Silvia Abaca

Periodista.

Entre lágrimas y karaoke: Milei convierte la política exterior en un show personal

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Hay viajes oficiales, hay giras internacionales y después está el reality espiritual de Javier Milei en Israel: una mezcla de karaoke libertario, lágrimas televisadas y geopolítica manejada como si fuera una cuenta personal de X.

Porque no fue solo una visita. Fue una performance. En Jerusalén, Milei se puso en modo artista invitado y cantó Libre con la solemnidad de quien cree estar protagonizando un momento histórico, cuando en realidad parecía más bien un clip de autoayuda con presupuesto estatal. Después vino el llanto en el Muro de los Lamentos, cuidadosamente expuesto, casi como si la emoción también formara parte del guión. La fe, convertida en contenido.

Nada de eso sería particularmente grave si no estuviera en juego algo más que su propia biografía emocional. Pero el problema es justamente ese: no viaja un influencer, viaja el presidente de un país en crisis.

Y el contexto no ayuda a la épica, más bien la desnuda.

Israel está gobernado por Benjamin Netanyahu, hoy cuestionado dentro y fuera de su país por la ofensiva en Gaza tras los ataques de Hamas. Las denuncias por el impacto humanitario, las críticas internacionales y el desgaste político interno lo ubican en uno de sus momentos más frágiles. No es precisamente el socio ideal para una foto de alineamiento incondicional.

A eso se suma un escenario regional inflamable: tensiones con Líbano, con Hezbollah al acecho, y el conflicto con Irán, que convierte cualquier gesto en una señal geopolítica de alto riesgo. En ese tablero, Argentina decidió no jugar a la prudencia, sino al fanatismo.

Porque eso es lo que transmite el viaje: no una política exterior, sino una adhesión casi religiosa. Sin matices, sin distancia, sin cálculo. Como si la diplomacia fuera una cuestión de fe y no de intereses.

¿El resultado? Un país que necesita dólares, inversiones y mercados, pero exporta gestos, canciones y lágrimas.

Y en ese marco aparece otro dato incómodo que ayuda a entender el timing: la necesidad de recomponer imagen. Según la última medición de CB Global Data, Milei figura entre los presidentes con peor valoración relativa y con una caída superior a los seis puntos en el último mes. Traducido: el relato empieza a hacer agua y hay que subir el volumen de la escena.

Más show, más impacto, más “momento histórico”.

El problema es que la política exterior no es un escenario para levantar el rating personal. Cada gesto tiene consecuencias, cada alineamiento deja huella. Y meterse, con entusiasmo militante, en un conflicto que no le pertenece a la Argentina no parece una jugada brillante, sino más bien una sobreactuación peligrosa.

Mientras tanto, en casa, la palabra que ordena la vida cotidiana no es “libertad” sino “ajuste”. Salarios en caída, jubilaciones deterioradas, consumo en retroceso. Un país real que no canta, ni llora frente a cámaras y, sobre todo, no tiene margen para aventuras simbólicas en escenarios lejanos.

La diplomacia clásica trabaja con sutilezas. Esto es otra cosa: es la diplomacia del acting. Del impacto inmediato. De la convicción gritada en lugar del interés defendido.

Cantar Libre puede ser catártico. Llorar en el Muro, también. Gobernar, en cambio, requiere algo bastante menos cinematográfico: responsabilidad.

Y ahí es donde el show empieza a hacer ruido. Porque cuando baja la música, lo que queda no es épica.

Es la realidad.

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Argentina en loop: el mito del eterno retorno

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Si alguien quisiera explicar la economía argentina sin tecnicismos, podría hacerlo con una sola imagen: estamos atrapados en “El Día de la Marmota”. Como en la famosa película de Hollywood, nos despertamos, una y otra vez, en el mismo día. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero el resultado es idéntico: deuda, ajuste e inflación.

El libreto no es nuevo. Lo escribió José Alfredo Martínez de Hoz, durante la dictadura cívico-militar, cuando la deuda externa pasó de 7.000 millones de dólares en 1976 a más de 45.000 millones en 1983. No fue un desvío: fue un programa. Como reconocería años después el propio Banco Central, gran parte de ese endeudamiento terminó financiando la fuga de capitales.

Ese modelo no murió. Lo perfeccionó Domingo Cavallo en los 90. Entre 1991 y 2001, la deuda pasó de 65.000 millones a más de 145.000 millones de dólares, en paralelo a privatizaciones masivas. El Fondo Monetario Internacional sostuvo el esquema hasta el colapso y después habló de “fallas”.

