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Daltónicos ideológicos

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Introducción al tema: Algunas personas no distinguen los colores, siendo su visión limitada al blanco y negro, así como los matices de grises. Eso es el daltonismo en su versión más severa, existiendo casos en los que esa deficiente visión involucra solo a algunos colores.

Los perros, nuestros fieles amigos de cuatro patas, también adolecen de cierto grado de daltonismo, lo cual compensan con sus muy agudos olfatos y oídos. Los veterinarios seguramente pueden ampliar en mucho el tema.

Valgan esos breves conceptos para poner en contexto, ciertos grados de confusiones y/o carencias conceptuales muy profundas, de las que evidencian estar inmersos muchos opinantes, de variopintos enfoques ideológicos.

Esas severas confusiones y prejuicios por carencia de análisis bien fundamentados y de necesarios conocimientos, se dan tanto en opinantes y sectores de “derechas” y de “izquierdas.

Ejemplifiquemos en forma breve

Confusiones de las “derechas”

Es muy común, casi una constante, por parte de uniformados de mentalidad procesera, así como de civiles varios de similares deficientes formaciones culturales (y especialmente, de carencia de conocimientos de Política, Historia y Geopolítica), así como varios periodistas y otros opinadores, que ante la menor crítica u observación bien fundamentada, a usuales prejuiciosos planteos de muy cerradas visiones y evidentes carencias de formación cultural, inmediata (e irreflexivamente), salgan al cruce con despectiva violencia verbal, catalogando -en forma supuestamente categórica- de “zurdo” a todo aquel que “se atreva” a contradecir el estrecho, cuando no nulo razonamiento, que con tanta liviandad exponen. Para esas estrechas mentalidades, todo lo que discrepa o cuestiona sus prejuiciosos enfoques, “es zurdo”, en forma supuestamente indiscutible.

Semejante brutal error que suelen expresar con exabruptos, con nulos razonamientos, y con soberbia pretendidamente descalificante hacia opiniones en contrario, puede tener preocupantes picos de nulidades conceptuales, abundantemente “salpimentadas” con epítetos e incluso agresiones personales, contra personas indefensas (como jubilados, discapacitados físicos y similares indefensos ciudadanos) que hacen uso del legítimo derecho de protesta.

Tal el caso, que pudo verse por TV, cuando desde el altavoz de una fuerza represiva (posiblemente de la Policía Metropolitana), se arengaba a los efectivos fuertemente pertrechados (bastones, escudos, cascos, etc.), a que repriman con
violencia “contra esos zurdos”, malicioso descalificativo con el que buscaban alentar la feroz represión de los nulos pensantes uniformados contra nada violentos ancianos, reclamantes por sus miserables haberes mensuales.

Esa torpe y miope visión de la realidad socio política nacional, forma parte esencial de la doctrina ferozmente represiva, de la muy vigente “Doctrina Represiva” (que marca los ejes conceptuales y operativos de agresiones contra manifestantes), con la cual se pretende ahogar a fuerza de bastonazos, golpes y empujones, cuando no en disparos de armas aviesamente apuntadas contra el propio pueblo manifestante; para en ese contexto de violencias exacerbadas ahogar las lógicas protestas que el genocida plan socio económico libertario – neoliberal, con toda aviesa intencionalidad, provoca.

Preocupante es que esa aberrante simplificación extrema de los enfoques políticos que se imparten como supuestas “verdades reveladas”, solo sumen más confusiones y elevadas dosis de odios mal digeridos, predisponiendo a uniformados, a sectores vinculados, e incluso a muy confusos ciudadanos que a tientas suponen “entender” las “motivaciones marxistas de esos revoltosos”; siendo que solo son ciudadanos ejerciendo el legítimo derecho de protesta, ante las perversas medidas de destrucción general perpetradas por libertarios y secuaces.

Esos opinantes “de derechas” suponen que todos los que piensen diferente a ellos, “son y deben considerarse ‘zurdos’ “, omitiendo por ignorancia o malicia, el variado contexto de opiniones y enfoques diferentes a “las derechas”, pero que no son “zurdos”, ni menos aun “comunistas” ni nada parecido.

