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El poder del Espíritu Santo en la vida de Jesucristo

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Debemos observar la personalidad de Jesús y asemejarnos a Él según el máximo de nuestra capacidad, para que andemos de “poder en poder” como Él anduvo (1º Pedro 2:21). Veamos qué más nos dice la Palabra de Dios. 

La primera herejía cristológica del Nuevo Testamento se llamaba el «docetismo», que afirmaba que Cristo no era realmente humano, sino que sólo aparentaba serlo (del griego, dokeô, aparentar, fingir). Y es que no basta afirmar la deidad de Jesucristo, sin su humanidad. Y tan grave era esa herejía, que Juan la llama el espíritu de anticristo (1º Juan 2:18-22; 4:3; 2º Juan 7). 

Pero la Palabra demuestra que no hay contradicción entre la deidad de Jesús y su plena, auténtica humanidad. Él era totalmente hombre y totalmente Dios a la vez. Por lo tanto, si deseamos andar de poder en poder como lo hizo el Mesías, debemos procurar parecernos a Él en todos los ámbitos de nuestra vida y en nuestro carácter (Mateo 28:18,19). 

Ya hemos visto que Jesús tenía carisma, era leal y paciente. Veamos hoy otras tres características que lo distinguían:

  1. JESÚS ERA CERCANO Y ACCESIBLE:

Su personalidad era amorosa y abierta a toda la gente, no tenía nada de autoritarismo. Cuando su madre le pidió algo que no estaba en sus planes, no dijo ¡yo soy el líder! Sino que finalmente entendió la urgencia y necesidad. El que va andar de poder en poder va a saber que tiene algo maravilloso para dar y no se negará a darlo (Juan 6:35,37Jesús se hizo a sí mismo accesible a cualquiera. A diferencia de los anteriores profetas y los hombres religiosos de su época, que generalmente se mantenían aislados, porque no amaban realmente a la gente, era fácil aproximarse a Jesús y Él estaba siempre listo para dar su ayuda. Nunca estuvo muy ocupado o muy cansado como para no bendecir niños, tocar leprosos, o predicar a aquellos que anhelaban la Palabra de Dios. Estaba siempre en el lugar correcto en el momento indicado. Los leprosos clamaban por Él y nunca temieron acercarse, pese a que todos los rechazaban por temor al contagio. Por alguna razón siempre sintieron que podían acercarse a Él y que nunca les daría la espalda. 

La mayoría de los pecadores se sintieron atraídos por Él y nunca los rechazó como los fariseos. Era un fenómeno que no podían explicar. Era tan santo que Su Santidad lo hacía accesible y cercano a las criaturas en pecado, cuyas almas estaban en tinieblas. De alguna forma, en la profundidad de su degradación, sabían que debían acercarse confiadamente a Él. Como una flor que se vuelve hacia el sol buscando calor, estos pecadores vieron a aquél que podía restaurar y ayudar. Nunca fueron decepcionados. El los miraría con inmenso amor y todas las cosas que les parecían ser tan importantes repentinamente se convertirían solo en paja. Ellos sabían que debían cambiar y seguirlo.

Sus ojos parecían decirle a cada uno «vengan conmigo, y encontrarán paz para sus almas». El toque de su mano transmitía poderes curativos a través de sus cuerpos, excitaba sus almas y les hacía buscar sólo el Reino. Los prejuicios cortan el fluir del poder de Dios. El redentor era sencillo al hablar y escuchaba a cada uno como si no tuviera nada más que hacer. Nunca nadie se sintió apurado en su presencia. Existía esta extraña sensación de que el tiempo no tenía fin cuando le hablaban. La eternidad que había dejado parecía extenderse ella misma y les hacía olvidar el tiempo, el lugar, sus ocupaciones e incluso olvidarse de sí mismos. Deseaban beber de cada palabra que decía porque éstas hacían arder sus corazones y permanecían, manteniendo así Su presencia en ellos. Su palabra era distinta a cualquier otra que habían escuchado. Sin importar a dónde fueran después de verlo, Su amor y su deseo de perdonar hizo que miraran sus debilidades como cosas que tenían que cambiar (2º Corintios 5:17). 

