Silvia Abaca

Periodista.

Reforma laboral sin empleo: el propio gobierno admite el fracaso de su argumento

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La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei fue presentada como una pieza clave para combatir la informalidad y generar empleo registrado. Sin embargo, una reciente declaración del asesor laboral del Presidente, Julián De Diego —redactor del proyecto— dejó al descubierto una verdad que el oficialismo intenta ocultar: la reforma no va a crear trabajo formal. La admisión no solo desarma el principal argumento con el que se intentó legitimar el avance sobre derechos laborales, sino que obliga a replantear el verdadero sentido político de la iniciativa.

Lejos de tratarse de un desliz discursivo, el reconocimiento expone una coherencia interna del programa económico: el objetivo no es generar empleo, sino redefinir las condiciones en las que se trabaja, incluso aceptando que habrá menos protección, más precariedad y mayor transferencia de riesgos hacia los trabajadores.

El empleo no cae por derechos, cae por recesión

El proyecto oficial parte de un diagnóstico que no resiste el contraste con la evidencia empírica. No existe en la Argentina una relación demostrable entre derechos laborales y falta de empleo. Por el contrario, los períodos de mayor creación de trabajo registrado coincidieron con ciclos de crecimiento económico, expansión del mercado interno y políticas activas del Estado.

Según datos del INDEC, durante 2024 el salario real acumuló una caída superior al 20%, el consumo interno se desplomó y la actividad industrial y de la construcción registraron bajas de dos dígitos. En ese contexto, el desempleo volvió a crecer y la informalidad laboral se mantiene en torno al 40/45% de la población ocupada. No porque los derechos sean excesivos, sino porque la economía se contrajo violentamente.

La evidencia es clara: las empresas no contratan cuando no venden, no cuando existen convenios colectivos o indemnizaciones. Ninguna reforma laboral puede compensar una política económica que destruye demanda, asfixia a las pymes y paraliza la inversión productiva.

Flexibilización como política de ajuste

El propio asesor presidencial reconoce que la reforma no generará empleo. Esa frase, lejos de debilitar el proyecto, lo define con mayor precisión. La reforma laboral no es una política de empleo: es una política de ajuste.

La ampliación del período de prueba, el debilitamiento de las multas por trabajo no registrado, la desarticulación de la negociación colectiva y el ataque al rol sindical no apuntan a incorporar nuevos trabajadores al sistema formal, sino a abaratar despidos, disciplinar conflictos y reducir el poder de negociación del trabajo frente al capital.

En términos económicos, la reforma opera como una redistribución regresiva del ingreso: mejora la rentabilidad empresarial a costa de salarios más bajos, mayor inestabilidad y pérdida de derechos. En términos políticos, consolida un modelo que asume como natural la precariedad y renuncia explícitamente a la idea de desarrollo con inclusión.

El corrimiento deliberado del Estado

El reconocimiento oficial también expone otro aspecto central: el corrimiento del Estado de su responsabilidad histórica en la generación de empleo. En lugar de políticas de incentivo productivo, crédito, obra pública o fortalecimiento del mercado interno, el gobierno opta por intervenir exclusivamente sobre el eslabón más débil de la relación laboral.

La Argentina no enfrenta una “crisis de regulaciones”, sino una crisis de modelo económico. La informalidad no se explica por el exceso de derechos, sino por la persistencia de estructuras productivas débiles, la falta de planificación y la primarización de la economía. Ninguna de esas causas es abordada por la reforma.

Un cierre sin eufemismos

Que el propio redactor de la reforma admitiera que no habrá más empleo registrado debería cerrar definitivamente el debate público. Si no crea trabajo, si no reduce la informalidad y si no mejora las condiciones de vida, la pregunta ya no es técnica sino política.

La reforma laboral del gobierno de Milei no va a fracasar porque esté mal comunicada: fracasará porque no está pensada para resolver el problema del empleo, sino para consolidar un modelo económico que acepta el desempleo, la informalidad y la precarización como costos inevitables del ajuste.