Ni se les ocurre analizar -o lo omiten maliciosamente- que existen distintos matices de sinceros nacionalismos (sin zeta), que no comulgan ni con “derechas” ni con “izquierdas”. Más de medio siglo antes, la precisa y perspicaz pluma de Jauretche, para anular mendaces opiniones que pretenden asimilar al sano nacionalismo con vertientes descalificantes, creó el concepto de PENSAMIENTO NACIONAL, y en el mismo contexto, por aquellos años la militancia en las calles coreaba “ni yanquis ni marxistas,…”.

Por supuesto, existen otros partidarios de un sano nacionalismo, que no necesariamente coinciden con el peronismo; ni con la icónica Línea Histórica Nacional (San Martín, Rosas, Perón). 

Un ejemplo del caso, es el de los hermanos Irazusta, de icónica escritura revisionista afín a Rosas, claramente del Pensamiento Nacional, que discreparon con la Doctrina y el gobierno peronista.

Otro caso destacable, es el del historiador y polemista político, Jorge Abelardo Ramos, quien, desde una formación intelectual inicialmente vinculada con el marxismo, mutó a un claro apoyo al peronismo, “desde las izquierdas”. Lo suyo fue un nacionalismo con fuerte impronta social, pero en nada “comunista”.

También hubo y hay otras personas que se definen como “nacionales”, de distintos matices, quienes tampoco entran en la cerrada y errónea concepción de (des)calificar como “zurdos” al discrepar con esas “derechas” de corte cavernario.

Confusiones de las “izquierdas”.

Opinólogos de escasas formaciones y pobreza de análisis, identificados con “la izquierda”, operan en muchos casos como el espejo invertido de los errados enfoques de “derechosos dogmáticos”, ambos sectores antagónicos pero coincidentes en repudiar -de hecho- a toda acción o pensamiento identificado con la amplia avenida ideológica del Pensamiento Nacional.

Las terminologías y calificaciones usuales en “izquierdas” son diferentes a las de “derechas”, pero muestran coincidencias en los profundos y perniciosos grados de dogmatismos, de dudosa o nula fundamentación.

Es usual que los opinantes o pretendidos “entendidos” del sector de “izquierdas”, usen el pretendidamente peyorativo calificativo de “facho”, para identificar a todo aquel que no coincida a pies juntillas con sus ideas.

Eso es error muy frecuente entre las verborrágicas expresiones de las “progresías”, sector en el que, salvo honrosas excepciones, no se suelen caracterizar por la solidez de sus argumentaciones, escasa o nulamente basadas en buenas lecturas y/o sólidos conocimientos académicos.

Esa extrema simplificación conceptual de “facho”, además de errónea, es distorsiva desde lo histórico, y salvo que se analice con los debidos basamentos, lleva a más confusiones insalvables.

Al usar el (des)calificativo de “facho” para todo aquel que no se identifique plenamente con las posiciones “de izquierdas”, ponen en la misma bolsa ideológica a liberales, neoliberales, libertarios y similares; junto a diversos sectores del amplio abanico de nacionalismos y otras corrientes de sincero patriotismo, que no se someten a doctrinas foráneas que en muchos casos son lesivas para nuestra soberanía.

El término “facho”, surgió como simplificación de concepto político del Fascismo, corriente ideológica italiana, que fue liderada por Mussolini, la cual, más allá de aciertos y errores (muchos de ellos muy acentuados), no cabe duda alguna que nació y pretendió operar como expresión excluyente del nacionalismo, de aquella Italia pobre y problematizada, que buscaba su lugar en el mundo.

Sin que nada de estos conceptos implique avalar al fascismo, que entre otros errores, fue parte de la sumatoria de violencias de la Segunda Guerra Mundial; y antes agredió a Etiopía, buscando tener su colonia africana, en el marco del colonialismo teñido de racismo que se había repartido al antojo y poder de Europa, a África en la infame Conferencia de Berlín; pese a ese y otros aspectos dudosa o nada positivos, no cabe duda que el fascismo fue una expresión extrema del nacionalismo italiano.

