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Independencias innegociables

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El cierre de Dass en Eldorado se anunció como epílogo de una tragedia anunciada. Es también una biografía de la economía argentina de las últimas dos décadas. La empresa de capitales brasileños desembarcó en Misiones durante el gobierno de Néstor Kirchner, cuando el país apostaba por un modelo de sustitución de importaciones, protección de la industria y expansión del mercado interno. 

En ese escenario encontró el ecosistema ideal para crecer: llegó a fabricar más de 20.000 pares de zapatillas por día para marcas internacionales como Nike y Adidas, empleó a unos 1.500 trabajadores y convirtió a Eldorado en uno de los polos industriales más importantes del Nordeste. 

Durante aquellos años, el ruido de sus máquinas era también el sonido de una Argentina que creía que el desarrollo industrial podía ser el camino hacia la movilidad social.

Después llegó el péndulo. Con Mauricio Macri comenzó una apertura comercial que expuso a muchas industrias a competir con productos importados en condiciones muy desiguales. Dass empezó a flaquear: suspensiones, despidos y líneas de producción cada vez más vacías. La llegada de Alberto Fernández al poder, le dio algo de oxígeno, con una visita simbólica, pero nunca recuperó el volumen perdido. 

Con Javier Milei el péndulo volvió a acelerar, esta vez sin frenos. La apertura casi irrestricta de las importaciones, el retiro del Estado como actor de la política industrial y la convicción de que el mercado debe decidir quién vive y quién desaparece terminaron de sellar un destino que ya venía escribiéndose. Las grandes marcas optaron por producir en Asia o Paraguay, donde los costos son más bajos, y la planta de Eldorado dejó de ser competitiva.

Dass cierra, pero la discusión trasciende a una fábrica. La pregunta es si la Argentina seguirá condenada a oscilar entre modelos que se deshacen mutuamente cada cuatro años. El kirchnerismo construyó industria, pero sin resolver problemas estructurales de competitividad. El macrismo apostó a abrir la economía antes de que esa industria estuviera preparada para competir. Milei decidió directamente que la supervivencia industrial no debe ser una preocupación del Estado. En ese péndulo permanente quedaron atrapadas miles de familias. Porque las inversiones industriales se planifican para décadas, no para un mandato presidencial. Y ningún empresario serio apuesta a un país donde las reglas cambian cada vez que cambia el inquilino de la Casa Rosada.

El de Dass es un dato más en una profunda crisis que se vive en la industria textil argentina, que atraviesa una situación cada vez más compleja y su principal desafío hoy es la pérdida de escala productiva. Con maquinarias operando a menos de la mitad de su capacidad, el sector enfrenta crecientes dificultades para sostener la competitividad, el empleo y la inversión.

Según los últimos indicadores difundidos por la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA), se registró una caída interanual de la producción de 22,2% en abril y una retracción acumulada de 25,5% entre enero y abril de 2026, un retroceso superior a la baja registrada por la industria manufacturera en su conjunto.

La industria textil alcanzó apenas 42,4% de su capacidad productiva, lo que implica que más de la mitad de las máquinas, instalaciones y recursos disponibles permanecieron detenidas sin utilizar. Además, el impacto sobre el empleo es concreto y acumulado. Desde diciembre de 2023, la cadena textil, de la confección, cuero y calzado perdió más de 24.000 puestos de trabajo. Dass anotará otros 150. 

El ciclo de la yerba mate también sirve para auscultar cómo impactan los modelos económicos y cómo las decisiones tomadas en Buenos Aires, repercuten directamente en el bolsillo y la (in) estabilidad de miles de familias. 

La primera regulación de la yerba mate ocurrió en 1935, durante la llamada Década Infame. Llegó para poner un poco de equilibrio en un mercado protagonizado por peones y mensúes, con productores dispersos que reclamaban un mejor precio para la materia prima. Fue apenas unos meses antes de la Masacre de Oberá, que desnudó con violencia las décadas acumuladas de desigualdad. 

La regulación atravesó casi todo el siglo pasado, con distintos modelos económicos y colores políticos. El mercado estaba medianamente equilibrado, con productores e industria emparejados, con ganadores y perdedores temporales. Oro Verde era sinónimo de yerba mate. 

En 1991 Domingo Cavallo inició la década desregulada y el derrumbe productivo fue la consecuencia en un puñado de años, con precios de miseria y un silencioso éxodo desde chacras malvendidas. 

Entre 2001 y 2002 los tractorazos parieron al Instituto Nacional de la Yerba Mate, que paulatinamente puso equilibrio en la cadena y acercó el precio de la materia prima a los míticos 50 centavos de dólar. 

Milei le puso fin a 20 años de regulación con el DNU 70/23 y la promesa de una prosperidad que vendrá -en un inasible futuro-, pero que no alcanzará a todos al mismo ritmo, como admitió Martín Menem en su breve paso por Posadas el sábado pasado, como parte de la comitiva de Karina Milei, en el virtual lanzamiento de la campaña por la reelección del Presidente, junto a a los diputados Diego Hartfield y Adrián Núñez. En su paso por Misiones, Karina Milei se llevó una foto con Stuart Navajas y Víctor Saguier, ejecutivos de las principales yerbateras, pero sería un error considerar que toda la industria está alineada con las políticas nacionales. “Es una foto inoportuna“, describieron desde otra yerbatera.

En su paso por Misiones, Karina Milei se llevó una foto con Stuart Navajas y Víctor Saguier, ejecutivos de las principales industrias yerbateras.

Éste último estuvo en la reunión la primera reunión que el desregulador Federico Sturzenegger tuvo con representantes de toda la cadena. En la fría recepción en la Secretaría de Agricultura escuchó los planteos de productores y representantes de cooperativas y el Gobierno de Misiones. La respuesta lacónica no sorprendió:  “La política de desregulación económica del sector y la no fijación de precios constituyen lineamientos de gestión de carácter innegociable”. 

En realidad, ninguno de los que fueron a la reunión esperaba otra cosa de Sturzenegger, quien durante su paso por la alianza y por Cambiemos, ya había dado acabadas muestras de su dogmatismo. Sorprendió si, el silencio de Sergio Iraeta, el secretario de Agricultura que no es un simple tecnócrata, sino un productor agropecuario, de una histórica familia patricia. 

“Le pedí a Iraeta que intercediera y defienda a los productores, ya que un modelo de desarrollo rural con predominio de minifundistas, con éstas políticas corre serio riesgo de desaparecer. Si esto sigue así, me gustaría encontrarlos dentro de 3 o 4 años y ver quién estaba equivocado”, cuestionó Ricardo Maciel, representante de Misiones en la cumbre. 

