Jorge Vasconcelos

investigador jefe de Ieral, Fundación Mediterránea

Reforma laboral en Brasil: qué explicó el salto en el empleo formal

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Pese a que Brasil conserva similares rasgos a los de la Argentina en términos de proteccionismo, cierre de la economía, elevada presión tributaria, excesivas regulaciones y poder burocrático, desde 2017 se observa una divergencia en la trayectoria de ambos países en términos de crecimiento y de generación de empleos privados formales.

Es desde entonces que Brasil se aparta del sendero estanflacionario de la Argentina, fenómeno en buena medida atribuible a dos reformas adoptadas bajo el gobierno de Temer (2016/2018): a) una reforma laboral profunda y b) el establecimiento de una pauta firme, como techo al gasto público, que permitió al mismo tiempo el retorno de la tasa de inflación a niveles de un dígito bajo y el relajamiento de la política monetaria (en ese entonces, ahora con Lula ha retornado la incertidumbre fiscal).

La reforma laboral de Brasil de 2017 sacudió un statu quo de décadas en cuanto al funcionamiento del mercado laboral. Las normas vigentes databan de 1943, cuando el presidente de entonces, Getulio Vargas, firmó el decreto conocido como la CLT, las iniciales de “Consolidación de las leyes del trabajo”. Lo que hizo la reforma de 2017 fue traspasar a la negociación colectiva la redefinición de 15 items que hasta entonces habían estado reglados por la CLT, retirándolos al mismo tiempo de la interferencia de la Justicia del Trabajo.

Vale decir, a partir de esos cambios legales, las condiciones de contratación y rescisión se definen de acuerdo a convenios que, a su vez, pueden tener distintas escalas de representación, hasta el de acuerdos individuales.

Así, se ganó en flexibilidad en diversidad de ítems: la definición de la jornada de trabajo, la posibilidad de negociar la participación en los dividendos, la segmentación del período de vacaciones, el intervalo entre jornadas, la creación de un banco de horas y de nuevas modalidades de empleo (tiempo parcial; intermitente) entre otros. Además, creó la posibilidad de penalizar las demandas laborales de mala fe, con una serie de cláusulas destinadas a acotar la “industria del juicio”.

Un reciente estudio del FMI sobre reformas estructurales en Brasil muestra impactos muy significativos en el potencial de crecimiento a propósito de la reforma laboral de 2017, destacando el aumento de empleo formal, la menor litigiosidad y el fuerte aumento de la productividad, particularmente en actividades intensivas en empleo.

En el presente, Brasil está avanzando en una profunda reforma tributaria, que condensa en un IVA nacional impuestos distorsivos de las distintas jurisdicciones (incluido simil de Ingresos Brutos). El FMI estima que, cuando se complete su implementación, esta reforma también tendrá fuerte impacto en el PIB potencial. Varios vectores convergen cuando se eliminan impuestos distorsivos y se unifican en un IVA, aunque su alícuota parezca elevada: mejor asignación de recursos de inversión; reducción del costo de los insumos y bienes intermedios de producción local, incentivos a la formalización de la economía, ampliación de escalas por incremento de la demanda, etc.

En este sentido, la referencia de Brasil puede ser extremadamente útil a la hora de evaluar el impacto potencial de la reforma laboral que se discute en el Congreso argentino. Aunque ahora el gobierno de Lula esté “volviendo a las andadas”, con una reversión parcial de los avances, la diferenciación de la última década es innegable. Entre 2016 y 2025, Brasil creció 14,5 puntos porcentuales más que la Argentina, y la brecha en la creación de empleos privados formales fue de 14,5 puntos porcentuales en ese período.

Actualmente, la tasa de desempleo en Brasil se ubica en el 5,2 %, su piso histórico. Notable refutación a quienes suponen que las reformas laborales destruyen empleos. Por el contrario, se gana en competitividad y en empleos privados y salarios formales al mismo tiempo.

Brasil no necesitó transformarse en Finlandia. De hecho, sigue caracterizado por elevada presión tributaria, creciente deuda pública, excesivas regulaciones y burocracia, sin haber superado sus rasgos proteccionistas y de economía relativamente cerrada.