Por eso, tildar de “fachos” a personeros del liberalismo y otras doctrinas o posturas de claro cipayismo, es no solo distorsivo conceptualmente, es una aberración distorsiva.

A modo de síntesis conceptual

Las confusiones conceptuales llevan a enfoques erróneos, que distorsionan la necesaria compresión y les hacen el juego a quienes en un entorno de confusiones, buscan el caos ideológico para sumirnos o profundizar el entorno de dependencia, mientras denigran valores superiores como el sincero patriotismo, al cual desprecian o suplantan con el hueco y muy nefasto patrioterismo de bandera, que se agota en las simbologías, sin profundizar sus raíces en los aspectos esenciales de defensa de la soberanía.

La batalla cultural requiere el sólido basamento en conceptos de patriotismo bien fundamentado y mejor desarrollado.

Eso es lo opuesto a las liviandades culturales y distorsiones conceptuales, cuando no racismos y clasismos implícitos propugnados por “derechas e izquierdas” carecientes de todo Sentido de Lo Nacional.

Nacionalismo de hecho, que con matices diversos, practican todas las potencias consolidadas y las que van camino a serlo.

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Mis dos charlas con el Papa Francisco

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A un año de su fallecimiento. Su figura imponente me impactó en las dos oportunidades

La profesión de periodista me dio la gracia de estar en dos oportunidades con el papa Francisco.

La primera fue en 2018, cuando me recibió en el altar de la Plaza San Pedro junto a mi esposa. Fue unos días antes de la conmemoración de la Guerra de Malvinas.

En esa oportunidad charlamos unos minutos sobre temas la guerra en particular y demás temas generales. “Las guerras no sirven para nada”

Seis años después, en junio de 2024 volví a estar con él en una nueva charla en el Vaticano.

En esta oportunidad hablamos de Misiones; las Ruinas Jesuíticas, su San Lorenzo querido e inclusive me dio el permiso de contarle un chiste sobre la Ultima Cena.

Su figura imponente me impactó en las dos oportunidades. Poder dialogar con uno de los líderes más importantes del mundo fue para mí una experiencia indescriptible. La emoción, por momentos, le ganó al profesional.

Como periodista tuve la oportunidad de entrevistar a varias personalidades nacionales e internacionales, pero haber tenido el honor de charlar dos veces con el papa Francisco fue lo más importante que me dio esta profesión,

Hablar de la guerra de Malvinas, de la guerra en Medio Oriente, de su recuerdo sobre la Ruinas Jesuíticas misioneras cuando era estudiante, su querido San Lorenzo de Almagro y con respeto permitirme contarle un chiste mostró la humildad y sencillez del máximo religioso de la Iglesia Católica que sigue siendo admirado por más del 90 por ciento de la población mundial más allá de las creencias religiosas.

“Las guerras no sirven para nada, no traen la paz como hacen creer quienes las originan”, me dijo en la primera visita.

“Misiones, recuerdo una anécdota: cursaba el 5to grado y la maestra preguntó a la clase, qué hicieron los jesuitas. Yo le respondí… Ruinas…”, recordó como anécdota graciosa en la segunda charla. Y sobre fútbol, hablamos del San Lorenzo campeón 1972 y de los “Cara Sucias”; El chiste del hombre de la colectividad judía dueño del restaurante donde se celebró la Ultima Cena y se fueron sin pagar mostró el lado humorístico del Papa Francisco.

En el primer encuentro tomamos mate con yerba misionera. Y en la segunda le regalé una kipá (gorro judío) que se lo puso y su foto recorrió el mundo.

A un año de su partido, el recuerdo de un Líder que intentó cambiar el mundo. Su legado, más allá de no compartir su creencia religiosa seguirá en mi memoria durante toda mi vida

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Entre lágrimas y karaoke: Milei convierte la política exterior en un show personal

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Hay viajes oficiales, hay giras internacionales y después está el reality espiritual de Javier Milei en Israel: una mezcla de karaoke libertario, lágrimas televisadas y geopolítica manejada como si fuera una cuenta personal de X.

