Alejandro Pegoraro

Director de Consultora Politikon Chaco

El ajedrez del equilibrio fiscal en Misiones

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Hace apenas unas horas, Misiones dio a conocer los datos de la ejecución presupuestaria correspondientes al segundo trimestre de 2026, que dejan como resultado general la obtención del equilibrio fiscal en un contexto altamente desafiante para las cuentas provinciales.

Entre enero y junio, Misiones registró ingresos totales por $2.152.608 millones (o $2,15 billones), que cayeron 8,6% real contra igual período de 2025. Esa baja equivale a una pérdida de recursos para la provincia, medida en pesos constantes a precios de junio de 2026, de $214.885 millones

A su vez, los gastos totales alcanzaron los $2.151.684 millones (o $2,15 billones), con un retroceso de 6,4% real, equivalente a un recorte del gasto público de $156.943 millones a precios de junio.

A simple vista, aparecen dos cuestiones centrales. En primer lugar, el equilibrio fiscal: el resultado financiero fue de $924 millones positivos, equivalente al 0,0% de los ingresos. Algo más holgado fue el resultado primario (previo al pago de intereses de la deuda), que alcanzó los $4.806 millones, aunque representa apenas el 0,2% de los ingresos. En segundo lugar, el gasto cayó en menor medida que los ingresos, por lo que el ajuste no fue lineal respecto de la evolución de los recursos. En ese marco, resulta necesario observar qué ocurrió con cada uno de sus componentes.

Empecemos por los ingresos. Los ingresos corrientes cayeron 8,6% y explicaron el 99,5% de los recursos totales de la provincia. Dentro de estos, los ingresos tributarios, es decir, aquellos derivados de impuestos retrocedieron con mayor fuerza (-10,2%), arrastrados principalmente por los impuestos provinciales, cuya baja llegó al 20,9%, mientras que los de origen nacional cayeron 4,4%. En conjunto, los recursos tributarios registraron una pérdida de $207.122 millones, equivalente al 96% del total de recursos que perdió la provincia durante el período.

También sufrieron bajas las contribuciones de la seguridad social (-13,6% y – $49.083 millones a precios actuales), los no tributarios (-0,3%) y las rentas de la propiedad (-66,7%); por el contrario, las transferencias corrientes crecieron 135,5% aportando un excedente de $ 48.249 millones, claramente insuficiente para torcer el resultado general. Por el lado de los ingresos de capital, explican solo el 0,5% del total y cayeron 3,3% interanual real, aportando una pérdida muy menor con relación a los otros componentes del gasto (pérdida de $ 368 millones a precios actuales).

Hecho este detalle, ¿cómo se explica entonces la fuerte baja de los ingresos provinciales? La respuesta es clara: la actividad económica. En los tributos provinciales, la caída se explicó casi en su totalidad por la menor recaudación de Ingresos Brutos, una de las más fuertes del país. En los recursos de origen nacional, el principal impacto vino por la coparticipación, fuertemente condicionada por el menor desempeño del IVA. En definitiva, el 96% de la pérdida de recursos de la provincia se concentró en estos dos conceptos, reflejando el desafiante escenario que enfrenta la caja provincial.

Ahora bien, si vemos el otro costado de la situación: ¿Cómo se administró la caída de los recursos? Mediante una redistribución del gasto público total, que cayó también pero en un nivel inferior al de los ingresos. La merma del gasto total fue del 6,4% real interanual, equivalente a un recorte del gasto público de $ 156.943 millones medido a precios de junio del corriente. 

El 94,5% del gasto misionero fueron erogaciones corrientes, que retrocedieron 6,9% (-$ 159.526 millones reales). Si bien la mayoría de sus componentes siguieron la tendencia a la baja, no fueron todos. El gasto en personal mermó 9,1% y explicó casi la mitad del recorte total de los gastos corrientes; los bienes de consumo cayeron en 3,6% y las prestaciones de la seguridad social -7,8%. Por su parte, las transferencias corrientes marcaron -7,0% aunque dentro de las mismas hay dispares desempeños: los envíos al sector privado crecen 10% pero al sector público caen 16,5%, en parte explicado por la caída en la coparticipación municipal (-17,4%) parcialmente compensada por mayores envíos corrientes a municipios fuera de la copa (+20,5%, aunque desde niveles muy bajos). 

Lo novedoso aparece en el gasto de capital. En un contexto de caída de ingresos, donde habitualmente la inversión es uno de los primeros componentes en ajustarse, Misiones tomó el camino inverso. El gasto de capital creció 2,1%, pero con una marcada recomposición interna.

La inversión real directa, lo que comúnmente llamamos obra pública (y que explica el 72% del gasto de capital total) creció en 53,7%, ampliando su gasto a nivel interanual en un equivalente a $ 31.272 millones a precios de hoy. Se trata de una suba de muy importante magnitud que cobra mayor relevancia por el contexto. 