Lo que cambió bajo el gobierno de Temer (2016/2018) fue: a) se modernizó el funcionamiento del mercado laboral y b) se estableció una pauta estricta para el gasto público. Esas dos reformas se conjugaron con una reconfiguración de la macro. Después de los “cepos” de Dilma, y a partir de cierto nivel del tipo de cambio real, las expectativas de devaluación se evaporaron, iniciando un sostenido declive de las tasas de interés y de la inflación, abriendo espacio a la recuperación del consumo, de la inversión y de la productividad.

Focalizando en las “condiciones iniciales” de la macro, para la fase en que se aprobaban los proyectos de Temer, el “mix” de dólar/tasa sin dudas potenció los efectos de la reforma laboral sobre el empleo. Luego de alcanzar un pico nominal en 2015, con una paridad de 4,20 reales por dólar, el tipo de cambio bajó al entorno de 3,50 en 2016 y 3,20 en 2017, volviendo al nivel nominal de 2015 recién hacia el fin de 2019.

Tras la sobrerreacción de la paridad dólar/real durante la crisis del gobierno de Dilma, las expectativas de devaluación se esfumaron, creando condiciones para una baja secuencial de la tasa Selic, definiendo una escalera descendente de la tasa real de interés, de 5,0 % en 2016 hasta 0,2 % anual en 2019. La relativa estabilidad nominal de la paridad dólar/real abrió espacio para una sostenida apreciación de la moneda brasileña en términos reales, del orden del 20 % desde principios de 2016 hasta principios de 2018, explicable por el elevado punto de partida.

Así, antes de la irrupción de la pandemia, los datos mensuales de creación neta de empleos llegaron a los 173,2 mil puestos de trabajo en febrero de 2019, habiendo partido de una destrucción neta de 104,6 mil empleos en febrero de 2016.

En un horizonte más amplio, se tiene que el empleo privado formal creció en Brasil a un ritmo acumulativo de 1,5 % anual entre 2026 y mediados de 2025, guarismo que contrasta con el estancamiento del lado argentino. Vale subrayar que una proporción mayor de empleo privado formal tiene repercusiones positivas en el plano fiscal, en el financiamiento del sistema previsional, en la capacitación de los trabajadores y en la productividad.

Así, también los indicadores de productividad muestran divergencia entre los dos socios del Mercosur. Tomando como base 100 la Productividad Media del Trabajo en 2016, para 2024 este índice registraba un incremento de 6,3 % para Brasil y una caída de 12,5 % para la Argentina.

Y las exportaciones respondieron al nuevo escenario, ya que en productos agropecuarios las ventas al exterior de Brasil pasaron de 52,0 a 120,0 mil millones de dólares entre 2016 y 2024; en minería de 15,0 a 34,0 mil millones, en celulosa de 5,6 a 10,6 mil millones y en petróleo de 11,2 a 56,6 mil millones. Las exportaciones totales de bienes de Brasil, que en 2016 guardaban una relación de 3 a 1 con las de la Argentina, pasaron en el presente a un ratio cercano al 4 a 1.

Pese a que la manufactura brasileña tiene problemas de competitividad similares a los de la argentina, con un volumen de exportaciones de la industria de transformación que se ha estancado en la última década, la expansión y competitividad del resto de los sectores ha sido suficiente para llevar la tasa de desempleo al piso de 5,2 %, como se refirió más arriba.

Cierto es que Brasil no tiene retenciones a las exportaciones agroindustriales: el empleo directo e indirecto asociado al campo captura el 26,5 % del total de los puestos de trabajo en el vecino país; mientras que para la Argentina se estima en torno al 16,0 % (empleos directos e indirectos).

Por otro lado, respecto al “mix” de dólar/tasa de interés vigente en el momento en que Brasil hizo la reforma laboral, parece difícil lograr un contexto análogo en la Argentina, en la medida en que subsistan las restricciones cambiarias para personas jurídicas y un techo pautado para la evolución de la banda cambiaria, factores que, además, pueden estar obturando parcialmente el flujo de Inversión Extranjera Directa. En Brasil, el aporte de la IED es recurrentemente positivo, con un saldo en torno a los 3,0 puntos del PIB por año.

Replicar las “condiciones iniciales” de Brasil en la etapa de instrumentación de la reforma laboral sería más factible a través de un esquema bimonetario de “flotación administrada”, con el que podría alcanzarse un equilibrio de tipo de cambio y de tasas reales de interés de corto y de mediano plazo, compatibles con el ahorro y la inversión.

