Silvia Abaca

Periodista.

Cuando la violencia no empieza con el femicidio

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Once años después de la primera movilización de Ni Una Menos, la Argentina vuelve a enfrentarse a una realidad incómoda. Mientras desde el Gobierno nacional se relativiza la violencia de género, se eliminan áreas específicas del Estado y se cuestiona la existencia misma de desigualdades estructurales entre varones y mujeres, los femicidios continúan ocurriendo.

Los nombres cambian. El dolor permanece

En los últimos días, dos casos conmocionaron al país. En Córdoba, Agostina Vega, una adolescente de 14 años, fue hallada asesinada tras varios días de búsqueda. En Misiones, Dulce María Beatriz Candia, de 17 años, apareció sin vida en Eldorado después de permanecer desaparecida durante más de una semana. Dos historias atravesadas por la misma pregunta que vuelve a repetirse cada vez que una mujer o una adolescente es asesinada: ¿qué falló antes?

La pregunta resulta especialmente pertinente en el marco de un nuevo aniversario de Ni Una Menos, un movimiento que nació para denunciar que los femicidios no son hechos aislados ni tragedias individuales, sino la expresión más extrema de una violencia que se construye y reproduce mucho antes de llegar al crimen.

Los datos muestran que el problema dista de haber desaparecido. Según el Observatorio de Violencias por Motivos de Género “Mercedes Pagnutti”, de la ciudad de Rosario, que realiza un monitoreo permanente de casos en todo el país, durante 2025 se registraron 291 femicidios, lesbicidios y trans/travesticidios en Argentina. La tasa nacional alcanza las 1,27 víctimas cada 100.000 mujeres y, en promedio, ocurre un femicidio cada 30 horas.

Las cifras, por sí solas, desmienten cualquier intento de presentar la violencia de género como una problemática superada o como una construcción ideológica sin correlato en la realidad. Detrás de cada número hay una historia interrumpida, una familia devastada y una cadena de responsabilidades que rara vez se limita al agresor.

Porque la violencia no empieza con el femicidio

Empieza mucho antes. En las relaciones de control. En las amenazas ignoradas. En las denuncias que no reciben respuestas adecuadas. En los discursos que buscan minimizar el problema. Y también en las nuevas formas de hostigamiento que proliferan en los entornos digitales.

Una reciente investigación publicada por “Economis”, de la provincia de Misiones, analizó cómo mujeres periodistas, militantes, activistas, dirigentas políticas y referentas sociales son objeto de campañas de agresión, insultos y amenazas destinadas a expulsarlas del debate público. No se trata únicamente de ataques individuales. Se trata de mecanismos de disciplinamiento que buscan silenciar voces, restringir la participación y reforzar desigualdades históricas.

La violencia digital y la violencia física no son fenómenos idénticos, pero tampoco son compartimentos estancos. Ambas forman parte de una misma cultura que naturaliza la agresión hacia las mujeres cuando ocupan espacios de visibilidad, decisión o protagonismo social.

Por eso resulta imposible analizar el contexto actual sin observar el papel del Estado nacional. Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, el feminismo se convirtió en uno de los principales blancos discursivos del oficialismo. El cierre del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, la reducción o eliminación de programas específicos y la insistencia en negar la existencia de violencias estructurales forman parte de una orientación política explícita.

La discusión no pasa por defender una estructura burocrática determinada. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando se debilitan las herramientas destinadas a prevenir, asistir y acompañar situaciones de violencia mientras las estadísticas continúan mostrando víctimas?

Negar un problema no lo resuelve

Pero tampoco alcanza con señalar al Poder Ejecutivo. Cada femicidio vuelve a poner bajo la lupa el funcionamiento de la Justicia y de las fuerzas de seguridad. Las familias de las víctimas suelen repetir la misma sensación: las respuestas llegaron tarde. Las búsquedas se demoraron. Las alertas fueron subestimadas. Las denuncias no alcanzaron para activar mecanismos eficaces de protección.

Las controversias alrededor de la investigación por el asesinato de Agostina Vega también reflejan esas tensiones. Mientras distintos sectores reclamaban que el caso fuera investigado con perspectiva de género, el fiscal interviniente, Raúl Garzón, sostuvo públicamente que no existían elementos para considerarlo un femicidio. Sus declaraciones generaron cuestionamientos y reavivaron un debate recurrente sobre la necesidad de incorporar una mirada integral en la investigación de los crímenes contra mujeres y adolescentes. En medio de la conmoción social, parte de la discusión pública pareció concentrarse incluso en reconocer la labor del perro que participó en el hallazgo del cuerpo. “Hay que darle una medalla”, dijo el funcionario. Sin restar valor al trabajo realizado durante la búsqueda, el episodio dejó al descubierto una incomodidad persistente: la dificultad de algunas instituciones para abordar la dimensión social y estructural de las violencias que afectan a mujeres y niñas.

