San Martín, el misionero, nacía un 25 de febrero de 1778

José de San Martín nació en Yapeyú, territorio de las llamadas Misiones el 25-2-1778 y no es por lo tanto correntino, ya que después de 36 años el territorio de las Misiones pasa a anexarse a la provincia de Corrientes, por decisión del Director Supremo Gervasio Posadas el 10-09-1814. Tanto es así que el 17-09-1879 en su homenaje se dio el nombre de “Posadas” al pueblo de San José y porque el Director Supremo preservó el territorio de las Misiones al anexarlo a la provincia de Corrientes. Reiterio: 36 años después del nacimiento de San Martín.
El padre del Libertador, el oficial Juan de San Martín, estaba destinado a la Banda Oriental y el 13-12-1774 se lo designa gobernador de las Misiones de Yapeyú, que incluía los pueblos de Yapeyú, La Cruz, San Borja y Santo Tomé.
José Francisco, el menor de cinco hermanos nace en 1778. A los 4 años (en 1872) sus padres se trasladan a Buenos Aires y en 1784 toda la familia parte a España. José tenía por entonces 6 años, habiendo vivido solamente 4 años en Yapeyú de las Misiones. Muy poco tiempo tan siquiera como para recordar el suelo natal.
En la “Nueva historia del cruce de los Andes” el historiador Pablo Camogli desmonta la figura lustrosa de San Martín y retrata a un hombre pragmático, un político revolucionario y el organizador de un colectivo que trabajó apasionadamente para poner en marchar “una de las hazañas militares de la historia de la humanidad”.

 

“Soy de Misiones, como San Martín”, se presenta Camogli, derribando el primer mito, ese que el Libertador era oriundo de Corrientes. 

Fanático de la gesta sanmartiniana, Camogli deconstruye la mitología heroica de San Martín y lo pone en el contexto de su época como “el conductor de un colectivo social que, desde la nada, creó el mayor y más eficiente ejército de nuestra historia”, escribe.

 

“Con la convicción de la revolución San Martín -que nunca se autoproclamó Libertador- tenía muy claro que su objetivo era conseguir la liberación de América y que todos los esfuerzos eran en pos de eso”.

 

Bartolomé Mitre en su historia definió a San Martín como “Hermes Trismegisto” o un “dios realizador de todo”, Camogli levantó el guante mitrista y, desde un nuevo enfoque, se adentró en el marco que precedió al cruce.

 

“Muchos mostraron a San Martín como si con una varita mágica fuera haciendo cañones, armas y uniformes, también apareció una mirada netamente militar, pero no incorporaron el contexto de la sociedad cuyana, los sectores populares y las elites”, explica el autor.

 

Esta nueva historia se inicia con la reconstrucción del entramado social, político y económico de Cuyo, “una sociedad tradicional y conservadora donde cinco familias tenían el control de todo y la aparición de una figura externa generó conflictos”.

 

Con el objetivo de desenredar los conflictos de la historia, durante dos años, Camogli revisó más de mil documentos para poner en evidencia la movilización de miles de personas y recursos en los planes sanmartinianos, las transformaciones que trajo aparejadas y las políticas que se aplicaron en torno a la liberación de América.

 

En la correspondencia entre San Martín y su amigo en Buenos Aires, Tomás Guido, éste último calificaba su plan libertario como “sargentón”.

 

Camogli dice: “era un revolucionario que tenía muy claro cuáles eran las medidas que había que tomar en cuanto a la integración social de indios y esclavos”.

 

 

El surgimiento del Ejército de los Andes “se entiende por el posicionamiento político de San Martín, quien fue contra la propiedad privada, quiso que los esclavos compartieran los mismos regimientos que los blancos, y propuso en 1815 la liberación total de la esclavitud”, resalta Camogli sobre este “San Martín, hombre político” que Mitre en su historia “vació de contenido”.

 

Este cruce también puso en funcionamiento un “modelo productivo” que protegió los intereses locales.

 

“San Martín hizo negocios con Buenos Aires para que se pagaran gravámenes a los productos que se exportaban, con la idea de favorecer medidas proteccionistas y tener soluciones sociales y económicas con el pleno empleo y el autoabastecimiento”, destaca el historiador.

 

La gesta, que movilizó a 4 mil soldados y a 1.500 milicianos entre el 15 y el 18 de enero y el 10 de febrero de 1817 y que concluyó exitosamente con la batalla de Chacabuco, “también encierra mitos profundamente arraigados en el imaginario nacional”.

 

Las damas mendocinas no se desprendieron tan fácilmente de sus joyas como cuentan los frisos del Cerro de la Gloria. “En términos numéricos esas donaciones no alcanzaron ni para comprar un esclavo”, asegura el historiador.

 

En el libro, editado por Aguilar, se analiza “hasta dónde ese aporte fue generoso y hasta dónde fue forzado”, y en ese contexto el historiador investigó a través de las cartas y notas del Cabildo las tensiones y conflictos que suscitaron algunos pedidos.

 

“Lo que se ordena se tiene que hacer `tuerto o derecho` sin contemplaciones dijo San Martín. Después aparecen las negociaciones con la clase terrateniente, como la entrega de tierras públicas”, apunta.

 

Entre “los mitos desacralizados” por medio de la investigación, está la fabricación de cañones (“no hay un sólo documento que diga que Fray Luis Beltrán fabricó cañones en Cuyo”) o la falta de tela para la bandera argentina, “no es que no había tela, no iban a pelear con una insignia nacional junto al ejército chileno”.

 

El cruce -que según Camogli tuvo varios planes similares anteriores- se dio también “gracias a otras figuras clave como el auditor de guerra Bernardo Vera y Pintado, el cartógrafo y estratega José Antonio Alvarez Condarco y el jefe del Parque de Artillería, Beltrán, que tuvo a su mando el traslado de cañones a través del cordón montañoso”.

 

La historia responde a preguntas desde el presente para revisitar con distintos enfoques al pasado.

 

“Hoy estamos viendo que América avanza en ese sueño de la Patria Grande que se consolida y los pueblos empezamos a reconocernos como un mismo colectivo”, opina.

 

Para él, este cruce “fue la máxima epopeya militar, política y social, y es el espejo en el que deberíamos mirarnos para pensar cómo hacer una Argentina con inclusión para todos. Allí vamos a encontrar lo mejor de nuestra historia”, concluye.

 

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