Redacción Economis

La empresa familiar del siglo XXI: cómo transformar la convivencia generacional en ventaja competitiva

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Por Jael Itzcovitch. Directora y Mentora de Estim Groups. (www.estimgroups.com), El retiro que ya no llega como antes. Durante mucho tiempo, la sucesión en la empresa familiar fue entendida como un momento claro y casi ritual: el fundador se retiraba, se producía el traspaso formal del mando y la siguiente generación asumía el liderazgo. Había una línea divisoria relativamente definida entre una etapa y otra.

Hoy esa imagen quedó atrás.

La expectativa de vida se extendió, la salud y la energía se sostienen por más tiempo, y muchos fundadores no desean retirarse a edades que décadas atrás eran consideradas naturales para dejar la gestión. En América Latina, más del 55% de los fundadores de empresas familiares continúa participando activamente después de los 65 años, según datos de PwC y del Family Firm Institute. En Europa y Estados Unidos, esa cifra supera el 60%.

No siempre se trata de necesidad económica. Muchas veces se trata de identidad. La empresa no es solo una fuente de ingresos: es el proyecto de vida, el resultado de décadas de esfuerzo, riesgo y construcción.

Este fenómeno está redefiniendo el principal desafío de las empresas familiares. Ya no se trata únicamente de planificar la sucesión. Se trata de aprender a convivir durante largos períodos con varias generaciones activas al mismo tiempo.

Del “quién sigue” al “cómo convivimos”

Durante años, la pregunta central fue: “¿Quién reemplaza al fundador?”.
Hoy la pregunta más relevante es otra: ¿cómo convivimos mientras el fundador sigue presente y las nuevas generaciones también buscan su espacio?

En muchas empresas familiares conviven hoy tres generaciones en simultáneo, e incluso cuatro, compartiendo decisiones estratégicas, responsabilidades operativas y miradas profundamente distintas sobre el negocio y el mundo.

Esta superposición generacional no es un problema en sí misma. De hecho, puede ser una ventaja extraordinaria. Pero si no se gestiona adecuadamente, puede transformarse en un foco constante de tensión.

La convivencia prolongada exige una madurez diferente a la que requería la sucesión tradicional.

El fundador: identidad, legado y desafío para soltar

Para el fundador, el negocio suele estar íntimamente ligado a su identidad personal. No es simplemente una empresa; es la materialización de su historia, de sus sacrificios, de su visión. Retirarse no implica solo dejar un cargo. Implica redefinir quién se es.

Muchos fundadores enfrentan preguntas silenciosas:

¿Quién soy sin la empresa?

¿Qué lugar ocuparé en la familia si ya no lidero?

¿Mi experiencia seguirá siendo valorada?

¿Están realmente preparados quienes siguen?

Estas preguntas no siempre se verbalizan, pero influyen profundamente en las decisiones.

Por eso, la permanencia prolongada muchas veces no responde a una falta de confianza en la siguiente generación, sino a la dificultad humana de soltar aquello que dio sentido durante décadas.

Las nuevas generaciones: entre la paciencia y la urgencia

Del otro lado, los hijos y nietos crecen en un mundo muy distinto. Tienen acceso a información global, nuevas tecnologías, modelos de negocio innovadores y una cultura que prioriza la agilidad y la adaptación.

Diversos estudios muestran que más del 65% de los jóvenes de familias empresarias desea involucrarse en el negocio solo si puede hacerlo alineado con su propósito personal.

Pero también enfrentan su propio desafío emocional:

¿Cómo proponer cambios sin parecer irrespetuosos?

¿Cómo ganar espacio sin generar conflicto?

¿Cuánto tiempo deben esperar para asumir responsabilidades reales?

¿Cómo diferenciar la figura del padre de la del líder empresarial?

La convivencia generacional puede generar frustración si no se crean espacios claros de desarrollo progresivo.

