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La pandemia del antropoceno

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La pandemia nos condiciona, nos impone, limita y amenaza. Es difícil ser optimistas en un contexto de restricciones; no obstante hay ejercicios recomendables que pueden gravitar en forma positiva, y una de ellas es la oportunidad que tenemos para reflexionar sobre nuestras formas de relacionarnos, de agruparnos y convivir en la intimidad. Mirándolo con otra perspectiva, es una circunstancia ideal para replantearnos cosas, tratar de entender lo que nos pasa, pensar cómo resolver la encrucijada y prepararnos para el futuro.

La pandemia nos confirmó el impacto de la actividad humana sobre el planeta. Somos responsables del calentamiento global, la pérdida acelerada de la biodiversidad, y otras cuestiones. En realidad somos la causa de lo que nos pasa pero hacemos lo imposible por convencernos de que la culpa es de alguna entidad ajena a nosotros.

El concepto Antropoceno fue acuñado en el año 2000 por el holandés Paul Crutzen, quien fuera galardonado con el Premio Nobel de Química. En medio de un debate científico, su teoría  es que el nombre de la época geológica actual debería reflejar el impacto del hombre sobre la Tierra. Esa decisión de nombrar a esta época humana todavía se discute, pero indudablemente la Tierra está cambiando aceleradamente por la actividad humana.

Pasados los días conmemorativos de la independencia, fue curioso escuchar y ver en nuestros dispositivos multitud de emotivas referencias a la libertad mientras nos manteníamos confinados en nuestras casas experimentando la ambigüedad de conceptos. Vimos banderas expuestas en los frentes de las casas y otras colgadas de los balcones; era la postal de la nostalgia. No somos independientes ni vivimos en libertad porque el contexto real nos obliga a resguardarnos (aunque por las dudas nos impiden salir a través de leyes de emergencia sanitaria). Estamos prisioneros de nosotros mismos y no es una figura retórica.

Esta situación inédita que se presenta en todo el mundo, nos ayuda a percibir un escenario complejo y hemos tomado conciencia de que ese pasado de marchas colectivas, festejos multitudinarios, movilizaciones, misas, cumpleaños y hasta velorios, son cosas de un ayer irrecuperable. El presente nos deja como norma el distanciamiento social.

¿Hasta cuándo se prolongará esta situación?

A fines de marzo de este año, un grupo de investigadores de la Universidad de Harvard, indicaron que es posible que las personas de todo el mundo necesiten practicar algún nivel de distanciamiento social de forma intermitente hasta 2022 para evitar que el Covid-19 surja en nuevas manifestaciones y haga colapsar los sistemas hospitalarios. Levantar todas las medidas de distanciamiento social podría retrasar el pico de la pandemia y hacerla potencialmente más severa, advirtieron los científicos en un artículo publicado en la revista Science.

En nuestro país, una compilación de ensayos que realizó Argentina Futura, organismo dependiente de Presidencia de la Nación, que tiene como título “El Futuro después del COVID-19”, los intelectuales más destacados reflexionaron sobre la pandemia. Algunos de ellos como  Juan Gabriel Tokatlian, bajo el título “Conjeturas para después de la pandemia” destacaron que una situación de emergencia sanitaria de esta magnitud ya había sido alertada en 2008 en el informe Global Trends 2025 de la Oficina del Director del Consejo de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, que advirtió sobre la potencial aparición de una pandemia global si no se adoptaban las medidas adecuadas para evitarla. También en 2012, el profesor emérito de la Universidad de Manitoba, Vaclac Smil, publicó Global Catastrophes and Trends, con base en evidencias de pandemias previas, señalaba la probabilidad de padecer una antes de 2021. Y, en septiembre de 2019, pocos meses antes del Covid-19, se publicó un informe elaborado por la Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación (grupo investigador conjunto de la Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial) que presentó un diagnóstico inequívoco: “Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. El mundo corre grave peligro de padecer epidemias o pandemias de alcance regional o mundial y de consecuencias devastadoras, no sólo en términos de pérdida de vidas humanas sino de desestabilización económica y caos social.”

¿Cómo alejarnos lo suficiente si vivimos concentrados?

En el material de Argentina Futura, son relevantes los datos que incluyen Maristella Svampa y Enrique Viale, “Hacia un Gran Pacto Ecosocial y Económico”, donde señalan que “en Argentina el 92% de la población vive en ciudades (el promedio mundial es de 54%) concentrada en un 30,34% de nuestro territorio. Sólo en el  Área Metropolitana de Buenos Aires, el 0,4% de la superficie total del país,  vive el 31,9% de la población total. Habitamos ciudades planificadas por y para la especulación inmobiliaria (cuya contracara es la emergencia habitacional y la insuficiencia de espacios verdes) y dominadas por la dictadura del automóvil (con transportes públicos saturados). Esta característica puso bajo la lupa a las vidas urbanas en cuarentena y  evidencia la necesidad de un cambio radical en la forma en que vivimos en las metrópolis”. 

Con estos datos de referencia, es indudable que se vuelve determinante replantearnos la forma en que vivimos, nuestra relación con el medioambiente,  el camino que tomaremos para sobrevivir en comunidad, las estrategias para resolver las urgencias de la urbanidad, el rediseño de los ambientes hogareños, el cuidado de los niños y la protección de los mayores.

Esta nueva etapa que tenemos por delante nos coloca en la misma disyuntiva que los especialistas en epidemias; no tenemos las respuestas, aunque sí coincidimos en los interrogantes. 

¿Son nuestras casas el ambiente que necesitamos para convivir? ¿Son nuestros espacios los ideales para la educación de nuestros hijos? ¿Vivimos en lugares donde podemos desarrollarnos y trabajar? ¿Los ambientes urbanos son la raíz de nuestros problemas sanitarios tal como lo fueron en la antigüedad? ¿Hoy nuestras casas son el símbolo de la pérdida de libertad o son un refugio de lo exterior? ¿Hemos perdido la intimidad en el lugar más íntimo que había? ¿Podremos acceder a la calidad de vida que necesitamos después de un largo encierro? ¿Cuántas preguntas más no tienen respuesta todavía?.

(*)Ambientarq es un grupo de reflexión de profesionales de distintas disciplinas que tratan de generar propuestas para la habitabilidad.

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