraguayo como cauto. Esa cautela, combinada con estabilidad macroeconómica, explica en parte el patrón de crecimiento del país. Pero también reconoce una asignatura pendiente: la industria.

El ejecutivo observa especialmente lo que está sucediendo en el este paraguayo, donde la cercanía con Brasil y los incentivos de la Ley de Maquila están impulsando nuevas inversiones industriales. Su lectura es que esa transformación recién comienza.

Paraguay construyó durante años estabilidad, previsibilidad y condiciones favorables para el capital. El próximo salto, entiende, debería producirse en la sofisticación de su matriz productiva.

Para AguaVista, esa expansión económica representa además una oportunidad.

Porque los countries premium no prosperan únicamente por sus atributos internos. Necesitan un ecosistema económico que produzca empresarios, ejecutivos, profesionales e inversores dispuestos a pagar por una determinada forma de vida.

Del rooftop al hotel para pilotos

El aeródromo tampoco está concebido como una pista aislada. AguaVista prepara un rooftop, un espacio de coworking y alojamiento destinado a pilotos, una necesidad frecuente para quienes operan vuelos privados. También aparecen proyectos vinculados con hotelería y gastronomía.

La intención es que la infraestructura aeronáutica funcione como otra puerta de entrada al ecosistema AguaVista y, eventualmente, también hacia Encarnación.

El aeródromo está abierto a aeronaves privadas aunque sus pasajeros no sean propietarios del country.

Eso modifica nuevamente el concepto original. El proyecto inmobiliario empieza a adquirir características de hub privado de turismo, negocios y servicios premium.

Y esa transformación ocurre en un momento particularmente interesante para el sur paraguayo, con Encarnación consolidándose como destino turístico y polo de servicios frente a una región transfronteriza de enorme potencial.

Disciplina de ultramaratonista

Hay otro elemento que permite entender a Saurini. Corre ultradistancias. Y cuando se le pregunta cuánto de la disciplina deportiva traslada al mundo empresarial, no duda: “El 100%”.

Su fórmula tiene dos palabras: constancia y disciplina.

“En la vida todo es disciplina para lograr los objetivos”, sostiene.

Puede parecer una digresión personal dentro de una conversación sobre inversiones inmobiliarias, pero probablemente explique más de AguaVista que muchos indicadores financieros.

Un proyecto que lleva 17 años desarrollándose necesita precisamente eso.

No solamente capital.

Tiempo.

Persistencia.

Capacidad de atravesar ciclos económicos.

Y una visión suficientemente larga como para continuar invirtiendo cuando todavía no existe un comprador esperando del otro lado.

Incluso la mirada deportiva de Saurini termina infiltrándose en el diseño. Caminos, circuitos y espacios son pensados también para quienes corren, caminan o utilizan bicicleta.

No es casual.

AguaVista nació alrededor del golf y el deporte continúa formando parte de su identidad.

La experiencia AguaVista

Cuando mira hacia atrás, Saurini admite algo poco frecuente entre quienes conducen grandes desarrollos empresariales.

Ni siquiera él imaginó que llegarían hasta acá.

No esperaba un aeropuerto de estas características. Tampoco algunos de los barrios que terminaron construyéndose.

El proyecto superó las expectativas de quienes participaron de su propio desarrollo.

Tal vez allí esté la clave para entender AguaVista.

No se construyó de una sola vez. Se fue agregando ambición.

Primero fue el golf.

Después llegaron la náutica, las residencias, los servicios, el deporte, la seguridad, nuevos barrios y una comunidad que hoy reúne alrededor de un millar de propietarios de lotes.

Ahora los aviones pueden aterrizar dentro del propio complejo.

Y el próximo paso ya no parece ser simplemente vender más terrenos.

Es construir una marca capaz de trascender el negocio inmobiliario.

Porque en el segmento premium, el verdadero producto rara vez es una casa.

Puede ser el silencio.

La seguridad.

La naturaleza.

El tiempo que se ahorra.

La posibilidad de subir a un avión en Asunción y aterrizar prácticamente frente a casa. O simplemente la sensación de que todo aquello que se compró ya existe. Después de 17 años, AguaVista parece haber entendido que el lujo contemporáneo no consiste solamente en tener más. Consiste, cada vez más, en vivir mejor.

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Pablo Ratti: la re-construcción de una marca

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Hay empresarios que llegan a conducir una compañía después de un proceso cuidadosamente diseñado. Se preparan durante años, atraviesan diferentes puestos, reciben responsabilidades gradualmente y un día ocupan el lugar para el cual fueron formados. Y hay otros para quienes ese momento llega de golpe.

A Pablo Ratti le tocó el segundo camino.

Tenía apenas 32 años cuando la muerte de su padre lo obligó a asumir la conducción de una empresa familiar en la que ya trabajaba y para la cual estaba profesionalmente preparado, aunque todavía no había atravesado el proceso indispensable para convertirse en quien toma la última decisión. En el grupo familiar era su padre, una figura potente que en 1976 inició la empresa que convertiría al apellido en una marca registrada en la construcción y los desarrollos inmobiliarios. 

