Camilo Furlan

Obsolescencia programada ¿Cuánto te afecta?

Compartí esta noticia !

Hoy, en el sistema educativo de Argentina, existen escasos medios que preparen realmente a los alumnos para el futuro inminente. En un 2025 signado por la decreciente tasa de retorno energético, dónde cada vez cuesta más y más extraer los pocos recursos que quedan en el planeta, lo normal es desconocer los procesos que nos llevaron a padecer la coyuntura que esto genera.

Los factores que nos llevaron a este punto son innumerables y casi infinitamente complejos. El que hoy nos convoca es uno de los más infravalorados: La obsolescencia programada es, en esencia, una herramienta que le permite a las empresas garantizar la sostenibilidad de su negocio limitando la vida útil de sus productos. Claro que, dicha sostenibilidad es, de mínima, cuestionable, debido a que, los recursos naturales necesarios para elaborar sus productos se acaban a un ritmo que aumenta a cada segundo.

Si el dinero “lo compra todo”: la felicidad, la paz, seguridad y placer ¿Por qué cuestionar las herramientas que sostienen al capitalismo? Es decir, es fácil deducir que, si se fabrica un producto y este fuera tan bueno que nadie necesite comprarlo más de una vez, llegará el día en que el mercado se acabe, llegará el día en que nadie vuelva a comprarlo. Por lo tanto, habrás generado un gran bien a la comunidad, pero no a la economía del fabricante, por lo tanto, su emprendimiento estaría condenado antes de empezar. ¿O no?

Para cuestionar esa afirmación, debemos volver un poco en el tiempo, alrededor de un siglo.

A pesar de que este fenómeno, que vemos reflejado en casi todo objeto que poseemos hoy en día, pareciera haber existido siempre, la verdad es que tiene apenas un siglo de historia. Entre la primera y segunda guerra mundial, la industria estadounidense quedó con exceso de capacidad: Europa no podía comprar tras la crisis del ’29 y el capital fijo ya estaba montado para producir en masa. La jugada fue convertir el hogar en mercado. Con la electrificación avanzando y los motores pequeños abaratados por el fordismo, se “miniaturizaron” funciones industriales y se las vendió como modernidad, higiene y estatus: aspiradoras, licuadoras, máquinas de coser, heladeras, entre muchos otros. La publicidad y el crédito al consumo hicieron el resto: No era solo vender aparatos, era fabricar la necesidad de tenerlos y renovarlos.

Para sostener el negocio en el tiempo se consolidaron dos llaves. La obsolescencia programada: limitar la vida útil o reparabilidad (piezas selladas, repuestos caros o escasos, estándares que cambian), con casos históricos como el cártel Phoebus que acortó la vida útil de las bombillas eléctricas o focos. Y la obsolescencia percibida: generar el estatus de “viejo” en algo que aún funciona, acelerando modas, colores y diseños, lanzando “nuevos modelos” con cambios cosméticos, creando ecosistemas y accesorios incompatibles, y campañas que asocian lo último con prestigio y eficiencia. Una te rompe el aparato; la otra te rompe la paciencia. Juntas, garantizan rotación constante, aunque la necesidad real no haya cambiado.

Pero ¿Cómo era antes?

Antes de las eficientes cadenas de montaje y la romantizacion del consumo, existía lo que hoy conocemos como artesanos. El prestigio de un artesano no está necesariamente en la cantidad que pueda producir, sino en la calidad de su trabajo: Si Fulano ve que el trabajo que hizo Mengano al transformar un árbol resistente en una mesa para su familia fue bueno, entonces se lo recomendará a Sultano y Mengano tendrá cada vez más clientes en su pueblo. El día que Mengano haga una mesa para cada uno de los hipotéticos 700 habitantes de su diminuto pueblo, habrán pasado tantos años que éstas, por más resistentes que sean, se habrán desgastado y necesitarán reposición. Pero claro, esto no es aplicable a escala, ni mucho menos a los ritmos y dinámicas que supone el actual modelo de consumo. Ni hablar de si ahora Fulano y Sultano decidieran hacerle competencia al artesano mediante tutoriales de YouTube.