Otra vez: primero legitiman el modelo, después reconocen el desastre.

Y sin embargo, acá estamos de nuevo.

Con Luis Caputo, el ciclo no solo vuelve: acelera. El préstamo récord del FMI en 2018 —57.000 millones de dólares— terminó, según el propio organismo, financiando en gran medida la salida de capitales. Entre 2016 y 2019, se fugaron más de 80.000 millones de dólares.

Pero hay algo más constante que la deuda.

El discurso.

Porque en cada ciclo hay una promesa que vuelve como un mantra. Antes fue la “estabilidad para siempre”. Después, la “confianza de los mercados”. Hoy, se repite la misma escena, la famosa “luz al final del túnel”.

O, en versión más aggiornada, lo que dijo Luis Caputo ante empresarios en la reunión de AmCham (American Chamber of Commerce) Argentina: que se vienen “los mejores meses de la historia”.

Siempre es lo mismo: el sacrificio es ahora, el bienestar viene después.

El problema es que ese “después” nunca llega para la mayoría.

Porque mientras se promete futuro, los datos del presente son contundentes:

2018: 47,6% de inflación tras la devaluación.

2019: 53,8%.

2023: más de 200% anual.

La CEPAL lo viene señalando: en economías como la argentina, la inflación está atada a la restricción externa y al tipo de cambio. Es decir, al mismo esquema de deuda y dependencia.

Primero entra la deuda.

Después la presión sobre el dólar.

Después la devaluación.

Y finalmente, la inflación.

Mientras tanto, el salario pierde. Más de 20% de caída real entre 2016 y 2019 y, en la etapa reciente el deterioro se profundiza: desde la asunción de Javier Milei, el salario real registrado acumuló una caída, en promedio, cercana al 25%, tras un derrumbe inicial mucho más brusco luego de la devaluación de diciembre.

En paralelo, las jubilaciones fueron directamente el “ancla” del ajuste: según el CEPA (Centro de Economía Política Argentina), los haberes acumulan una pérdida del 27,4% en términos reales desde el cambio de fórmula aplicado a fines de 2023, convirtiéndose en uno de los principales mecanismos para alcanzar el superávit fiscal.

Como explicaba Aldo Ferrer, el problema histórico es la falta de dólares. Pero este modelo no la resuelve: la profundiza.

Ahí es donde el eterno retorno deja de ser metáfora. Como planteaba Friedrich Nietzsche, la pregunta no es si todo vuelve, sino por qué aceptamos que vuelva.

Porque en cada ciclo hay ganadores:

Los que hacen negocios con la deuda.

Los que fugan a tiempo.

Los que compran barato después de la crisis.

Y perdedores:

Trabajadores y jubilados que pagan la inflación.

El Estado que hereda la deuda.

La sociedad que soporta el ajuste.

No es mala suerte. Es un modelo.

Y también es un relato que se repite.

Siempre hay un túnel.

Siempre hay una luz.

Siempre hay “los mejores meses por venir”.

Pero del otro lado, una y otra vez, aparece lo mismo:

Más deuda.

Más inflación.

Más desigualdad.

Romper ese ciclo no es técnico. Es político.

Implica dejar de discutir promesas y empezar a discutir intereses.

Implica preguntarse quién gana con este esquema y quién pierde.

Implica, en definitiva, dejar de creer que esta vez es distinto.

Porque si no, lo que viene no es sorpresa.

Es rutina.

Despertarse otra vez.

Escuchar la misma promesa.

Y volver a vivir el mismo final.

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Una película de espías (rusos)

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En la Argentina de Javier Milei, la realidad volvió a dar un giro inesperado: ahora el centro de la escena lo ocupan los “espías rusos”. Una trama con todos los condimentos —intriga internacional, amenazas difusas y enemigos invisibles— que irrumpe, sugestivamente, cuando las preguntas incómodas empiezan a acumularse.

La historia no salió de un guionista de streaming, sino de una conferencia oficial. El encargado de ponerle voz y forma fue Manuel Adorni, hoy jefe de Gabinete, que en junio de 2025, cuando era vocero presidencial, anunció en conferencia que la SIDE había detectado una supuesta red de espías rusos en Argentina y dio detalles sobre personas y una organización vinculada a operaciones de desinformación. Adorni tomó los micrófonos para anunciar la detección de una supuesta red vinculada a operaciones extranjeras. Desde entonces, el relato quedó instalado: hay una amenaza, viene de afuera y merece toda la atención.

