Wenceslao del Dollar Free

Cuando la urgencia es política y no constitucional

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El Gobierno encontró un nuevo eje para volver a dominar la conversación pública. El decreto de necesidad y urgencia, anunciado por Javier Milei, no parece responder a una emergencia institucional sino a una necesidad mucho más terrenal: recuperar la iniciativa política con un tema capaz de despertar adhesiones inmediatas.

En tiempos donde las redes sociales convierten cualquier discusión en una batalla identitaria, apelar a la defensa de la Argentina frente a supuestos “odiadores” extranjeros resulta tan eficaz desde el marketing político como endeble desde la legalidad y el derecho constitucional.

El problema comienza donde debería empezar cualquier análisis serio: la necesidad y urgencia. La Constitución no habilita al Presidente a legislar por decreto porque un tema esté de moda o porque la coyuntura política lo aconseje. Lo permite únicamente frente a circunstancias excepcionales que hagan imposible seguir el procedimiento legislativo ordinario. ¿Existe hoy una situación extraordinaria que justifique semejante herramienta? La respuesta parece evidente. No hay una invasión de extranjeros promoviendo campañas de odio contra la Argentina ni una crisis que impida al Congreso debatir el asunto.
Pero aun si se aceptara la oportunidad política del debate, el contenido del decreto abre interrogantes todavía más profundos.

La categoría de “discurso de odio” es una de las más discutidas en el derecho contemporáneo precisamente porque sus límites son difusos. ¿Quién decide qué constituye odio y qué constituye una opinión, por ofensiva o desagradable que resulte? Cuando el Estado se reserva esa facultad sin parámetros objetivos, el margen para la arbitrariedad se vuelve enorme. Y allí empiezan a rozarse principios constitucionales básicos, entre ellos el derecho a ingresar, permanecer y transitar por el territorio nacional.

El decreto tampoco supera un análisis jurídico elemental. Pretende generar consecuencias legales a partir de expresiones ya realizadas, tensionando el principio de legalidad, uno de los pilares de cualquier Estado de Derecho. Las reglas deben ser claras, previas y previsibles. De lo contrario, dejan de proteger la libertad para convertirse en instrumentos discrecionales.
La fundamentación tampoco ayuda. Se sostiene que la medida busca preservar el “honor” del Estado argentino. Sin embargo, el honor es un derecho personalísimo, propio de las personas humanas. Los Estados tienen prestigio, legitimidad, soberanía o reputación internacional, pero no “honor” en el sentido jurídico que pretende utilizar el decreto. Cuando una norma necesita apoyarse en conceptos equivocados para justificar restricciones a derechos, el problema deja de ser político y pasa a ser jurídico.

Además, el sistema legal argentino ya cuenta con herramientas suficientes para responder frente a conductas que lesionen derechos ajenos. El Código Penal, la legislación vigente y los estándares del Sistema Interamericano de Derechos Humanos establecen un equilibrio razonable: la libertad de expresión es la regla y las responsabilidades aparecen únicamente cuando existen daños concretos a terceros. Crear nuevas restricciones sobre categorías imprecisas no fortalece el Estado de Derecho; lo debilita.

Hay, además, una contradicción difícil de ignorar. El mismo Gobierno que hizo de la ampliación de las libertades individuales y de la reducción de la intervención estatal una de sus principales banderas ahora pretende otorgarle al Estado una facultad extraordinaria para decidir quién puede ingresar al país según el contenido de sus expresiones. Es una lógica que choca con el discurso oficial que cuestionó durante años las regulaciones estatales por considerarlas excesivas.

La verdadera discusión, entonces, no pasa por defender o no a la Argentina. En eso probablemente exista un consenso amplio. La discusión consiste en determinar si, en nombre de ese objetivo, el Poder Ejecutivo puede utilizar un decreto de necesidad y urgencia sin que exista una verdadera urgencia y, además, avanzar sobre derechos constitucionales mediante conceptos jurídicamente imprecisos.

