Camilo Furlan

Brainrot: ¿Se nos está friendo el cerebro con tanto meme?

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En el lenguaje digital, el término brainrot—que literalmente significa “cerebro podrido”—se utiliza para describir ese estado en el que nuestra mente se siente saturada tras horas de contenido trivial: memes absurdos, videos de gatitos haciendo de las suyas y challenges sin sentido. No se trata solo de un chiste entre internautas; en 2024, el Diccionario Oxford lo eligió como “Palabra del Año”, reflejando una creciente inquietud por el efecto que el consumo acelerado de contenido superficial podría tener en nuestro pensamiento y concentración.

Las redes sociales como TikTok, Instagram y Twitter están diseñadas para captar nuestra atención con estímulos breves y visualmente intensos. Un ejemplo claro es Cocomelon, una serie infantil en la que cada escena dura menos de tres segundos y se destacan colores llamativos. Esa “alimentación” constante de datos hace que nuestro cerebro se acostumbre a recibir información en trozos diminutos, lo que puede afectar nuestra capacidad para profundizar, concentrarnos o retener lo aprendido. Como si nuestro cerebro fuera un smartphone que necesita reiniciarse de vez en cuando, a veces no se da cuenta de que está trabajando en modo “app multitarea”.

¿Qué dice la ciencia?

Diversas investigaciones han empezado a arrojar luz sobre estos efectos. Por ejemplo, el estudio de Ophir, Nass y Wagner (2009) comparó a usuarios que realizaban multitarea digital con aquellos que se enfocaban en una sola actividad. Los resultados indicaron que los multitaskers obtenían entre un 8% y un 12% menos en tareas de memoria operativa y atención focalizada. Algunos autores incluso han sugerido que en condiciones de alta sobrecarga digital, se podría observar una reducción temporal de 3 a 5 puntos en pruebas de coeficiente intelectual, aunque estos cambios son reversibles con mejores hábitos digitales.

Asimismo, Rosen et al. (2013) midieron la atención en estudiantes y hallaron que, al ser interrumpidos constantemente por notificaciones o cambios de tarea, su capacidad de concentración se reducía hasta en un 20%. Esto significa que, en pruebas de atención sostenida, el rendimiento se ve significativamente mermado cuando el flujo digital interfiere con la actividad cerebral. Estos datos demuestran que el consumo desenfrenado de estímulos fragmentados tiene efectos medibles en funciones cognitivas esenciales.

¿Estamos exagerando?

Sin embargo, no todo es tan alarmista. Hay quienes sostienen que la crítica al brainrot es, en parte, un reflejo de la habitual frustración generacional. Cada época ha tenido sus temores: Sócrates temía que la escritura debilitara la memoria, y hoy algunos adultos ven en TikTok una amenaza similar. Además, el uso irónico del término entre los jóvenes revela que, más que diagnosticar un daño real, se trata de una forma de autocrítica y humor: es como cuando tu smartphone te recuerda que tiene pocas baterías; una advertencia que, si bien es real, invita a actualizar el software (o en nuestro caso, nuestros hábitos).

La discusión se nutre también de la dificultad de estudiar fenómenos tan efímeros como el shitpost o el brainrot. Estos términos emergen y se transforman a la velocidad de un meme viral, lo que dificulta que la ciencia los aborde con métodos tradicionales. De hecho, es probable que para cuando se publiquen estudios rigurosos sobre estos fenómenos, la jerga haya cambiado y nuevas formas de consumo digital hayan tomado su lugar.

Reflexión crítica

Si bien la evidencia sugiere que el consumo excesivo y fragmentado de contenido digital puede afectar la atención, la memoria y otras funciones cognitivas, es importante no caer en un alarmismo sin matices. La reducción en los resultados de pruebas—entre un 8 y un 12% en ciertas funciones y hasta un 20% en atención sostenida—es preocupante, pero tampoco significa que estemos irremediablemente condenados a tener “cerebros podridos”. Además, el uso de términos como brainrot tiene también un componente irónico e identificador, propio de la cultura juvenil, que no pretende ser un diagnóstico clínico.

La clave está en reconocer los riesgos sin demonizar la tecnología. Así como no se prohíbe el café por tener cafeína, tampoco deberíamos rechazar la tecnología, sino aprender a integrarla de forma saludable. En esencia, el debate sobre el brainrot refleja un conflicto generacional recurrente, en el que los mayores critican lo nuevo sin reconocer que cada época tiene sus propios desafíos y ventajas.

