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Presidentes, pruebas y pandemias

Presidentes, pruebas y pandemias
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New York Times. Italia y España sufren: al escribir estas líneas 7658 personas habían muerto ahí a causa del virus. La cifra es más del doble de las bajas registradas en China y, de acuerdo con algunos expertos, podría haberse prevenido con medidas más rápidas y claras.

Mientras las infecciones por el coronavirus en Italia rebasaban los 400 casos y las muertes llegaban a las decenas, el líder del gobernante Partido Demócrata publicó una fotografía en la que brindaba por “un aperitivo en Milán”, e invitaba a la gente a “no cambiar nuestros hábitos”.
Eso fue el 27 de febrero. Menos de 10 días después, cuando el conteo llegó a 5883 infecciones y 233 muertes, el jefe del partido, Nicola Zingaretti, publicó un nuevo video, esta vez para informarle a Italia que él también tenía el virus.
Ahora Italia tiene más de 53.000 infecciones registradas y más de 4800 muertes, y el ritmo de contagio se sigue acelerando, pues más de la mitad de los casos y fallecimientos se registraron la semana pasada. El sábado, los funcionarios reportaron 793 muertes más, el incremento más grande que se ha visto en un solo día hasta el momento. Italia ha superado a China como el país con el mayor número de víctimas, lo cual lo convierte en el epicentro de una pandemia en movimiento.
El gobierno ha desplegado al Ejército a fin de imponer un cierre de emergencia en Lombardía, la región al norte de la nación que está al centro del brote, donde se han acumulado cuerpos en las iglesias. La noche del viernes, las autoridades reforzaron el bloqueo nacional con el cierre de parques y la prohibición de actividades al aire libre, como salir a caminar o correr lejos de casa.

La tragedia de Italia ahora destaca como una advertencia para sus vecinos europeos y Estados Unidos, donde el virus se está propagando con la misma velocidad. Si algo podemos aprender de la experiencia de Italia es que las medidas de aislamiento de áreas afectadas y restricción al movimiento de la población en general tienen que implementarse de inmediato, con absoluta claridad, y cumplirse de manera rigurosa.

Los intentos graduales de Italia para frenar la propagación —primero mediante el aislamiento de localidades, luego de regiones y, a la postre, del país, en un bloqueo deliberadamente poroso— siempre estuvieron rezagados respecto de la trayectoria letal del virus.

“Ahora lo estamos persiguiendo”, dijo Sandra Zampa, subsecretaria del Ministerio de Salud, quien comentó que Italia hizo lo mejor que pudo con la información que tenía. “Hicimos cierres graduales, así como lo está haciendo toda Europa. Francia, España, Alemania y Estados Unidos están haciendo lo mismo. Cada día bloqueamos otro poco, renunciamos a una parte de la vida normal. Porque este virus no permite que llevemos una vida normal”.

En los críticos primeros días del brote, Conte y otros altos funcionarios quisieron restarle importancia a la amenaza, lo cual creó confusión y una falsa sensación de seguridad que permitieron que el virus se propagara.

Atribuyeron la elevada cifra de infecciones en Italia a las pruebas diagnósticas excesivas de gente que no tenía síntomas en el norte, lo cual, según ellos, solo infundió el pánico y dañó la imagen del país en el extranjero.

¿Y el mundo?

En Estados Unidos, donde ya se registran más de 33.000 casos de infección y al menos 428 muertes, la crisis evidencia que si bien el coronavirus no distingue edad, lugar de residencia o estatus social, su impacto sí acentúa la desigualdad: Mientras los ricos y famosos no tienen problemas para recibir pruebas y tratamiento, hay familias que ya batallan para conseguir alimentos a causa de la crisis. El contraste es más llamativo aún en la frontera sur, donde los cruces han sido restringidos y los sueños de miles han quedado indefinidamente en pausa.

Los líderes latinoamericanos tienen que estar a la altura de una emergencia de salud como la del COVID-19. Pero: López Obrador ha sido renuente a aceptar las recomendaciones médicas y Bolsonaro ha dicho que el virus ha traído “histeria”.

Es difícil superar a Donald Trump como el peor líder manejando la crisis del coronavirus, pero —hombre— Andrés Manuel López Obrador sí que hace el esfuerzo.

Sigan estos hechos. El 4 de marzo, después de que expertos sanitarios de su gobierno recomendaran mantener la distancia social por el coronavirus, el presidente de México dijo que no había nada malo en abrazarse, y lo encomió. Una semana después, la Organización Mundial de la Salud calificaba de pandemia la crisis del COVID-19, e igual no importó: López Obrador siguió repartiendo amor a cientos de personas en sus mítines propagandísticos. El momento cenital de su Virus de los Abrazos llegó cuando alzó en brazos a una niña y la besó ocho veces antes de encajarle tres mordiscos en la mejilla. No acabó ahí: la última imagen del cinismo de un presidente llegó cuando AMLO dijo en una de sus conferencias de prensa matutinas que la defensa contra el virus era la honestidad. Luego mostró dos estampas de santos a los que llamó sus guardaespaldas.

En pocas palabras: López Obrador es irresponsable. Su desdén a tomar medidas preventivas y liderar con el ejemplo es una parodia peligrosa de un reyezuelo displicente. México tiene poblaciones vulnerables, ciudades sobrepobladas, transporte público desbordado y un sistema de salud debilitado por los recortes presupuestario de su gobierno en 2019.

Esta crisis demanda esfuerzo colectivo, pero exige, sobre todo, que esa decisión individual sea reforzada a diario por la conducta de los funcionarios electos. Presidentes, alcaldes, gobernadores, diputados deben ser prescriptores de conducta. Su figura orienta comportamientos, fija los límites simbólicos de lo permitido. Por algo a algunos se les llama primeros mandatarios o primeros ciudadanos: porque han de ser ellos quienes cumplan la ley antes que todos.

AMLO no está solo, en especial en América Latina, dada su vulnerabilidad ante una pandemia, con sistemas de salud pública endebles y pobreza estructural. Jair Bolsonaro, por ejemplo, también se dio un baño de masas en contra del consejo médico —incluso después de estar con un funcionario enfermo— y ha dicho que “el virus trajo una cierta histeria”. El gobierno de Nicaragua convocó a una marcha bajo el lema “Amor en tiempos del COVID-19” en un país con uno de los peores sistemas sanitarios de América Latina.

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