Porque el problema nunca es el fin que se invoca. El problema aparece cuando, para alcanzar ese fin, se empieza a flexibilizar la Constitución. Y cuando la excepción se convierte en regla, el Estado de Derecho deja de ser una garantía para transformarse en una herramienta al servicio de la coyuntura política.

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Hay partidos que valen mucho más que un resultado

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Hay quienes sostienen que la cuestión Malvinas se resolverá algún día en los organismos internacionales. Ojalá fuera tan sencillo. En lo personal, pienso que es de ilusos pensar eso. Porque la realidad demuestra otra cosa. Hace décadas que la Argentina reclama pacíficamente, presenta argumentos, obtiene resoluciones que llaman al diálogo y mantiene vivo el reclamo diplomático. Sin embargo, el Reino Unido continúa ocupando las islas y sosteniendo que son suyas. Esa es la realidad. Lo hizo ayer, indiganada, luego del partido y cuando un grupo de jugadores puso lo que hay que poner y también desplegó una bandera.

Frente a esa realidad, algunos creen que recordar Malvinas incomoda, que es un tema del pasado o que debe quedar limitado a los discursos oficiales. Se equivocan.

Malvinas no pertenece a un gobierno. Pertenece al pueblo argentino.

Por eso la imagen de nuestros jugadores desplegando la bandera de las Islas Malvinas después de eliminar a Inglaterra en una semifinal trasciende el fútbol. No fue un gesto contra un pueblo o para incomodar al rival. Fue un gesto a favor de nuestra identidad. Fue decirle al mundo que hay causas que siguen vivas en el corazón de una Nación.

En estos días hubo quienes entendieron que exhibir una bandera o una remera de Malvinas en un partido frente a Inglaterra podía generar incomodidad en el rival o debía evitarse. Sin embargo, cuando llegó el momento, los jugadores eligieron representar el sentimiento de millones de argentinos. No hablaron con un micrófono; hablaron con un símbolo. Y los símbolos, muchas veces, llegan más lejos que cualquier discurso.

Sí, fue un partido de fútbol. Pero para la Argentina nunca es solamente un partido cuando enfrente está Inglaterra. No fue ganar una semifinal, fue ganarle a Inglaterra. Porque la historia existe. Porque la memoria existe. Porque la soberanía que reclamamos forma parte de nuestra identidad nacional.

No se trata de confundir deporte con diplomacia ni de alimentar enfrentamientos. Se trata de entender que un pueblo también expresa lo que siente a través de sus símbolos, de sus banderas y de sus gestos. Lo que hicieron esos jugadores fue recordarle al mundo que la causa Malvinas sigue intacta en el sentimiento de los argentinos.

Los gobiernos pasan. Las modas pasan. Las conveniencias políticas también. Pero hay causas que sobreviven a todos ellos.

Y mientras haya un argentino dispuesto a levantar esa bandera con orgullo, poner una calco en su auto, usar una gorra o una remera con las Malvinas, el reclamo seguirá vivo. Porque hay victorias que duran noventa minutos. Y hay causas que duran generaciones. El domingo España enfrenta, en la final del mundial, a una selección de hombres que demostró con un trapo que tienen mas patria que sus políticos.

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Candidatos testimoniales: los próceres del ¿“yo? Argentino”

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La política argentina tiene un talento especial: reciclar lo peor de sí misma con aire de novedad. Por ejemplo, cada tanto reaparece ese clásico de nuestra fauna electoral: los candidatos testimoniales, esos personajes que prometen representar al pueblo, pero terminan representando solo su conveniencia personal.
Son los artistas del “yo me anoto, pero no voy”, los reyes del “fue sin querer queriendo”. Figuras que se postulan con cara de compromiso ciudadano y después se bajan del cargo con la velocidad de un tuit borrado.
No es un invento nuevo, claro: allá por 2009, el kirchnerismo ya había estrenado el formato con Néstor Kirchner, Scioli, Nacha Guevara y Massa compartiendo cartel en Buenos Aires. De los cuatro, solo uno terminó en el Congreso. Los demás se evaporaron. Pero bueno, no seamos injustos: Nacha puede decir que lo suyo era una “actuación”.
Pero parece que la historia no se repite: se recicla. Y ahora tenemos una nueva camada de “testimonialistas” versión siglo XXI. En Misiones, está el caso del chico este Diego Hartfield, ex tenista, idóneo en acciones y bonos y ahora campeón mundial de la incoherencia política.
Desde la comodidad del que todo lo critica sin mover un dedo, Hartfield, aquel que primero se postuló como diputado provincial y luego como nacional, descubrió que la ética suena preciosa en los discursos… pero que el sillón en Buenos Aires es mucho más mullido.