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Banda cambiaria indexada: límites del esquema y lecciones de Perú

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Las modificaciones al esquema de bandas cambiarias que entran en vigencia el 1ro de enero de 2026 tienden a contribuir a dos objetivos relevantes de política económica: por un lado, generar condiciones para que el Banco Central pueda comprar dólares en el mercado; por el otro, comenzar a salir del estancamiento del nivel de actividad de los últimos dos trimestres, resignando la meta de una rápida desinflación.

Aun así, el régimen monetario-cambiario sigue siendo de transición y, más allá que puedan lograrse esos objetivos inmediatos, subsisten limitaciones que deberían removerse en aras de lograr crecimiento sostenido. La indexación del techo de la banda cambiaria en función de la inflación pasada habrá de complicar la configuración de la “curva de tasas” y la extensión del plazo de las operaciones a tasa prefijada, al tiempo que el esquema no parece contemplar el levantamiento del cepo para personas jurídicas, también relevante para la dinámica de la inversión.

Esas dos limitaciones podrían comenzar a resolverse en caso que se avance hacia un régimen bimonetario formalizado, al estilo del vigente en Perú.

Vale subrayar que un régimen monetario-cambiario que pueda ser considerado permanente, y no de transición como el actual, es clave en la dimensión de las variables financieras, pero también en el plano de la economía real, por la ampliación del horizonte que conlleva. Con “flotación administrada” del tipo de cambio, es posible morigerar el impacto de los eventuales choques externos sobre el nivel de actividad, a la vez que un esquema de metas de inflación, en donde manda la tasa de interés de referencia fijada por el Banco Central, es el más apropiado para estirar el plazo de contratos pactados a tasa prefijada, permitiendo salir del cortoplacismo financiero.

Son cuestiones relevantes cuando se aspira a romper el “techo de cristal” que opera sobre la inversión, que por supuesto también sufre el lastre de los problemas de organización de la economía y de las reformas estructurales pendientes.

En ese sentido, el tercer trimestre encendió una alerta amarilla, ya que el ajuste de la economía se concentró en la caída de 1,3 puntos de la tasa de inversión, desde 20,3 por ciento del Producto Interno Bruto en el segundo trimestre. Así, la tasa de inversión del tercer trimestre fue de 19,0 por ciento del Producto Interno Bruto, en un contexto de déficit externo de 5,5 por ciento del Producto Interno Bruto (diferencia entre importaciones y exportaciones de bienes y servicios), lo cual habla de un muy limitado volumen de ahorro interno.

Focalizando en la tasa de inversión en máquinas y equipos, el tercer trimestre marcó 12,8 por ciento del Producto Interno Bruto, sin poder traspasar la barrera de los 13 puntos contra la que chocó en 2011 y 2012, cuando se impusieron los cepos, y también en 2017 y 2018, cuando comenzó a desestabilizarse la macro.

El repaso de estos indicadores ilustra sobre un punto clave: el régimen monetario-cambiario no sólo debe facilitar el funcionamiento transaccional de la economía, sino también ser base para canalizar crecientes volúmenes de ahorro e inversión, haciendo que el bimonetarismo sea funcional a ese objetivo, y no un problema a resolver.

Es cierto que el 2026 está empezando con un horizonte más despejado, con el riesgo país en torno a 570 puntos, por condiciones políticas que acercan la agenda de reformas estructurales, la posibilidad de volver a colocar deuda en el mercado, al tiempo que se amplía el espectro de opciones de inversión, saliendo de la mera pulseada “dólar versus tasa”.

No es sencillo que el Banco Central pueda equiparar al período de mayo a diciembre de 2024, cuando la fuerte remonetización de la economía le permitió adquirir 6,9 mil millones de dólares a un ritmo de 42 millones diarios.

Focalizando en el mercado cambiario, para acercarse a esa referencia, el 2026 debería lograr que la entrada de capitales privados se duplique respecto de 2025 y que la demanda de dólares de personas físicas se achique a la mitad. Aun con esa exigencia, el arranque de 2026 podría mostrar resultados del nuevo esquema, con el techo de la banda deslizándose de acuerdo a la inflación pasada.

Este régimen habrá de funcionar “normalmente” si el tipo de cambio observado permanece a cierta distancia del techo de la banda, que se ubicará en 1.565 pesos a fin de enero y en 1.870 pesos tentativos a fin de 2026.

Pero hay algo de bruma por una inflación a la que, por un tiempo, le costará perforar el piso del 2,0 por ciento mensual, y también porque no está definido cómo habrá de reaccionar el Banco Central ante eventuales desvíos de trayectoria.

