Silvia Abaca

Periodista.

Una “cascada” de corrupción

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En la Argentina donde la transparencia se declama como dogma y la “casta” funciona como chivo expiatorio universal, las incomodidades ya no vienen de afuera. Se acumulan adentro. Y lo hacen con una lógica que preocupa: no como episodios sueltos, sino como una secuencia. Una “cascada”.

En el centro aparece el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. No por su rol público, sino por lo que surge de una declaración judicial reciente. Un contratista que habría realizado refacciones en la casa que el funcionario posee en Exaltación de la Cruz, declaró en calidad de testigo —con la obligación legal de decir verdad— que los trabajos se habrían pagado sin facturación por una suma cercana a los 245 mil dólares.

El mismo testigo sostuvo además que recibió un llamado del propio Adorni para “orientar” su declaración. La gravedad de esa afirmación no está en la adjetivación, sino en el hecho de haber sido realizada ante la Justicia. Corresponderá al expediente confirmar o descartar cada punto. Pero el estándar democrático es claro: cuando hay una declaración formal de este tenor, lo mínimo exigible es una explicación pública precisa.

Hasta ahora, no aparece.Como no viene apareciendo en todo lo relacionado a los gastos exorbitantes que salen a la luz desde que Adorni subió a la mujer al avión presidencial en el “famoso viaje” a EEUU.

El problema es político antes que judicial. Porque el gobierno de Javier Milei construyó su legitimidad sobre la promesa de ser distinto: “la moral como política de estado”. Sin embargo, diferentes episodios empiezan a tensionar ese relato: el caso $Libra, que implica directamente al Presidente de la Nación y las denuncias sobre presuntos retornos en la ANDIS que involucran a Karina Milei, forman parte de un mismo clima de época.

No hace falta una condena para que exista un costo. Alcanza con la falta de respuestas.

Porque cuando ante una declaración judicial se responde con silencio o descalificación, el mensaje que queda no es de fortaleza es evasión. Y cuando eso se repite, la excepción empieza a parecer regla.

Incluso en los detalles aparece la anécdota que pega fuerte. En los papeles que presentó el contratista que hizo las obras en la casa de Indio Cua, se menciona la construcción de una cascada en la pileta de natación por la que se habrían pagado unos 3.500 dólares. Un dato menor en lo económico, pero significativo en lo simbólico.

No prueba nada por sí solo. Pero dialoga con el resto.

Porque cuando los indicios se acumulan, cuando las explicaciones faltan y cuando el discurso y los hechos empiezan a correr por carriles distintos, lo que se erosiona no es solo una figura.

Es la credibilidad.

Y cuando la credibilidad cae, ya no alcanza con señalar a “la casta”, ni con subir el tono en una conferencia, ni con buscar enemigos externos (los “kukas”, siempre los “kukas”).

Porque el problema deja de ser el relato.

Y pasa a ser la realidad. O la “cascada” que como las del Iguazú cuando el río suena, trae más agua de la que se espera.

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El señor de los anillos: Palantir es una piedra que habla

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En su exposición en la Fundación Libertad, Javier Milei volvió a hacer magia: agarrar una economía en recesión y transformarla, a fuerza de PowerPoint, en un caso de éxito en potencia. Con tono épico y convicción inquebrantable, celebró el equilibrio fiscal como si fuera un fin en sí mismo, aunque ese “logro” conviva con una caída del salario real superior al 20% desde diciembre de 2023, jubilaciones que perdieron aún más contra la inflación y una pobreza que, según estimaciones independientes, supera el 50%, mientras el propio gobierno insiste en ubicarla en torno al 28%.

Porque mientras el Presidente relata una gesta, los datos cuentan otra cosa. La actividad económica acumula varios meses en caída, con retrocesos interanuales que rondan los dos dígitos en sectores clave. El consumo masivo se desplomó más de un 10% en términos reales, la industria y la construcción siguen en terreno negativo y las tarifas de servicios públicos —luz, gas, transporte— aumentaron muy por encima de cualquier recomposición de ingresos. Y la inflación —ese supuesto logro en vías de resolución según el discurso oficial— lleva diez meses sin dar respiro, con una dinámica persistente que encuentra nuevos pisos mes a mes y que en el último dato volvió a escalar hasta el 3,4%. Pero en el universo Milei, el problema no es lo que pasa, sino cómo se lo cuenta.

En ese contexto, la visita de Peter Thiel a la Argentina —con paso por la Casa Rosada incluido para reunirse con Milei— suma un ingrediente que el Presidente presenta como señal de confianza global. Thiel no es cualquier inversor curioso: es cofundador de Palantir Technologies, una de las empresas más influyentes en el negocio de los datos, el análisis predictivo y la inteligencia aplicada a gran escala. Traducido: poder.

