Un “passing shot” a la confianza del electorado
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En este país tenemos la capacidad inagotable de inventar nuevas formas de tomarle el pelo al votante. Si hubiera un ranking ATP de la estafa moral en política, algunos ya estarían top 10 hace rato. Y quien se subió a ello fue Diego “nunca una pala” Hartfield.
El ex tenista -ni tan famoso, digamos la verdad, porque nunca pasó de figurar en los dobles de algún torneo perdido en Europa del Este- decidió reinventarse como broker/inversor… ¡desde Oberá! Porque claro, uno imagina a los brokers en Wall Street, en la City porteña, mínimo en San Pablo. Pero no, acá tenemos al lobo de Wall Street… versión ruta 14. Falta nomás que le agreguen “delivery de chipa” a la tarjeta personal.
Y de la Bolsa de Valores (que en Oberá debe ser la de té, madera o yerba), pegó el salto mágico a la política. Sin pergaminos, sin militancia, sin haber juntado ni firmas para una cooperadora escolar, los anti casta de las fuerzas del cielo, lo pusieron de cabeza de lista de diputados provinciales. ¿La razón? Fácil: era “famoso”, o algo parecido. Lo suficiente como para que los armadores políticos pensaran: “Total, la gente ve una cara conocida y compra como si fueran figuritas del Mundial”.
Y compraron. La gente lo votó. Ganó la banca. Hubo aplausos, festejo y fotos con sonrisa Colgate. Pero cuando llegó la hora de la verdad, de sentarse en la banca, de apretar un botón y leer un proyecto, nuestro Federer del monte misionero desapareció de la cancha. Ni se cambió de ropa. Ni entró a pelotear. Directamente se paró en la línea y dijo: “Gracias por el voto, pero yo acá no juego”.
Un fenómeno. El único deportista que se retira antes de debutar.
Pero no se confunda, querido lector: no es que se fue a entrenar más duro, a mejorar el revés político o a agarrar experiencia para servir a la gente. No. Resulta que ahora encabeza la lista de diputados nacionales. El pibe saltó del Challenger de Misiones al US Open de la política Nacional, sin siquiera pasar por la qualy.
Y ahí es donde empieza el sainete. Porque estos mismos espacios se la pasan criticando a los peronistas por ser caraduras testimoniales, por acomodarse, por vender gato por liebre. Y, la verdad, tienen razón: el peronismo lo hace. Pero si vos te llenas la boca hablando de ética y transparencia y terminás haciendo lo mismo, ahí ya no sos caradura: sos hipócrita, que es mucho peor.
El votante, mientras tanto, queda pintado. Porque votó pensando que le ponía la camiseta a un jugador de su provincia, alguien que iba a pelear los puntos en la Legislatura local. Y resulta que al tipo consideró que le quedó chica la camiseta, o no le gustó el vestuario, o simplemente el cheque nacional era más gordo. Así que, sin ningún pudor, se fue al torneo grande, dejando a su hinchada misionera haciendo pogo con la entrada en la mano.
Lo más triste es la subestimación al votante. En lugar de ofrecer proyectos, ideas o gente que haya laburado por su comunidad, te tiran un famoso. Como si la política fuera un programa de televisión y no el lugar donde se decide qué pasa con tu vida y los destinos del país. Te meten un tenista croto, un actor en decadencia, un cantante o el que estuvo en la tapa de una revista el mes pasado. Y si pueden, seguro un influencer en el próximo turno. Total, la política se volvió un casting de Gran Hermano con sueldos estatales.
El mensaje implícito es brutal: “No necesitamos que pienses, te damos una cara conocida y vos compras igual”. Y ojo, a veces funciona, porque la gente vota con simpatía, con nostalgia, con la esperanza de que la fama se traduzca en compromiso. Spoiler: nunca se traduce.
Esto, que en cualquier país serio sería un escándalo, acá lo tomamos casi como un chiste. Y quizá lo sea. Un mal chiste, claro, pero chiste al fin: la política argentina como género de stand up involuntario.
En definitiva, lo que se confirma es que en este país la vara moral es como el encordado de la raqueta vieja: se estira, se afloja, se vuelve a encordar según la conveniencia. Y el electorado, pobre, termina siempre de pelotita.
Gente. De un lado de la reja esta la realidad, del otro lado también. Lo único irreal es la reja.

Pluma exquisita la de mister Dollar Free que me hace sonreír ante lo patético del accionar de estos advenedizos.