Cuando un gobierno avanza sobre derechos sin siquiera prometer trabajo, lo que está en juego no es una modernización, sino una redefinición regresiva del contrato social. Y cuando esa admisión proviene del propio oficialismo, lo que queda al desnudo no es una contradicción, sino una decisión política consciente.

Empleo y modelo económico: lo que muestran los datos

Argentina, últimas décadas 
2003–2011      Crecimiento sostenido del PBI
Fuerte expansión del empleo registrado
Caída significativa del desempleo
Salario real en alza
Plena vigencia de convenios colectivos y derechos laborales
2016–2019      Ajuste fiscal y apertura económica
Caída del empleo industrial
Aumento de la informalidad
Salarios reales en retroceso
Intentos de flexibilización sin creación de empleo  
2024–2025  Recesión profunda
Derrumbe del consumo
Salario real con caída superior al 20%
Aumento del desempleo
Reforma laboral que el propio gobierno admite que no generará empleo  

Conclusión empírica: el empleo crece cuando crece la economía. La flexibilización sin crecimiento no genera trabajo: redistribuye pérdidas.

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Milei, Machado y la diplomacia de la sobreactuación: un viaje que revela improvisación, fragilidad política y una peligrosa confusión de prioridades

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El viaje de Javier Milei a Noruega para la ceremonia del Premio Nobel de la Paz —en la que María Corina Machado fue premiada pero no asistió a la ceremonia— se convirtió en un caso paradigmático de cómo se están tomando decisiones de política exterior en la Argentina: con criterios personalistas, motivaciones ideológicas antes que estratégicas y una llamativa despreocupación por los costos institucionales. Más que un episodio aislado, lo ocurrido exhibe con crudeza los límites de una diplomacia hecha a contramano de los intereses del país.

Una política exterior que funciona como tribuna personal

La presencia de Milei en Oslo fue un gesto sobreactuado, sin sustento diplomático ni planificación. Se trató de un viaje con nula utilidad para la Argentina y motivado por un único objetivo: reforzar la narrativa internacional del presidente y su lugar dentro de una red de figuras y movimientos de derecha global.

No hubo acuerdos, no hubo iniciativas multilaterales, no hubo agenda económica. Hubo, en cambio, un claro mensaje: la política exterior se usa para consolidar identidades, no para resolver problemas.

La diplomacia, que debería ser un espacio de racionalidad estratégica, quedó reducida a un escenario donde Milei busca protagonismo, aun a costa de la credibilidad del Estado argentino.

Machado: reconocimiento global, pero un liderazgo contradictorio y frágil

El Premio Nobel de la Paz le dio a María Corina Machado un prestigio inmediato. Sin embargo, su trayectoria política presenta contradicciones profundas que no desaparecen por la premiación, y que Milei ignoró —o eligió ignorar— al alinear la política exterior argentina con ella.

Machado representa para algunos un símbolo internacional, pero no cuenta con una estructura política robusta en Venezuela; su discurso es altamente confrontativo y excluyente; sus alianzas internacionales son selectivas y responden a un eje ideológico rígido, no a una estrategia nacional. Sus propuestas económicas, de corte ultraliberal, suelen ser más voluntaristas que aplicables en su país y su figura, lejos de encarnar un consenso democrático amplio, profundiza la polarización.

Es decir: tiene visibilidad, pero carece de las condiciones mínimas para liderar un proceso de transición real. Su capital simbólico supera ampliamente su capacidad política efectiva. Milei decidió convertir ese liderazgo débil en una especie de brújula internacional queriendo posicionarse como el aliado más firme de los Estados Unidos en la región.

Un viaje que mostró improvisación y falta de criterio político básico

Que Machado no pudiera asistir era altamente previsible, aunque hay noticias que dicen que finalmente se hará presente en Oslo, con la ceremonia ya finalizada, en la que estuvo representada por su hija. Aun así, el presidente argentino insistió en viajar, lo que terminó exponiendo a la Argentina en una escena diplomática incómoda: un mandatario presente en una ceremonia centrada en una dirigente ausente, y sin nada que hacer allí más que cumplir con una narrativa que él mismo sobredimensionó.

Es un error que no comete un jefe de Estado con sentido estratégico. Revela falta de lectura diplomática, falta de previsión y falta de asesoramiento profesional o peor, la desestimación total de ese asesoramiento.