Y ahí es donde el título deja de ser un guiño literario para transformarse en descripción bastante ajustada.

En la obra de J. R. R. Tolkien, las palantíri eran piedras que permitían ver a la distancia. Pero no mostraban la realidad completa: ofrecían fragmentos, perspectivas sesgadas, imágenes que podían ser ciertas… y, a la vez, profundamente engañosas. Quien controlaba la piedra no sólo observaba: también influía.

Suena familiar.

El gobierno edita la economía como si fuera contenido: muestra el superávit fiscal, pero omite que se logró con un recorte feroz del gasto real —jubilaciones, obra pública, transferencias a las provincias—; habla de “recuperación futura” mientras el presente acumula cierre de empresas, suspensiones y pérdida de empleo; y reescribe la dinámica inflacionaria como si fuera una curva en descenso, aún cuando los datos recientes indican otra cosa.

No es que los datos sean falsos. Es que están incompletos. Curados. Ordenados para contar una historia donde el ajuste no es costo, sino virtud.

Ahí es donde la presencia de Thiel encaja mejor como símbolo que como inversor. Porque el proyecto no es sólo económico: es también cultural y comunicacional. Se trata de instalar una forma de mirar la realidad donde el deterioro sea interpretado como transición, donde la caída del consumo sea leída como “saneamiento” y donde el dolor social sea un peaje inevitable hacia un futuro que siempre está a la vuelta de la esquina… pero nunca llega.

Las palantíri no mentían del todo. Ese era justamente su poder.

Decían lo suficiente para convencer.

Ocultaban lo necesario para gobernar.

Y mientras el Gobierno mira la economía a través de su piedra que habla, del otro lado no hay épica ni promesas: hay heladeras vacías, persianas bajas y salarios que no alcanzan.

Pero claro, esa versión de la realidad —sin edición, sin relato y sin PowerPoint— no necesita tecnología de punta para entenderse.

Necesita algo mucho más simple.

Mirar la vida cotidiana de las argentinas y los argentinos.

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Entre lágrimas y karaoke: Milei convierte la política exterior en un show personal

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Hay viajes oficiales, hay giras internacionales y después está el reality espiritual de Javier Milei en Israel: una mezcla de karaoke libertario, lágrimas televisadas y geopolítica manejada como si fuera una cuenta personal de X.

Porque no fue solo una visita. Fue una performance. En Jerusalén, Milei se puso en modo artista invitado y cantó Libre con la solemnidad de quien cree estar protagonizando un momento histórico, cuando en realidad parecía más bien un clip de autoayuda con presupuesto estatal. Después vino el llanto en el Muro de los Lamentos, cuidadosamente expuesto, casi como si la emoción también formara parte del guión. La fe, convertida en contenido.

Nada de eso sería particularmente grave si no estuviera en juego algo más que su propia biografía emocional. Pero el problema es justamente ese: no viaja un influencer, viaja el presidente de un país en crisis.

Y el contexto no ayuda a la épica, más bien la desnuda.

Israel está gobernado por Benjamin Netanyahu, hoy cuestionado dentro y fuera de su país por la ofensiva en Gaza tras los ataques de Hamas. Las denuncias por el impacto humanitario, las críticas internacionales y el desgaste político interno lo ubican en uno de sus momentos más frágiles. No es precisamente el socio ideal para una foto de alineamiento incondicional.

A eso se suma un escenario regional inflamable: tensiones con Líbano, con Hezbollah al acecho, y el conflicto con Irán, que convierte cualquier gesto en una señal geopolítica de alto riesgo. En ese tablero, Argentina decidió no jugar a la prudencia, sino al fanatismo.

Porque eso es lo que transmite el viaje: no una política exterior, sino una adhesión casi religiosa. Sin matices, sin distancia, sin cálculo. Como si la diplomacia fuera una cuestión de fe y no de intereses.

¿El resultado? Un país que necesita dólares, inversiones y mercados, pero exporta gestos, canciones y lágrimas.

Y en ese marco aparece otro dato incómodo que ayuda a entender el timing: la necesidad de recomponer imagen. Según la última medición de CB Global Data, Milei figura entre los presidentes con peor valoración relativa y con una caída superior a los seis puntos en el último mes. Traducido: el relato empieza a hacer agua y hay que subir el volumen de la escena.

Más show, más impacto, más “momento histórico”.

El problema es que la política exterior no es un escenario para levantar el rating personal. Cada gesto tiene consecuencias, cada alineamiento deja huella. Y meterse, con entusiasmo militante, en un conflicto que no le pertenece a la Argentina no parece una jugada brillante, sino más bien una sobreactuación peligrosa.

