Camilo Furlan

¿Ya pasó otro día?

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¿Alguna vez te preguntaste por qué un minuto puede sentirse como una eternidad y, otras veces, una hora se esfuma en un momento? o ¿Por qué el tiempo pareciera transcurrir más rápido a medida que crecemos? Imagina estar en una clase aburrida mirando el reloj: las agujas parecen ir cada vez más despacio. Ahora piensa en una tarde con amigos riendo y contando anécdotas: antes de darte cuenta, ya es de noche. ¿Cómo es posible que el mismo reloj marque 60 minutos para ambos casos, pero nuestra percepción sea tan distinta?

La idea de que el tiempo es “relativo” no sólo pertenece a la física, también aparece en nuestra experiencia diaria. De hecho, Albert Einstein explicó esta sensación con humor en una célebre frase: «Cuando un hombre se sienta con una chica bonita durante una hora, parece que fuese un minuto. Pero déjalo que se siente en una estufa caliente durante un minuto y le parecerá más de una hora. Eso es relatividad»​.

No se refería a su teoría científica de la relatividad, sino a algo mucho más simple y cercano: nuestra percepción personal del tiempo.

En la realidad física, el tiempo no cambia su velocidad dependiendo de si estamos entretenidos o aburridos. Salvo que viajemos a velocidades cercanas a la luz o estemos cerca de un agujero negro, una hora dura lo mismo para todos en la Tierra.

Si no es el reloj de la pared el que cambia, debe ser nuestro cerebro. Los psicólogos llevan mucho tiempo investigando cómo percibimos el paso del tiempo. Un hallazgo interesante es la llamada ley de Weber, una teoría del siglo XIX sobre la percepción. Esta ley establece que la diferencia mínima que notamos en un estímulo (ya sea un sonido, un peso o el propio tiempo) es proporcional a la intensidad o magnitud inicial de ese estímulo​.

Por ejemplo, si estás esperando algo que dura 5 minutos y de pronto se extiende a 10, notarás claramente ese cambio (el doble de tiempo). Pero si tenés un viaje de 3 horas y se alarga 5 minutos más, probablemente ni lo percibas. Cinco minutos son cinco minutos en el reloj, sí, pero no “pesan” lo mismo cuando los añadimos a 5 minutos que cuando los añadimos a 3 horas.

Además de este aspecto proporcional, nuestra percepción temporal está muy influenciada por la atención y las emociones. Cuando algo nos atrapa por completo —un videojuego, una buena película, una conversación interesante— tendemos a entrar en un estado de “flujo” en el que casi olvidamos el tiempo. En esos momentos, podemos perder la noción de la duración porque el cerebro está tan concentrado que no “marca” cada segundo.

En ambos casos, el reloj físico sigue avanzando al mismo ritmo, pero nuestra experiencia interna del tiempo es completamente distinta. La “teoría de Weber” y estos fenómenos psicológicos nos muestran que el tiempo, más que un tic-tac uniforme, es elástico en nuestra mente. Lo estiramos o comprimimos según la cantidad de estímulos que recibimos y cómo los interpretamos. El tiempo es relativo a la emoción. Así, la subjetividad humana crea una suerte de relatividad cotidiana: no la de las ecuaciones de Einstein, sino la de las sensaciones.

En las grandes ciudades, la vida suele transcurrir a mil por hora. Imagina una mañana en una metrópoli: personas caminando apuradas, coches tocando bocina, colores intensos resaltando marcas. Todo se mueve rápido. La ciudad nos obliga a un ritmo acelerado: vamos corriendo a todos lados, pendientes del reloj, y a veces “parece que cada minuto se torna imperceptible”

Tenemos la sensación de que el día no alcanza, de que el tiempo es un recurso escaso que se nos escapa. Paradójicamente, al estar tan ocupados, muchas veces las jornadas en la ciudad pasan volando porque nuestra atención salta de una tarea a otra sin descanso. Cuando finalmente nos detenemos, ya anocheció y nos preguntamos: “¿En qué momento se fue el día?”.

En el campo o en entornos rurales, en cambio, el ritmo suele ser más pausado. La vida cotidiana se rige más por los ciclos naturales (la salida del sol, la hora de atender los animales, la hora de cocinar) que por la agenda o el cronómetro. Los segundos no vienen cargados de pitidos de notificaciones ni de semáforos cambiando, sino de momentos más uniformes: el crujido de la madera en la casa, el zumbido de un insecto, el ritmo de tu propia respiración. Con menos distracciones y menos prisa, es común sentir que el tiempo se alarga.