Más allá de la simplificada explicación, en esencia, estos mecanismos de aprovechamiento de materia prima para su posterior transformación en objetos de corta vida útil, no habla de un problema más, sino del más crudo reflejo de la inconsciente avaricia del ser humano. Siendo que aun sabiendo los grandes empresarios y magnates que sus acciones harán imposible que su descendencia goce de sus mismos privilegios, continúan la depredación desmedida de recursos y energía. Esto es simple termodinámica. Entonces, su único propósito es su propio e individual beneficio, a costa de la vida del resto de la población.

Luego, por debajo, el otro 99% de la humanidad, consumiendo una y otra vez la idea de que somos todos el 1%, que somos reyes con potestad absoluta, porque podemos comer carne, porque nos bañamos con agua caliente, porque nos vestimos de tela traída de otro continente, sin entender que esas son comodidades mínimas (de las que ni siquiera goza todo ese 99%) en comparación con el despilfarro de la elite capitalista. Mientras sigamos consumiendo esta idea, tal y como si se tratara de una suscripción a un servicio de streaming o de internet, seguiremos siendo engranajes de la máquina come mundos, cuyo timón llevan personas que viven en un termo. 

Compartí esta noticia !

Vaquianos, revolucionarios del Antropoceno

Compartí esta noticia !

Hayas escuchado el término “baqueano” o no alguna vez, debes entender que es en la actual coyuntura de colapso civilizatorio, que las personas a las que se les atribuye este epíteto son hoy la vanguardia en términos de resiliencia y supervivencia. Pues éstos llevan consigo la cualidad de “superhéroes sin capa”. El porqué de esta afirmación y reconocimiento tiene importancia superlativa y por tanto es digna de subrayar en los debates sobre decrecimiento pacífico del mundo “cyberpunk” que conocemos.

La palabra “baqueano”, “baquiano” o “vaquiano” tiene su origen en la región de Cuyo que está conformada por las provincias de Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis. Allí, a principios del siglo XVII había personas casi exclusivamente dedicadas al arreo de ganados “vacunos” (de ahí la derivación epistemológica) que eran destacadas en su labor debido a su gran destreza para la realización de la misma. Además, al ser una región fronteriza con el país de Chile, tenían amplio conocimiento de los caminos y pasos andinos, por lo que eran recurridos a la hora de elegir el mejor momento y ruta para cruzar la cordillera. A lo largo del tiempo, este término se extendió al lunfardo popular sudamericano pasando a designar a personas con amplio dominio en una labor específica: “este tipo es un ‘baqueano’ en lo que hace”.

Sin embargo, este lunfardo fluye mucho más en las chacras y campos que en la ciudad. La evolución del adjetivo ha abarcado más factores a la hora de hablar de una persona “chacrera”, “chacarera”, “campera” o “gaucha”, para referirse también al dominio de la técnica para con la doma de animales, conocimiento climático y microclimático de su región, habilidades de supervivencia en su entorno nativo, inteligencia social, humildad, sencillez y satisfacción por las cosas simples, y la lista podría seguir y seguir. Este reconocimiento no se puede autoproclamar, sino que es atribuido por quienes saben reconocer dichas cualidades en ciertas personas clave.

Más allá de que normalmente los vaquianos están aislados de la ciudad y la cultura del sistema capitalista con sus muchos matices de tendencias transhumanistas y, por lo tanto, dañinos para el ser humano, ellos cuentan con cierta protección para con las influencias de dicho sistema. Es decir, cada vez que a su celular (si, creer que un vaquiano no puede tener un smartphone automáticamente le descarta a usted de ser una persona capaz de reconocer a un vaquiano de entre sus pares) le llega un vídeo cómico de carácter “shitpost”, este simplemente lo ignorará, para luego reírse de cómo una gallina se tropezó. Si se le ofrece comprar un mueble u otro, el no evaluará su estética, sino su funcionalidad, utilidad y reconciderará si realmente lo necesita. Este factor de cierta protección para con el consumismo posibilita la satisfacción no efímera y por tanto largoplacista para con lo que posee, las personas que conoce o lo que le sucede.

En un contexto de un muy eficientemente maquillado colapso de la sociedad, dónde los recursos para sostenerla se agotan y esto vuelve turbulentas las aguas del análisis, personas que hayan sido criadas en la simplicidad no solo son las que mejor sobrevivirán al derrumbe, sino que serán, y ya son, peligrosas y por tanto menospreciadas y discriminadas por un mal atribuido carácter de retrogradez. Sépase, que más allá de que se les rechace o no, ellos seguirán estando bien mientras el resto del mundo se extermina entre sí. Es, por tanto, este reconocimiento no necesariamente un favor hacia los vaquianos, sino la exposición de una necesidad de volvernos aprendices humildes ante su estilo de vida, si es que deseamos conservar la cordura o, simplemente, sobrevivir al proceso de transformación multilateral de nuestra especie en este planeta finito y nuestra, por tanto incoherente, infinita avaricia.

