Alejandro Pegoraro

Director de Consultora Politikon Chaco

Misiones en desventaja: evidencia demográfica y tributaria sobre el perjuicio del esquema de coparticipación

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Nuevamente, y bienvenido sea, se puso en el centro del debate la distribución de los recursos de origen nacional coparticipables. El anticipo financiero otorgado por la Nación a doce provincias, entre ellas Misiones, en el marco de una profunda crisis de ingresos de los subnacionales (producto de la caída de la recaudación nacional y, por ende, de la coparticipación) y el fuerte recorte de los envíos no automáticos, reactivó la discusión no sólo del financiamiento de las provincias, sino también sobre las profundas asimetrías del actual esquema de reparto. Un esquema que beneficia de manera significativa a ciertas jurisdicciones en detrimento de otras, como es el caso de Misiones.

El eje de la discusión es claro: Misiones es una provincia que recibe menos recursos de los que, bajo criterios razonables, debería percibir. Para sustentar esta afirmación, resulta clave analizar dos dimensiones: la demográfica y la económica. En ese marco, la posición relativa de Misiones dentro del NEA permite aportar evidencia concreta y robusta para fundamentar este diagnóstico.

Un primer aspecto clave para analizar la posición relativa de Misiones dentro del esquema de coparticipación es su peso demográfico en la región del NEA. Vamos primero al año 1989, el primer año de implementación plena de la, en ese entonces, nueva ley de coparticipación federal, sancionada en 1988.

En ese año, Misiones tenía 748.457 habitantes y concentraba el 28,3% de la población del NEA, siendo la tercera en la región en términos de tamaño, superada por Chaco con 785.423 habitantes (29,7% del total) y por Corrientes con 758.125 habitantes (28,7%); y quedando solamente por encima de Formosa que tenía 350.892 habitantes (13,3%). Ahora bien, en términos de participación de recursos de coparticipación, Misiones fue la provincia con el menor volumen de fondos captados ese año: sobre el total del NEA, participó de solo el 21,5%, quedando por debajo de Formosa (22,8%), Corrientes (24,5%) y Chaco (31,1%). 

Más de tres décadas después, ya en el año 2024, la estructura demográfica del NEA cambió significativamente, pero el esquema de distribución de recursos permaneció inalterado. Para ese año, Misiones pasó a ser la provincia más poblada del NEA, contando con 1.333.633 habitantes y explicando el 30,6% de la región, seguida luego por Chaco (27,6%), Corrientes (27,5%) y Formosa (14,3%). Este cambio de posición para el caso misionero se explica por haber sido la provincia, en la región, de mayor crecimiento poblacional relativo: la cantidad de habitantes creció en 78,2% respecto a 1989, por encima de las expansiones observadas en Formosa (+78,0%), Corrientes (+58,2%) y Chaco (+52,9%). No obstante, su participación en la distribución de los fondos coparticipables no varió: en ese año, Misiones captó el 21,3% de los fondos coparticipables totales que llegaron al NEA, quedando debajo de Formosa (23,0%), Corrientes (23,9%) y Chaco (31,8%). 

Es decir, aquí vemos un doble problema: entre 1989 y 2024, Misiones expandió su nivel de participación poblacional relativa en la región en unos 2,3 puntos (de 28,3% a 30,6%), pero su participación relativa en la recepción de transferencias nacionales cayó en -0,2 puntos (de 21,5% a 21,3%). Cuando Misiones era la segunda provincia menos poblada de la región, recibía el menor volumen de fondos; cuando pasó a ser la más poblada, continuó ocupando ese mismo lugar.

Este desacople se vuelve aún más evidente al analizar los recursos en términos per cápita. En 1989, Misiones ya recibía menos fondos nacionales por habitante que sus pares regionales: el monto per cápita quedaba 11% por debajo de Corrientes, 28% por debajo de Chaco y 56% por debajo de Formosa. Lejos de corregirse, estas brechas se profundizaron con el tiempo. En 2024, los recursos per cápita de Misiones se ubican 20% por debajo de Corrientes, 40% por debajo de Chaco y 57% por debajo de Formosa, consolidando una brecha estructural y creciente dentro de la región.

Sintetizando: entre 1989 y 2024, Misiones fue la provincia del NEA que más creció en términos poblacionales, pero la distribución de los recursos no se modificó, profundizando su desventaja relativa. En términos ilustrativos, si en 1989 Corrientes recibía $100 por habitante, Misiones percibía $89; en 2024, frente a $100 per cápita de Corrientes, Misiones captó apenas $80. La situación no solo no se corrigió, sino que se agravó.

A esta dinámica se suma un segundo elemento que refuerza el diagnóstico: el comportamiento de Misiones como aportante neto dentro de la región. Al analizar la distribución de los principales tributos coparticipables, se observa que la provincia no solo recibe menos en relación a su población, sino que además genera una proporción de recursos muy superior a la que luego le es redistribuida.

Para esto vamos a tomar los datos de 2003 y de 2024, dado que son el inicio y el final de la serie disponible de ARCA de imputación de impuestos nacionales por provincia. En 2003, Misiones concentraba el 43,6% de todo lo que se recaudaba por IVA en el NEA, liderando ampliamente en la región ya que el resto quedaba muy atrás: Chaco el 29,2%, Corrientes el 20,6% y Formosa el 6,6%. 

Si se amplía el análisis al conjunto de impuestos coparticipables (IVA, Ganancias, internos y otros), Misiones explicaba en ese año el 38,0% del total regional, superando a Chaco (31,9%), Corrientes (22,3%) y Formosa (7,8%). Sin embargo, en ese mismo año, Misiones recibió solo el 22,3% de las transferencias por coparticipación que llegaron al NEA, por debajo de Chaco (30,6%), Corrientes (24,3%) y Formosa (22,8%).

Lejos de revertirse, esta situación se mantuvo en el tiempo. En 2024, Misiones continuó liderando la recaudación de impuestos coparticipables en la región, explicando el 35,7% del total del NEA y superando en casi diez puntos porcentuales al segundo (Corrientes con 26,3%). No obstante, volvió a registrar el menor nivel de participación en la distribución de los recursos: captó apenas el 21,3% del total regional, incluso por debajo de su nivel de 2003.

En otras palabras: en el año 2023, Misiones recaudó 38 de cada 100 pesos del total del NEA por impuestos nacionales; pero al mismo tiempo, recibió solo 22 de cada 100 pesos que llegó a la región por coparticipación. Para el año 2024, recaudó 36 de cada 100 pesos de impuestos nacionales coparticipables, pero recibió solo 21 de cada 100 pesos que volvió a la región por ese esquema. 

