Kristalina Georgieva

Directora del Fondo Monetario Internacional

Argentina mira hacia el futuro

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Mi primera reunión en Buenos Aires comenzó con un regalo inesperado. El ministro de economía Luis Caputo me obsequió una camiseta de la selección argentina con mi nombre y el emblemático número 10 de Lionel Messi.

Fue un comienzo muy adecuado para mi primera visita oficial. Cuando Messi por fin levantó la Copa del Mundo en Qatar, tenía 35 años, una edad a la que muchos futbolistas ya se han retirado. Su triunfo, que fue la culminación de años de perseverancia, reveses y dedicación incansable, dejó en claro que para lograr cosas grandes hay que persistir, y que alcanzar una meta puede tomar más tiempo del previsto.

El camino hacia la transformación económica es similar. Recuperar la estabilidad ya es difícil. Hacer que perdure lo es aún más. Las mayores recompensas solo llegan tras años de perseverancia.

Es algo que se me ha quedado grabado durante mi visita a Argentina esta semana. En cada lugar que he visitado, me he encontrado con gente que mira más allá de las dificultades del momento y se pregunta en qué podría convertirse su país en la próxima década.

Para un país que ha pasado gran parte de su historia reciente preocupado por la próxima crisis, ver cómo la mirada empieza a dirigirse más allá del corto plazo, es, para mí, la señal más alentadora de todas.

Una notable estabilización

Hace apenas dos años y medio, Argentina atravesaba uno de los momentos económicos más difíciles de su historia moderna. El gobierno registraba déficits incesantes. La inflación superaba el 200%. La economía estaba contrayéndose. El índice de pobreza había rebasado el 50%. Las familias veían caer el valor de sus salarios y ahorros. A las empresas les resultaba difícil planificar más allá de unas pocas semanas.

Hoy en día el panorama es muy diferente.

Argentina ha registrado un superávit fiscal primario durante dos años consecutivos, la primera vez que esto sucede en 15 años. La economía está creciendo. La inflación ronda actualmente el 30%. La pobreza ha disminuido. El banco central está reconstituyendo las reservas internacionales. El costo del endeudamiento soberano se ha reducido. Las tres principales calificadoras de riesgo han mejorado la calificación crediticia del país. Por otro lado, ya se han aprobado proyectos de inversión por un valor de más de USD 45.000 millones en el marco del régimen argentino de incentivos para grandes inversiones. El tamaño del oleoducto que se está construyendo equivale a más del doble de esa cifra. Estos logros reflejan el compromiso con la estabilidad y las firmes políticas adoptadas por el gobierno de Javier Milei y, por encima de todo, la perseverancia del pueblo argentino.

De la estabilidad al crecimiento y las oportunidades

La estabilización le devuelve a un país algo que no es fácil de medir: el tiempo. Cuando hay confianza en que los precios permanecerán estables, las familias empiezan a ahorrar en lugar de simplemente protegerse contra la inflación. Cuando se confía en que las políticas seguirán siendo predecibles, las empresas invierten con plazos que se miden no en meses sino en años. Los bancos conceden crédito a más largo plazo. Los gobiernos pueden centrar su atención en mejorar las instituciones y no en cómo responder a la próxima emergencia.

Dicho de otro modo, la estabilidad amplía el horizonte temporal de un país. Soy consciente de lo transformadora que puede resultar esa experiencia porque la viví en mi propio país.

Cuando Bulgaria sufrió hiperinflación y una crisis bancaria en la década de 1990, lo que mi madre había ahorrado a lo largo de toda la vida se esfumó prácticamente de la noche a la mañana. Yo guardaba mis modestos ahorros en dólares en una latita escondida en la alacena. Para recuperar la estabilidad fue necesario llevar a cabo difíciles reformas, reforzar las instituciones y perseverar durante muchos años.

Los resultados no se notaron de inmediato. Pero gracias a que Bulgaria mantuvo su rumbo, la confianza fue retornando poco a poco. La inversión aumentó. La gente encontró trabajo. El nivel de vida mejoró. A principios de este año, Bulgaria adoptó el euro, un hito que otrora habría parecido inalcanzable.

La lección no fue simplemente que la estabilización es posible, sino que sus mayores recompensas solo se revelan con el tiempo.

Ese desafío es aún mayor hoy en día. La economía mundial se está tornando cada vez más incierta. Los patrones del comercio están cambiando. Las tensiones geopolíticas permanecen elevadas. La inteligencia artificial está transformando las industrias y los mercados de trabajo a un ritmo vertiginoso. El capital es cada vez más selectivo y fluye hacia los países que saben conjugar políticas sólidas con instituciones predecibles.

En este contexto, la estabilidad macroeconómica no es algo meramente conveniente; es un requisito imprescindible para atraer inversiones, crear empleo y no perder la competitividad.

Desbloquear el potencial

Esa oportunidad me saltó a la vista en Vaca Muerta, los yacimientos de petróleo y gas en rápida expansión de la provincia de Neuquén. Es bien sabido que Argentina goza de recursos naturales de primer orden. Sin embargo, Vaca Muerta demuestra que Argentina también cuenta con ingenieros talentosos, emprendedores y líderes de los sectores público y privado comprometidos con impulsar su desarrollo. Y esto está sucediendo en un momento en el que el mundo busca fuentes de energía seguras y fiables.

Vaca Muerta es apenas un ejemplo de un abanico de oportunidades. La inversión en el sector minero se está acelerando, las exportaciones de servicios basados en el conocimiento rondan los USD 10.000 millones al año y la agricultura sigue siendo uno de los sectores más competitivos del mundo. Además de sus recursos naturales, Argentina tiene emprendedores de talla mundial, universidades prestigiosas y un talento humano excepcional.

La siguiente fase consiste en cerciorarse de que estas oportunidades se extiendan a toda la economía.

Ese mensaje fluyó con claridad en mis conversaciones con los líderes empresariales, que celebraron la renovada estabilidad del país y la creciente confianza de los inversionistas y, a la vez, destacaron la importancia de reducir los obstáculos a la inversión y de que la recuperación beneficie a más sectores.

También fluyó en dos conversaciones muy diferentes.

La primera mañana que pasé en Buenos Aires conocí a Marina, una maquilladora, que me ayudó a prepararme para empezar el día. Me contó que tiene tres trabajos y que la vida sigue siendo difícil. Pero también me dijo que espera que el país mantenga el rumbo. Su situación no ha cambiado de un día al otro. Lo que sí está cambiando es su confianza en que los avances puedan ser duraderos.

Más tarde conocí a la famosa bailarina de tango Mora Godoy. Aparte de su reconocida carrera, ha fundado una escuela de danza y ofrece becas a jóvenes que, de otro modo, quizá nunca tendrían la oportunidad de aprender.

Historias diferentes, profesiones diferentes, pero ambas evocadoras de la misma idea de que invertir hoy puede generar oportunidades mañana.

A los estudiantes también los escuché hablar de esa misma perspectiva a largo plazo. Sus preguntas no se referían a los próximos seis meses. Más bien, eran sobre la inteligencia artificial, la innovación, el liderazgo y el lugar que ocupa Argentina en la economía mundial. Querían saber cómo podría competir su país, no solo el año que viene, sino en las próximas décadas.

En estas conversaciones con líderes empresariales, trabajadores y estudiantes, he podido escuchar un mensaje común y alentador: Argentina está empezando a ver más allá de la próxima crisis y a dirigir la mirada hacia las oportunidades que se avecinan.

Al fin y al cabo, los barómetros del éxito no consistirán solo en tener una inflación más baja, reservas más cuantiosas o finanzas públicas más robustas, sino también en que las empresas inviertan más, las pequeñas y medianas empresas se expandan, los trabajadores consigan mejores empleos y salarios más altos, y más argentinos perciban las ventajas del crecimiento económico en su vida cotidiana.

La siguiente etapa

Esa misma perspectiva a largo plazo es lo que guía la colaboración del FMI con Argentina.

