Paul Krugman

Economista estadounidense, es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, profesor centenario en Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, académico distinguido de la unidad de estudios de ingresos Luxembourg en el Centro de Graduados de CUNY, y columnista op-ed del periódico New York Times. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía por sus contribuciones a la Nueva Teoría del Comercio y la Nueva Geografía Económica.

La población de China se redujo. ¿Por qué es un problema?

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La población china disminuyó el año pasado por primera vez desde las muertes masivas asociadas con la desastrosa campaña del Gran Salto Adelante de Mao Zedong en la década de 1960. O tal vez sería más preciso decir que China ha anunciado que su población disminuyó. Muchos observadores están escépticos frente a los datos chinos. He estado en conferencias en las que, cuando China divulga, por ejemplo, nuevos datos sobre crecimiento económico, mucha gente no responde preguntando “¿Por qué el crecimiento fue del 7,3 por ciento?”, sino más bien: “¿Por qué el gobierno chino quiso decir que fue del 7,3 por ciento?”.

En todo caso, queda claro que la población de China está o pronto estará en su punto máximo; lo más probable es que la población lleve varios años en picada. Sin embargo, ¿por qué considerarlo un problema? Después de todo, en las décadas de 1960 y 1970, a mucha gente le preocupaba que el mundo se enfrentara a una crisis de sobrepoblación y China era uno de los mayores orígenes de esa presión. Además, el propio gobierno chino intentó limitar el crecimiento de la población con su famosa política del hijo único.

Entonces, ¿por qué el descenso de la población no es una buena noticia, un indicio de que en China y en el mundo en general habrá menos personas exigiendo los recursos de un planeta finito?

La respuesta es que el declive de la población crea dos grandes problemas para la gestión económica. Estos problemas no son irresolubles, pues hay claridad intelectual y voluntad política. Pero ¿China estará a la altura del desafío? Eso no está nada claro.

El primer problema es que una población que disminuye también es una población que envejece y en todas las sociedades que conozco dependemos de los jóvenes para mantener a las personas mayores. En Estados Unidos, los tres grandes programas sociales son la seguridad social, Medicare y Medicaid; los dos primeros están dirigidos explícitamente a las personas de la tercera edad e incluso el tercero gasta la mayoría de su dinero en los estadounidenses mayores y las personas con discapacidad.

En cada uno de los casos, el financiamiento de estos programas a final de cuentas depende de los impuestos que pagan los adultos en edad de trabajar y la preocupación por el futuro fiscal a largo plazo de Estados Unidos se debe en su mayor parte al aumento en la tasa de dependencia de la tercera edad, es decir al aumento de la proporción de adultos mayores con respecto a los que están en edad de trabajar.

La red de seguridad social de China está relativamente poco desarrollada en comparación con la de Estados Unidos, pero aun así los chinos de la tercera edad dependen de la ayuda del gobierno, en especial de la pensión estatal. Además, en China, la tasa de dependencia de la tercera edad se está disparando. Esto significa que China tendrá que depositar mucha carga económica en sus mayores, aumentarles los impuestos de manera dramática a los ciudadanos más jóvenes o ambas cosas.

El otro problema es más sutil, pero también es grave. Para mantener el empleo pleno, una sociedad debe tener un gasto total que sirva para mantener la capacidad productiva de la economía. Podría pensarse que la disminución de la población, lo cual reduce la capacidad, facilitaría esta tarea. Sin embargo, la caída de la población —en especial de la población en edad de trabajar— tiende a reducir algunos tipos importantes de gasto, en particular el gasto en inversión. Después de todo, si disminuye la cantidad de trabajadores, hay menos necesidad de construir fábricas, edificios de oficinas, etcétera; si el número de familias disminuye, no hay mucha necesidad de construir viviendas.

El resultado es que una sociedad en la que hay un declive en la población en edad de trabajar —y en la que todo lo demás se mantiene igual— tiende a experimentar una debilidad económica persistente. Japón es un buen ejemplo. Su población en edad de trabajar alcanzó su punto máximo a mediados de la década de 1990 y, desde entonces, el país ha tenido dificultades con la deflación, a pesar de haber vivido décadas con tasas de interés extremadamente bajas. Hace no tanto tiempo, otros países ricos con demografías que empezaron a parecerse a la de Japón comenzaron a enfrentar problemas similares, aunque estos problemas han quedado al margen —yo diría que de manera temporal— a causa del estallido de la inflación que ocasionaron las respuestas políticas contra la COVID-19.