Pero si el principal componente del gasto de capital creció más de 50%, ¿por qué el gasto de capital total aumentó apenas 2%? La explicación está en los restantes componentes: la inversión financiera cayó 48,4% y las transferencias de capital retrocedieron 34,9%. También aquí hubo diferencias significativas: los envíos al sector privado crecieron 29,5%, los fondos de capital destinados a municipios aumentaron 22,7%, mientras que las transferencias al resto del sector público desaparecieron en su totalidad.

¿Qué muestra, en definitiva, esta composición? Que el gasto de capital fue reorientado hacia la ejecución de obra pública, la asistencia financiera a los municipios para inversión y el apoyo al sector privado, mientras se redujeron los recursos destinados a otros organismos del Estado y la inversión financiera. La decisión parece haber sido concentrar los recursos disponibles en aquellos componentes con mayor capacidad de impacto sobre la dinámica económica interna.

Si se resume la estrategia fiscal del primer semestre, puede decirse que Misiones logró sostener el equilibrio no solamente mediante una reducción del gasto, sino también a través de una redistribución de sus partidas. El gasto corriente absorbió buena parte del ajuste, mientras que se preservó e incluso incrementó la inversión real directa. De haberse aplicado un ajuste uniforme sobre todos los componentes, el gasto total probablemente habría caído en línea con los ingresos o incluso por encima de ellos.

Misiones logró esa readecuación de sus cuentas aun sosteniendo el equilibrio fiscal, lo cual es destacable y cobra mayor relevancia al mirar al mediano plazo: el gasto de personal tuvo una merma significativa en este periodo, pero para el tercer trimestre tendrá otra dinámica dada la aplicación de la pauta salarial acordada. Así, el reordenamiento de las partidas priorizó primero la dinámica interna vía aumento de inversión pública para luego, con cierto margen fiscal, poder avanzar hacia el recupero de otros componentes del gasto corriente que requiere mejoras para dinamizar la actividad interna. 

El problema, sin embargo, está menos en el gasto que en los ingresos. La provincia puede decidir qué partidas priorizar, cuáles ajustar y cuáles sostener, pero existe un límite concreto para esa ingeniería fiscal cuando los recursos tributarios continúan cayendo.

El equilibrio fiscal conseguido por Misiones durante el primer semestre es, por lo tanto, más una muestra de capacidad de administración que de holgura fiscal. La provincia logró sostener las cuentas ordenadas en un escenario de menores recursos, pero lo hizo utilizando el margen disponible para preservar la inversión y contener el impacto sobre la actividad. El desafío hacia adelante será mucho mayor: si la economía y la recaudación no recuperan dinamismo, cada vez habrá menos espacio para sostener simultáneamente equilibrio fiscal, inversión pública y recuperación del gasto corriente. En épocas de vacas flacas, el verdadero desafío no es solamente gastar menos, sino decidir qué no se puede dejar de financiar.

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Dos velocidades: la economía que exporta y la economía que consume

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Hay una imagen que empieza a repetirse con demasiada frecuencia en la economía argentina: mientras algunos sectores alcanzan récords, otros siguen acumulando caídas. Misiones ofrece hoy uno de los ejemplos más claros de esta economía a dos velocidades y particularmente esta semana volvimos a ver, con datos, la manifestación de este escenario.

Por un lado, las exportaciones misioneras atraviesan un momento excepcional. Misiones viene marcando máximos históricos tanto en montos como en cantidades exportadas y sostiene su liderazgo dentro del NEA, con una estructura donde tienen un peso significativo las manufacturas y la agregación de valor. El perfil exportador misionero se diferencia fuertemente de las otras provincias de la región justamente por su agregado de valor, que redunda no solo en mayores cantidades sino también en mejores precios. Esto es la consecuencia de contar con un esquema económico mucho más fuerte en términos de productividad en comparación con otras provincias de la región. 

Sin embargo, del otro lado, el mercado interno muestra una realidad completamente diferente. Por caso, en junio las ventas en supermercados de Misiones cayeron 7,3% interanual en términos reales (la decimocuarta caída consecutiva) y acumularon una baja del 10,4% durante el primer semestre. La demanda interna es justamente lo que explica este fenómeno: el 63,6% de los empresarios relevados por INDEC dicen que el factor relevante de la baja de ventas es la falta de demanda interna, cuando hace tres meses ese número era del 57,3%. 

No se trata simplemente de dos datos que evolucionan en direcciones opuestas. Lo verdaderamente relevante es que la distancia entre ambos mundos parece ampliarse mes a mes. La economía que vende hacia afuera encuentra mercados, demanda y oportunidades de crecimiento. La economía que depende del bolsillo de los argentinos enfrenta, en cambio, un consumidor que sigue restringiendo sus compras. El resultado es una recuperación profundamente desigual, donde el crecimiento de determinados sectores no necesariamente se traduce en una mejora equivalente de la actividad cotidiana.

Esto tampoco es exclusivamente un fenómeno misionero, sino que es una característica cada vez más visible de la economía argentina. El sector externo puede mostrar una dinámica muy positiva mientras el consumo masivo, el comercio y buena parte de las actividades orientadas al mercado doméstico permanecen rezagados.