Pero mientras la ficción escala, la realidad se vuelve cada vez más concreta.

Periodistas como Nancy Pazos, Roberto Navarro o Ari Lijalad fueron señalados o deslegitimados públicamente desde el propio oficialismo. Medios como Página/12 o El Destape o C5N aparecen sistemáticamente en la mira, en un esquema donde la crítica se transforma rápidamente en sospecha.

A eso se suma un deterioro cada vez más visible de las condiciones para ejercer el periodismo: conferencias sin repreguntas reales, acceso restringido a la información y una narrativa oficial que convierte a quien pregunta en adversario.

Pero el punto de quiebre ya no es discursivo. Es institucional.

En la Casa Rosada, se registraron restricciones en el ingreso de periodistas de determinados medios. Y ahora, el cerco se amplía: bajo la presidencia de Martín Menem, también se avanzó en limitar el acceso de periodistas a la Cámara de Diputados, un espacio que, por definición, debería garantizar publicidad y transparencia.

No es un detalle menor. Es un patrón.

Mientras tanto, el propio Javier Milei despliega otra dimensión del mismo fenómeno: la saturación digital. Más de mil publicaciones en X durante el último fin de semana —entre posteos propios y republicaciones— muchas de ellas dirigidas a periodistas, con descalificaciones, agravios e incluso tonos intimidatorios.

No hace falta ningún servicio de inteligencia extranjero para entender el mecanismo. Es mucho más simple, y más efectivo: instalar agenda, disciplinar voces y construir enemigos internos.

La escena remite inevitablemente a la séptima temporada de Homeland, donde la paranoia estatal y la construcción de amenazas externas funcionan como excusa para avanzar sobre libertades internas. Pero también abre otra referencia, menos ficcional y más inquietante: Cambridge Analytica.

Porque si algo dejó al descubierto ese escándalo global fue la capacidad de combinar datos, segmentación y saturación de mensajes para construir climas de época, enemigos políticos y narrativas polarizantes. En aquel caso, con campañas dirigidas, operaciones digitales y una clara orientación ideológica.

En esta versión local, el dispositivo parece más rudimentario pero no menos efectivo: un flujo constante de mensajes desde el poder, amplificado por redes y cuentas afines, donde el periodismo crítico deja de ser un actor legítimo para convertirse en blanco.

El resultado es un ecosistema donde la presión no viene solo desde arriba, sino también desde una masa digital movilizada, que replica, amplifica y muchas veces escala la agresión.

Y ahí es donde la ironía inicial se empieza a quedar corta.

Porque al final, no se trata de espías rusos. Ni siquiera de una narrativa exagerada.

Se trata de algo bastante más tangible: un poder político que señala, restringe y hostiga a quienes investigan o preguntan.

Se trata de periodistas a los que se les limita el ingreso a espacios públicos, mientras se los expone en redes desde la máxima autoridad del país.

Se trata de un clima donde informar tiene costo.

Y se trata, sobre todo, de una pregunta que ya no admite ironías:

¿Qué pasa con la democracia cuando el poder necesita inventar enemigos externos para justificar el silenciamiento interno?

Porque cuando preguntar molesta más que espiar, el problema nunca fueron los espías.

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Una película de ladrones

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Hay algo en Manuel Adorni que remite inevitablemente a esas películas de robos donde todo parece haber salido perfecto… hasta que aparece “ese” personaje.

El golpe fue limpio, el plan impecable, nadie dejó huellas. El jefe de la banda, siempre calmo, da la orden clave: “Nadie gasta un peso durante un año. Desaparecemos. Nos enfriamos”. Silencio. Asentimientos. Profesionalismo.

El golpe fue limpio, dijimos:  Ajuste fiscal quirúrgico, licuación de ingresos, motosierra aplicada con precisión sobre jubilaciones, salarios y presupuesto público.

Pero, como en todo plan perfecto siempre hay una falla, sino, no habría película. Y entonces aparece él. El que no puede evitarlo. El que a la semana se muestra con un reloj nuevo y carisimo, un vuelo privado, unas vacaciones demasiado visibles, una casa en un country y un departamento de lujo. Es el que no entiende —o no le importa— que el problema no es lo que se hizo, sino lo rápido que se lo exhibe.