De este modo, al combinar la evidencia demográfica con la tributaria, se configura un cuadro consistente: Misiones no solo se encuentra subrepresentada en la distribución de recursos en relación con su población, sino que además presenta un claro desfasaje entre lo que aporta y lo que recibe dentro del esquema regional.

En definitiva, tanto la evidencia de largo plazo en términos demográficos como la disponible para el período reciente en materia de recaudación permiten concluir que la provincia ha enfrentado históricamente una doble desventaja relativa en el esquema de coparticipación dentro del NEA: recibe menos de lo que le correspondería por su peso poblacional y, al mismo tiempo, aporta más de lo que finalmente percibe.

Ahora bien, si el diagnóstico es claro, la solución no lo es tanto ya que el problema no es solo técnico, sino profundamente político. Modificar el régimen de coparticipación implica necesariamente alterar el reparto de recursos entre provincias, y eso supone que lo que una gana, otra lo pierde. En un esquema donde cada jurisdicción defiende su posición relativa, construir los consensos necesarios para una reforma se vuelve prácticamente inviable. 

Por eso, aun cuando las inequidades son evidentes y están ampliamente documentadas, el sistema permanece inalterado: no porque funcione bien, sino porque cambiarlo implica un costo político que pocos están dispuestos a asumir. En ese contexto, provincias como Misiones quedan atrapadas en un esquema que reproduce y profundiza su desventaja relativa en el tiempo.

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La ilusión estadística: por qué baja la pobreza sin mejorar la calidad de vida

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En el contexto actual de la Argentina, el dato de incidencia de la pobreza publicado esta semana volvió a encender el debate público. Pero no solo por su magnitud, sino por una cuestión más profunda: su capacidad para representar de manera fiel las condiciones reales de vida de la población. ¿Es consistente una fuerte caída de la pobreza en un escenario atravesado por caída del empleo, retracción del consumo, pérdida de poder adquisitivo y mayor endeudamiento de los hogares?

Primero, repasemos los datos. Según el INDEC, la pobreza alcanzó al 28,2% de las personas, afectando a unos 8,5 millones de argentinos en los aglomerados urbanos. Esta cifra implica una caída de 9,9 puntos porcentuales respecto al cierre de 2024 y de -24,7 puntos en relación con el pico registrado en el primer semestre de ese mismo año. Es decir, en apenas un año y medio, la pobreza pasó del 52,9% al 28,2%.

En términos de personas, esto implica que se pasó de 15,7 millones de personas pobres en el primer semestre de 2024 a 8,5 millones en el segundo semestre de 2025: una reducción cercana al 46%. Es decir, se redujo a la mitad la población pobre en el país.

Un fenómeno similar se observa a nivel local. En Posadas, por ejemplo, la pobreza descendió del 55,9% al 27,3% entre esos mismos períodos, lo que representa una caída de 28,6 puntos porcentuales. En cantidad de personas, se pasó de 217.204 a 107.712 pobres, una reducción del 50,4%. Frente a estos números, surge una pregunta inevitable: ¿este resultado refleja efectivamente una mejora en las condiciones de vida?

Lo que sigue a continuación es difícil de explicar, pero quien les escribe intentará hacerlo con la mayor claridad y simpleza posible para un tema que es muy denso desde la metodología. Al fin y al cabo, la medición de pobreza es un ejercicio estadístico y su clave está en entender los mecanismos que se usan para ello y por qué el dato que arroja podría entrar en discusión.

Empecemos con algo básico, la primera pregunta clave: ¿Qué entendemos por pobreza? Aquí entra el primer eje de conflicto o de discusión. La pobreza que mide el INDEC no es subjetiva; por el contrario, es por definición estrictamente monetaria. ¿Qué significa esto? Que una persona es pobre si tiene ingresos inferiores al valor de una Canasta Básica Total, o no es pobre si sus ingresos son superiores a ella. No contempla condiciones de vida o situaciones particulares de un ciclo económico (por ejemplo: alto endeudamiento como ocurre ahora que restringe el ingreso de los hogares). Se calcula un costo de vida (vía Canasta Básica) y se contrasta con los ingresos declarados. 

Aquí ingresa la segunda pregunta clave: ¿Cómo se calculan las Canastas Básicas y los ingresos? La Canasta Básica Alimentaria (CBA) representa el umbral de indigencia. Es decir, define el ingreso mínimo necesario para cubrir requerimientos nutricionales básicos y, en caso de no superar ese ingreso mínimo, la persona es considerada indigente. Su construcción parte de una canasta de alimentos que satisface necesidades calóricas y proteicas para lo que se conoce como un “adulto equivalente” (que representa a una persona varón de entre 30 y 60 años), siguiendo recomendaciones nutricionales internacionales. Esa canasta no es arbitraria: surge de patrones de consumo observados en la población que INDEC los toma de la hoy famosa Encuesta Nacional del Gasto de los Hogares (ENGHo) y luego se valoriza mensualmente utilizando los precios relevados por el IPC. 

A partir de ahí, se ajusta según la composición del hogar. No todos los miembros consumen lo mismo, por lo que se utilizan escalas de equivalencia (lo que dijimos adulto equivalente) para determinar cuánto “pesa” cada integrante en términos de necesidades alimentarias. Es decir, un varón de 30 a 60 años es 1 adulto equivalente, pero un varón de 18 años a 29 años representa 1,02 adulto equivalente, y una mujer de 30 a 45 años 0,77 (dadas las necesidades nutricionales), como ejemplos. Así, la CBA de un hogar no es otra cosa que la suma de los requerimientos alimentarios de todos sus miembros, valorizados a precios corrientes. 

En palabras simples: la CBA se construye como el costo de “llenar la heladera” de un hogar para cubrir lo básico en términos de alimentación, teniendo en cuenta que no todos comen lo mismo ni en la misma cantidad. Se arma una canasta tipo, se ajusta según quiénes viven en el hogar y después se la lleva a precios del momento. 

Ahora bien, la pobreza no se define solo por la capacidad de cubrir alimentos, sino también otros bienes y servicios esenciales (vestimenta, transporte, salud, educación, entre otros). Ahí entra en juego la Canasta Básica Total (CBT), que amplía la CBA incorporando esos consumos no alimentarios. Acá hay un punto que es clave: cómo se pasa de una (CBA) a la otra (CBT). Para eso se utiliza el coeficiente de Engel, que mide qué proporción del gasto total de los hogares se destina a alimentos. Este coeficiente se estima a partir de las encuestas de gasto de hogares (la ENGHo que mencionamos antes) observando la estructura de consumo de los hogares. ¿Cómo usa el INDEC este dato? Lo que hace es aplicar lo que se llama “la inversa del coeficiente de Engel”. 

