Daniela Irupé Rodríguez

Periodista y Profesora en Ciencias Políticas

En el punto de partida

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Hurgando en un antiguo diccionario se encuentra la definición de necio y dícese de “aquel que insiste en los propios errores o se aferra a ideas o posturas equivocadas, demostrando con ello poca inteligencia”. 

En el artículo anterior, se hizo referencia a la pugna de las grandes élites por obtener el poder, acudiendo para ello a una serie de estrategias planificadas en base a las preferencias de los diferentes grupos sociales. Inmediatamente surge otro interrogante, ¿qué pasa una vez alcanzado este objetivo?

Durante los últimos días, mucho se ha dicho sobre lo multi-causal de la derrota oficialista; la obviedad más clara parece ser el fracaso en la política económica implementada durante estos cuatro años, el innegable resultado de los indicadores económicos: mayor pobreza,  desempleo, endeudamiento, inflación, volatilidad del tipo de cambio. etc.

Desde un principio, el mesianismo político planteado por el presidente resultaba prácticamente inviable, se encaró una propuesta que a simple vista denostaba del populismo, pero en el fondo seguía claramente sus lineamientos

El fracaso de la gestión también mostró una subestimación de la monstruosidad del poder de los medios, el discurso presidencial estuvo fuertemente caracterizado por un extraño y hasta inocente optimismo, apelando al modo prueba y error, rozando el límite entre la flexibilidad y la ridiculización a la investidura misma.

El poder de la comunicación jamás fue puesto en duda, como una suerte de gigante pero de pata corta, efectiva en el momento de dibujar un relato, pero con una realidad difícil de negar a largo plazo. A su vez, en los últimos años, este gigante vió crecer un brazo muy poderoso, el de la opinión pública, esa voz imparable que minuto a minuto se transforma y toma disputa por ganar terreno en la construcción de un imaginario social, donde la realidad es concebida por personas con horizontes cada vez más individualizados, pero con la necesidad de asumir un proyecto colectivo en común. Demanda que se torna mayormente dificultosa y cada vez más desafiante.

Al exceso de información se suma el papel de los nuevos “formadores de opinión” o “influencers políticos” quienes asumen la tarea de comunicadores y en forma simultánea buscan captar la atención del público que también espera que esos mensajes contengan relevancia en su vida cotidiana. Espectadores que buscan que la política no los vea desde una cúspide o posición lejana, sino que la comunicación política los observe con una lupa, con una mirada cercana y hasta un tanto empática.  Este efecto de hiperconexión, también dio lugar al nacimiento de colectivos y grupos sociales con nuevas demandas y requerimientos que el Estado ha sido incapaz de responder adecuadamente, al menos con la incorporación de algunas de ellas a la agenda pública. Como resultado, la integración de múltiples actores a la arena política en tanto la heterogeneidad en sus demandas, devuelven al Estado un protagonismo central en un mundo donde las jerarquías se ven frágiles, discutidas y sobre todo fragmentadas. Pero es allí, donde la dirigencia debe poner en marcha un plan de articulación con el objeto de otorgar un re-significado del poder y construir relaciones con la ciudadanía de manera más eficiente.

La efectividad de la campaña digital constante también fue puesta en jaque cuando sus detractores comenzaron a jugar con las mismas cartas, colocando en escena las herramientas para librar una contracampaña al organizar comunidades digitales y emprender un guerra de ciber-militancia. 

Por un lado, los defensores del “cambio”, que buscan generar vínculos emocionales con la información destinada a los usuarios neutros, sobre los beneficios de apoyar una gestión desterrando la idea arraigada del “por lo menos”.

Por otro,  con cierto grado de intransigencia, irritabilidad, y la ofuscación que los caracteriza, apoyándose en un pasado próspero pero ilusorio, el costado más duro de la oposición arenga por todos los medios de comunicación el llamado a confiar nuevamente en su mayor exponente, como única opción para terminar con la crisis.

Así, Argentina nuevamente se ve inserta dentro de un campo minado, con nuevas reglas de juego, en donde la ciudadanía es rehén de dos alternativas altamente tóxicas para el sistema democrático.

Entonces, aunque resulte repetitivo asignar responsabilidades a la derrota  cuando los resultados parciales siempre estuvieron a la vista, es propiedad y soberanía del pueblo tomar la decisión de seguir caminando en círculos o no. Ahora bien, a pesar del paso de la historia, parece ser que ciertos patrones de conducta social siguen siendo actuales, tan simple como rebobinar y dar play a grandes producciones cinematográficas que reflejaban el método tradicionalmente utilizado por el Imperio Romano de la política del “pan y circo”.  