Diferencias profundas en la forma de entender el trabajo

Las generaciones mayores suelen haber construido el negocio en contextos de mayor inestabilidad económica, con escasez de recursos y fuerte énfasis en el esfuerzo sostenido. Para muchos, el sacrificio personal fue condición indispensable del éxito.

Las generaciones más jóvenes, en cambio, crecieron en entornos más diversos y globalizados. Valoran el equilibrio entre vida personal y trabajo, buscan participación horizontal y necesitan comprender el propósito detrás de lo que hacen.

Cuando estas miradas no se conversan, se generan interpretaciones erróneas:

Los mayores pueden percibir falta de compromiso.

Los jóvenes pueden percibir rigidez o falta de apertura.

La diferencia no es un defecto. Es una consecuencia natural de contextos distintos.

El puente generacional: una vía de doble sentido

La convivencia sostenible requiere la construcción de un puente real entre generaciones.

De un lado, los fundadores necesitan abrirse al diálogo y reconocer que aquello que los llevó exitosamente hasta el presente puede no ser suficiente para el futuro. La experiencia es invaluable, pero el entorno cambia a gran velocidad.

Adaptarse no significa renunciar a los valores fundacionales. Significa permitir que esos valores encuentren nuevas formas de expresión.

Del otro lado, los jóvenes necesitan desarrollar empatía hacia el recorrido realizado. Entender que no todo se aprende rápidamente ni desde la teoría. Que existen aprendizajes que solo se adquieren con tiempo, con exposición a decisiones complejas, con errores y procesos.

El liderazgo no se hereda automáticamente ni se reclama por edad. Se construye. 

Cuando ambas generaciones comprenden esto, la convivencia deja de ser una competencia implícita y se convierte en una escuela compartida.

Por eso, una clave para el éxito en esta convivencia es entender que las empresas familiares deben construir una visión del futuro compartida. 

La convivencia como oportunidad de transmisión del propósito

Uno de los mayores beneficios de esta permanencia prolongada es la posibilidad de transmitir no solo conocimiento técnico, sino el propósito profundo del negocio.

Escuchar directamente del fundador cómo nació la empresa, qué desafíos atravesó, qué decisiones difíciles tomó y qué valores guiaron ese recorrido es una experiencia formativa irremplazable.

Ese traspaso emocional es lo que permite que el legado no sea simplemente una estructura económica, sino una historia con sentido.

Para los futuros líderes, vivir esa experiencia de primera mano fortalece su capacidad de honrar el pasado y proyectarlo hacia el futuro. Además del enorme beneficio para la familia de compartir esos espacios entre las distintas generaciones. 

La permanencia no es el problema, la falta de preparación sí

La prolongación de la vida laboral y la convivencia de múltiples generaciones no es una anomalía. Es la nueva realidad de las empresas familiares.

Estas empresas representan cerca del 70% del PBI global y generan aproximadamente el 60% del empleo mundial. Su estabilidad y continuidad no son un asunto privado: tienen impacto estructural en la economía.

La permanencia del fundador no es un obstáculo inevitable. Puede ser una oportunidad extraordinaria de formación, transmisión y fortalecimiento del legado.

Pero esa oportunidad solo se concreta cuando la familia invierte en preparación: acuerdos claros, desarrollo emocional y herramientas específicas para la convivencia.Porque en el siglo XXI, el desafío ya no es simplemente suceder.
Es aprender a convivir. Y cuando la convivencia se trabaja, el legado no solo se conserva. Se proyecta.

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La indumentaria y el calzado desaceleraron frente a la inflación en 2025

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El precio de la ropa sigue en el centro de la discusión económica argentina, pero detrás de la pregunta aparentemente simple, si vestirse en el país es caro o no, se despliega un entramado mucho más complejo que combina inflación, apertura comercial, caída del poder adquisitivo, importaciones récord y una industria que atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. 

La tensión no es sólo discursiva, ya que los números muestran una paradoja difícil de ignorar. Mientras los precios de la indumentaria y el calzado crecieron muy por debajo de la inflación general, la producción se desplomó, el empleo retrocedió a mínimos históricos y cientos de establecimientos cerraron sus puertas.