Porque no fue solo una visita. Fue una performance. En Jerusalén, Milei se puso en modo artista invitado y cantó Libre con la solemnidad de quien cree estar protagonizando un momento histórico, cuando en realidad parecía más bien un clip de autoayuda con presupuesto estatal. Después vino el llanto en el Muro de los Lamentos, cuidadosamente expuesto, casi como si la emoción también formara parte del guión. La fe, convertida en contenido.

Nada de eso sería particularmente grave si no estuviera en juego algo más que su propia biografía emocional. Pero el problema es justamente ese: no viaja un influencer, viaja el presidente de un país en crisis.

Y el contexto no ayuda a la épica, más bien la desnuda.

Israel está gobernado por Benjamin Netanyahu, hoy cuestionado dentro y fuera de su país por la ofensiva en Gaza tras los ataques de Hamas. Las denuncias por el impacto humanitario, las críticas internacionales y el desgaste político interno lo ubican en uno de sus momentos más frágiles. No es precisamente el socio ideal para una foto de alineamiento incondicional.

A eso se suma un escenario regional inflamable: tensiones con Líbano, con Hezbollah al acecho, y el conflicto con Irán, que convierte cualquier gesto en una señal geopolítica de alto riesgo. En ese tablero, Argentina decidió no jugar a la prudencia, sino al fanatismo.

Porque eso es lo que transmite el viaje: no una política exterior, sino una adhesión casi religiosa. Sin matices, sin distancia, sin cálculo. Como si la diplomacia fuera una cuestión de fe y no de intereses.

¿El resultado? Un país que necesita dólares, inversiones y mercados, pero exporta gestos, canciones y lágrimas.

Y en ese marco aparece otro dato incómodo que ayuda a entender el timing: la necesidad de recomponer imagen. Según la última medición de CB Global Data, Milei figura entre los presidentes con peor valoración relativa y con una caída superior a los seis puntos en el último mes. Traducido: el relato empieza a hacer agua y hay que subir el volumen de la escena.

Más show, más impacto, más “momento histórico”.

El problema es que la política exterior no es un escenario para levantar el rating personal. Cada gesto tiene consecuencias, cada alineamiento deja huella. Y meterse, con entusiasmo militante, en un conflicto que no le pertenece a la Argentina no parece una jugada brillante, sino más bien una sobreactuación peligrosa.

Mientras tanto, en casa, la palabra que ordena la vida cotidiana no es “libertad” sino “ajuste”. Salarios en caída, jubilaciones deterioradas, consumo en retroceso. Un país real que no canta, ni llora frente a cámaras y, sobre todo, no tiene margen para aventuras simbólicas en escenarios lejanos.

La diplomacia clásica trabaja con sutilezas. Esto es otra cosa: es la diplomacia del acting. Del impacto inmediato. De la convicción gritada en lugar del interés defendido.

Cantar Libre puede ser catártico. Llorar en el Muro, también. Gobernar, en cambio, requiere algo bastante menos cinematográfico: responsabilidad.

Y ahí es donde el show empieza a hacer ruido. Porque cuando baja la música, lo que queda no es épica.

Es la realidad.

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Cuando el compromiso empieza después

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La promesa de miles de puestos de trabajo en una pastera procesadora de celulosa de pino, en Corrientes, vuelve a abrir una pregunta incómoda —y necesaria—: ¿a quién se representa, en verdad, cuando se habla desde una banca en el Congreso de la Nación?

La cifra seduce. Siempre seduce. Trece mil puestos de trabajo pronunciados con soltura, como si el desarrollo pudiera resumirse en un número redondo, como si bastara con enunciarlo para que se vuelva incuestionable.

El diputado nacional Diego Hartfield eligió ese camino. Celebrar —con tono entre entusiasta y resignado— la posible instalación de una pastera procesadora de celulosa de pino en la vecina provincia de Corrientes. Como si la noticia fuera propia. Como si el impacto no mereciera, al menos, una pausa.

Pero Misiones no escucha esto por primera vez. Misiones no teoriza: recuerda.