Con tipo de cambio flotante, sin techo explícito, una merma en el ritmo de compras diarias podría desencadenar un “nuevo equilibrio” de dólar y tasas de interés. Pero, en este esquema, cuando el tipo de cambio rebote contra el techo, el Banco Central debería vender, no comprar dólares.

Dos preguntas surgen a propósito de ese escenario:
a) ¿estará el gobierno dispuesto a subir las tasas de interés “lo que sea necesario” para “normalizar” el circuito de oferta de dólares?
b) ¿qué ocurrirá con la trayectoria de la demanda de dinero si se deterioran las expectativas?

Este tipo de interrogantes es lo que abona la idea de transitoriedad del actual esquema, y refuerza los argumentos acerca de la conveniencia de avanzar hacia un régimen bimonetario como el de Perú, donde hay “flotación administrada” del tipo de cambio y es la tasa de interés de política monetaria la que guía las expectativas de inflación.

En Perú, el crédito en moneda local (el sol) pasó del equivalente a 5,9 por ciento del Producto Interno Bruto en 1996 a 28,5 por ciento del Producto Interno Bruto en el presente, mientras que los préstamos en moneda extranjera hicieron el recorrido inverso, del 16,8 por ciento al 8,9 por ciento del Producto Interno Bruto.

Vale decir, el bimonetarismo en Perú fue sinónimo de monetización en moneda local, no de dolarización. Algo que perfectamente podría lograrse en la Argentina.

Uno de los secretos del “triunfo” del sol sobre el dólar en la operatoria del sistema financiero peruano reside en la convergencia entre las tasas de interés en moneda local y en moneda extranjera, un fenómeno asociado a la solvencia fiscal del país, una inflación que tiende a ser inferior a la de Estados Unidos y también por el diferente tratamiento de soles y dólares en la política de encajes.

De acuerdo a datos recientes, un préstamo hipotecario se obtiene a una tasa de interés del orden del 8,0 por ciento anual en soles, y del 7,0 por ciento en dólares. Lo acotado de la diferencia explica la preferencia de las familias peruanas por endeudarse en la moneda local, tanto que hace treinta años los créditos hipotecarios se pactaban 90 por ciento en dólares y 10 por ciento en soles, y ahora esa relación es exactamente la inversa.

Pese a las turbulencias políticas de los últimos años y a conservar cierto grado de dolarización, en Perú las tasas de interés están cada vez más asociadas al ciclo económico y cada vez menos a la volatilidad del tipo de cambio.

El régimen de “flotación sucia” del bimonetarismo peruano no tiene por objetivo cambiar la trayectoria del tipo de cambio real, sino simplemente morigerar sus oscilaciones. Con ese mecanismo y políticas anticíclicas se ha logrado neutralizar el impacto de choques externos y o internos (de origen político) sobre el sector real.

En lo que va del siglo, la cotización del dólar contra el sol peruano en términos nominales registró un pico de 4,15 en 2021 y un piso de 2,55 en 2013, oscilaciones del orden del 25 por ciento hacia arriba y hacia abajo en torno al promedio.

En el presente, las exportaciones de Perú alcanzan a 87,0 mil millones de dólares, una cifra semejante a la de la Argentina, pero superior cuando se la mide por habitante: 2.536 dólares per cápita en el vecino país, versus 1.890 dólares en el nuestro.

Esta publicación es propiedad del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL). Se autoriza la reproducción total o parcial citando la fuente.

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¿Qué viene primero, los dólares o la gobernabilidad?

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Tras los inéditos anuncios del secretario de Tesoro de los Estados Unidos, la variables financieras apuntan a encauzarse, pero la volatilidad no ha cesado. El riesgo país bajó inicialmente, pero después rebotó y reapareció la brecha cambiaria, reflejando la necesidad de mayores precisiones respecto a la mecánica del apoyo anunciado, que se inscribe en la nueva geopolítica. Pero, además, están influyendo la percepción de problemas de gobernabilidad y las expectativas de cambios de política económica, de cara a un régimen monetario-cambiario que asegure una recuperación sostenida de reservas, sin necesidad de recurrir a nuevos apretones crediticios. Detrás de los titulares, se esconde una compleja negociación, por lo que la credibilidad se habrá de consolidar cuando todas las piezas del rompecabezas queden encastradas. Desglosamos los puntos clave de esta negociación:

No es solo un salvavidas, son tres: Los instrumentos sobre la mesa

El potencial apoyo estadounidense se compone de herramientas de distinta naturaleza: un mecanismo de estabilización masiva (el swap), una señal de confianza para el mercado (la compra de bonos) y un seguro de emergencia para momentos críticos (los créditos bilaterales).

