Joseph Stiglitz

Profesor en la Universidad de Columbia y premio Nobel de Ciencias Económicas.  Este artículo apareció en la edición de septiembre de la revista Finanzas&Desarrollo del Fondo Monetario Internacional.

Harris es la candidata de la libertad

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El contraste entre Kamala Harris y Donald Trump sobre las libertades fundamentales es evidente. En todos los grandes temas de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, las propuestas de Harris ampliarían las libertades de las que disfrutan los estadounidenses como trabajadores, consumidores, pacientes, aspirantes a empresarios e individuos, mientras que la agenda de Trump haría lo contrario.

Kamala Harris ha hecho de la libertad un tema central de su campaña. Bajo el título “Salvaguardar nuestras libertades fundamentales”, su sitio web explica que: “La lucha de la vicepresidenta Harris por nuestro futuro es también una lucha por la libertad. En estas elecciones, muchas libertades fundamentales están en juego: la libertad de tomar sus propias decisiones sobre su propio cuerpo sin interferencia del gobierno; la libertad de amar a quien amas abiertamente y con orgullo; y la libertad que abre todas las demás: la libertad de votar”.

Este mensaje es bienvenido. Ya es hora de que los progresistas estadounidenses reclamen la agenda de libertad de los libertarios y la derecha, especialmente ahora que la derecha representa exactamente lo contrario. Mientras muchos en la derecha se envuelven en la bandera, los progresistas en realidad están promoviendo una agenda de libertad para todos los estadounidenses.

Poner en práctica la lente de un economista aclara la cuestión. En primer lugar, una parte esencial de la libertad es la libertad de hacer y actuar, de estar a la altura de nuestro potencial. Las personas que viven al día o al borde de la inanición no tienen verdadera libertad; Hacen lo que tienen que hacer para sobrevivir.

En segundo lugar, en cualquier sociedad de individuos interdependientes, la libertad para algunos puede implicar una pérdida de libertad para otros. Como dijo el filósofo de Oxford Isaiah Berlin, “la libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte para las ovejas”. La liberalización financiera de las décadas de 1990 y 2000 –libertad para los banqueros– habría significado la muerte para la economía si el gobierno no hubiera intervenido; Pero dado que esa intervención requirió miles de millones de dólares del dinero de los contribuyentes, la crisis aún redujo la libertad de los contribuyentes y de muchos trabajadores y propietarios de viviendas.

En tercer lugar, un poco de coerción puede expandir significativamente la libertad para todos. Cuando trabajamos juntos, podemos hacer cosas que no podemos hacer solos; Pero para evitar el problema del polizón, puede que tenga que haber alguna compulsión.

En cuarto lugar, si bien la economía neoliberal amplió la libertad de las corporaciones para explotar a otros, no condujo a la prosperidad general, y mucho menos a la prosperidad compartida. La buena teoría económica había predicho esto incluso antes de que el neoliberalismo se pusiera de moda en la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Es más, el neoliberalismo ni siquiera es sostenible, porque fomenta rasgos individuales y comportamientos de mercado que socavan el funcionamiento de la economía.

Las economías funcionan sobre la base de la confianza. El Ganadores de los Premios Nobel de Economía de este año –Daron AcemogluSimon Johnson y James A. Robinson– han subrayado la importancia de las instituciones; pero incluso las instituciones aparentemente buenas no funcionan cuando individuos egoístas, como Donald Trump, comienzan a violar descaradamente las normas y a demostrar una deshonestidad extrema.

En quinto lugar, contrariamente a las afirmaciones de conservadores y libertarios como Milton Friedman y Friedrich Hayek, los mercados sin restricciones no son necesarios para la libertad política, ni siquiera conducentes a ella. El auge del populismo autoritario ha sido más pronunciado en países donde los gobiernos han hecho muy poco (para abordar la pobreza, la desigualdad, la inseguridad, etc.), no donde han hecho demasiado.

El contraste entre Harris y Trump en cuanto a las libertades fundamentales, como el derecho de la mujer a controlar su propio cuerpo, es evidente. En todos los temas importantes de estas elecciones, Harris ampliaría las libertades de los estadounidenses y Trump las restringiría. En el centro de la agenda de Harris está el compromiso de ayudar a los estadounidenses comunes, en lugar de volver a la desacreditada economía de goteo que Trump adoptó durante su presidencia. Sus recortes de impuestos propuestos para multimillonarios y grandes corporaciones agregarían un estimado de 7,5 billones de dólares a la deuda de la nación en los próximos años, y esa carga hará que los hijos y nietos de los estadounidenses sean menos libres.

Si bien el aumento de la inflación en todo el mundo después de la pandemia parece haber sido controlado, los estadounidenses siguen preocupados, con razón, por los precios de los medicamentos y la vivienda. Harris ha propuesto medidas para evitar el aumento abusivo de precios, pero estas han sido ampliamente (y deliberadamente) malinterpretadas. Ella no está abogando por que el gobierno federal fije los precios, y muchos estados ya tienen leyes contra el aumento abusivo de precios para evitar que las empresas exploten situaciones excepcionales como huracanes e inundaciones. En todo caso, la pandemia demostró que es necesario fortalecer y aplicar esas políticas.