Propuestas para un consumo digital equilibrado

Para aprovechar lo mejor del mundo digital sin sucumbir a la sobrecarga, se pueden implementar varias estrategias:

  • Educación digital crítica: Enseñar desde temprana edad a diferenciar entre contenido de calidad y trivial, y a entender cómo funcionan los algoritmos que controlan lo que vemos.
  • Límites y desconexión: Establecer horarios libres de dispositivos—como una “hora sin móvil” por la noche—y fomentar actividades offline como leer, hacer ejercicio o practicar hobbies creativos.
  • Diseño responsable: Incentivar a plataformas digitales a ofrecer recordatorios de pausa, limitar la reproducción automática y promover contenidos que inviten a la reflexión.
  • Diálogo intergeneracional: Fomentar charlas entre jóvenes y adultos sobre hábitos digitales, para evitar malentendidos y encontrar juntos un equilibrio saludable.

Con estas medidas, podemos disfrutar de las ventajas de la tecnología sin que nuestro cerebro se quede en modo “memefónico”. La idea es evolucionar nuestra relación con lo digital, aprovechando las oportunidades que ofrece sin perder la capacidad de concentración y reflexión que nos hace humanos.

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Los costes energéticos de las imágenes -Ghibli- en tendencia

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Tras el “boom” de las imágenes estilo Estudio Ghibli generadas por la inteligencia artificial de OpenAI “ChatGPT”, se han erguido opiniones tanto positivas como negativas, yendo desde la fascinación por el salto cualitativo en generación de imagen por I.A hasta denuncias por plagio y uso excesivo de recursos como la electricidad y el agua en el proceso de elaboración de las imágenes.

La novedad, o bien el salto que logró la empresa, no yace en haber conseguido una mejoría significativa en la calidad de imágenes que es capaz de generar, sino en la facilidad con la que estas pueden ser creadas. Antes debias de especificar cada detalle deseado en la imagen que fueras a crear con la I.A a través de lo que se conoce como “Prompt”, creando así incluso carreras académicas como la ingeniería en prompts, ya que elaborar estos mensajes de forma correcta era la única manera de obtener buenos resultados con la I.A en general. Hoy, basta con que promptees “hace una imagen en la que aparezca Donald Trump tomando mate al estilo estudios ghibli” para que la respuesta sea más que satisfactoria.

El dilema aparece si nos sumergimos un poco más en ¿Cuál es el costo energético de hacer una imagen? Si bien es posible crearlas de forma gratuita, se debe aclarar que crear una imagen a través de estos sistemas requiere inmensas cantidades de cómputos complejos, pues recordemos que, en última instancia, todo lo informático son “ceros y unos” o “encendidos y apagados de millones de circuitos a la vez”. Se estima que para generar una imagen de I.A son necesarios al menos tres kilovatios/hora de electricidad, lo que equivale a encender un foco led durante tres horas o cargar un teléfono celular al 50%. Así mismo, debido al calentamiento de las placas al procesar tantos parámetros, se requiere de refrigeración, la cual es llevada a cabo mediante el uso de agua potable, exactamente entre 5 y 50 litros por imagen generada.

Sam Altman, CEO de OpenAI, tuiteó lo siguiente en respuesta a las críticas por el derroche energético de su empresa: “Me encanta especialmente cuando el grupo anti-IA inventa cosas sobre nuestro uso de agua mientras come una hamburguesa”. Entonces ¿Cuánto cuesta hacer una hamburguesa de 150g? Pues se estima que, en términos de electricidad equivale a unas 6.000 imágenes generadas por I.A, mientras que, en términos de agua, equivale a no menos de 60.000 imágenes “estudio ghibli”. Pero eso no es todo, veamos qué pasa si escalamos el uso de la herramienta de OpenAI de forma anual, teniendo en cuenta que actualmente se pueden generar 3 imágenes por día en la versión gratuita.

