La crisis laboral ya tiene números globales: 840.000 muertes por año

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Por Analía Tarasiewicz (@trabaja.mejor), psicóloga laboral especialista en IA. Autora de Cuando el trabajo duele. Fundadora de Alianza TARGO. La Organización Internacional del Trabajo publicó en 2026 El entorno psicosocial en el trabajo: avances mundiales y vías de acción. Es el primer informe global que cuantifica cuánto le cuesta al mundo la crisis de salud psicosocial laboral.

Los datos son contundentes: más de 840.000 muertes al año vinculadas a riesgos psicosociales del trabajo, 45 millones de años de vida saludable perdidos y un costo equivalente al 1,37% del PIB mundial. El informe identifica además cinco factores de riesgo globales: tensión laboral, desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, inseguridad laboral, jornadas excesivas y acoso o violencia en el trabajo.

Es la primera vez que el sufrimiento laboral tiene una cifra global oficial. Y esa cifra cambia la conversación.

Hace 20 años trabajo en salud mental organizacional y acompaño clínicamente a personas atravesadas por problemas laborales. Estas cifras no me sorprenden. Son la confirmación estadística de algo que venimos viendo hace años en consultorios y equipos.

Lo que llamo Dolor Laboral® —y desarrollo en Cuando el trabajo duele, escrito junto a Hernán Gómez— es todo aquello no resuelto en la vida de una persona que encuentra en el trabajo el escenario perfecto para sintomatizarse: ansiedad, miedo a la obsolescencia, sensación de no llegar, comparación permanente, vacío de sentido.

Y ahora la inteligencia artificial amplifica todo eso exponencialmente.

La propia OIT advierte que la digitalización, la IA, el trabajo remoto y las nuevas formas de empleo pueden intensificar los riesgos psicosociales existentes si no se gestionan adecuadamente. Conviene subrayar la palabra: pueden. No es inevitable. Es un riesgo prevenible.

Estamos entrando en un cambio de época. La IA está reorganizando cómo trabajamos, qué se le pide al humano y qué se delega a la máquina. La pregunta ya no es si esta transición va a ocurrir, porque ya está ocurriendo. La pregunta es cómo vamos a atravesarla sin destruir a las personas en el proceso.

Hay una paradoja evidente: la inteligencia artificial exige justamente aquello que los modelos laborales tradicionales fueron deteriorando durante décadas. Criterio. Creatividad. Capacidad de integración. Pensamiento complejo. Presencia humana.

Pero seguimos pidiéndole esas capacidades a equipos agotados y a líderes que muchas veces confunden control con liderazgo.

Le pedimos innovación al humano mientras lo sostenemos en estructuras diseñadas para extraer eficiencia mecánica. Esa contradicción ningún sistema de IA va a resolverla.

Veo además un riesgo concreto en muchas organizaciones: polarizar la respuesta frente a la IA.

Por un lado, están las empresas que doblan la apuesta de la eficiencia: “si ahora tenemos IA, podemos exigirle más a la misma gente”. Ahí aparece la sobrecarga disfrazada de productividad.

Por otro, las organizaciones que buscan automatizar todo lo posible y vacían de personas el tejido de aprendizaje, criterio y construcción colectiva.

Los dos caminos son insostenibles. El primero enferma. El segundo expulsa.

La salida no es elegir entre humanos o tecnología. Es construir una lógica Human+Tech.

Ese enfoque parte de una distinción clave: la tecnología optimiza tareas, pero el humano sostiene criterio, vínculo, sentido y decisión compleja. No es lo humano contra lo tecnológico. Es cada uno haciendo aquello para lo que está mejor preparado.

En las organizaciones donde esta mirada empieza a aplicarse veo algo concreto: los equipos adoptan IA más rápido y con menos resistencia, porque entienden que no están siendo reemplazados, sino reconfigurados.

La pregunta de fondo entonces no es cómo incorporar IA más rápido, sino qué tipo de cultura organizacional necesitamos para atravesar esta transición de manera sostenible.

Algunas prácticas concretas empiezan a marcar diferencia:

  • Nombrar la transición con honestidad. La ansiedad no se reduce con falsas certezas, sino con claridad y acompañamiento.
  • Revisar la carga antes de sumar herramientas. Si la IA se agrega sin quitar tareas, solo aumenta la presión.
  • Liderar con criterio y no desde el miedo.
  • Diseñar trabajo a escala humana: autonomía real, derecho a la desconexión y roles claros.

Lo que viene no es elegir entre eficiencia humana o eficiencia artificial. Es construir un equilibrio sostenible para las empresas y para la sociedad.

Porque una empresa que no cuida a su gente no va a innovar. Y una sociedad que reemplaza masivamente a su gente tampoco va a sostenerse.

La OIT acaba de ponerle números al problema: 840.000 muertes, 45 millones de años de vida saludable perdidos y 1,37% del PIB mundial. Esa es la cuenta que estamos pagando con los modelos actuales.

La diferencia entre unas organizaciones y otras no se va a jugar en la próxima implementación tecnológica. Se va a jugar en cómo cuidamos al humano que va a convivir con ella.

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