La diferencia está en la demanda. Exportar significa encontrar consumidores en otros mercados, mientras que el consumo interno depende de salarios, empleo, crédito, expectativas y capacidad de compra. Naturalmente, cuando esos factores no acompañan, la recuperación del frente externo puede convivir perfectamente con góndolas que venden menos. También esta misma semana, a la par que se conocieron récords de exportación, el INDEC informó que el salario del sector privado registrado cayó 3,0% interanual y -2,6% en el sector público, acumulando una baja desde que asumió Milei del -3,6% para el privado y del -16,5% para el público.

¿La merma de un lado invalida lo positivo del otro? Para nada. Lograr niveles récords exportadores es una excelente noticia debido no solo a que se genera divisas, sino que sostienen parte de la actividad productiva, abren mercados y muestran que existen sectores capaces de competir internacionalmente. El problema es que no alcanzan, por sí solos, para desarrollar una dinámica económica que incluya a todos en el tren del desarrollo. Dicho de otro modo: una provincia con alto perfil exportador es necesaria, pero no es suficiente. Al final del día lo que verdaderamente inquieta en términos de análisis económico es, en el marco de la economía heterogénea, responder a la pregunta de quiénes están creciendo y quiénes están quedando afuera, aunque la respuesta parecería ser obvia.

Aun en este contexto, podemos ser optimistas y optar por la filosofía de mirar el vaso medio lleno. En el costado del frente exportador, la ratificación misionera de su liderazgo en el NEA pero, más aún, su consolidación como provincia manufacturera es altamente relevante para comprender que, con los incentivos correctos, la matriz productiva misionera todavía tiene mucho para crecer y, en ese contexto, tiene mucho para dar en términos de empleo, remuneraciones y derrame sobre otras cadenas productivas. 

En relación con el consumo, aunque el dato general fue negativo, se pueden rescatar algunas cosas: en primer lugar, el consumo en productos de almacén creció 3,2%, revirtiendo la caída del mes anterior fue mayor al 10%. Esto es relevante dado que se trata de la canasta más voluminosa en el caso provincial y que está compuesta, mayoritariamente, de productos de primera necesidad. En segundo lugar, se destaca que las ventas de junio crecieron casi 6% comparado con mayo, lo cual es relevante pensando en una eventual recuperación y julio, con mayor impacto del pago de medio aguinaldo, podría continuar la tendencia. 

Así las cosas, el desafío entonces no pasa por elegir entre exportaciones o consumo interno, sino por lograr que ambas velocidades comiencen a converger. Los récords exportadores muestran que Misiones tiene capacidad productiva, competitividad y margen para crecer, mientras que la recuperación del consumo todavía aparece como la variable pendiente. Los primeros datos de junio y las señales de julio permiten mantener cierto optimismo, pero será necesario que la mejora del frente externo empiece a traducirse en mejores ingresos, más empleo y mayor demanda interna. 

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La inflación invisible: en el NEA los gastos fijos subieron 464% y le ganaron por 152 puntos al IPC

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Cuando se analiza la inflación en el país, hay muchas maneras de interpretarla en función, principalmente, del tiempo que miremos: un mes, un año, una década y también, contra qué o quién comparamos. El Gobierno de Javier Milei celebra que la suba de precios ha sido controlada, pero la realidad esconde matices que no coinciden con esa expresión de deseos. En la región del NEA tenemos una situación especial: en toda la era Milei (julio 2026 vs. noviembre de 2023) la región acumuló una inflación del 312,3%, la menor entre todas las regiones del país y también por debajo del 328,8% acumulado a nivel nacional. 

A primera vista, podría parecer una buena noticia, en términos relativos para los hogares de la región. Pero si reducimos la mirada al acumulado de este 2026 (julio vs. diciembre 2025), se da la situación inversa: el NEA tiene la más alta del país con 22,3%, por encima del 19,3% del nivel general nacional. 

Sin embargo, quedarse solamente con un número puede llevar a una conclusión equivocada porque, independiente del número que arroja el nivel general regional, la inflación no impacta de la misma manera sobre todos los hogares ni sobre todos los bienes y servicios

Cuando se desarma el índice y se observa qué componentes fueron los que más aumentaron, aparece una realidad más compleja y se advierte que en el NEA, los precios que más crecieron son precisamente aquellos que las familias tienen menos posibilidades de evitar o postergar.

Vamos a empezar con el análisis de largo plazo: el del acumulado de la era Milei. Como ya se dijo, el NEA arrastre un alza de precios del 312,3% entre noviembre 2023 y julio 2026; tomamos noviembre porque la inflación de diciembre 2023, cuando asumió el actual gobierno (y pese a quien le pese) está influenciada en su mayor porción por la devaluación de ese momento (es decir, es toda de Milei, más allá de la alta inflación que se venía teniendo meses atrás). 