Pablo conocía la empresa desde mucho antes de trabajar en ella. Había nacido prácticamente con ella. Este año la compañía cumple 50 años, de modo que el negocio familiar forma parte también de su propia biografía: fue el ámbito que permitió estudiar, viajar, formarse y construir una vida. Después llegó el momento de devolverle algo de aquello. Pero no de la manera imaginada.

Su padre había comenzado a pensar el recambio generacional. Incluso había contratado, sucesivamente, a tres consultores especializados en empresas familiares. El problema era que el proceso nunca terminaba de completarse.

“Él estaba con esa iniciativa, pero no podía resolverla. Vinieron las consultoras, hacían su trabajo, pero no podían terminar porque la decisión final la tenía él y no estaba totalmente decidida”, recuerda Ratti.

Había algo profundamente humano detrás de aquella demora: soltar una empresa que uno creó no es simplemente abandonar un cargo. Su padre seguía tomando la última decisión.

El traspaso, que probablemente hubiera necesitado cinco o diez años, terminó ocurriendo en un instante.

“Uno no espera nada de esto. De repente te encontrás al frente de una empresa donde no hubo un traspaso generacional en el tiempo, sino que fue algo muy rápido, muy directo, muy instantáneo”, recuerda Pablo sobre aquellas horas, tras la trágica muerte de su padre Omar, cuando el avión que pilotaba cayó en Corrientes. 

El desafío inicial de Ratti no fue transformar la compañía ni imprimirle inmediatamente una nueva orientación. Fue algo bastante más elemental: generar confianza.

Clientes, proveedores, empleados y personas vinculadas con la empresa habían construido durante décadas una relación con su padre. Conocían cómo pensaba, negociaba y decidía. Al hijo lo conocían, pero no necesariamente sabían cómo iba a conducir.

“Había que dar la confianza de que la cosa continuaba. Tal vez lo conocían a mi padre, pero a mí, cómo trabajaba, no. Entonces fue darle tiempo, confianza, seguir cumpliendo con los compromisos y después, recién con el tiempo, empezar a tomar decisiones que tenían que ver con mi impronta”.

Antes de innovar había que sostener. Y antes de convertirse plenamente en empresario debía conseguir algo que ningún título profesional garantiza: ser reconocido por los demás como la persona que, desde ese momento, tomaría las decisiones.

Todo eso ocurría mientras procesaba la pérdida de su padre.

La dimensión empresarial y la personal se mezclaron de una manera imposible de separar. No solamente desaparecía el conductor de la compañía. Había muerto su padre.

“Se suman las dos cosas: continuar con lo que él venía haciendo y la carga emocional. ¿Qué hubiese hecho papá en este momento? ¿Qué decisión hubiese tomado? Todas esas cuestiones se te suman. Y no tenés retorno por otro lado. Es ya, es ahora y esto hay que hacerlo”.

Durante aquella etapa, admite, tomó decisiones con más dudas que certezas. Después llegó la experiencia. Y también la posibilidad de mirar hacia atrás y descubrir que algunas cosas podrían haberse resuelto de otra manera.

Para Ratti, eso también es hacerse empresario.

El consejo que no parecía un consejo

En aquellos primeros tiempos supo que un importante empresario de la construcción de Buenos Aires había atravesado una experiencia parecida. Lo contactó.

Pidió una reunión y viajó esperando encontrar alguna respuesta extraordinaria. Imaginaba que alguien que ya había atravesado aquel proceso podía entregarle una especie de mapa para cruzar el territorio desconocido.

La respuesta fue mucho más sencilla.

“Me dijo: ‘Mirá, tenés que seguir trabajando’. Punto”. Ratti se ríe al recordarlo.

“Yo esperaba un consejo premium. Pensaba: acá me van a decir la verdad de cómo se lleva esto adelante. Y no. Era trabajar y continuar. Creo que de eso se trata”.

Hay algo de aquella respuesta que parece haber sobrevivido todos estos años. No existe una fórmula secreta para administrar una empresa, mucho menos en la Argentina. Hay decisiones, equivocaciones, aprendizaje, persistencia y trabajo. Sobre todo, tiempo.

El problema inmediato no terminaba en la compañía. También había que reorganizar a la familia. La muerte había dejado varias empresas y tres hermanos que debían decidir cómo continuar.

“Para mí, personalmente, esa fue la decisión más difícil. Todos estábamos con una carga emocional muy fuerte. Había que decidir qué hacíamos con la empresa, qué hacíamos con todo lo que teníamos y con la responsabilidad que nos dejó nuestro padre”.

Había empleados que dependían de esas decisiones. Patrimonio. Historia. Responsabilidades. Pero también hermanos atravesando el mismo duelo.

Finalmente encontraron un equilibrio: las diferentes empresas permitieron distribuir responsabilidades y espacios de conducción.

“Creo que fuimos inteligentes mis hermanas y yo para poder resolver esa cuestión”.

La frase encierra una de las dimensiones menos visibles de las empresas familiares. El patrimonio puede dividirse mediante documentos. Las responsabilidades pueden establecerse mediante organigramas. Pero las decisiones empresariales ocurren dentro de relaciones construidas durante toda una vida.