En un acto de coherencia cero -o de practicidad suprema- decidió no asumir en la provincia porque, claro, ya estaba instalado en la Ciudad de Buenos Aires y mudarse da fiaca. Un verdadero ejemplo de la “ética del ascenso personal”, esa virtud moderna que consiste en trepar siempre y justificar después.

Y pensar que el muchacho hablaba de “moral y transparencia en la política” con la solemnidad de un monje tibetano.

Denunciaba la corrupción ajena con tono de iluminado, y terminó siendo otro farsante testimonial más, con sonrisa de LinkedIn y discurso de TED Talk. Si esto fuera tenis, diríamos que mintió con el saque y le cantaron doble falta.
Lo paradójico es esta gente se presentan como “lo nuevo” y “lo distinto”. Y tienen razón: distinto… pero por descarados.

A su lado, los casos de Manuel Adorni y del compañero, correligionario, camarada, “si se puede” y ahora fervoroso libertario Diego “el anticasta” Santilli suenan casi como un homenaje a la coherencia selectiva.

El primero, después de militar con entusiasmo su candidatura a legislador porteño, terminó ascendiendo a jefe de Gabinete.

El segundo, que armó un pequeño culebrón para encabezar la lista de diputados por la provincia de Buenos Aires -tras la salida del siempre “transparente” José Luis Espert, hoy ocupado en explicar algunas cuestiones financieras con narcos, digamos, algo difusas-, descubrió que el Ministerio del Interior ofrece calefacción central y mejor salario con exposición pública. Ambos juran que no son “testimoniales”. Por supuesto: también hubo quienes juraron que en el 2025 el salario en dólares iba a despegar y los precios a caer como un piano… y acá seguimos, esperando que empiece el concierto.

La consecuencia, claro, es la misma de siempre: el ciudadano que vota creyendo que el conocido fulano que puso en la boleta va a legislar algo, descubre después que fue parte de una comedia de enredos y asume alguien que ni registra. El electorado creyó elegir representantes, pero en realidad eligió espectros anónimos.


Y ahí está el problema: estas candidaturas “de utilería” no solo rozan la estafa electoral, la abrazan con cariño. Porque ¿cómo se llama cuando ponen a alguien “famoso” encabezando una lista y que promete representar al pueblo y después se va a otra oficina? Para mí: fraude con traje.

Y así, el sistema democrático se va llenando de ausencias y también de mermas de representados, porque el 33% de la gente no fue a votar. La representación se convierte en un simulacro, y la voluntad popular, en utilería.
En el fondo, los candidatos testimoniales son eso: una gran broma pesada con costo electoral. Hablan de ética, pero practican lo contrario y lo justifican. Prometen en los medios y en redes presencia, pero te entregan ausencia. Y mientras los votantes siguen esperando que alguien cumpla lo que promete, ellos perfeccionan el arte de no. Son un ejemplo viviente de la “ética del ascenso personal”.

Para ir terminando mi gente. Lo más inquietante de todo esto no es solo la estafa electoral en sí, sino la tranquilidad con la que el público la aplaude o mira. Porque si los candidatos juegan a no cumplir, es también porque el electorado parece haber hecho las paces con el engaño.

Algunos nos indignamos un rato por redes, compartimos algún meme y, acto seguido, se vuelve a votar a los mismos u otros que nos birlan la representación. Tal vez el verdadero drama no sean los estafadores, sino que ya no nos importe que lo hagan. Hemos naturalizado la estafa democrática con la resignación de quien compra un electrodoméstico chino barato sabiendo que no tiene garantía. En ese espejo, la hipocresía deja de ser solamente de otros: es nuestra.