El debate se intensificó cuando el ministro de Economía, Luis Caputo, afirmó que nunca compró ropa en Argentina porque le parecía “un robo” y sostuvo que los consumidores llegaron a pagar entre dos y diez veces más que en el exterior. En esa misma línea, cuestionó el esquema de protección histórica del sector y defendió la apertura comercial como herramienta para disciplinar precios. “Si pagás cinco dólares una remera en vez de 50, ahora tenés 45 dólares para gastar en otra cosa”, indicó, al sugerir que el ahorro en indumentaria podría volcarse a otros consumos, como gastronomía o esparcimiento.

Sin embargo, cuando se observan los datos oficiales, la dinámica reciente no parece confirmar que la ropa haya sido uno de los motores de la inflación. Según cifras del Indec citadas por la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI), durante 2025 los precios de indumentaria y calzado aumentaron 15,3%, frente a una inflación promedio de 31,5%; es decir, el rubro fue el de menor incremento del año. 

Si la comparación se amplía desde noviembre de 2023 -inicio de la actual gestión- la inflación acumulada alcanza el 259,4%, mientras que indumentaria y calzado avanzaron 149,4%. En términos relativos, el sector se abarató 30,6% frente al promedio general y hoy se ubica en su nivel relativo más bajo desde 2016. Desde la industria sostienen que esa moderación no es resultado exclusivo de la apertura, sino de un mercado deprimido y extremadamente sensible al precio.

En esa línea, un informe de la Fundación ProTejer remarca que, en perspectiva histórica, la indumentaria no encabezó la inflación y que incluso en precios mayoristas el crecimiento del segmento textil quedó por debajo del promedio de manufacturas. El documento también advierte que la relación entre mayor importación y menores precios no es automática, hubo años con fuerte ingreso de productos del exterior en los que la ropa subió por encima del índice general y períodos de menor apertura en los que aumentó por debajo.

Aun así, la discusión sobre precios no puede aislarse del contexto macroeconómico. La pérdida de poder adquisitivo y la caída del empleo formal contrajeron el consumo, lo que obligó a las empresas a ajustar márgenes para sostener ventas. En ese escenario, la estabilidad relativa de valores no logró reactivar la demanda. Entre enero y noviembre de 2025, las ventas reales en supermercados de prendas, calzado y textiles de hogar crecieron 23,7% interanual, pero en shoppings el consumo de ropa y marroquinería se mantuvo estable y cayó 2,4% respecto de 2023, con un fuerte desplazamiento hacia productos importados.

El reverso de los precios contenidos aparece con crudeza en la producción. En noviembre de 2025, la actividad textil cayó 36,7% interanual y 47,6% frente a noviembre de 2023. Si la comparación se realiza contra el promedio 2016–2023 (sin pandemia), la producción fue 40% menor en textiles y 18,1% inferior en confecciones y calzado. La utilización de la capacidad instalada se ubicó en apenas 29,2%, el nivel más bajo de toda la industria manufacturera: siete de cada diez máquinas permanecieron paradas.

Las consecuencias laborales son igualmente contundentes. Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025 se perdieron 18.333 puestos de trabajo registrados en textiles, confecciones, cuero y calzado, una contracción del 15,1% que marca el piso de la serie iniciada en 2009. En paralelo, cerraron 558 establecimientos textiles. A ello se suma una elevada informalidad, que en confecciones ronda el 72%, lo que amplifica la fragilidad social del sector.

En el caso del calzado, la situación no es menos delicada. El presidente de la Cámara de la Industria del Calzado, Horacio Moschetto, advirtió sobre una caída del consumo y la producción superior al 30% en los últimos dos años, el cierre de más de 100 fábricas y la pérdida de alrededor de 10.000 empleos. Además, señaló un aumento del 100% en las importaciones y del 400% en compras por plataformas y clientes digitales, junto con un crecimiento del contrabando y la venta de productos falsificados en redes sociales.