Un estudio realizado por el ministerio del Agro sirve para dimensionar el impacto de la desregulación en un municipio que depende casi exclusivamente de la yerba mate, como Andresito, con 18 mil hectáreas plantadas. Con los valores actuales, los productores generan ingresos cercanos a los $36.000 millones, pero si el precio alcanzara los $700 por kilo -cerca de 50 centavos de dólar-, esa cifra ascendería a $100.800 millones, dejando una brecha de $64.800 millones que hoy no ingresan a la economía local.

La reducción de ingresos afecta el empleo de tareferos y contratistas, la compra de insumos, combustible y maquinaria, además del movimiento comercial en talleres, estaciones de servicio, comercios y otros sectores que dependen directa o indirectamente de la actividad yerbatera.

El informe también proyecta el escenario a escala provincial. Considerando una producción anual cercana a los 900 millones de kilos de hoja verde, la diferencia entre el precio actual y el considerado necesario implica que Misiones deja de incorporar alrededor de $405.000 millones al circuito económico, con consecuencias sobre la inversión, el consumo y la recaudación. Pierden los productores, pierden el comercio y la industria. Pierde la economía misionera. 

Por eso la preocupación del Gobierno provincial en recuperar la economía yerbatera. Desde que Nación impuso la desregulación y descartó cualquier intervención para recomponer el precio que reciben productores y tareferos, Misiones optó por explorar herramientas propias para amortiguar el impacto de la crisis. 

Sin las facultades del INYM para fijar valores de referencia, la Provincia comenzó a utilizar el crédito como un mecanismo de incentivo económico, orientando el financiamiento hacia aquellos operadores que pagan mejores precios por la materia prima. Es una estrategia que busca influir en el mercado mediante señales financieras, allí donde la Nación decidió retirarse.

Desde mayo ya se inyectaron más de $5.491 millones en distintas líneas de financiamiento para la cadena yerbatera. El esquema incluye más de 215 operaciones de descuento de cheques a tasa cero, por un monto superior a $2.769 millones; $2.222 millones en créditos de corto plazo con tasa bonificada y $500 millones en préstamos de largo plazo, canalizados a través de los bancos Macro y Nación. La prioridad se concentró en las empresas y cooperativas que respetan los precios mínimos de referencia impulsados por la Provincia –$301 por kilo de hoja verde y $1.160 por kilo de yerba canchada– con el objetivo de generar un efecto gradual de mejora sobre el valor que perciben los productores. 

En ese contexto deben leerse las palabras del gobernador Hugo Passalacqua en Cerro Corá, durante el acto por el aniversario de la Independencia. El mandatario reivindicó el protagonismo histórico de las provincias y especialmente de Misiones en la construcción del país, al recordar el legado de José Gervasio Artigas, Andrés Guacurarí y el Congreso de los Pueblos Libres como antecedentes fundamentales del federalismo argentino. Al referirse a esos procesos históricos, sostuvo que muchas de aquellas discusiones continúan vigentes y recordó una frase atribuida a José Gervasio Artigas –’Buenos Aires siempre da amarguras’– para contextualizar los históricos debates sobre el federalismo y el rol de las provincias en la construcción del país.

“Los misioneros debemos pensar de forma independiente para tomar las riendas de los desafíos que se vienen”, remarcó en una frase con una profunda significación política, en relación con la Nación, pero también hacia dentro de la política misionera. 

No fue una frase al azar. Passalacqua eligió estar en un pequeño municipio misionero en lugar de la foto de Tucumán, donde estuvo el presidente Milei con un grupo de mandatarios. Casi como sucedió en 1816. Passalacqua recordó que Misiones protagonizó el primer grito de independencia como parte de la Liga de los Pueblos Libres, que sucedió en 1815. Esa liga, liderada por José Gervasio Artigas, nucleó a la Provincia Oriental (actual Uruguay), Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y, por un tiempo, Córdoba. Su modelo político era republicano, federal y democrático. Lo que nunca terminó de consolidarse en la Argentina desde la independencia formal. 

Otra frase de Cerro Corá sirve para explicar el presente político. “Querido pueblo de Misiones, quiero decirle que estoy orgulloso de los misioneros. Orgulloso de cada uno de ustedes, sus familias. En un momento tan angustiante para la República, difícil, difícil. Sin embargo, siempre los veo con una sonrisa. Y si hay algo que podemos hacer desde acá, quienes fuimos legitimados con ese con ese voto, es tratar de hacerles un poco más fácil la vida cada día. Un poco más fácil. Si no cumplimos eso, ahí está la urna”.

El llamado es explícito, aunque el propio Passalacqua todavía no lo haya verbalizado. Buscará ser ratificado en las urnas. “Movimiento por lo que viene”, fue bautizado el nuevo espacio liderado por Passalacqua, quien exhibió músculo, acompañado por buena parte de los intendentes, diputados y los principales ministros del Gabinete.

El espacio asume el compromiso de recuperar los valores históricos del misionerismo, reflejados en el discurso de Cerro Corá: pensar con independencia, sostener una mirada profundamente federal y defender, por encima de cualquier otra consideración, los intereses de las familias misioneras, sin aceptar imposiciones ni condicionamientos desde Buenos Aires. Ese principio supone que cada decisión política debe medirse por su impacto concreto en Misiones y no por las conveniencias de las disputas nacionales, lo que marca también un posicionamiento distinto al expresado hasta ahora por los legisladores nacionales. Desde esa perspectiva, resulta inevitable revisar las decisiones que, en los últimos años, significaron acompañar iniciativas impulsadas desde el poder central aun cuando sus efectos terminaron perjudicando a la provincia. La subordinación a agendas nacionales por encima de las necesidades locales debilitó la capacidad de defensa de Misiones en debates estratégicos y terminó afectando a sectores productivos, trabajadores y economías regionales. Recuperar una voz propia implica volver a colocar a los misioneros en el centro de cada decisión política.

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La apertura sin control y la desregulación dejan heridas abiertas en la economía de Misiones

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Hay indicadores que miden la temperatura de una economía y otros que miden la solidez de su tejido productivo. La cantidad de trabajadores registrados pertenece a la primera categoría: sube y baja con el ciclo económico y suele recuperarse cuando la actividad rebota. La cantidad de empleadores (personas físicas o jurídicas que declaran al menos un trabajador) pertenece a la segunda. Cuando una empresa cierra, no vuelve a abrir automáticamente cuando mejora el contexto. Se pierde capital organizacional, relaciones comerciales, clientela, experiencia y conocimiento acumulado. La destrucción de firmas es, en términos económicos, un fenómeno de histéresis: deja cicatrices.