Ratti recuerda lo que entonces les decía a sus hermanas: quizás durante un tiempo iban a “ponerse colorados”, discutir y atravesar momentos incómodos, pero después podrían disfrutar de haber resuelto el problema y continuar siendo familia.

Era, finalmente, lo más importante. “Porque la familia es la que acompaña a uno y la que sostiene”.

Hay una ausencia que los años no terminaron de resolver. Cuando se le pregunta cuánto tiempo duró aquella sensación de querer consultar a su padre antes de una decisión, Ratti responde sin vueltas: “Todo el tiempo. Hasta hoy”.

La experiencia no eliminó esa necesidad. Quizás la hizo más consciente.

El empresario necesita estar informado, bien informado, consultado. Hay cuestiones que uno, por exceso de confianza, las toma y después se equivoca. Y te das cuenta tarde”.

Por eso reivindica la consulta, el intercambio con colegas y la posibilidad de contrastar una decisión antes de ejecutarla.

También aprendió otra cosa: oír no necesariamente significa escuchar.

Recuerda una frase que le repetía a su padre: “Papá, vos me estás oyendo, no me estás escuchando”.

La diferencia, explica, consiste en cuánto permite un empresario que la opinión del otro realmente penetre en su propio razonamiento. Se puede escuchar solamente para recibir información o escuchar dispuesto a modificar una decisión. Y eso no siempre resulta sencillo para quien está acostumbrado a decidir.

La soledad después de cerrar la puerta

Hay un momento que se repite en las conversaciones de Eco Sistema Podcast con empresarios: cuando termina la jornada, los trabajadores regresan a sus casas, pero las preocupaciones de la empresa no necesariamente se quedan en la oficina. Ratti conoce esa sensación.

“Hay decisiones que son muy del empresario, del negocio que uno conoce”.

La familia y los amigos pueden funcionar como sostén. Sin embargo, existe una zona de la responsabilidad empresarial difícil de compartir. Allí se mezclan las emociones personales, los problemas del negocio, las expectativas, las ambiciones y aquello que el empresario imaginaba que sucedería y finalmente no ocurrió.

Por eso sostiene una idea aparentemente contradictoria con la dinámica cotidiana de una compañía argentina: el empresario necesita tiempo para pensar.

Pensar, aclara, no significa simplemente sentarse.

Es preguntarse qué innovación puede incorporar, dónde mejorar, cómo aumentar eficiencia, qué información necesita y en quién puede apoyarse para comprender mejor el escenario.

“Necesitamos claridad. Certidumbre no vas a tener el ciento por ciento, pero por lo menos podés mitigar un poco el riesgo”.

El problema es que esa necesidad convive con el vértigo argentino.

Ratti recupera una definición de Juan Carlos de Pablo: el empresario pyme se levanta por la mañana y trata de resolver el día. Esa urgencia compite permanentemente con la planificación.

Cuando Ratti mira hacia atrás y se pregunta qué dejó por el camino, la primera respuesta no tiene que ver con dinero.

Tiempo. Tiempo de uno”.

La responsabilidad de “estar por las dudas”, especialmente cuando esa había sido históricamente la cultura de la empresa, fue postergando actividades personales. También la capacitación.

“Esto no podemos postergarlo y decir: ‘Soy empresario, ya está’. El empresario también tiene que capacitarse, tiene que estar informado, tiene que estar bien informado”.

El problema vuelve a ser el tiempo.

Termina el trabajo. Aparece la familia. Las obligaciones personales. Las cuestiones pendientes. Leer un libro, escuchar un podcast o hacer una capacitación queda para después. “Es como que se va corriendo la vida”.

Ratti intenta combatir esa dinámica. No cree que exista una única manera de aprender. Algunos empresarios leen; otros necesitan conversar; otros prefieren escuchar. El formato es secundario. Lo imprescindible es mantener la curiosidad.

Porque el escenario cambia demasiado rápido como para creer que la experiencia acumulada alcanza.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”. La trayectoria también está hecha de errores.

Ratti no intenta esconderlos detrás de una épica empresarial. “Los errores se aprenden”, dice, antes de corregirse a sí mismo.

Con la perspectiva que da el tiempo resulta sencillo identificar qué debería haberse hecho de otra manera. La cuestión central es qué ocurre después.

“A veces perdés, pero a veces ganás más de lo que perdés”.

Una mala decisión puede costar dinero. Puede haber sido apresurada o simplemente basada en una lectura equivocada. Lo importante, sostiene, es evitar que ese fracaso destruya la voluntad de continuar.

“Cometí el error, me costó esto, pero insisto de vuelta porque lo voy a recuperar y esto ya no lo voy a hacer”.

Esa experiencia contrasta con una cultura contemporánea en la que el éxito parece tener que suceder inmediatamente.

Las redes sociales ofrecen historias condensadas: alguien tuvo una idea, emprendió y triunfó. Lo que generalmente desaparece del relato son los años intermedios.