Si bien el origen de la palabra ha sido y es representada con una estética específica, ya saben, boina, alpargatas y pañuelo, etc. Es incorrecto convertir al vaquiano en un estereotipo. Pues, así como las características del portador de este título se ha vuelto difuso, llevándose a referir a alguien con destreza en cualquier labor, haber subrayado previamente a un campesino con smartphone no es casualidad. Esa persona, tenga un iPhone, un Lamborghini o toda la plata del mundo, seguirá siendo reconocida como un vaquiano si realmente lo es. Pues esta persona es un arquetipo y no un estereotipo. Estas tan singulares personas que describo en los párrafos anteriores, son el arquetipo de persona que sobrevivirá cuando la electricidad se apague, cuando el petróleo se acabe y cuando las empresas quiebren. El vaquiano es y será el único capaz de practicar y de contagiar resiliencia a sus pares, por lo tanto, será el único capaz de vencer al monstruo de nombres incontables que hoy se come al mundo. El vaquiano es hoy un revolucionario.

Compartí esta noticia !

La soberanía de un campesino

Compartí esta noticia !

¿Que hay sino más soberano que personas que llevan generaciones asentadas en un terreno produciendo sus propios alimentos de manera tan resiliente que sus hijos tengan las mismas o mejores condiciones de producción que sus padres?

Más allá del respeto implícito a los productores de alimentos que, en el caso de la provincia de Misiones, abarcan el 64% de comida consumida en dicha provincia, las familias campesinas merecen reconocimiento por la libertad que hoy ejercen en su asentamiento. A continuación se señalan algunas de las dimensiones en las que estos ejercen sus libertades.

Soberanía alimentaria: el campesino tiene a su disposición comida que él mismo produce y está en él la decisión de si producir con o sin venenos y, de no hacerlo, sabe que lo que come es sano. Tiene a su disposición las plantas alimenticias no convencionales (P.A.N.C) que correspondan a su localidad, lo cual le provee de alimentos sanos sin esfuerzo extra. su vínculo con los animales que cría para alimento es mucho más sano y mucho más eficiente en cuanto al respeto y cuidado que quienes se autoproclaman ecofriendly por comprar verduras transgénicas de latifundios de otro continente antes que comer carne. Ante los ojos de un chacarero, estas personas simplemente son ingenuas.

Soberanía de tiempo: Si bien el campesino se ve obligado en la mayoría de los casos a vender su fuerza de trabajo, éste está aislado del ruido y de los ritmos que impone la ciudad con sus alarmas “Morning Flower”. Si un día se siente cansado, va y se echa a dormir, sabiendo que al día siguiente estará mejor y podrá ser más eficaz en sus labores cotidianas. sus tiempos son los de sus plantas que espera pacientemente ver fructificar. Su preocupación es si este invierno caerá helada y no si hoy llegará tarde al trabajo y luego le echarán, porque él, aunque sin saberlo, es el sueño de todo joven emprendedor que anhela ser su propio jefe trabajando más duro. En contraste, el filosofo surcoreano Byung-Chul Han retrata las sociedades “exitosas” como la de su pais, que encabeza el ranking de vanguardia tecnológica, a la vez que ocupa el segundo lugar en el ranking de tasa de suicidio segun la OMS  «La aceleración actual tiene su causa en la incapacidad general para acabar y concluir. El tiempo aprieta porque nunca se acaba, nada concluye porque no se rige por ninguna gravitación», señala Han en “El aroma del tiempo”.

Soberanía de pensamiento: Es soberano de la influenciabilidad que propicia la sobreestimulación en la sociedad de consumo: Esto abarca desde estar parcialmente aislado de la cultura globalizada de las redes sociales, sus trends y memes (simplificando así su sentido de humor y satisfacción en general), hasta la estimulación que genera el marketing que funciona tanto en las vidrieras de los locales como en la propaganda pro-consumo de la industria cinematográfica, televisiva, radiofónica, etc. La parcialidad de este aislamiento radica en que si bien la mayoría de los campesinos tiene un smartphone, éstos no consumen el mismo contenido que alguien criado en la urbanidad, pues su educación en tanto a la relación con el éxito, el placer y el trabajo son distintas a la de alguien que vive en la ciudad.