El fenómeno importador, de hecho, es uno de los ejes centrales de la reconfiguración del mercado. En 2025, las importaciones de indumentaria y calzado totalizaron 1.506 millones de dólares. Las compras externas de prendas alcanzaron 681 millones de dólares -máximo histórico a precios constantes- y las de calzado y partes sumaron USD 825 millones, apenas por debajo del récord de 2017 (USD 857 millones). Datos de la consultora Analytica señalan que las importaciones crecieron 97,3% interanual en indumentaria, 121,2% en otros textiles y 25,2% en calzado y partes.

Si se amplía la mirada al conjunto del complejo textil, entre enero y diciembre de 2025 se importaron 391.676 toneladas de productos textiles e indumentaria por USD 1.702 millones, lo que implica un aumento de 71% en cantidades y 52% en valores. El hecho de que las cantidades hayan crecido más que los montos indica una caída de los precios unitarios, es decir, un ingreso masivo de mercadería más barata.

El canal courier aceleró esta tendencia. Las importaciones vía envíos puerta a puerta crecieron 274,2% interanual en 2025, impulsadas por plataformas como Shein y Temu. En prendas, las importaciones aumentaron 164% en toneladas, mientras que en confecciones el salto fue de 205%, ambos récords históricos. Para la industria local, estas plataformas operan con estructuras de costos sustancialmente distintas: no pagan alquileres locales, no financian ventas en cuotas y enfrentan cargas impositivas y regulatorias diferentes en origen.

En este punto, otro aspecto clave es la composición del precio final. De acuerdo con estimaciones de ProTejer, menos del 10% del valor de una prenda vendida en centros comerciales corresponde al costo industrial directo. Cerca del 50% son impuestos; alrededor del 30% se explica por alquileres y costos financieros; un 12% corresponde a logística, marketing y márgenes comerciales, y apenas el 8% queda en manos de la industria. Desde esa óptica, el precio final surge de una cadena de costos que excede al fabricante y que incluye una presión fiscal significativa.

La tensión entre el argumento oficial, que pone el foco en la protección y en los márgenes empresariales, y la mirada sectorial, que destaca la carga impositiva y la estructura de costos, configura un conflicto que va más allá de la coyuntura. En el fondo, se discute qué peso debe tener la industria nacional en un mercado crecientemente integrado al comercio global y cómo equilibrar precios accesibles para el consumidor, desde una prenda básica hasta el calzado femenino, con sostenibilidad productiva y empleo.

Experiencias, servicios y un nuevo patrón de consumo

Más allá de la disputa entre funcionarios y empresarios, el trasfondo revela un cambio más amplio en la forma en que los argentinos asignan su ingreso. La fuerte suba de servicios esenciales -tarifas, transporte, alquileres, salud y alimentos- absorbe una porción creciente del presupuesto familiar, lo que deja menos margen para bienes semidurables como la indumentaria. En ese contexto, la ropa pasa a ser un gasto postergable, reemplazable o directamente sustituido por opciones importadas de menor precio.

Al mismo tiempo, se consolida un desplazamiento hacia consumos con mayor carga experiencial. Estudios internacionales como “The Live Effect” de AEG Global Partnerships muestran que el 72% de la Generación Z asistió a al menos un evento de música en vivo en los últimos tres años, y que para muchos jóvenes la emoción asociada a comprar una entrada es comparable a planificar un viaje. El Trend LAB de Youniversal señala que recitales y festivales son la experiencia en vivo más significativa para el 44% de ese segmento, con fuerte presencia en países como Argentina. En ese marco, también gana terreno la lógica del regalo de experiencias -entradas a espectáculos, cenas, escapadas o actividades recreativas- por sobre los obsequios materiales tradicionales.

