Pablo Camogli

Periodista, docente, historiador y relator de fútbol. Sanmartiniano, artiguista y peronista; por sobre todas las cosas, del partido americano. Nacido en Oberá, Misiones, en 1976 es licenciado y profesor de Historia por la Universidad Nacional de Cuyo, y técnico superior en Periodismo. Es autor de Batallas por la libertad (Aguilar, 2005), Batallas de Malvinas (Aguilar, 2007), Batallas entre hermanos (Aguilar, 2009) y Nueva Historia del cruce de los Andes (Aguilar, 2011), entre otros.

Misiones y Malvinas, más cercanas que la distancia

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Dos mil setecientos nueve kilómetros en línea recta separan a la ciudad de Posadas, capital de Misiones, de Puerto Argentino, la capital de las Islas Malvinas. La distancia no es la única diferencia entre nuestra provincia y las islas usurpadas por el imperio británico. En términos climáticos y ecológicos son espacios prácticamente antagónicos. Clima sub-tropical en Misiones frente a la gélida temperatura del extremo sur del planeta. Exuberante vegetación y la mayor biodiversidad del país por estos lares frente a la tundra y la piedra de Malvinas. Calor ante el frío. La selva en contraste con el horizonte extendido.

Pese a esta aparente lejanía entre Misiones y el archipiélago austral, la realidad es que entre ambos espacios existe una cercanía dada por la historia. En primer lugar, por una historia común en torno a la idea y el ejercicio de la soberanía. En segundo término, por la presencia de un personaje clave en este pasado, un personaje oriundo de la tierra roja.

La soberanía, pasado y futuro

Si hay un concepto que une a estos extremos geográficos es el de soberanía. Tanto la historia del proceso de conformación jurisdiccional de la actual provincia de Misiones como la de Malvinas están íntimamente relacionadas a la cuestión de la soberanía. La primera, por encontrarse en la zona limítrofe entre los espacios coloniales de España y Portugal y, la otra, por la usurpación realizada por Gran Bretaña, en 1833, lo cierto es que ambos territorios han tenido en la lucha por la soberanía un elemento identitario.

El espacio misionero se conformó en torno a la lucha del pueblo guaraní frente a los conquistadores lusitanos y españoles y, ya en tiempos independentistas, ante lusitanos y unitarios porteños. Algo similar se proyecta sobre la larga lucha por la recuperación del carácter institucional de provincia para Misiones, pugna que se inició en la década de 1910 y que recién se materializó en 1953.

En el caso de Malvinas la cuestión de la soberanía adquiere una doble dimensión, ya que no solo se trata de una región estratégica a nivel mundial, sino que, más importante aún, se trata de un territorio usurpado por un imperio colonial. Desde la ocupación británica de 1833 la Argentina ha reclamado la restitución de las islas, siempre basado en argumentos sólidos e internacionalmente reconocidos. ¿Cuáles son esos argumentos? Los veremos a continuación.

El más evidente, es el geográfico. Basta con mirar un mapa físico de la Argentina para dimensionar la cercanía de las islas al continente. De hecho, las Malvinas forman parte de la plataforma continental argentina, espacio marítimo en el cual “el Estado ribereño ejerce derechos de soberanía”, según lo establecido por el Derecho del Mar sancionado por Naciones Unidas. Lo mismo se podría enfatizar en torno a las distancias, menos de 2.000 kilómetros entre Buenos Aires y Puerto Argentino y más de 13.000 entre la capital isleña y Londres.

De todas formas, el elemento más consistente del reclamo soberano argentino es el histórico. Por un lado, por la aplicación del principio de herencia denominado uti possidetis juris, una expresión en latín que significa que “poseerás lo que poseías”. Ese principio es el que usaron todos los países americanos para definir sus límites luego de sus independencias, al considerarse herederos de España y, por ende, con derechos soberanos sobre los territorios que pertenecieron a aquella. 

Por otro lado, por la acción de ocupación efectiva del territorio realizada por la Argentina a partir de la década de 1820. En esos años, el gobierno de la provincia de Buenos Aires sancionó leyes de pesca para el sur argentino y, además, otorgó permisos de explotación sobre Malvinas a la sociedad empresaria conformada por Jorge Pacheco y Luis María Vernet.

Esta política de ejercicio pleno de la soberanía se profundizó en los años siguientes con la designación del propio Vernet como Gobernador de la comandancia de las Malvinas e islas adyacentes del Atlántico Sur, en 1829. Esto quiere decir que, al momento de la usurpación británica, las Malvinas eran ocupadas plenamente por Argentina que además, le había dado un rango institucional y jurídico a esa presencia con la creación de una gobernación específica.

Misioneros en el tiempo

 A partir de las licencias otorgadas a Pacheco y Vernet es que aparece un misionero en esta historia. Cuando el gobernador bonaerense Martín Rodríguez entregó los permisos de explotación, la dupla de empresarios se dirigió a él para anunciarle el pronto envío del primer contingente de trabajadores y equipamiento. En la nota, que obra en el Archivo General de la Nación, solicitan la designación con el “título de Comandante de Malvinas” al capitán retirado Pablo Areguatí.

Según la nota, “Areguatí piensa formar de los mismos peones una compañía de Cívicos con sus Cabos y Sargentos, para darle a esta operación toda la representación posible en obsequio de una propiedad de la Patria, llevando las armas y municiones de cuenta de la negociación”.

Sobre el margen del escrito, con fecha 18 de diciembre de 1823 y con la firma del gobernador, se resuelve que “ha tenido a bien conceder al suplicante en gracia, los bienes que solicita (…) y proveer así sobre esto como sobre todos los demás puntos que solicita el representado”. De esta forma, el guaraní Pablo Areguatí se convirtió en la primera autoridad argentina designada en Malvinas.

Areguatí pertenecía a una familia de linaje del pueblo de San Miguel Arcángel, antigua misión guaraní-jesuítica actualmente en Brasil. Las fuentes indican que estudió en Buenos Aires y que, durante la década de 1810, enfrentó a las ideas federales que habían surgido en el Litoral. Es por ello que optó por radicarse en la capital, en donde entró en vínculo profesional con Pacheco y Vernet, quiénes confiaron en él para la difícil misión de representar sus intereses comerciales en las lejanas islas Malvinas. 

En febrero de 1824 partió el grupo rumbo al sur, en donde permanecieron unos 6 meses, con las previsibles dificultades para afrontar el duro clima malvinero.

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La coherencia de Diego

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Por estas horas de tristeza colectiva en la Argentina y el mundo por la muerte de Diego Armando Maradona, releemos y escuchamos que una de sus características más notorias eran sus contradicciones. Sin embargo, yo siento que el Diego se destacó exactamente por lo contrario, por una extraordinaria coherencia para el sentir popular, para tender una mano y para enfrentar a los poderes de turno.

Maradona tuvo debilidades, vicios, problemas de conducta, incluso ciertas actitudes repudiables, pero eso no son contradicciones, son las miserias propias de cualquier ser humano. De esas que tenemos todos, salvo los hipócritas, y que, en el caso del hombre más famoso de la historia universal, se magnifican a la enésima potencia. 

Dicho de otra manera, Maradona tuvo debilidades en su vida personal y, al mismo tiempo, una maravillosa coherencia en sus posturas colectivas. En la contradicción principal entre los poderosos y los débiles o entre los ricos y los pobres, Diego jamás tuvo una contradicción, siempre estuvo del lado de los débiles, de los humildes, de los pobres. Y ello porque nunca renegó de sus orígenes ni olvidó su pasado de carencias en Villa Fiorito.

Se cuentan de a cientos, de a miles las historias de Maradona dando una mano, ayudando a quien lo necesitara, siempre generoso para compartir su tiempo, sus bienes, su magia. No hay un solo compañero de trabajo, desde jugadores hasta utileros, que hable mal de él, que diga que era egoísta o que tenía contradicciones en su trato. Por el contrario, todos lo veneran y lo destacan como uno más, pese a que todos sabían que no lo era, no era uno más, era un Dios humano.

Esa coherencia con los de abajo se replicó con los de arriba, a los que denunció y combatió en todos los frentes que pudo, incluso más allá de las represalias que, cada tanto, el poder le asestó a su vida y su carrera. Diego enfrentó a la FIFA, a la que denunció por su inveterada corrupción, algo hoy en día fuera de cualquier tipo de duda.

Diego enfrentó a los medios amarillistas, esas cloacas comunicacionales que tanto daño le hacen a la sociedad y tanto mal le hicieron al ídolo. Diego enfrentó a Mauricio Macri, la última de las grandes calamidades argentinas, cuando este sicario del sistema financiera desembarcó en Boca y lo primero que tuvo que hacer, según él mismo expresó, fue “echar a Maradona por peronista”.

Porque sí, Maradona era peronista, siempre fue peronista, porque no hay otra forma de ser del pueblo que siendo peronista en este país, claro, si uno pretende ser coherente.

Y Diego enfrentó al capitalismo, postura que radicalizó luego de su paso por Cuba y su vínculo con los grandes líderes nacionales y populares que poblaron la Patria Grande a comienzos del siglo XXI: Fidel Castro, Hugo Chávez, Lula, Néstor Kirchner, Evo Morales y Cristina Fernández de Kirchner son solo algunas de las referencias de estos vínculos políticos que expresan una coherencia contundente.

Diego fue un gran protagonista del NO al ALCA, el mayor golpe que el campo popular le asestó al imperialismo en el siglo XXI. Él puso el cuerpo, su voz y su resonancia universal en aquella Mar del Plata convulsionada que le espetó su rechazo en la cara al presidente de los Estados Unidos. Ese fue Diego, esa fue, esa es, su coherencia.

Esa coherencia por los de abajo, esa coherencia para la solidaridad, esa coherencia para ser EL capitán de todos los que alguna vez jugaron con él, esa coherencia para brindarle felicidad a los que solo padecen dolor y miseria, esa coherencia para enfrentar al poder, esa coherencia fue Diego. Esa coherencia ES Diego.

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