Ahí empieza el verdadero suspenso: no por el robo, sino por cuánto van a tardar en caer.

Porque en toda banda hay códigos. Hay silencios. Hay momentos para hablar… y momentos para no decir absolutamente nada. Pero siempre, siempre, aparece alguien que confunde micrófono con impunidad y vocería con stand up involuntario.

El problema ya no es el hecho. Es la vocación de relato.

Lo fascinante no es el desliz en sí, sino la insistencia. Como si cada declaración fuera una nueva compra innecesaria, una nueva luz encendida en medio de la noche, un “miren acá” cuando la consigna era exactamente la contraria.

Y así, lo que parecía un plan perfecto empieza a parecerse peligrosamente a esas historias donde no hace falta un gran detective: alcanza con esperar a que alguien hable de más.

Porque si algo enseñan esas películas, es que las caídas no siempre vienen de afuera.

A veces, vienen con conferencia de prensa.

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A 50 años del Golpe de Estado: La memoria en disputa frente al negacionismo

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A medio siglo del golpe cívico-militar, la Argentina no solo recuerda: enfrenta una disputa abierta por el sentido de su historia y de su presente.

El 24 de marzo de 1976 no fue un hecho aislado ni un “error”. Fue un plan sistemático de exterminio al servicio de un proyecto económico que necesitó del terror para disciplinar a la sociedad y garantizar privilegios para unos pocos. Treinta mil desaparecidas y desaparecidos son la evidencia brutal de ese modelo.

Hoy, a 50 años, ese mismo entramado de poder intenta avanzar sobre uno de los consensos más profundos de la democracia argentina. El negacionismo ya no es marginal: se expresa desde el gobierno, se legitima en discursos oficiales y busca relativizar el terrorismo de Estado bajo la excusa de “revisar la historia”.

Pero esa ofensiva no se limita a lo discursivo. También se traduce en decisiones concretas: el desfinanciamiento y vaciamiento de políticas públicas de memoria, el debilitamiento de programas de derechos humanos, el abandono de sitios donde funcionaron centros clandestinos y las señales que ponen en riesgo la continuidad de los procesos de verdad y justicia. Sin esas herramientas, la memoria corre el riesgo de ser reducida a un gesto vacío.

Sin embargo, la sociedad argentina vuelve a marcar un límite. No solo en las calles, sino también en la opinión pública: distintas encuestas muestran que el consenso en torno a la condena al terrorismo de Estado se mantiene firme y que los intentos de relativizarlo no encuentran respaldo mayoritario. Lejos de consolidarse, el discurso negacionista choca con una memoria social profundamente arraigada.

Esa memoria se expresa, se multiplica y se hace cuerpo en cada rincón del país. También en los espacios más populares. Como en Club Atlético Banfield, donde recientemente se rindió homenaje a sus hinchas detenidos-desaparecidos por la dictadura. Un gesto que no es sólo recuerdo: es una toma de posición frente al intento de borrar, relativizar o silenciar.

Y también en las calles: marchas de antorchas en La Boca y San Telmo, donde la memoria volvió a iluminar la noche. O en todo el país, donde miles de mujeres bordaron pañuelos con los nombres de las y los desaparecidos, tejiendo memoria colectiva, identidad y resistencia.

Porque la dictadura no solo persiguió militantes: persiguió trabajadores, estudiantes, profesionales, vecinos, hinchas. Persiguió pueblo.

Frente a eso, la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas de Plaza de Mayo sigue siendo faro. Y la búsqueda de las nietas y los nietos apropiados continúa, porque cada identidad recuperada es una derrota del terror y una victoria de la verdad.

Y hay algo que empieza a quedar claro: lejos de imponer un nuevo sentido común, el intento de instalar el negacionismo encuentra límites en la sociedad. Cada acto de memoria, cada movilización, cada homenaje —en las canchas, en los barrios, en las plazas— expresa que esa batalla cultural no está ganada por el poder, sino en disputa. Y, cada vez más, es un síntoma de que la están perdiendo.

A 50 años, la memoria no es un ritual: es una trinchera.

Nunca Más no es una consigna vacía. Es un límite político y moral que la Argentina decidió construir —y que hoy más que nunca hay que sostener.

Porque la memoria no es sólo pasado: es acción presente.

Es en la calle, en la organización y en la lucha colectiva donde se defiende.

A 50 años, más que nunca: memoria, verdad y justicia… y el pueblo en movimiento para que el Nunca Más sea para siempre.

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