Del mismo modo, la Ley de Reducción de la Inflación contenía disposiciones para reducir los precios de productos farmacéuticos como la insulina -un medicamento indispensable (centenario) para las personas con diabetes- de lo que obviamente eran niveles exorbitantes. No obstante, Estados Unidos podría hacer mucho más para reducir los precios de los medicamentos a niveles más cercanos a los niveles que se encuentran en Europa, donde existen leyes más estrictas contra los abusos de poder de mercado. Harris trataría de hacer precisamente eso, mientras que Trump ha prometido desmantelar el IRA y, por lo tanto, aumentar los precios para los estadounidenses.

Trump también promete aumentar los aranceles, a una tasa del 100% sobre los productos de China, lo que simplemente aumentaría los precios de la ropa, los electrodomésticos y muchos otros bienes que compran los estadounidenses comunes. De hecho, toda su agenda económica equivale a un impuesto regresivo masivo sobre los estadounidenses de ingresos bajos y medios. Su libertad como consumidores se verá reducida, porque tendrán menos para gastar como les plazca.

Además, si bien Harris ha lanzado un plan integral para expandir la oferta de viviendas y reducir su costo, y para aumentar la asequibilidad para los compradores de vivienda por primera vez, Trump ha permanecido en silencio sobre este tema crítico.

Finalmente, para apoyar la libertad de los estadounidenses de vivir a la altura de su potencial, la agenda de Harris incluye tanto una visión como algunos pasos concretos iniciales para expandir las oportunidades, especialmente el espíritu empresarial. Tales medidas serían tan buenas para aquellos que esperan iniciar un negocio como lo serían para la economía en general.

Trump es un testimonio viviente del repudio de la derecha a la libertad. Afortunadamente, Harris está demostrando cómo se ve cuando los progresistas abrazan y promueven este valor estadounidense fundamental.

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El acuerdo del FMI con Argentina podría cambiar las reglas del juego

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Escriben Joseph E. Stiglitz y Mark Weisbrot – Después de impulsar durante mucho tiempo políticas fallidas de ajuste de cinturón, el Fondo Monetario Internacional acordó un acuerdo que permitirá al gobierno de Argentina seguir una estrategia a favor del crecimiento. La tarea ahora será gestionar los impactos inevitables que surgirán del tumultuoso entorno económico mundial actual.

Un nuevo proyecto de acuerdo entre Argentina y el Fondo Monetario Internacional ha evitado la austeridad. Pendiente de la aprobación del congreso argentino y la junta directiva del FMI, permitirá que la economía argentina crezca mientras el gobierno continúa con sus esfuerzos para reducir la pobreza y reducir gradualmente la inflación. Con tantos países enfrentando problemas de endeudamiento por la pandemia, el FMI deberá adoptar cambios similares en sus políticas en otros lugares.

Es bien sabido que el viejo modelo de austeridad no funciona. No solo hace que la economía se contraiga e inflija dificultades excesivas a la población; tampoco cumple ni siquiera los objetivos estrechos de reducir los déficits y aumentar la capacidad de un país para pagar a los acreedores.

Los defensores de la austeridad han afirmado tener éxito en algunos países. Pero estas eran economías pequeñas lo suficientemente afortunadas de tener socios comerciales que estaban disfrutando de un auge en el momento en que se implementó la austeridad. Esos efectos indirectos positivos compensaron los recortes en el gasto público, pero estas mismas economías podrían haber crecido aún más si no hubieran adoptado políticas de austeridad al estilo de Herbert Hoover.

Argentina, por su parte, ha demostrado los méritos de una estrategia alternativa centrada en el crecimiento. Cuando se permite que la economía se expanda, los ingresos fiscales pueden aumentar rápidamente.

El anuncio de un nuevo acuerdo del FMI con Argentina ha suscitado algunos comentarios críticos que sugieren que hay algo en la sangre de los argentinos que hace que su país no sea digno de confianza, como si fuera una nación de holgazanes. La suposición es que la única forma de lidiar con un moroso en serie es ser despiadadamente duro. De lo contrario, los gobiernos peronistas de “izquierda” derrochadores fiscales supuestamente dejarán un desastre para que lo limpie la próxima administración de centro-derecha, y el ciclo se repetirá sin cesar.

Esta crítica de memoria no podría estar más lejos de la verdad. Cuando el presidente de centro-derecha más reciente, Mauricio Macri, asumió el cargo a fines de 2015, la deuda pública externa de Argentina era relativamente pequeña, del 35% del PIB, debido a las políticas de crecimiento y reestructuración de la deuda de los gobiernos anteriores. Luego, Macri se lanzó a pedir prestado, y se ganó el elogio de los prestamistas de Wall Street felices de capitalizar las altas tasas de interés que ofrecía. En un par de años, sin embargo, todo comenzó a desmoronarse. Para 2019, la deuda pública externa de Argentina había aumentado al 69% del PIB.

El FMI otorgó su préstamo más grande al gobierno de Macri en 2018, sin siquiera imponer condiciones para prohibir que el dinero se use para financiar salidas de capital o pagar deudas insostenibles a acreedores privados. Lo que sucedió a continuación no fue una sorpresa: fuga de capitales, contracción económica y una inflación vertiginosa, que alcanzó el 53,8 % en 2019.