Generar tres imágenes diarias con inteligencia artificial (1.095 al año) consume entre 5.475 y 54.750 litros de agua y unos 3 kWh de electricidad anuales. En comparación, una hamburguesa diaria requiere aproximadamente 876.000 litros de agua al año, entre 16 y 160 veces más que el agua necesaria para generar esas imágenes, y hasta 7.300 kWh, casi dos millones de veces más energía. Un jean, considerando su uso durante dos años, consume anualmente entre 1.900 y 5.000 litros de agua, entre 0,3 y 0,9 veces lo que implican las imágenes, y hasta 12,5 kWh, es decir, hasta 4.000 veces más. Una remera anual requiere unos 2.700 litros, aproximadamente entre 0,05 y 0,5 veces el consumo anual de las imágenes, y unos 2,1 kWh, alrededor de 700 veces más energía. Un smartphone con vida útil de tres años implica anualmente 333 litros, entre 0,006 y 0,06 veces lo que requiere generar imágenes, y 23 kWh, hasta unas 7.600 veces más. Finalmente, producir un kilo de chocolate demanda 17.000 litros, entre 0,3 y 3 veces el consumo anual de imágenes, y 30 kWh, unas 10.000 veces más energía. Aunque generar imágenes con IA conlleva impactos ambientales, estos resultan considerablemente menores que los asociados a muchos productos cotidianos físicos.

Estos datos no Justifican a OpenAI, en última instancia es más importante comer y vestirse que ver a Donald Trump tomando mate, pero si nos hablan de que el problema del consumo excesivo de recursos vitales para uso “lúdico” es un problema serio. Más allá de eso, estos datos nos hablan, no de la creación de bienes esenciales, sino de productos que se volvieron de consumo habitual debido a la industrialización de necesidades básicas y mediante el impulso de la propaganda. Es decir, no necesitamos comer chocolate ni hamburguesas para no pasar hambre, no necesitamos vestir de jeans para estar abrigados, no necesitamos de los smartphones para ser seres sociales funcionales y no necesitamos de las colmenas de cemento para tener un refugio.

Es clave entender que vivimos en un sistema que hace caro comer sano, vestirnos de forma digna y vivir en paz. Entonces, si bien Sam Altman intenta eximirse comparando su industria, él sabe que no es ningún santo.

En resumen, si bien no está mal criticar el derroche energético de OpenAI, es responsabilidad de dicho crítico entender al sistema en su conjunto como un derroche injusto de bienes como el agua o la energía. Asimismo, una postura como la decrecentista nos haría entender que debemos usar la tecnología que poseemos para combatir de manera equivalente al sistema que hoy lleva a la extinción del ser humano. En última instancia, la portada de este artículo costó quizás 50 litros de agua potable, por tanto espero haya valido lo que dicho artículo intenta comunicar.

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El título que me falta

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Ayer me crucé con mis excompañeros de trabajo en una despensa del pueblo. Mientras charlábamos para ponernos al día, me preguntaron cómo iban mis proyectos y yo como iba su trabajo. Pero hubo un comentario en particular que me quedó dando vueltas y me impulsó a escribir este artículo:

“Tendrías que terminar tus estudios, así podés seguir trabajando con nosotros. Tenemos demasiado trabajo en la semana y los salarios no alcanzan para mucho.”

A principios del año 2024 fui invitado a trabajar como profesor, algo que me sorprendió porque no cuento con título secundario y ese, según creía yo, era un requisito excluyente. A inicios del año 2025 hubo cambios estructurales en el lugar donde trabajaba, lo cual convirtió al título en un requisito obligatorio. Al principio intenté rendir mi materia pendiente para alcanzar mi título y poder abrir legajo, pero un cambio administrativo en mi colegio secundario hizo que no solo me faltara una materia, sino un año entero de cursado. Esto hizo que me cuestionara seriamente si valía la pena hacer sexto año de secundaria con mis casi 20 años, y poco a poco fui perdiendo el interés. Comencé proyectos propios, tuve tiempo tanto para el ocio como para trabajar duro, y con los meses, haber tomado distancia del trabajo formal me hizo replantear cuestiones estructurales sobre cómo nos relacionamos como sociedad con el trabajo, los títulos y la administración de nuestro tiempo de vida.

Pepe Mujica una vez dijo: “Inventamos una montaña de consumos superfluos, que hay que tirar y hay que vivir comprando y tirando. Y lo que estamos gastando es tiempo de VIDA. Porque cuando comprás algo, no lo comprás con plata sino con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata. Pero con esta diferencia… la única cosa que no se puede comprar es la VIDA. La VIDA se gasta. Y es miserable gastar la VIDA para perder la LIBERTAD.”

