Bahía Blanca y la necesidad de soberanía decrecentista
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Con no menos de 300 milímetros de precipitaciones en un período inferior a 6 horas –lo equivalente a lo que debería llover en seis meses–, Bahía Blanca registra lo ocurrido el 7 de marzo como un evento sin precedentes que marca un antes y un después en términos de catástrofes climáticas. Tras una cifra récord de 16 personas fallecidas y 1.450 evacuadas, el municipio bonaerense se ve obligado a replantear por completo sus medidas estructurales y no estructurales para la prevención de estos fenómenos climatológicos. ¿Qué pasó realmente? ¿Qué moraleja nos deja este evento para el resto del mundo?
Se sabe que gran parte del desastre ocasionado por el aguacero se debió a la saturación de los canales de alivio, como fue el caso del Canal Maldonado, que atraviesa la parte oeste de la ciudad, y del arroyo Napostá, por el este. Esto ocurrió porque la organización de los canales y alcantarillados no está diseñada para soportar eventos superiores a 30 milímetros por hora, lo cual equivale a la mitad del caudal registrado el 7 de marzo. El profesor de Hidrología de la Universidad Nacional de La Plata, Dr. Ing. Pablo Romanazzi, explicó: “No hay ciudad en el planeta capaz de soportar ese caudal de agua en tan poco tiempo. Todas las obras hidráulicas se hacen para tormentas ordinarias; ningún diseño contempla el tipo de tormenta del viernes pasado”.
En términos más precisos, las herramientas de prevención de catástrofes climáticas se clasifican en dos categorías:
– Estructurales: aquellas que comprenden la distribución de alcantarillados, canales y demás obras hidráulicas destinadas a organizar el caudal de la lluvia.
– No estructurales: caracterizadas por lo que se conoce como “mapas de riesgo”, los cuales evalúan las zonas inundables y buscan concientizar a las personas potencialmente afectadas, mediante la realización de planes de evacuación, planes de contingencia y el establecimiento de sistemas de alerta temprana.
Un ejemplo son las cátedras libres de hidráulica comunitaria dictadas en La Plata para concientizar a la población vulnerable, implementadas tras la precipitación de 400 mm de lluvia en 2 horas en esa ciudad, el 2 de abril de 2013, un récord histórico de precipitaciones en la capital provincial. Si bien los daños materiales ocasionados por estos eventos climáticos son inevitables, las medidas no estructurales contribuyen a la prevención de pérdidas humanas.
Pero, ¿qué hay de la reconstrucción de la ciudad? ¿Tomó el gobierno cartas en el asunto?
Más allá del escepticismo respecto a conceptos como el “cambio climático”, que caracteriza al actual gobierno nacional, las medidas de apoyo hacia los afectados por este fenómeno sin precedentes han sido escasas. Pocos días después de haber arrasado en el ballottage –con el 60% de los votos en Bahía Blanca–, el presidente Javier Milei visitó la ciudad, escenario de tormentas y grandes precipitaciones que también costaron la vida de 16 personas. Ante la población, el intendente y el gobernador de la provincia, el mandatario expresó: “Estoy perfectamente confiado en que, con los recursos existentes, se podrá resolver esta situación”. Posteriormente, se retiró sin aportar ningún recurso a la ciudad. Más recientemente con el diluvio de 2025, el presidente inauguró un puente portátil 5 días después de la catástrofe y dejó un aporte de 10 mil millones de pesos, 27 veces menor que el otorgado por el gobierno provincial (273 mil millones).
Al igual que después del fenómeno de la DANA en Valencia, España, los habitantes de la ciudad organizaron colectas para conseguir recursos, alimentos no perecederos y diversas donaciones que ayudaran a paliar el desastre. Además, formaron sus propias brigadas de rescate para evacuar a los damnificados por el aguacero, en una acción similar a la llevada a cabo en Corrientes, Córdoba y Misiones, donde la mayor parte del combate contra los incendios de 2022 fue organizado por los propios habitantes mediante donaciones y brigadas voluntarias.
Parte del proyecto del presidente consiste en que cada provincia y municipio se sostenga por sí mismo mediante los recursos que genere. Lo ocurrido en Bahía Blanca evidencia la necesidad de una organización popular que enfrente de manera resiliente y práctica los problemas emergentes, así como las causas fundamentales que los originan, vinculadas al modelo capitalista que genera el cambio climático. No se trata de la retrógrada separación de las comunidades en lo que se conoce como “ciudades estado” –como promueven las políticas de Javier Milei–, sino del empoderamiento soberano de los habitantes de cada pueblo. Se busca una soberanía que no de la nación, sino que rompa con la falsa promesa de una protección omnipotente de un sistema ya indefendible.
No se sabe a ciencia cierta qué fenómenos ocurrirán y dónde, pero existe un consenso en la comunidad científica global: si seguimos extrayendo recursos como si el planeta fuera infinito, las consecuencias no pueden ser buenas. ¿Acaso es necesario ser científico para entenderlo?
Una sociedad basada en el decrecentismo –un modelo que busca la sostenibilidad, el bienestar social y reducir el consumo en lugar de perseguir un crecimiento económico infinito– nos invita a repensar el sentido de comunidad, a fomentar la empatía y a valorar roles importantes como el liderazgo colectivo. En este modelo, se premia a quienes, en momentos de crisis, actúan por el bien común, en vez de a aquellos que ocupan cargos de poder sin aportar soluciones. Se respeta a quienes más incendios apagaron o a quienes más vidas salvaron.
Es importante ser consientes de que, nuestra inconciencia, el 7 de marzo nos costó 16 vidas inocentes, demostrando que la naturaleza tiene límites que no podemos ignorar. Más que una crítica, este llamado busca que construyamos una sociedad diferente, basada en políticas locales de resiliencia, mayor participación ciudadana e iniciativas comunitarias para enfrentar los desafíos del clima. Si no actuamos, la naturaleza impondrá sus límites y las consecuencias nos tomarán desprevenidos.