Milei eligió sumarse a la narrativa de Machado y reforzar la lógica de bloque ideológicos rígidos que poco aportan a la estabilidad regional. La decisión de viajar para respaldar a una figura cuya estrategia es objeto de críticas, incluso dentro de la propia oposición venezolana, revela la improvisación conceptual que guía la diplomacia del gobierno libertario.

Costos para la Argentina: desalineamiento, debilidad y pérdida de peso real

Mientras Milei acumula kilómetros, la política exterior argentina pierde terreno. Cada viaje sin retorno concreto genera un triple costo: costo de oportunidad, porque el tiempo presidencial no es infinito y se está usando mal; costo diplomático, porque la improvisación erosiona la confianza de aliados reales; costo estratégico, porque los recursos del Estado se destinan a aventuras sin impacto para la economía ni la gobernabilidad.

El problema no es solo que este viaje no sirvió para nada. El problema es que refuerza una tendencia: la Argentina está perdiendo densidad internacional justo cuando más necesita relaciones sólidas para enfrentar su crisis.

La Argentina está debilitando deliberadamente sus anclajes internacionales más relevantes. La desestimación de los BRICS como espacio estratégico —a contramano de la mayoría de los países emergentes— y el abandono del peso histórico que tuvo el país en el G20 reducen la gravitación internacional de la Argentina en un momento en que las alianzas son esenciales. La inclinación del gobierno a privilegiar vínculos con figuras aisladas de la derecha global, en lugar de con bloques económicos y políticos de escala real, le quita seriedad al posicionamiento externo del país y erosiona su capacidad de negociación.

Afinidad ideológica, debilidad política

No existe un vínculo que relacione a Milei y Machado y si existiera, no se sostiene en intereses nacionales, sino en coincidencias ideológicas duras que suelen terminar siendo un mal sustituto de la política real. Cuando un presidente alinea a su país detrás de líderes simbólicos, pero políticamente débiles, lo que hace es reducir la política exterior a gestos que no construyen ningún beneficio para la población.

La apuesta de Milei por Machado no solo fue exagerada, fue políticamente torpe. Y el resultado fue exactamente el que se podía anticipar: exposición innecesaria, falta de resultados y una nueva muestra de que la improvisación terminó convertida en método de gobierno.

Conclusión: una política exterior que se achica, se subordina y se desprofesionaliza

El episodio de Noruega sintetiza un problema mayor, la Argentina está gobernada por un presidente que confunde diplomacia con espectáculo, afinidad política con estrategia y protagonismo personal con defensa de los intereses nacionales.

María Corina Machado es una figura controversial, contradictoria, sin sustento. Javier Milei es un presidente que usa la política exterior como plataforma personal. Juntos producen una alianza que no es estratégica, ni funcional, ni beneficiosa. Es apenas un intercambio de visibilidad que deja a la Argentina peor posicionada.

El país necesita resultados, no gestos; estrategia, no impulsos; y una política exterior que piense en el futuro, no en la épica personal de su presidente.

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Deuda, pobreza y dependencia: un país que financia aviones usados mientras se desangra

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En la Argentina de hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, conviven dos realidades que parecen incompatibles pero que, sin embargo, se retroalimentan: el endeudamiento crónico y la persistencia de la pobreza, por un lado, y el uso de recursos públicos para gastos estratégicamente discutibles, como la compra de aviones militares usados, por el otro. Todo esto ocurre en un marco económico diseñado y ejecutado por su ministro de Economía, Luis Caputo, cuya política se apoya en un ajuste profundo, un endeudamiento creciente y una fuerte dependencia financiera externa.

La deuda argentina no es solo un problema contable: es un condicionante estructural que limita márgenes de decisión, subordina prioridades sociales y habilita la injerencia de actores externos en la política económica local. Con Caputo al mando de la economía —el mismo funcionario que definió el rumbo financiero durante el macrismo y fue arquitecto del regreso acelerado al endeudamiento internacional— cada renegociación, cada acuerdo y cada pago de intereses es dinero que no se destina a recomponer ingresos, fortalecer políticas públicas o reconstruir un aparato productivo que lleva años 0funcionando por debajo de su potencial.