En contextos de ingresos restringidos, el consumidor prioriza aquello que percibe como generador de valor emocional inmediato. Comer afuera, realizar una escapada breve o asistir a un espectáculo pueden resultar más atractivos que incorporar una prenda adicional al guardarropa. La lógica ya no es acumular bienes, sino maximizar experiencias. Incluso el propio ministro Caputo aludió a esa reasignación potencial del gasto al señalar que el ahorro en ropa podría destinarse a otros sectores.

Este cambio cultural no elimina la necesidad de vestirse, pero sí redefine la elasticidad del gasto en indumentaria. Cuando el ingreso real cae y la oferta importada se expande con precios competitivos, la producción local queda atrapada entre un consumo selectivo y una competencia global intensa.

En definitiva, la situación actual del sector textil y de calzado combina variables macroeconómicas, fiscales y culturales. Los precios crecieron por debajo de la inflación y hoy se encuentran en mínimos relativos, pero la industria opera con niveles históricos de capacidad ociosa y empleo en retroceso. Las importaciones baten récords y el mercado se reconfigura con rapidez.

La pregunta que queda abierta es si este proceso es esencialmente coyuntural, producto de una economía en transición y de un consumo afectado por la pérdida de poder adquisitivo, o si marca un cambio estructural en el patrón productivo y en los hábitos de los consumidores argentinos. De la respuesta dependerá no solo el futuro de miles de empresas y trabajadores, sino también el perfil industrial que el país decida sostener en los próximos años.

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Caputo desafía a los mercados y relativiza el riesgo país: “No se arregla con reservas ni con un bono de USD 1.000 millones”

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El ministro defendió la estrategia del Gobierno y marcó límites a la presión financiera.

En Córdoba, ante empresarios reunidos en la Fundación Mediterránea, el ministro de Economía, Luis Caputo, expuso una tensión que atraviesa hoy al Gobierno: pese a la compra acelerada de reservas, el riesgo país se mantiene cerca de los 600 puntos básicos. Y lejos de anunciar un giro, eligió confrontar con el diagnóstico de los analistas. “Es más difícil de lo que se cree”, dijo, en un mensaje que buscó ordenar expectativas dentro y fuera del mercado.

El dato no es menor. El Ejecutivo incrementó las compras de divisas por encima del compromiso asumido con el Fondo Monetario Internacional —pasó de un 5% del volumen diario acordado a algo más del 30%—, pero esa señal no se tradujo en una baja sustancial del indicador que mide el costo del financiamiento externo. La pregunta que dejó flotando Caputo es si el mercado exige algo más estructural que acumulación de dólares o si, directamente, el acceso al crédito sigue condicionado por factores políticos y externos.

Reservas, acceso al mercado y el debate sobre la colocación internacional

Caputo apuntó contra quienes, semanas atrás, reclamaban mayor intervención del Banco Central para fortalecer reservas como condición para reducir el riesgo país. Ahora, sostuvo, esos mismos sectores proponen una colocación internacional, aunque sea por USD 1.000 millones, como gesto para validar acceso al mercado.

El ministro rechazó esa alternativa. “Esas son cosas coyunturales que no cambian nada”, afirmó. Según su lectura, el mercado no necesita demostraciones simbólicas de acceso, porque “lo único que sabe es si un país tiene acceso o no”. La diferencia, agregó, puede estar en la tasa, no en la posibilidad técnica de emitir deuda.

La definición tiene peso político. Implica que el Gobierno no se moverá por presión de corto plazo y que priorizará el equilibrio fiscal y la acumulación de reservas por sobre señales financieras que puedan interpretarse como concesiones.

El funcionario insistió en que la estrategia de compra de divisas continuará y que se ejecuta “sin afectar el precio”, considerando la profundidad del mercado. El mensaje apunta a despejar temores de distorsiones cambiarias, pero también a sostener la idea de que la política económica tiene coherencia interna más allá de la volatilidad externa, hoy atravesada por el conflicto en Medio Oriente.

