Alto rendimiento deportivo: “Tiene más oportunidades un pibe de Eldorado o Andresito que uno del centro de la capital”
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Horacio Anselmi habla bajito, pero cada frase golpea como sesión de gimnasio pesado. Es uno de los grandes referentes sudamericanos en acondicionamiento físico de alto rendimiento. Especialista en fuerza, potencia y velocidad, fue preparador físico de Marcos Baghdatis, Marcelo Ríos, Juan Martín del Potro, Gastón Gaudio, Guillermo Coria, Gabriela Sabatini, las judocas Carolina Mariani y Daniela Krukower, el boxeador Marcelo Domínguez y el nadador José Meolans. También integró el staff de Los Pumas y fue parte del cuerpo técnico del equipo argentino campeón de la Copa Davis.
Sigue vinculado al Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (ENARD), asesora clubes y federaciones en toda Sudamérica y recorre el mundo dando clases y conferencias. Esta vez llegó a Tucumán para dar una masterclass sobre cómo se forma un atleta de alto rendimiento desde la niñez.
¿Cómo se hace eso de llevar a alguien a su mejor versión? A veces suena sencillo, pero no lo es.
“No es tan difícil. Yo creo que debería ser un derecho de las personas que te transformen en tu mejor versión, porque esa mejor versión cotiza cuando tenés 70, cotiza en todo momento de tu vida cuando te transformaron en todo lo que podías ser”, responde.
Aclara que el alto rendimiento es apenas la punta del iceberg, la parte que se ve por televisión cuando suena el himno. “Los que estamos ligados al deporte buscamos al eslabón perdido que, correctamente entrenado, nos lleve a escuchar el himno, que es lo que más nos gusta. Pero el que no puede llegar a hacernos escuchar el himno sí puede transformarse en lo mejor que podría haber llegado a ser. De eso se trata”.
Lo que lo impulsa -dice- es ver cómo las nuevas generaciones “están recibiendo toneladas de información difusa” de redes y medios sin filtro. “Cualquiera pone lo que se le ocurre y si es visualmente atractivo es una verdad absoluta. Como decía mi abuela: ‘Es cierto, lo dijeron por televisión’”, ironiza.
Ese ruido llega también al alto rendimiento: “No nos sobran atletas porque somos poquitos, estamos muy lejos y tenemos poca plata. Más vale que no dilapidemos nuestros talentos”
Anselmi se detiene especialmente en una moda que ve todos los días: “Hay una especie de apología del entrenamiento de baja efectividad. Ves cantidades de deportistas de élite haciendo ejercicios de movilidad, ejercicios con una gomita… Eso está bien para mi cuñada, le viene bárbaro. Pero no para el forward de Los Pumas”.
Cuenta una escena que se repite en el Cenard: “A veces recorro el Centro Nacional de Alto Rendimiento y le digo a un deportista argentino de 2 metros y 120 kilos: ‘Escuchame, lo que estás haciendo, ¿lo puede hacer tu tía?’. ‘Sí’. ‘¿Y por qué lo hacés vos?’”.
Para él, el error central es de criterio: “Estamos equivocando los niveles de exigencia. ¿Dónde está tu alto rendimiento? ¿Dónde está el hecho de que el ejercicio que vos hagas te entrene, no que te divierta? ¿Cuál es el nivel de dificultad al que hay que acceder para que la cosa te sirva?”.
“No pain, no gain” ya fue: el que se entrena es el cerebro
¿Es cierto eso de que ‘tiene que doler para que sirva’?
Anselmi sonríe y “corre el arco”, como dice él: “El que vos estás entrenando es el cerebro. Durante mucho tiempo fuimos los adoradores de la mitocondria: todo pasaba por el consumo máximo de oxígeno y la base aeróbica, hasta que se descubrió que eso prácticamente no mejora. Después vinieron los adoradores del lactato, el dolor muscular, el ‘no pain, no gain’ de los americanos. Tampoco era por ahí”.
La clave, insiste, es entender que “estamos entrenando cerebros y el cerebro necesita dificultades”. Esas dificultades arrancan por lo coordinativo, siguen por la rapidez y después por niveles de esfuerzo muy altos.
Ejemplifica con un salto: “Vos hacés saltar a un chico y salta 40 centímetros. Después le cambiás la situación: ‘Si levanto mi mano derecha, te quedás quieto; si levanto la izquierda, saltás’. Cuando discernió si tenía que saltar o no, salta 38: perdió por pensar, hasta que entrene eso. Ese es el rol del cerebro: hacer lo que tiene que hacer sin pérdida de eficiencia, sin que el estrés se lleve puesta tu situación”.
Por eso, introduce una palabra que suele escucharse en geriatría y neurociencia, y la trae al alto rendimiento: “La neuroplasticidad no es solo para el abuelo que se está olvidando de las cosas. Aplica en todos los contextos. El cerebro se encarga de lo físico, de tus hormonas… Es el jefe de la banda. Nosotros vamos directo al jefe de la banda”.
En su explicación reaparece un viejo capítulo del deporte argentino: los centros de altura. “Argentina gastaba grandes sumas de dinero en mandar a sus deportistas de resistencia a diferentes centros de entrenamiento en altura en el mundo, teniendo el paraíso terrenal acá, que son los Valles Calchaquíes. Están dadas absolutamente todas las condiciones para que lo hagamos en casa”, dice.