Ahora bien, hacia dentro de índice, se configuran fuertes dispersiones: el caso más evidente es el de Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, componente que acumuló, en ese mismo período, una suba del 722,9%, 2,3 veces más que el aumento del nivel general de precios de la región. 

Dado que se trata de un concepto con baja posibilidad de no consumo (un hogar no puede elegir no pagar el alquiler o pagar las tarifas de luz, agua y gas) es entonces, por lejos, el principal factor que explica la distancia entre la inflación que muestra el índice y la inflación que efectivamente enfrenta buena parte de los hogares.

Ese dato no solo es malo para la región, sino que también lo es en perspectiva comparada: justamente el NEA tiene uno de los mayores incrementos en esa división de todo el país, pese a tener la más baja en el nivel general. A modo comparativo, en el total país el rubro de vivienda y servicios públicos creció acumulado 617,7%, en GBA 565,0%, en la Pampeana 636,2%, en NOA 713,8%, en Cuyo 636,2% y en la Patagonia 729,9%, siendo este última el más alto del país dejando al NEA en segundo lugar. Pero si miramos la dispersión de esa división respecto a los niveles generales de cada región, en el NEA está la mayor distancia: el rubro creció 2,3 por encima del nivel general, la mayor del país, superando al 2,2 de Patagonia y NOA. En otras palabras: la vivienda y los servicios públicos se encarecieron relativamente mucho más que en el resto del país

Mirar esta diferencia entre las velocidades de crecimiento de las divisiones respecto al nivel general nos marca el encarecimiento y/o abaratamiento relativo (los famosos precios relativos). En la era Milei, en el NEA se encarecieron relativamente Vivienda y Servicios Públicos, Salud, Transporte, Comunicación, Educación, Restaurantes y Hoteles y Bienes y servicios varios; en cambio, se abarataron relativamente los alimentos y bebidas, alcohol y tabaco, prendas de vestir y calzado, equipamiento y mantenimiento del hogar y Recreación y cultura. 

Acá vemos un importante escenario: los rubros que más se encarecieron son, mayoritariamente, los que más están presentes en el día a día de un hogar tipo como el alquiler, la luz, el agua, la garrafa de gas, los medicamentos, el transporte público, la nafta y el celular y wifi. En cambio, entre los que se abarataron relativamente son, en buena medida, aquellos sobre los que una familia puede tomar decisiones de consumo: indumentaria, equipamiento del hogar, recreación. 

Aquí la excepción en el caso de los alimentos: es una gran noticia que crezca por debajo del nivel general, ya que constituye un gasto fijo que, pese a que el hogar puede tomar decisiones de cantidades o de calidad, no puede reducir a cero el gasto en ese componente.

Esto que describimos genera una especie de ilusión estadística. El promedio general se modera porque algunos bienes pueden postergarse, reemplazarse o directamente dejar de comprarse. Una familia puede comprar menos ropa, renovar más tarde un electrodoméstico, reducir salidas o ajustar consumos. Pero hay gastos que no admiten el mismo margen de maniobra: pagar el alquiler, afrontar las tarifas, mantener determinados servicios o cubrir necesidades de salud y transporte.

Por eso, para entender qué ocurrió realmente con el poder adquisitivo en el NEA, mirar solamente el IPC general resulta insuficiente. Por eso, construimos el Índice de Gastos Fijos que reúne justamente aquellos componentes asociados a compromisos más difíciles de resignar para los hogares y allí aparece el dato central: mientras la inflación general, como decíamos antes, acumuló un alza en el NEA del 312,3% en la era Milei (la más baja del país), el gasto fijo de los hogares aumentó 464,3% (el segundo más alto del país). La diferencia entre uno y otro es de 152 puntos porcentuales y constituye la brecha más grande entre ambas mediciones entre todas las regiones del país. 

En términos relativos, el gasto fijo del NEA creció 48,7% más que su inflación general, frente a una diferencia del 27,1% para el total nacional.

Para graficarlo de manera más potente: supongamos que en noviembre de 2023 un trabajador ganaba $1 millón y llegó a julio de 2026 ganando $ 4.122.621. Eso le permitió empardar con la inflación general: técnicamente, no perdió poder adquisitivo frente al IPC. Sin embargo, si esa misma suba salarial se compara con la evolución del índice de gasto fijo, la historia cambia: en términos reales, ese trabajador perdió un 26,9% de capacidad de compra frente al conjunto de gastos ineludibles del hogar. Dicho de otro modo, aunque su salario haya empatado con la inflación general, una mayor proporción de sus ingresos debe destinarse a cubrir gastos que no puede postergar, reduciendo su ingreso disponible.

Esto nos permite llegar a la conclusión de que el NEA tuvo, acumulado entre noviembre 2023 y julio 2026, la inflación general más baja del país, pero eso no significa que haya tenido el menor impacto inflacionario sobre los hogares. De hecho, puede ocurrir exactamente lo contrario para una familia cuyo presupuesto está fuertemente concentrado en vivienda, tarifas y alimentos.

