Manuel Jaramillo

Director General de Fundación Vida Silvestre Argentina

Apagar el fuego es urgente, prevenir los próximos incendios una necesidad y restaurar las áreas quemadas una obligación

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Sin duda, cuando los homínidos comenzaron a dominar el fuego hace más de 1,7 millones de años, la capacidad de nuestros antepasados de controlar a la naturaleza se incrementó y los humanos emergimos como especie dominante. Este dominio, como ocurre siempre, fue en desmedro de los más débiles. Especies animales y vegetales, procesos ecológicos, ambientes, paisajes quedaron atrás al compás del aumento de la población humana, el incremento de sus recursos tecnológicos y económicos y su nivel de consumo. El fuego fue, y en algunos casos sigue siendo, un recurso para calentarnos, protegernos, cazar y cocinar, malear metales, combatir enemigos y habilitar áreas para la instalación de cultivos.

Aunque el fuego puede ser una herramienta de manejo y  en algún caso funcional para mantener las dinámicas ecológicas en algunos ambientes, el mismo debe ser controlado. Si escapa del control humano, deja de ser una quema y una herramienta para transformarse en un incendio, y cuando éste se desenvuelve en tierras forestales, se lo conoce cómo incendio forestal. Un reciente informe de la Organización Mundial de Conservación (WWF) denominado “Incendios, bosques y el futuro: una crisis fuera de control”, advierte que  a nivel mundial los incendios forestales de 2020 podrían ser peores que los ocurridos durante el  2019, que fue record histórico. El cambio climático, originado en parte por el carbono liberado a la atmósfera por los incendios forestales, la deforestación y la quema de combustibles fósiles, promueve la persistencia de un clima más cálido y seco. A nivel global se estima que el 75% de los incendios son causados por la actividad humana de manera intencional, o por negligencias que permiten que las quemas se trasformen en incendios, y  Argentina no escapa a este análisis global, con escasas erupciones volcánicas y dónde la incidencia de tormentas eléctricas es menor, ese porcentaje puede ser aún mucho mayor.

Año tras año son noticia los incendios forestales que acumulan cientos de miles de hectáreas abrazadas por el fuego. Esto ocurre a la vez que miles de bomberos voluntarios y brigadistas de todo el país luchan con templanza,  y muchas veces con pocos recursos por evitar y controlar estos incendios. Los registros oficiales dan cuenta de miles de focos ígneos detectados que no llegan a ser incendios de amplitud, gracias al esfuerzo de estos hombres y mujeres.

Argentina cuenta con diversas ecorregiones, y en ellas la temporada de mayor riesgo de incendios ocurre en diferentes momentos del año. Según los últimos datos disponibles del Servicio Nacional de Manejo del Fuego en lo que va del año ya se han quemado más de 430.000 hectáreas, principalmente en las islas del delta y en la provincia de Córdoba. Como alerta WWF en su informe, esto se vincula también con los factores climáticos extremos, que se reflejan en la bajante del Río Paraná apenas comparable con una ocurrida en la década del 70’, y en los 130 días sin lluvias significativas en algunas regiones de la provincia de Córdoba.

Los incendios en el país no dan tregua y la situación es cada vez más preocupante: en este momento 13 provincias padecen focos de incendios activos.  Según establece la Constitución Nacional en su reforma de 1994, los estados provinciales son responsables de la gestión de sus recursos naturales, y por ende del control de los incendios forestales. No obstante en el año 2013 se creó por Ley el Sistema Federal de Manejo del Fuego que integra al Servicio Nacional del Manejo del Fuego, las Provincias, la Administración de Parques Nacionales y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Este sistema colaborativo presta ayuda cuando es necesario y solicitado por las jurisdicciones provinciales, a través de personal capacitado, recursos logísticos y operativos o con la asignación de los medios aéreos.  Pero este año, además de los extremos meteorológicos antes comentados, se suma el contexto de pandemia que dificulta enormemente la movilización de personal desde las provincias..  

En un contexto cómo el actual, toma relevancia la importancia de invertir en prevención de los incendios forestales ya que estudios internacionales indican que por cada 8 dólares invertidos en este aspecto, pueden ahorrarse hasta 100 dólares en logística de control de incendios, a la vez que se evitan los enormes impactos ambientales y sociales que estamos viendo.

Con los fuegos declarados los brigadistas deben contar con los recursos logísticos y operativos necesarios y disponer de los medios terrestres y aéreos acordes para controlar los incendios y salvaguardar la naturaleza y los servicios ecosistémicos que esta provee, las personas, la infraestructura y los bienes materiales.

Particular atención presentan las áreas de bosques nativos afectadas por el fuego, las cuales están protegidas por el artículo 40 de la Ley de Bosques que indica que deben ser recuperados y restaurados y mantener su categoría en el Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos de cada Jurisdicción.