Por eso conviene observar con atención lo que muestran los datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo para Misiones. En abril de 2026 la provincia registró 8.399 empleadores privados activos, el nivel más bajo desde, al menos, enero de 2023 y un nuevo piso durante la gestión de Javier Milei. Frente a abril de 2025, la caída fue del 7,2% (-653 empleadores). Respecto de noviembre de 2023, el último mes previo al cambio de gobierno nacional, alcanza el 11,4% (-1.081 firmas). Y si la comparación se hace contra el máximo de la serie, registrado en septiembre de 2023, la pérdida asciende a 1.414 empleadores, equivalente al 14,4% del entramado empresarial provincial.

La magnitud del deterioro se aprecia mejor en la comparación nacional. Mientras Misiones perdió 7,2% de sus empleadores en el último año y 11,4% desde noviembre de 2023, el promedio argentino mostró bajas del 2,8% y 5,2%, respectivamente. Es decir, la crisis económica destruye empresas en Misiones aproximadamente al doble de velocidad que el conjunto del país. No se trata de un fenómeno exclusivamente misionero (otras provincias, especialmente del norte argentino, también atraviesan fuertes retrocesos) pero sí de uno de los casos más severos.

La cronología también aporta información relevante. Sería un error imaginar un deterioro lineal desde diciembre de 2023. Los datos muestran una dinámica distinta. Entre noviembre de 2023 y abril de 2025, Misiones perdió 428 empleadores, a un ritmo promedio de 25 firmas por mes. Incluso hubo un breve período de recuperación: entre febrero y junio de 2025 el número de empleadores aumentó de manera consecutiva, pasando de 8.996 a 9.261. Ese repunte coincidió con una desaceleración de la inflación y una tenue reaparición del crédito, alimentando la expectativa de que la recuperación había comenzado.

Sin embargo, esa mejora fue transitoria. Desde julio de 2025 el indicador acumula diez caídas mensuales consecutivas y, en ese período, desaparecieron 862 empleadores, un 9,3% del total existente. El ritmo de destrucción más que se duplicó: en los últimos doce meses la provincia perdió, en promedio, 54 firmas por mes, frente a las 25 mensuales del período previo. 

Dicho de otro modo, seis de cada diez empleadores desaparecidos desde noviembre de 2023 cerraron durante el último año. La segunda mitad de la historia fue considerablemente peor que la primera.

Este comportamiento no es un accidente misionero. La misma secuencia (una recuperación breve durante el primer semestre de 2025 seguida por una aceleración de la destrucción empresarial) también aparece en las estadísticas nacionales de empleo registrado y de empresas empleadoras. La estabilización de los precios no vino acompañada por una recomposición del entramado productivo. El ajuste que durante 2024 se procesó principalmente mediante salarios reales más bajos y menores márgenes de rentabilidad comenzó, desde la segunda mitad de 2025, a traducirse crecientemente en cierres de empresas.

¿Quiénes están cerrando? La respuesta es clara: las microempresas. De los 1.081 empleadores perdidos desde noviembre de 2023, 990 tenían diez trabajadores o menos. Es decir, el 91,6% de toda la destrucción empresarial provincial se concentró en ese segmento. Solo las firmas de 1 a 5 trabajadores explican 855 bajas (-12,9%), mientras que las de 6 a 10 aportan otras 135 (-12,4%).

La fotografía del último año muestra exactamente el mismo patrón. De las 653 empresas desaparecidas entre abril de 2025 y abril de 2026, 605 (el 92,6%) correspondían a establecimientos con hasta diez empleados.

Podría pensarse que esto simplemente refleja que las empresas pequeñas son mayoría. Sin embargo, la comparación entre tramos muestra que las tasas de cierre no fueron homogéneas. Las firmas de 11 a 25 trabajadores incluso crecieron levemente en el último año (+0,5%), mientras que las de 51 a 100 permanecieron prácticamente estables. En cambio, las empresas de 26 a 50 empleados registraron la peor performance interanual (-10,6%).

Este comportamiento revela un fenómeno importante. Parte de las bajas observadas en los tramos intermedios no necesariamente responde a cierres, sino a empresas que redujeron personal y descendieron de categoría estadística. Una firma que pasa de 30 a 22 trabajadores deja de computar entre las empresas de 26 a 50 empleados y pasa a integrar el tramo de 11 a 25. Desaparece de un segmento, pero sigue existiendo.

Ese mecanismo no funciona para las microempresas. Una firma de tres trabajadores que despide a sus tres empleados no desciende de categoría: desaparece del registro. Por eso, la fuerte caída del segmento de 1 a 5 trabajadores (que concentra el 68,6% de todos los empleadores privados de Misiones) constituye el mejor indicador de mortalidad genuina de empresas.

El cruce con los datos de empleo registrado refuerza esta conclusión. Mientras la cantidad de trabajadores privados cayó 3,9% interanual, el número de empleadores retrocedió 7,2%. Como consecuencia, el tamaño promedio de la empresa sobreviviente pasó de aproximadamente 11,2 a 11,6 trabajadores. No se trata de un aumento de productividad, sino de un proceso de concentración: la economía no está produciendo empresas más eficientes, sino menos empresas.

Si el tamaño de las empresas responde al “quién”, la distribución sectorial ayuda a responder el “por qué”. La destrucción empresarial en Misiones tiene una concentración muy marcada. Desde noviembre de 2023, el comercio perdió 437 empleadores (-13,6%) y explica, por sí solo, cuatro de cada diez cierres registrados en la provincia. Si se suman transporte y almacenamiento (-114), alojamiento y gastronomía (-65), industria manufacturera (-143) y construcción (-92), esas cinco actividades concentran cerca del 80% de toda la pérdida de empresas.

No es una distribución aleatoria. Las ramas más afectadas son precisamente aquellas cuya actividad depende del mercado interno, del consumo de los hogares y de la inversión privada. Cuando cae la demanda, son las primeras en sentir el impacto.

Dentro de ese escenario existe, sin embargo, un caso particular: el agro. Hasta 2025 había mostrado una capacidad de resistencia superior al resto de los sectores. Entre noviembre de 2023 y abril de 2025 incluso aumentó la cantidad de empleadores, pasando de 1.388 a 1.416. Pero esa resiliencia terminó quebrándose. En abril de 2026 el agro registraba apenas 1.360 empleadores, evidenciando que el deterioro llegó con mayor intensidad durante el último año.

La explicación está estrechamente vinculada con la crisis de la yerba mate. El desmantelamiento de las facultades regulatorias del INYM produjo inicialmente una fuerte compresión de los márgenes de los productores y, con el correr de los meses, comenzó a traducirse en menor producción y retracción empresarial. El ingreso de hoja verde a secaderos cayó de 268 millones de kilos en el primer cuatrimestre de 2024 a apenas 151,9 millones en igual período de 2026: un desplome del 43% en apenas dos años. En un mercado integrado por miles de productores y muy pocos compradores, la persistencia de precios por debajo de los costos de producción termina deteriorando inevitablemente el entramado empresarial.