Si repasamos lo mismo, pero para el acumulado de este 2026, vemos que en este caso el NEA sí tiene la inflación más alta del país al tiempo que persisten los otros problemas. Mientras que el nivel general regional creció 22,3% en los primeros siete meses del año, el rubro de vivienda y servicios públicos lo hizo en 51,7% en la región, la más alta del país y con mucha distancia (2,3 vs. nivel general). Esto se agrava al observar que Alimentos creció también por encima del nivel general (23,2%, un punto porcentual por encima) dándole más presión a los hogares. 

En ese marco, ¿cómo queda el gasto fijo para este período? Mientras la inflación general NEA crece 22,3% en el año, el índice de gastos fijos regional crece en 38,9%, el más alto del país y por lejos, debido a que en ninguna otra región supera el 30%. Volviendo al ejemplo gráfico: si un trabajador tuvo una suba salarial igual a la inflación regional acumulada, aun así mermó 12% su capacidad para afrontar los gastos fijos del hogar; otra vez, el problema queda en el ingreso disponible.

Estas diferencias ayudan a entender por qué muchas veces existe una distancia tan grande entre los indicadores agregados y la realidad cotidiana de los hogares. El promedio estadístico puede mostrar una desaceleración o una menor inflación relativa, mientras que una familia siente que cada mes necesita una proporción mayor de sus ingresos solamente para sostener los gastos básicos. Acá aparece una cuestión particularmente relevante para una región como el NEA: el menor aumento de precios en determinados bienes de consumo puede estar asociado a una menor capacidad de los mercados regionales para trasladar aumentos a precios, producto de un menor poder adquisitivo y de estructuras comerciales diferentes a las de las regiones más concentradas, pero eso convive con una fuerte recomposición de tarifas y servicios que impacta directamente sobre los presupuestos familiares. 

En otras palabras, no todos los pesos que una familia deja de gastar en bienes postergables quedan disponibles para mejorar su calidad de vida. Muchas veces terminan siendo absorbidos por el aumento de aquellos gastos que no pueden evitarse.

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Menos ingresos, menos consumo y más deuda: la economía real en problemas

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Tal como publicó esta semana Economis en esta nota, los datos del mercado laboral de Posadas muestran una transformación que va mucho más allá de una simple variación en la cantidad de personas ocupadas. Los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) correspondientes al primer trimestre de 2026 revelan un deterioro simultáneo de la calidad del empleo, los ingresos y la capacidad de los hogares para sostener sus gastos. El dato más preocupante es que se está produciendo un desplazamiento acelerado desde el empleo asalariado hacia el cuentapropismo y, fundamentalmente, desde la formalidad hacia la informalidad.

Entre 2024 y 2026, la participación del cuentapropismo dentro de los ocupados de Posadas pasó del 24% al 29%, mientras que el trabajo asalariado retrocedió del 71% al 66%. En otras palabras, cada vez hay una mayor proporción de personas que trabaja por cuenta propia y una menor proporción que lo hace como asalariada. Este proceso no necesariamente implica que todo el cuentapropismo sea precario —aunque también crece en esa dirección—, pero cuando se lo observa junto con la evolución de la informalidad, el diagnóstico se vuelve mucho más claro.

La informalidad laboral alcanzó al 53% de los ocupados en el primer trimestre de 2026, frente al 43% registrado apenas un año antes. Es decir, en solo doce meses, la proporción de trabajadores informales aumentó 10 puntos porcentuales. El fenómeno no se explica solamente porque hayan desaparecido empleos formales: los ocupados formales se redujeron 12,9%, equivalente a unas 12.104 personas, mientras que los informales aumentaron 30,0%, incorporando unas 21.603 personas.

Esta combinación es especialmente significativa. El mercado laboral no solamente está perdiendo empleo formal, sino que una parte importante de quienes ingresan o permanecen ocupados lo hace bajo modalidades informales. En otras palabras, el mercado de trabajo está funcionando como una válvula de escape frente a la pérdida de capacidad para generar empleo de mayor calidad.

Esto puede estar asociado a varios factores que se retroalimentan. Por un lado, una menor demanda de trabajo formal por parte de empresas y comercios, en un contexto en el que muchas actividades enfrentan dificultades para sostener sus niveles de ventas y rentabilidad. Por otro, la necesidad de los propios trabajadores de generar rápidamente algún ingreso, aun cuando sea a través de actividades por cuenta propia, changas, trabajos ocasionales o empleos sin registración. Cuando el empleo asalariado formal no crece al ritmo de la necesidad de ingresos, el cuentapropismo y la informalidad se convierten en mecanismos de absorción.

El problema es que esta salida tiene un costo económico y social elevado: a mayor informalidad, menores ingresos y mayor vulnerabilidad. La evolución de los ingresos confirma que el deterioro no se limita a la composición del empleo. Al primer trimestre de 2026, el ingreso promedio de los trabajadores formales de Posadas cayó 8,7% real interanual, mientras que el de los informales retrocedió 2,5%. El dato puede parecer paradójico: los ingresos formales cayeron más que los informales. Sin embargo, esto no significa que la informalidad haya dejado de ser desventajosa. Por el contrario, la brecha continúa siendo muy importante. En promedio, un trabajador formal de Posadas percibe ingresos equivalentes a 2,1 veces los de un trabajador informal.