Ratti es lector de biografías empresariales y encuentra allí otra historia. “Ni uno lo hizo de un toque. Son muy pocos, contados con la mano. Esto es tiempo, perseverancia, que las cosas se den, esperar que se den y confiar”.

A veces, agrega, parece que se está perdiendo más de lo que se gana cuando el resultado está muy cerca.

Por eso cuestiona la idea de que no alcanzar inmediatamente un objetivo implique un fracaso personal.

“Tenemos que entender que eso no es así”.

Incluso conseguir todo demasiado rápido puede abrir otra pregunta: ¿qué queda después?

Para Ratti, el desafío también forma parte del propósito. No se trata solamente de poseer algo, sino de construirlo, buscarlo y disfrutar el recorrido.

En algún momento de la conversación aparece una pregunta distinta. Ya no es cómo sostener una empresa, sino para qué seguir haciéndolo.

Ratti cree que alrededor de los 40 o 45 años muchos empresarios ingresan en una etapa de revisión.

“Se replantean si realmente lograron lo que quisieron, si están para más, si con esto ya están bien, si seguir en la empresa les da las mismas ganas de continuar, si son las mismas motivaciones que antes”.

Algunos cambian de rubro. Otros se reinventan.

Otros continúan responsabilizando al contexto, a los trabajadores o a la propia empresa por un malestar cuyo origen podría estar en otro lado.

“Capaz que es él. Es él que todavía no definió qué quiere para adelante”.

Ratti vio esa dificultad muy cerca. Su padre anunciaba periódicamente que se retiraría.

“Me decía: ‘En dos años más me voy’. Nunca sucedió”.

En una oportunidad decidió dejar de trabajar jueves y viernes. Duró dos semanas.

“A la tercera semana estaba firme ahí, como un soldado más”.

La anécdota revela un problema frecuente en las empresas familiares: el fundador puede preparar jurídicamente la sucesión y aun así no estar emocionalmente preparado para abandonar el lugar alrededor del cual construyó buena parte de su identidad.

Ratti suele preguntarles a empresarios que anuncian su retiro qué harán después.

Las respuestas son conocidas: golf, viajes, descanso. Pero inmediatamente aparece otra pregunta:

“¿Cuánto tiempo te dura?”.

La mayor expectativa de vida volvió todavía más compleja la transición generacional. Un empresario puede llegar activo a los 75 u 80 años mientras sus hijos tienen 45 o 50, están profesionalmente formados y continúan esperando espacios de decisión.

Entonces la cuestión deja de ser únicamente si la siguiente generación está preparada. También hay que preguntar si la generación anterior realmente quiere irse.

A veces no quiere. A veces no sabe cómo hacerlo. Y otras veces la empresa es la agenda completa de una persona.

Su padre, sin embargo, le dejó algunos consejos sobre cómo evitar que el trabajo ocupara todo. Uno de ellos estaba relacionado con las vacaciones.

“No te tomes dos meses o un mes. Tomate vacaciones cortitas durante el año. Hacelo de manera que sientas que vale tu trabajo. Andá con la persona que está a tu lado, andá con quien quieras, pero hacelo significativo para vos”.

Pequeños cortes frente a la idea de vivir once meses esperando escapar de la propia vida durante uno.

El factor humano que anticipó hace años

Cuando Ratti recién comenzaba su etapa como conductor empresarial ya hablaba de algo que hoy ocupa buena parte de la discusión sobre gestión: el factor humano.

El trabajador contemporáneo no necesariamente imagina ingresar a una compañía a los veinte años y jubilarse allí cuatro décadas después.

Las personas rotan. Buscan otras experiencias. Su identidad no está determinada exclusivamente por la empresa. Para el empresario eso implica otro desafío. ¿Cómo entusiasmar a alguien que ya no concibe la pertenencia de la misma manera?

Ratti cree que primero hay que aceptar el cambio. “El empresario tiene que entender que eso es así”.

Imagina incluso un mercado laboral progresivamente organizado alrededor de proyectos. Personas contratadas para resolver desafíos concretos, aportando conocimiento, liderazgo y herramientas tecnológicas.

Entonces la empresa también tendrá que seducir. “No solamente van a querer trabajar con uno. Van a elegir trabajar por ese proyecto, por ese desafío”.

La pregunta será cada vez más sencilla y, al mismo tiempo, más difícil de responder:

¿qué me estás ofreciendo para que yo quiera trabajar acá?

Inteligencia artificial: la próxima transformación

Ese razonamiento conduce directamente a una de las cuestiones que más entusiasman actualmente a Ratti: la inteligencia artificial. No la observa como amenaza. La entiende como herramienta y, fundamentalmente, como un desafío para el empresario.

“Tal vez en un futuro un empresario, un trabajador, cualquiera que dé un servicio, va a tener que tener su inteligencia artificial al lado y mostrar cómo se potencia con esa herramienta”.

El factor humano sigue siendo central. Pero ahora aparece una capacidad adicional: saber utilizar la tecnología para multiplicar conocimiento y productividad.

Ratti investiga experiencias de otros países, observa tendencias y trata de imaginar qué puede trasladarse a su actividad.

Es uno de los motivos por los cuales define su presente profesional como un momento de inflexión.