Nuestra función consiste en respaldar las políticas y las instituciones que hacen posible una estabilidad duradera. La propuesta del gobierno de contar con un banco central más sólido e independiente puede ayudar a garantizar que los avances en materia de inflación perduren. Un marco de responsabilidad fiscal duradero, con normas claras e instituciones sólidas, puede ayudar a los futuros gobiernos a preservar los logros conseguidos a base de tanto esfuerzo. Con estas reformas las familias pueden hacer planes, las empresas pueden obtener financiamiento e invertir y los gobiernos pueden mirar más allá de la próxima crisis.

La transformación económica de Argentina también llevará tiempo. El país ha sentado las bases para un futuro más estable. El desafío ahora consiste en mantener el rumbo, para así seguir consolidando las instituciones, la confianza y las oportunidades que permitirán que los actuales avances den paso a una prosperidad duradera.

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Una Europa más fuerte para tiempos más difíciles

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La economía mundial —y Europa con ella— se ve golpeada una vez más por un shock: esta vez, los acontecimientos que se desarrollan en Oriente Medio.

Antes de que Hormuz cerrara, las perspectivas de crecimiento de Europa estaban mejorando y nosotros en el FMI nos preparábamos para mejorar nuestras previsiones. Ahora, vemos un crecimiento a la baja y una inflación al alza.

Pero aún así, algo de mérito donde se debe: podría haber sido mucho peor. Gracias a su enfoque de larga data en las renovables, Europa está mejor preparada que muchas otras: más eficiente energéticamente y menos dependiente del petróleo.

No obstante, el hecho es que estamos sumidos en una era de shock tras shock, capa tras capa, una sobre otra: Covid, inflación, gas ruso, aranceles estadounidenses y ahora Oriente Medio. Es como una tarta de capas, ¡pero definitivamente no sabe bien!

Cada choque supone un nuevo golpe para el crecimiento europeo, para su capacidad de crear empleos y prosperidad para su pueblo. Y a medida que los choques se solapan y sus efectos se acumulan, también lo hace el daño económico.

Seamos sinceros: el mundo ahí fuera es duro. Europa necesita endurecerse.

Pero en cambio, sigue retrasándose. Siento decirlo—todos somos amigos de Europa aquí—pero ese es el hecho. Cuando llegué a Bruselas en 2010 como Comisario de la UE, Europa tenía el mismo PIB nominal que Estados Unidos; ahora, es significativamente más baja, mientras que China la ha alcanzado. Tras dos décadas de débil crecimiento de la productividad, el ingreso por persona europeo es el 70 por ciento del de Estados Unidos, y la brecha se está ampliando.

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¿Cómo pudo pasar esto? Hay muchas razones, pero una es que demasiados innovadores europeos exitosos acaban en el extranjero y muy pocas nuevas empresas de la UE crecen en tamaño para ser competitivas a nivel global. La empresa media cotizada en la UE tiene una capitalización bursátil de aproximadamente la mitad de la media de EE. UU. Y en cuanto a sus pares europeos que igualen a los “hiperescaladores” estadounidenses de IA, no hay ninguno que se vea. La fortaleza de Europa—la previsibilidad de las políticas—se ve mermada por la fragmentación regulatoria y la defensa nacional.

Con un crecimiento débil viene la debilidad fiscal. Los presupuestos nacionales están sometidos a una presión cada vez mayor por las presiones de gasto a largo plazo, incluyendo el aumento de los costes de pensiones y sanidad de una población envejecida, los costes de la transición energética y las necesidades de defensa. En comparación con ahora, el aumento del gasto público anual en estas áreas podría alcanzar el 5 por ciento del PIB para 2040.

Y así la deuda pública sigue aumentando. Sin acción política, estimamos que la carga media simple de deuda pública de los estados miembros de la UE más que se duplicará hasta superar el 130 por ciento del PIB para 2040. ¿La implicación? Fragilidad. Vulnerabilidad.

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Sin embargo, el giro es que Europa sabe muy bien lo que hay que hacer: primero, completar el mercado único, porque esa es la ventaja competitiva de Europa y su principal motor de crecimiento; y segundo, adoptar políticas presupuestarias inteligentes para poner en orden la situación fiscal, para fortalecer y mantener resiliencia.

Primer punto: el mercado único. Se ha repetido muchas veces, pero aún queda un enorme potencial sin explotar. Para empezar, la población de la UE es aproximadamente un 30 % mayor que la de EE. UU., y crecerá aún más a medida que se admitan nuevos miembros. Tanta gente educada y talentosa: una plataforma increíble para crecer.

Pero ahora mismo, Europa no está aprovechando al máximo su tamaño: ni mucho menos. Vemos demasiado conflicto entre las normas y prioridades de la UE y nacionales, demasiadas barreras al comercio intra-UE y demasiada fragmentación en los mercados energéticos y laborales europeos.

¿El resultado? Como nos muestra Enrico, el comercio de capital, electricidad y mano de obra dentro de Europa es demasiado costoso. En la práctica, el mercado único actual de la UE sigue incorporando un mosaico de 27 regímenes nacionales, que a menudo viven más en conflicto que en armonía.

Europa puede hacerlo mejor. El programa Una Europa, Un Mercado ofrece un excelente plan: más de 30 proyectos legislativos. Un plan integral para el progreso.

Las recompensas podrían ser considerables. Estimamos que si las reformas redujeran las fricciones internas a niveles comparables con los de EE. UU. mientras los estados miembros impulsan las reformas nacionales, la productividad de la UE podría aumentar hasta un 20 por ciento en una década. Eso aumentaría el PIB per cápita en un 35 por ciento, o más, si se combina con reformas en finanzas.

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Un crecimiento tendencialmente más alto también contendría las presiones presupuestarias que siguen creciendo, reduciendo el ajuste fiscal necesario para sostener las necesidades de gasto a largo plazo.

Un crecimiento más rápido incrementa los ingresos fiscales, reduce los gastos de la red de seguridad y reduce la relación deuda-PIB. Para la economía europea media, incluso reformas estructurales modestas que impulsen el crecimiento podrían reducir en aproximadamente una quinta parte de la consolidación fiscal necesaria para llevar la deuda a un trayecto descendente. Cuanto más ambiciosas sean las reformas pro-crecimiento, menor será el esfuerzo fiscal necesario.

Y eso me lleva al segundo punto que me gustaría enfatizar: la responsabilidad fiscal.

Para ser concretos, permítanme centrarme en un ejemplo que hoy está muy presente en el objetivo: el gasto en defensa. Dadas las realidades geopolíticas, existe un consenso en Europa de que debe aumentar sustancialmente, además del aumento material de más del 2 por ciento del PIB ya logrado en los últimos años por algunos países de la UE.

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Pero los responsables políticos deberían tomar nota: hay una forma correcta y una incorrecta de proceder. En el FMI, nuestro Panorama Económico Mundial más reciente incluyó un capítulo sobre las grandes concentraciones de defensa en 164 países desde la Segunda Guerra Mundial. De media, cada episodio implicó alrededor del 2,7 por ciento del PIB en un aumento del gasto relacionado con defensa y seguridad, similar a lo que los países de la OTAN ahora se han comprometido a ofrecer para 2035.

Si dicha expansión se financia con déficit, conduce a una deuda más alta—algo que muchos países de la UE simplemente no pueden permitirse dadas sus limitaciones fiscales. Para estos países en particular, es importante que los aumentos grandes y permanentes en los gastos de defensa se realicen de manera presupuestariamente neutral, lo que implica compromisos difíciles en impuestos y gastos no relacionados con defensa.

Igualmente, los gobiernos deberían esforzarse por ejecutar los aumentos de defensa de manera que maximicen el impulso para el crecimiento. A corto plazo, mayores inversiones en defensa pueden impulsar la demanda interna, aunque a menudo con fugas en las importaciones. La cuestión más importante, sin embargo, es qué ocurrirá a largo plazo. Aquí, nuestros estudios muestran que el impulso potencial al crecimiento es modesto, pero que el gasto en capital en defensa y la investigación y desarrollo en defensa, si no desplazan a otras inversiones productivas, pueden apoyar el crecimiento de la productividad.