El mismo patrón se había desarrollado en la década de 1990 bajo la presidencia de Carlos Menem. Un mimado del FMI, Menem había sido llevado a Washington y exhibido como un ejemplo de buen gobierno y formulación de políticas económicas sólidas. Pero luego de un período de endeudamiento masivo del gobierno en el extranjero, Argentina cayó en una depresión devastadora que duró de 1998 a 2002. En 2003, la administración peronista de Néstor Kirchner pudo lograr una rápida recuperación. Lo hizo mediante la implementación de una estrategia de crecimiento de base amplia.

Los mercados financieros a menudo están obsesionados con la inflación, y la inflación puede ser un problema para el funcionamiento de una economía de mercado. Obviamente, el presidente argentino, Alberto Fernández, hubiera preferido no haber heredado una economía de alta inflación cuando asumió el cargo en 2019. Pero cada gobierno debe jugar la mano que le toca, y siempre habrá concesiones difíciles en la formulación de políticas económicas. Los programas tradicionales del FMI a menudo han dejado de lado las preocupaciones sobre el costo para las personas y la economía, la pérdida de crecimiento y el aumento de la pobreza, y han seguido una estrategia de tala y quema de austeridad de recorte presupuestario.

Con una inflación del 50,9% en 2021, hay quienes insisten en que Argentina necesita un programa recesivo para controlar los precios. Pero incluso si la austeridad renovada lograra este objetivo, el remedio sería peor que la enfermedad. En un país donde el 40% de la población ya vive por debajo del umbral de la pobreza, ningún programa que aumente el desempleo lo suficiente como para reducir rápidamente la inflación sería sostenible o justificable.

El nuevo acuerdo de Argentina con el FMI es solo el comienzo. Pero siempre habrá quienes anhelen el viejo FMI, con sus condicionalidades contractivas, a menudo duras o procíclicas. Estas políticas serían un desastre para la Argentina y el mundo. Profundizarían la brecha entre las economías avanzadas y los países en desarrollo y de mercados emergentes, lo que socavaría aún más la credibilidad del FMI, que tiene la tarea de garantizar la estabilidad financiera mundial, en un momento en que se necesitan con urgencia medidas para mejorar esta estabilidad.

Durante la implementación del nuevo programa, Argentina inevitablemente experimentará shocks, positivos y negativos. Dado que el COVID-19 sigue siendo omnipresente y en vista de los conflictos geopolíticos en curso, el riesgo de impactos negativos es real. Un gran shock adverso implicaría un menor crecimiento y mayores déficits que los anticipados, lo que requeriría una recalibración. En ese caso, el viejo lenguaje del FMI, “el país se ha descarrilado”, debería desecharse. Aquí hay un reemplazo: “El gobierno y el FMI continúan trabajando juntos para garantizar que el país responda de manera efectiva al shock para que se restablezca el crecimiento compartido, porque solo a través de ese crecimiento se pueden lograr los objetivos acordados”.

Las viejas ideas tardan en morir (no importa cuántas veces se demuestre lo contrario), y la reconstrucción de las instituciones es un proceso lento. Afortunadamente, el nuevo acuerdo del FMI permitirá a Argentina enfrentar los desafíos que enfrenta, en lugar de atarse las manos.

Publicado en Project Syndicate

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Un intento de golpe en el FMI

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Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI desde 2019, ha sido una líder audaz a la hora de hacer frente a las consecuencias económicas de la pandemia y de posicionar al Fondo como pionero mundial en el cambio climático. Los esfuerzos que se están realizando para eliminarla no solo son injustos, sino que podrían paralizar la gestión del Fondo en los próximos años.

Se están tomando medidas para reemplazar o al menos debilitar en gran medida a Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional desde 2019. Esta es la misma Georgieva cuya excelente respuesta a la pandemia proporcionó rápidamente fondos para mantener a los países a flote y abordar la crisis de salud, y quien con éxito abogó por una emisión de $ 650 mil millones de “dinero” del FMI (derechos especiales de giro, o DEG), tan esencial para la recuperación de los países de ingresos bajos y medianos. Además, ha posicionado al Fondo para asumir un papel de liderazgo mundial en la respuesta a la crisis existencial del cambio climático.

Por todas estas acciones, Georgieva debe ser aplaudida. ¿Entonces, cuál es el problema? ¿Y quién está detrás del esfuerzo por desacreditarla y expulsarla?

El problema es un informe que el Banco Mundial encargó al bufete de abogados WilmerHale sobre el índice anual Doing Business del Banco, que clasifica a los países según la facilidad para abrir y operar empresas comerciales. El informe contiene acusaciones, o más exactamente “pistas”, de irregularidades que involucran a China, Arabia Saudita y Azerbaiyán en los índices de 2018 y 2020.

Georgieva ha sido atacada por el índice de 2018, en el que China ocupó el puesto 78, la misma posición que el año anterior. Pero hay una insinuación de que debería haber sido más baja y se dejó como parte de un acuerdo para asegurar el apoyo chino para el aumento de capital que el Banco estaba buscando en ese momento. Georgieva era la directora ejecutiva del Banco Mundial en ese momento.