“Sigo construyendo como siempre. La empresa continúa trabajando. Pero estoy también en un momento de inflexión. Todo esto de inteligencia artificial me motiva mucho investigar”.

Lo entusiasma lo nuevo. “Me gusta innovar, intentar o probar cuestiones nuevas”.

Para alguien cuya historia empresarial está ligada a la construcción, la transformación tecnológica no es una abstracción.

Ratti mira imágenes de máquinas capaces de fabricar viviendas y experiencias de casas industrializadas importadas desde China.

Y se pregunta qué significa eso para una actividad construida durante décadas alrededor de procedimientos tradicionales.

“Hoy la construcción tradicional ya no es lo mismo que antes”.

No afirma que esos sistemas vayan a desplazar inmediatamente al modelo conocido. Se pregunta si serán más eficientes, si los costos cerrarán y cuánto demorarán en llegar masivamente.

Pero considera que el empresario tiene una obligación previa a cualquier respuesta: entender qué está sucediendo.

“Como empresario, que siempre trabajaste tradicionalmente, ¿cómo te posicionás con eso? ¿Qué va a suceder? ¿Va a ser algo concreto? ¿Dentro de cuánto tiempo?”.

La discusión excede a las compañías.

También alcanza a trabajadores, sindicatos y comunidades enteras.

La primera responsabilidad empresarial, sostiene, es investigar.

Después el país ofrecerá condiciones favorables o desfavorables. Pero el empresario no puede esperar hasta entonces para intentar comprender el cambio.

“Primero tenés que saber qué es”.

La Argentina aparece inevitablemente en la conversación.

Ratti creció viendo la dinámica de una empresa familiar y aprendió desde chico una secuencia que para cualquier empresario argentino resulta familiar.

“Hay un momento que estás muy bien y hay un momento que estás muy mal. Esto es así”.

Las reglas cambian. Una decisión incorrecta puede dejar rápidamente a una compañía en una posición incómoda. La sobreinformación agrega ruido y muchas veces resulta difícil comprender variables que exceden la propia especialidad.

¿Qué hace entonces el empresario?

Sigue. Observa. Corrige. “Todo el tiempo estás aprendiendo”. No hay demasiada épica en su definición de emprender en la Argentina. Hay algo más parecido a una aventura permanente.

“Uno termina aceptando que es la cuestión de este país”.

Ratti tampoco concibe el liderazgo como una condición reservada exclusivamente a quienes conducen empresas. Todos pueden ejercerlo, aunque en diferentes ámbitos y grados: negocios, familia, deporte, grupos de amigos.

En el mundo empresarial, sin embargo, encuentra una responsabilidad particular.

Mirar hacia adelante. Comprender la transformación tecnológica, animarse a incorporar herramientas y no quedar detenido en aquello que funcionó durante años simplemente porque todavía funciona.

La experiencia sigue teniendo un valor enorme. Pero puede transformarse en una trampa cuando se convierte en resistencia automática al cambio.

“Llega un momento donde las cosas son más lineales para vos: sigo así, total esto funciona, ¿para qué vamos a cambiar?”.

Quizás no haya que cambiar. Pero incluso entonces hay que hacerse la pregunta. Porque algún día alguien deberá continuar.

Medio siglo después de la creación de la compañía familiar y muchos años después de aquella mañana en la que, con 32 años, tuvo que ocupar de golpe un lugar para el cual todavía estaba terminando de prepararse, Pablo Ratti parece haber llegado a una conclusión menos vinculada con balances que con biografías. La empresa puede ser una parte central de la vida. Puede dar educación, oportunidades, viajes, experiencias y patrimonio. Puede convertirse en una responsabilidad transmitida entre generaciones. Puede ser motivo de orgullo y también fuente de angustias. Pero hay una pregunta que tarde o temprano aparece: qué queda de la persona cuando se apaga la computadora, termina la obra y se cierra la puerta de la empresa.  Porque reinventar una compañía puede ser difícil. Reinventarse uno mismo suele ser bastante más complejo.

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Mercedes Omeñuka: “Las pymes forestales no llegan con los números para competir”

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La industria forestal argentina atraviesa una etapa de fuerte presión sobre sus márgenes, con un problema que combina costos crecientes, demanda interna deprimida y dificultades para acceder a financiamiento. Así lo planteó Mercedes Omeñuka, presidenta de la Federación Argentina de la Industria de la Madera y Afines (FAIMA), en una entrevista con Economis en el marco del encuentro realizado en Posadas por los 80 años de la Asociación Forestal Argentina (AFoA).

Omeñuka sostuvo que el deterioro no es reciente. Según explicó, desde hace aproximadamente un año las entidades empresarias vienen advirtiendo sobre una situación cada vez más compleja, particularmente para las pymes, que cuentan con menor espalda financiera y menor capacidad para absorber aumentos de costos o competir por volumen.

“Con los costos que siguen en aumento, los costos logísticos que están elevados, la energía y la materia prima son costos que nosotros hoy no estamos pudiendo trasladar al precio del producto”, señaló.