Punto principal: cómo se hace importa. Si los Estados miembros actuaran solos—duplicando esfuerzos, fragmentando la adquisición—el beneficio sería mucho menor. Pero si coordinan en investigación y desarrollo y otros aspectos, utilizan compras y estándares comunes, y están abiertos a licitaciones por parte de empresas grandes y pequeñas, entonces el tamaño del mercado se expande y la productividad puede beneficiarse.

Por eso instrumentos como SAFE—Acción de Seguridad para Europa—y el Marco Financiero Multianual de la UE, son tan importantes. No solo agrupan recursos, sino que ayudan a los países a minimizar la duplicidad e invertir estratégicamente. Si se hace bien, mayores gastos en defensa no tienen por qué aumentar la carga de la deuda nacional.

En conjunto, las reformas estructurales y una política fiscal inteligente —hoy ilustrada con el ejemplo de la defensa— pueden dar resultados.

Así que permítanme terminar insistiendo en que Europa puede hacerlo. Ya ha logrado grandes avances en eficiencia energética y seguridad energética. Ahora, que use el último shock y las realidades geopolíticas como grito de guerra para actuar.

Europa: completar el mercado único, porque la fortaleza de tu crecimiento depende de ello, y gestionar las presiones de gasto a largo plazo, incluyendo en defensa, porque la resiliencia depende de ello. Sé disciplinado y firme. Sé pragmático. Construye coaliciones de los dispuestos. Dejad de señalar con el dedo entre las capitales nacionales y Bruselas. Llevar a los ciudadanos con el esfuerzo de reforma.

En el espíritu de Jacques Delors, ya te has reinventado antes. ¡Ponte fuerte y hazlo de nuevo!

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Oportunidades en tiempos de cambio

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Al observar el mundo a lo largo de los decenios, veo un progreso extraordinario, pero también sueños que no se han cumplido. Hoy, la persona promedio vive mucho mejor que, digamos, hace 30 años, pero cifras como esa ocultan un hondo trasfondo de marginación, descontento y penurias.

Muchas personas en muchos lugares —en especial los jóvenes— están manifestando su desilusión en las calles: de Lima a Rabat, de París a Nairobi y de Katmandú a Yakarta, todos están exigiendo mejores oportunidades.

En Estados Unidos, las probabilidades de crecer y llegar a ganar más que los propios padres siguen disminuyendo. Aquí también, el descontento ha sido palpable y ha contribuido a desencadenar la revolución en las políticas, que está reconfigurando ahora el comercio, la inmigración y muchos marcos internacionales.

Todo esto se da en un contexto de profundas transformaciones geopolíticas, tecnológicas, demográficas —con poblaciones que crecen rápidamente en algunos lugares y se reducen en otros—, y ante el daño cada vez mayor que infligimos a nuestro planeta.

El resultado es una incertidumbre sumamente elevada, que a nivel mundial se ha disparado y sigue en aumento. Abróchense los cinturones: la incertidumbre es la nueva normalidad y está para quedarse.

***

La próxima semana, cuando los ministros de Hacienda y los gobernadores de bancos centrales de todo el mundo se reúnan en nuestras Reuniones Anuales, las inquietudes más acuciantes se referirán al impacto económico mundial de estas fuerzas de cambio y a la turbulencia en materia de políticas que estamos presenciando.

¿Y cómo lo está afrontando la economía mundial? En síntesis, podríamos decir que mejor de lo que se temía, pero peor de lo que necesitamos.

Cuando nos reunimos en abril, muchos expertos —no el FMI— pronosticaron una recesión a corto plazo en Estados Unidos, con repercusiones negativas en el resto del mundo. En cambio, la economía estadounidense, así como muchos otros mercados avanzados y emergentes y algunos países en desarrollo, han aguantado.

Como se explicará la semana que viene en nuestro informe Perspectivas de la economía mundial, prevemos una leve desaceleración del crecimiento mundial este año y el que viene. Todos los indicios apuntan a una economía mundial que, en generalha soportado tensiones agudas derivadas de múltiples shocks.

¿Cómo se explica esta resiliencia? Señalaría cuatro razones:

  • Una, la mejora de los fundamentos de las políticas;
  • Dos, la adaptabilidad del sector privado;
  • Tres, un impacto de los aranceles menos grave de lo que se temía inicialmente, por ahora, y
  • Cuatro, unas condiciones financieras favorables, mientras duren.

Permítanme ahondar en estos asuntos.

La primera razón: la mejora de los fundamentos de las políticas y la coordinación mundial.

En muchas partes del mundo, esfuerzos sostenidos han dado lugar a una política monetaria más creíble, a mercados de bonos en moneda local más profundos, a nuevas reglas fiscales y —durante la pandemia— a medidas fiscales prontas, firmes y coordinadas a escala mundial para limitar el sufrimiento inmediato y las secuelas duraderas.

En especial, las economías de mercados emergentes han mejorado sustancialmente sus marcos de políticas y sus instituciones. Acabamos de publicar un informe sobre los avances, en el que se cuantifican las ganancias. Ahora, cuando se producen los shocks, estas economías responden mejor de lo que lo hacían antes de la crisis financiera mundial.

Las buenas políticas marcan una diferencia.

La segunda razón de la resiliencia ha sido la adaptabilidad del sector privado. Basta con observar la iniciativa privada en el comercio mundial: las empresas han estado anticipando los pedidos de importaciones antes de las subidas arancelarias y reorganizando sus cadenas de suministro.

Los balances de las empresas en general muestran solidez tras años de beneficios cuantiosos, la capacidad de reacción es rápida gracias a un simulacro de shock tras otro, la inteligencia artificial se está consolidando y el cambio es algo que se asume como un reto y se aprovecha como una oportunidad.

Tercera razón: los aranceles, que no han producido un shock tan grande como se anunció inicialmente.

La tasa arancelaria de Estados Unidos ponderada en función del comercio ha caído del 23% en abril al 17½% actual, nivel que sigue siendo mucho más alto que antes. La tasa efectiva de Estados Unidos supera con creces la del resto del mundo, que se ha mantenido relativamente estable este año, habiéndose observado muy pocos casos de represalias.

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En resumen, el mundo ha evitado hasta ahora una escalada de represalias comerciales. Pero la apertura ha sufrido un duro golpe.

No obstante, este capítulo no se ha cerrado aún; las tasas arancelarias de Estados Unidos siguen cambiando. Los acuerdos comerciales con el Reino Unido, la Unión Europea, Japón y, pronto, Corea, han logrado reducir levemente algunas tasas, mientras que las disputas con Brasil y la India han elevado otras. Es probable que las tasas de otros países también varíen.

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Cuarta razón: las condiciones financieras favorables. Los precios de las acciones a nivel mundial están subiendo, impulsados por el optimismo sobre el potencial de la inteligencia artificial para mejorar la productividad. Esto, sumado a los estrechos diferenciales de riesgo, deja los mercados de financiamiento en general abiertos, y el deslizamiento del dólar a comienzos del año supone un valioso alivio para los prestatarios no estadounidenses con deuda denominada en dólares.

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Estos son, pues, los cuatro factores que explican la resiliencia económica que hemos visto este año.

***

Pero antes de que alguien lance un gran suspiro de alivio, tengo que decirles que la resiliencia mundial aún no ha sido puesta a prueba del todo.

Y hay señales preocupantes de que esa prueba puede llegar. Basta con fijarse en la creciente demanda mundial de oro. Alentadas por los efectos de valoración y las compras netas —que obedecen en parte a factores geopolíticos—, las tenencias de oro monetario superan ahora una quinta parte de las reservas oficiales a escala mundial.

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En cuanto a los aranceles, aún está por verse su efecto total. En Estados Unidos, la compresión de los márgenes podría exacerbar el efecto de traspaso a los precios, elevando la inflación, y con consecuencias para la política monetaria y el crecimiento. En otros países, una avalancha de bienes previamente destinados al mercado estadounidense podría desencadenar una segunda ronda de aumentos de los aranceles.