Esta mañana llegó a mi cabeza esa frase del, según Google, “agricultor y expresidente de Uruguay”, mientras arreglaba mi camioneta. Pensé: “Si siguiera en mi trabajo, estaría cuatro horas al día en un lugar que no es mi casa, trabajando para hacer dinero y poder pagarle a alguien que arregle mi camioneta porque yo no tendría tiempo.” Actualmente aún tengo un trabajo, que es escribir el artículo que estás leyendo, el cual se publica una vez a la semana. Lo que gano lo uso para levantar mi futura casa y para replicar y difundir el proyecto “Auto a basura” del Ing. Edmundo Ramos. No estoy en contra del trabajo ni mucho menos de la educación, sino del sistema que transformó al trabajo y a la educación en medios que, disfrazados de libertad, terminan explotando a las personas.

Si hoy perdiera también este trabajo, elegiría mil veces seguir mi camino sin resignar mi ignorancia—perdón, mi falta de títulos. Y antes que volver a insertarme en el sistema educativo tradicional, tomaría una montaña de libros y después de leerlos los usaría para crear un nuevo sistema educativo. Y si no funciona, al menos lo habré intentado.

La estupidización acelerada que estamos viviendo me recuerda esta frase de Charles Darwin: “La progresiva degeneración de la especie humana se percibe claramente en que cada vez nos engañan personas con menos talento.”

En una modernidad llena de problemas, es difícil comunicar algo que emerja de entre ellos como algo distinto. Mi generación tiene cientos de problemas económicos, mentales, físicos y espirituales, y quizás a la siguiente le toquen cosas peores. Pero también tenemos el increíble superpoder de las redes sociales y su “libertad de expresión”, que censura las bombas cayendo pero enaltece a quienes las lanzan. Sin embargo, estas mismas redes son una excelente y eficiente herramienta del sistema que nos permiten combatirlo sin violencia, porque si buscamos crear algo distinto, no puede ser con sus mismas balas, pero sí con sus algoritmos.

Necesitamos ser inteligentes, leer mucho, porque es necesario entender historia, geopolítica, economía, ciencias exactas y psicología para ser capaces al menos de ver lo que está pasando y desde ahí hacer lo que dijo Einstein: “Quien tiene el privilegio de saber, tiene la obligación de actuar.” Personalmente me declaro ignorante, considero que debo leer mas, al menos veinte minutos al día que es mucho menos de lo que paso scrolleando.

Cierro con la frase del movimiento Orgullo Loco: “Necesitamos cambiar el mundo, no que nos mediquen para soportarlo”, que aboga por una transformación del sistema de salud mental y denuncia la medicalización excesiva como respuesta al malestar psíquico.

En calles y pantallas saturadas de ruido y luces, no podemos abandonar al ser humano, con sus alegrías, creatividad, esperanza y valentía. Es nuestra responsabilidad resistir frente a todo aquello que intente arrebatarnos estas virtudes. Quizás podamos grabarnos leyendo un libro durante esos 15 minutos que permite Instagram. Puede que mis ideas no merezcan un Nobel ni que mi talento alcance un Grammy, pero sí tengo un sueño: que estas líneas signifiquen algo para alguien con ese talento y que ese alguien logre transformar el mundo para mejor, y no lo empeore aún más.

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Adolescencia 

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Netflix nos lanza a una historia que incomoda porque no tiene respuestas, solo preguntas incómodas.

El pasado 13 de marzo se estrenó en Netflix la miniserie británica Adolescence (Adolescencia), que se volvió viral en cuestión de días. Cautivó a la audiencia global no solo por la interpretación cruda e inquietante de su joven protagonista, de apenas 13 años, sino también por el tema que plantea, incómodo y urgente, en torno a uno de los grandes tabúes contemporáneos.

La premisa es sencilla: Adolescence narra la vida de Jamie (Owen Cooper), un chico de 13 años arrestado tras ser acusado del asesinato de una compañera de su escuela. La serie impacta desde el primer momento no solo por su trama, sino por sus técnicas cinematográficas. Cada capítulo está rodado en un único plano secuencia, lo que genera una experiencia inmersiva y casi asfixiante. No hay cortes, no hay escapatoria: somos arrastrados al mundo de Jamie como si estuviéramos ahí, encerrados con él en esa realidad que se vuelve cada vez más tensa, más hostil.

A partir del segundo capítulo, la serie se mete de lleno en el entorno del aparente victimario. Vemos, en carne viva, el caos cotidiano en las escuelas públicas británicas y en el reformatorio donde Jamie espera su juicio. La violencia —verbal, física, simbólica— se respira en cada pasillo. Los vínculos entre estudiantes y docentes están marcados por el abandono, la frustración y la desconfianza. Ahí, entre gritos y empujones, se va moldeando el personaje de Jamie: un joven que, pese a su apariencia infantil, carga con una agresividad explosiva, casi inexplicable.