Esa restricción se traduce en cifras sociales dramáticas. La pobreza se estabiliza en niveles que ya no pueden considerarse emergenciales sino sistémicos. Los ingresos reales caen, el empleo informal se expande y la desigualdad se profundiza. Bajo la lógica económica del gobierno de Milei, el ajuste es presentado como una virtud moral, pero en la práctica significa una precarización acelerada de las condiciones de vida de millones de personas. Y lejos de ser un fenómeno aislado, es la consecuencia directa de un modelo donde la deuda marca las prioridades y el costo recae siempre sobre los mismos sectores.

En paralelo, el Estado destina millones de dólares a la compra de aviones militares usados, una inversión que genera ruido incluso dentro del propio campo de defensa. Más allá del debate técnico sobre la necesidad o no de reequipamiento, el punto central es político: ¿cómo justificar desembolsos en armamento de segunda mano en un país que no logra garantizar condiciones básicas de vida para una parte creciente de su población? ¿Qué mensaje se envía cuando el gobierno de Milei invierte en hardware militar mientras recorta, retrasa o subfinancia áreas esenciales como salud, educación o investigación?

La fuga de capitales aparece como el otro gran agujero estructural. Argentina produce riqueza, pero no logra retenerla. Los excedentes se escapan al exterior año tras año, debilitando reservas, erosionando la moneda y forzando nuevos ciclos de endeudamiento. La política económica de Caputo no apunta a frenar este drenaje: por el contrario, alienta la desregulación financiera que facilita esos movimientos y consolida una economía dependiente de dólares que no produce, reforzando la subordinación a los mercados internacionales y a los organismos que dictan condiciones.

De este modo, la ecuación se vuelve circular: sin dólares propios, el país se endeuda; con deuda, se ajusta; con ajuste, cae el salario y aumenta la pobreza; con salarios deprimidos y expectativas negativas, se profundiza la fuga; y con la fuga, se incrementa la dependencia. Mientras tanto, se sostienen decisiones de gasto que no dialogan con las urgencias sociales.

Romper este esquema requiere un cambio de prioridades: fortalecer el mercado interno, reconstruir la capacidad estatal, regular los flujos financieros y orientar las inversiones hacia un desarrollo productivo que reduzca la vulnerabilidad externa. Sin eso, cualquier discusión sobre compras militares, acuerdos financieros o reformas estructurales seguirá ocurriendo en un país donde lo urgente siempre se impone sobre lo importante, y donde la pobreza funciona como marco permanente de todas las decisiones políticas.

La Argentina no está condenada a esta dinámica, pero sí condicionada por quienes deciden sostenerla. Y hoy ese rumbo —que combina endeudamiento, dependencia, ajuste y prioridades desconectadas de la realidad social— lleva la firma del presidente Javier Milei y de su ministro de Economía, Luis Caputo.

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Honrar el voto es honrar al votante

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En la Argentina de hoy, cada vez que crece el malestar social, que los salarios se desploman, que las tarifas asfixian o que las instituciones tiemblan, vuelve a aparecer una consigna que pretende cerrar cualquier discusión: “hay que honrar el voto”. Es una frase poderosa, usada como escudo moral, pero que esconde un desvío fundamental: transforma la obediencia en virtud y la crítica en falta.

Sin embargo, en democracia honrar el voto no significa callarse, sino todo lo contrario: es exigir que quienes fueron elegidos cumplan lo que prometieron. La democracia no es un acto de fe. Es un contrato político.

El respeto va del político al votante, no al revés

Los funcionarios electos —presidentes, gobernadores, intendentes, legisladores— llegaron a sus cargos porque un conjunto de ciudadanos confió en su palabra. Ese contrato electoral no es simbólico: es concreto. Incluye promesas, diagnósticos, propuestas y un rumbo anunciado ante toda la sociedad.

Agustín Rossi, (diputado electo por Santa Fe), en uno de sus vivos en redes, dijo: el primer gesto de respeto del político hacia su electorado es cumplir con aquello para lo cual fue elegido.