Sí, el comercio está revuelto, pero sigue fluyendo, como el agua, que es difícil de detener. Por ahora, la mayor parte del comercio mundial aún sigue las normas. Desde el FMI rogamos a las autoridades económicas del mundo mantener ese apego a las normas, preservar el comercio como motor del crecimiento.

En cuanto a las condiciones financieras favorables —que disimulan pero no detienen algunas tendencias de debilitamiento, incluida la creación de empleo—, la historia nos advierte que esos ánimos pueden dar un vuelco abrupto.

Las valoraciones de hoy van camino de igualar los niveles que vimos durante el auge de las acciones debido a Internet hace 25 años. De producirse una corrección brusca, unas condiciones financieras más restrictivas podrían lastrar el crecimiento mundial, dejar al descubierto vulnerabilidades y complicar especialmente la vida de los países en desarrollo.

***

En este mundo multipolar que cambia rápidamente, es fundamental que las autoridades hagan mucho más para aprovechar y ofrecer oportunidades, de modo que puedan colmar las aspiraciones de los ciudadanos, en especial la gente joven.

En el FMI proponemos tres objetivos de política a mediano plazo:

  • Primero, impulsar el crecimiento de forma duradera para que la economía genere más empleo y más ingresos públicos y mejore la sostenibilidad de la deuda tanto pública como privada;
  • Segundo, sanear las finanzas públicas para que puedan amortiguar nuevos shocks y atender las necesidades acuciantes sin elevar las tasas de interés de los empréstitos del sector privado, y
  • Tercero, abordar los desequilibrios excesivos, tanto internos como externos, para evitar que se conviertan en un factor desestabilizador.

Veámoslos en detalle uno por uno.

En primer lugar, el crecimiento. Se prevé que el crecimiento mundial se sitúe en torno al 3% a mediano plazo, frente al 3,7% registrado antes de la pandemia. Los patrones de crecimiento mundial han ido cambiando a lo largo de los años, en particular con la desaceleración constante de China, mientras la India se consolida como un motor clave del crecimiento.

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Para elevar el crecimiento de forma duradera se necesita una mayor productividad del sector privado. Y para ello, los gobiernos deben proveer y proteger los componentes básicos de los mercados libres, en particular los derechos de propiedad, el Estado de derecho, los datos de calidad, códigos de quiebra eficaces, una supervisión sólida del sector financiero e instituciones independientes y capaces de rendir cuentas.

En demasiadas economías, la productividad del sector privado está empantanada por los trámites, que entorpecen el arranque y crecimiento de empresas emergentes. La competencia es fundamental y la regulación no debe tolerar ni crear ventajas injustas.

Por ello, hoy insto a todos nuestros países miembros a emprender una revisión de sus regulaciones que fomente el espíritu emprendedor, con el apoyo de unas instituciones y una gobernanza sólidas. No es momento de infligirse daños, sino de poner la casa en orden.

En cuanto a Asia, debe profundizar el comercio interno para incluir más bienes finales y más servicios e impulsar reformas que fortalezcan el sector de servicios y el acceso al financiamiento. Nuestro análisis indica que un impulso en favor de una mayor integración regional —en particular mediante la reducción de las barreras no arancelarias— podría elevar el PIB un 1,8% a largo plazo. 

Respecto a África subsahariana, quisiera señalar que las reformas en esta región podrían arrojar beneficios especialmente grandes en vista del crecimiento y la juventud de la fuerza laboral. Unas reformas integrales en favor de las empresas, combinadas con el progreso en la construcción del Acuerdo de la Zona de Libre Comercio Continental, podrían elevar el PIB real per cápita del país africano mediano más del 10%.

Respecto a mi entrañable Europa natal, permítanme ser franca: ya es hora de dejar la retórica sobre cómo mejorar la competitividad, ya saben lo que hay que hacer. Es hora de actuar. Consideren nombrar un “zar del mercado único” con autoridad real para impulsar las reformas. Eliminen las fricciones fronterizas en el mercado laboral, el comercio de bienes y servicios, la energía y las finanzas. Erijan un sistema financiero europeo único. Pongan en marcha una unión energética. Completen su proyecto. Y pónganse a la par del dinamismo del sector privado de Estados Unidos.

Una imagen vale más que mil palabras: vean cómo siete megaempresas estadounidenses —ninguna de las cuales existía hace 51 años— cuentan con una capitalización de mercado que eclipsa la de empresas europeas de similar antigüedad.

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Permítanme referirme ahora a las finanzas públicas, comenzando por una realidad preocupante: se prevé que la deuda pública mundial supere el 100% del PIB en 2029 (gráfico 9), impulsada por las economías avanzadas y de mercados emergentes.

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El aumento de la deuda infla los pagos por intereses, ejerce presión al alza sobre los costos de endeudamiento, limita otras partidas de gasto y reduce la capacidad de los gobiernos para amortiguar los shocks.

Una de las víctimas es la asistencia para el desarrollo que las economías avanzadas brindan a los países más necesitados del mundo, que continúa su lamentable declive. Para los países de ingreso bajo beneficiarios de esa asistencia, esto significa que deben encontrar más maneras de ayudarse a sí mismos, y eso incluye fijar una meta mínima para la relación impuestos/PIB del 15%.

La consolidación fiscal es necesaria en los países ricos y pobres, sin distinción.

La consolidación es difícil, como lo demuestran muchos de los episodios recientes de malestar social. Pero si se planifica, comunica e implementa de manera adecuada, una reducción significativa del déficit es posible, sobre todo si va acompañada de un mayor crecimiento a mediano plazo.

A este respecto, permítanme pasar ahora a la tercera tarea: reducir el resurgimiento de desequilibrios en cuenta corriente.

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Como hemos visto, esos desequilibrios pueden provocar una reacción proteccionista y, al reflejarse en los flujos de capital netos, pueden agravar los riesgos para la estabilidad financiera. En el FMI estamos trabajando arduamente para perfeccionar nuestras evaluaciones del sector externo y seguiremos presionando a los principales actores para que adopten medidas correctivas de política.

Estados Unidos, donde tanto el consumo privado como el déficit fiscal son elevados y el déficit en cuenta corriente alcanza niveles no vistos desde comienzos de la década de 2000, le instamos a actuar en dos grandes esferas:

  • En primer lugar, adoptar medidas para hacer frente al déficit del gobierno federal, teniendo en cuenta que la relación deuda pública/PIB va camino de superar su máximo histórico registrado tras la Segunda Guerra Mundial. Necesitamos medidas sostenidas que vayan más allá del gasto discrecional.
  • En segundo lugar, incentivar el ahorro de los hogares, considerando, por ejemplo, la posibilidad de ampliar los planes existentes que ofrecen un tratamiento fiscal favorable al ahorro para la jubilación, entre otros posibles ajustes de política tributaria.

En el caso de China, donde el ahorro privado siempre ha sido elevado y la demanda interna se ve reprimida por un prolongado ajuste del sector inmobiliario y las presiones deflacionarias, instamos a una expansión fiscal transitoria y una recomposición fiscal permanente.

China necesita un plan fiscal estructural para estimular el consumo privado, adoptar un nuevo modelo de crecimiento y reactivar su economía, lo que también ayudará a contrarrestar la reciente depreciación de su tipo de cambio real, que impide el reequilibrio.

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Entre otras medidas, el plan de China debería destinar más gasto a redes de protección social y al saneamiento del sector inmobiliario, y mucho menos a política industrial, que un reciente estudio del FMI estima que cuesta un elevadísimo 4,4% del PIB por año.

Y en lo que respecta a Alemania, su reciente giro estructural hacia una política fiscal más expansiva —que debería contribuir a reducir el superávit en cuenta corriente— demuestra que, efectivamente, las rectificaciones son posibles. El gasto público en infraestructura, al mejorar los incentivos para la inversión privada en el país, será especialmente beneficioso en un momento en que Alemania busca inyectar un nuevo dinamismo en su sector privado.