La diferencia es fundamental porque el empleo formal no solamente supone un ingreso monetario mayor. También implica acceso a cobertura de salud, aportes jubilatorios, licencias, protección frente al despido y, en muchos casos, mayor estabilidad. Por eso, cuando una economía reemplaza empleo formal por ocupaciones informales, la pérdida no puede medirse únicamente en pesos: también se deteriora la red de protección que acompaña al trabajador y a su hogar.

La situación del mercado laboral termina trasladándose directamente a los hogares. Y allí aparecen algunos de los indicadores más preocupantes. El 20% de los hogares de Posadas declara que, en el primer trimestre del año, debió utilizar ahorros para poder cubrir los gastos del hogar, mientras que el 46% debió realizar compras básicas en cuotas con tarjeta de crédito ante la falta de liquidez.

Estos datos muestran un cambio importante en la forma en que las familias enfrentan la pérdida de poder adquisitivo. Cuando los ingresos corrientes dejan de alcanzar, aparecen inicialmente mecanismos de ajuste: reducir consumos, postergar compras, cambiar marcas o eliminar gastos considerados prescindibles. Pero cuando ese margen se agota, surgen mecanismos de financiamiento: primero los ahorros y luego el crédito.

El problema es que esos mecanismos no son infinitos. Los datos de crédito del Banco Central muestran que la mora en Misiones alcanza al 18,7% y afecta a unas 142.000 personas, con un saldo en mora superior a 90 días de aproximadamente $293.000 millones. La situación es particularmente compleja en algunos segmentos del sistema financiero: la mora alcanza al 33,0% entre los clientes de empresas no financieras emisoras de tarjetas de crédito y llega al 50,3% entre quienes acceden a crédito a través de proveedores no financieros. También existe una fuerte diferencia generacional: la mora alcanza al 33,5% entre los jóvenes de hasta 25 años. Y, por género, es mayor entre los varones (19,8%) que entre las mujeres (17,2%).

Esto permite observar una segunda etapa del deterioro. Primero se deterioran los ingresos laborales; después, los hogares utilizan sus ahorros para sostener el consumo; luego recurren al crédito; finalmente, una parte creciente comienza a tener dificultades para pagar ese crédito. No se trata solamente de un problema financiero. La expansión de la mora puede terminar restringiendo el acceso futuro al crédito de las familias, encareciendo el financiamiento y profundizando las dificultades para sostener consumos básicos. En ese sentido, el endeudamiento puede convertirse en un mecanismo que amortigua el impacto de la caída de ingresos en el corto plazo, pero amplifica la vulnerabilidad en el mediano plazo.

Pero todo esto también afecta a la salud. En 2025, el 37% de las personas de Posadas no contaba con cobertura de obra social o prepaga. En 2026, esa proporción trepó al 42,5%. La explicación puede estar vinculada a distintos factores. La pérdida de empleos formales implica, en muchos casos, la pérdida de la cobertura asociada al trabajo registrado. Pero también puede existir otro fenómeno: hogares que, aun conservando determinados ingresos, dejan de pagar una prepaga o reducen gastos vinculados a la cobertura médica porque el presupuesto familiar ya no alcanza.

En cualquiera de los dos casos, el resultado es el mismo: una mayor cantidad de personas termina dependiendo exclusivamente del sistema público de salud. Esto genera una presión adicional sobre un sistema que ya enfrenta restricciones presupuestarias y de recursos. Por eso, el deterioro del mercado laboral no queda encerrado en las estadísticas de empleo: termina impactando también sobre la demanda de servicios públicos.

Los datos de Posadas permiten identificar un círculo que merece especial atención. Menos empleo formal implica menores ingresos y menor cobertura social. La pérdida de poder adquisitivo obliga a los hogares a reducir consumos y utilizar ahorros. Cuando los ahorros se agotan, aparece el financiamiento con tarjeta y otros mecanismos de crédito. A medida que aumenta el endeudamiento, también crece el riesgo de mora. Al mismo tiempo, la pérdida de cobertura de salud incrementa la presión sobre el sistema público y, en paralelo, quienes necesitan generar ingresos encuentran en el cuentapropismo y la informalidad una alternativa cada vez más extendida.

El problema es que esta dinámica puede volverse autorreforzada. Una economía con menor empleo formal genera menos ingresos estables; hogares con menor capacidad de consumo reducen la demanda; una demanda más débil dificulta la recuperación de determinadas actividades; y empresas y comercios con menor capacidad de generación de ingresos tienen menos incentivos o posibilidades para incorporar trabajadores formalmente.