Es decir, si los hogares destinan, por ejemplo, el 40% de su gasto a alimentos, el otro 60% los hacen en bienes y servicios varios. Así, el coeficiente de Engel (alimenticio) es 0,4 y su inverso (para el resto de los consumos) es 2,5. Ese valor indica cuántas veces hay que multiplicar el gasto alimentario para obtener el gasto total. Por lo tanto, la CBT se calcula como la CBA multiplicada por la inversa del coeficiente de Engel.

Acá entramos en lo que es metodológicamente central: ese método implica asumir que la relación entre gasto alimentario y gasto total es relativamente estable. Pero estamos en Argentina y, en el último tiempo, fenómenos como alta inflación y cambios en precios relativos, entre otros factores, alteran esa relación que se supone estable. Es decir, si hay muy fuertes subas de alquileres o de tarifas, estos no se ven reflejados de manera fiel en el método aplicado y, por ende, introduce tensiones sobre la representatividad de la CBT como umbral de pobreza.

Hasta acá vimos cómo se construyen las canastas. El otro componente fundamental de la medición es el ingreso de los hogares. Este se releva a través de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que es una encuesta por muestreo que cubre los principales aglomerados urbanos del país. Allí se captan los ingresos laborales (tanto formales como informales) y los no laborales (jubilaciones, pensiones, transferencias sociales y otros ingresos monetarios).

El ingreso que se utiliza para medir pobreza es el llamado Ingreso Total Familiar. Es decir, se suman todos los ingresos percibidos por los miembros del hogar y se comparan con el valor de la CBT correspondiente a ese hogar. Si el ingreso total está por debajo de la CBT, el hogar es considerado pobre; si está por debajo de la CBA, es indigente. Si está por encima de ambas, se trata de un hogar no pobre.

Ahora bien, este punto también tiene sus complejidades. La EPH capta ingresos declarados por los propios hogares, lo que puede implicar varios problemas: subdeclaración (especialmente en ingresos informales o variables) o desfasajes temporales entre el momento en que se perciben los ingresos y el período de referencia de la encuesta algo que, en contextos de alta inflación, puede afectar la medición. Un ejemplo claro de esto: si un hogar fue medido, por ejemplo, durante marzo de 2024, seguramente reportó sus ingresos de febrero. En países normales, no debería ser un problema; pero en nuestro caso, en ese momento, la inflación aún volaba: por ende, se tomaba un ingreso de un mes con la canasta del mes siguiente, impactada de lleno ésta última por la inflación.

También aparece un problema de comparabilidad intertemporal. Desde el segundo semestre de 2024, el INDEC introdujo mejoras en las preguntas de la EPH para captar mejor determinados ingresos (sobre todo los no laborales y los informales). Esto implica que no necesariamente la captación de ingresos es estrictamente homogénea entre distintos períodos. 

Un ejemplo concreto ayuda a entenderlo: en un hogar determinado, hacia 2023 y principios de 2024 los ingresos por AUH podían no estar claramente identificados o incluso subdeclararse. A partir de los cambios en la encuesta, esos ingresos comienzan a relevarse de manera más precisa. En la práctica, esto puede generar que un mismo hogar que antes declaraba parcialmente esos ingresos pase luego a declararlos de forma completa, no necesariamente porque haya mejorado su situación económica, sino porque cambió la forma en que se le pregunta.

¿Podemos bajar todo esto a los casos concretos para entender con mayor precisión el fenómeno? Trabajemos con los datos de Posadas. Según el INDEC, para la región del NEA la Canasta Básica Alimentaria promedio del segundo semestre para un adulto equivalente se valoró en $ 157.282. ¿Cómo ese valor se proyecta luego a un hogar? Depende el tamaño, pero usemos el Hogar “Tipo 2” que se compone de cuatro integrantes: un varón de 35 años, una mujer de 31 años, un hijo de 6 años y una hija de 8 años. El varón adulto representa a 1 adulto equivalente; la mujer adulta a 0,77; el hijo varón a 0,64 y la hija mujer a 0,68. Ese hogar, entonces, asciende a un total de 3,09 adultos equivalentes: si la CBA por adulto equivalente se valoró en $ 157.282, dicha familia en particular necesitará $ 486.001 para cubrir sus necesidades alimenticias y no ser indigente. 

Por su parte, la Canasta Básica Total se valoró en $ 327.913 para el promedio del segundo semestre del 2025, por adulto equivalente. El hogar que detallamos antes necesita entonces, $ 1.013.252 ($ 327,913 x 3,09) para cubrir su canasta y no ser pobre. 

Si lo miramos en términos de variación: en el último año, es decir comparando el segundo semestre de 2025 contra igual período de 2024, la Canasta Básica Alimentaria mostró un crecimiento del 27,1%, mientras que la Canasta Básica Total lo hizo en 25,5%. Hasta acá lo referido al “costo de vida”. 

Pero veamos qué pasó con los ingresos. Según el INDEC, la Media del Ingreso Per Cápita Familiar (IPCF) de un hogar en Posadas fue de $ 493.017 en el último período relevado. ¿De cuánto fue el ingreso total del hogar? Hay que multiplicar esa cifra por la cantidad de integrantes totales. Volviendo al caso puntual de Posadas que detallamos antes, un hogar de 4 integrantes tendría entonces un ingreso medio total de $ 1.972.068, más que suficiente, en teoría, para cubrir el promedio de la Canasta Básica Total. 

Este indicador mide el total de ingresos por cada integrante sin discriminar quien lo genera: claro está que en el caso que usamos como ejemplo, los dos niños del hogar no producen ingresos, por lo que se puede concluir que los dos adultos de ese hogar que sí lo harían, tendrían un ingreso cada uno de $ 986.034. Esto, como su nombre lo indica, es la media: por ende, hay hogares con ingresos superiores y otros con ingresos inferiores. En términos de variación: el IPCF creció en el último año 49,7% en Posadas, muy por encima de la suba de la CBA y de la CBT. 

A simple vista podemos entonces observar que los ingresos en los hogares de Posadas tuvieron una dinámica más acelerada de crecimiento que los valores de la Canasta, logrando captar ingresos en teoría suficientes para ubicarse por encima de la línea de la pobreza y, por ende, eso explica la fuerte reducción de esa tasa. Idéntico fenómeno se observa para el caso del total nacional: la CBA se incrementó 26,6%, la CBT en 25,0% y el IPCF en 48,3%. 

Este análisis sería, metodológicamente, suficiente para entender por qué se dio una brusca caída de los niveles de pobreza. Pero ahora viene el lado B del análisis: es entender la razón por la cual se dio esa caída en contextos donde prima la percepción de que no hay tal mejora en las condiciones de vida de la población.