La advertencia adquiere una dimensión particular en Misiones, donde la actividad forestal tiene una fuerte dependencia del transporte y de los mercados extrarregionales. Para las empresas que producen bienes con mayor valor agregado, cada incremento logístico impacta directamente sobre la posibilidad de colocar producción fuera de la provincia.

Uno de los puntos centrales planteados por Omeñuka es que la industria no enfrenta necesariamente un problema de falta de mercados. Por el contrario, existen oportunidades comerciales en distintos destinos internacionales, pero los costos argentinos dificultan transformar esos pedidos en operaciones concretas.

“Tenemos a diario pedidos de madera de India, de Indonesia, de China”, explicó. También mencionó la existencia de demanda desde Europa. Sin embargo, la ecuación económica no permite a muchas pymes llegar al mercado internacional en condiciones competitivas.

El problema aparece especialmente frente a Brasil, uno de los principales competidores y vecino inmediato de Misiones. Las empresas argentinas enfrentan costos logísticos y locales superiores y, según la titular de FAIMA, eso las coloca en una situación de desigualdad cuando intentan exportar productos con valor agregado.

La paradoja es significativa: hay demanda internacional, capacidad industrial y recursos forestales, pero la estructura de costos impide aprovechar plenamente ese potencial.

El alivio impositivo todavía no alcanza a las pymes

Consultada sobre las medidas anunciadas por el Gobierno nacional para el sector productivo y sobre el impacto de los incentivos a las inversiones, Omeñuka marcó una diferencia entre los instrumentos destinados a nuevos proyectos y las necesidades de las empresas que ya están operando.

“Para una pyme hoy nosotros no hemos recibido todavía ningún tipo de incentivo de reducción de impuestos”, afirmó.

La dirigente valoró las posibilidades asociadas a los nuevos regímenes de inversión, pero señaló que no resuelven el problema inmediato de las pequeñas y medianas industrias que necesitan sostener su estructura productiva y recuperar competitividad.

El financiamiento aparece en el mismo punto de tensión. La posibilidad de incorporar equipamiento de última generación existe, pero las tasas de crédito representan una barrera para empresas cuyos márgenes ya se encuentran comprimidos.

“Está bárbaro, son equipos de primera línea, pero nosotros en la situación en que está una pyme hoy no llegamos”, resumió al referirse a las alternativas de financiamiento para equipamiento.

La pregunta empresarial es entonces cómo amortizar una inversión financiada a tasas elevadas en un contexto donde la demanda y los márgenes no permiten asegurar un retorno suficiente.

La dificultad no se concentra en las exportaciones. Las empresas que dependen del mercado interno enfrentan otro problema: la contracción de la actividad económica.

Omeñuka señaló que la construcción privada continúa deprimida y que la caída de la obra pública también tuvo impacto sobre la demanda de productos forestales. En ese sentido, observó con expectativa las nuevas licitaciones de infraestructura y caminos, con la posibilidad de que puedan generar una reactivación parcial de la actividad.

La construcción es uno de los principales canales para ampliar el consumo de madera. Por eso, la recuperación del sector no depende exclusivamente de las exportaciones: también requiere reconstruir demanda dentro de la Argentina.

En esa línea, FAIMA viene promoviendo el uso de madera en la construcción de viviendas. Omeñuka consideró que la expansión de proyectos industriales como el que avanza en Virasoro puede contribuir a modificar la percepción del mercado argentino sobre la construcción con madera.

“Nosotros necesitamos que en la Argentina consumamos más madera”, planteó.

El nuevo peaje abre otra discusión sobre competitividad

La posible incorporación de nuevos peajes en Misiones aparece como un factor adicional de preocupación para la industria, especialmente por la importancia que tiene el corredor hacia Buenos Aires para colocar producción.

Omeñuka sostuvo que el sector puede comprender el pago de un peaje si existe una contraprestación efectiva en infraestructura. El problema, advirtió, aparece cuando aumentan los costos de transporte sin una mejora equivalente en las rutas.

“Si vos pagás un costo elevado pero tenés rutas que estén en condiciones, por ahí uno dice: miro para otro lado y pago. El tema es que nos pongan más peajes y sigan las rutas en las mismas condiciones”, señaló.

La cuestión excede al sector forestal. Para una industria ubicada lejos de sus principales mercados, la infraestructura vial forma parte de la estructura productiva. Cada deterioro en las rutas o incremento en los costos de traslado termina incorporándose al precio final y reduce el margen disponible para competir.

El debate sobre los nuevos peajes, por lo tanto, queda atado a una condición concreta: que el financiamiento de la infraestructura se traduzca efectivamente en mejores corredores logísticos.

Respecto de las perspectivas para el próximo año, la presidenta de FAIMA evitó proyectar una recuperación automática por el calendario electoral. Su diagnóstico está condicionado a la evolución de la actividad económica.

“Si traspolamos la situación de hoy y si no hay una reactivación de la economía, la vemos compleja”, sostuvo.

La industria necesita que confluyan varias condiciones: recuperación de la construcción, reducción de costos, financiamiento accesible, inversión tecnológica y una estructura tributaria que permita competir. Sin esa combinación, el potencial productivo seguirá limitado.