La discusión sobre si determinados casos deben o no ser considerados femicidios no es meramente jurídica. También expresa una disputa política y cultural sobre cómo se interpreta la violencia contra las mujeres. En un contexto donde desde el poder nacional se cuestiona la existencia misma de la violencia de género como fenómeno específico, esas definiciones adquieren una relevancia que excede los tribunales.

La Justicia suele mostrarse firme cuando el crimen ya ocurrió. El problema es que para entonces siempre es demasiado tarde.

Once años después de la primera marcha de Ni Una Menos, la pregunta ya no es si la violencia de género existe. Las estadísticas, los expedientes judiciales y los nombres de las víctimas responden por sí solos.

La verdadera discusión es qué sociedad se construye cuando, frente a esa realidad, se desmantelan políticas públicas, se relativizan las violencias específicas que sufren las mujeres y se naturalizan discursos de odio que encuentran en las redes sociales un amplificador permanente.

Agostina y Dulce ya no están. Sus nombres se suman a una lista que continúa creciendo. Una lista que recuerda que la violencia no empieza con el femicidio, pero tampoco termina con una condena judicial.

Porque cuando una adolescente aparece asesinada, la discusión pública no debería centrarse en cómo nombrar el problema para que deje de existir. La tarea pendiente sigue siendo evitar que vuelva a ocurrir.

Y porque, once años después, Ni Una Menos sigue siendo mucho más que una consigna. Sigue siendo una deuda pendiente de la democracia argentina.

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De Próspera a Buenos Aires: las nuevas fronteras del experimento tecnolibertario

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Mientras Honduras enfrenta una disputa política, judicial e internacional por Próspera, una ciudad privada instalada en la isla de Roatán, en Argentina comienzan a aparecer debates que remiten a una pregunta similar: ¿hasta dónde puede avanzar la transferencia de funciones estatales en nombre de la inversión, la innovación tecnológica y la eficiencia económica?

A primera vista, ambos procesos parecen inconexos. Próspera es una ciudad-empresa construida bajo el paraguas de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) hondureñas. Argentina, en cambio, discute regímenes especiales de inversión, reformas societarias, desregulación económica y nuevas herramientas tecnológicas para la gestión pública, como los gemelos digitales sociales. Sin embargo, detrás de estos fenómenos emerge un conjunto de ideas que gana influencia en distintos lugares del mundo y que tiene entre sus principales referentes a empresarios tecnológicos como Peter Thiel.

El laboratorio hondureño

Próspera fue presentada como una experiencia destinada a atraer inversiones mediante reglas propias, baja carga impositiva, seguridad jurídica reforzada y amplios márgenes de autonomía administrativa. Sus promotores la describen como una plataforma para la innovación económica. Sus detractores la consideran un experimento que pone en tensión principios básicos de soberanía y control democrático.

La controversia escaló cuando el gobierno hondureño impulsó la derogación de las ZEDE y la Corte Suprema declaró inconstitucionales los mecanismos que les dieron origen. Los inversores respondieron con reclamos internacionales multimillonarios, abriendo un conflicto que excede el caso hondureño y plantea una discusión global: ¿qué sucede cuando un Estado intenta recuperar competencias previamente cedidas o limitar privilegios otorgados a grandes inversores?

La pregunta no es menor. Cuando las reglas especiales quedan blindadas mediante compromisos de largo plazo, arbitrajes internacionales o marcos regulatorios excepcionales, surge inevitablemente una discusión sobre soberanía: quién decide, bajo qué reglas y con qué margen para modificar el rumbo elegido.

De las ciudades flotantes a las ciudades privadas

Para comprender el origen de estas iniciativas es necesario remontarse a un conjunto de ideas desarrolladas en sectores del ecosistema tecnológico estadounidense.

Entre ellas se encuentra el llamado seasteading, una propuesta impulsada por empresarios e intelectuales libertarios que imaginan la construcción de ciudades flotantes en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de los Estados nacionales. Según sus defensores, estos espacios permitirían experimentar con nuevos modelos de organización política y económica. Para sus críticos, representan intentos de escapar a regulaciones democráticas, obligaciones fiscales y controles públicos.