Aquí encontramos, de mínima, dos dimensiones centrales a tener en cuenta: la percepción individual o del hogar sobre sus condiciones de su vida por un lado; y las debilidades y/o falencias de la metodología para captar con mayor precisión el fenómeno social en torno a la pobreza. Estas dos dimensiones van, en este caso, necesariamente de la mano. Hay varias razones de índole metodológica pero vamos a concentrarnos en dos para entender mejor el problema.

Primero: la captación de ingresos no laborales. A partir del último trimestre de 2024, el INDEC vía la EPH introdujo cambios en el cuestionario con el fin de medir mejor este indicador. Cuando antes se preguntaba de manera general por ingresos provenientes de fuentes no laborales, a partir de ese momento mencionado se preguntaba específicamente por ingresos de un hogar por Tarjeta Alimentar, Pensiones no contributivas, AUH, Progresar y otros programas sociales. Es decir, si hacia 2023 una persona respondía genéricamente esto con alto nivel de subdeclaración producida por esa generalidad, ahora lo hace de manera concreta lo que permite captar mucho mejor esos recursos. Esto tiene un impacto directo en la medición de ingresos totales de un hogar, con el problema de la comparabilidad: sin que haya aumentado verdaderamente la calidad de vida de un hogar, entre un período y otro, la declaración de ingresos sube fuerte. 

Cabe aclarar: ese cambio hecho por INDEC es altamente positivo por la precisión metodológica, pero dado que tiene un problema fuerte de intertemporalidad por esa comparación renga que mencionamos antes, afecta el dato final. Hay una baja de pobreza por mayor declaración de ingresos sin que exista un real cambio en las condiciones de vida: en otras palabras, se vive igual pero se capta mejor la información. Esto trae una consecuencia en términos de conclusión: no es que ahora se “baja” la pobreza por ese cambio, sino que antes estaba altamente sobrevalorada por subdeclaración de ingresos. 

De nuevo, en palabras simples: antes eras muy pobre y ahora ya no sos, no porque tu vida cambió para bien, sino porque ahora hay ingresos declarados que antes no estaban (o lo estaban parcialmente). Entonces, acá se mezclan las percepciones con la metodología: ¿Cómo puede ser que ya no soy pobre si mi condición de vida no cambió y sigo sin poder llegar a fin de mes? La persona que se hace esa pregunta puede seguir siendo igual de pobre aunque la estadística marque otra cosa, producto de mejor captación de la información y no como consecuencia de mejoras reales en su vida. 

Vamos a lo segundo y que es, quizás, el aspecto más relevante: la desactualización de las canastas. Este debate ya inició hace muchos meses con la medición de inflación, que mide una canasta de consumo altamente desactualizada, con ponderados que quedaron viejos y que a fin de cuentas subestiman subas de bienes y servicios que hoy tienen fuerte impacto en el día a día de los hogares, como ser la energía, los alquileres y la comunicación, entre otros. El mismo problema tiene la conformación de las Canastas Básicas que son el insumo central para estimar niveles de pobreza.

Como explicamos antes, la Canasta Alimentaria se calcula en base a necesidades nutricionales y la Canasta Total se la valora aplicando la inversa del coeficiente de Engel que surge de la Encuesta Nacional del Gasto de los Hogares realizada en el año 2004. Es decir, la relación alimentos / otros gastos varios básicos se sigue midiendo en base a las características de consumo de hogares del 2004: aproximadamente el 39% del gasto de hogares es de alimentos y el 61% de otros bienes y servicios. Ahora bien, dados los escenarios altamente inflacionarios de finales de 2023 y principios del 2024 y el brusco cambio en los precios relativos que se vivió desde ahí, cambia esa relación: el peso del gasto de los hogares en otros bienes y servicios fuera de los alimentos creció de manera muy fuerte. Ese cambio no está reflejado en el coeficiente de Engel: por ende, no se refleja en la valoración de la canasta básica total. 

En otras palabras: se subestima fuertemente el gasto no alimentario. Esto trae consecuencias directas: si la Canasta Básica Total tiene esta característica, naturalmente no representa de manera fiel lo que es el costo de vida de un hogar. Es decir: el valor de la CBT de $ 1.013.252 que calculamos para un hogar de cuatro personas en Posadas está muy subestimado. 

Hay un problema paralelo que surge de esto: por ejemplo, el costo de alquileres creció muy fuerte en el último tiempo y es el gasto central de un hogar inquilino. Pero su captación en la estructura de la CBT tiene limitaciones: no es un componente observado de manera directa y actualizada mes a mes, sino que su incorporación se realiza de forma indirecta. La ENGHo, dentro de lo que es el gasto no alimentario, registra tanto los alquileres efectivamente pagados por los inquilinos como los denominados “alquileres imputados”, que representan una estimación del valor del servicio de vivienda consumido por los hogares propietarios. De este modo, el peso de la vivienda en la canasta no surge de un seguimiento directo del mercado de alquileres, sino de su participación dentro del gasto total promedio de los hogares en un momento determinado del tiempo.

Este procedimiento implica que el peso del alquiler en la CBT es, en rigor, un promedio social que combina situaciones muy heterogéneas. Por un lado, incluye a los hogares inquilinos, que enfrentan un gasto monetario efectivo y, en muchos casos, creciente. Por otro, incorpora a los propietarios, para quienes el consumo de vivienda no implica un desembolso de dinero, pero sí es contabilizado como un gasto imputado en términos económicos.

La consecuencia directa de este enfoque es la aparición de un sesgo distributivo en la medición. Para los hogares inquilinos, el peso del alquiler dentro de la CBT tiende a estar subestimado en relación con su estructura real de gasto. En contextos donde los precios de los alquileres crecen por encima del promedio de otros bienes y servicios, esta brecha puede ampliarse, haciendo que la canasta no refleje adecuadamente el costo efectivo de sostener un nivel de vida básico para estos hogares. En sentido inverso, para los hogares propietarios, la metodología incorpora implícitamente un costo de vivienda que no se materializa como un flujo monetario. 

En resumen: la CBT subestima el peso de alquileres para los inquilinos y los sobreestima para los propietarios. El problema es lo primero: si partimos de la base del ejemplo que hemos tomado, si un hogar de cuatro integrantes tiene una CBT valorizada en $ 1.013.252, tiene una estimación de gasto de vivienda que es muy menor respecto a lo que efectivamente ese hogar paga por su alquiler. Una familia de cuatro integrantes, dos adultos y dos niños, requiere una vivienda que tenga, mínimo, dos habitaciones, cuyo valor promedio no es inferior a los $ 500.000. En ese marco, casi el 50% de la canasta total estaría representado solo por el alquiler. Esto rompe la lógica para los hogares inquilinos, aunque no así para los propietarios. 