Recuerda el olor penetrante de la celulosa, las discusiones ambientales, las tensiones entre producción y preservación. Recuerda, en definitiva, que no todo crecimiento es neutro, ni todo empleo es inocuo.

Y recuerda, sobre todo, algo que a veces se pierde en el vértigo del discurso: que en términos absolutos es la provincia más verde de la Argentina, núcleo de la selva paranaense, un ecosistema que no admite liviandades ni entusiasmos trasladados.

Por eso, cuando se nos habla de oportunidades en otra geografía, la reacción no es de entusiasmo sino de pregunta: ¿qué se está pensando para aquí?

Porque representar no es comentar lo que ocurre en otra provincia. Representar es pensar en la propia.

Se ha dicho —una vez más— que estas inversiones no llegan a Misiones por la presencia de un “Estado empresario” que compite con el sector privado. La frase, cómoda y repetida, omite lo esencial: en territorios donde el mercado no llega, el Estado no desplaza —habilita.

Allí donde no había innovación, apareció la Escuela de Robótica de Misiones. Allí donde la escala privada no encontraba incentivo, el Estado ensayó herramientas para sostener desarrollo, tecnología y oportunidades. No es ideología: es necesidad.

Pero hay algo más —más silencioso, más revelador— que asoma en este debate. Y es la identidad.

Porque representar no empieza el día en que se asume una banca. Empieza mucho antes, en la manera en que uno se reconoce —o no— como parte de un territorio. Durante años, la figura pública de Hartfield circuló en otros ámbitos, con otros códigos, con otra pertenencia: era “el argentino”. Misiones, en ese relato, aparecía poco.

No está mal trascender la aldea. Lo que resulta, cuanto menos, llamativo, es el regreso súbito al terruño cuando la política lo vuelve necesario. Como si la identidad pudiera activarse a demanda. Como si el arraigo fuera un recurso discursivo.

Y entonces aparece la ironía.

De pronto, la preocupación por el empleo irrumpe con urgencia. Se enumeran miles de puestos de trabajo con la liviandad de quien repite una fórmula probada. Pero el desarrollo no es una cifra, ni una promesa que se celebra a la distancia. Es una construcción compleja, situada, que exige algo más que entusiasmo.

Promover empleo no es celebrarlo cuando ocurre en otra provincia.
Es pensarlo aquí. Diseñarlo aquí. Defenderlo aquí.

De lo contrario, la preocupación suena tardía.
Y lo tardío, en política, suele confundirse con lo oportuno.

Los misioneros no esperamos uniformidad de pensamiento. No esperamos adhesión automática. Esperamos algo bastante más exigente: una visión propia, en sintonía con nuestra realidad. Una representación que no se funda en describir lo ajeno, sino en comprender lo propio y transformarlo en agenda.

Porque en democracia, la representatividad no se declama.
Se ejerce.

Y eso —a diferencia de las cifras— no admite atajos.

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La delegación invisible: todo lo que ya dejamos de pensar

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Nadie nos robó la capacidad de pensar. Se la prestamos a una app y nunca fuimos a buscarla.

La delegación silenciosa empezó con pequeñas comodidades. Primero dejamos de memorizar teléfonos. Después dejamos de orientarnos. Después dejamos que nos sugieran qué ver, qué comprar, qué leer. Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, dejamos de cuestionar si eso era un problema.

Hoy el fenómeno tiene escala industrial. Y tiene números.

Argentina está entre los cinco países con más tiempo de pantalla del mundo. Según datos de Electronics Hub, los argentinos destinan el 53,8% de sus horas de vigilia a dispositivos digitales. En términos concretos: cerca de 9 horas diarias entre celular, computadora y televisión. El promedio global es de 6 horas 45 minutos. Estamos muy por encima.

Esas horas no son tiempo neutro. Son horas en las que un sistema decide por nosotros. TikTok, Netflix, Instagram, Spotify: ninguna de estas plataformas espera que el usuario elija. Anticipan. Recomiendan. Empujan. Y lo hacen con una eficiencia que ningún ser humano podría igualar, porque su única métrica es el tiempo que lograron retenerte.