Aunque la mayoría de los proyectos de seasteading nunca logró consolidarse, muchas de las ideas que los inspiraron encontraron expresiones más viables. Las llamadas charter cities o ciudades estatutarias, las zonas económicas especiales y experiencias como Próspera son vistas por diversos analistas como herederas de esa misma búsqueda: crear territorios con reglas diferenciadas para atraer inversiones y ensayar nuevas formas de gobernanza.

Peter Thiel y la nueva utopía tecnológica

En ese universo ideológico sobresale Peter Thiel, fundador de PayPal, uno de los primeros inversores de Facebook y una de las figuras más influyentes del mundo tecnológico.

Thiel ha respaldado durante años iniciativas vinculadas al seasteading, las ciudades autónomas y diversos proyectos orientados a reducir la intervención estatal en áreas consideradas estratégicas. Más que un empresario, se ha convertido en uno de los principales articuladores de una corriente de pensamiento que combina innovación tecnológica, desregulación económica y cuestionamientos a la capacidad de los Estados nacionales para gestionar sociedades cada vez más complejas.

Su influencia excede ampliamente el ámbito de los negocios. Empresas vinculadas a su entorno participan en sectores sensibles como inteligencia artificial, análisis masivo de datos, defensa, vigilancia y seguridad.

La reciente presencia de Thiel en Argentina despertó interés más allá del mundo empresarial. Un perfil publicado por The New York Times lo describió jugando un torneo de ajedrez en el barrio porteño de Almagro pocas horas después de reunirse con el presidente Javier Milei. El episodio, anecdótico en apariencia, refleja el creciente interés del empresario por el país.

Según el mismo artículo, Thiel analiza a la Argentina como una apuesta de largo plazo en un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y riesgos asociados al desarrollo acelerado de la inteligencia artificial. También atribuyó al empresario una pregunta formulada al propio Milei que resulta reveladora: cómo garantizar que las transformaciones impulsadas por el actual gobierno sobrevivan más allá de un mandato presidencial.

El desembarco argentino

La presencia de Thiel coincide con una serie de iniciativas impulsadas por el Gobierno nacional: regímenes especiales para atraer inversiones, proyectos de reforma societaria, programas de digitalización estatal y acuerdos vinculados al uso de inteligencia artificial en la administración pública.

Sería incorrecto afirmar que estas iniciativas reproducen el modelo hondureño. Las diferencias jurídicas e institucionales son evidentes. Sin embargo, la comparación resulta útil para observar una tendencia común: la construcción de espacios normativos cada vez más excepcionales para determinados actores económicos y tecnológicos.

Los defensores de estos mecanismos sostienen que ningún país puede atraer inversiones de largo plazo sin ofrecer reglas previsibles y protección frente a cambios abruptos de orientación política. Sus críticos advierten que existe una diferencia entre garantizar seguridad jurídica y limitar la capacidad futura de los gobiernos para modificar regulaciones, redefinir políticas públicas o intervenir en sectores estratégicos cuando las circunstancias lo requieren.

La discusión sobre la soberanía

La experiencia de Próspera funciona como un laboratorio para observar estas tensiones. Lo que comenzó como un experimento de innovación institucional terminó convirtiéndose en una disputa sobre los límites de la autonomía privada frente a la autoridad estatal.

La discusión adquiere una dimensión adicional en una época en la que las grandes corporaciones tecnológicas concentran recursos económicos, capacidades de procesamiento de datos y herramientas de inteligencia artificial que históricamente estuvieron reservadas a los Estados.

Por eso el debate no gira únicamente en torno a impuestos, inversiones o crecimiento económico. Lo que está en juego es la distribución del poder de decisión entre instituciones democráticas, mercados globales y plataformas tecnológicas.

Una pregunta abierta

Tal vez la principal enseñanza del caso Próspera no sea la posibilidad de que aparezcan ciudades privadas en otros países. La lección más relevante podría ser otra: las discusiones sobre soberanía ya no pasan solamente por fronteras, ejércitos o recursos naturales.

Cada vez más, se desarrollan en el terreno de los datos, los marcos regulatorios, los arbitrajes internacionales y las tecnologías que organizan la vida económica y social.

En ese contexto, la presencia de figuras como Peter Thiel en Argentina, el impulso a nuevas formas de regulación económica y el creciente protagonismo de herramientas tecnológicas en la gestión pública invitan a formular una pregunta que todavía no tiene respuesta.