Mientras tanto, en casa, la palabra que ordena la vida cotidiana no es “libertad” sino “ajuste”. Salarios en caída, jubilaciones deterioradas, consumo en retroceso. Un país real que no canta, ni llora frente a cámaras y, sobre todo, no tiene margen para aventuras simbólicas en escenarios lejanos.

La diplomacia clásica trabaja con sutilezas. Esto es otra cosa: es la diplomacia del acting. Del impacto inmediato. De la convicción gritada en lugar del interés defendido.

Cantar Libre puede ser catártico. Llorar en el Muro, también. Gobernar, en cambio, requiere algo bastante menos cinematográfico: responsabilidad.

Y ahí es donde el show empieza a hacer ruido. Porque cuando baja la música, lo que queda no es épica.

Es la realidad.

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Argentina en loop: el mito del eterno retorno

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Si alguien quisiera explicar la economía argentina sin tecnicismos, podría hacerlo con una sola imagen: estamos atrapados en “El Día de la Marmota”. Como en la famosa película de Hollywood, nos despertamos, una y otra vez, en el mismo día. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el resultado es idéntico: deuda, ajuste e inflación.

El libreto no es nuevo. Lo escribió José Alfredo Martínez de Hoz, durante la dictadura cívico-militar, cuando la deuda externa pasó de 7.000 millones de dólares en 1976 a más de 45.000 millones en 1983. No fue un desvío: fue un programa. Como reconocería años después el propio Banco Central, gran parte de ese endeudamiento terminó financiando la fuga de capitales.

Ese modelo no murió. Lo perfeccionó Domingo Cavallo en los 90. Entre 1991 y 2001, la deuda pasó de 65.000 millones a más de 145.000 millones de dólares, en paralelo a privatizaciones masivas. El Fondo Monetario Internacional sostuvo el esquema hasta el colapso y después habló de “fallas”.

Otra vez: primero legitiman el modelo, después reconocen el desastre.

Y sin embargo, acá estamos de nuevo.

Con Luis Caputo, el ciclo no solo vuelve: acelera. El préstamo récord del FMI en 2018 —57.000 millones de dólares— terminó, según el propio organismo, financiando en gran medida la salida de capitales. Entre 2016 y 2019, se fugaron más de 80.000 millones de dólares.

Pero hay algo más constante que la deuda.

El discurso.

Porque en cada ciclo hay una promesa que vuelve como un mantra. Antes fue la “estabilidad para siempre”. Después, la “confianza de los mercados”. Hoy, se repite la misma escena, la famosa “luz al final del túnel”.

O, en versión más aggiornada, lo que dijo Luis Caputo ante empresarios en la reunión de AmCham (American Chamber of Commerce) Argentina: que se vienen “los mejores meses de la historia”.

Siempre es lo mismo: el sacrificio es ahora, el bienestar viene después.

El problema es que ese “después” nunca llega para la mayoría.

Porque mientras se promete futuro, los datos del presente son contundentes:

2018: 47,6% de inflación tras la devaluación.

2019: 53,8%.

2023: más de 200% anual.

La CEPAL lo viene señalando: en economías como la argentina, la inflación está atada a la restricción externa y al tipo de cambio. Es decir, al mismo esquema de deuda y dependencia.

Primero entra la deuda.

Después la presión sobre el dólar.

Después la devaluación.

Y finalmente, la inflación.

Mientras tanto, el salario pierde. Más de 20% de caída real entre 2016 y 2019 y, en la etapa reciente el deterioro se profundiza: desde la asunción de Javier Milei, el salario real registrado acumuló una caída, en promedio, cercana al 25%, tras un derrumbe inicial mucho más brusco luego de la devaluación de diciembre.

En paralelo, las jubilaciones fueron directamente el “ancla” del ajuste: según el CEPA (Centro de Economía Política Argentina), los haberes acumulan una pérdida del 27,4% en términos reales desde el cambio de fórmula aplicado a fines de 2023, convirtiéndose en uno de los principales mecanismos para alcanzar el superávit fiscal.

Como explicaba Aldo Ferrer, el problema histórico es la falta de dólares. Pero este modelo no la resuelve: la profundiza.

Ahí es donde el eterno retorno deja de ser metáfora. Como planteaba Friedrich Nietzsche, la pregunta no es si todo vuelve, sino por qué aceptamos que vuelva.

Porque en cada ciclo hay ganadores:

Los que hacen negocios con la deuda.

Los que fugan a tiempo.

Los que compran barato después de la crisis.

Y perdedores:

Trabajadores y jubilados que pagan la inflación.

El Estado que hereda la deuda.

La sociedad que soporta el ajuste.

No es mala suerte. Es un modelo.

Y también es un relato que se repite.

Siempre hay un túnel.

Siempre hay una luz.