Cuando un gobierno promete alivio y aplica ajuste, cuando promete defender derechos y los recorta, cuando promete institucionalidad y gobierna a los empujones, no es el ciudadano que reclama quien “deshonra el voto”: es el político que incumple su palabra.

La legitimidad de origen no habilita el daño

Haber ganado elecciones no otorga carta blanca. La legitimidad se renueva día a día con la coherencia entre lo prometido y lo realizado. Un gobierno puede ser elegido democráticamente y, aun así, gobernar de manera dañina para quienes lo apoyaron.

Es en ese punto donde aparece la discusión real: el voto no es un contrato de silencio, sino un contrato de responsabilidad.

¿Por qué la gente vota a la oposición?

Porque la decepción también es un acto político.

Cuando las promesas se convierten en su contrario, cuando las decisiones golpean especialmente a quienes más esperaban un cambio, cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil en lugar de mejorar, la ciudadanía reacciona.

La gente vota a la oposición por razones muy concretas: porque siente que la palabra empeñada fue traicionada, porque el rumbo económico lastima su vida diaria, porque la gestión contradice aquello que se prometió en campaña, porque la frustración se transforma en necesidad de un nuevo horizonte y porque en democracia, cambiar el voto es una forma de control, no de traición.

Votar a la oposición no es un capricho ni un giro irracional: es la consecuencia lógica de un contrato roto.

La alternancia es la forma más elemental de decir: “esto no era lo que nos prometieron, queremos otra cosa”.

La verdadera deshonra al voto ocurre cuando se pretende que un pueblo entero permanezca inmóvil, aun cuando aquello que se le ofreció no se cumple.

Honrar el voto es proteger la voluntad popular, no justificar cualquier política

En un país con desigualdades crecientes, incertidumbre económica y malestar extendido, pedir silencio en nombre de “honrar el voto” no fortalece la democracia: la debilita.

La democracia se sostiene con participación, con debate, con control ciudadano.

No con miedo, ni con obediencia, ni con la idea de que la crítica es una falta moral.

El votante ya hizo su parte: eligió de buena fe. La responsabilidad ahora es del gobernante y del legislador de turno. Y si esa responsabilidad no se cumple, la ciudadanía no solo puede, sino que debe reclamar, exigir, corregir y —cuando llega el momento— votar distinto.

El voto se honra exigiendo, no obedeciendo

Sí, hay que honrar el voto. Pero honrarlo no implica defender al gobierno cueste lo que cueste.

Honrarlo significa defender a la ciudadanía, su dignidad política y su derecho a ser respetada.

El político honra el voto cumpliendo su palabra. El ciudadano honra el voto exigiendo que así sea.

Y cuando no lo es, la oposición —y el voto a la oposición— se convierten en la herramienta legítima, necesaria y profundamente democrática para corregir el rumbo.

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El derrumbe del “megapréstamo” de Milei y el giro militarista en Defensa: un combo que tensiona al Gobierno

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El gobierno de Javier Milei atraviesa uno de los momentos más delicados desde su asunción. A la incertidumbre económica que detonó la caída del anunciado préstamo de USD 20.000 millones —que ya niegan los propios bancos supuestamente involucrados— se suma el nombramiento del teniente general Carlos Alberto Presti al frente del Ministerio de Defensa, el primer militar en ocupar ese cargo desde 1983.

Ambos hechos, que estallaron con pocos días de diferencia, permiten trazar un patrón inquietante: opacidad financiera, improvisación política y un avance sostenido hacia la militarización del poder estatal.

1. La novela del “préstamo de 20 mil millones” que nunca existió

El anuncio que abrió el mercado… y después se desmoronó. El Gobierno había presentado la operación como un hito: un paquete de USD 20.000 millones gestionado con bancos privados y bajo el paraguas del Tesoro de Estados Unidos, que permitiría desarmar el cepo, estabilizar el tipo de cambio y asegurar liquidez para el verano. Pero el relato no resistió, pasadas las elecciones, los propios bancos —entre ellos JPMorgan, el Bank of America y el Citi— filtraron que nunca avanzaron con esa línea de crédito y que la operación estaba “archivada” por falta de garantías suficientes. La información fue confirmada por Reuters y por el Wall Street Journal, lo que dejó expuesta una brecha enorme entre el discurso oficial y la realidad financiera. El ministro de Economía llegó incluso a decir que “no se discutió ningún préstamo de 20 mil millones con bancos privados”, desmintiendo de facto al propio Gobierno.