¿Estamos frente a una estrategia para atraer inversiones y modernizar la economía o ante los primeros pasos de una transformación más profunda en la relación entre Estado, mercado y soberanía?

La experiencia hondureña muestra que esa discusión, lejos de ser futurista, ya comenzó.

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El Gran Hermano de Milei: los riesgos detrás de los gemelos digitales sociales

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l Gobierno apuesta a sistemas de simulación social basados en inteligencia artificial y grandes volúmenes de datos. El antecedente de Holanda, donde la Justicia frenó una herramienta similar por afectar la privacidad, y el pedido de información pública presentado por Agustín Rossi abren interrogantes sobre los límites democráticos de la iniciativa.

El gobierno de Javier Milei presentó los llamados “gemelos digitales sociales” como una herramienta de modernización del Estado. La expresión suena futurista, innovadora e incluso atractiva para quienes imaginan una gestión pública más eficiente. Sin embargo, detrás del lenguaje tecnológico emerge un debate mucho más profundo: ¿qué ocurre cuando un gobierno con escasa tolerancia a la crítica y una marcada concentración de poder adquiere herramientas capaces de observar, modelar y anticipar el comportamiento de millones de personas?

Un gemelo digital es una réplica virtual de un sistema real construida a partir de grandes volúmenes de información. En la industria se utiliza para simular el funcionamiento de fábricas, redes energéticas o cadenas logísticas. Aplicado a la sociedad, el concepto adquiere otra dimensión. Significa construir modelos digitales alimentados por datos económicos, sociales, demográficos y territoriales que permitan analizar comportamientos colectivos y proyectar escenarios futuros.

Sobre el papel, la idea parece razonable. Los defensores de estas herramientas sostienen que permiten diseñar mejores políticas públicas, prever crisis, optimizar recursos y evaluar el impacto potencial de distintas decisiones gubernamentales antes de implementarlas.

Pero la misma tecnología que permite planificar también puede utilizarse para vigilar.

La historia demuestra que ninguna herramienta de acumulación masiva de información permanece neutral cuando queda en manos de gobiernos con vocación de control. Y el problema no radica exclusivamente en la tecnología, sino en el contexto político en el que se desarrolla.

Desde su llegada al poder, Javier Milei construyó una narrativa que divide a la sociedad entre aliados y enemigos. Periodistas, científicos, universidades, sindicatos, organizaciones sociales, movimientos feministas, artistas e incluso gobernadores han sido objeto de ataques sistemáticos desde las más altas esferas del Estado. La crítica política dejó de ser concebida como una práctica inherente a la democracia para convertirse, según el discurso oficial, en una amenaza a combatir.

En ese marco, resulta inevitable preguntarse cuáles serán los límites de sistemas capaces de procesar enormes cantidades de datos sobre la vida social.

Los defensores del proyecto responderán que la información será anonimizada y que existirán protocolos de protección. Son condiciones necesarias, pero no suficientes. La experiencia internacional demuestra que la acumulación de datos genera inevitablemente tensiones entre eficiencia estatal y derechos individuales.

Los antecedentes sobran.

Uno de los casos más emblemáticos ocurrió en los Países Bajos. En 2020, el Tribunal de La Haya declaró ilegal el sistema SyRI (System Risk Indication), una plataforma estatal diseñada para cruzar grandes bases de datos públicas con el objetivo de detectar posibles fraudes en programas sociales, beneficios fiscales y otras prestaciones estatales.

La justicia neerlandesa concluyó que el sistema vulneraba el derecho a la privacidad protegido por el Convenio Europeo de Derechos Humanos. El fallo advirtió que la utilización de algoritmos para elaborar perfiles de riesgo sobre los ciudadanos carecía de suficientes garantías democráticas y de mecanismos adecuados de control y transparencia.

La decisión marcó un precedente internacional. Por primera vez, un tribunal frenó una herramienta de vigilancia algorítmica estatal al considerar que los riesgos para los derechos fundamentales superaban los beneficios prometidos por la administración pública.

La enseñanza es clara: incluso en democracias consolidadas, los sistemas de análisis masivo de datos pueden derivar en prácticas incompatibles con las libertades individuales cuando no existen controles rigurosos.

La pregunta que surge entonces es inevitable. Si una democracia como la neerlandesa consideró necesario poner límites judiciales a este tipo de tecnologías, ¿qué garantías ofrece un gobierno como el argentino, que concentra decisiones, descalifica permanentemente a quienes piensan distinto y mantiene una relación cada vez más conflictiva con los mecanismos de control institucional?