Las razones que explican este proceso pueden resumirse en cinco factores. El primero es la debilidad del mercado interno. La combinación de salarios reales deprimidos, empleo formal en retroceso y bajo dinamismo del crédito redujo la capacidad de consumo de los hogares. No sorprende, entonces, que las actividades más castigadas sean precisamente aquellas orientadas al mercado interno.

El segundo factor es específico de Misiones: la frontera. La provincia convive con más de treinta pasos internacionales y con la única capital provincial del país ubicada frente a una ciudad extranjera. En un contexto de apreciación cambiaria, una parte creciente del consumo migra hacia Paraguay, Brasil o plataformas digitales del exterior. Sus efectos aparecen tanto en la actividad privada como en las cuentas públicas. Durante el primer semestre de 2026 la recaudación real de Ingresos Brutos cayó 20,9%, el peor resultado del país, mientras que las ventas de combustibles retrocedieron 12,1% interanual frente a apenas 0,2% a nivel nacional. La diferencia refleja mucho más que un ciclo económico: evidencia una fuga sostenida de transacciones.

En tercer lugar aparece el costo del capital. Para una microempresa, tasas de interés reales elevadas durante un período prolongado equivalen, en los hechos, a la ausencia de crédito. Cuando el capital de trabajo deja de financiarse, muchas firmas no cierran por falta de rentabilidad, sino por falta de liquidez.

El cuarto factor es la mayor competencia importada. La apertura comercial afecta especialmente a la industria manufacturera y al comercio local. En una provincia con escasa capacidad exportadora fuera de sus economías regionales, la competencia externa no encuentra nuevos sectores dinámicos capaces de absorber los recursos que se liberan. En lugar de reasignación, el resultado predominante es la reducción de la actividad.

Finalmente aparece el shock regulatorio sobre la principal economía regional: la yerba mate. Si el agro logró resistir durante buena parte del período y recién comenzó a deteriorarse con fuerza en el último año, ello responde a que los efectos de la desregulación demoraron en trasladarse plenamente desde los precios hacia la estructura productiva.

Frente a este diagnóstico existe, naturalmente, una interpretación alternativa. Desde el Gobierno nacional y sus voceros se sostiene que una parte importante de estas bajas responde a una depuración registral (CUIT que dejaron de declarar actividad más que empresas que efectivamente cerraron), a la sustitución del empleo asalariado por monotributistas y a un proceso de destrucción creativa que reasigna recursos desde firmas menos eficientes hacia otras más productivas.

Los tres argumentos merecen discusión, pero encuentran límites cuando se los confronta con la evidencia. La depuración registral puede explicar una parte de las bajas entre las microempresas, pero difícilmente alcance para justificar la magnitud del deterioro observado en sectores como la construcción, la industria manufacturera o el comercio.

La sustitución de empleo asalariado por trabajo independiente tampoco constituye, por sí misma, una mejora del tejido productivo. En la mayoría de los casos representa un cambio en la forma de inserción laboral que implica mayor precariedad, menor protección social y una transferencia del riesgo económico hacia el trabajador.

El tercer argumento es el más interesante desde el punto de vista económico. La destrucción creativa, en el sentido schumpeteriano, supone que las empresas menos productivas desaparecen porque otras nuevas, más eficientes, ocupan su lugar. Pero para que ese proceso exista deben observarse simultáneamente destrucción y creación. Eso no es lo que muestran los datos de Misiones. No aparece ningún sector vinculado al mercado que esté incorporando empleadores a una velocidad capaz de compensar las pérdidas del resto de la economía. La reasignación de recursos, simplemente, no se observa. Por eso resulta prematuro interpretar este proceso como una transformación productiva. 

Lo que hoy muestran las estadísticas es otra cosa: una reducción persistente del entramado empresarial. Y esa diferencia no es menor. Una economía puede recuperar rápidamente el nivel de actividad cuando cambian las condiciones macroeconómicas. Lo que tarda mucho más en reconstruirse es el tejido de empresas que sostiene esa actividad. Cada firma que desaparece implica perder relaciones comerciales, experiencia acumulada, capacidad de inversión y conocimiento productivo. Todo eso puede volver a construirse, pero lleva años.

Ese es, probablemente, el dato más preocupante que dejan las estadísticas de Misiones. 

La provincia no solo está perdiendo empresas; está perdiendo capacidad productiva. Y cuando una economía empieza a destruir de manera sistemática su entramado empresarial, el problema deja de ser exclusivamente coyuntural. Empieza a comprometer las posibilidades de crecimiento del futuro.

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La independencia en liquidación

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¿Casualidad o definición política? Apenas veinticuatro horas después de encabezar los actos por el Día de la Independencia en Tucumán, Javier Milei sostuvo que la Argentina “solamente produce dulce de leche y biromes” para justificar la apertura irrestricta de las importaciones. Más que un exabrupto, la frase pareció resumir una idea de país.

No describe a la Argentina. Describe el horizonte al que conduce un modelo económico que desalienta la producción, debilita la industria y resigna soberanía.

¿Qué se conmemora realmente cada 9 de Julio? ¿Una fecha del calendario o la decisión de un pueblo de construir su propio destino?

La independencia declarada en Tucumán en 1816 no fue solamente la ruptura con la Corona española. Fue la afirmación de un proyecto político que aspiraba a una Nación capaz de decidir por sí misma, de producir su riqueza y de sostener con trabajo propio su libertad.

No es casual que Manuel Belgrano, mucho antes de crear la bandera, fuera uno de los pensadores económicos más lúcidos del Río de la Plata. Defendía el desarrollo de la agricultura, el impulso de la industria y sostenía que las materias primas debían transformarse en el país para generar empleo y riqueza. Advertía que las naciones prósperas eran aquellas que agregaban valor a su producción y no se resignaban a exportar materias primas para importar manufacturas. Más de dos siglos después, esa enseñanza conserva una vigencia asombrosa.

Porque la Argentina no produce solamente dulce de leche y biromes. Produce reactores nucleares, satélites, maquinaria agrícola, medicamentos, software, biotecnología, tecnología médica, conocimiento científico y alimentos con alto valor agregado. Todo eso existe gracias al trabajo acumulado de generaciones de obreros, científicos, docentes, investigadores, técnicos, universidades públicas, cooperativas y pequeñas y medianas empresas.

Y hay una ironía que el propio Presidente parece haber pasado por alto.

La birome, convertida por Milei en símbolo de la producción nacional, dejó de fabricarse en la Argentina hacia fines de la década de 1990, cuando BIC concentró su producción regional principalmente en Brasil y México y mantuvo en nuestro país únicamente sus operaciones comerciales. Aquella decisión fue consecuencia de un proceso de apertura económica y desindustrialización impulsado durante la convertibilidad. Sin proponérselo, Milei eligió como ejemplo un producto cuya fabricación desapareció del país como resultado de políticas muy parecidas a las que hoy reivindica.