***

Para concluir, quisiera volver a referirme a las aspiraciones de los jóvenes. Dirijo con un profundo sentido de responsabilidad una institución cuyo deber fundamental es influir en las políticas a fin de elevar al máximo las oportunidades económicas para todas las personas.

De modo que mis palabras de despedida son estas: si todos aunamos fuerzas en este complejo e incierto mundo, podemos formular buenas políticas que sustenten unos mercados libres con regulaciones inteligentes, instituciones fuertes, datos fiables y redes de protección sólidas, es decir, con políticas capaces de generar aún más resiliencia y de acelerar el crecimiento.

Para terminar con las palabras que leo inscritas en la pared de este mismo salón, “Un sueño que se sueña a solas no es más que un sueño. Un sueño que se sueña juntos es una realidad“.

Hagámoslo realidad, y brindemos oportunidades en estos tiempos de cambio.

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Profundización del mercado único europeo

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Hemos instado a todos nuestros miembros a que ahora es el momento de poner su propia casa en orden, dada la incertidumbre y el comercio mundial, el comercio mundial, otras tensiones. ¿Reformas retrasadas? No te demores más.

Y nuestros consejos han resonado. En todo el mundo, los países y las regiones están en movimiento, impulsando una mayor competitividad, más dinamismo y una transformación tecnológica más rápida. Para Europa es muy sencillo: o Europa actúa, o Europa corre el riesgo de quedar marginada. El declive relativo no ocurriría en un abrir y cerrar de ojos, sino que se arrastraría, pero eso no lo haría menos real.

No hay tiempo para demoras.

Aquí, en el Eurogrupo, tengo dos mensajes positivos que quiero transmitir desde el principio:

  • Primero: con los informes Draghi y Letta, con el trabajo de la Comisión y con su trabajo, Europa ha definido una agenda estratégica con la integración del mercado único en su centro, pero también incorporando reformas nacionales y una visión más audaz para el presupuesto de la UE. Hoy resumiré esto en un enfoque de tres puntos —el mercado único, las reformas nacionales y el presupuesto de la UE— en el que la fuerza de cada pieza descansa en la fuerza de las demás.
  • Segundo: Europa tiene todos los activos que necesita: el ahorro, las capacidades y la tecnología. Corresponde a los responsables políticos de Europa presionar, a nivel nacional, colectivo y decisivo, para movilizar estos activos a su máximo potencial. Los ciudadanos quieren una Europa que cree puestos de trabajo de alto valor, que innove y que genere productos y servicios de vanguardia. Quieren oportunidades. Está al alcance de la mano.

Sé que se puede hacer porque Europa lo ha hecho antes. Pienso, por ejemplo, en la ampliación de la UE de 2004, que abrió muchas vías nuevas para los hogares y las empresas. Hoy en día, el PIB per cápita de los nuevos Estados miembros es un 30 por ciento más alto de lo que habría sido sin la adhesión a la UE: ¡un 30 por ciento! Incluso en el caso de los “antiguos” Estados miembros, estimamos que el PIB per cápita actual es un 10 por ciento más alto, por término medio, gracias a la ampliación.

Por lo tanto, nuestra evaluación es clara y se basa en datos concretos: el mercado único da resultados.

Y, sin embargo, sabemos que las barreras comerciales internas siguen siendo altas. Según la Comisión Europea, por cada 100 euros de valor añadido producido en los países de la UE, solo unos 20 euros de mercancías fluyen de un lado a otro entre los países de la UE. En contraste, para Estados Unidos, por cada 100 dólares de valor agregado producido, 45 dólares de bienes cruzan las fronteras estatales.

Esto demuestra cómo varios factores están frenando a Europa. ¿Cuáles son? Lamentablemente, la lista es larga: regulación fragmentada, obstáculos a la integración financiera, rigideces del mercado laboral, brechas en el mercado energético, intereses parroquiales, todo ello confluyendo para limitar el crecimiento.

Demasiadas empresas europeas siguen siendo demasiado pequeñas. Uno de cada cinco trabajadores de la UE trabaja en una empresa con menos de diez empleados, el doble de la proporción que vemos en Estados Unidos. La fragmentación y las diferencias regulatorias entre los Estados miembros dificultan que las empresas compitan, se expandan y prosperen. La productividad se ha quedado atrás.

Entonces, ¿qué se puede hacer para inyectar una nueva vitalidad? Nuestro consejo es: elige algunas prioridades clave, asegúrate de que sean las correctas y esfuérzate.

Permítanme comenzar con la primera pieza de nuestra agenda de tres puntos: el mercado único. En esta primera pieza, vemos cuatro prioridades principales.

Primera prioridad: crear un entorno regulatorio predecible para ayudar a las empresas a crecer.

Reducir la fragmentación regulatoria es fundamental: las empresas necesitan claridad. Armonizar el Derecho de sociedades y el Derecho de la insolvencia sería lo más importante, pero esto es difícil. Es por eso que en el FMI apoyamos plenamente el llamado “28º régimen”, una carta corporativa voluntaria a escala de la UE. Ofrece una forma pragmática de reducir la complejidad jurídica y los costes de cumplimiento para las empresas transfronterizas: un sistema, aplicable en toda la UE, para las empresas que opten por ello.

Sabemos que nuestros colegas de la Comisión Europea están trabajando en una propuesta. Yo digo: por favor, redacte un conjunto simple de reglas que cubran las fases clave del ciclo de vida de la empresa, desde la entrada hasta la salida, y todo lo demás. Crear la posibilidad de que la empresa europea goce de seguridad jurídica para que pueda centrarse en la innovación y el crecimiento en lugar de navegar por un laberinto de 27 sistemas nacionales.

El objetivo no tiene por qué ser la uniformidad en todas las cosas, sino más bien la uniformidad donde la uniformidad es lo más importante. Las variaciones nacionales sensatas pueden —y deben— coexistir.

Y a aquellos que dicen que el derecho corporativo está tan profundamente arraigado en la tradición jurídica nacional que un régimen 28 es imposible, permítanme repetir lo que dije aquí hace dos años: ya lo han hecho. Me refiero a la Directiva sobre reestructuración y resolución bancarias, que no es otra cosa que una exclusión a nivel de la UE de los marcos nacionales para determinados bancos. Por favor, cree ahora un régimen alternativo para las empresas europeas.

La segunda prioridad de nuestra lista es de larga data: poner a trabajar el ahorro europeo.

Este punto también lo planteé aquí hace dos años: Europa tiene el dinero —muchos billones en ahorros privados—, pero es dinero perezoso. Los ahorros trabajan más en otros lugares. El sistema financiero europeo, centrado en los bancos, está fracasando a la hora de apoyar al tipo de empresas innovadoras y de alto crecimiento que impulsarán la próxima ola de productividad e innovación.

Es por eso que la unión de los mercados de capitales debe moverse ahora. Europa necesita mercados de capitales más profundos e integrados para canalizar el ahorro hacia inversiones de alto riesgo y alta rentabilidad. Europa necesita más capital de riesgo. La creación de un régimen 28 será clave, pero debe ir acompañada de un mejor acceso de los inversores a la información corporativa de todas las empresas, para que la disciplina del mercado pueda funcionar.

Y, lo que es más importante, energizar las finanzas también requiere pasos positivos en la banca. El dominio bancario en Europa persistirá, y hay espacio para más crédito bancario. Dejemos que se empuje a los bancos a asumir más riesgos, con prudencia, para respaldar el crecimiento económico. Si se hace correctamente, esto puede fortalecer la generación interna de capital, fortalecer los colchones de riesgo e impulsar la solidez de los bancos.

Reconozcamos también que los grandes bancos, especialmente, sirven como actores clave en los mercados de capitales, incluso mediante la gestión de cuentas de inversión para sus clientes. Para que puedan prestar servicios de la manera más eficiente y paneuropea, Europa debe desprenderse de sus reticencias a dar cabida a las fusiones y adquisiciones bancarias transfronterizas. Bloquear las fusiones por motivos no económicos —y dejar caer la pelota en la unión bancaria en general— no generará financiación para el siglo XXI.

