Tarjetas de crédito: el salvavidas que ahoga a las familias argentinas

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En un contexto de inflación persistente y salarios rezagados, la tarjeta de crédito se convirtió para muchos hogares en el único recurso para llegar a fin de mes. Sin embargo, esta herramienta, pensada originalmente como medio de pago y financiamiento de consumo, hoy representa una pesada carga que compromete buena parte del presupuesto familiar.

Cada vez son más los usuarios que destinan la mayor parte de su ingreso a pagar las cuotas acumuladas, muchas de ellas originadas en compras básicas como alimentos, indumentaria o medicamentos. El refinanciamiento se ha vuelto rutina: pagar el mínimo mensual, patear el saldo hacia adelante y acumular intereses que superan ampliamente la inflación.

Estudios recientes señalan que más del 50% de las familias utiliza la tarjeta para gastos corrientes, y en muchos casos el 58% de la deuda total está vinculada directamente a la compra de alimentos. Esta situación evidencia que el financiamiento ya no es usado para adquirir bienes durables o afrontar gastos extraordinarios, sino como paliativo ante la pérdida de poder adquisitivo.

La morosidad también muestra señales de alerta. Según el Banco Central, el atraso en el pago de tarjetas llegó al 2,8% en marzo, el mayor nivel de los últimos tres años. Los préstamos personales, por su parte, registran una mora del 4,1%.

Tasas y efecto “bola de nieve”

El uso recurrente del pago mínimo genera un efecto acumulativo difícil de revertir. Las tasas nominales anuales para tarjetas rondan el 85%, y si el usuario no llega ni siquiera a cubrir ese monto, entran en juego punitorios que pueden superar el 100%. El resultado es un endeudamiento creciente, aun cuando el consumo actual se reduzca.

El aumento de la deuda limita la capacidad futura de compra y restringe el acceso a nuevo crédito. Al mismo tiempo, el encarecimiento del financiamiento formal empuja a muchas familias hacia préstamos informales o el uso de billeteras virtuales con costos aún más altos.

La tarjeta de crédito, antes aliada del consumo, se transformó en un mecanismo de supervivencia que, paradójicamente, compromete el futuro económico de quienes dependen de ella. Sin políticas que mejoren el poder de compra y reduzcan el costo del financiamiento, el endeudamiento seguirá creciendo y la recuperación del consumo se mantendrá lejana.

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