El único resultado positivo del episodio puede ser la terminación del índice. Hace un cuarto de siglo, cuando era economista jefe del Banco Mundial y Doing Business fue publicado por una división separada, la Corporación Financiera Internacional, pensé que era un producto terrible. Los países recibieron buenas calificaciones por impuestos corporativos bajos y regulaciones laborales débiles. Los números siempre fueron blandos, con pequeños cambios en los datos que tienen efectos potencialmente grandes en las clasificaciones. Los países se sintieron inevitablemente molestos cuando decisiones aparentemente arbitrarias hicieron que cayeran en la clasificación.1

Después de leer el informe de WilmerHale, de hablar directamente con las personas clave involucradas y de conocer todo el proceso, la investigación me parece un trabajo de hacha. En todo momento, Georgieva actuó de una manera completamente profesional, haciendo exactamente lo que yo habría hecho (y ocasionalmente tuve que hacer cuando era economista jefe): instar a quienes trabajan para mí a asegurarse de que sus números sean correctos, o lo más precisos posible, dado que las limitaciones inherentes a los datos.

Shanta Devarajan, el jefe de la unidad que supervisa Doing Business y que reportó directamente a Georgieva en 2018, insiste en que nunca fue presionado para cambiar los datos o los resultados. El personal del Banco hizo exactamente lo que le ordenó Georgieva y volvió a verificar las cifras, haciendo cambios minúsculos que llevaron a una ligera revisión al alza.

El informe de WilmerHale en sí es curioso en muchos sentidos. Da la impresión de que hubo un quid pro quo: el Banco estaba intentando reunir capital y ofreció clasificaciones mejoradas para ayudar a conseguirlo. Pero China fue el patrocinador más entusiasta de la ampliación de capital; eran los Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump los que se arrastraban. Si el objetivo hubiera sido asegurar la ampliación de capital, la mejor forma de hacerlo habría sido rebajar la clasificación de China.

El informe tampoco explica por qué no incluye el testimonio completo de la única persona, Devarajan, con conocimiento de primera mano de lo que dijo Georgieva. “Pasé horas contando mi versión de los hechos a los abogados del Banco Mundial, que incluyeron solo la mitad de lo que les conté”, dijo Devarajan. En cambio, el informe se basa en gran medida en insinuaciones.

El verdadero escándalo es el informe de WilmerHale, que incluye cómo David Malpass, presidente del Banco Mundial, escapa ileso. El informe señala otro episodio, un intento de mejorar Arabia Saudita en el índice Doing Business 2020, pero concluye que el liderazgo del Banco no tuvo nada que ver con lo que sucedió. Malpass iría a Arabia Saudita promocionando sus reformas sobre la base de Doing Business solo un año después de que funcionarios de seguridad sauditas asesinaran y desmembraran al periodista Jamal Khashoggi.

El que paga el flautista, parece, manda la melodía. Afortunadamente, el periodismo de investigación ha descubierto un comportamiento mucho peor, incluido un intento sin adornos de Malpass de cambiar la metodología de Doing Business para hacer que China descienda en la clasificación.

Si el informe WilmerHale se caracteriza mejor como un trabajo de hacha, ¿cuál es el motivo? No es sorprendente que haya algunos que no estén contentos con la dirección que ha tomado el FMI bajo el liderazgo de Georgieva. Algunos piensan que debería ceñirse a su tejido y no preocuparse por el cambio climático. A algunos les disgusta el cambio progresivo, con menos énfasis en la austeridad, más en la pobreza y el desarrollo, y una mayor conciencia de los límites de los mercados.

Muchos actores del mercado financiero están descontentos de que el FMI no parezca estar actuando con tanta fuerza como un cobrador de créditos, una parte central de mi crítica al Fondo en mi libro La globalización y sus descontentos. En la reestructuración de la deuda argentina que comenzó en 2020, el Fondo mostró claramente los límites a lo que podía pagar el país, es decir, cuánta deuda era sostenible. Debido a que muchos acreedores privados querían que el país pagara más de lo que era sostenible, este simple acto cambió el marco de negociación.

Además, existen rivalidades institucionales de larga data entre el FMI y el Banco Mundial, intensificadas ahora por el debate sobre quién debería administrar un nuevo fondo propuesto para “reciclar” los DEG recién emitidos de las economías avanzadas a los países más pobres.

Se puede agregar a esta mezcla la vertiente aislacionista de la política estadounidense, encarnada por Malpass, designado por Trump, combinada con el deseo de socavar al presidente Joe Biden creando un problema más para una administración que enfrenta tantos otros desafíos. Y luego están los conflictos normales de personalidad.

Pero la intriga política y la rivalidad burocrática son las últimas cosas que necesita el mundo en un momento en que la pandemia y sus consecuencias económicas han dejado a muchos países enfrentando crisis de deuda. Ahora más que nunca, el mundo necesita la mano firme de Georgieva en el FMI.

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Superar la gran brecha

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La pandemia ha dejado al descubierto profundas divisiones, pero no es demasiado tarde para cambiar el rumbo

LA COVID-19 no sabe de igualdad de oportunidades: persigue a las personas con problemas de salud y a aquellas cuya vida cotidiana las expone a un mayor contacto con otras. Esto significa que va en forma desproporcionada tras los pobres, especialmente en los países pobres y en economías avanzadas como Estados Unidos donde el acceso a los servicios médicos no está garantizado. Una de las razones por las que Estados Unidos ha registrado el mayor número de casos y muertes (al menos al momento de entrar en prensa esta revista) es porque sus estándares sanitarios se ubican en promedio entre los peores de las principales economías desarrolladas, ejemplificados por una baja esperanza de vida (ahora más baja que siete años atrás) y por niveles más altos de disparidades en materia sanitaria.