Los números tampoco acompañan el relato oficial. La Unión Industrial Argentina advirtió que la actividad industrial volvió a caer en mayo y acumula un año de estancamiento. La producción retrocedió tanto en la comparación interanual como respecto del mes anterior, mientras la entidad alertó sobre la persistente debilidad de la demanda interna y el impacto que tiene el aumento de las importaciones sobre la industria nacional. Detrás de esos indicadores hay fábricas que trabajan por debajo de su capacidad, pymes que bajan sus persianas, trabajadores que pierden su empleo y conocimientos que el país tardó décadas en construir. No es una discusión ideológica. Es el costo concreto de un modelo económico que debilita la capacidad nacional de producir.

Cada vez más economistas advierten sobre el riesgo de consolidar una economía crecientemente primarizada: un país que exporta recursos naturales sin transformar, pierde peso industrial, genera empleo de menor calidad y depende cada vez más de la tecnología producida por otros. En otras palabras, una economía que resigna soberanía en nombre de una supuesta eficiencia del mercado.

Arturo Jauretche llamaba “zonceras” a aquellas ideas que lograban convencer a los argentinos de desconfiar de sí mismos y de creer que todo lo nacional era necesariamente inferior. No se refería solamente a prejuicios culturales. Hablaba de construcciones ideológicas que terminaban justificando políticas contrarias al interés nacional. Presentar a la Argentina como un país incapaz de producir otra cosa que dulce de leche y biromes parece inscribirse en esa lógica: instalar que el desarrollo industrial es una ilusión y que el único destino posible consiste en importar lo que otros fabrican.

Raúl Scalabrini Ortiz fue todavía más lejos. Sostuvo que la dependencia económica termina condicionando inevitablemente la soberanía política. Cuando un país pierde el control de su producción, de sus recursos estratégicos y de las decisiones sobre su economía, también pierde capacidad para decidir libremente su destino.

En la misma línea, Arturo Enrique Sampay entendía que la independencia política sólo podía sostenerse sobre una organización económica orientada al bien común. La Constitución de 1949 expresó esa convicción: la libertad de una Nación no podía reducirse a una declaración formal si los resortes fundamentales de la economía quedaban subordinados a intereses ajenos.

Nadie discute la necesidad de comerciar con el mundo. La Argentina siempre lo hizo y debe seguir haciéndolo. La verdadera discusión es otra: ¿desde qué lugar nos insertamos en ese mundo? ¿Como un país que exporta ciencia, tecnología, industria, conocimiento y trabajo argentino, o como uno que vende materias primas e importa cada vez más bienes elaborados?

Esa es la discusión que la frase presidencial pretendió simplificar.

Quizás dentro de algunos años nadie recuerde aquella declaración sobre el dulce de leche y las biromes. Lo que sí recordaremos será si la Argentina siguió cerrando fábricas o volvió a abrirlas; si continuó expulsando científicos, técnicos y trabajadores calificados o recuperó la decisión de invertir en su propio desarrollo; si aceptó resignarse a un papel periférico o volvió a creer en sus capacidades.

La independencia no se liquida de un día para otro. Se liquida cuando una Nación deja de creer en su capacidad para producir, investigar, innovar y agregar valor. Cuando acepta que otros fabriquen mientras ella apenas exporta lo que la naturaleza le dio.

Doscientos diez años después de la Declaración de la Independencia, esa sigue siendo la discusión de fondo. No sobre el dulce de leche ni sobre las biromes. Sobre el país que queremos construir. Porque la soberanía no se declama: se ejerce. Y la independencia no se celebra solamente cada 9 de Julio; se defiende todos los días, con trabajo, con industria, con ciencia, con educación y con la decisión política de que la Argentina vuelva a creer en sí misma.

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¡Defendamos al valioso y estratégico sector nuclear argentino!

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El muy destructivo contexto general. Con premeditada alevosía y con evidente sádico accionar, que muestra la crueldad con la cual expulsan de sus puestos laborales a crecientes cantidades de trabajadores argentinos, regocijándose por el daño humano y por la destrucción estratégica que provocan, ahora los libertarios y sus secuaces, están abocados a la infame tarea de desguazar y/o extranjerizar al muy valioso Sector Nuclear Argentino.

Es sobradamente claro que el objetivo de mínima del actual apátrida gobierno nacional, es hacernos involucionar forzosamente a la republiqueta de economía primarizada, subordinada a poderes extranjeros (gustosamente aceptado eso por la oligarquía), sin atisbo alguno de industrias y sin entes tecnológicos nacionales, como éramos alrededor del 1900; perpetrando dicho alevoso achicamiento económico, en un marco de acentuada exclusión social total, burlándose con desparpajo de la miseria generalizada que intencionalmente están provocando, y sin importarles nada las muertes culposas que ocasionan, esto último ante el Estado ausente que causan sus lesivas medidas económicas.

Pero de máxima, es también evidente que, pisoteando abiertamente toda noción de soberanía nacional, y con acentuado odio y desprecio a nuestra propia población, nos están llevando a pasos forzados, hacia la disolución nacional. Para quienes supongan exagerada esta afirmación, cabe señalar que la desaparición lisa y llana de los Estados Nacionales, o su degradación a Estados fallidos, es uno de los objetivos centrales del Consenso de Washington y de su herramienta destructora que es el accionar conducente a la globalización salvaje.

Vergonzoso es el genuflexo grado de subordinación a las potencias del Bloque Atlantista y sus aliados principales, que caracteriza el accionar de política exterior de libertarios, sus secuaces neoliberales y arribistas varios, lo cual abiertamente nos posiciona como dóciles subordinados a esos poderes neo imperiales; con lo que pisotean una larga y muy respetable postura pacifista y de respeto a la soberanía de las naciones, que caracterizó a nuestra Política Exterior, básicamente cuando tuvimos gobiernos de clara Orientación Nacional.

En el marco de asumida pero no declarada tiranía con casi plenos poderes asumido por el Ejecutivo Nacional y su entorno cercano, se desconocen leyes e incluso se “dictan sentencias judiciales anticipadas”, subordinando de hecho a los otros dos Poderes Nacionales, a los mandatos impuestos por el Ejecutivo.

Mientras se marginan y se retacean fondos para jubilados, discapacitados, enfermos crónicos o muy graves, se paralizan todas las obras públicas, agreden de hecho a la Salud y a la Educación Pública (con especial saña contra las prestigiosas Universidades Nacionales); se gasta con dudosa o nula coherencia, en sucesivos viajes presidenciales en acciones no oficiales, se gasta en equipamientos represivos y en “partidas reservadas” para inteligencia interna; y otros fines dudosamente necesarios. Además, se reducen impuestos para las importaciones de bienes de lujo, y se subsidia a empresas poderosas mientras se retacea todo apoyo a las muchas que cierran día a día.