Para ser justos con los japoneses, se puede decir que han manejado bastante bien el problema del descenso de la población, pues han evitado el desempleo masivo en parte apuntalando su economía con un gasto deficitario. Esto ha producido altos niveles de deuda pública, pero no ha habido ningún indicio de que los inversionistas estén perdiendo la fe en la solvencia japonesa.

Sin embargo, ¿China —con una población en edad de trabajar que ha estado en picada desde 2015— podrá gestionar las cosas igual de bien? Hay buenas razones para ser escépticos.

Desde hace mucho tiempo, China ha tenido una economía muy desequilibrada. Por razones que admito no comprender del todo, los formuladores de políticas han sido reacios a permitir que todos los beneficios del crecimiento económico pasado lleguen a los hogares, lo cual ha provocado una demanda de consumo relativamente baja.

En cambio, China ha sostenido su economía con tasas de inversión muy altas, muy superiores incluso a las que prevalecieron en Japón en la parte más alta de su infame burbuja de finales de la década de 1980. Invertir en el futuro suele ser bueno, pero cuando una inversión muy alta choca con una población en declive, es inevitable que una gran parte de esa inversión produzca rendimientos decrecientes.

De hecho, en este momento la economía de China parece depender de un sector inmobiliario increíblemente inflado, lo cual sin duda luce como una crisis financiera en ciernes.

Sería ingenuo suponer que China no puede hacerles frente a sus problemas demográficos. Después de todo, si consideramos el largo plazo, China ha sido una historia de éxito increíble, pues se transformó de una nación pobre y en desarrollo a una superpotencia económica en tan solo unas décadas.

Por otro lado, tengo la edad para recordar cuando todos los libros de negocios parecían presentar un guerrero samurái en la portada y prometían enseñar los secretos de gestión que estaban convirtiendo a Japón en el líder económico mundial.

El asunto es que para las economías, al igual que para los fondos de inversión, el rendimiento pasado no es ninguna garantía de resultados futuros. No sabemos hasta qué punto los retos demográficos de China la harán tropezarse, pero hay buenas razones para estar preocupados. He oído a pesimistas que describen la situación de China como si fuera similar a la del Japón posterior al auge, sin el mismo alto nivel de cohesión social que les permitió amortiguar la caída al gobierno y a la sociedad.

Ah, además, China es una superpotencia con un líder autoritario que parece errático. No creo que sea alarmista preocuparse de cómo reaccionará el país si le va mal a su economía.

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Elon Musk y el peligroso poder de los multimillonarios inseguros

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Elon Musk no cree que los visionarios como él deban pagar impuestos como lo hace una persona común. Después de todo, ¿por qué entregar su dinero a burócratas aburridos? En Estados Unidos, solo lo despilfarrarán en planes insignificantes como… rescatar a su empresa, Tesla, en un momento crucial de su desarrollo. Musk tiene la vista puesta en cosas más importantes, como llevar a la humanidad a Marte para “preservar la luz de la conciencia”.

Verán, los multimillonarios tienden a estar rodeados de gente que les dice lo maravillosos que son y nunca, jamás, sugerirían que están haciendo el ridículo.

Pero no te atrevas a burlarte de Musk. El dinero de los multimillonarios les da mucha influencia política, la suficiente para que, en este país, logren bloquear los planes del Partido Demócrata de financiar un muy necesario gasto social con un impuesto que solo afectaría a unos cuantos cientos de personas en una nación de más de 300 millones. Ahora imagina lo que podrían hacer si creen que la gente se ríe de ellos.

De cualquier modo, la decidida y hasta ahora exitosa oposición de los estadounidenses increíblemente ricos a cualquier esfuerzo por gravarlos como personas normales plantea un par de preguntas. La primera: ¿hay algo de cierto en su insistencia en que cobrarles impuestos privaría a la sociedad de sus contribuciones únicas? La segunda: ¿por qué las personas que tienen más dinero del que cualquiera puede realmente disfrutar están tan decididas a quedarse con cada centavo?