Soberanía energética: Si desea ir a un lugar lejano, ensilla su caballo y sale temprano. Si desea arar la tierra para plantar encanga los bueyes y si desea hacerse su comida arrima unos tizos e inicia un fuego. En este sentido, las familias campesinas son la ventana al pasado a la vez que lo son hacia el futuro: Las familias que aún replican las técnicas tradicionales de producción agrícola aprendidas de sus antepasados, son la prueba de que la tecnología preindustrial (que fue ocultada por empresas que priorizan sus ganancias antes que la salud y bienestar de la gente) es clave para un tránsito funcional al decrecimiento.

Soberanía de oficios: El mismo aislamiento que le significa vivir en el campo o la chacra, provoca que no tenga a su disposición un herrero, un plomero o un electricista al que pueda pagar para que solucione sus problemas. Es por ello que cada campesino deberá encontrar la forma de aprender a resolver sus problemas, o, si le es posible, recurrir a sus escasos vecinos que, quizá, sepan un poco más que ellos del asunto, solo para que los mismos ahora también aprendan, para no molestar al vecino nuevamente.

Soberanía de seguridad: el aislamiento también lo aleja de las grandes masas de personas de la ciudad, dentro de las cuales hay algunas que querrán ir a robarle. En cambio, si se vive en el monte, uno tiene perros o gansos que le avisan ante la llegada de un extraño, a su vez que al extraño se le dificultará bastante encontrar la casa de este chacrero y decidirá ir a la ciudad. Como si esto fuera poco, los mismos vecinos del chacrero le avisarían de haber alguna persona o actividad fuera de lo común. Si un campesino se ve comprometido en su situación económica tiene más recursos para subsistir que si estuviera en la ciudad, por lo que es menos propicio a salir a robar por necesidad.

Nada más que un pequeño porcentaje de las familias campesinas de la región es soberana en todos los sentidos antes expuestos, debido a fenómenos como el éxodo rural o el desembarco de la cultura del consumo que éstos reciben a través de las redes sociales. Sin embargo, los hay quienes cumplen con la mayoría o inclusive todos los puntos. Esto implica que existen personas que merecen un especial reconocimiento por dicha cualidad de soberano que le convierten en vanguardia no solo técnica sinó de calidad humana y por tanto en ejemplo para todo el mundo.

Compartí esta noticia !

Relojes, sirenas y petróleo: quién decide tu tiempo

Compartí esta noticia !

Vivimos midiendo nuestras horas. ¿Cuántas trabajás? ¿Cuánto cobrás? ¿Qué hacés con el poco tiempo libre que te queda? El reloj organiza la vida moderna más que cualquier otra herramienta. No nació con el celular: primero fue la campana del monasterio, luego la sirena de la fábrica. Con el siglo del petróleo, esa prisa se convirtió en norma: todo ya, todo transportado a miles de kilómetros, todo mantenido con cadena de frío, todo embalado. Lo llamamos “eficiencia” y lo celebramos como si fuera libertad, pero en realidad es obediencia a un ritmo que no elegimos.

La promesa fue clara: la velocidad como sinónimo de progreso. A veces lo es; casi siempre es lo contrario, y nos lo venden como si fuera progreso. La aceleración abarata ciertos procesos, pero encarece la vida diaria: más transporte, más cadena de frío (refrigeración continua desde la cosecha hasta la góndola), más deuda de tiempo. Desarma vínculos, uniforma hábitos y desplaza costos hacia los territorios. La cuestión no es si la técnica sirve, sino a qué precio la ponemos a trabajar y quién lo paga.

La psicología también explica por qué este mandato de la prisa se siente inevitable. El llamado time reproduction effect muestra que cuando intentamos estimar y reproducir intervalos de tiempo, solemos equivocarnos de manera sistemática: sobreestimamos los lapsos cortos y subestimamos los largos. Nuestra percepción se acomoda hacia un promedio. Además, si estamos distraídos, los intervalos se sienten más largos. En otras palabras, no solo obedecemos al reloj externo, también nuestro “reloj interno” es moldeado por el contexto. Este sesgo subjetivo hace que la urgencia se perciba como natural: creemos que el tiempo nunca alcanza, cuando en verdad es el entorno el que manipula nuestra percepción.