Situaciones parecidas pueden aplicarse a las tarifas de servicios públicos y a otros bienes esenciales como comunicación: su subestimación en la CBT genera que los hogares gastan efectivamente más en eso que lo que muestra el dato oficial. Sumando estos problemas, surge de nuevo el mismo problema: la CBT queda corta para medir realmente el gasto esencial de los hogares.

¿Qué podemos concluir de todo esto?

Lo que muestran los datos oficiales no son un “dibujo” porque responden a una lógica metodológica concreta y validada; pero al mismo, es un indicador impreciso en la actualidad por las fuertes limitaciones que tiene en el contexto dado que la llevan a obtener resultados poco representativos. La pobreza que mide el INDEC es, por definición, un indicador técnico, construido a partir de reglas específicas: una canasta que fija un umbral y un ingreso que se compara contra ella. Bajo esos parámetros, la fuerte caída de la pobreza es explicable y, en términos estrictamente estadísticos, válida.

Sin embargo, el problema aparece cuando ese resultado se contrasta con la experiencia cotidiana de los hogares. Allí es donde emerge la brecha entre el dato y la percepción, ésta última apoyada en factores contundentes que van desde menor capacidad de compra hasta un fuerte achicamiento del mercado de trabajo. Es decir, esa distancia entre el dato y la percepción (o la experiencia concreta) no responde a una cuestión subjetiva, sino a fenómenos reales del escenario económico nacional. En ese marco aparecen las limitaciones de la metodología: por un lado, mejoras en la captación de ingresos pueden “elevar” estadísticamente a los hogares por encima de la línea de pobreza sin que haya habido un cambio real en sus condiciones de vida. Por otro, la canasta con la que se mide ese umbral arrastra desactualizaciones importantes que tienden a subestimar el costo efectivo de vivir, especialmente en rubros que hoy son centrales como alquileres, tarifas y servicios.

El resultado de esta combinación es un indicador que puede mostrar mejoras significativas mientras una parte importante de la población sigue con los mismos problemas o incluso, agravados: no llegar a fin de mes, reducir consumos o necesidad de endeudamiento para sostener gastos básicos. En otras palabras, la pobreza baja en los papeles al tiempo que esa mejora no se refleja en la vida real. 

La pobreza oficial logra capturar una dimensión clave, la monetaria, pero no necesariamente refleja con precisión el deterioro o la fragilidad en las condiciones de vida cuando cambian los precios relativos, cuando el gasto en vivienda se dispara o cuando el ingreso disponible se ve condicionado por factores que la metodología no contempla.

En ese desfasaje entre medición y realidad es donde se explica por qué la baja de la pobreza no logra ser percibida como tal por amplios sectores de la sociedad. No es solo un problema de percepción: es, fundamentalmente, un problema de representatividad del indicador frente a una estructura económica que cambió muy rápido. En ese contexto, la discusión deja de centrarse en si el dato es correcto o no en términos técnicos, y pasa a girar en torno a su capacidad real de describir las condiciones de vida de la población.

Cuando los indicadores muestran mejoras significativas en un escenario donde persisten la pérdida de empleo, la caída del consumo, el cierre de empresas y el endeudamiento de los hogares para afrontar gastos básicos, lo que queda en evidencia es una brecha entre lo que la estadística logra captar y lo que efectivamente ocurre en la vida cotidiana. Esa brecha debilita la validez del dato como herramienta de representación social: puede ser consistente desde lo metodológico, pero resulta insuficiente para reflejar la complejidad del bienestar económico en el contexto actual.

En definitiva, el problema no radica únicamente en la medición, sino en la capacidad del indicador para dar cuenta de una realidad que se ha vuelto más problemática para los hogares. Si la pobreza medida no logra incorporar adecuadamente estos cambios, su valor como referencia para entender la situación social se vuelve limitado, deslegitimando su existencia y debilitando su capacidad para reflejar de manera fiel las verdaderas condiciones de vida de la población, así como también su utilidad para orientar el diagnóstico económico y el diseño de políticas públicas efectivas.

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Promesas autocumplidas

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En la superficie, la economía argentina empieza a mostrar señales que, leídas en clave estrictamente estadísticas, permiten hablar de cierta estabilización. Algunos indicadores nacionales del INDEC, como el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) o el propio Producto Interno Bruto (PIB) exhiben mejoras. Sin embargo, esa foto agregada esconde una dinámica mucho más compleja cuando se baja a la economía real y sobre todo, al territorio. 

En las provincias, y particularmente en Misiones, la economía no solo no repunta, sino que sigue mostrando señales claras de deterioro. Para esto, vale repasar los últimos datos que se fueron conociendo estas semanas para comprender que el crecimiento “como pedo de buzo”, parafraseando a Milei, de la economía nacional no es homogéneo ni alcanza a la gran mayoría de los argentinos.

En Misiones, el caso de la construcción es probablemente uno de los más elocuentes. En enero, el empleo en el sector cayó 6,5% mensual y 9,5% interanual. Pero más relevante aún es la perspectiva acumulada: desde la asunción de Javier Milei, se destruyeron 3.458 puestos de trabajo en la actividad, lo que equivale a un derrumbe del 44%. 

A esto se suma un deterioro en los ingresos, con una caída del salario real del 1,2% en enero y un nivel que se ubica 1,8% por debajo del registrado antes del cambio de gobierno. 

No se trata de un fenómeno aislado. El freno casi total de la obra pública nacional, combinado con fuertes restricciones de financiamiento hacia la provincia y las dificultades del sector privado para acceder (y sostener) al crédito, conforman un cóctel que explica buena parte de este desplome.

La contracción también se refleja en el entramado empresarial. En los últimos dos años, Misiones perdió 908 empresas del sector privado formal. El comercio aparece como el rubro más golpeado, en un contexto de consumo debilitado y pérdida de poder adquisitivo de los hogares. La industria, por su parte, enfrenta una doble presión: la debilidad de la demanda interna y una mayor competencia externa a partir de la apertura de importaciones. En ambos casos, el resultado es el mismo: cierre de unidades productivas, menor actividad y retroceso del tejido económico local.

En paralelo, el empleo formal privado muestra una caída significativa. En dos años, se destruyeron 10.152 puestos de trabajo registrados en la provincia, lo que representa una baja del 9,3%. El dato no es menor: Misiones exhibe hoy el menor volumen de empleo formal privado desde 2020, es decir, desde el momento más crítico de la pandemia. Esto demuestra que el mercado laboral formal nunca dejó atrás la fase contractiva que se inició a finales del 2023 y peor aún, se agrava cada vez más. 