En el capítulo final, sin juicios morales explícitos ni certezas judiciales, la serie nos empuja a mirar más allá del caso. No se confirma si Jamie es culpable o no. Eso pasa a segundo plano. Lo que importa es lo que representa: un chico como cualquier otro, que podría ser tu hijo, tu hermano o tu amigo. Y sin embargo, está ahí, frente a una acusación terrible. La madre de Jamie, en una escena clave, le dice al padre: “Los criamos a ambos por igual”, en referencia a su hija, aparentemente más estable. ¿Qué falló entonces?

Lo inquietante de la serie no es solo la violencia explícita, sino la normalidad con la que está rodeada. La familia Miller no es disfuncional, el hogar no es un infierno; no hay golpes, ni gritos, ni abandono, todo parece dentro de lo aceptable. Quizás incluso mejor que el entorno de otros chicos. Y sin embargo, algo explotó. Adolescence no nos da respuestas fáciles. Más bien nos deja una pregunta clavada como astilla: ¿Jamie es una excepción trágica o un síntoma de una sociedad entera que está criando a sus hijos al borde del abismo?

La miniserie de Jack Thorne y Stephen Graham y dirigida por Philip Barantini incomoda porque no nos deja refugiarnos en problemas superficiales. No hay villanos claros ni familias rotas que justifiquen el horror. Lo que muestra es mucho más perturbador: un entramado social que educa en la indiferencia, en la hostilidad cotidiana, en el ejercicio de la fuerza como única forma de vínculo. Jamie no es un monstruo, pero tampoco es inocente. Es el resultado de un sistema que falla desde todos sus frentes: el educativo, el afectivo, el institucional y el cultural.

También resuena, inevitablemente, con nuestra propia realidad. ¿Qué pasa en nuestras escuelas, nuestras casas, nuestras calles? ¿Cuántos Jamie hay caminando entre nosotros, formados por contextos que nunca los escucharon, que los ridiculizaron por llorar, que los empujaron a la competencia antes que a la cooperación? La serie no es una advertencia futurista, es un espejo. Uno que, si nos animamos a mirarlo sin parpadear, nos devuelve la imagen de una generación al borde del colapso emocional, creciendo entre pantallas, discursos de odio y una total falta de sentido.

Al final, Adolescence no busca cerrar una historia, sino abrir una herida. Y esa es su mayor virtud. Nos arrastra a ese dolor adolescente que todos preferimos ignorar, porque nos obliga a repensar qué clase de adultos estamos siendo. No es Jamie el que debería estar solo en el banquillo. Es toda una sociedad la que debería reconocerse corrompida. 

En palabras del mismísimo Stephen Graham, durante una entrevista realizada por Rolo Gallego a él y a Owen: “Se necesita un pueblo para criar a un niño”, citando un proverbio de origen africano.

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Bahía Blanca y la necesidad de soberanía decrecentista

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Con no menos de 300 milímetros de precipitaciones en un período inferior a 6 horas –lo equivalente a lo que debería llover en seis meses–, Bahía Blanca registra lo ocurrido el 7 de marzo como un evento sin precedentes que marca un antes y un después en términos de catástrofes climáticas. Tras una cifra récord de 16 personas fallecidas y 1.450 evacuadas, el municipio bonaerense se ve obligado a replantear por completo sus medidas estructurales y no estructurales para la prevención de estos fenómenos climatológicos. ¿Qué pasó realmente? ¿Qué moraleja nos deja este evento para el resto del mundo?

Se sabe que gran parte del desastre ocasionado por el aguacero se debió a la saturación de los canales de alivio, como fue el caso del Canal Maldonado, que atraviesa la parte oeste de la ciudad, y del arroyo Napostá, por el este. Esto ocurrió porque la organización de los canales y alcantarillados no está diseñada para soportar eventos superiores a 30 milímetros por hora, lo cual equivale a la mitad del caudal registrado el 7 de marzo. El profesor de Hidrología de la Universidad Nacional de La Plata, Dr. Ing. Pablo Romanazzi, explicó: “No hay ciudad en el planeta capaz de soportar ese caudal de agua en tan poco tiempo. Todas las obras hidráulicas se hacen para tormentas ordinarias; ningún diseño contempla el tipo de tormenta del viernes pasado”.