En este contexto, los esfuerzos que puedan realizar los gobiernos local y provincial para sostener la actividad, acompañar a los sectores más afectados o contener el deterioro social resultan necesariamente insuficientes si el marco macroeconómico nacional continúa operando en sentido contrario. No hay política provincial que pueda compensar indefinidamente una estrategia económica que plancha el consumo, debilita el mercado interno, encarece el crédito y deteriora las condiciones de competitividad de las economías regionales.

El problema de fondo es que, mientras la política económica nacional se concentra en determinadas variables financieras y fiscales, la economía real muestra otra película: comercios que venden menos, empresas que demandan menos trabajo, trabajadores que pasan a la informalidad, familias que consumen sus ahorros y se endeudan para comprar lo básico. Si el objetivo es recuperar el empleo y mejorar las condiciones de vida, resulta imprescindible que la política económica vuelva a mirar esa economía real, porque ninguna estabilización será sostenible si se construye sobre el deterioro de quienes producen, trabajan y consumen.

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La industria sigue siendo central para el empleo, pero pierde escala en Misiones

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La industria manufacturera continúa siendo la principal empleadora formal de Misiones, pero los datos oficiales muestran que esa posición se sostiene sobre una base cada vez más reducida. Más allá de la estacionalidad propia de actividades como la yerba mate o el té, el empleo industrial exhibe una tendencia descendente que ya acumula tres años consecutivos y alcanza a la mayor parte del entramado productivo provincial.

Lejos de tratarse de un fenómeno aislado o concentrado en un puñado de actividades, la pérdida de puestos de trabajo atraviesa a buena parte de las cadenas industriales de la provincia. 

Al mismo tiempo, la elevada concentración del empleo en pocos rubros amplifica los riesgos: cualquier retroceso en la foresto-industria, la yerba o el té tiene efectos directos sobre la dinámica laboral de numerosas localidades del interior.

El problema, por lo tanto, no es que la industria haya dejado de ser relevante. Es exactamente el contrario: sigue siendo demasiado importante para Misiones como para naturalizar que año tras año funcione con menos trabajadores.

La industria misionera exhibe una caída que excede la estacionalidad. En enero de 2023, la industria manufacturera misionera registraba 20.287 trabajadores asegurados, según la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT). En julio de ese año alcanzó un pico de 21.741 puestos, coincidente con el período de mayor actividad de la cosecha y el procesamiento de yerba mate y té. 

Desde entonces, la tendencia fue mayormente descendente. En abril de 2026, último dato disponible, el sector contabilizó 18.895 trabajadores. Esto implica una pérdida de 2.846 puestos respecto del máximo de julio de 2023, equivalente a una contracción del 13,1%. 

Frente a abril de 2025, la reducción fue de 1.312 empleos, es decir, un 6,5%; y respecto de noviembre de 2023, el retroceso alcanza a 1.425 trabajadores (-7,0%).

Si se mira el dato en promedios anuales, el empleo industrial promedió 20.929 trabajadores en 2023, bajó a 20.234 en 2024 y volvió a reducirse hasta 19.765 en 2025. En los primeros cuatro meses de 2026, el promedio se ubicó en apenas 18.477 puestos. Esta distinción es importante porque la industria misionera presenta una estacionalidad marcada, pero esa estacionalidad puede explicar ciertos movimientos dentro del año, pero no la tendencia descendente que se consolida desde 2023

La foresto-industria muestra dos velocidades. La cadena forestal es uno de los principales pilares productivos de Misiones, aunque su comportamiento interno dista de ser uniforme. El aserrado y cepillado de madera nativa pasó de 1.923 trabajadores en noviembre de 2023 a 1.135 en abril de 2026. La pérdida de 788 puestos (-41,0%) constituye la mayor caída absoluta entre todos los rubros industriales relevados en la provincia. 

En sentido contrario, el aserrado y cepillado de madera implantada incrementó su dotación en 147 trabajadores (+5,0%) y alcanzó los 3.066 puestos. Con ese volumen se consolidó como la segunda actividad industrial con mayor empleo de Misiones. La fabricación de pasta de madera también mostró un desempeño positivo: sumó 61 trabajadores (+4,5%) y llegó a 1.416 puestos.

Estos resultados muestran que no existe una contracción homogénea de toda la actividad forestal. Sin embargo, el crecimiento de la madera cultivada y la pasta celulósica convive con fuertes retrocesos en otros eslabones. 

La fabricación de hojas de madera para enchapado perdió 206 puestos (-27,0%); la producción de muebles de madera, 64 (-37,0%); y la instalación de maquinaria y equipos industriales redujo su personal en 52 trabajadores (-41,0%). A su vez, la fabricación de carpintería metálica cayó a la mitad, con 95 empleos menos.

El dato relevante es que el deterioro se concentra, en buena medida, en actividades vinculadas con una mayor transformación del recurso. 

Mientras resisten o crecen algunos segmentos de base, retroceden rubros como muebles, enchapados y carpintería, que permiten agregar valor, diversificar la producción y generar más empleo por unidad procesada. 

Por eso, el balance de la cadena no puede considerarse favorable únicamente porque la madera implantada exhiba una evolución positiva.