En el mundo hay marcadas diferencias en la forma en que se ha manejado la pandemia, tanto en lo que respecta al éxito logrado por los países en mantener la salud de sus ciudadanos y la economía como a la magnitud de las desigualdades expuestas. Esas diferencias obedecen a muchas razones: el estado preexistente de la atención de la salud y las desigualdades sanitarias; el grado de preparación de un país y la resiliencia de la economía; la calidad de la respuesta pública, incluido su fundamento en la ciencia y el conocimiento; la confianza de los ciudadanos en las directrices del gobierno; y cómo los ciudadanos equilibraron sus “libertades” individuales de hacer lo que les plazca y su respeto por los demás, reconociendo que sus actos generaban externalidades. Los investigadores pasarán años analizando la intensidad de los diversos efectos.

Dos países ilustran algunas de las probables lecciones. Si Estados Unidos representa un extremo, quizá Nueva Zelandia represente el otro. Es un país en el cual un gobierno competente se basó en la ciencia y el conocimiento para tomar decisiones, un país con un alto nivel de solidaridad social (los ciudadanos reconocen que su comportamiento afecta a los demás) y de confianza, incluida la confianza en el gobierno. Nueva Zelandia ha logrado controlar la enfermedad y planea reasignar algunos recursos infrautilizados para construir la clase de economía que debería caracterizar el mundo pospandemia: un mundo más verde y más basado en el conocimiento, con un grado aun mayor de igualdad, confianza y solidaridad. Hay una dinámica natural en funcionamiento. Estos atributos positivos pueden reforzarse mutuamente. De igual manera, puede haber atributos adversos y destructivos que generen menos inclusión y más polarización en la sociedad.

Lamentablemente, si bien las desigualdades de nuestra sociedad ya eran graves antes de la pandemia y esta las ha expuesto contundentemente, podrían ser aun mayores en el mundo pospandemia a menos que los gobiernos hagan algo. La razón es simple: la COVID-19 no se irá rápidamente, y el temor de otra pandemia persistirá. Ahora es más probable que tanto el sector privado como el público tomen en serio los riesgos, y que entonces ciertas actividades, ciertos bienes y servicios, y ciertos procesos productivos sean vistos como más riesgosos y costosos. Si bien los robots también contraen virus, es más fácil manejarlos. Por eso es probable que, donde sea posible y al menos de cara al futuro, los robots reemplacen a los humanos, y el “zooming”, a los viajes aéreos. La pandemia amplía la amenaza de la automatización para los trabajadores poco cualificados en servicios que requieren interacciones personales, que hasta ahora se habían considerado menos afectados, como por ejemplo educación y salud. Todo esto significa que disminuirá la demanda de ciertos tipos de trabajo. Estos cambios casi con certeza aumentarán la desigualdad, acelerando las tendencias ya existentes.

Nueva economía, nuevas reglas

La respuesta fácil es acelerar el perfeccionamiento y la capacitación profesional paralelamente a los cambios del mercado de trabajo. Pero hay buenas razones para creer que esos pasos por sí solos no bastarán. Se necesita un programa integral para reducir la desigualdad del ingreso. El programa debe reconocer primero que el modelo de equilibrio competitivo (por el cual los productores maximizan las ganancias, los consumidores maximizan la utilidad y los precios se determinan en mercados competitivos que equiparan la demanda y la oferta) que ha dominado el pensamiento de los economistas por más de un siglo no ofrece hoy una buena perspectiva de la economía, especialmente para comprender el aumento de la desigualdad, o incluso el crecimiento impulsado por la innovación. Tenemos una economía plagada de poder de mercado y explotación.

Las reglas de juego importan. El debilitamiento de las restricciones al poder empresarial, la reducción del poder de negociación de los trabajadores, y la
erosión de las reglas que atañen a la explotación de consumidores, prestatarios, estudiantes y trabajadores se han combinado para crear una economía que funciona peor, caracterizada por un mayor rentismo
y más desigualdad.

Necesitamos una reformulación integral de las reglas de la economía. Por ejemplo, necesitamos políticas monetarias que se enfoquen más en asegurar el pleno empleo de todos los grupos y no solo en la inflación; leyes de quiebra mejor equilibradas, que reemplacen aquellas que se volvieron demasiado favorables al acreedor y asignaron muy poca responsabilidad a los banqueros que otorgaron préstamos abusivos; y leyes de gobierno corporativo que reconozcan la importancia de todas las partes interesadas, no solo de los accionistas. Las reglas que rigen la globalización no pueden servir solo a los intereses corporativos; los trabajadores y el medio ambiente tienen que ser protegidos. La legislación laboral debe proteger mejor a los trabajadores y ofrecer un mayor margen para la acción colectiva.

Pero todo esto no creará, al menos en el corto plazo, la igualdad y solidaridad que necesitamos. Tendremos que mejorar no solo la distribución del ingreso por el mercado sino también la redistribución. Resulta nefasto que algunos países con el grado más alto de desigualdad del ingreso de mercado, como Estados Unidos, de hecho tengan sistemas tributarios regresivos donde quienes más ganan pagan en impuestos una proporción menor de su ingreso que los trabajadores ubicados en niveles inferiores de la escala.

