De la obsolescencia programada a la durabilidad inteligente: el negocio de que las cosas duren más
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En los años 50, un consorcio de fabricantes de bombitas de luz se reunió para discutir un problema que hoy suena casi absurdo: sus productos duraban demasiado. Una bombita que funcionaba años significaba que el cliente tardaría mucho en volver a comprar. Ese episodio documentado como el “cartel Phoebus” es uno de los ejemplos más clásicos que se citan cuando se habla de obsolescencia programada.
Muchos años después, la sospecha se extendió a casi todo y creció un discurso social: “las cosas ya no duran como antes”.
Mientras el debate se concentra en celulares, lavarropas, hay otro mundo donde la lógica es exactamente la contraria: sectores donde el negocio es que las cosas duren más, y no menos. Donde una pieza que se rompe no significa “volver a vender”, sino pérdidas millonarias, paradas de planta, riesgos para la vida y daños ambientales.
En ese mundo, el concepto no es una obsolescencia programada, sino algo muy distinto: durabilidad inteligente. Ahí entran en escena materiales poco conocidos para el público como lo son ciertos aceros inoxidables especiales, que no salen en publicidades, pero que son claves en la economía real.
Obsolescencia programada: del mito a las zonas grises.
Antes de hablar de durabilidad inteligente, conviene aclarar que el término de obsolescencia programada se usa muchas veces de forma imprecisa. Aquí la definimos:
Obsolescencia técnica: la tecnología avanza y lo nuevo deja obsoleto a lo viejo.
Obsolescencia percibida: el producto “queda viejo” en la mente del consumidor.
Obsolescencia real por diseño: imposibilidad de reparar, repuestos inexistentes, etc.
El consumidor siente el resultado final en un celular que ya no actualiza, una impresora que muere sin explicación y un electrodoméstico que no conviene reparar porque la reparación cuesta más que comprarlo nuevo. Sin embargo, hay sectores en donde la lógica económica es otra y mucho más contundente.
La otra cara: cuando romperse sale carísimo.
Imaginemos una turbina de una central eléctrica que falla, una válvula en una planta química que se quiebra, un componente en una plataforma petrolera que se rompe antes de tiempo. Las consecuencias no son clientes enojados sino pérdida de millones de dólares en horas, riesgo de seguridad para trabajadores, etc. Ahí es donde entra la durabilidad inteligente: diseños, equipos y materiales que no están pensados para fallar pronto, ni para durar eternamente sin sentido, sino para alcanzar la mejor relación entre costo, vida útil y riesgo.
Existen familias de materiales muy específicos pensados para soportar condiciones exigentes como los aceros inoxidables endurecibles por precipitación, más conocidos como: Acero inoxidable 17-4PH / 1.4542,
Acero inoxidable 15-5PH / 1.4545, Acero inoxidable PH13-8Mo / 1.4534.
Materiales de otra liga.
En el lenguaje cotidiano hablamos de “acero inoxidable” casi como si fuera una sola cosa, en la realidad industrial, el mundo del acero es un universo completo con propiedades específicas: más resistente, más duro, más maleable, más tenaz, etc…
La durabilidad inteligente plantea una respuesta matizada: no se trata de que todo sea “para toda la vida” sino de que no sea deliberadamente más efímero de lo necesario. La sociedad discute, con razón, sobre la duración de los productos de consumo masivo. Pero rara vez se pregunta que hay detrás de la durabilidad de las cosas que no se ven y que, sin embargo, sostienen nuestra vida cotidiana: desde la luz que se enciende al apretar un interruptor hasta el agua que sale del grifo.