Un ejemplo simple: una pieza de tornería en Misiones puede demorar meses. Para la lógica industrial, eso es ineficiencia. En realidad, muestra una economía de oficios con límites formativos y máquinas caras, pero también con la capacidad de reparar y sostener autonomía local. El tiempo del taller no compite con la línea de montaje: la complementa y nos protege de depender siempre de afuera.

En la verdulería pasa lo mismo. Encontrar fruta perfecta en cualquier estación exige transporte fósil, frío permanente y toneladas de plástico. Ese “milagro” borra emisiones, residuos y desperdicios de todo el trayecto, y estandariza sabores y calendarios. Cuando la prisa manda, el precio nunca incluye lo que cuesta recomponer un río o un suelo.

Esta cultura de la aceleración tiene historia. El reloj mecánico convirtió el tiempo en unidades abstractas y sincronizó la vida común. Taylor cronometró movimientos y controló segundos; Ford encadenó cuerpos a un flujo continuo con salarios altos y consumo masivo; Toyota afinó la sincronización con el just-in-time —un sistema que produce bajo pedido y con inventarios mínimos—. La promesa era producir más y mejor; el resultado fue fragilidad ante crisis, precariedad laboral y residuos crecientes.

La psicología también explica por qué este mandato de la prisa se siente inevitable. El llamado time reproduction effect muestra que cuando intentamos estimar y reproducir intervalos de tiempo, solemos equivocarnos de manera sistemática: sobreestimamos los lapsos cortos y subestimamos los largos. Nuestra percepción se acomoda hacia un promedio. Además, si estamos distraídos, los intervalos se sienten más largos. En otras palabras, no solo obedecemos al reloj externo, también nuestro “reloj interno” es moldeado por el contexto. Este sesgo subjetivo hace que la urgencia se perciba como natural: creemos que el tiempo nunca alcanza, cuando en verdad es el entorno el que manipula nuestra percepción.

Podemos anticipar las objeciones. Sí, la velocidad salva vidas en emergencias: nadie discute ambulancias ni medicamentos. Pero convertir todo en urgente vuelve ineficiente al propio sistema: sin prioridades, la energía se desperdicia y el estrés se convierte en norma. También se dice que la eficiencia baja costos y pobreza. Puede hacerlo; pero sin control de la demanda aparece el efecto rebote (cuando el ahorro por unidad dispara el consumo total): lo que se ahorra por unidad se pierde en volumen total y en presión ambiental. La única eficiencia seria es la que reconoce los costos ocultos y reparte beneficios de manera justa.

Este debate no es un sermón contra el movimiento, sino una discusión política sobre el ritmo. ¿Quién lo define, con qué criterios y para qué fines? El tiempo no es solo una variable técnica; es un bien común que determina cómo podemos vivir.

Desacelerar no es nostalgia ni romanticismo anti-tecnológico. Es recuperar control sobre el reloj para alinear producción, bienestar y límites ecológicos. La pregunta incómoda sigue siendo: ¿para qué y para quién corremos? Si la respuesta es “para sostener una logística que reparte daños y concentra beneficios”, entonces la prisa es un lujo caro que pagamos con selvas, ríos y cuerpos.

No se trata de ir lento por convicción ideológica: se trata de avanzar a la velocidad que cuida el territorio y el tiempo de la gente.

Compartí esta noticia !

El glifosato se prohíbe solo (por precio)

Compartí esta noticia !

Sesenta señores hablan como si representaran a 26.000 familias campesinas. El bidón ya es impagable para el pequeño productor. La prohibición limita la fumigación a gran escala; abajo, la transición avanza por necesidad. En el medio, nombres, números y un proyecto: Pan sin veneno.

Hoy sería raro que, al preguntarle a alguien por la calle si sabe que los alimentos de su mesa tienen agrotóxicos, microplásticos o metales pesados, dijera que no. Ha habido y hay tantas campañas de concientización que prácticamente todo el mundo sabe lo que pasa, pero normalmente se siente sin margen para actuar o se limita a denunciar. Algo similar ocurre a pocos kilómetros de su heladera, en el campo, donde el pequeño productor sabe que lo que aplica en los cultivos afecta al consumidor, a él mismo y a su ecosistema. Sin embargo, aunque no desconoce las consecuencias de los agrotóxicos, queda limitado por la aparente falta de alternativas rentables. Esta es la postal del día a día del campesinado misionero.