Equilibrio fiscal como eje de poder

Caputo encuadró el debate financiero dentro de una narrativa más amplia: orden macroeconómico, reducción del gasto y eliminación del déficit. Aseguró que el Gobierno bajó el gasto 30% en términos reales y corrigió cinco puntos de déficit fiscal en un mes, sin recurrir a default ni a mecanismos extraordinarios.

En términos políticos, el mensaje es claro. El oficialismo busca consolidar el equilibrio fiscal como activo de poder, no solo como herramienta técnica. “El compromiso fiscal es indeclinable”, afirmó el ministro, y lo presentó como “el escudo más importante ante cualquier shock externo”.

Esa postura redefine la correlación de fuerzas con el mercado. Si el Gobierno mantiene superávit y disciplina fiscal, el riesgo país deja de ser —según esta lógica— un indicador exclusivamente interno y pasa a estar más vinculado a percepciones estructurales y al contexto global.

También defendió la continuidad de reformas y la baja de impuestos, condicionadas al crecimiento de la recaudación y la formalización del empleo. En ese marco, mencionó la creación del Fondo de Asistencia Laboral (FAL) y la reducción de aportes patronales de 18 a 2 puntos, con el objetivo de transparentar costos y reducir litigiosidad.

Crecimiento, crédito y el desafío estructural

El ministro vinculó el problema del riesgo país con una debilidad más profunda: la falta de crédito y de mercado de capitales. Recordó que cuando el Gobierno asumió, el crédito al sector privado representaba apenas el 3% del PBI, frente a niveles superiores al 30% en economías comparables.

Para Caputo, el ahorro existe pero permanece fuera del sistema financiero. Sin crédito interno y con dependencia histórica del financiamiento externo, la baja del riesgo país no depende solo de decisiones puntuales, sino de reconstruir confianza de largo plazo.

Esa definición introduce un matiz estratégico. Si el problema es estructural, la solución no será inmediata. Y si el mercado exige pruebas adicionales, el Gobierno parece dispuesto a sostener el rumbo antes que modificar la hoja de ruta.

Un indicador bajo presión y un Gobierno que no cede

La exposición en la Fundación Mediterránea funcionó como mensaje político. Caputo no anunció cambios. Tampoco negó la dificultad. Admitió que el proceso es “más difícil de lo que se cree”, pero reafirmó la continuidad del esquema fiscal, la acumulación de reservas y la agenda de reformas.

El riesgo país cerca de los 600 puntos básicos refleja que la discusión sigue abierta. La clave estará en si el equilibrio fiscal y la acumulación sostenida de divisas logran alterar la percepción de acceso al crédito o si el mercado demanda un hito adicional.

Por ahora, el Gobierno elige resistir la presión coyuntural. El termómetro financiero no acompaña, pero la estrategia no se mueve. En las próximas semanas, la evolución del contexto internacional y la reacción de los inversores marcarán si la apuesta consolida autoridad o reabre el debate interno sobre cómo acelerar la baja del costo argentino.

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Irán amenaza con atacar “todos los centros económicos” de Medio Oriente y escala la guerra con EE.UU. e Israel

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En el cuarto día de guerra abierta entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el régimen de Teherán lanzó una advertencia que amplía el alcance del conflicto: atacará “todos los centros económicos de Medio Oriente” si no cesan las operaciones militares en su territorio. La amenaza llega en medio de bombardeos cruzados, ataques con drones sobre sedes diplomáticas y un bloqueo del Estrecho de Ormuz que ya impacta en los mercados energéticos.

La escalada se produce tras la operación conjunta denominada “Furia Épica”, iniciada el 28 de febrero, con bombardeos sobre instalaciones gubernamentales y bases militares iraníes. Desde entonces, el conflicto dejó de ser un enfrentamiento focalizado para convertirse en una confrontación regional con efectos geopolíticos y económicos globales.

El mensaje de Teherán no apunta solo a objetivos militares. Al mencionar “centros económicos”, introduce una dimensión estratégica que involucra infraestructura energética, puertos y nodos comerciales. La pregunta que sobrevuela es si el conflicto cruzará un umbral que comprometa de manera sostenida el flujo energético mundial.