  1. JESÚS TENÍA SENTIDO DEL HUMOR:

¡Jesús no sería plenamente humano si no tuviera sentido de humor! Se han descubierto los beneficios terapéuticos de la sonrisa. Por eso Dios creó al ser humano con esa maravillosa capacidad.

Dios que ha creado al hombre para reír pues, claro que sí Él mismo ríe, por eso mismo nos ha creado de esta manera. Aunque no hay ningún pasaje específico en las Escrituras que indique que Jesús haya reído, existen numerosos pasajes en los que se indica que Él si hizo reír a los demás. 

Muchos Habrán mostrado una sonrisa al ver cómo Jesús contestaba a los fariseos. También podemos imaginar a los hombres regresando en la noche a sus casas y contando : «¡Hubieras visto lo que les dijo a los fariseos!”, El Maestro tenía mucha picardía porque confundía a sus enemigos con sus propias palabras. 

Proverbios 17:22 afirma: «un corazón alegre es la mejor medicina; un espíritu abatido termina por secar los huesos”. El humor es la “medicina” de Dios. 

A menudo tenemos la tentación de hacer un Jesús sin humanidad y sin sentido del humor. Que en los Evangelios no aparezca Jesús riendo, no significa que no lo haya hecho. Por lo general, tenemos una imagen tan poco humana de Él que nos cuesta imaginarlo con una sonrisa, mucho menos riéndose o diciendo algún chiste. No vemos el humor que hay escondido en los Evangelios. Hay muchos ejemplos, sólo hay que buscarlos. Jesús decía cosas muy ocurrentes, con mucho sentido del humor y fina ironía. ¿Nos imaginamos a Jesús sonriente, gozoso, alegre e irónico? ¿Qué cosas de nuestra personalidad le arrancan una pícara sonrisa al Mesías? Dejemos que la vida nos arranque siempre una sonrisa.

  1. JESUS NO TENÍA MIEDO A LA SOLEDAD:

Un aspecto de la personalidad de Jesús que le permitía andar de poder en poder era su soledad voluntaria

Él amaba estar con la gente, a la humanidad había venido, pero elegía estar solo en diversos momentos del día y esto lo practicaba como algo necesario para andar de poder en poder (Lucas 6:12; Lucas 5:15,16).

¡La fama y la falta de soledad para orar y ayunar son un coctel explosivo! Pero imitemos la personalidad de Jesús pues la soledad no lo elegía a Él, sino que Él elegía la soledad para empoderarse y enfrentar su misión terrenal. Es importante remarcar la angustia y el miedo de Jesús ante su muerte (Mateo 26:36-38). Como respuesta no hay ninguna palabra de alivio de parte de su Padre, o la experiencia del esplendor que vivió en la transfiguración. Su Padre, que hace algunos días lo había escuchado resucitando a Lázaro, ahora permanecía mudo, casi ausente. Ningún signo de su manifestación. Dios parece dejarlo morir sólo. Y finalmente el último grito desgarrador de Jesús ante su muerte: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”Se trata de la experiencia de soledad espiritual. La más difícil de todas. Dios parece ausentarse en los momentos de más grande sufrimiento humano, el mal parece triunfar sobre el bien, la vida no parece tener ningún sentido. ¿Qué hacer? Nada, o más bien todo, es decir dejar a Dios tomar en sus manos nuestro sufrimiento. Es importante preguntarnos: ¿Cómo vivimos los momentos de soledad necesarios, cuando Dios no nos responde? ¿Nos abandonamos  a Él como Jesús o renegamos ante los procesos necesarios? Preparémonos a morir con Él –a todo lo que nos aleja de Él– para poder resucitar como lo hizo Cristo.

Cuando somos hijos de Dios jamás las soledades serán en vano, ni cuando las elegimos ni cuando Dios las impone en nuestra vida.

¡Busca imitar a Cristo, y transforma tu vida para caminar de poder en poder!

Que tengas una semana bendecida y de completa victoria!

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