Prioridad tres, muy brevemente: mejorar la movilidad laboral y el acceso al talento.

Me han dicho que pueden pasar hasta seis meses para que un trabajador que se traslada dentro de la UE sea legalmente empleable en otro país miembro, lo que seguramente no es óptimo. La aceleración de las autorizaciones de trabajo y la racionalización del reconocimiento transfronterizo de las cualificaciones profesionales contribuirán a aliviar la inadecuación de las capacidades y permitirán a las empresas contratar el talento adecuado. Esto es fundamental para permitir que las empresas crezcan.

Cuarta prioridad: construir un mercado energético interconectado y asequible.

La energía es un cuello de botella. Basta con observar la dispersión de los precios en los centros eléctricos europeos: es unas tres veces más alta que en Estados Unidos y, sí, presenta una oportunidad de arbitraje rentable para las grandes empresas energéticas europeas que deberían aprovechar.

¿Qué se puede hacer para que esto suceda? Para empezar, como hemos venido subrayando en nuestro trabajo, Europa necesita un proyecto energético que reúna todas las partes. Una parte, sin duda, tiene que ser una mejor interconexión entre las redes eléctricas nacionales. Los altos y volátiles costos de la energía inhiben la inversión y la expansión de las empresas. Por el contrario, mejorar el acceso a una energía fiable y asequible estimula el crecimiento.

En las cuatro áreas —sobrecarga regulatoria, acceso al financiamiento, movilidad laboral y energía asequible— hemos presentado diez acciones de política específicas en un nuevo documento la semana pasada. Y nuestras simulaciones sugieren que, incluso si se implementan unos pocos, los dividendos podrían ser sustanciales, un aumento de la actividad general de la UE del orden del 3% en diez años. Y no habría cuestión de ganadores y perdedores: todos los países tienen las de ganar.

A continuación, la segunda pieza de nuestra agenda de tres puntos: las reformas a nivel nacional.

Las reformas a nivel de la UE son esenciales, pero para que sean eficaces deben ir acompañadas de reformas nacionales en muchos ámbitos, y es vital que estos dos niveles de reforma remen en la misma dirección.

Tres ejemplos:

  • En primer lugar, la unión de los mercados de capitales debería facilitar el flujo de fondos hacia las empresas emergentes, pero para que los beneficios se materialicen plenamente, deben racionalizarse los procesos nacionales de concesión de permisos.
  • En segundo lugar, las iniciativas a escala de la UE destinadas a mejorar la movilidad del talento son importantes, pero para funcionar requieren reformas complementarias del mercado laboral a nivel nacional.
  • En tercer lugar, es fundamental aumentar la eficacia de la inversión de la UE en infraestructuras transfronterizas, pero se necesitan acciones paralelas para abordar las deficiencias nacionales en materia de infraestructuras.

Dondequiera que uno mire, hay un elemento nacional vital y complementario.

Por último, la tercera pieza de la agenda de tres puntos: sacar más provecho del presupuesto de la UE.

Se trata de aumentar el nivel de ambición: más apoyo del presupuesto de la UE a las inversiones en prioridades compartidas —bienes públicos europeos— y, lo que es más importante, una mejor coordinación de los esfuerzos nacionales en torno a estas prioridades. Y, si se pudiera acordar un nuevo endeudamiento de la UE, ayudaría a adelantar las inversiones, distribuir los costos a lo largo del tiempo y aumentar la oferta de activos seguros.

En resumen: recomendamos duplicar el gasto del presupuesto de la UE en bienes públicos europeos (redes eléctricas, digitalización, defensa e investigación y desarrollo) del 0,4 por ciento del ingreso nacional bruto de la UE al menos el 0,9 por ciento, para ayudar a cerrar las brechas de inversión.

Tales inversiones no solo acelerarían la profundización del mercado único, sino que también ofrecerían ahorros de costos materiales. Nuestro análisis muestra que las inversiones a nivel de la UE en infraestructura energética, por ejemplo, pueden lograr ahorros de hasta el 7 por ciento en relación con la duplicación de esfuerzos nacionales. Con las presiones de gasto a largo plazo acumulándose, grandes acuerdos como este deben aprovecharse.

También proponemos que se amplíe el papel de los desembolsos vinculados al desempeño de los Estados Miembros. Sé por el tiempo que llevo gestionando el presupuesto de la UE que, si se hacen correctamente, estos sistemas pueden desempeñar un papel importante a la hora de incentivar las reformas e inversiones nacionales necesarias, alinearlas con las prioridades compartidas de la UE y maximizar las externalidades transfronterizas positivas. Un ejemplo famoso: el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, con sus formidables beneficios económicos.

Permítanme concluir. Mis colegas y yo hemos propuesto a su consideración una agenda estratégica con tres objetivos claros:

  • Uno, eliminar las barreras internas para profundizar el mercado único y permitir que las empresas crezcan;
  • Dos, promover reformas nacionales que se alineen con las iniciativas a nivel de la UE y las amplíen; y
  • Tres, utilizar estratégicamente el presupuesto de la UE para coordinar esfuerzos e invertir en bienes públicos.

No subestimamos la dificultad de cumplir con este programa y los obstáculos políticos y los intereses creados que se encontrarán en el camino. Pero la alternativa de no hacer nada no servirá de nada. La clave, en nuestra opinión, es empujar fuerte.

El éxito requerirá que ustedes, los líderes políticos, expliquen las reformas al público y ejerzan una presión sostenida a nivel técnico. Los reguladores defienden sus misiones, pero no siempre tienen la tarea de considerar las conexiones y las externalidades. Al igual que un entrenador de fútbol, tendrás que hacer que todos los jugadores jueguen en equipo.

Y a nuestros colegas de la Comisión que tienen la pluma legislativa, nuestro consejo sería, en primer lugar, que prioricen la velocidad y no permitan que lo perfecto sea enemigo de lo bueno y, en segundo lugar, que no permitan que la mentalidad jurídica domine la mentalidad económica. La racionalidad económica y los objetivos económicos deben guiar el desarrollo de Europa en este momento crucial.

Hay un dicho que dice que Europa es la “superpotencia mundial del estilo de vida”. Cada vez que vuelvo aquí, a mi hogar europeo, siento una sensación de admiración. Pero, por favor, escuchen también esto: para que el modo de vida europeo se mantenga, Europa también debe convertirse en una “superpotencia de productividad”. Europa necesita el potencial de crecimiento que solo puede provenir de la liberación de su energía empresarial.

Y para que eso suceda, Europa necesita su mercado único ahora más que nunca. Me han dicho que en el Grupo de Trabajo del Eurogrupo de la semana pasada, un respetado colega describió el mercado interior como “un tesoro en la mano de la propia UE, que ahora necesita ser desenvuelto”. De acuerdo.

Hay mucho en juego, las recompensas potenciales son grandes y, en esta época de tensiones e incertidumbre mundiales, el momento es sin duda ahora.

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Hacia una economía mundial más equilibrada y resiliente

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¡Buenos días y una calurosa bienvenida a todos! Y gracias de nuevo, María, por tu amable presentación.

Hace seis meses, en este mismo lugar, hablé de bajo crecimiento y alta deuda. Pero también hablé de la resiliencia, es decir, de los países que sobreviven a grandes shocks gracias a fundamentos fundamentales sólidos y políticas ágiles.

Esta resiliencia está siendo puesta a prueba una vez más, con el reinicio del sistema mundial de comercio.

La volatilidad de los mercados financieros ha aumentado. Y la incertidumbre de la política comercial está literalmente fuera de serie: basta con echar un vistazo a esta cifra (gráfico 1).

A medida que se intensificaron las tensiones comerciales, los precios de las acciones mundiales cayeron, aunque muchas valoraciones siguen siendo altas: aquí tenemos una instantánea de la acción del mercado (gráfico 2).

Este es un recordatorio de que vivimos en un mundo de cambios repentinos y radicales.

Y es un llamado a responder sabiamente. Una economía mundial más equilibrada y resiliente está al alcance de la mano. Debemos actuar para garantizarlo.