  • Swap de créditos: Se trata de un intercambio de líneas de crédito entre los bancos centrales de ambos países. Esta opción, que podría alcanzar los 20.000 millones de dólares, parece ser la más avanzada y madura de las negociaciones actuales.
  • Compra de bonos: Consiste en la posibilidad de que el Tesoro de Estados Unidos compre bonos del Tesoro Argentino directamente en el mercado, una medida que inyectaría confianza y liquidez, al estilo de las operaciones del Banco Central Europeo. Pero todavía falta para ver en qué condiciones se habrá de materializar.
  • Créditos bilaterales: Son préstamos directos de Estados Unidos diseñados para momentos específicos en que Argentina no pueda refinanciar vencimientos de deuda. Un ejemplo claro sería el vencimiento de 4.000 millones de dólares previsto para enero; si para entonces el riesgo país no desciende a un nivel razonable, este tipo de instrumento sería crucial.

La letra chica del apoyo: la importancia de la “Gobernabilidad”

El test de efectividad del apoyo financiero anunciado se mide por la posibilidad cierta de que la Argentina pueda refinanciar deuda voluntariamente en el mercado a cada vencimiento (unos 8,5 mil millones de dólares en manos de acreedores privados en 2026), para lo cual el descenso del riesgo país es fundamental. Para ese objetivo, la 1)disponibilidad de dólares por alguno de los mecanismos de apoyo anunciados forma parte de un triángulo en el que los otros vértices también importan: 2) condiciones de gobernabilidad y 3) una política económica que deje atrás las tribulaciones de este año, caso de la falta de acumulación de reservas, del equilibrio demasiado inestable en la relación tipo de cambio/tasa de interés y en las dificultades para empalmar estabilidad con crecimiento.

En este contexto, por “gobernabilidad” se entiende la cooperación entre los partidos políticos del oficialismo y de por lo menos una fracción de la oposición. Este requisito se convierte en un punto crítico debido a la proximidad de las elecciones legislativas del 26 de octubre y todo lo que hay en juego para las distintas facciones —el oficialismo por un lado, la parte de la oposición más vinculada a los gobiernos pasados de Cristina y Néstor por otro; y el nuevo actor que forma la liga de gobernadores—.

Esta tensión define el panorama actual. Un clásico “huevo o gallina”: ¿Qué viene primero? ¿los dólares o la gobernabilidad? Si la gobernabilidad se demora, ¿pueden demorarse los dólares?

Esta incertidumbre sobre los tiempos es precisamente lo que genera una “transición compleja” hasta el 26 de octubre, ya que no hay una hoja de ruta clara sobre cuándo podrían materializarse los instrumentos de ayuda.

La necesidad de una hoja de ruta clara ya comenzó a ponerse en evidencia en el cierre de los mercados del viernes pasado:

  • Riesgo País: Tras haber tocado un mínimo de 830 puntos, rebotó con fuerza y cerró la semana más cerca de los 1000 puntos. Estamos lejos de la meta de 500 puntos que sería necesaria para refinanciar la deuda en el mercado
  • Brecha Cambiaria: La reimposición medidas de control como la anunciada el viernes, provocó que la diferencia entre el dólar oficial y el dólar libre terminara la semana cerca del 10%. Esta dinámica puede afectar la percepción acerca de cuál es “el tipo de cambio de equilibrio”, y complicar la continuidad del proceso de recuperación de reservas, ya que en las semanas por venir se habrá de notar la contrapartida de la liquidación extraordinaria de agrodólares de los últimos días: una caída significativa en el ritmo de estas operaciones.

Hoja de ruta, pero también camino despejado

La situación actual evidencia la existencia de una gran oportunidad. Hace falta una hoja de ruta más nítida, pero también quitar obstáculos dentro de ese mismo camino, sea por obstinación de la oposición o del propio oficialismo.