Omeñuka, sin embargo, diferenció potencial de coyuntura. La capacidad existe y las empresas cuentan con conocimiento, recursos y posibilidades de expansión. El problema es que las condiciones actuales todavía no permiten transformar ese potencial en crecimiento sostenido.

“Capacidades, las empresas tienen. Con inversiones que sean acordes a la capacidad de cada pyme, esto se puede revertir”, afirmó.

Una oportunidad que Misiones todavía puede convertir en industria

El planteo de FAIMA deja planteada una agenda que excede la discusión coyuntural sobre el precio de la madera. Para Misiones, el desafío es avanzar desde una economía forestal basada en la disponibilidad de materia prima hacia una estructura con mayor transformación industrial y capacidad exportadora.

Pero esa transición requiere que la competitividad no quede limitada a la productividad dentro de la fábrica. Energía, impuestos, financiamiento, rutas, logística y acceso a mercados forman parte de la misma ecuación.

La existencia de pedidos internacionales demuestra que el mercado potencial está allí. La discusión pendiente es cómo lograr que las empresas argentinas puedan atenderlo.

Para las pymes, el salto tecnológico no puede pensarse separado de las condiciones financieras. Para las exportaciones, la competitividad no depende solamente del tipo de cambio, sino también de cuánto cuesta producir y transportar. Y para el mercado interno, la recuperación forestal está estrechamente vinculada con la construcción.

La industria forestal tiene, en palabras de Omeñuka, un “potencial enorme”. El punto crítico para 2027 será determinar si las condiciones económicas permiten finalmente convertir esa capacidad instalada en más producción, más consumo de madera, más exportaciones y mayor valor agregado dentro de Misiones.

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Pablo Franzini, CEO de Arauco Argentina: “Misiones puede ser mucho más protagonista en el mercado forestal”

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El mercado forestal internacional atraviesa una etapa en la que la escala ya no alcanza por sí sola. Calidad, previsibilidad en las entregas, costos competitivos y capacidad para sostener cadenas de abastecimiento cada vez más sofisticadas forman parte de la nueva ecuación. Y allí, según Pablo Franzini, CEO de Arauco Argentina, la Argentina todavía tiene espacio para crecer.

En una entrevista con Economis, realizada en Posadas durante el encuentro por los 80 años de la Asociación Forestal Argentina (AFoA), Franzini puso el foco en las oportunidades que abre el mercado norteamericano, pero también en las tareas pendientes para que la producción argentina pueda capturar una porción mayor del negocio internacional.

“El mercado de la madera en los últimos años ha sido bastante positivo para nosotros, nuevamente con el motor del mercado americano”, explicó.

Para Franzini, entender Estados Unidos es clave para comprender hacia dónde se mueve buena parte de la industria forestal del continente. No se trata solamente de un mercado grande, sino de uno de los activos de inversión más importantes del mundo: la vivienda.

“Creo que todos tenemos claro que uno de los principales activos de inversión del mundo es la casa. La mayoría de las personas, cuando puede, quiere tener su propia vivienda. Y eso mueve un mercado de varios trillones de dólares”, planteó durante su exposición ante empresarios del sector.

El déficit habitacional de Estados Unidos sostiene la demanda

El mercado estadounidense mantiene una demanda estructural que va más allá del ciclo económico. Cada año se construyen alrededor de 1,4 millones de viviendas, a lo que se suma un gigantesco mercado de reparación y remodelación que Franzini estimó en torno a los 500 mil millones de dólares anuales.

Pero, además, existe un déficit habitacional que todavía no fue resuelto.

“Como en muchos países, Estados Unidos tiene un problema habitacional. Faltan muchas casas para alcanzar el estándar de calidad de vida al que aspira su población”, explicó.

A ese faltante se agrega otra característica que resulta especialmente relevante para la industria forestal: el parque habitacional estadounidense tiene una antigüedad promedio superior a los 40 años y buena parte de esas viviendas fue construida con madera.

Ese envejecimiento genera una demanda sostenida de productos para mantenimiento, renovación y ampliación, desde puertas y ventanas hasta pisos, revestimientos, cocinas, baños, placares y una enorme variedad de componentes interiores y exteriores fabricados con madera.

“El americano promedio está acostumbrado a consumir mucha madera. Siempre tiene un proyecto en su casa, de mejora o de reforma, y eso demanda mucha madera”, resumió.

Franzini agregó un factor demográfico que, a su juicio, puede prolongar esa demanda durante los próximos años.

La generación más numerosa de la historia estadounidense -los hijos de los baby boomers- retrasó la decisión de comprar una vivienda respecto de generaciones anteriores. Mientras décadas atrás los estadounidenses accedían a su primera casa mucho antes, hoy esa decisión se posterga hasta edades cercanas a los 40 años.

A eso se suma la transferencia de riqueza que comenzará a producirse a medida que los baby boomers se jubilen y transmitan sus patrimonios a sus herederos.

“Estamos frente a una generación enorme que todavía no compró su casa y que va a recibir una transferencia de riqueza muy importante. Todo eso hace pensar que el mercado tiene un potencial enorme”, sostuvo.

