Bad Bunny: ¿the new revolucionario latino?
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Desde siglos atrás hay algo que quedó muy claro y es que el arte, pero principalmente la música y sus intérpretes, han utilizado sus obras como medio de protesta política. Desde el cuestionamiento de guerras hasta la denuncia de desigualdades sistémicas fueron motor principal de canciones que trascendieron épocas. Hoy, esa “rebeldía” parece estar del lado del trap y el reggaeton. Bad Bunny, la nueva cara del latinoamericanismo.
Rebeldía desafinada
El show del medio tiempo en la final del Súper Bowl a cargo de Bad Bunny dio que hablar y mucho. Una simbología y un mensaje directo sobre una especie de unión de países latinoamericanos en un contexto de profunda crítica a los procedimientos anti inmigración que está llevando a cabo el gobierno de Donald Trump.
Ese mensaje en el show revolucionó las redes. Incontables mensajes de apoyo y de gente que se sintió representada por lo sucedido en el show de Bad Bunny. Toda esta locura inclusive llevó a imponer una suerte de imagen del cantante de reggaeton como la nueva voz de los pueblos latinoamericanos.
Las redes sociales tienden a magnificar todo lo acontecido en el mundo y lo de Bad Bunny no es la excepción, y si bien es positivo para mediatizar situación que lo ameriten, esa vertiginosidad lleva a que se pierda tiempo en poder analizar. La inmediatez impuso a Bad Bunny como un icono revolucionario… sin pensar en el contexto y el trasfondo.
La rebeldía soft o la rebeldía transformada en mercancía no es algo nuevo. Cuando el rock n’ roll, el punk, el metal y el grunge fueron tendencias contraculturales que amenazaban con la moral de la sociedad occidental, el mismo sistema se encargó de absorberlos, tenerlos contenidos y capitalizar su mensaje. Es así que grandes iconos musicales pasaron de ser rebeldes a un simple producto del sistema al cual criticaban y con el cual se llenaron de dinero, y Bad Bunny no es la excepción.
Un ejemplo de mercantilizar la rebeldía es la imagen del Che Guevara. Una persona que luchó contra el imperialismo estadounidense y encabezó la Revolución Cubana pero que hoy en día su rostro está en remeras y gorras vendidas por todo el mundo. Literalmente un símbolo comercial.
Con solo analizar lo sucedido en el famoso show del “conejo malo” es fácil de ver la situación. Bad Bunny no tocó en la frontera vallada entre EEUU y México que impuso el primero para cortar con el ingreso irregular de los segundos. Literalmente, Bad Bunny tocó en el evento deportivo más visto del mundo y el producto más grande del capitalismo en el deporte. ¿Qué quiere decir esto? Que todo el show estuvo diagramado a la perfección y dónde no hubo ni un solo atisbo de rebeldía que esté fuera del guión. Fue la NFL y los sponsors quienes estuvieron a cargo de poner en marcha la maquinaria de consumo, transformando el mensaje “latino” en un bien de consumo. Lejos de ser una simple inclusión o visibilización, fue la forma de homogeneizar y vender al público latino.
Párrafo aparte para las críticas a Trump. El enojo de la Casa Blanca no es con el artista en sí (más allá de que a Trump le disguste su música), sino con la institución que avaló el show y ganó millones con eso. Entre la NFL, sponsors y discográficas han delineado un mensaje anti ice o anti Trump que lleva a la duda de Washington sobre el apoyo o no de ciertos sectores influenciados por la música. Si bien es cierto que en EEUU las entidades y medios hacen público sus apoyos políticos, es de destacar el lugar desde donde viene el enojo del trumpismo.
Homogéneos y controlables
Quizás uno de los mensajes más intrínsecos y hasta cuestionables es el de la creación de una imagen única y homogénea de los latinoamericanos. La imagen de los habitantes de Centroamérica y Sudamérica reducida a la cultura caribeña es una estrategia de marketing pero también de menosprecio cultural.
Ante cualquier improperio “racista” es justamente la variedad cultural la que hace tan rica a Hispanoamérica y la reducción a una imagen única es algo que Estados Unidos hizo siempre. El supremacismo como forma de entender las relaciones con el resto del continente, y no, escuchar o bailar reggaeton no es menos que otra expresión pero lo que sí está mal y es inaceptable es intentar homogeneizar en base a una única obra, ya que silencia la riqueza cultural de competencia mundial que existe en Hispanoamérica.
Los países que, geográficamente, estamos al sur de Estados Unidos compartimos una situación en común y no es la música: la explotación. Estados Unidos ha impuesto sus intereses por las buenas y por las malas en América Latina y esa si es una experiencia compartida. Intervenciones militares y financieras permiten tener contextos “símiles” entre los países latinoamericanos, pero claro, esa homogeneización no estuvo presente.
Por otro lado, viniendo al país, es imposible aceptar algún tipo de cercanía artística entre el Río de la Plata y el Caribe. Creer que el show de Bad Bunny representa artísticamente a un argentino, uruguayo o del sur de Brasil es defender el desarraigo forzado del sentir nacional (siempre hablando de música y danza)
Cuando dicho show busca homogeneizar la imagen del latinoamericano, lleva a que se borre del mapa cultural a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanki, Ruben Patagonia, Luis Alberto Spinetta, Ricardo Iorio o Gustavo Cerati. Algo que, cómo argentino, rioplatense e hispanoamericano es inviable. Y no es culpa del artista ni de su arte, sino de la ingeniería social y política que el establishment intentó imponer mediante un show.
Recapitulando… ¿Bad Bunny es un revolucionario o una marioneta? Es un artista que vende por millones de dólares y bien ganado lo tiene. Su música hace bailar a millones de personas en el mundo, quizás el sueño de cualquiera que aspira a ser artista. Por ende, no es ni uno ni lo otro. Es un producto discográfico que hoy está siendo utilizado (por una buena suma de dinero) para direccionar críticas al gobierno de Donald Trump. Como todo en la vida, termina siendo política y dinero.