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Buscando el piso de la tasa de inflación; encontrando los límites al crecimiento

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La inercia inflacionaria cede terreno, apuntando a perforar el 2% mensual. Desde el 11 de abril se pasó a un esquema de bandas, pero el tipo de cambio sigue pautado a través de los futuros, aportando al escenario de desinflación, pero manteniendo abiertos los interrogantes vinculados con la acumulación de reservas y bajas adicionales de riesgo país. El Tesoro volvió a colocar deuda en el exterior, pero deberían bajar los costos para nuevas emisiones, que se utilizarían como sustituto de la compra directa de divisas en el mercado para reducir la brecha entre la evolución de las reservas netas del BCRA y la meta comprometida en el acuerdo con el FMI. En cuanto al nivel de actividad, se advierte amesetamiento en la evolución trimestre a trimestre, confirmando que el crecimiento pasa a depender cada vez más de productividad e inversiones, lo que requiere avanzar en el otro frente: las reformas estructurales pendientes. Mientras tanto, el fuerte dinamismo de importaciones de bienes y servicios reales, incluido turismo, está llevando el resultado de la cuenta corriente del balance de pagos de un superávit de 1% del PIB en 2024 a un déficit que podría acercarse a los 2 puntos del PIB en 2025.

Un “libro abierto” sobre las peculiaridades de la economía argentina. Ese apunta a ser el segundo trimestre del año en curso. Por un lado, la posibilidad cierta de perforar el piso del 2% mensual para la inflación, por el otro, las dificultades para mantener el ritmo de recuperación del nivel de actividad, que según el IGA del Estudio Ferreres rebotó un 6,6% interanual en el primer cuatrimestre respecto a igual período de 2024, pero ahora parece chocar contra el “techo de cristal” impuesto por la pérdida de productividad de la economía a lo largo de más de una década, que deja insatisfechas por igual las expectativas de rentabilidad empresarial y de mejoras adicionales del salario real.

Informes sectoriales reflejan escasa rentabilidad en la actividad agrícola y en el sector construcciones, mientras los balances del primer trimestre de las empresas que cotizan en bolsa parecen haber defraudado expectativas de los inversores, tanto de firmas industriales como del segmento bancario. Pese al abandono del crawl y el paso al esquema de bandas, el índice Merval en dólares ha caído 13,6% entre el 26 de mayo y principios de junio, acumulando un retroceso de 26% respecto del pico de principios de año. Hay quienes adjudican este comportamiento a las incertidumbres políticas, pero éstas no han cambiado demasiado en lo que va del año. En todo caso, el precio de las acciones podría estar sintetizando el hecho de que, por un lado, la economía parece perder dinamismo y, al mismo tiempo, reformas urgentes (laboral, impositiva, entre ellas), necesarias para pasar a crecer sobre nuevas bases, todavía no tienen fecha cierta de materialización. La cuestión política importa, pero esto no tiene que ver sólo con el grado de acompañamiento de los votantes a los dirigentes identificados con los cepos; también son relevantes las alianzas y el programa que el oficialismo sea capaz de forjar. 

Hay un hilo conductor entre los avances del plan de estabilización y las dificultades para empalmar la recuperación del nivel de actividad con el crecimiento, y es la morfología del mercado de trabajo. Los asalariados privados formales en la Argentina representan actualmente apenas el 29% del total del empleo, siendo el resto trabajadores informales, cuentapropistas y estatales. Con esta desagregación, la firmeza fiscal del gobierno, por un lado, y la pérdida de representatividad del mundo sindical por el otro, hicieron que la llamada “inercia inflacionaria” ofreciera menos resistencia. 

La actualización de los salarios basada en la “inflación pasada” ha requerido en otros programas de estabilización (Plan Austral, Real brasileño) mecanismos explícitos de desindexación; instrumentos que no fueron necesarios en la Argentina de fin de 2023. Esta peculiaridad ya había sido advertida, porque la tasa de inflación antes del último cambio de gobierno, si bien elevada, no era comparable con las situaciones previas del Austral y del Real. Asimismo, la importancia que necesitaba alcanzar el ajuste fiscal como verdadera ancla para el eventual plan de estabilización podía en ese caso ser complementada con algún tipo de “política de ingresos” que cuidara la consistencia de la política cambiaria y salarial. Las condiciones estructurales del mercado de trabajo (junto con una relación de fuerzas inédita en términos políticos) terminaron de armar el “rompecabezas” del proceso de estabilización, siempre sobre los cimientos del ancla fiscal.