La emergencia climática nos demanda actuar de manera urgente para controlar y extinguir los incendios activos, prevenir los próximos, iniciar rápidamente los procesos de restauración necesarios para recuperar los servicios ambientales perdidos, y realizar peritajes que determinen las causas e identifiquen y sancionen fuertemente a los responsables. Autoridades nacionales, provinciales y la ciudadanía debe estar a la altura de esta demanda.

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Poblaciones de yaguareté en la Argentina están críticamente amenazadas de extinción

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El 29 de noviembre se celebra el Día Internacional del Jaguar. El yaguareté, como se lo llama en Argentina, es el felino más grande de América, está en peligro de extinción y en Misiones es considerado Monumento Natural desde 2001. Sobre el importante rol que desempeña para el bienestar del ecosistema en el que viven, opinó Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre Argentina.

El 29 de noviembre se celebra el Día Internacional del Jaguar, o Yaguareté como lo conocemos en Argentina.

El yaguareté es el felino más grande del continente americano y tercero a escala mundial, después del tigre de bengala y el león. Es una de las diez especies de felinos silvestres que habitan en Argentina (además del puma, el yaguarundí, el ocelote, la tirica, el margay y los gatos huiña, andino, montés y del pajonal). Por su amplia distribución geográfica histórica se lo llama de diversas formas según la cultura y la región donde habita y habitó.En nuestro país lo conocemos como yaguareté, que significa “la verdadera fiera” en guaraní, o tigre criollo.

La pérdida de su hábitat (selva y bosque) producto de la deforestación, su caza ilegal o la caza indiscriminada de animales más pequeños -sus presas- y los conflictos con animales domésticos, afectan directamente la supervivencia de nuestros tigres. Hasta principios del siglo XX tenía una distribución muy amplia en el continente americano que iba desde el sur de Estados Unidos hasta nuestra Patagonia. Hoy, solo ocupa entre un 10 y un 15% de aquella distribución original. En todo el continente se estima que quedan entre 7.000 y 15.000 individuos y, en la Argentina,este proceso de retracción fue el más extremo, en donde el yaguareté quedó recluido sólo a un 5% de la superficie que ocupaba originalmente. Como las amenazas sobre la especie no han desaparecido, las poblaciones de yaguareté que se encuentran en nuestro país están críticamente amenazadas de extinción y se estima que sólo quedan un poco más de 200 ejemplares distribuidos en las provincias de Chaco, Formosa, Jujuy, Misiones, Salta y Santiago del Estero.

Como ha ocurrido con todos los grandes depredadores en el mundo, el hombre ha perseguido al yaguareté por distintas causas: por temor, por la costumbre de cazarlo, por cierto prestigio o, en ocasiones, para evitar conflictos por la depredación del ganado doméstico. Esta situación, en conjunto con la degradación y transformación de los bosques nativos de la mano del hombre, que a su vez genera la pérdida de sus presas naturales, puso al yaguareté al borde de la extinción en la Argentina. La región chaqueña es tal vez en la que más se puede ver el peligro de desaparición de la especie en nuestro país ya que en ella apenas quedan 20 individuos distribuidos entre las provincias de Chaco, Formosa, Salta y Santiago del Estero. Misiones es tal vez el ejemplo opuesto ya que cuenta con la mayor población de ejemplares de la especie en nuestro país y una tendencia levemente en alza. Sin embargo, esto no debe confundirnos de la necesidad de seguir trabajando. Si bien el yaguareté se encuentra protegido por Ley y es uno de nuestros Monumentos Naturales, claramente eso no está alcanzando.

Recientemente, en el mes de septiembre, un ejemplar de yaguareté macho fue visto en el Gran Chaco, lo cual evidencia la presencia del yaguareté en la región. Si bien el haber visto dicho ejemplar es alentador, claro está que la especie no puede ser salvada por un solo macho solitario.

Para poder revertir esta situación hay muchas cosas que podemos hacer:

o Garantizar una efectiva implementación de la Ley de Bosques para evitar la deforestación de su hábitat natural. Es fundamental preservar grandes áreas de monte y bosques continuas para que el yaguareté y sus presas puedan transitar.

o Evitar su caza.Por ejemplo, ante la presencia de un yaguareté, debemos evitar perseguirlo o acorralarlo. Frente al miedo que puede generar su presencia, tenemos que avisar a las autoridades o al Grupo de Colaboradores para la Conservación del Yaguareté.

o Recuperar el monte y los recursos que compartimos. Un uso del monte que cuide y conserve los recursos que le ofrece al hombre ayuda a alcanzar un equilibrio donde la producción y la conservación de la fauna y de la flora se dan la mano. Es necesario cambiar la idea equivocada de que los recursos son inagotables y comenzar a tener un uso responsable de los mismos. Lograr un equilibrio entre el uso y la conservación de los recursos que provee la naturaleza asegura que los mismos puedan seguir siendo utilizados por las generaciones presentes y futuras.

o Disminuir el conflicto con el ganado.Si el monte está bien conservado y ofrece suficientes presas silvestres al yaguareté para alimentarse, estos felinos tienden a evitar al hombre y a su ganado. Por eso es importante mantener el monte en buen estado y evitar o hacer una caza responsable de aquellos animales silvestres que constituyen la dieta de los felinos y que también proveen de carne al hombre como los pecaríes y las corzuelas.¡Ayudemos a salvar la especie! ¡Cuidemos al Yaguareté!.