Tampoco cabe omitir las deplorables acciones, varias de ellas denunciadas, de serias “irregularidades” (cuando no probados actos fuertemente sospechados de delictivos), que involucran al presidente y varios de sus colaboradores. Pero hay sectores del Poder Judicial que muestran un lento accionar y/o la doble vara según cual sea el sector político denunciado.

Breve reseña histórica del Sector Nuclear Argentino

La Comisión Nacional de Energía Atómica fue creada en 1950, en la presidencia de Perón, siendo Argentina uno de los primeros países que con rigurosidad científica se abocó al desarrollo de ese avanzado campo del conocimiento.

Pese a los ataques que durante la revolución fusiladora (1955-1958), fueron implementados contra varias de las muchas instituciones creadas en la década peronista, de algún modo eso no sucedió en el Sector Nuclear, el cual incluso fue puesto bajo la conducción de la Marina, siendo oficiales de altos rangos de esa Fuerza -con capacidades científicas específicas- los que presidieron la CNEA, en sucesivos gobiernos militares. Inclusive, cabe destacar que en el período de gobierno cívico – militar autodenominado “la Revolución Argentina” (1966-1973), el Sector Nuclear recibió un fuerte impulso, comenzándose la construcción de la primera central nuclear (que inauguró Perón en su breve tercer período presidencial).

Es posible que las fuertes influencias positivas a favor de Los Intereses Nacionales, que tuvieron en ese período el economista Aldo Ferrer y el General Guglialmelli, hayan neutralizado el accionar antinacional de los personeros al servicio del liberalismo.

Después de Atucha 1, se planificó construir sucesivamente otras cinco centrales nucleares más. lo cual fue cancelado, seguramente por las acciones de zapa de los “barones de la termoelectricidad” (vinculado eso con el petróleo, el gas, y las importaciones de usinas térmicas); sin olvidar, claro está, de los voceros del subdesarrollo crónico, expertos en tildar de faraónicas a todas las grandes obras imprescindibles para concretar nuestro desarrollo.

Pese a todas las trabas que imponen los liberales y otros promotores del subdesarrollo, sin estridencias, el Sector Nuclear siguió avanzando, creando e incorporando tecnología, construyéndose -entre otros silenciosos logros- centrales nucleares de baja potencia, imprescindibles para investigación y para producir valiosos insumos, como los utilizados para medicina oncológica, para preservar alimentos, combatir plagas de la agricultura, y otros fines positivos.

El muy apátrida “proceso” (1976-1983), nos impuso a punta de bayonetas la subordinación al muy perverso neoliberalismo, inicialmente bajo la batuta de Martínez De Hoz, personaje del riñón de la muy oligárquica y anti industrial Sociedad Rural, de quien el presidente de facto Videla operó cuan dócil marioneta.

Opositor feroz a todo lo Estatal, José A. Martínez De Hoz (Joe, para sus amigotes) operó con toda saña para destruir las empresas y entes estatales, sobre todo los que operaban y producían en sectores estratégicos o de alta rentabilidad.

Interesado “Joe” en desguazar para privatizar SEGBA, el dirigente sindical Oscar Smith fue “desaparecido” (asesinado), por oponerse a ese vil negociado.

Mediante la operatoria de hacer tomar deuda externa a YPF y otras empresas estatales, para luego transferir esos fondos al Ministerio de Economía, “Joe” y secuaces cometieron la infamia de dejarles los pasivos a esas empresas estatales, y sin los activos financieros (que eran usados por Economía para enjugar los crecientes déficits de la pésima administración de “Joe”). Como resultado de esa intencional maniobra, los lenguaraces del periodismo y economistas del establishment, pudieron alardear acerca de la supuesta ineficiencia del Estado, pues YPF y otras empresas estatales tuvieron pérdidas, pero se ocultaba que eso era consecuencia intencional de la operatoria de endeudamiento descripta. Lo que buscaban, era desacreditar todo lo Estatal.

Entre otras muchas medidas antinacionales, de un plumazo “Joe” hizo cerrar IME, empresa estatal que producía la camioneta Rastrojero, y tenía por producir una versión tipo sedan cuatro puertas, para competir en la renovación del parque de taxis. Era una competencia que molestaba a otras empresas automotrices.

Como era de prever, para un personero de la antipatria (y por ende anti Estado), “Joe” quiso destruir al Sector Nuclear Argentino, pero no pudo hacerlo por la férrea defensa del mismo, hecha por el Contraalmirante e Ingeniero Nuclear Carlos Castro Madero (en adelante CCM), quien había sido designado Presidente de la Comisión Nacional de Energía Atómica.

Conozco que citar a CCM provoca enfrentadas posturas en el ámbito de la CNEA, pues mientras se lo culpa de algunas “desapariciones” de personal nuclear, otros afirman que no pudo impedir esos asesinatos, pero que evitó que la lista de “desaparecidos” de la CNEA, fuera mucho mayor.

Son dos posturas contrapuestas y es complejo dilucidar cual es la real acaecida. Pero eso no puede excluir el técnica y estratégicamente productivo accionar de CCM que hizo avanzar al Sector Nuclear Argentino, concretándose la exportación de una Central Nuclear de Baja Potencia a Perú, entre otros logros.

A contrapelo de otras destructivas medidas socio económicas en el “proceso”, el firme accionar de CCM hizo seguir avanzando el desarrollo tecnológico nuclear argentino.

Pese al contexto general neoliberal, muy negativo para iniciativas de desarrollo, en 1976 se creó INVAP (Investigaciones Aplicadas), mediante un convenio entre la provincia de Río Negro y la CNEA. INVAP alcanzó merecido prestigio, operando en áreas de altas tecnologías, no solo la nuclear, con logros muy destacados.

Al colapsar el infame “proceso”, CCM inicialmente siguió en sus funciones en la CNEA. Como correspondía, informó al nuevo presidente -Alfonsín-, que la CNEA había logrado dominar el ciclo total de producción de combustibles nucleares, lo cual tiene una enorme importancia estratégica, y libró a las Centrales Nucleares Argentinas, de la dependencia de insumos extranjeros en ese crucial rubro.

Actuando con claro sentido de Lo Nacional, lo lógico y esperable de un presidente y un gobierno nacional patriótico, hubiera sido una calurosa felicitación y una masiva difusión del notable logro alcanzado por el Sector Nuclear Argentino.