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La política en tiempos de selfies

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A lo largo de la historia, la comunidad científica nos ofrece múltiples teorías sobre las cuales observar la realidad política, donde algunas de ellas, continúan manteniéndose vigentes en la actualidad, como es el caso de la denominada” teoría de la democracia competitiva” de Joseph Schumpetter. 

Este gran economista y politólogo de principios del siglo XX, concebía el comportamiento de los partidos o agrupaciones políticas en forma análoga a lo de un empresario que busca posicionar su “producto” en el mercado, mediante una serie de estrategias, compitiendo por sus clientes y llevando adelante una lucha feroz por el poder, con la relevancia del liderazgo político y una política basada en el marketing. Entonces y continuando con la lógica del pensamiento, la conducción del Gobierno le pertenece a quien logre dominar ese mercado. 

Podría decirse que la exclusividad de las campañas electorales en la actualidad le pertenece al mundo digital, un universo en constante expansión que ha ido desplazando en tiempo récord a los mecanismos de comunicación e interacción tradicionales. Basándose en ellas como fuente de consumo de información, surgen nuevas formas de participación política y socialización. Es así, como las grandes “corporaciones” que compiten por el acceso al poder, construyen, idean y pergeñan su plan de seducción al cliente (electorado).

Actualmente las redes sociales se han convertido en algo más que un simple medio de comunicación. Han evolucionado de manera tal, que se convirtieron en una poderosa fuente para la extracción de datos a la hora de construir el “producto” (candidato), agregando mayor sofisticación a la estrategia y planificación de cada uno de los actores políticos inmersos dentro de la contienda electoral.

De esta manera, la opinión pública, que antiguamente se encontraba también presente en el marco de instituciones fuertes (clubes de barrio, sindicatos, partidos políticos, asociaciones), se apoderó de este espacio de interacción, dando paso a la formación de nuevas redes y conexiones sociales.  

Una de las reglas básicas del marketing establece que para obtener cierto número de clientes es necesario apelar a la estrategia de la imagen. Es así que, si consideramos la psicología del sujeto, sabremos apreciar que el mismo es un animal de hábito, ya que cuanto más observa y repite un acto, más se apropia de él. 

La política y el arte de gobernar no son una excepción a la regla, ya que con la afluencia, la masividad, y la accesibilidad que tienen las redes sociales durante estos tiempos, no es difícil imaginar que es allí donde se coloca el mayor foco de atención a la hora de posicionar a un candidato.

La hipervisualización de una imagen logra persuadir hasta el más incrédulo de los individuos, como lo proponía el gran economista Shumpetter. Los grandes grupos elitistas que concentran y aspiran al poder acuden a una técnica antigua pero eficiente: la de la sugestión psicológica, es decir, el bombardeo de ilustraciones, propagandas, eslóganes y melodías características de las asociaciones partidarias para captar el voto del elector al que conciben como un cliente. Es por ello que, en el análisis y la observación del comportamiento social como nuevo estudio de mercado, es posible segmentar y clasificar al público destinatario, con el objeto de definir esa estrategia electoral y orientarlas hacia un fin en concreto. La mediatización del fenómeno político hace que los gurúes de la política (“new age”) sean conscientes de que el contexto comunicacional que apoya su “producto” (candidato), tiene el poder de posicionarlo o desecharlo. 

El surgimiento y desarrollo de estas interfaces digitales confrontan nuevas y viejas formas de hacer política, y en ella convergen la necesidad de atender la cosa pública con nuevas formas de organización, reproducción y participación de nuevos actores. Los cuales demandan asistencia y respuesta frente a la inmensidad de necesidades a satisfacer dentro de un contexto altamente globalizado y que camina a pasos agigantados, donde el Estado se enfrenta a nuevos desafíos que lo obliga a repensar la base de su representación y la capacidad de generar políticas públicas capaces de resolver problemas estructurales.

El nacimiento de una nueva generación de individuos que se incorpora al terreno político, con posibilidades de participación y con actitud crítica de la realidad, es una arista más a tener en cuenta a la hora de pensar en la estrategia electoral. 

Con un público masivamente conectado, activo y observador del juego político, con nuevas reglas de participación e interacción, la gran tarea de la élite política será la de reinventarse y reprogramarse para obtener y conservar su cuota de poder frente a la ciudadanía, que demanda cada vez más la existencia de un plan de gobierno que reflejen el contenido real de las demandas sociales. Dicho de otro modo, la histórica dirigencia partidaria ¿será capaz de aggiornarse a este nuevo contexto y sentar las bases para una plataforma política más real y ajustada, dirigida a satisfacer aquellos interrogantes de los tiempos que corren?

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