En esta última década el FMI ha reconocido la importancia de la igualdad para promover un buen desempeño económico (con crecimiento y estabilidad). Los mercados no prestan atención a los efectos más amplios resultantes de decisiones descentralizadas que llevan a un endeudamiento excesivo en moneda extranjera o a una excesiva desigualdad. Durante el reinado del neoliberalismo no se prestó atención alguna a la forma en que las políticas (como la liberalización de los mercados financieros y de capital) contribuían a una mayor volatilidad y desigualdad, ni a cómo otros cambios en las políticas —como pasar de planes jubilatorios de prestaciones
definidas a otros de contribuciones definidas, o de los públicos a los privados— generaron mayor inseguridad individual, así como mayor volatilidad macroeconómica, al debilitar los estabilizadores automáticos de la economía.

Las reglas están moldeando muchos aspectos de la respuesta de las economías a la COVID-19. En algunos países, alentaron el cortoplacismo y las desigualdades, dos características de las sociedades que no han manejado bien la COVID-19. Esos países no estaban bien preparados para afrontar la pandemia; las cadenas de suministro mundial que construyeron no eran suficientemente resilientes. Cuando llegó la COVID-19, por ejemplo, las empresas estadounidenses no pudieron siquiera proveer suficientes insumos básicos como mascarillas y guantes, ni mucho menos productos más complejos como tests y respiradores.

Dimensiones internacionales

La COVID-19 ha expuesto y exacerbado las desigualdades entre los países y dentro de cada país. Las economías menos desarrolladas tienen peores condiciones sanitarias, sistemas de salud menos preparados para lidiar con la pandemia y poblaciones cuyo entorno las hace más vulnerables al contagio, y tampoco tienen los recursos de las economías avanzadas para responder a las consecuencias económicas.

La pandemia no será controlada hasta que lo sea en todas partes, y el declive económico no podrá moderarse hasta que haya una robusta recuperación mundial. Por eso, para las economías desarrolladas es un tema de interés propio —así como una preocupación humanitaria— brindar la asistencia que las economías en desarrollo y de mercados emergentes necesitan. Sin ello, la pandemia mundial persistirá más de lo que debería, aumentarán las desigualdades mundiales y habrá una divergencia mundial.

Si bien el Grupo de los Veinte anunció que usaría todos los instrumentos disponibles para brindar este tipo de auxilio, hasta ahora la ayuda ha sido insuficiente. En particular, no se ha empleado un instrumento utilizado en 2009 y fácilmente disponible: una emisión de USD 500.000 millones de derechos especiales de giro (DEG). Hasta ahora, no ha sido posible superar la falta de entusiasmo de Estados Unidos o India. La provisión de DEG sería una enorme ayuda para las economías en desarrollo y de mercados emergentes, con nulo o escaso costo para los contribuyentes de las economías desarrolladas. Sería aun mejor que esas economías aportaran sus DEG a un fondo fiduciario que las economías en desarrollo utilizarían para atender las exigencias de la pandemia.

Las reglas de juego inciden entonces en el desempeño económico y las desigualdades, no solo dentro de los países, sino también entre ellos, y aquí las reglas y normas que rigen la globalización son centrales. Algunos países parecen estar comprometidos con el “nacionalismo de las vacunas”. Otros, como Costa Rica, están haciendo lo que pueden para asegurar que todo conocimiento pertinente para abordar la COVID-19 se utilice en el mundo entero, de forma análoga a las actualizaciones anuales de la vacuna antigripal.

Es probable que la pandemia acarree una erupción de crisis de deuda. Las bajas tasas de interés, combinadas con mercados financieros de las economías avanzadas que promueven los préstamos y un endeudamiento desmedido en las economías de mercados emergentes y en desarrollo, han dejado a varios países con más deuda de la que pueden atender, dada la magnitud de la contracción inducida por la pandemia. Los acreedores internacionales, especialmente los privados, ya deberían saber que no se puede extraer agua de una roca. Habrá una reestructuración de deuda. El único interrogante es si será ordenada o desordenada.

Si bien la pandemia ha expuesto las enormes grietas entre los países del mundo, probablemente también profundizará esas disparidades, dejando cicatrices persistentes, a menos que haya una mayor demostración de solidaridad mundial y nacional. Los organismos internacionales, como el FMI, han brindado liderazgo mundial, actuando de manera ejemplar. En algunos países el liderazgo también les ha permitido abordar la pandemia y sus secuelas económicas, incluidas las desigualdades que de otro modo habrían surgido. Pero aunque los éxitos han sido enormes en algunos lugares, en otros también ha habido fracasos estrepitosos. Y los gobiernos que fracasaron a nivel interno han obstaculizado la necesaria respuesta mundial. Al hacerse evidente la disparidad de resultados, es de esperar que haya un cambio de rumbo. Es probable que la pandemia se quede entre nosotros por un tiempo, y sus secuelas económicas, por mucho más. No es todavía demasiado tarde para cambiar el rumbo.

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Las lecciones que ya dejó la pandemia

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La Covid-19 no ha sido un virus de igualdad de oportunidades: persigue a las personas con mala salud y aquellas cuya vida diaria las expone a un mayor contacto con los demás. Esto significa que persigue desproporcionadamente a los pobres, especialmente en países pobres y en economías avanzadas como Estados Unidos, donde el acceso a la atención médica no está garantizado. 