Como se ha subrayado en informes anteriores, aun después del levantamiento parcial del cepo del 11 de abril, y la sustitución de la política cambiaria de deslizamiento preanunciado (el crawl al 1% mensual) por un esquema de bandas de intervención, el gobierno procura mantener una suerte de “ancla cambiaria” a través de las ventas en el mercado de futuros, con el objetivo inmediato de llegar a las fechas electorales con la inflación bajo control. 

Esta política no puede evitar el costo de expectativas de inflación que no terminan de ser ancladas para el “día después” de los comicios de octubre, más cuando la tarea de desmontar los cepos no ha sido terminada. A su vez, la marcada diferencia de velocidad entre la evolución de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios está llevando la economía a un escenario en el que, para mantenerse en equilibrio, habrá de requerir mayor nivel de reservas, menor riesgo país para el “rollover” de los vencimientos de capital de la deuda y mayor ingreso de capitales por inversión extranjera directa. Son tres requisitos que no se han completado.

Si la morfología descripta del mercado de trabajo contribuyó a desindexar la economía sin necesidad de utilizar algún tipo de “desagio” como el del “Plan Austral”, esa configuración del empleo es la imagen en espejo de una economía de baja productividad que, además, se ha deteriorado en los últimos 15 años. Este cuadro de situación es un obstáculo para el relanzamiento del país hacia un sendero de crecimiento sostenido. Tomando como referencia 2011, el año en el que se instalaron los “cepos” al cambio y al comercio exterior, la productividad laboral ha caído un 12% en la Argentina, un problema que no enfrentan países comparables de la región, y constituye un verdadero lastre para el crecimiento. 

A su vez, los datos de recaudación de tributos ligados a la evolución del mercado interno hacen presumir amesetamiento del nivel de actividad después del pico de principios de año, fenómeno a confirmar por datos oficiales que salen con rezago. La posibilidad cierta de un segundo trimestre con variación marginal respecto del primero tiene que ver con la forma en la que se ha configurado la política macro, pero fundamentalmente con el hecho de que el empalme de la reactivación al crecimiento depende de reformas estructurales pendientes, que recreen condiciones propicias para la inversión y la productividad.

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Un raro año electoral, sin el tractor del gasto público

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El gasto primario del sector público nacional cerró el 2024 en una cifra de 94,9 mil millones de dólares (tipo de cambio oficial), con un recorte de nada menos que el 28,0 % respecto de los 131,6 mil millones de 2023. Este indicador muestra una diferencia crucial con la transición gubernamental de 2015 a 2016, cuando el gasto público en dólares se ajustó un 14,5 %, para quedar en un nivel de 174,4 mil millones de dólares (moneda constante). La política fiscal de la actual gestión luce mucho más consistente con los equilibrios macro que aquellas experiencias, pero la tarea recién empieza.

No hay lugar para el conformismo. La medición en dólares del gasto público muestra la presión existente sobre el sector de la economía que produce bienes de exportación y compite con importados, y los datos de 2024 reflejan un lastre mucho menos pesado en relación a todo el período de la estanflación que se inició en 2011.

Sin embargo, para “alinear” los planetas hace falta:
Consolidar y dar continuidad a este nuevo escenario;
Asumir que el nacional es una fracción (el 52 %) del gasto público consolidado, siendo que el 48 % restante está en cabeza de provincias y municipios;
Que la presión tributaria elevada incide proporcionalmente mucho más sobre los sectores formales de la economía, y la actividad informal no produce bienes exportables;
Y también que, para atraer proyectos de inversión, se necesita alinear el set de precios locales a los internacionales, pero en este plano subsisten severas anomalías: el castigo tributario a una gama amplia de exportaciones, una protección efectiva elevada y anárquica sobre productos importables, y también la persistencia de otros impuestos distorsivos ( Ingresos Brutos, débitos bancarios y tasas municipales), que llegan a encarecer 15 puntos o más los precios de fábrica en Argentina comparado con Brasil y México, de acuerdo a estudios sectoriales recientes.

Medir la evolución del gasto público en dólares es un buen indicador, complementario de los índices de tipo de cambio real, útiles para auscultar la trayectoria de la llamada “competitividad cambiaria”. Sin embargo, por la “inflexibilidad a la baja” de ciertos precios nominales, la fuerza deflacionaria del ajuste del gasto público puede no trasladarse a los índices de precios minoristas. Además, también juegan los términos de intercambio y, muy relevante, por fuera del agro y la minería, el que tiene mayor poder explicativo sobre el comercio exterior de bienes y servicios es el tipo de cambio real multilateral (que se mide contra una canasta de monedas que incluye el real y el peso chileno, entre otros). Conviene retener el dato que la apreciación del peso contra la canasta de monedas es de 29,5 % contra el promedio de los últimos 28 años, una diferencia de 16 puntos porcentuales con la apreciación de 13,5 % de la medición bilateral (versus el dólar estadounidense).