Pero por profunda ignorancia, por cobardía cívica, o por ambas cosas; y asesorado por el Ing. Jorge Lapeña (Secretario de Energía en el alfonsinato), Alfonsín implementó medidas que fueron un brutal castigo contra la CNEA y todo el Sector Nuclear Argentino. Contra toda lógica, congeló todos los proyectos en marcha y las vacantes, con lo cual durante largos 22 años, no se pudo incorporar nuevos científicos y profesionales, además de paralizar por completo la construcción de la tercera central nuclear -Atucha 2-, de la cual ya se disponía de todos los elementos básicos. No es un tema menor, poco conocido por no expertos en Energía, que Lapeña y el instituto energético que preside, muestran en los hechos más afinidad por la generación termoeléctrica (basada en petróleo y gas), con dudosa vocación por la hidroelectricidad y la energía nuclear.

El daño hecho al Sector Nuclear, por el congelamiento total de proyectos y de incorporaciones de nuevo personal calificado, fue enorme, y ocasionó un envejecimiento y disminución del valioso personal, por el mero transcurso del tiempo, además de frenar por completo los proyectos en marcha, entre ellos la Central Nuclear Atucha 2. Pero con total responsabilidad y notable patriotismo, los valiosos equipamientos de la misma, ya adquiridos, fueron preservados de daños, manteniéndose prácticamente intactos, por lo que al final de ese nefasto período de congelamiento total, pudieron ser emplazados en sus lugares correspondientes.

En 2005 se relanzó el Plan Nuclear, dándose prioridad a la terminación de la tercera central, Atucha 2. El presupuesto de la CNEA tuvo un enorme crecimiento, del orden de 1.100 % (once veces), cobrando impulsos varios proyectos, entre ellos un nuevo reactor de experimentación de baja potencia, y el muy interesante proyecto de central modular CAREM, el cual es el más avanzado en su tipo en el mundo. Además, hubo gestiones concretas para construir tres nuevas centrales de grandes potencias, una con financiación y tecnología rusa, y dos de China.

Pero esos ambiciosos planes fueron dilatados, siendo posiblemente demorados y luego cancelados, tal como en la historia argentina sucedió con muchos grandes proyectos que hubieran apuntalado nuestro desarrollo.

Pudo completarse Atucha 2, así como la Planta Industrial de Agua Pesada, la mayor del mundo en su tipo. Esta última abastece las necesidades de Argentina e incluso permite exportar a otros países que utilizan la tecnología de uranio natural y agua pesada como moderador.

Cabe señalar que además de las tareas de zapa que suelen ocurrir para frenar o impedir proyectos que el establishment ultra conservador opera; en los últimos años el ecologismo de corte cavernario tuvo gran impulso, siendo promovido básicamente por dos ONGs creadas en el Reino Unido, las cuales operarían como apéndices del MI6, el servicio secreto de esa potencia. Eso es el ultra ecologismo, que practica terrorismo ecolátrico, como excusa para promover el subdesarrollo crónico.

Cuando el Plan Nuclear podía tomar mayor impulso, con el aval de ser reconocido mundialmente y haber ganado incluso la licitación de Australia para proveer e instalar un reactor de baja potencia, compitiendo, compitiendo exitosamente contra grandes potencias mundiales, en esos años arreciaron los ataques del ultra ecologismo, con cierto periodismo funcional a eso, e incluso posicionando algunos legisladores nacionales que fueron muy activos para tareas de entorpecimiento de los planes nucleares, los que siempre fueron de usos pacíficos de esa tecnología.

En 2015 hubo un cambio acentuado de orientación política nacional, pues el neoliberalismo volvió al poder mediante elecciones, tal como había sucedido con Menem y De La Rúa; pero en 2015 no hubo el engaño del menemato, Macri no ocultó ser neoliberal. Y como tal, antiestatista apátrida, y por añadidura se dedicó a frenar y entorpecer al Plan Nuclear, pero por entonces con saña algo más sutil que el brutal ataque anti tecnológico en perpetración por los actuales libertarios.

Frenó totalmente el proyecto de la Cuarta Central Nuclear, el cual ya se había comenzado, además de perderse el personal que había sido capacitado especialmente. Las otras dos grandes centrales planificadas, también fueron descartadas, perdiéndose una gran oportunidad de dar un gran salto cualitativo y cuantitativo, que hubiera potenciado significativamente nuestras capacidades tecnológicas y de generación de energía.

El gobierno de Macri también paralizó, contra toda lógica, el funcionamiento de la Planta Industrial de Agua Pesada.

En el gobierno de Alberto Fernández, muchas decisiones se tomaron después de largas dilaciones. Pese a eso, se volvió a comenzar la cuarta central, y siguió avanzando el proyecto CAREM. Esas demoras afectaron incluso los cambios en las titularidades de la CNEA y de la EBY (Yacyretá).

Después, el gobierno libertario, practicando un neoliberalismo acentuado, paralizó todas las obras públicas, incluyendo en esa negativa decisión la paralización total de la Cuarta Central Nuclear, y el freno del proyecto CAREM.

Recientemente, en un vergonzoso conjunto de actos de entrega vil de soberanía, se transfirió a una empresa de EEUU el conjunto de Atucha (dos centrales nucleares), y el valioso proyecto CAREM.

Eso configura una sumisión total, cuan republiqueta de cuarta, convertida a subordinada total a los designios de la mega potencia, que aplica con mayor saña, la imperial Doctrina Monroe.

Esta reseña histórica es incompleta, en mérito a la brevedad, pues un detalle más abarcativo necesitaría redactar al menos un voluminoso libro.

Industricidio y tecnicidio acelerados y alevosos.

En ese negativo contexto, mientras sigue el acelerado industricidio y el desmantelamiento de los entes tecnológicos, y el empobrecimiento generalizado -que excluye a los poderosos que lucran con la miseria masiva- la dupla de endeudadores seriales (Caputo – Sturzenegger), nos sigue endeudando y facilitando la timba financiera, mientras que con su “sobradora” sonrisita permanente, el segundo de ellos sigue aplicando la impiadosa “motosierra”; con especial saña contra los entes estatales de valiosas funciones, los que quedan acéfalos por los despidos masivos; sin importar nada que el Estado (o sea la Patria), queda inerme, sin entes de necesarios contralores y de estratégicas acciones.

El claro desprecio a la importancia estratégica esencial del Sector Nuclear, y al muy fuerte efecto multiplicador que sin duda tiene, se evidencia en forma tiránicamente brutal, mediante nuevos funcionarios de altas jerarquías y nulos conocimientos técnicos específicos nucleares, mientras que en forma abrupta se despide masivamente a muy valiosos trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica, el CONICET, el INTI y otros entes tecnológicos, cuyas formaciones y notables capacidades adquiridas en esos destacados ámbitos tecnológicos, se desperdician, configurándose una burla a la dedicación y a los conocimientos técnicos y científicos que se adquieren con años de trabajos e investigaciones realizados con reconocidas elevadas capacidades científicas.