Una de las razones por las que Estados Unidos se ha visto afectado por el mayor número de casos y muertes (al menos en el momento de esta publicación) es porque tiene uno de los estándares de salud promedio más pobres de las principales economías desarrolladas, ejemplificado por la baja esperanza de vida (más baja ahora incluso que hace siete años) y los niveles más altos de disparidades en salud.

En todo el mundo existen marcadas diferencias en la forma en que se ha gestionado la pandemia, tanto en lo que respecta al éxito de los países en el mantenimiento de la salud de sus ciudadanos y la economía como en la magnitud de las desigualdades que se muestran. 

Hay muchas razones para estas diferencias: el estado preexistente de la atención médica y las desigualdades en salud; la preparación de un país y la resistencia de la economía; la calidad de la respuesta pública, incluida la confianza en la ciencia y la experiencia; la confianza de los ciudadanos en la orientación del gobierno; y cómo los ciudadanos equilibraron sus “libertades” individuales para hacer lo que quisieran con su respeto por los demás, reconociendo que sus acciones generaban externalidades. Los investigadores pasarán años analizando la importancia de estos varios efectos.

Lecciones

Dos países ilustran las posibles lecciones que surgirán. Si Estados Unidos representa un extremo, quizás Nueva Zelanda represente el otro. Es un país en el que un gobierno competente se basó en la ciencia y la experiencia para tomar decisiones, un país donde existe un alto nivel de solidaridad social (los ciudadanos reconocen que su comportamiento afecta a los demás) y confianza, incluida la confianza en el gobierno. 

Nueva Zelanda ha logrado controlar la enfermedad y está trabajando para reasignar algunos recursos infrautilizados para construir el tipo de economía que debería marcar el mundo pospandémico: una que sea más verde y más basada en el conocimiento, con mayor igualdad, confianza y solidaridad

Desafortunadamente, por muy mala que haya sido la desigualdad antes de la pandemia, y como con tanta fuerza la pandemia ha expuesto las desigualdades en nuestra sociedad, el mundo pospandémico podría experimentar desigualdades aún mayores a menos que los gobiernos hagan algo

La razón es simple: la covid-19 no desaparecerá rápidamente. Y el miedo a otra pandemia persistirá. Ahora es más probable que tanto el sector público como el privado se tomen los riesgos en serio. Y eso significa que ciertas actividades, ciertos bienes y servicios y ciertos procesos de producción se considerarán más riesgosos y costosos. 

Si bien los robots contraen virus, son más fáciles de administrar. Por lo tanto, es probable que los robots, cuando sea posible, al menos al margen, reemplazarán a los humanos. El “zoom” sustituirá, al menos en el margen, a los viajes en avión. 

La pandemia amplía la amenaza de la automatización de los trabajadores de servicios de persona a persona poco calificados que, hasta ahora, la literatura ha considerado menos afectados, por ejemplo, en educación y salud. Todo esto hará que disminuya la demanda de determinados tipos de mano de obra. Es casi seguro que este cambio aumentará la desigualdad, acelerando, de alguna manera, las tendencias ya vigentes.

Nueva economía, nuevas reglas

La respuesta fácil es acelerar la mejora de las competencias y la formación junto con el cambiante mercado laboral. Pero hay buenas razones para creer que estos pasos por sí solos no serán suficientes. Será necesario un programa integral para reducir la desigualdad de ingresos

El programa debe reconocer primero que el modelo de equilibrio competitivo (mediante el cual los productores maximizan las ganancias, los consumidores maximizan la utilidad y los precios se determinan en mercados competitivos que igualan la oferta y la demanda) que ha dominado el pensamiento de los economistas durante más de un siglo, no proporciona un buen resultado

Esta es la imagen de la economía actual, especialmente cuando se trata de comprender el crecimiento de la desigualdad. Tenemos una economía plagada de poder de mercado y explotación

Debilitamiento de las limitaciones del poder empresarial; minimizar el poder de negociación de los trabajadores; y la erosión de las reglas que gobiernan la explotación de consumidores, prestatarios, estudiantes y trabajadores han sumado juntos para crear una economía de peor desempeño caracterizada por una mayor búsqueda de rentas y una mayor desigualdad.

Necesitamos una reescritura integral de las reglas de la economía

Por ejemplo, necesitamos políticas monetarias que se centren más en garantizar el pleno empleo de todos los grupos y no solo en la inflación; leyes sobre quiebras que estén mejor equilibradas, reemplazando aquellas que se volvieron demasiado favorables a los acreedores y proporcionaron muy poca responsabilidad a los banqueros que participaron en préstamos predatorios; y leyes de gobierno corporativo que reconocen la importancia de todas las partes interesadas, no solo de los accionistas. 

Las reglas que gobiernan la globalización deben hacer algo más que servir a los intereses corporativos; los trabajadores y el medio ambiente deben estar protegidos. La legislación laboral debe mejorar la protección de los trabajadores y brindar un mayor margen para la acción colectiva.

Pero todo esto no creará, al menos a corto plazo, la igualdad y la solidaridad que necesitamos. Tendremos que mejorar no solo la distribución de ingresos en el mercado, sino también la forma en que los redistribuimos. De manera perversa, algunos países con el mayor grado de desigualdad de ingresos del mercado, como Estados Unidos, tienen sistemas tributarios regresivos en los que los que más ganan pagan una proporción menor de sus ingresos en impuestos que los trabajadores que se encuentran más abajo en la escala.