Siempre hay “los mejores meses por venir”.

Pero del otro lado, una y otra vez, aparece lo mismo:

Más deuda.

Más inflación.

Más desigualdad.

Romper ese ciclo no es técnico. Es político.

Implica dejar de discutir promesas y empezar a discutir intereses.

Implica preguntarse quién gana con este esquema y quién pierde.

Implica, en definitiva, dejar de creer que esta vez es distinto.

Porque si no, lo que viene no es sorpresa.

Es rutina.

Despertarse otra vez.

Escuchar la misma promesa.

Y volver a vivir el mismo final.

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Una película de espías (rusos)

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En la Argentina de Javier Milei, la realidad volvió a dar un giro inesperado: ahora el centro de la escena lo ocupan los “espías rusos”. Una trama con todos los condimentos —intriga internacional, amenazas difusas y enemigos invisibles— que irrumpe, sugestivamente, cuando las preguntas incómodas empiezan a acumularse.

La historia no salió de un guionista de streaming, sino de una conferencia oficial. El encargado de ponerle voz y forma fue Manuel Adorni, hoy jefe de Gabinete, que en junio de 2025, cuando era vocero presidencial, anunció en conferencia que la SIDE había detectado una supuesta red de espías rusos en Argentina y dio detalles sobre personas y una organización vinculada a operaciones de desinformación. Adorni tomó los micrófonos para anunciar la detección de una supuesta red vinculada a operaciones extranjeras. Desde entonces, el relato quedó instalado: hay una amenaza, viene de afuera y merece toda la atención.

Pero mientras la ficción escala, la realidad se vuelve cada vez más concreta.

Periodistas como Nancy Pazos, Roberto Navarro o Ari Lijalad fueron señalados o deslegitimados públicamente desde el propio oficialismo. Medios como Página/12 o El Destape o C5N aparecen sistemáticamente en la mira, en un esquema donde la crítica se transforma rápidamente en sospecha.

A eso se suma un deterioro cada vez más visible de las condiciones para ejercer el periodismo: conferencias sin repreguntas reales, acceso restringido a la información y una narrativa oficial que convierte a quien pregunta en adversario.

Pero el punto de quiebre ya no es discursivo. Es institucional.

En la Casa Rosada, se registraron restricciones en el ingreso de periodistas de determinados medios. Y ahora, el cerco se amplía: bajo la presidencia de Martín Menem, también se avanzó en limitar el acceso de periodistas a la Cámara de Diputados, un espacio que, por definición, debería garantizar publicidad y transparencia.

No es un detalle menor. Es un patrón.

Mientras tanto, el propio Javier Milei despliega otra dimensión del mismo fenómeno: la saturación digital. Más de mil publicaciones en X durante el último fin de semana —entre posteos propios y republicaciones— muchas de ellas dirigidas a periodistas, con descalificaciones, agravios e incluso tonos intimidatorios.

No hace falta ningún servicio de inteligencia extranjero para entender el mecanismo. Es mucho más simple, y más efectivo: instalar agenda, disciplinar voces y construir enemigos internos.

La escena remite inevitablemente a la séptima temporada de Homeland, donde la paranoia estatal y la construcción de amenazas externas funcionan como excusa para avanzar sobre libertades internas. Pero también abre otra referencia, menos ficcional y más inquietante: Cambridge Analytica.

Porque si algo dejó al descubierto ese escándalo global fue la capacidad de combinar datos, segmentación y saturación de mensajes para construir climas de época, enemigos políticos y narrativas polarizantes. En aquel caso, con campañas dirigidas, operaciones digitales y una clara orientación ideológica.

En esta versión local, el dispositivo parece más rudimentario pero no menos efectivo: un flujo constante de mensajes desde el poder, amplificado por redes y cuentas afines, donde el periodismo crítico deja de ser un actor legítimo para convertirse en blanco.

El resultado es un ecosistema donde la presión no viene solo desde arriba, sino también desde una masa digital movilizada, que replica, amplifica y muchas veces escala la agresión.

Y ahí es donde la ironía inicial se empieza a quedar corta.

Porque al final, no se trata de espías rusos. Ni siquiera de una narrativa exagerada.

Se trata de algo bastante más tangible: un poder político que señala, restringe y hostiga a quienes investigan o preguntan.

Se trata de periodistas a los que se les limita el ingreso a espacios públicos, mientras se los expone en redes desde la máxima autoridad del país.

Se trata de un clima donde informar tiene costo.

Y se trata, sobre todo, de una pregunta que ya no admite ironías:

¿Qué pasa con la democracia cuando el poder necesita inventar enemigos externos para justificar el silenciamiento interno?

Porque cuando preguntar molesta más que espiar, el problema nunca fueron los espías.

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