Resulta notable la pasividad con visos de cómplice desinterés, de la mayoría de nuestra población que, pese a la creciente miseria, a la destrucción generalizada del tejido social y de casi toda la economía argentina, permanece sin manifestar con contundencia el rechazo a las políticas libertarias, que nos destrozan y nos empujan a la anomia total y al desguace de Argentina.

Nos empujan con alevosía, al mediocre rol de simples productores de materias primas, sin industrias, sin entes tecnológicos; y destrozando las necesarias capacidades estatales que son necesarias en toda nación con dignidad y criterio de grandeza nacional.

Nos posicionan como pseudo republiqueta indigna, subordinada al Bloque Atlantista, en particular a su principal potencia del mismo, en su remozada Doctrina Monroe, en el contexto de desembozado neoimperialismo.

¡Pueblo Argentino, pueblos hermanos de Íbero América, tomen conciencia y revaloricen el necesario sano patriotismo!

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Eliminar impuestos distorsivos llevará más de una década

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El debate sobre el sistema tributario parte de dos premisas centrales. La primera es que resulta prioritario y urgente avanzar en un ordenamiento integral. No es posible crecer de manera sostenida con una estructura impositiva que le quita competitividad a la producción y desalienta la inversión. Son muchos los temas a resolver, pero el más importante es eliminar los impuestos más distorsivos: derechos de exportación, impuesto sobre los débitos y créditos bancarios, Ingresos Brutos, Sellos y tasas municipales que gravan las ventas. Estos tributos deben ser la prioridad, aunque removerlos no es sencillo: en conjunto generan más de 7% del PBI de recaudación y son pilares del financiamiento de los tres niveles de gobierno.

La segunda premisa es que el ordenamiento tributario no puede hacerse a costa de poner en riesgo el equilibrio fiscal. Después de años de desorden macroeconómico, establecer alivios tributarios sin financiamiento sería muy contraproducente. La solvencia fiscal también es una condición indispensable para crecer de manera sostenida y, por lo tanto, es necesario encontrar una forma de compensar la pérdida de ingresos que generaría la eliminación de los impuestos más distorsivos.

La idea prevaleciente, dados estos puntos de partida, es que para eliminar los impuestos más distorsivos previamente hay que reducir el gasto público, de manera de compensar las pérdidas de ingresos. Esto impone una estrategia de “gradualismo tributario”. El planteo recibe adhesiones desde muy diversos sectores.

Lamentablemente, la estrategia colisiona con la dinámica y la situación que muestran las finanzas públicas. El gasto público se redujo sustancialmente respecto del nivel que tenía en 2023. Aun cuando el esfuerzo fue inédito, apenas alcanzó para lograr un muy estrecho equilibrio fiscal. No es que se hizo poco, sino que el descalabro fiscal es enorme y con secuelas que perduran por mucho tiempo. De cara al futuro, es muy difícil y poco probable concretar nuevas bajas que alcancen las dimensiones necesarias para generar el espacio que permita compensar las pérdidas de ingresos derivadas de la eliminación de los impuestos distorsivos.

Por el contrario, en algunos rubros del gasto público es previsible que las futuras reducciones sean de magnitudes más pequeñas y que lleve tiempo materializarlas. Pero lo más limitante es que hay componentes del gasto con tendencia creciente. El caso más importante es el gasto previsional, que ocupa una proporción muy grande del presupuesto nacional y de 13 provincias. Mientras se siga posponiendo la reforma previsional, habrá que desplegar un gran esfuerzo de austeridad para evitar que, debido a la dinámica creciente de las erogaciones previsionales, el gasto público total aumente por arriba de la inflación. Conclusión: un planteo realista es asumir que las futuras bajas del gasto público serán, en el mejor de los casos, modestas.

La otra vía es apelar a que el crecimiento económico amplíe la base imponible, aumente la recaudación total y, si el gasto público se mantiene estable, se vaya generando el espacio para ir reduciendo gradualmente los impuestos más distorsivos sin comprometer el equilibrio fiscal. El planteo lleva a evaluar cuán larga y viable es esta transición.

Una simulación simplificada permite aproximar respuestas. Un escenario optimista es asumir un crecimiento real sostenido del 3,3% anual. Hay que tener en cuenta que nunca, en la historia reciente, la Argentina creció de manera sostenida a ese ritmo, entre otras razones porque los impuestos distorsivos que se plantea eliminar se lo impiden. Pero, aun así, para el nivel nacional sería necesario acumular 11 años de crecimiento sostenido para compensar las pérdidas de recursos que genera la eliminación de las retenciones y el impuesto al cheque. Suponiendo que se prioriza eliminar primero las retenciones, los productores agropecuarios tendrán que esperar casi 4 años para que se termine de eliminar este resistido tributo, mientras que para liberar las transferencias bancarias de imposiciones se necesitarán otros 7 años más.

Cuando se baja al nivel de las provincias, el panorama es más disperso y, en general, más desafiante. Suponiendo que las provincias congelan el gasto público y destinan todo el aumento de la coparticipación derivado del crecimiento económico a compensar la eliminación de Ingresos Brutos y Sellos, en todas las jurisdicciones más grandes se necesita bastante más que una década. Aproximadamente 14 años en Santa Fe y Mendoza, 16 años en Córdoba y casi 20 años en la provincia de Buenos Aires.

Con la austeridad fiscal no alcanza

Estas simulaciones no cuestionan la conveniencia de sostener y profundizar la prudencia fiscal. Por el contrario, el principal mensaje es que, aun así, no alcanza para eliminar en plazos razonables los impuestos que más dañan la competitividad. A la austeridad en la administración del gasto hay que sumarle audacia y creatividad en la reforma tributaria. Mejorando la recaudación de los buenos impuestos se puede avanzar mucho más rápido en la eliminación de los malos impuestos.

En los tributos que gravan las ventas se da el caso más importante e ilustrativo. Es una aberración que, por un mismo hecho imponible, el contribuyente esté obligado a pagar tres tributos: IVA, Ingresos Brutos y tasa municipal. Avanzar hacia un esquema tipo “Súper IVA” permitiría recaudar lo mismo con un impuesto más neutral, transparente y fácil de controlar. Un IVA bien diseñado ayuda a reducir la evasión, simplificar la administración y evitar daños sobre la competitividad. Bajo la misma lógica, se podrían eliminar rápidamente los derechos de exportación sin pérdidas de ingresos, cobrando mejor el impuesto a las Ganancias y a los Bienes Personales.

Naturalmente, reformas de estas características requieren acuerdos políticos complejos y un arduo trabajo técnico. Pero es la manera de evitar repetir fracasos como ocurrió con el Consenso Fiscal de 2017. La falla no estuvo en la falta de voluntad política para cumplirlo, sino en su diseño apegado a la lógica del gradualismo. Suponer que la economía crezca de manera de compensar las pérdidas que genere la baja de impuestos es, como lo demostró esa experiencia, una apuesta muy arriesgada.

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