Operación militar, represalias y presión diplomática

El Comando Central de Estados Unidos informó que desde el domingo se alcanzaron aproximadamente 700 nuevos objetivos en Irán, elevando el total a más de 1.700 blancos impactados en el marco de la operación “Furia Épica”. Entre los activos desplegados se encuentran bombarderos B-1, B-52 y cazas F-15.

Tres F-15 estadounidenses fueron derribados accidentalmente por defensas aéreas kuwaitíes, según reportó el propio comando militar.

La ofensiva incluyó ataques en Teherán y en la ciudad iraní de Qom, donde fue bombardeado el edificio de la Asamblea de Expertos, el órgano clerical encargado de elegir al sucesor del ayatolá Alí Jameneí, muerto el sábado en un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel.

En paralelo, Arabia Saudita confirmó que la embajada estadounidense en Riad fue atacada con drones. Washington pidió a sus ciudadanos abandonar de inmediato 14 países y territorios de Medio Oriente y cerró misiones diplomáticas en Arabia Saudita y Kuwait tras ataques con drones iraníes.

El conflicto también se extendió a Líbano. Las Fuerzas de Defensa de Israel anunciaron una nueva oleada de ataques contra Beirut, dirigida a cuarteles y depósitos de armas del grupo Hezbollah, mientras esa organización lanzó drones contra una base militar israelí.

Declaraciones cruzadas y narrativa de poder

El presidente estadounidense, Donald Trump, afirmó que “pronto” se conocerá la represalia por el ataque a la sede diplomática en Riad y sostuvo que casi todas las capacidades militares de Irán “fueron destruidas”. También señaló que la operación podría extenderse y que el objetivo es acabar con las estructuras militares iraníes.

Por su parte, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, aseguró que atacará “aún con más fuerza” a Irán y Hezbollah, y advirtió que la guerra no ha hecho más que comenzar. Desde Israel se indicó que la campaña podría desarrollarse durante semanas.

Irán respondió con un mensaje de resistencia prolongada. El portavoz del Ministerio de Defensa iraní afirmó que el país está preparado para una “guerra muy larga” y que aún no utilizó sus “armas más efectivas”. Teherán también lanzó misiles contra Israel y contra países de la región con presencia militar estadounidense, como Qatar, Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita.

El bloqueo del Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, agrega presión económica a la confrontación militar.

Impacto regional y correlación de fuerzas

La amenaza de atacar centros económicos regionales altera la correlación de fuerzas. Amplía el teatro de operaciones y coloca a países del Golfo en una posición más vulnerable. También eleva el riesgo para infraestructuras críticas vinculadas a energía y comercio.

En términos políticos, Estados Unidos e Israel refuerzan su alianza operativa. La ofensiva aérea conjunta y el volumen de objetivos alcanzados consolidan una estrategia de presión directa sobre el régimen iraní.

Irán, en tanto, apuesta a la asimetría. Misiles, drones y bloqueo marítimo funcionan como herramientas de disuasión frente a una superioridad aérea evidente.

La dimensión diplomática queda en suspenso. La evacuación de personal estadounidense y el cierre de embajadas reflejan que la guerra ya impacta en la arquitectura institucional regional.

Escenario abierto y umbral energético

El conflicto ingresa en una fase de incertidumbre estratégica. Israel sostiene que avanzará durante semanas. Irán advierte que puede prolongar la guerra y escalar objetivos. Estados Unidos mantiene una ofensiva de alta intensidad.

La clave estará en dos variables: si el bloqueo del Estrecho de Ormuz se consolida y si la amenaza iraní contra centros económicos se traduce en ataques efectivos. Cualquiera de esos movimientos podría transformar la guerra regional en un shock energético global.

Por ahora, la confrontación combina bombardeos, mensajes políticos y movimientos diplomáticos. El teatro de operaciones se expande y la dimensión económica se vuelve tan relevante como la militar. El desarrollo de los próximos días definirá si se trata de una ofensiva acotada o del inicio de un conflicto de alcance más amplio.