Así que permítanme exponer la historia abordando tres preguntas básicas. ¿Cuál es el contexto? ¿Cuáles son las consecuencias? Y lo más importante, ¿qué pueden hacer los países?

Primera parte: ¿cuál es el contexto?

Las tensiones comerciales son como una olla que estuvo burbujeando durante mucho tiempo y ahora está hirviendo.

En gran medida, lo que vemos es el resultado de una erosión de la confianza, la confianza en el sistema internacional y la confianza entre los países.

La integración económica mundial ha sacado a un gran número de personas de la pobreza y ha mejorado la situación del mundo en su conjunto. Pero no todos se beneficiaron. Las comunidades fueron vaciadas por los empleos que se fueron al extranjero. Los salarios fueron reprimidos por la creciente disponibilidad de mano de obra barata. Los precios subieron cuando se interrumpieron las cadenas de suministro mundiales. Muchos culpan al sistema económico internacional por la injusticia percibida en sus vidas.

Las distorsiones del comercio —barreras arancelarias y no arancelarias— han alimentado las percepciones negativas de un sistema multilateral que se considera que no ha logrado establecer condiciones equitativas.

Vemos estas distorsiones en los dos gráficos siguientes. El primero nos dice que, si bien durante unos 20 años el mundo experimentó una buena convergencia hacia una tasa arancelaria efectiva de Estados Unidos baja y estable, el progreso se estancó en la última década (Figura 3).

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El segundo gráfico muestra un recuento del número —no del tamaño— de las nuevas medidas netas de subsidios por jurisdicción principal (gráfico 4). Un panorama incompleto, pero que muestra la dirección general: las barreras no arancelarias en una tendencia creciente.

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Este sentimiento de injusticia en algunos lugares alimenta la narrativa: nosotros jugamos según las reglas, mientras que otros juegan con el sistema sin penalización. Los desequilibrios comerciales provocan tensiones comerciales.

Luego viene la seguridad nacional. En un mundo multipolar, el lugar donde se fabrican las cosas puede importar más que cuánto cuestan. La lógica de la seguridad nacional dice que una amplia gama de bienes estratégicos, desde chips de computadora hasta acero, deben fabricarse en casa, y que vale la pena pagar por ello. La autosuficiencia está protagonizando un regreso.

Todas estas preocupaciones, en su conjunto, se han desbordado, dejándonos en un mundo en el que la industria recibe más atención que el sector de servicios; donde los intereses nacionales se elevan por encima de las preocupaciones globales; y donde las acciones asertivas desencadenan reacciones asertivas.

Segunda parte: ¿cuáles son las consecuencias?

Respuesta corta: significativo.

Empecemos por los aranceles. Si se suman todos los aumentos arancelarios, las pausas, las progresaciones y las exenciones recientes, parece claro que la tasa arancelaria efectiva de los Estados Unidos ha saltado a niveles vistos por última vez hace varias vidas (Figura 5). Otros países han respondido.

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Y luego están los efectos secundarios. A medida que los gigantes se enfrentan, los países más pequeños quedan atrapados en las corrientes cruzadas. China, la Unión Europea y Estados Unidos, a pesar de tener importaciones relativamente bajas en el PIB, son los tres mayores importadores del mundo (gráfico 6). ¿Implicación clave? El tamaño importa: sus acciones tienen un impacto en el resto del mundo.

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Las economías avanzadas más pequeñas y la mayoría de los mercados emergentes dependen más del comercio para su crecimiento y, por lo tanto, están más expuestas, incluso a condiciones financieras más restrictivas. Los países de bajos ingresos se enfrentan al reto añadido de la disminución de las corrientes de ayuda a medida que los países donantes se dedican a hacer frente a las preocupaciones internas.

¿Cuáles serán los impactos de estas tensiones? Permítaseme hacer tres observaciones:

  • En primer lugar, la incertidumbre es costosa. La complejidad de las cadenas de suministro modernas significa que los insumos importados alimentan una amplia gama de productos nacionales. El costo de un artículo puede verse afectado por los aranceles en docenas de países. En un mundo de tasas arancelarias bilaterales, cada una de las cuales puede estar subiendo o bajando, la planificación se vuelve difícil. ¿El resultado? Barcos en el mar que no saben a qué puerto navegar; aplazamiento de decisiones de inversión; mercados financieros volátiles; Aumento de los ahorros precautorios. Cuanto más tiempo persista la incertidumbre, mayor será el costo.
  • En segundo lugar, el aumento de las barreras comerciales afectó al crecimiento desde el principio. Los aranceles, como todos los impuestos, aumentan los ingresos a expensas de reducir y desplazar la actividad, y la evidencia de episodios anteriores sugiere que las tasas arancelarias más altas no son pagadas solo por los socios comerciales. Los importadores pagan una parte a través de menores beneficios, y los consumidores pagan una parte a través de precios más altos. Al aumentar el costo de los insumos importados, los aranceles actúan por adelantado. Por supuesto, si los mercados internos son grandes, también crean incentivos para que las empresas extranjeras respondan con inversión extranjera, lo que genera nueva actividad y nuevos empleos. Esto, sin embargo, lleva tiempo.
  • En tercer lugar, el proteccionismo erosiona la productividad a largo plazo, especialmente en las economías más pequeñas. Proteger a las industrias de la competencia reduce los incentivos para la asignación eficiente de recursos. Los aumentos de productividad y competitividad obtenidos en el pasado por el comercio se erosionan. El emprendimiento da paso a peticiones especiales de exenciones, protección y apoyo estatal. Esto perjudica la innovación. Pero, de nuevo, si los mercados internos son grandes y la competencia interna es vibrante, los efectos negativos pueden mitigarse.

En última instancia, el comercio es como el agua: cuando los países ponen obstáculos en forma de barreras arancelarias y no arancelarias, el flujo se desvía. Algunos sectores de algunos países pueden verse inundados por importaciones baratas; otros pueden ver escasez. El comercio continúa, pero las interrupciones incurren en costos.

Cuantificaremos estos costos en nuestro nuevo informe Perspectivas de la economía mundial, que se publicará a principios de la semana próxima. En él, nuestras nuevas proyecciones de crecimiento incluirán notables rebajas, pero no recesión. También veremos aumentos en las previsiones de inflación de algunos países.

Advertimos que una elevada incertidumbre prolongada aumenta el riesgo de tensiones en los mercados financieros. A principios de este mes, observamos movimientos inusuales en algunos mercados clave de bonos y divisas. Aquí, vemos cómo, a pesar de la elevada incertidumbre, el dólar se depreció y las curvas de rendimiento de los bonos del Tesoro de EE. UU. “sonrieron”, no es el tipo de sonrisa que uno quiere ver (gráfico 7). Tales movimientos deben tomarse como una advertencia. Todo el mundo sufre si las condiciones financieras empeoran.

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A la inversa, nuestra Perspectiva de la economía mundial también mostrará que las medidas de política decididas para resolver las diferencias y reequilibrar pueden dar mejores resultados. Esto es lo que quiero abordar en la última parte de mi presentación.

¿Qué pueden hacer los países?

Mucho, y algo más.

En primer lugar, todos los países deben redoblar sus esfuerzos para poner en orden sus propias casas. En un mundo de mayor incertidumbre y frecuentes perturbaciones, no hay lugar para demoras en las reformas destinadas a mejorar la estabilidad económica y financiera y el potencial de crecimiento.

Las economías enfrentan los nuevos desafíos desde una posición de partida más débil, con cargas de deuda pública mucho más altas que hace unos años (gráfico 8). Por lo tanto, la mayoría de los países deben adoptar medidas fiscales resueltas para reconstruir el margen de maniobra de las políticas, estableciendo sendas de ajuste gradual que respeten los marcos fiscales. Sin embargo, algunos países pueden experimentar shocks que requieran un nuevo apoyo fiscal; Esto, si debe proporcionarse, debe ser específico y temporal.