Qué se negociaba realmente

Según fuentes del sistema financiero, lo que efectivamente estaba en discusión era algo mucho más modesto: un repo de unos USD 5.000 millones, con bancos que exigían garantías claras, y que pedían la intervención más explícita del Tesoro de EE.UU. Nada que ver con el megapréstamo que Milei vendió como un “rescate privado histórico”.

Por qué se cayó

Los bancos se retiraron por tres razones principales:

1. Falta de colaterales: Argentina no ofreció garantías ni activos que funcionaran como respaldo real.

2. Riesgo de default soberano a corto plazo: enero presenta vencimientos por más de USD 4.000 millones, y sin un programa sólido, nadie quiso exponerse.

3. Interferencia política en EEUU: el Tesoro no avaló formalmente la operación en los términos que el Gobierno necesitaba.

En síntesis: hubo sobrepromesas, subnegociación y un uso político del anuncio.

Impacto político y económico

La caída del préstamo golpea en tres frentes:

Credibilidad externa: Argentina aparece como un gobierno que anuncia operaciones que no están cerradas.

Mercado cambiario: sin los dólares prometidos, se tensionan las expectativas sobre el cepo y el dólar financiero.

Narrativa presidencial: Milei pierde su carta principal para demostrar que su estrategia “pro-mercado” abre puertas.

La “vuelta al mundo” que prometía Milei, por ahora, es más ruido comunicacional que financiamiento real.

2. El nombramiento de Presti: un giro histórico hacia la militarización

La designación del general Carlos Presti como ministro de Defensa marca un quiebre institucional mayúsculo: rompe la tradición de más de 40 años de conducción civil de las Fuerzas Armadas. Hay un militar en Defensa por primera vez desde 1983. En un país con la memoria todavía abierta por el terrorismo de Estado, el gesto es más que simbólico: instala a un militar activo en uno de los ministerios más sensibles del régimen democrático.

El perfil del hombre elegido preocupa. Presti no solo es jefe del Ejército, es un cuadro con fuerte ascendencia interna y con un discurso público alineado con Milei en temas geopolíticos y de “orden”. A eso se suma un dato que profundiza la incomodidad: su padre, Roque Presti, fue coronel durante la última dictadura militar. El Gobierno lo presenta como un dato irrelevante; para organismos de derechos humanos, es un antecedente que amerita preocupación.

La respuesta política e institucional

Las reacciones no tardaron: La UCR habló de “retroceso democrático grave”.

Agustín Rossi, exministro de Defensa, dijo que la medida “quiebra la subordinación militar al poder civil”.

Sectores de la sociedad civil ven en el nombramiento un intento de “normalizar” la presencia militar en la conducción política. Para un Gobierno que reivindica un “orden” casi militarizado en el discurso, la designación aparece como parte de una lógica más amplia.

3. Dos crisis que se cruzan: improvisación y militarización

La suma de ambos hechos —la caída del megapréstamo y el ascenso de un militar al gabinete— abre un interrogante mayor: ¿el Gobierno está reemplazando la gobernabilidad económica perdida con una creciente centralidad militar en la toma de decisiones?

En los últimos meses Milei reforzó la presencia de uniformados en actos oficiales, otorgó a las FFAA roles ampliados en seguridad interior, recortó funciones de control civil en Defensa y ahora lleva a un militar al nivel ministerial. Para analistas críticos, es un reacomodamiento del poder, si no llegan los dólares, llega el músculo militar.

4. Un Gobierno más débil y más rígido

Argentina enfrenta simultáneamente: un Gobierno que promete financiamiento que no logra conseguir, un gabinete que se militariza en áreas sensibles y un presidente que apuesta más al gesto épico que a la negociación política real. Lo económico no se ordena y lo institucional se endurece. Una mala combinación para un país con la historia de la Argentina.

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