¿Para qué protegerse tanto si después lo vas a esparcir en el aire? Se suelen atribuir las aberraciones del uso de herbicidas, fungicidas e insecticidas a la falta de protección de quienes los aplican. Pocos usan el equipo completo: dificulta el manejo y baja la eficacia. Pero incluso quienes sí lo usan saben que esos compuestos terminarán en su comida, en la tierra donde crecerán sus hijos y en el mismo aire que respiran. Entonces, ¿por qué lo siguen usando? ¿Por qué no buscan alternativas?

La respuesta más común es: “porque no hay opción”, “esta forma de agricultura es la que alimenta al mundo”. Esa postura afirma que, aun conociendo los daños, no habría alternativa. No compro.

Recientemente, en la Confederación Económica de Misiones (CEM), sesenta señores —técnicos, directivos PyME y cuadros de organismos— se arrogaron representar a las 26.000 familias campesinas que hay en Misiones para sostener que sin glifosato no se produce. No corresponde pedirle al campesinado que invente “la salida”: ese es el trabajo de quienes cobran por estudiar, ensayar y regular (INTA, SENASA y equipos técnicos que definen reglas y certificaciones). Mientras tanto, ocurre algo que casi no se dice: la transición ya avanza, pero no por una iluminación colectiva, sino porque los precios de glifosato, herbicidas, insecticidas y fungicidas se volvieron prohibitivos. En los hechos, el glifosato “se prohíbe solo” por precio. ¿Quiénes sí pueden pagarlo? Justamente esos sesenta. ¿Quiénes no pueden? Los que ya le están buscando la vuelta desde abajo, por necesidad y sin micrófonos. En este marco, la prohibición provincial y su prórroga por cinco años cumplen otra función: imponen un límite a la fumigación a gran escala; para el pequeño productor, en cambio, cambia poco porque el bidón ya era impagable.

El costo humano tiene nombres y números. Desde 1987, el cirujano infantil Hugo Gómez Demaio —Hospital de Pediatría de Posadas— registró picos de malformaciones del tubo neural y expuso señales de genotoxicidad asociadas a exposiciones crónicas en zonas rurales. En su servicio, estimó 0,5% de nacidos con mielomeningocele (5 por cada 1.000) y denunció, en Colonia Alicia, que el 86,6% de niños menores de dos años presentaba alteraciones del desarrollo en pruebas cognitivas simples; además, habló de alrededor de 60 nacimientos con malformaciones por año en Misiones. No son números cómodos.

Mirando la región, Chile: la organización de consumidores ODECU empuja una demanda colectiva contra Bayer/Monsanto por casos de cáncer asociados a Roundup, reclamando compensación por persona afectada. Mientras allá discuten reparación, acá todavía hay quien insiste en que el problema “no existe”. La comparación sola ya incomoda, y bien.

El costo humano también tiene rostros: Fabián Tomasi, banderillero de aviones fumigadores en Basavilbaso, símbolo del daño por exposición, fallecido en 2018; y Matías Sebastián Vázquez, de Aristóbulo del Valle, que atravesó una leucemia y hoy milita para visibilizar los riesgos en su comunidad. No son anécdotas: son señales que piden un cambio de rumbo.

Pan sin veneno. En Misiones ya se prueba otra lógica: trigo agroecológico (no transgénico) sembrado por productores locales, en suelo y clima misioneros, con acompañamiento técnico. Ya hubo pan elaborado con esa harina y este año el programa creció: semilla agroecológica distribuida, productores sumándose en distintos departamentos, primeras espigas en el campo y cosecha a la vista. No es consigna: es trabajo, acuerdos y trazabilidad.

Progreso y atraso. Se llenan la boca con “progreso”, pero aferrarse al glifosato es atraso. El futuro está más cerca de lo que sabían nuestros abuelos: suelos vivos, abonos orgánicos, rotar, cubrir, carpir… y hasta lo sencillo de aprovechar la ceniza de la cocina para proteger de plagas.  Para muchos pequeños productores, eso ya cierra mejor la cuenta que perseguir un insumo que no pueden pagar y que, cuando se paga, deja deuda en el cuerpo y en la cuenca.

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin