La dictadura y la economía de Misiones: disciplinó el agro y reconfiguró la estructura productiva

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A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la historia económica de Misiones ofrece una clave indispensable para entender no solo aquel período, sino también muchos de los debates que atraviesan hoy a la provincia. Porque la dictadura no solo dejó víctimas y heridas en el plano social y político: también reordenó, de manera profunda, la estructura productiva.

En una provincia donde el agro ha sido históricamente el motor de la economía, los cambios impulsados por el modelo económico de la dictadura impactaron de lleno sobre productores, trabajadores rurales y cadenas de valor que, en muchos aspectos, aún conservan las huellas de ese proceso.

Al momento del golpe, Misiones era -y en gran medida sigue siendo- una economía fuertemente apoyada en cultivos industriales como la yerba mate, el té, el tabaco y la forestación. Se trataba de un esquema productivo con fuerte presencia de pequeños y medianos productores, cooperativas activas y un entramado social donde la chacra ocupaba un lugar central. La yerba mate, en particular, concentraba el corazón económico de la provincia: no solo por su volumen -con la mayor parte de la producción nacional radicada en territorio misionero- sino por su capacidad de generar empleo y dinamizar la economía local.

Sin embargo, ese sistema ya mostraba tensiones. Los conflictos por los precios, la dependencia del mercado interno y las asimetrías entre productores e industria eran parte del paisaje económico previo al golpe. La dictadura no creó esos problemas, pero sí los profundizó y los reconfiguró.

El programa económico implementado a nivel nacional por el ministro José Alfredo Martínez de Hoz introdujo un cambio de paradigma. La apertura comercial, la desregulación, la valorización financiera y el endeudamiento externo alteraron el funcionamiento de toda la economía argentina. Y en ese nuevo esquema, las economías regionales quedaron particularmente expuestas.

Misiones no fue la excepción. Su estructura productiva -intensiva en trabajo, poco industrializada y dependiente del mercado interno- resultaba especialmente vulnerable frente a un modelo que favorecía la concentración económica y los sectores más capitalizados.

En la cadena yerbatera, el impacto fue claro. La relación de fuerzas comenzó a inclinarse aún más hacia los eslabones industriales y comerciales. Los grandes molinos consolidaron su poder relativo, mientras que los pequeños productores perdieron capacidad de negociación. La ausencia o debilitamiento de mecanismos regulatorios dejó a los colonos más expuestos a la volatilidad de los precios y a condiciones de mercado cada vez más desfavorables.

Al mismo tiempo, las condiciones laborales en el sector rural -ya precarias- tendieron a deteriorarse. Los tareferos, históricamente uno de los eslabones más vulnerables de la cadena, enfrentaron un contexto de mayor informalidad y menor capacidad de organización, en un escenario donde la represión también operó como disciplinamiento social.

El golpe militar desarticuló uno de los movimientos sociales más relevantes de la provincia: el Movimiento Agrario de Misiones (MAM) y las Ligas Agrarias. Estas organizaciones habían logrado, durante los años previos, articular demandas concretas del sector rural, desde mejores precios hasta acceso al crédito y fortalecimiento de cooperativas.

Su crecimiento había convertido al agro misionero en un espacio de movilización social y política. Y por eso mismo, fue uno de los blancos de la represión.

Las detenciones, persecuciones y el silenciamiento de dirigentes rurales no solo tuvieron un impacto político: también alteraron el funcionamiento económico. La pérdida de organización colectiva debilitó la capacidad de negociación de los productores, facilitó el avance de intermediarios y consolidó un esquema más concentrado.

En paralelo, otros sectores productivos como el té, el tabaco y la forestación continuaron su desarrollo, pero bajo una lógica similar. El té profundizó su orientación exportadora, con fuerte dependencia de los mercados internacionales; el tabaco consolidó esquemas de producción vinculados a grandes empresas compradoras; y la actividad forestal comenzó a mostrar signos de expansión con creciente concentración.

El patrón era común: mayor dependencia de actores económicos concentrados y menor autonomía de los productores.

Así, la economía misionera atravesó durante la dictadura un proceso de transformación silencioso pero profundo. No hubo un colapso productivo, pero sí un cambio en la distribución del poder dentro de las cadenas de valor. El pequeño productor perdió centralidad, las organizaciones intermedias se debilitaron y la estructura económica se volvió más desigual.

Ese reordenamiento dejó marcas que trascendieron el período dictatorial. La economía que emergió en los años 80 lo hizo con un entramado social más fragmentado, con menor capacidad de organización colectiva y con tensiones que, en muchos casos, siguen vigentes.

La discusión por el precio de la yerba mate, las asimetrías entre productores e industria, la informalidad laboral rural o la concentración en determinados eslabones de las cadenas productivas no pueden entenderse sin mirar ese proceso histórico.

En Misiones, como en tantas otras regiones del país, la dictadura dejó una huella que no solo se mide en términos sociales, sino también en la forma en que se organiza la producción, el trabajo y la distribución de la riqueza.

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