Recuerda el proyecto de un centro de alto rendimiento en Tafí del Valle, que no se concretó. “Lo que yo sé es que en algún momento hubo una tardanza administrativa y con el dinero adjudicado, la cosa cayó. Era una solución para el deporte nacional e internacional, porque semejante conjunto de calidades no se da en cualquier lado”.
El contraste que propone es simple: “Vos sos deportista de alto nivel, contratás en Europa un centro de altura, tenés horario de pileta de 2 a 4 de la mañana, te tratan o te destratan como buenos sudamericanos. Acá te tratan como los dioses, comés rico, es divino, es tu gente, tu vida y lo pagás en pesos. Era una solución de alto impacto y bajísimo costo relativo”.
Cuando el diálogo se corre hacia el futuro del deporte argentino, Anselmi es tajante: lo que se vio en las olimpíadas de París es la foto de lo que hay… y de lo que falta.
“El alto rendimiento argentino tuvo una expresión transformada en números en París. Eso somos: por ahí un poquito más, por ahí un poquito menos. Pero Argentina es mucho más que eso si te ponés a pensar en los 10, 11 años de edad”, plantea.
Ahí introduce su idea clave: “Hay que encontrar al eslabón perdido que está entre nosotros y no está en Buenos Aires. Está en el resto del país y está en las áreas con más acceso a la ruralidad por infinidad de motivos: alimentación, pautas culturales… Tiene más chances un chiquito que sale de Neuquén, o de Eldorado Misiones o de Comandante Andresito que alguien de pleno centro de una capital”.
El problema central, subraya, no es el talento, sino el contexto: “El gran tema es darle las condiciones al chiquito y crear el entorno que le permita llegar al cielo”.
Por eso repite una cifra que lo obsesiona: “La Argentina tiene 1.925 municipios y, si cada uno de esos municipios tiene dos deportistas talentosos, Argentina pasa a ser lo que quiere ser: una potencia mundial en el deporte”.
Deporte, narcotráfico e influencers positivos
Para Anselmi, el deporte de alto rendimiento tiene además un impacto social que va mucho más allá de las medallas: “Si sos potencia mundial en el mundo del deporte, significa que tu pueblo tiene influencers positivos. Un deportista de alta calificación, especialmente en deportes de tiempo y marca, de combate o de confrontación individual, es alguien que ganó lo que ganó en base al esfuerzo, lo demuestra y cumple normas y reglas, lo cual está buenísimo como ciudadano. Y básicamente cuida su salud”.
Ese perfil, afirma, es crucial frente a uno de los grandes dramas contemporáneos: “Siempre estamos evaluando programas para eludir o derrotar al narcotráfico, siendo la solución tan simple como que la gente no compre. Si la gente no compra, no hay narcotráfico. ¿Quién no compra? Un deportista de alta calificación. No le pasa por la cabeza. Tiene reglas, rutina y un objetivo”.
El deporte, insiste, es una de las políticas públicas más baratas y efectivas posibles: “Es mucho más barato invertir en esto que en la lucha contra el narcotráfico. El deporte argentino sale lo que 60 kilómetros de pavimento por año. Nada. Poner a andar el carro en cada uno de los 1.925 municipios es simplemente que gente inteligente genere gestión para que las cosas sucedan. No estamos hablando de plata”.
Cuando la charla llega al fútbol, el diagnóstico es tan crudo como el deporte mismo.
“El fútbol es un espectáculo. Ya se corrió del costado del deporte. Es más fácil vincularlo a una compañía de teatro. La variable entrenamiento queda supeditada a los partidos, la Copa, si es televisado o no. Es más parecido a una picadora de carne que a cualquier otra cosa”, dispara.
Y va directo al punto: “¿Cómo veo la preparación física de los futbolistas? No hay. El otro día colegas españoles me preguntaban qué pensaba sobre la evolución de la preparación física en los próximos 15 años. Les contesté: ‘Ojalá que no siga involucionando’”.
Para explicar la diferencia, vuelve a los años 70: “Mirá el derrotero de Independiente de Avellaneda: en tres o cuatro años ganaron tres Copas Libertadores con el mismo plantel de 25 jugadores, jugaban todo el año, no tuvieron una sola ruptura de cruzados y tuvieron un solo desgarrado. ¿Qué hacían distinto? Un montón de cosas. Hoy eso fue reemplazado por las gomitas y toda una caterva de cosas demasiado simples que quieren solucionar problemas demasiado grandes. En definitiva, lo que falta acá es trabajar”.
Anselmi no elude otra tendencia dominante: “Estamos en la era de los suplementos dietarios en el deporte. Te lo digo metafóricamente y realmente también”. Pero rescata un cambio incipiente: “Estoy viendo un revival del rol de la comida, lo cual está bueno”.
Y agrega un giro inesperado: “También hay un revival mucho más interesante, que es el rol de las plantitas, la fitoterapia, esa cultura ancestral de que mi bisabuela arreglaba todo con un yuyo. Las grandes marcas comerciales fueron matando esas circunstancias y ahora hay una vuelta a ciertas cuestiones de naturopatía. Me parece saludable”.