Para proteger la estabilidad de precios, la política monetaria debe seguir siendo ágil y creíble, respaldada por un firme compromiso con la independencia de los bancos centrales. Los banqueros centrales deben estar atentos a los datos, incluidas las expectativas de inflación más altas en algunos casos.

En el ámbito financiero, una regulación y una supervisión estrictas siguen siendo esenciales para mantener la seguridad de los bancos, y es necesario vigilar y contener los crecientes riesgos de las entidades no bancarias.

Las economías de mercados emergentes deberían preservar la flexibilidad del tipo de cambio como amortiguador. Las autoridades pueden consultar el Marco Integrado de Política del FMI para obtener información sobre cómo y cuándo pueden estar justificadas las medidas temporales.

El endurecimiento de las restricciones presupuestarias implicará decisiones difíciles en todas partes, pero en ninguna parte más que en los países de bajo ingreso. En este caso, la debilidad de los ingresos exige mayores esfuerzos para la movilización de recursos internos, pero también exige el apoyo de los asociados internacionales, tanto para mejorar la capacidad de las reformas como para garantizar una asistencia financiera crucial.

Los países con una deuda pública insostenible deben actuar de manera proactiva para restablecer la sostenibilidad, incluso en algunos casos adoptando la difícil decisión de reestructurar la deuda. Me complace mucho mencionar que la Mesa Redonda Mundial sobre Deuda Soberana publicará pronto un manual para las autoridades de los países que están considerando la reestructuración de la deuda, con el fin de ayudar en la toma de decisiones.

Las disyuntivas en materia de políticas pueden aliviarse elevando el potencial de crecimiento. La economía de Estados Unidos ha experimentado un fuerte crecimiento de la productividad, mientras que otras economías se han quedado rezagadas (gráfico 9). ¿Cómo pueden ponerse al día? A través de reformas ambiciosas en la banca, los mercados de capitales, la política de competencia, los derechos de propiedad intelectual y la preparación para la IA, todo lo cual puede contribuir a un mayor crecimiento. En muchos casos, el Estado puede y debe hacer mucho más para reducir los obstáculos a la empresa privada y la innovación, en otras palabras, eliminar las lesiones autoinfligidas.

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El FMI ayudará a los países a gestionar el ajuste macroeconómico y a promover las reformas. En la actualidad, 48 países confían en nuestro apoyo a la balanza de pagos, entre ellos Argentina, donde nuestro programa más reciente y de mayor envergadura respalda reformas sólidas y orientadas al mercado.

Como segunda prioridad de enorme importancia, los países deben renovar su atención a los desequilibrios macroeconómicos internos y externos.

Los equilibrios internos entre el ahorro y la inversión son fundamentales, y pueden inclinarse demasiado hacia un lado u otro. Aquí ilustramos con una muestra de grandes países y bloques, mostrando las tasas de ahorro e inversión como porcentaje del PIB (Figura 10). Entre los factores que impulsan los desequilibrios se encuentran los hábitos nacionales de ahorro, las distorsiones inducidas por las políticas, la apertura de los mercados de capital, los regímenes cambiarios, la demografía, etc. Las políticas fiscales, monetarias, cambiarias y estructurales son palancas clave. Dondequiera que se necesite un reequilibrio, el trabajo comienza en casa.

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Por definición, los saldos internos también influyen en los saldos de la cuenta corriente externa —que se muestran aquí en montos en dólares— y, por lo tanto, en los flujos de capital (gráfico 11). En otras palabras, el reequilibrio puede mejorar la estabilidad interna, externa y global. Esto es cierto por sí solo, dado el riesgo de interrupciones repentinas de los flujos de capital. Y también es cierto porque, como se ha señalado, los superávits y déficits externos pueden crear un terreno fértil para las tensiones comerciales.

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En el FMI sabemos que el reequilibrio es difícil. Por lo general, los países con superávit en cuenta corriente sienten poca urgencia por ajustarse: son exportadores, no importadores de capital. Y, por otro lado, los países con monedas de reserva —en particular Estados Unidos— gozan de una capacidad especial para sostener los déficits en cuenta corriente. Pero el resultado neto de superávits y déficits sostenidos puede ser una acumulación de vulnerabilidades.

Todos los países pueden aplicar políticas para mejorar el equilibrio interno y externo, apoyando la resiliencia y el bienestar colectivos.

Permítanme acercarme a los tres actores más importantes:

  • En China, hemos estado asesorando sobre políticas para impulsar el consumo privado crónicamente bajo. Entre ellas se encuentran: una, medidas para reducir las políticas industriales y la participación generalizada del Estado en la industria; dos, medidas para mejorar las redes de seguridad social y reducir la necesidad de ahorros precautorios; y tres, apoyo fiscal para abordar las debilidades del sector inmobiliario. Tales acciones, si son lo suficientemente decisivas, elevarían la confianza y la demanda interna, ayudarían a reparar las relaciones comerciales dañadas y prepararían el escenario para la próxima fase de la historia de crecimiento de China. Entre otras cosas, la historia debe incluir una aceptación más cálida de la progresión natural de la manufactura a los servicios a medida que las economías se desarrollan (Figura 12).

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  • En la UE, la expansión fiscal asertiva de Alemania para facilitar el gasto en defensa e infraestructura elevará la demanda interna, al igual que las políticas de toda la UE para mejorar la competitividad mediante la profundización del mercado único. Europa necesita una unión bancaria. Europa necesita una unión de los mercados de capitales. Y Europa necesita menos restricciones al comercio interno de servicios. La lista es larga. En conjunto, la flexibilización fiscal y una integración más sólida impulsarían el crecimiento, aumentarían la resiliencia y mejorarían los equilibrios internos y externos.
  • Por último, pero no por ello menos importante, en Estados Unidos, el principal desafío de la política macroeconómica será situar la deuda del gobierno federal en una senda decreciente. Lograr este camino requerirá reducciones significativas del déficit presupuestario federal, lo que, entre otras cosas, requerirá elementos de reforma del gasto. La reducción de la deuda federal fortalecería la resiliencia y reduciría el déficit en cuenta corriente.

Las reformas y el reequilibrio son para todos. Desde la ASEAN hasta el Consejo de Cooperación del Golfo, pasando por todo el continente africano y otros lugares, los responsables de la formulación de políticas están tomando medidas para fortalecer sus economías, mejorar los lazos regionales y reducir los superávits y déficits. Apoyamos firmemente estos esfuerzos.

Por último, permítaseme referirme a la tercera gran prioridad, y la más apremiante con diferencia: garantizar que pueda haber cooperación en un mundo multipolar.

En cuanto a la política comercial, el objetivo debe ser lograr un acuerdo entre los principales actores que preserve la apertura y ofrezca una mayor igualdad de condiciones, a fin de reiniciar una tendencia mundial hacia tasas arancelarias más bajas y, al mismo tiempo, reducir las barreras no arancelarias y las distorsiones.

Necesitamos una economía mundial más resiliente, no una deriva hacia la división. Y, para facilitar la transición, las políticas deben dar tiempo a los agentes económicos privados para adaptarse y cumplir.

De manera crítica, la resiliencia requiere que se preste atención a las políticas para amortiguar los golpes sobre los que salen perdiendo. Las políticas distributivas constituyen un puente fundamental entre la buena economía y la buena política.

En resumen, espero plenamente que nuestras Reuniones de Primavera de la semana próxima, en las que participarán 191 países miembros del FMI, constituyan un foro vital para el diálogo en un momento vital. Todos los países, grandes y pequeños por igual, pueden —y deben— desempeñar el papel que les corresponde para fortalecer la economía mundial en una era de shocks más frecuentes y graves.

Permítanme concluir señalando que en el desafío hay una oportunidad. Empujados lo suficiente, las cosas que no eran posibles se vuelven posibles, las montañas que no se podían escalar se escalan, los intereses creados que no se retirarían se superan. Con la cabeza fría, la visión clara y la voluntad fuerte, los tiempos de cambio pueden ser tiempos de renovación.

El secreto para aprovechar el momento es concentrar toda la energía no en preservar lo viejo, sino en construir lo nuevo: una economía mundial más equilibrada y resiliente.

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