Las dudas ya comenzaron a trasladarse al terreno político.

El diputado nacional Agustín Rossi presentó un pedido de acceso a la información pública para conocer detalles del proyecto impulsado por el Gobierno nacional. Entre otros puntos, solicitó información sobre los organismos involucrados, las fuentes de datos que serán utilizadas, los criterios de procesamiento de la información y los mecanismos previstos para proteger la privacidad de la ciudadanía.

El planteo resulta pertinente. Si el Estado avanza en la construcción de herramientas capaces de modelar dinámicas sociales mediante el procesamiento masivo de información, la transparencia debería ser una condición básica y no una concesión excepcional.

¿Qué datos se utilizarán? ¿Quiénes tendrán acceso a ellos? ¿Qué empresas participarán del desarrollo? ¿Qué organismos independientes auditarán el sistema? ¿Existirán mecanismos para evitar sesgos, discriminaciones o usos políticos de la información? Hasta el momento, las respuestas son escasas.

Y precisamente allí radica el principal problema.

La discusión no debería centrarse únicamente en algoritmos, inteligencia artificial o capacidad computacional. El verdadero debate es democrático. Las tecnologías nunca son neutrales. Reflejan los intereses, prioridades y objetivos de quienes las diseñan y administran.

Por eso, cuando un gobierno acumula información sobre la sociedad, la cuestión central no es qué puede hacer la herramienta, sino qué puede hacer el poder con ella.

La paradoja resulta difícil de ignorar. Una administración que se presenta como defensora de la libertad individual avanza simultáneamente hacia mecanismos que amplían la capacidad estatal de observar, registrar, analizar y predecir conductas colectivas. La libertad parece ser un principio irrenunciable cuando se trata del mercado, pero bastante más flexible cuando se trata de los datos de los ciudadanos.

No se trata de rechazar el avance tecnológico ni de promover visiones conspirativas. Sería absurdo desconocer el potencial de estas herramientas para mejorar políticas públicas. Sin embargo, también sería irresponsable ignorar los riesgos que implican cuando son impulsadas por gobiernos que muestran escasa vocación por la transparencia y el control institucional.

La experiencia internacional enseña que la frontera entre planificación y vigilancia puede ser mucho más delgada de lo que sugieren los discursos oficiales.

Por eso el interrogante central sigue abierto.

¿Estamos frente a una herramienta para construir mejores políticas públicas o ante el primer paso hacia una forma más sofisticada de monitoreo social?

George Orwell imaginó un Estado capaz de vigilar cada movimiento de sus ciudadanos a través de pantallas omnipresentes. Ocho décadas después, ya no hacen falta cámaras en cada esquina ni televisores que observen desde el living.

Alcanza con los datos.

Y el problema nunca fue la tecnología.

El problema siempre fue quién la controla.

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Entre el ajuste y la realidad paralela

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Las movilizaciones en defensa de la universidad pública volvieron a llenar calles y plazas en distintos puntos del país. Estudiantes, docentes, investigadores y autoridades universitarias reclamaron contra el ajuste presupuestario y denunciaron el ahogo financiero que atraviesan las casas de estudio. Pero hay que tener en cuenta que el conflicto tiene, además, un componente institucional grave: el Gobierno sigue sin cumplir plenamente con la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada por el Congreso y ratificada por ambas cámaras luego del veto presidencial.

Es decir, no se trata solamente de una disputa política o presupuestaria. El Ejecutivo decidió desconocer en los hechos una norma respaldada por amplias mayorías parlamentarias. Y lejos de buscar una salida, la respuesta oficial fue profundizar el ajuste y redoblar las provocaciones contra quienes protestan.

El Gobierno insiste en presentar las marchas como una maniobra partidaria, intentando desacreditar a estudiantes, docentes y rectores. Pero el problema para la Casa Rosada es que la protesta excede ampliamente cualquier estructura política: expresa un malestar social cada vez más extendido frente al deterioro salarial, la caída del poder adquisitivo y el desmantelamiento de áreas sensibles del Estado.

En ese contexto, la entrevista que dio esta semana Javier Milei volvió a mostrar un nivel de agresividad preocupante. El presidente recurrió otra vez a insultos, descalificaciones y ataques personales contra periodistas, opositores y sectores críticos. Cualquier cuestionamiento es presentado como una conspiración, cualquier disidencia como un enemigo a destruir.