En la yerba y el té se observa una estabilidad relativa sobre una base frágil. La elaboración de yerba mate es el principal rubro industrial de Misiones. En abril de 2026 empleaba a 3.816 trabajadores, alrededor de uno de cada cinco puestos manufactureros de la provincia. Si se compara esa cifra con noviembre de 2023, la dotación permaneció prácticamente estable (+0,3%), aunque en la comparación interanual (es decir, vs. abril 2025) perdió 255 empleos (-6,3%).

También aquí la estacionalidad obliga a interpretar los datos con cautela. El empleo yerbatero pasa de promedios de entre 3.607 y 3.671 trabajadores durante noviembre y diciembre a cerca de 4.903 en julio. Esa diferencia refleja el peso de la cosecha y la molienda sobre la demanda laboral. Pero la elevada amplitud estacional también expone la sensibilidad del sector: cualquier deterioro en el nivel de actividad, los precios o el consumo repercute rápidamente sobre miles de empleos temporarios y permanentes.

El té presenta una trayectoria más claramente contractiva. Con 1.691 trabajadores en abril de 2026, la preparación de hojas de té perdió 125 puestos desde noviembre de 2023 (-6,9%) y otro 3,2% frente al mismo mes de 2025. No es la caída más profunda del entramado industrial, pero sí una reducción sostenida en una de las actividades más relevantes de la provincia.

El tabaco aparece como una excepción. La elaboración de productos de tabaco pasó de 248 trabajadores en noviembre de 2023 a 654 en abril de 2026, un incremento del 164%. Sin embargo, se trata de un rubro de menor escala y con oscilaciones pronunciadas, por lo que su expansión no alcanza para modificar el diagnóstico general ni permite afirmar todavía que exista una tendencia consolidada de crecimiento.

Hay un deterioro extendido y, a la vez, concentrado. El cuadro no se agota en las principales economías regionales. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026, 57 de los 85 rubros industriales relevados en Misiones redujeron su dotación de personal, mientras que solo 23 la incrementaron. En la comparación interanual más reciente, 50 actividades registraron caídas y 31 mostraron aumentos.

La amplitud del retroceso permite descartar la idea de una crisis limitada a uno o dos sectores. La panadería industrial perdió 119 puestos desde noviembre de 2023 (-15,8%); la fabricación de calzado de otros materiales se redujo 94,3% y quedó con apenas 19 trabajadores; y otros rubros de escala media o pequeña también achicaron sus planteles. 

Hubo algunos pocos desempeños positivos (como la maquinaria agropecuaria y forestal o los envases de papel) pero parten de bases reducidas y no compensan las bajas de las actividades de mayor tamaño.

A la extensión del deterioro se suma un problema estructural: solo cinco rubros (yerba mate, aserrado de madera implantada, preparación de té, pasta de madera y aserrado de madera nativa) concentran el 58,9% del empleo industrial provincial mientras que los diez principales explican el 72,2% del total. Esa concentración otorga escala a cadenas históricas y profundamente arraigadas en la provincia, pero también limita la capacidad de amortiguar las crisis. Cuando una de ellas enfrenta problemas de demanda, costos, precios o competitividad, existen pocas actividades alternativas con suficiente tamaño como para absorber el impacto laboral. 

El desempeño provincial se inscribe en un escenario nacional igualmente adverso. Según la misma base de la SRT, la industria manufacturera argentina fue el sector que más empleo formal perdió en términos absolutos entre noviembre de 2023 y abril de 2026: 82.173 puestos menos. En ese período también dejaron de registrarse 3.617 empleadores industriales. La coincidencia entre la dinámica provincial y la nacional no elimina las particularidades de Misiones; por el contrario, las vuelve más relevantes. En la provincia, la industria no constituye una actividad más dentro de una estructura productiva, sino uno de los principales sostenes del empleo formal. Por eso, una contracción manufacturera de alcance nacional puede generar efectos económicos y laborales más profundos en la provincia.

El diagnóstico muestra una industria que conserva su centralidad, pero pierde escala. Esto se observa tanto en el descenso del empleo agregado como en la cantidad de rubros con menos trabajadores. Aunque existen excepciones positivas, todavía son insuficientes para revertir el resultado general.

El desafío para Misiones no pasa solamente por sostener a la yerba, el té o la foresto-industria (que sin duda, debe hacerlo), sino también por fortalecer los segmentos de mayor transformación y promover nuevas actividades capaces de ampliar la matriz productiva. La competitividad, el acceso al crédito, la infraestructura, la logística y la incorporación de tecnología son condiciones necesarias para que el sector recupere capacidad de inversión y generación de empleo. Pero más necesario aún es contar con una política económica nacional que acompañe a las economías regionales, en lugar de castigarlas.

En definitiva, que la industria continúe siendo el principal empleador formal de la provincia no debería ocultar el proceso de achicamiento que atraviesa. Misiones necesita preservar sus pilares productivos, pero también construir una base más amplia para que la próxima recuperación no dependa exclusivamente del comportamiento de los mismos sectores de siempre.

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