Más del 80% del contenido que consume un usuario promedio en plataformas de streaming y redes sociales está mediado por algoritmos de recomendación. En plataformas de video, ese porcentaje es incluso mayor. No elegimos tanto como creemos: navegamos dentro de un carril que alguien más trazó.

Pensá en la última vez que llegaste a un destino sin GPS. Probablemente recordás cada giro. Ahora pensá en los últimos diez viajes con navegación: son un borrón. La memoria se construye con esfuerzo. El esfuerzo que evitamos, también lo evitamos recordar. Lo mismo pasa con el contenido: lo que nos recomiendan se consume, se olvida y se reemplaza. Lo que elegimos con deliberación, queda.

Pero hay algo más profundo que la memoria en juego. Es el criterio.

Decidir no es solo llegar a un resultado. Es construir una forma de pensar. Cada vez que evaluamos opciones, comparamos, dudamos y elegimos, estamos ejercitando algo que no se puede delegar sin consecuencias. El cerebro, como cualquier sistema que busca eficiencia, acepta con gusto que otro haga ese trabajo. No es pereza: es diseño evolutivo. Y las plataformas tecnológicas actuales están construidas exactamente sobre esa tendencia. Cada función que “simplifica” elimina un paso que antes nos obligaba a decidir.

Para 2027, el 79% de la inversión publicitaria global estará basada en decisiones algorítmicas, según proyecciones del grupo Dentsu. No es solo que los algoritmos decidan lo que consumimos: están redefiniendo lo que producimos, lo que financiamos y, en consecuencia, lo que existe.

El problema no es la tecnología. Es lo que ocurre cuando dejamos de notar su influencia.

Las plataformas aprendieron rápido que la duda incomoda. Que el usuario que duda se va. Entonces eliminaron la duda. Le pusieron autoplay al video. Le pusieron scroll infinito al feed. Le pusieron recomendaciones antes de que termines lo que estabas leyendo. Cada fricción eliminada es un momento de deliberación que desapareció.

El informe “2026 Global Consumer Predictions” de Mintel advierte que una parte creciente de los consumidores está comenzando a reconocer esta dependencia y a buscar activamente experiencias “emancipadas de los algoritmos”. El consumidor, dice el informe, está fatigado de que los algoritmos gobiernen su relación con el mundo digital. Pero reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.

En Argentina, el contexto agrega una capa más. Somos uno de los países con mayor tiempo de pantalla del mundo, pero no somos el que tiene más velocidad de conexión ni el que produce más contenido propio. Consumimos masivamente lo que otros diseñan para nosotros. Y lo hacemos con una intensidad que supera a economías mucho más grandes.

Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual.

Una sociedad que delega progresivamente sus decisiones cotidianas a sistemas automatizados no solo pierde autonomía individual. Pierde también la capacidad colectiva de formarse criterio. El debate público, la deliberación democrática, la posibilidad de cambiar de opinión a partir de información nueva: todo eso requiere ciudadanos que todavía piensan por cuenta propia. No que navegan dentro del carril que un algoritmo les trazó esa mañana.

Según KPMG, el 74% de los comercios planea escalar el uso de inteligencia artificial en sus operaciones durante 2026. La tendencia no es reversible. La pregunta no es si los algoritmos van a seguir tomando decisiones por nosotros. La pregunta es si vamos a notar cuándo lo hacen.

No se trata de rechazar la tecnología. Sería absurdo y, además, ya es tarde. El GPS evita errores. Los algoritmos ahorran tiempo. Las recomendaciones simplifican. Pero simplificar tiene un precio que rara vez se pone en la factura: el espacio para decidir. La posibilidad de equivocarse. El derecho a dudar.

La delegación no ocurre de golpe.

Es un proceso silencioso.

Y cuando uno lo nota, ya lleva años cediendo terreno.

El problema no es que la tecnología piense por nosotros. El problema es que nosotros empezamos a dejar de hacerlo. Y lo hicimos sin que nadie nos lo pidiera, sin firmar nada, sin que nadie nos dijera que ese era el trato.

Ese es el negocio. Y está funcionando muy bien.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología redefine las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado

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