Por supuesto, ni la vida urbana es siempre frenética ni la rural es siempre apacible. Pero nuestros entornos, así como nuestra presencia consciente en el ahora, influyen mucho en cómo sentimos el tiempo. En la ciudad solemos hablar de que “no tenemos tiempo para nada”, mientras que en el campo es más común sentir que las horas rinden más. El entorno urbano, con su sobrecarga de estímulos, puede saturar nuestro reloj interno —un fenómeno parecido a escuchar música muy alta: después de un rato, dejamos de distinguir cada nota—. En contraste, el entorno natural y rutinario del campo puede devolvernos la capacidad de notar cada minuto, porque no estamos corriendo tras ellos.

En resumen, la percepción del tiempo es un juego entre nuestras neuronas, nuestras emociones y el mundo que nos rodea. Einstein nos recordó con su broma que el tiempo “relativo” no sólo está en las fórmulas de la física, sino también en el bostezo de una tarde de domingo. La teoría de Weber nos sugiere que percibimos la duración de manera proporcional, comparando cada experiencia con la anterior. Y nuestra vida diaria —ya sea en el asfalto o bajo el cielo estrellado del campo— le pone el marco a ese reloj subjetivo que todos llevamos dentro.

Simplemente con estar completamente conscientes del momento presente, evaluando lo que vemos, oímos y olemos en este momento, somos perfectamente capaces de estirar el tiempo a nuestra voluntad. y el poder transformador que tiene eso repercute directamente en nuestra calidad de vida.

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La gran jugada de Trump: cómo EE.UU. manipula la energía para dominar el tablero global

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Estados Unidos no vive una crisis energética interna; no hay escasez ni desabastecimiento real. Lo que se observa es una estrategia fría y calculada para moldear el mercado global y reforzar su hegemonía. La declaración de “emergencia energética nacional” durante la administración Trump no fue un grito de auxilio, sino la excusa perfecta para flexibilizar regulaciones y beneficiar a los grandes intereses corporativos.

Con esta maniobra, Washington impulsó una expansión frenética de la perforación en territorio estadounidense y se posicionó como el proveedor clave de energía para Europa. Tras el polémico sabotaje al Nord Stream en 2022, el continente se vio forzado a depender del gas natural licuado (GNL) estadounidense, dejando a otros actores, como Argentina, con el gusto amargo de quedar relegados.

La supuesta crisis: una farsa en beneficio de unos pocos

Estados Unidos ostenta cifras récord en la producción de gas y petróleo. Sin interrupciones significativas ni crisis de precios en el mercado interno, la emergencia energética se erige como un pretexto para eliminar barreras y favorecer a las grandes corporaciones. Con cada regulación removida, se consolida la posición de EE.UU. como el verdadero titiritero del suministro energético global, especialmente en Europa, que ha tenido que reinventarse ante la caída de sus fuentes tradicionales.

El sabotaje al Nord Stream, pese a estar envuelto en controversia, dejó a la Unión Europea vulnerable y facilitó la irrupción del GNL estadounidense en un mercado ávido de alternativas. En este contexto, Washington supo capitalizar cada recoveco, apretando las tuercas de un sistema global que ya no admite competencia.

Argentina y América Latina: piezas en un juego desigual

Mientras las potencias como EE.UU. reconfiguran el mercado a su favor, países con menos recursos como Argentina ven cómo sus ambiciosos proyectos—como el prometedor Vaca Muerta—se desmoronan frente a una avalancha de hidrocarburos importados. La competencia se vuelve brutal y, si el mercado sigue inundado de petróleo a precios competitivos, los esfuerzos locales podrían quedar condenados a la irrelevancia.

Además, la estrategia de Trump tiene un impacto directo en sectores emergentes como el del litio, recurso vital para la transición energética. La incertidumbre y la falta de compromisos sólidos en materia de energías limpias reducen la demanda de este mineral, dejando a economías que apostaron por él en una posición precaria.

La “mentira verde”: el ideal que esconde una dura realidad

El discurso sobre la transición a energías renovables pinta un futuro luminoso, pero la verdad es que el cambio es a medias tintas. La extracción de litio y otros minerales estratégicos—esenciales para la tecnología verde—implica procesos altamente contaminantes y un consumo intensivo de recursos, como el agua y combustibles fósiles. El ideal del “futuro verde” se ve ensombrecido por la cruda realidad de una infraestructura que aún depende de métodos tradicionales.