En términos más precisos, las herramientas de prevención de catástrofes climáticas se clasifican en dos categorías:

– Estructurales: aquellas que comprenden la distribución de alcantarillados, canales y demás obras hidráulicas destinadas a organizar el caudal de la lluvia.

– No estructurales: caracterizadas por lo que se conoce como “mapas de riesgo”, los cuales evalúan las zonas inundables y buscan concientizar a las personas potencialmente afectadas, mediante la realización de planes de evacuación, planes de contingencia y el establecimiento de sistemas de alerta temprana.

Un ejemplo son las cátedras libres de hidráulica comunitaria dictadas en La Plata para concientizar a la población vulnerable, implementadas tras la precipitación de 400 mm de lluvia en 2 horas en esa ciudad, el 2 de abril de 2013, un récord histórico de precipitaciones en la capital provincial. Si bien los daños materiales ocasionados por estos eventos climáticos son inevitables, las medidas no estructurales contribuyen a la prevención de pérdidas humanas.

Pero, ¿qué hay de la reconstrucción de la ciudad? ¿Tomó el gobierno cartas en el asunto?

Más allá del escepticismo respecto a conceptos como el “cambio climático”, que caracteriza al actual gobierno nacional, las medidas de apoyo hacia los afectados por este fenómeno sin precedentes han sido escasas. Pocos días después de haber arrasado en el ballottage –con el 60% de los votos en Bahía Blanca–, el presidente Javier Milei visitó la ciudad, escenario de tormentas y grandes precipitaciones que también costaron la vida de 16 personas. Ante la población, el intendente y el gobernador de la provincia, el mandatario expresó: “Estoy perfectamente confiado en que, con los recursos existentes, se podrá resolver esta situación”. Posteriormente, se retiró sin aportar ningún recurso a la ciudad. Más recientemente con el diluvio de 2025, el presidente inauguró un puente portátil 5 días después de la catástrofe y dejó un aporte de 10 mil millones de pesos, 27 veces menor que el otorgado por el gobierno provincial (273 mil millones).

Al igual que después del fenómeno de la DANA en Valencia, España, los habitantes de la ciudad organizaron colectas para conseguir recursos, alimentos no perecederos y diversas donaciones que ayudaran a paliar el desastre. Además, formaron sus propias brigadas de rescate para evacuar a los damnificados por el aguacero, en una acción similar a la llevada a cabo en Corrientes, Córdoba y Misiones, donde la mayor parte del combate contra los incendios de 2022 fue organizado por los propios habitantes mediante donaciones y brigadas voluntarias.

Parte del proyecto del presidente consiste en que cada provincia y municipio se sostenga por sí mismo mediante los recursos que genere. Lo ocurrido en Bahía Blanca evidencia la necesidad de una organización popular que enfrente de manera resiliente y práctica los problemas emergentes, así como las causas fundamentales que los originan, vinculadas al modelo capitalista que genera el cambio climático. No se trata de la retrógrada separación de las comunidades en lo que se conoce como “ciudades estado” –como promueven las políticas de Javier Milei–, sino del empoderamiento soberano de los habitantes de cada pueblo. Se busca una soberanía que no de la nación, sino que rompa con la falsa promesa de una protección omnipotente de un sistema ya indefendible.

No se sabe a ciencia cierta qué fenómenos ocurrirán y dónde, pero existe un consenso en la comunidad científica global: si seguimos extrayendo recursos como si el planeta fuera infinito, las consecuencias no pueden ser buenas. ¿Acaso es necesario ser científico para entenderlo?

Una sociedad basada en el decrecentismo –un modelo que busca la sostenibilidad, el bienestar social y reducir el consumo en lugar de perseguir un crecimiento económico infinito– nos invita a repensar el sentido de comunidad, a fomentar la empatía y a valorar roles importantes como el liderazgo colectivo. En este modelo, se premia a quienes, en momentos de crisis, actúan por el bien común, en vez de a aquellos que ocupan cargos de poder sin aportar soluciones. Se respeta a quienes más incendios apagaron o a quienes más vidas salvaron.

Es importante ser consientes de que, nuestra inconciencia, el 7 de marzo nos costó 16 vidas inocentes, demostrando que la naturaleza tiene límites que no podemos ignorar. Más que una crítica, este llamado busca que construyamos una sociedad diferente, basada en políticas locales de resiliencia, mayor participación ciudadana e iniciativas comunitarias para enfrentar los desafíos del clima. Si no actuamos, la naturaleza impondrá sus límites y las consecuencias nos tomarán desprevenidos.

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