Si se amplía la mirada al conjunto del mercado de trabajo, los indicadores tampoco ofrecen señales alentadoras. La tasa de actividad en el último trimestre de 2025 cayó respecto al mismo período de 2024 y se ubica muy por debajo del pico alcanzado en 2022 (46,4% actual frente a 50,9% en el segundo trimestre de ese año). La tasa de empleo sigue una trayectoria similar: actualmente es del 44,6%, retrocediendo frente a un año atrás y muy lejos del récord alcanzado por Posadas allá por 2022 cuando marcó 49,6%

En ese momento, Posadas llegó a tener la segunda mayor tasa de empleo del país, solo por detrás de la Ciudad de Buenos Aires. Ese hito hoy parece lejano.

El consumo, uno de los motores más relevantes de la actividad económica provincial, también evidencia un marcado deterioro. Las ventas de combustible promedian actualmente 37.120 metros cúbicos mensuales, muy por debajo de los 46.100 que se registraban en años previos. En esa línea, en febrero se observó una caída interanual del 10,4%, en un contexto donde ya no puede atribuirse el fenómeno a la menor demanda de países vecinos, dado que el efecto de las ventas fronterizas se diluyó durante 2024. En supermercados, la tendencia es aún más clara: Misiones acumula nueve meses consecutivos de caídas, y en enero las ventas se ubicaron 32% por debajo del nivel previo a la asunción de Milei. 

Dentro de estos, los productos de almacén, el rubro de mayor volumen de venta y que refiere a los productos más básicos de una canasta familiar, promedia en la era Milei una baja del 12%.

Finalmente, la situación fiscal agrega un nuevo frente de tensión. Entre enero y febrero, la provincia dejó de percibir alrededor de $ 30.000 millones de pesos por la caída en la coparticipación federal. Marzo, según las estimaciones preliminares, podría mostrar una contracción cercana al 10%, lo que implicaría otros $ 30.000 millones. De confirmarse este escenario, Misiones cerraría el primer trimestre con una pérdida de aproximadamente $ 60.000 millones

El trasfondo es claro: con una recaudación nacional que no logra repuntar, los recursos que se distribuyen a las provincias se reducen, afectando directamente su capacidad de gasto y de sostén de la actividad económica.

Todo este detalle choca directo con las declaraciones del gobierno nacional, que ven una luz que solo pueden observar ellos, porque los datos son claros y demuestran una situación muy precaria en toda la economía real. Funcionarios y referentes libertarios no solo omiten deliberadamente los problemas actuales sino que hasta parece que se burlan de los argentinos: caso concreto el de Federico Sturzenegger, que mediante un post de X dijo que no hay cierre de empresas utilizando un gráfico que demuestra efectivamente la caída de empresas. O se burlan, o son tontos. Seguramente es lo primero. 
El alejamiento que tiene el gobierno libertario de la realidad es tan grande que ya es preocupante y grave: no reconocer la crisis que existe impide que tomen medidas al respecto. O peor aún: están tan aferrados ideológicamente a su doctrina que entienden que más allá de los problemas, el Estado no debe intervenir. Un sálvese quien pueda. “Los voy a fundir a todos” dijo una vez Milei. Está cumpliendo su promesa.

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Salarios en Misiones: entre el rebote y una recuperación tambaleante

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Hace algunas horas, la Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social publicó la información referida a salarios de trabajadores registrados del sector privado por provincia, hasta el mes de diciembre de 2025, hecho que nos permite analizar el desempeño salarial en Misiones durante el año pasado. Al comparar los salarios promedios en términos reales del 2025 con los del 2024, observamos que Misiones registró un incremento del 6,8%. 

Sin embargo, esta dinámica de crecimiento durante 2025 no puede entenderse sin ponerla en perspectiva con el derrumbe previo. 

Lo que a primera vista aparece como una recuperación significativa, al desagregarse en su secuencia y contrastarlo con 2024, revela una trayectoria más compleja, con tres momentos bien marcados: caída profunda, rebote acelerado y, finalmente, desaceleración con signos de agotamiento.

Empecemos con lo que dejó 2024: los salarios reales atravesaron una contracción pronunciada durante prácticamente todo el período. Entre enero y agosto, las caídas interanuales fueron de dos dígitos, con un piso particularmente crítico en marzo (-17,3%). Recién hacia el último trimestre comenzó a observarse una moderación en el deterioro, hasta alcanzar un leve equilibrio en octubre (0,0%) y cerrar el año con mejoras interanuales en noviembre (1,5%) y diciembre (19,8%), esta última muy afectada en términos estadísticos por el derrumbe de diciembre 2023 debido a la devaluación y el enorme salto inflacionario (había sido -18,7% en ese mes). Por ende, el dato de diciembre 2024 debe leerse más como efecto base que como señal de recomposición estructural.

Sobre esa base deprimida se monta el desempeño de 2025. El inicio del año mostró tasas interanuales muy elevadas: 18,3% en enero, 16,4% en febrero y un pico de 20,7% en marzo. Este comportamiento responde en gran medida al efecto comparación contra los meses más críticos del año previo. Sin embargo, la serie desestacionalizada del salario (que nos permite medir la evolución mensual) introduce un matiz clave: las subas mensuales existen, pero son acotadas y con interrupciones (caídas en marzo y abril, por ejemplo), lo que revela una recuperación más frágil de lo que sugieren los datos interanuales.

A medida que avanzó el 2025, la desaceleración se volvió evidente. Las variaciones interanuales perdieron fuerza de manera sostenida: pasaron de 20,7% en marzo a 9,2% en mayo, 6,0% en junio y apenas 2,6% en agosto y septiembre. 

Hacia el último trimestre, el proceso se revirtió completamente, con caídas interanuales en octubre (-0,6%), noviembre (-1,6%) y diciembre (-1,1%). En otras palabras, el rebote se agota y el salario real vuelve a terreno negativo en la comparación anual.

La serie mensual desestacionalizada refuerza esta lectura. Luego de un primer semestre con variaciones moderadas pero mayormente positivas, el segundo semestre muestra un comportamiento más errático y débil. Aparecen caídas en varios meses y, hacia el cierre del año, las subas son marginales o directamente negativas, como el caso de octubre y noviembre con -0,2% y -0,3% respectivamente. Incluso cuando diciembre marca un incremento de 0,9%, el dato no alcanza para revertir la tendencia de enfriamiento.

Ahora bien, este recorrido agregado es solo una parte de la historia. Cuando se desagrega por sectores, la idea de una recuperación homogénea se desarma rápidamente y deja en evidencia un proceso mucho más fragmentado.