La limitada disponibilidad de estos minerales y los desafíos ambientales asociados hacen que la revolución energética se presente, a mediano plazo, como una jugada arriesgada, en la que el costo de la transición podría ser demasiado alto.

Conclusión: el ajedrez de la dominación energética

La emergencia energética proclamada por Trump es, en esencia, una maniobra para reforzar el control de EE.UU. sobre el mercado global, eliminando regulaciones y afianzando su papel de proveedor estratégico. Mientras Europa se ve obligada a adaptarse a nuevas realidades y países como Argentina quedan a la sombra de una maquinaria energética poderosa, el escenario internacional revela un juego desigual donde los más débiles pagan el precio de las ambiciones de los grandes.

Este análisis, ácido y sin pelos en la lengua, desvela cómo cada decisión en el tablero energético tiene implicaciones profundas para el futuro global. No es solo política, es una cuestión de poder y supervivencia en un mundo donde el control de los recursos se traduce en dominio absoluto.

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Todo fuego es político; El Bolsón

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Tras cientos de hectáreas perdidas en El Bolsón (Río Negro), Epuyén (Chubut) y el Valle Magdalena, en el Parque Nacional Lanín (Neuquén), diversos medios han difundido rumores sobre la posible provocación de estos incendios. En diciembre de 2023, el presidente Javier Milei presentó el proyecto de ley “Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los Argentinos”, que contempla la venta inmobiliaria de tierras afectadas por incendios forestales. Esta medida ha generado inquietud entre miles de familias que residen en zonas rurales.

Cabe recordar que, según la normativa anterior, se preservaban las áreas dañadas, impidiendo su venta durante al menos sesenta años tras el incendio. Esta restricción buscaba frenar el aprovechamiento empresarial que pudiera incentivar incendios intencionales.

En cuanto a la biodiversidad, el ambientalista Luis Martínez, de Corrientes, estima que la recuperación natural de los bosques perdidos en la Patagonia podría demorar hasta doscientos años. Datos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) indican que, entre 2010 y 2020, las áreas afectadas por incendios en la región aumentaron en un 35%, lo cual evidencia la creciente presión sobre estos ecosistemas y su contribución al calentamiento global.

Diversas entrevistas a familias, brigadistas y bomberos han señalado que, en muchos casos, se sospecha la intencionalidad detrás de estos incendios. Además, los terrenos afectados se adquieren a precios inferiores al valor de mercado, atrayendo a inversores y empresas de sectores como el agroindustrial, el inmobiliario y la especulación financiera, con la expectativa de que su valor se recupere a medida que la zona se regenere.

Si desmenuzamos solamente el ámbito del agronegocio se destacan dos aspectos críticos. Por un lado, el concepto de Peak Oil, que señala que la producción de petróleo convencional ha alcanzado su pico y se encuentra en declive; este recurso se utiliza mayoritariamente en la producción agrícola industrial, afectando la sostenibilidad de los monocultivos basados en semillas transgénicas. Por otro, la deforestación acelerada, respaldada por informes del Ministerio de Ambiente, ha incrementado la frecuencia de sequías y condiciones climáticas adversas, repercutiendo directamente en la productividad agrícola.

Estos hechos plantean preguntas sobre la dirección de la política ambiental y económica del país. ¿Se está priorizando el crecimiento del PBI a corto plazo a costa de la sostenibilidad a largo plazo? Un informe de la FAO advierte que la degradación de los ecosistemas forestales tendría consecuencias irreversibles en la producción agrícola y en los esfuerzos por mitigar el cambio climático.

No obstante, existen alternativas basadas en datos y experiencias comprobadas. Proyectos de reforestación, programas de manejo sostenible y la participación activa de las comunidades locales han demostrado ser estrategias eficaces para la regeneración de bosques y la recuperación de ecosistemas degradados. Diversos organismos internacionales y locales están impulsando iniciativas que buscan equilibrar el desarrollo económico con la protección ambiental.

En conclusión, el debate sobre la venta de tierras afectadas por incendios forestales es complejo y requiere un análisis riguroso basado en evidencia. Los datos disponibles subrayan la necesidad de políticas que integren la sostenibilidad y equilibrio económico con la sostenibilidad ambiental, para evitar consecuencias a largo plazo que perjudiquen tanto a las comunidades rurales como al medio ambiente.