En cuanto a la primera pregunta, la derecha siempre ha argumentado que gravar a los multimillonarios los disuadirá de hacer todas las cosas maravillosas que hacen. Por ejemplo, Mitt Romney ha sugerido que gravar las ganancias de capital hará que los ultrarricos dejen de crear puestos de trabajo y en su lugar compren ranchos y cuadros.

¿Hay, sin embargo, alguna razón para creer que los impuestos harán que los ricos se vuelvan como John Galt y nos priven de su genialidad?

Para los no iniciados, “volverse como John Galt” es una referencia a la novela La rebelión de Atlas de Ayn Rand, en la que los impuestos y la regulación motivan a los generadores de riqueza a retirarse a una fortaleza oculta, lo cual provoca el colapso económico y social. Resulta que la obra magna de Rand se publicó en 1957, durante la larga secuela del Nuevo Acuerdo, cuando el Partido Republicano y el Demócrata aceptaban la necesidad de una tributación muy progresiva, una fuerte política antimonopolio y un poderoso movimiento sindical. Por lo tanto, el libro puede verse en parte como un comentario sobre el Estados Unidos de Harry Truman y Dwight Eisenhower, una época en la que los impuestos a la actividad empresarial eran más del doble de lo que son ahora y la tasa impositiva máxima de las personas era del 91 por ciento.

Entonces, ¿los miembros productivos de la sociedad se pusieron en huelga y paralizaron la economía? No. De hecho, los años de la posguerra fueron una época de prosperidad sin precedentes; los ingresos familiares, ajustados a la inflación, se duplicaron en el transcurso de una generación.

Y en caso de que se lo pregunten, los ricos no consiguieron esquivar todos los impuestos que se les imponían. Como documentó un fascinante artículo de Fortune de 1955, el estatus de los ejecutivos de las empresas había decaído bastante comparado con el de antes de la guerra. Pero, de algún modo, siguieron haciendo su trabajo.

Así que los superricos no se pondrán en huelga si se les obliga a pagar algunos impuestos. ¿Pero por qué les preocupan tanto?

No es que tener que prescindir, digamos, de 40.000 millones de dólares tenga un impacto visible en la capacidad de un Elon Musk o un Jeff Bezos para disfrutar de los placeres de la vida. Es cierto que muchas personas muy ricas parecen considerar que ganar dinero es un juego, en el que el objetivo es superar a sus rivales; pero la clasificación en ese juego no se vería afectada por un impuesto que todos los jugadores tuvieran que pagar.

Lo que sospecho, aunque no puedo probarlo, es que lo que en realidad mueve a alguien como Musk es un ego inseguro. Quiere que el mundo reconozca su grandeza inigualable; hacer que pague impuestos como un “tipo acartonado de Wall Street que gana 400.000 dólares al año” (mi frase favorita de la película Wall Street) sugeriría que no es un tesoro único, que tal vez no se merece todo lo que tiene.

No sé cuántos recuerdan la “ira contra Obama”, la furiosa reacción de Wall Street contra el entonces presidente Barack Obama. Si bien fue en parte una respuesta a los cambios reales en la política fiscal y regulatoria —en efecto, Obama les aumentó bastante los impuestos a los que más ganaban—, lo que hizo enfurecer a los financieros fue su sensación de haber sido insultados. Porque ¡incluso llamó a algunos de ellos peces gordos!

¿Acaso los muy ricos son más mezquinos que el resto de nosotros? En promedio, tal vez sí; después de todo, pueden permitírselo y los cortesanos y aduladores atraídos por las grandes fortunas sin duda facilitan que alguien pierda el piso.

Pero lo importante es que la mezquindad de los multimillonarios viene acompañada de un gran poder. Y el resultado es que todos nosotros acabamos pagando un precio muy alto por su inseguridad.

Paul Krugman ha sido columnista de Opinión desde 2000 y también es profesor distinguido en el Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de New York. Ganó el Premio Nobel de Ciencias Económicas en 2008 por su trabajo sobre comercio internacional y geografía económica. @PaulKrugman

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Los errores que condujeron a la crisis argentina, según Paul Krugman

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Paul Krugman, premio Nobel de economía y uno de los economistas que ha seguido de cerca a la Argentina desde Estados Unidos, dijo que el gobierno de Mauricio Macri cometió errores similares a los que hubo entre 1998 y la debacle de 2001, y criticó el rol del Fondo Monetario Internacional (FMI) en la actual crisis económica.