Igualdad

Durante la última década, el FMI ha reconocido la importancia de la igualdad para promover un buen desempeño económico (incluido el crecimiento y la estabilidad). Los mercados por sí mismos no prestan atención a los impactos más amplios que surgen de las decisiones descentralizadas que conducen a un endeudamiento excesivo en moneda extranjera o a una desigualdad excesiva. 

Durante el reinado del neoliberalismo no se prestó atención a cómo las políticas (como la liberalización del mercado de capitales y financieros) contribuyeron a una mayor volatilidad y desigualdad.  O cómo hubo políticas como la jubilación con beneficios definidos, o de pensiones públicas a privadas que llevaron a una mayor inseguridad individual, así como a una mayor volatilidad macroeconómica, al debilitar los estabilizadores automáticos de la economía.

En algunos países, esas reglas alentaron la miopía y las desigualdades, dos características de las sociedades que no han manejado bien la Covid-19. Esos países no estaban adecuadamente preparados para la pandemia: construyeron cadenas de suministro globales que no eran lo suficientemente resistentes. Cuando llegó la covid-19, por ejemplo, las empresas estadounidenses ni siquiera pudieron proporcionar suficientes suministros de cosas simples como máscaras y guantes, y mucho menos productos más complicados como test y respiradores.

Dimensión internacional

La covid-19 ha expuesto y exacerbado las desigualdades entre países al igual que lo ha hecho dentro de los países. Las economías menos desarrolladas tienen peores condiciones de salud, sistemas de salud menos preparados para enfrentar la pandemia y personas que viven en condiciones que las hacen más vulnerables al contagio, y simplemente no tienen los recursos que las economías avanzadas tienen para responder a las consecuencias económicas.

La pandemia no se controlará hasta que se controle en todas partes, y la recesión económica no se dominará hasta que haya una sólida recuperación mundial. Por eso es una cuestión de interés propio, así como una preocupación humanitaria, que las economías desarrolladas proporcionen la asistencia que necesitan las economías en desarrollo y los mercados emergentes. Sin esa asistencia la pandemia mundial persistirá más de lo que lo haría de otro modo, entonces las desigualdades mundiales aumentarán y habrá divergencia mundial.

Si bien el Grupo de los Veinte anunció que utilizaría todos los instrumentos disponibles para brindar este tipo de ayuda, ésta hasta ahora ha sido insuficiente. En particular, no se ha empleado un instrumento utilizado en 2009 y fácilmente disponible: una emisión de 500.000 millones de dólares en derechos especiales de giro (DEG)

Hasta ahora, no se ha podido superar la falta de entusiasmo de Estados Unidos o India. La provisión de DEG sería de enorme ayuda para las economías en desarrollo y los mercados emergentes, sin costo o con un costo mínimo para los contribuyentes de las economías desarrolladas. Sería incluso mejor si esas economías contribuyesen con sus DEG a un fondo fiduciario que las economías en desarrollo utilizarían para hacer frente a las exigencias de la pandemia.

Las reglas del juego afectan no solo el desempeño económico y las desigualdades dentro de los países, sino también entre países, y en este campo las reglas y normas que gobiernan la globalización son centrales. Algunos países parecen estar comprometidos con el “nacionalismo de las vacunas”. Otros, como Costa Rica, están haciendo todo lo posible para garantizar que todo el conocimiento relevante para abordar la covid-19 se utilice para todo el mundo, de manera análoga a cómo se actualiza la vacuna contra la influenza cada año.

Deuda

Es probable que la pandemia provoque una serie de crisis de deuda. Varios países tienen más deuda de la que pueden pagar dada la magnitud de la recesión inducida por la pandemia. Los acreedores internacionales, especialmente los acreedores privados, ya deberían saber que no se podrá sacar agua de la piedra. Habrá una reestructuración de la deuda. La única pregunta es si será ordenada o desordenada.

Si bien la pandemia ha revelado las enormes divisiones entre los países del mundo, es probable que la propia pandemia aumente las disparidades dejando cicatrices duraderas, a menos que haya una mayor demostración de solidaridad mundial y nacional

Las instituciones internacionales, como el FMI, han proporcionado un liderazgo global, actuando de manera ejemplar. 

En algunos países también ha habido un liderazgo que les ha permitido abordar la pandemia y sus consecuencias económicas, incluidas las desigualdades que de otro modo habrían surgido. 

Pero por dramáticos que hayan sido los éxitos en algunos lugares, igualmente dramáticos son los fracasos en otros lugares. Y aquellos gobiernos que han fallado internamente han obstaculizado la respuesta global necesaria. 

A medida que la evidencia de los resultados dispares se vuelve clara, ojalá haya un cambio de rumbo

Es probable que la pandemia nos acompañe durante un tiempo y sus secuelas económicas durante mucho más tiempo. Todavía no es demasiado tarde para un cambio de rumbo, por supuesto.

* Profesor en la Universidad de Columbia y premio Nobel de Ciencias Económicas.  Este artículo apareció en la edición de septiembre de la revista Finanzas&Desarrollo del Fondo Monetario Internacional.


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