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La identidad atrapada en el scroll infinito

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¿En qué pensarías si te preguntara qué son las redes sociales? ¿Y qué respondería alguien hace 30 años?  

Probablemente ambas respuestas diferirían. Mientras hoy en día aludimos a aplicaciones como Instagram, TikTok o Facebook, tres décadas atrás alguien podría haber hablado de “las relaciones entre personas, redes y el tejido social de una comunidad”. Aunque hace 30 años ya existían diversas formas de entretenimiento —y no estábamos exentos de la búsqueda constante de dopamina barata—, aquí nos enfocaremos en cómo las redes sociales actuales afectan tanto nuestras relaciones humanas como lo que podríamos llamar nuestra “salud social”.

Evolución de las Redes Sociales

En sus inicios, lo más parecido a una red social eran los foros en línea, donde usuarios de todo el mundo podían intercambiar textos siempre que tuvieran acceso a Internet. El salto cualitativo llegó con plataformas como Facebook, Friendster y MySpace, que introdujeron el sistema de “Amigos”: los usuarios se enviaban solicitudes de amistad para seguir las publicaciones de los demás. Más adelante, Instagram y Snapchat incorporaron la dinámica de las “Historias”, un contenido visible solo por 24 horas.

El siguiente gran paso fue la aparición de TikTok, lanzada en 2016 en China bajo el nombre de Douyin y expandida internacionalmente en 2017. Tras fusionarse con Musical.ly en 2018, se consolidó globalmente con su formato de vídeos cortos y un algoritmo avanzado de inteligencia artificial que selecciona contenido según el comportamiento de cada usuario. Esto permite que creadores desconocidos se vuelvan virales en muy poco tiempo y ha transformado la manera de consumir, crear y difundir tendencias culturales y desafíos virales.

El Refuerzo de Ratio Variable: La Adicción del Scroll Infinito

A medida que las tecnologías avanzaban para retener cada vez más tiempo a los usuarios, también lo hacía la adictividad de estas plataformas. Pero no se trata solo de un contenido ajustado a tus intereses: entra en juego el llamado refuerzo de ratio variable, un principio psicológico similar al de las máquinas tragamonedas. En este mecanismo, las “recompensas” (o contenidos atractivos) llegan de forma impredecible mientras haces scroll. Nunca sabes qué verás a continuación, y esa incertidumbre alimenta la anticipación, lo cual refuerza el comportamiento de seguir desplazándote.

Este diseño maximiza el tiempo de uso y, en ocasiones, fomenta conductas compulsivas. No es casual que la economía de la atención se haya convertido en uno de los grandes debates de nuestra era digital: las redes sociales compiten ferozmente por cada segundo que pasamos conectados.

La Identidad Digital

Otro factor crucial es la forma en que las redes sociales moldean nuestra imagen y reputación. Ya no basta con “ser” quienes somos, sino que muchas veces debemos “proyectar” esa imagen en línea para mantener la aprobación social y encajar en determinados estándares. Para algunos, la valía personal parece depender más de la habilidad de exhibir vidas interesantes que de las características reales como individuo. Esto puede generar estrés, ansiedad y la sensación de no estar a la altura, ya que la comparación con otros perfiles digitalmente “perfectos” es constante e implacable.

Conclusión

Puede parecer una simple cuestión de “progreso” tecnológico, pero el impacto de estas aplicaciones en nuestras relaciones cotidianas es innegable y, a veces, preocupante. Hace tres décadas, si dos personas se encontraban en una parada de autobús y no tenían nada que hacer, podía surgir una conversación espontánea que forjara un vínculo, aunque fuera breve. Hoy, esa escena suele ser muy distinta: ambas personas miran la pantalla de su teléfono, absortas en un universo digital hecho a medida para su propio entretenimiento.

Las redes sociales no son el enemigo en sí mismas: ofrecen canales de comunicación instantánea, oportunidades laborales, difusión de contenido creativo y hasta apoyo emocional en momentos difíciles. Sin embargo, su diseño adictivo, la tendencia a convertir lo inmediato en prioridad y la competencia por mostrar la mejor versión de nosotros mismos tiende a mermar la calidad de nuestras interacciones humanas. Más que preguntarnos si las redes sociales deberían o no existir, tenemos que reflexionar en cómo utilizarlas conscientemente, moderar su influencia en nuestro día a día y recordar que, más allá de la pantalla, siempre habrá personas y vínculos reales que merecen ser atendidos sin filtros ni algoritmos de por medio.