Macri debió debió devaluar y recortar el déficit fiscal más rápido el lugar de emitir deuda, pero “no pudo o no quiso”, indicó Krugman en un hilo en Twitter.

“Lo que es sorprendente para aquellos de nosotros que hemos pasado mucho tiempo en estas crisis es que esto es increíblemente cercano al guión de 1998-2001; sin ley de convertibilidad, pero aún errores de política similares, y una habilitación similar de esos errores por parte del FMI”, escribió Kurgman.

Krugman consideró que la respuesta “de libro de texto” para resolver el problema de los déficits gemelos que heredó Macri del gobierno de Cristina Kirchner -déficit comercial y déficit fiscal- es una “consolidación fiscal más la depreciación de la moneda”, de modo que una mejora en las exportaciones permita compensar la caída de la demanda interna.

“Pero Macri no pudo o no quiso morder la bala, no estaba dispuesto a soportar el rechazo de los grandes recortes presupuestarios”, señaló el economista. “Y tampoco a permitir una rápida depreciación del peso, tanto por el impacto inflacionario en un país con historial de inflación, como por la deuda en dólares. En cambio, recurrió a más préstamos extranjeros”, explicó Krugman.

Durante los primeros años de su gestión, el gobierno de Macri recurrió al “gradualismo” para cerrar el déficit y corregir los desequilibrios que heredó del gobierno de Cristina Kirchner, para lo cual se recostó en el financiamiento externo, primero de los mercados, y luego del Fondo Monetario Internacional (FMI). El Gobierno justificó esa estrategia en la falta de respaldo político para hacer el ajuste más rápido. Krugman indicó que Macri pudo aprovechar una “luna de miel” con los mercados.

“Pero al final todo lo que hizo fue cavar un pozo más profundo, con un gran aumento de la deuda externa y desacreditando a los reformadores neoliberales”, apuntó.

Krugman cerró su hilo con una crítica a Lagarde, que se encamina a dirigir el Banco Central Europeo (BCE): “Esto me hace preocuparme más por Lagarde en el BCE. Todos los involucrados realmente, realmente deberían haber sabido mejor”, señaló.

Krugman ha mostrado un cercano interés por la economía argentina, y ha escrito en reiteradas oportunidades durante los últimos años sobre el país desde su columna en The New York Times. Krugman obtuvo el premio Nobel de economía en 2008. En Estados Unidos es considerado un economista progresista, o “liberal”, en el sentido estadounidense de la palabra. Es un crítico acérrimo del presidente Donald Trump. Dio clases en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, según sus siglas en inglés) y en la Universidad Princeton.

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El peor y el más tonto

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Al igual que millones de personas en todo el mundo, me tranquilizó saber que Donald Trump es un “genio muy estable”. Y es que, si no lo fuera —si en cambio fuera un aspirante a tirano errático, vengativo, desinformado y perezoso— estaríamos en verdaderos problemas.

Seamos honestos: Estados Unidos con frecuencia ha sido presidido por hombres mediocres, algunos de los cuales han tenido personalidades desagradables. Sin embargo, por lo general, no han hecho mucho daño, por dos razones.

La primera es que los presidentes de segunda clase se han rodeado con frecuencia de servidores públicos de primera clase. Como ejemplo, miren la lista de los secretarios del Tesoro desde que se fundó la nación; aunque no todos los que han ocupado ese cargo eran iguales a Alexander Hamilton (quien creó el Tesoro), es, en general, un contingente bastante impresionante —y eso ha sido importante—.

Se ha debatido si Ronald Reagan, a quien diagnosticaron con alzhéimer cinco años después de que dejara la presidencia, ya mostraba síntomas de deterioro cognitivo durante su segundo mandato. No obstante, con James Baker en el Departamento del Tesoro y George Shultz en el de Estado, no había nada de qué preocuparse en cuanto a si había gente competente que tomara las grandes decisiones.

Segunda: nuestro sistema de pesos y contrapesos ha limitado a los presidentes que de otro modo podrían haber estado tentados a ignorar el Estado de derecho o a abusar de su cargo. Aunque probablemente hemos tenido altos ejecutivos que anhelaban encarcelar a sus críticos o enriquecerse mientras estaban en el cargo, ninguno de ellos se atrevió a hacer sus deseos realidad.

Pero eso era antes. Con el “genio muy estable” al mando, las reglas antiguas ya no aplican.

Cuando ese “genio muy estable” se mudó a la Casa Blanca, trajo consigo a una colección extraordinaria de subordinados —y los llamo en el peor de los sentidos—. Algunos de ellos ya se fueron, como Michael Flynn, a quien Trump nombró asesor de seguridad nacional pese a que ya lo rodeaban interrogantes por sus vínculos extranjeros y quien en diciembre se declaró culpable de mentirle al FBI sobre esos vínculos. También se fue Tom Price, secretario de Salud y Servicios Humanos que renunció debido a su adicción a costosos viajes en avión privado.

Sin embargo, otros todavía siguen ahí; seguramente pensar en Steve Mnuchin liderando el Tesoro hace a Hamilton revolcarse en su tumba. Y muchos nombramientos increíblemente malos han pasado casi inadvertidos entre el público general. Solo podemos darnos una idea de qué tan deplorables son las cosas por la noticias que se filtran de vez en cuando, como que la persona a la que Trump nombró para dirigir el Servicio de Salud para indígenas parece haber mentido sobre sus credenciales (una vocera del Departamento de Salud y Servicios Humanos dice que un tornado destruyó sus documentos de antecedentes laborales).

Y mientras ingresa la gente no calificada, la calificada está huyendo. Ha habido un gran éxodo de personal con experiencia en el Departamento de Estado; quizá todavía más alarmante es que se dice que hay un éxodo similar en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por su sigla en inglés).

En otras palabras, en tan solo un año, Trump nos ha acercado bastante a un gobierno de los peores y más tontos. Así que digamos que es bastante bueno que el hombre en el puesto más alto es, “como, muy inteligente”.

Mientras tanto, ¿qué ha sucedido con las restricciones ante un mal comportamiento presidencial? Digo, los pesos y contrapesos ya son muy de la década de los setenta, ¿no? Puede que a los republicanos les hayan importado los actos ilegales del presidente durante el escándalo de Watergate, pero estos días claramente consideran que su trabajo es proteger los privilegios del “genio muy estable”, es decir, dejarlo hacer lo que quiera.

Inclúyanme entre aquellos a los que no les parecieron tan impactantes las revelaciones del nuevo libro de Michael Wolff porque solo confirman lo que ya nos han dicho muchos informes sobre esta Casa Blanca. La noticia realmente destacada de la semana pasada, a mi parecer, se trata de las indicaciones que han dado importantes republicanos en el congreso de que están cada vez más decididos a participar en la obstrucción de la justicia.

Hasta ahora, no había quedado totalmente claro si los miembros del congreso a favor del encubrimiento, como Devin Nunes —quien ha estado acosando al Departamento de Justicia mientras este trata de investigar la interferencia que habría tenido Rusia en la elección presidencial—, eran por cuenta propia. Sin embargo, Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes, ahora se ha sumado por completo a las filas de Nunes, lo que representa estar totalmente a favor de la obstrucción.

Al mismo tiempo, dos senadores republicanos refirieron al Departamento de Justicia (la primera vez que se sabe que lo hacen) a que investigue penalmente a alguien como parte de su propia pesquisa sobre la intervención rusa: no se trata de aquellos que pudieran haber trabajado con una potencia extranjera hostil, sino del exespía británico que elaboró un documento sobre la posible colusión entre Trump y Moscú.

En otras palabras, sin importar lo mucho que el mundo se cuestione si Trump es apto para estar en el poder, las únicas personas que podrían limitarlo están haciendo todo lo posible por ponerlo por encima del Estado de derecho.

Hasta ahora, la implosión de las normas políticas de Estados Unidos ha tenido un efecto considerablemente menor en nuestra vida cotidiana (excepto que residas en un Puerto Rico azotado por huracanes y sigas esperando a que se restablezca la electricidad debido a una respuesta federal inadecuada). El presidente pasa las mañanas viendo televisión y tuiteando su enojo, ha sembrado el caos en cuanto a la capacidad del gobierno y su partido no quiere que sepas si es un agente trabajando a favor de alguien en el extranjero. Sin embargo, las bolsas están al alza, la economía está en auge y no hemos iniciado nuevas guerras.

Todavía estamos en los inicios. Pasamos más de dos siglos construyendo una gran nación y hasta un “genio muy estable” quizá requiera un par de años para completar su ruina.

 
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