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La Bolsa porteña cae por quinta rueda y el riesgo país roza los 600 puntos en medio de la guerra en Medio Oriente

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La Bolsa porteña cae por quinta rueda y el riesgo país sube a 598 puntos tras la escalada bélica iniciada por Estados Unidos e Israel en Medio Oriente, tras los ataques a Irán.

La escalada bélica en Medio Oriente volvió a golpear a los mercados y la Argentina quedó atrapada en la ola vendedora. Este martes, la Bolsa porteña encadenó su quinta caída consecutiva: el índice S&P Merval retrocede 3% en pesos y 3,7% en dólares, hasta los 2.552.000 puntos, su nivel más bajo desde el 27 de octubre, inmediatamente después de las elecciones legislativas.

En paralelo, los bonos soberanos en dólares —Bonares y Globales— ceden en promedio 2%, mientras el riesgo país elaborado por JP Morgan sube 32 unidades y alcanza los 598 puntos básicos, el valor más alto desde el 12 de diciembre.

El dato es más que financiero. En un contexto internacional convulsionado por la guerra aérea entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el mercado argentino vuelve a exhibir su vulnerabilidad estructural. La tensión externa acelera las dudas internas.

Shock global y energía en el centro del tablero

Las explosiones en Teherán y Beirut, junto con la expansión del conflicto hacia El Líbano, dispararon ventas masivas en los principales mercados del mundo. Los índices de Wall Street registran pérdidas de hasta 2%, mientras el precio del crudo salta alrededor de 8%.

El Brent del Mar del Norte se ubica cerca de los USD 84 por barril, su máximo desde julio de 2024. La suba responde a la interrupción del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del petróleo mundial, y a la ofensiva aérea que ya provocó la muerte del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei.

Irán calificó la ofensiva como un ataque no provocado y respondió con misiles y drones contra países árabes vecinos, además de restringir la navegación en la zona. Estados Unidos ordenó evacuar personal no esencial de varios países del Golfo y cerró misiones diplomáticas tras ataques con drones.

La dimensión energética del conflicto altera expectativas de inflación global y endurece las condiciones financieras para economías emergentes como la Argentina.

Mercado local bajo presión y señales de fragilidad

En ese marco, la plaza local profundiza su corrección. El retroceso del S&P Merval lo devuelve a niveles previos al rebote poslegislativo, borrando buena parte del impulso político que siguió a la última votación.

Los bonos soberanos acompañan la caída y el riesgo país se acerca a los 600 puntos. Ese umbral no es simbólico: marca una brecha de tasas que encarece cualquier intento de financiamiento externo y condiciona la estrategia fiscal y monetaria.

La correlación es directa. A mayor tensión global y suba del petróleo, mayor presión sobre activos de riesgo. En el caso argentino, esa sensibilidad se amplifica por la dependencia del crédito y la necesidad de sostener expectativas de estabilidad.

Volatilidad, liderazgo y margen de maniobra

La guerra agrega un factor que ningún programa económico controla: la duración del conflicto. Una fuente citada por Reuters indicó que la campaña israelí fue planificada para dos semanas y que avanzaba más rápido de lo previsto, con el objetivo de derrocar al sistema gobernante iraní.

Si el conflicto se extiende o compromete de forma sostenida el suministro energético, la volatilidad podría profundizarse. Para la Argentina, el escenario combina tres variables críticas: precios internacionales en alza, presión financiera externa y sensibilidad política doméstica.

El mercado ya dio una señal. La pregunta es cuánto margen conserva el frente económico para absorber un shock externo prolongado sin que la tensión financiera se traslade a otras variables.

Por ahora, la Bolsa cae, el riesgo país escala y el petróleo se mantiene en máximos. El tablero global se mueve con velocidad y los activos locales reflejan, una vez más, que la estabilidad interna depende también de factores que se deciden lejos de Buenos Aires.

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