En términos de niveles salariales, la estructura salarial de Misiones muestra brechas claras. Los salarios del último dato disponible, que corresponde a diciembre 2025 (que incluyen medio aguinaldo) marcan profundas diferencias sectoriales. Los ingresos más altos se concentran en Electricidad, Gas y Agua ($ 3.974.687), en la Intermediación Financiera ($ 3.781.481) y en los servicios de Transporte, Almacenamiento y Comunicaciones ($ 2.529.329). Sin embargo, estos explican solo el 11% del empleo misionero. Luego le siguen, con salarios promedio por encima también del nivel general provincia, los sectores de Servicios Sociales y de Salud ($ 2.099.501), la Industria Manufacturera (con $ 2.042.704) y el Comercio ($ 1.893.626), con una concentración de empleo considerable mayor (44% entre los tres, explicado por la industria y el comercio que solo entre ellos explican el 41% del total provincial). En definitiva, los seis sectores con salarios promedios superiores a los del total provincial explican más de la mitad de los trabajadores provinciales del sector privado formal (55%).

En el otro extremo, los salarios más bajos se ubican en Agricultura, Ganadería, Caza y Silvicultura ($ 1.145.179), Enseñanza ($ 1.259.631) y Construcción ($ 1.378.061), que entre ellos concentran el 28% del empleo misionero. Por ende, si bien son mayoría los trabajadores en sectores de ingresos promedios mayores al nivel general, la desigualdad de base condiciona la capacidad de recuperación.

Más allá del dato nominal, ¿cómo evolucionó el salario sectorial? Si se toma como referencia la variación del salario promedio acumulado 2025 vs. 2024, la mejora aparece en la totalidad de los sectores, pero con intensidades muy dispares. Los mayores incrementos reales se observan en Hoteles y Restaurantes (16,6%), Explotación de Minas y Canteras (13,4%), el Agro (11,2%), la Enseñanza (11,0%), Servicios comunitarios, personales y otros (10,3%) y en la Construcción (10,0%), siendo estos los sectores de mayor expansión relativa (de doble dígito)

Los de expansión media (a un dígito pero superiores al total general provincial) fueron Electricidad, Gas y Agua (9,0%), Servicios Inmobiliarios y Empresariales (8,1%) y Servicios Sociales y de Salud (7,8%); y finalmente, los de expansión baja (suba inferior al total provincial) fueron la Industria Manufacturera (5,8%), Transporte y Comunicaciones (5,2%), Intermediación Financiera (3,7%) y Comercio (2,8%). Estos cuatro sectores explican el 50% del empleo, dato no menor.

Ahora bien, el escenario de recuperación generalizada en los sectores cobra otro sentido cuando se lo pone en perspectiva con lo ocurrido en 2024. 

La mayoría de los sectores que lideran la mejora en 2025 venían de caídas muy pronunciadas el año anterior. La actividad minera (-24,1%), Enseñanza (-19,9%), Construcción (-14,4%) y Agro (-5,9%) son ejemplos claros de sectores donde la suba reciente responde, en gran medida, a un rebote tras un deterioro profundo. En cambio, algunas actividades como Hoteles y Restaurantes o Electricidad, Gas y Agua muestran una dinámica más consistente, con mejoras tanto en 2024 como en 2025.

Con ello, cabe hacer entonces una comparación de más largo plazo: los salarios acumulados promedios de 2025 vs. contra los del 2023. Allí se observa que no todos los sectores lograron recuperar el terreno perdido. Los que presentan subas contra ese año con Hotelería y Restaurantes con 21,3%, Electricidad, Gas y Agua (11,4%), Intermediación Financiera (6,7%), Servicios Inmobiliarios (5,9%), el Agro (4,7%) y la Industria (3,4%), que en conjunto representan al 44% de los trabajadores misioneros. 

Por el contrario, el resto de los sectores presentó en 2025 un salario promedio acumulado inferior a los del 2023: Comercio con -0,6%, Servicios sociales y de salud -1,0%, Servicios comunitarios y otros -1,7%, Transporte y Comunicaciones -5,0%, Construcción -5,8%, Enseñanza -11,1% y Minas y Canteras -13,9%: explican el 56% del empleo total. Por ende, más de la mitad de los trabajadores privados formales de Misiones tienen salarios inferiores al 2023. 

Si vemos el nivel general provincial, el salario promedio misionero total crece 1,2% frente a 2023, pero este dato debe ser tomado en contexto de lo dicho anteriormente para entender que la recuperación está lejos de ser homogénea.

En definitiva, 2025 deja una conclusión clara para Misiones. Hubo recuperación del salario real, pero no cambio de tendencia. El repunte estuvo fuertemente influido por el efecto base de 2024, perdió fuerza a lo largo del año y se expresó de manera desigual entre sectores. Más que un proceso de mejora consolidada, lo que emerge es un escenario de recomposición parcial, con señales de fragilidad y un punto de llegada todavía abierto.

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Los números de Sturzenegger

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En un largo posteo en X, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado Federico Sturzenegger hizo un enorme esfuerzo por tratar de transformar los datos y, por ende, la realidad, a su criterio. Naturalmente, no estuvo exento de miles de críticas por la enorme distorsión de la información que usa. Lo más llamativo de todo (o quizás no) es que se trata de una persona con amplia formación académica que no puede caer en tamaños errores cometidos: no podemos pensar que de su parte hay ignorancia; bajo ese supuesto, hay tergiversación, manipulación y mala interpretación forzada de los datos. 

Para quienes no estén tan al tanto, vamos con un resumen: afirmó que en la Argentina no existe una crisis de empleo, que en los dos años de gobierno de Milei se crearon 400 mil puestos de trabajo y que la mayoría de los economistas, consultoras y profesionales que se dedican al análisis de datos estamos equivocados porque, en palabras más palabras menos, no sabemos interpretar la información. 

Vamos a explicar punto por punto lo afirmado por el ministro. Primero, dice que “la economía está en una fase muy fuerte de crecimiento económico: 6,6% el primer año de Milei y +3,5% el segundo. El REM (Relevamiento de Expectativas del Mercado) parece ubicar a la economía con una tasa de crecimiento del 1% trimestral. Si así fuera hasta el final del mandato, luego de más de una década de estancamiento absoluto, Milei terminaría su primer mandato con una economía casi 20% más grande. Notable. Pero lo mencionamos aquí porque es implausible que con tanto crecimiento tengamos un problema de empleo”. 

¿Por qué está equivocado Sturzenegger en este punto? Por lo mismo que el INDEC muestra mes a mes. La economía, medida por el Estimador Mensual de Actividad Económica, muestra crecimiento, en eso no hay discusión. Pero altamente atado a sectores de muy baja empleabilidad (minería, intermediación financiera y agro). Sin embargo, cuando miramos al fondo de la tabla, los sectores que más caen son aquellos que concentran más del 40% de empleo registrado argentino: la industria, el comercio y la construcción, entre otros. Por ende, si bien es cierto que hay cierta paradoja en crecimiento económico con destrucción del empleo (de hecho, el 2025 es el primer caso observable en el país con ese fenómeno) eso no le da la razón al ministro cuando dice “es implausible que con tanto crecimiento tengamos un problema de empleo”. 