El principal freno actual, reconoció, son las tasas de interés y la inflación. Sin embargo, si esas variables comienzan a normalizarse, el sistema de crédito hipotecario estadounidense -con préstamos a 30 años- podría volver a impulsar con fuerza la construcción y la remodelación.

Una red industrial integrada en seis países

Arauco construyó una plataforma productiva que le permite abastecer esa demanda desde distintos puntos del continente. La compañía tiene operaciones en Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Chile y Argentina, una distribución geográfica que Franzini considera determinante para competir en mercados exigentes.

“Arauco está muy metido en las Américas y muy integrado. Tenemos una capacidad de abastecer el mercado americano muy sofisticada, donde la resiliencia y la redundancia de la cadena de abastecimiento son muy importantes”, explicó.

Esa arquitectura permite diversificar riesgos y garantizar continuidad de suministro, una variable que adquirió todavía más relevancia después de las disrupciones logísticas internacionales de los últimos años.

Dentro de esa estructura continental, Franzini entiende que la Argentina todavía puede ganar participación.

“Pensamos que Argentina puede cumplir un rol mucho más protagónico con los productos forestales argentinos, que son de alta calidad”, aseguró.

No alcanza con vender madera commodity

La oportunidad, sin embargo, no está en competir solamente con productos básicos.

Franzini insistió en que el mercado estadounidense demanda una gama mucho más amplia y sofisticada de productos forestales.

“No es solamente madera commodity. Hay una enorme variedad de productos de valor agregado donde podemos participar”, señaló.

Puertas, molduras, componentes para ventanas, pisos, muebles, placares, cocinas y baños forman parte de una cadena de valor mucho más extensa que la simple exportación de madera aserrada.

Para aprovecharla, la Argentina deberá avanzar en innovación, certificaciones y desarrollo industrial.

“Tenemos que apostar a más calidad todavía, a productos certificados y de mayor valor agregado. No podemos quedarnos haciendo solamente lo que hacemos hoy”, planteó.

Competir contra Chile, Brasil, China y Vietnam

El desafío, advirtió, es que todos los grandes productores forestales quieren participar del mercado norteamericano.

Argentina compite con empresas estadounidenses, pero también con productores de Chile, Brasil, China y Vietnam, entre otros.

“Todo el mundo quiere jugar en ese mercado. Por eso tenemos que ser muy competitivos en toda la cadena”, sostuvo.

Esa competitividad no depende exclusivamente de las empresas. Franzini planteó la necesidad de un trabajo conjunto entre grandes, medianas y pequeñas compañías, proveedores, prestadores de servicios y el Estado.

La agenda incluye reducir costos logísticos, simplificar regulaciones, bajar cargas burocráticas y mejorar la eficiencia industrial.

No podemos regalar ni un centavo en logística ni en trámites burocráticos, porque nuestros competidores son muy buenos”, resumió.

La distancia geográfica respecto del mercado estadounidense obliga, además, a compensar con productividad cualquier desventaja de transporte.

Misiones, el corazón forestal argentino

En ese mapa, Misiones ocupa para Arauco un lugar central. Franzini no dudó en definir a la provincia como el núcleo histórico de la actividad forestal argentina.

“Misiones es el centro del sector forestal argentino. Ha sido pionera”, afirmó.

La relación de Arauco con la provincia excede la dimensión estrictamente productiva. Buena parte de las operaciones argentinas de la compañía están vinculadas con Misiones y Franzini destacó la identificación construida durante décadas con la tierra colorada.

“Para nosotros, para Arauco, Misiones es clave. Básicamente estamos en Misiones, nos sentimos muy misioneros. Yo hace más de 20 años que vengo a esta querida provincia. Nos encanta tener la tierra colorada en los zapatos”, expresó.

La frase sintetiza una relación de largo plazo, pero el ejecutivo puso el acento especialmente en lo que todavía queda por hacer.

“Misiones tiene una oportunidad enorme. Obviamente que en parte la aprovecha, pero puede hacer mucho más y puede ser mucho más protagonista, porque la calidad humana y la naturaleza las tiene”, señaló.

Consultado por Economis sobre eventuales nuevas inversiones de Arauco en la Argentina, Franzini diferenció los grandes proyectos industriales -aquellos capaces de modificar la escala de producción de una región- de las inversiones permanentes que realiza la compañía.

Por ahora, aclaró, no existe un anuncio de una inversión de gran magnitud para la Argentina, aunque eso no significa que la empresa haya detenido sus desembolsos.

“Cuando me preguntaron hablaban de las grandes inversiones, al estilo de las que hemos escuchado hace unos meses. Pero claramente nosotros siempre estamos enfocados en crecer y para eso hay que invertir”, explicó.

Según Franzini, Arauco mantiene una política continua de reinversión sobre sus operaciones existentes.

“Siempre estamos invirtiendo. Por ahí nos gusta el perfil bajo, pero siempre estamos invirtiendo en valor agregado, en nuevas líneas, en tecnificar y en mejorar nuestra capacidad productiva”, afirmó.

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