Palabras vacías, poder lleno: el lenguaje manipulado y la erosión democrática en Argentina
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Escribe Roque Santa Cruz. En la Argentina actual, algo esencial se ha desdibujado: el sentido profundo de las palabras en el discurso político. Términos como patria, justicia, pueblo, progreso o democracia resuenan en cada rincón del espacio público —discursos, redes, medios— pero cada vez suenan más desprovistos de contenido real. No han perdido importancia; han sido vaciados, usados como envoltorio sin sustancia. Se repiten hasta el hartazgo, pero rara vez se encarnan en hechos.
Este vaciamiento semántico no es casual. Es una estrategia discursiva de poder, cada vez más eficaz, implementada por conglomerados mediáticos, dirigentes políticos y actores económicos que moldean la opinión pública sin someterse al escrutinio ciudadano. Detrás de esta pérdida de sentido, subyace una crisis más profunda: la deserción ética y política de las dirigencias, desde lo partidario hasta lo sindical y lo institucional.
El lenguaje como dispositivo de control
El filósofo Ricardo Forster alertó sobre la “democracia de simulacros”, en la que el lenguaje deja de reflejar la realidad para transformarse en una herramienta de dominación. Hoy, esa advertencia adquiere una vigencia inquietante.
En los medios masivos —especialmente televisión y grandes diarios— el debate se reduce a slogans efectistas, frases virales y antagonismos de manual: “nosotros contra ellos”, “el modelo vs. el caos”, “los buenos contra los corruptos”. Se eluden los programas, se personalizan los conflictos, se estigmatizan los sectores sociales.
Ejemplos paradigmáticos de esta distorsión:
– Corrupción se trivializa como insulto sin pruebas.
– Populismo se transforma en descalificación automática de toda política redistributiva.
– Libertad se asocia exclusivamente con desregulación económica, ignorando su dimensión social y colectiva. Así, se impone una narrativa hegemónica que desconecta lo político de la experiencia cotidiana, presentando una “verdad común” ajena a los conflictos reales.
Los medios: fábricas de consenso, no foros de diálogo
La concentración del mercado informativo en Argentina —una de las más agudas de la región— permite a unos pocos grupos decidir qué problemas merecen atención y qué voces merecen ser escuchadas.
Este poder editorial redefine el debate político mediante omisiones y encuadres:
– Se visibiliza la inflación, pero no la desigualdad.
– Se criminalizan las protestas sociales como disturbios, sin comprenderlas como reclamos legítimos.
El periodismo, cuando responde más a intereses corporativos que al interés público, erosiona la esfera democrática. Silencia lo incómodo, banaliza lo complejo y promueve una ciudadanía desinformada.
Crisis de representación: cuando los líderes se vacían de sentido
El vaciamiento no solo afecta las palabras, sino también a quienes deberían sostenerlas. La crisis de representación trasciende lo partidario: es transversal y estructural.
– Políticos que reiteran prácticas clientelares mientras hablan de transformación, y profundizan grietas mientras claman por unidad.
– Sindicatos que, en muchos casos, perdieron capacidad de movilización real, atrapados en lógicas burocráticas.
– Entidades intermedias debilitadas, cooptadas o desfinanciadas, que ya no articulan la vida democrática. Esta ausencia de liderazgos legítimos abre espacio a discursos autoritarios y soluciones mágicas, donde figuras carismáticas ofrecen orden sin derechos y eficiencia sin controles.
Recuperar el sentido: una tarea urgente y colectiva
Frente al vacío, hay que volver a llenar de contenido las palabras, las instituciones y los liderazgos. Esto exige transformaciones culturales, políticas y educativas:
1. Reconstrucción semántica: Redefinir palabras clave desde una lógica inclusiva, crítica y concreta.
2. Revitalización del tejido social: Fortalecer organizaciones comunitarias, autónomas y representativas.
3. Pluralidad mediática: Promover medios alternativos que informen, cuestionen y construyan ciudadanía.
4. Educación crítica: Enseñar a desmontar discursos manipuladores, identificar falacias y valorar el pensamiento complejo.
5. Liderazgos con vocación democrática: Fomentar dirigentes que entiendan el cargo como servicio público y practiquen la rendición de cuentas.
Conclusión: la política no puede ser solo espectáculo
La amenaza a la democracia no se reduce a los indicadores económicos. El riesgo está también en el empobrecimiento del lenguaje político, en la espectacularización del poder y en la pérdida de referentes confiables. Recuperar el sentido no es un ejercicio intelectual: es un acto de resistencia democrática. Porque sin palabras con contenido, no hay diálogo. Y sin diálogo, no hay democracia.