De hecho, es exactamente ese problema el que muestra todo el sistema estadístico argentino. En resumen: sí, la economía creció pero eso no produjo alza de empleo. Así de sencillo. 

Luego, Sturzenegger dice que “la EPH, que es la fuente canónica de datos de empleo, lo dice con claridad: en el tercer trimestre de 2025 la tasa de actividad (la gente que quiere trabajar) supera a la del tercer trimestre del 2023 (48,6% vs 48,2%). En términos numéricos, la población económicamente activa (PEA) pasó de 14.210.000 a 14.554.000 personas. Esto es una buena señal: aumenta la participación cuando las condiciones laborales mejoran. Así, aunque la tasa de empleo se mantiene relativamente constante, la cantidad de personas empleados pasó de 13.396.000 a 13.606.000. Según estos números, en los dos primeros años de Milei más de 100.000 personas en promedio consiguieron empleo cada año”. 

En términos estadísticos, tiene razón. Pero el problema de fondo para analizar los datos de EPH no es solo la cantidad de personas ocupadas, sino también las características del empleo. El propio INDEC muestra, en esa fuente, el fuerte incremento de la informalidad y además, el empleo asalariado presentó una caída de fuerte magnitud: cuando en 2023 explicaba el 74,8% de los ocupados totales, bajó al 71,9% en 2025; en ese mismo período, el empleo cuentapropista pasó del 23,5% al 24,5%. Esta variación en las modalidades de ocupación refleja un problema de fondo y básicamente muestra un movimiento clave para entender el contexto: un empleado que ya no tiene ese trabajo pasó a tener una ocupación de modalidad independiente para poder sostener ingresos. El fenómeno Delivery o chofer de App, que aunque es una simplificación de la situación, es la explicación más gráfica de este escenario. 

Como Sturzenegger sabe las limitaciones de la EPH, sigue su posteo en X citando los datos de la Cuenta de Generación del Ingreso (CGI) que produce INDEC, donde se “toma todas las fuentes posibles para generar una estimación de los puestos de trabajo que termine siendo compatible con las cuentas nacionales”; y aclara como “nota técnica” que por definición “puestos de trabajo” no es lo mismo que “personas empleadas” debido al factor de pluriempleo, pero aunque hace esa aclaración sigue sin ponerse colorado diciendo que la CGI muestra que “en los últimos dos años en el conjunto de la economía se crearon 400.000 puestos de trabajo; esto es, en promedio, 200.000  por año en la gestión de Milei”. Otra vez, omite dos cosas: la precarización que prima de la ocupación independiente en primer lugar; y en segundo, la negación del pluriempleo: en los últimos tiempos, el fenómeno de trabajadores con más de una ocupación se expandió de manera fuerte en el país, demostrando que “puestos de trabajo” no es directamente vinculable a “persona ocupada”.

Respecto a lo primero, Sturzenegger sostiene que la creación del trabajo independiente es el fenómeno que impulsa la creación de empleo. Dice textual: “Este crecimiento en el empleo total se compone de un aumento de 630.000 puestos informales e independientes y una caída de 222.000 formales” y luego se pregunta y responde solo: “¿Esto es bueno o no? Difícil de saber”. El empleo formal siempre y en todo momento es el mejor escenario en términos agregados por dos factores centrales: el que atañe al trabajador por tener garantías mínimas de derechos laborales; y el que atañe al Estado: ¿Cómo financiar jubilaciones si los trabajadores activos pasan a la informalidad o, en el mejor de los casos, al monotributo, donde el aporte previsional es considerablemente menor al de un asalariado registrado? 

Si Sturzenegger o cualquier persona del Gobierno alienta la creación de empleo informal o de registraciones mínimas como monotributo, se están pegando un tiro en el pie. Y en esa línea, cabe hacerse una pregunta: si festejan la caída de los formales por el hecho de que los informales e independientes crecen mucho: ¿para que querían la Reforma Laboral? 

Lo más insólito viene al final: habla de los datos de SIPA, que mide a los trabajadores registrados y se toma el atrevimiento de explicar que la caída viene del lado de los monotributistas sociales. Dice textualmente que “el último año, por ejemplo, los trabajadores registrados en esa base pasaron de 13.287.000 a 12.852.000. Pero se omite indicar que dentro de los empleos registrados está el monotributo social que se había inflado artificialmente cuando el kirchnerismo lo había hecho gratuito. Cuando restablecimos el pago histórico de la mitad de la prestación de salud, el monotributo social se derrumbó. De hecho, en el último año cae de 653.400 a 248.900, explicando prácticamente el 100% de la caída de trabajadores registrados”. Es tan insólito como falaz.

Primero: en el último año, tomando diciembre 2025 vs. diciembre 2024 en la serie desestacionalizada, los trabajadores enmarcados en el Monotributo Social cayeron sólo en 6.179 personas, pero es cierto que caen en 384.392 comparado con diciembre de 2023, pero estos representan apenas el 2% de los trabajadores registrados en 2025 (5% en 2023). Lo que Sturzenegger no se anima a decir es que la caída del empleo registrado medido por SIPA se explica fundamentalmente por el segmento de los asalariados del sector privado: en 2025 cayeron en 91.915 personas contra el cierre 2024; acumulan -189.845 contra diciembre de 2023 y -200.941 contra noviembre de ese año. Para ponerlo en comparación: en los dos últimos años hay 189.845 trabajadores del sector privado formal menos, pero al mismo tiempo hay 167.337 nuevos independientes (monotributo y autónomos). Es decir, el aumento de los independientes cubrió solo el 88% de los privados perdidos. Si a eso le sumamos la pérdida del empleo registrado del sector público (-78.617 en los dos últimos años), los nuevos independientes cubren apenas el 62% de lo perdido. 

Incluso el propio Gobierno habla de destrucción de empleo en este segmento. Este viernes se publicó el reporte de “Situación y evolución del trabajo registrado” de la Secretaría de Trabajo, que afirma, respecto al empleo privado, que “(…) en los últimos siete meses (junio a diciembre de 2025) el empleo registró variaciones mensuales negativas, acumulando una pérdida de 96,8 mil empleos”. 

Por más esfuerzo que se ponga en desmentirla, la realidad es una sola. La Argentina atraviesa una crisis de empleo, tanto por acceso (personas que no logran tener una ocupación) como de calidad (condiciones deterioradas). No hacia falta ese posteo propagandístico del ministro justo el día que su propio Gobierno informó que se perdieron más de 12 mil empleos privados formales. Mi consejo no pedido por nadie: dejen de pelearse con los datos. 

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