La lógica oficial parece ser gobernar en estado permanente de confrontación. Pero el desgaste empieza a aparecer. Las últimas encuestas muestran una caída en la imagen presidencial y un crecimiento del rechazo, incluso en sectores medios que inicialmente acompañaron el ajuste con expectativas de estabilización económica.

A eso se suma el protagonismo del Jefe de Gabinete Manuel Adorni, defendido a ultranza por el presidente, pese a las denuncias en su contra y una de las figuras más representativas del estilo político del Gobierno. En medio de los conflictos sociales y económicos que atraviesa el país, Adorni aparece como el principal defensor mediático del ajuste y de las descalificaciones oficiales contra periodistas, estudiantes, opositores y sectores críticos. Para muchos, ocupa el rol de verdadero “ministro de la realidad paralela”: el encargado de negar el deterioro social, relativizar los conflictos y construir un relato donde todo reclamo es una operación, toda crítica un ataque político y, fundamentalmente, ocultar su propia corrupción.

La gestión parece correrse del terreno político para refugiarse en la provocación cotidiana, las conferencias performáticas y la confrontación permanente. Pero mientras el Gobierno insiste en discutir enemigos imaginarios, la realidad empieza a golpear incluso a sectores que hace apenas meses respaldaban el rumbo oficial.

La marcha universitaria dejó entonces algo más profundo que una foto multitudinaria. Funcionó como síntoma de un clima social que empieza a cambiar. Porque cuando un gobierno responde a cada reclamo con insultos, ajuste y provocaciones, el problema deja de ser solamente económico: pasa a ser también político y democrático.

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Una “cascada” de corrupción

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En la Argentina donde la transparencia se declama como dogma y la “casta” funciona como chivo expiatorio universal, las incomodidades ya no vienen de afuera. Se acumulan adentro. Y lo hacen con una lógica que preocupa: no como episodios sueltos, sino como una secuencia. Una “cascada”.

En el centro aparece el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. No por su rol público, sino por lo que surge de una declaración judicial reciente. Un contratista que habría realizado refacciones en la casa que el funcionario posee en Exaltación de la Cruz, declaró en calidad de testigo —con la obligación legal de decir verdad— que los trabajos se habrían pagado sin facturación por una suma cercana a los 245 mil dólares.

El mismo testigo sostuvo además que recibió un llamado del propio Adorni para “orientar” su declaración. La gravedad de esa afirmación no está en la adjetivación, sino en el hecho de haber sido realizada ante la Justicia. Corresponderá al expediente confirmar o descartar cada punto. Pero el estándar democrático es claro: cuando hay una declaración formal de este tenor, lo mínimo exigible es una explicación pública precisa.

Hasta ahora, no aparece.Como no viene apareciendo en todo lo relacionado a los gastos exorbitantes que salen a la luz desde que Adorni subió a la mujer al avión presidencial en el “famoso viaje” a EEUU.

El problema es político antes que judicial. Porque el gobierno de Javier Milei construyó su legitimidad sobre la promesa de ser distinto: “la moral como política de estado”. Sin embargo, diferentes episodios empiezan a tensionar ese relato: el caso $Libra, que implica directamente al Presidente de la Nación y las denuncias sobre presuntos retornos en la ANDIS que involucran a Karina Milei, forman parte de un mismo clima de época.

No hace falta una condena para que exista un costo. Alcanza con la falta de respuestas.

Porque cuando ante una declaración judicial se responde con silencio o descalificación, el mensaje que queda no es de fortaleza es evasión. Y cuando eso se repite, la excepción empieza a parecer regla.

Incluso en los detalles aparece la anécdota que pega fuerte. En los papeles que presentó el contratista que hizo las obras en la casa de Indio Cua, se menciona la construcción de una cascada en la pileta de natación por la que se habrían pagado unos 3.500 dólares. Un dato menor en lo económico, pero significativo en lo simbólico.

No prueba nada por sí solo. Pero dialoga con el resto.

Porque cuando los indicios se acumulan, cuando las explicaciones faltan y cuando el discurso y los hechos empiezan a correr por carriles distintos, lo que se erosiona no es solo una figura.

Es la credibilidad.

Y cuando la credibilidad cae, ya no alcanza con señalar a “la casta”, ni con subir el tono en una conferencia, ni con buscar enemigos externos (los “kukas”, siempre los “kukas”).

Porque el problema deja de ser el relato.

Y pasa a ser la realidad. O la “cascada” que como las del Iguazú cuando el río suena, trae más agua de la que se espera.

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