Respecto de la sustentabilidad del gasto primario del sector público nacional, habiéndose definido una pauta cambiaria del 1,0 % mensual desde febrero, los números son exigentes. Para que las erogaciones en dólares constantes se mantengan en el andarivel descripto, en 2025 habría que hacer un ajuste adicional de 5,3 % en términos reales en las partidas no indexadas, utilizando cálculos del investigador jefe de IERAL, Marcelo Capello. Los ítems presupuestarios sujetos a esa restricción son los correspondientes a personal, subsidios económicos, inversión y transferencias discrecionales a provincias. Esto es así porque para las partidas indexadas, que incluyen jubilaciones, ese año habrá un incremento en
términos reales del 11,6 %, por la inercia de las fórmulas.

Alinear la pauta del gasto público con la del tipo de cambio oficial es una condición necesaria, no suficiente, para el aterrizaje de la economía en un escenario de estabilidad y sin desequilibrios macro significativos. Ocurre que, por la persistencia de las restricciones cambiarias, hay dos precios, y no uno, para el tipo de cambio, aun cuando la brecha se haya reducido a un andarivel del 15,0 %. Ya se subrayó más arriba que los precios relativos no necesariamente estarán en equilibrio aun con un gasto público estabilizado en dólares, y no puede ignorarse que con cepo hay menos propensión a ofertar dólares en el mercado oficial, al mismo tiempo que la demanda de divisas a ese precio tiene sesgo alcista. Esta es una de las razones por las que recuperar reservas del Banco Central es mucho más complejo con restricciones cambiarias que sin ellas (siempre que la política fiscal y monetaria estén alineadas).

Una prueba de la complejidad que surge de la interacción entre las distintas variables es lo ocurrido en 2024, cuando la pauta cambiaria del 2,0 % mensual no impidió que el gasto público se acomodara a la baja en la medición en dólares y, aun así, la cuenta corriente del balance cambiario entrara en terreno negativo en el segundo semestre. Este indicador clave del sector externo pasó a un déficit promedio mensual de 1,2 mil millones de dólares en el último trimestre en la medición base caja, un rojo que no tiene signos de reversión en el arranque de 2025.

El déficit de cuenta corriente está siendo financiado por la puesta en valor de los dólares depositados en el sistema bancario local (de fuerte incremento con el blanqueo), a través de préstamos en argendólares y la suscripción de obligaciones negociables de empresas líderes. Hay margen para que ese mecanismo continúe activo en la primera parte de 2025, con la ampliación de la diferencia entre la tasa de interés en pesos (2,4 % mensual) y el deslizamiento del tipo de cambio, ahora al 1,0 % mensual. En forma convergente opera la baja temporal de retenciones agrícolas destinada a acelerar la liquidación de estas exportaciones en el segundo trimestre.

No obstante, la dificultad para refinanciar la deuda externa en cabeza del Tesoro, que en 2025 suma vencimientos por 17,0 mil millones entre capital e intereses, junto con los efectos colaterales del cepo, se expresan en reservas netas del BCRA con signo negativo, en torno a los 6,0 mil millones de dólares desde setiembre pasado. Esto pese a que el Central acumula en el período un saldo positivo de 6,1 mil millones de dólares en sus intervenciones en el mercado oficial de cambios. Una forma de romper esa divergencia entre compras de dólares y evolución de las reservas es conseguir la refinanciación plena de los vencimientos de deuda. Y la otra es salir del cepo, reseteando la política cambiaria y la monetaria. Esta vez, el año electoral no parece condicionar la política fiscal, pero sí puede explicar la preferencia del gobierno por mantener bajo control tipo de cambio y tasas de interés. Lo que se discute es si el FMI estaría dispuesto a bancar una salida secuenciada del cepo, con un “plan gasolero” en 2025 (contribuyendo a financiar parte de los vencimientos), dejando para después de las elecciones el combo de plata fresca, reformas estructurales y eliminación de las restricciones cambiarias.

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