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El verdadero desafío es recuperar el Amazonas, no sólo apagar el fuego

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La catástrofe desatada por los incendios forestales en el Amazonas nos enfrenta a un daño imposible de medir, pero, lamentablemente, es una catástrofe que no sorprende si pensamos, por ejemplo, que el número de incendios forestales creció al menos un 70% este año (hasta el 18 de agosto) en comparación con el mismo período en 2018 en la zona.

Combatir este incendio requiere más que recursos. El fuego y los incendios forestales son causados por acción del hombre, comenzando por la deforestación de los bosques. Las políticas públicas deben actuar para poner fin a la deforestación a gran escala en la Amazonía.

Muchas veces escuchamos que el Amazonas es el pulmón de nuestro planeta. Y es cierto. El Amazonas alberga cerca del 20% del agua del planeta, al 10% de la biodiversidad global, al 20% del oxígeno de la Tierra y es, entre muchas otras cosas, hábitat de más de 34 millones de habitantes.

Pero además, el Amazonas juega un rol clave en la regulación climática de Sudamérica, influyendo incluso en el régimen de precipitaciones de la región. Además de afectar gravemente a la biodiversidad de la zona, los incendios agudizarán la crisis climática a causa de las emisiones de carbono provenientes de la quema de materia orgánica y las áreas dañadas serán más vulnerables a sequías, inundaciones y a otros efectos del cambio climático, por la falta de cobertura vegetal. La pérdida del bosque reducirá también la capacidad de absorción de dióxido de carbono por parte de los ecosistemas. La generación y la dispersión de humo compromete la calidad del aire de varias regiones relativamente cercanas a los incendios y aun de ciudades lejanas como San Pablo, en Brasil.

El impacto inmediato de los incendios en la biodiversidad, es la muerte de miles de animales y plantas que habitan estos bosques, entre ellos especies emblemáticas y de gran importancia ecológica como el yaguareté, pero, además, las quemas ocasionan una pérdida de hábitat que amenaza la supervivencia de las especies.

Históricamente, los incendios en la Amazonía han estado ligados a la deforestación por expansión de la actividad agropecuaria y esta ocasión no es la excepción, como se verificó con el aumento de la deforestación en el último año. Un dato a destacar es que las condiciones de la estación seca este año han estado en rangos normales por lo que no se puede atribuir al clima la gran cantidad de incendios experimentados con respecto a otros años. Para prevenir futuros incendios urge combatir las causas de la deforestación en todo el bioma e impulsar una reforestación posterior que permita restaurar el bosque y evitar una mayor degradación y pérdida de la cobertura vegetal. Adicionalmente, se requiere impulsar medios de vida sostenibles.

¿Y qué podemos hacer?

Cuando decimos que el verdadero desafío es restaurar el Amazonas estamos diciendo que no podemos permitir que ni una sola hectárea afectada por estos incendios  cambie su uso hacia  ninguna otra cosa que no sea la provisión de servicios ambientales clave para la vida en todo el planeta. No podemos permitir que lo quemado se transforme en áreas  agrícolas o de ganadería intensiva.. , esto generaría un incentivo perverso para la continuidad de las quemas. Para ello necesitamos el compromiso de todos: Consumidores, retailers, empresas,  gobiernos etc debemos comprometernos a no comprar nada derivado de la zonas quemadas y a exigir su restauración y  a colaborar con el proceso. Pero si pensamos que estos procesos se dan sólo en el Amazonas estaríamos cayendo en un error. En la última década, en la Argentina, se ha deforestado un promedio de 240.000 hectáreas anuales de bosques nativos y el Gran Chaco es una de las ecorregiones más afectadas por esta problemática. Según un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, sus siglas en inglés), se encuentra entre los 11 lugares más deforestados del mundo y con niveles más altos de degradación. Y el panorama no parece muy alentador.

Necesitamos restaurar el Amazonas, pero también necesitamos políticas públicas que protejan a todos los bosques nativos de nuestro planeta, incluyendo desde ya a los de la Argentina.

Mientras la deforestación continúa, perdemos bosques, culturas, biodiversidad, servicios ambientales y oportunidades de un real desarrollo sustentable. Es hora de asumir los compromisos y salvar nuestros bosques. Sin bosques, no hay vida.

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