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Reescribiendo el éxito: la Felicidad Interna Bruta de Bután

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En el primer semestre de 2024, según datos provisionales del INDEC, el índice de pobreza en Argentina fue del 52,9%, aumentando 12,8 puntos porcentuales respecto al mismo período de 2023. Paradójicamente el PIB desestacionalizado del tercer trimestre de 2024, con respecto al segundo trimestre de 2024, arroja una variación positiva de 3,9%. Este dato invita a cuestionar los criterios con los que medimos el “éxito” de una nación, generalmente asociados al Producto Bruto Interno (PBI). ¿Podemos crecer ilimitadamente en un planeta con recursos finitos? ¿Y es ese crecimiento económico sin más lo que garantiza bienestar?

Economía de la Felicidad

Más allá de los indicadores tradicionales, el World Happiness Report, basado en la encuesta global de Gallup, mide la felicidad a través de factores como el PIB per cápita, la esperanza de vida, el apoyo social, la libertad, la generosidad y la ausencia de corrupción. Este ranking suele ser liderado por países nórdicos con altos niveles de ingresos y sólidas políticas de bienestar. Sin embargo, medir únicamente la prosperidad material deja fuera la calidad de vida en un sentido más amplio.

Bután y el surgimiento del FIB

¿Puede el éxito dejar de medirse únicamente en divisas y empezar a medirse en sonrisas?
En 1972, el entonces recién coronado rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, resumió su visión en la célebre frase: “A Bután no le importan las posesiones materiales de sus habitantes, sino lo felices que son”. Desde entonces, Bután se ha convertido en un referente alternativo que prioriza no solo la economía, sino también el bienestar integral de la población creando lo que dio en llamarse “F.I.B”. La FIB (Felicidad Interna Bruta) se sustenta en nueve dimensiones: Bienestar Psicológico, Salud, Uso del Tiempo, Educación, Cultura, Buena Gobernanza, Vitalidad Comunitaria, Diversidad Ecológica y Resiliencia, y Estándar de Vida. Aunque Bután no encabeza el ranking mundial de PBI, sus habitantes suelen considerarse satisfechos con su calidad de vida. 

Compromiso ambiental y emisiones negativas

Más allá de su enfoque en la felicidad, Bután es uno de los únicos tres países del mundo que mantiene emisiones negativas de gases de efecto invernadero como el CO₂. Esto se debe a su amplia cobertura forestal —protegida por ley para que al menos el 60% del territorio permanezca boscoso— y a su apuesta por energías limpias, principalmente la hidroeléctrica. Esta combinación de conservación y producción sostenible le permite absorber más dióxido de carbono del que emite, contribuyendo así a mitigar el cambio climático.

Nuevas miradas: decrecimiento y resiliencia

Cuestionar el crecimiento económico infinito resulta esencial para repensar las políticas públicas ante la creciente pobreza en países como Argentina. Iniciativas inspiradas en el decrecentismo y la permacultura comparten con Bután la búsqueda de armonía entre desarrollo y límites naturales, fomentando la resiliencia de las comunidades ante crisis futuras.
La experiencia butanesa demuestra que existe otra forma de concebir el progreso. En un escenario global donde la desigualdad se profundiza, tal vez sea hora de preguntarnos si el “éxito” que perseguimos es realmente el que necesitamos. ¿No merecemos, todos, un sistema que ponga en el centro la felicidad y la sostenibilidad por encima de las cifras de consumo y el ansia de expansión?

El verdadero progreso no se mide solo en bienes y servicios, sino en la calidad de vida de quienes habitan la Tierra. ¿Estamos avanzando de verdad o apenas engordando las estadísticas del capitalismo? Inspirarnos en Bután exige revisar nuestras prioridades: ¿qué políticas impulsamos para que el bienestar colectivo sea la meta central? Si la mayor riqueza se mide en la salud y la dignidad de las personas, tal vez sea hora de poner la vida por encima de cualquier indicador económico. Reescribir el futuro requiere asumir responsabilidad política y voluntad ciudadana: no existe un crecimiento auténtico si no crecemos juntos.

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