Como siempre, de un lado de la reja esta la realidad, del otro también está la realidad. Lo único irreal es la reja. O sea, lo que nos divide —ideologías, clases, bandos— no es la realidad, sino las barreras simbólicas o mentales que construimos para sostener esas divisiones. La realidad es común a todos; lo irreal es creer que estamos en lugares distintos.

En tiempos donde todos opinan, lo relevante no es quién habla o dice, sino la verdad de lo que se dice. Atacar una opinión por quién lo dice y no lo que expresa, es solamente un sesgo.
Hasta la próxima, me puse muy serio y esto es casi ficción con humor.

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Populismo cambiario y la república aspiracional

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Hay una frase que anda girando por ahí: “Con Milei al menos el dólar está tranquilo”. Y sí, es verdad: tranquilo, anestesiado, sedado y con respirador, pero tranquilo al fin. El único problema es que detrás de ese dólar que no se mueve (o se mueve lo justo para la foto) se está moviendo todo lo demás: cierran fábricas, se pierden empleos y el país sigue corriendo como hámster en la rueda… pero sin la semilla al final.

Lo que vivimos no es otra cosa que populismo cambiario, la versión libertaria del viejo truco peronista: mantener contentos a unos cuantos con la ilusión de prosperidad, mientras el resto mira desde la tribuna. Antes era el choripán, ahora es el dólar para pocos.

¿Progreso? No. Es un espejismo de aeropuerto: el país se achica, pero los free shops se llenan.

Y acá aparece la parte más divertida —o más triste, según el humor del día—: el fenómeno aspiracional. Ese delirio colectivo donde millones creen que, si pueden pagar un vuelo o comprar una notebook importada, ya están un paso más cerca de ser “ricos”.

La nueva clase media ya no aspira a tener casa, trabajo estable o vacaciones en la costa: aspira a tener una tarjeta que pase en dólares.

En Argentina, ser rico o de clase media, dejó de ser una categoría económica para convertirse en un estado mental.

Nos creemos ricos si viajamos, aunque debamos hasta el documento.

Nos creemos “en el primer mundo” si podemos traer un iPhone más barato, aunque el taller de la esquina haya cerrado porque no puede competir con China.

Mientras tanto, los verdaderos ricos, esos que no aparecen en TikTok o Instagram, ni hacen fila en Ezeiza, están ganando en serio: compran bonos a precio de remate, venden más caros, arbitran tasas, fugan capitales y se van a dormir tranquilos con la cuenta grande.

Los únicos inversores que hay hoy mayoritariamente, son los que aprovechan tasas altas en pesos para ganar intereses y luego compran dólares baratos, obteniendo ganancias rápidas sin producir nada real.

Y el resto… soñando con “invertir en dólares” desde Mercado Pago. Aspiracional nivel: querer ser el que te está estafando.

Porque esa es la gran trampa del populismo cambiario: te hace creer que estás participando del banquete, cuando en realidad estás lavando los platos.

El dólar “ficticio” se mantiene para calmar ansiedades, no para impulsar producción.

El país no gana competitividad; la pierde. Los dólares no se generan; se fugan.

Y la industria —ese bicho prehistórico que todavía da trabajo— sigue apagando las luces: más de 220.000 empleos formales menos, más de 15.000 pymes cerradas en apenas un año y medio.

Pero, “por lo menos el dólar no se disparó”.

Es la típica historia nacional: nos enamoramos del síntoma y no curamos la enfermedad.

Nos reímos del que fabrica, idolatramos al que especula, y aplaudimos al que viaja.

Mientras tanto, el país productivo muere de hambre en silencio.

Y el discurso oficial repite: “ganamos las elecciones, el rumbo es correcto, pronto vamos a ser potencia”.

Perfecto, pero una potencia que no produce nada, salvo memes, influencers y mucha deuda.

Y que encima exporta lo único que le queda competitivo: sus propios cerebros.

A este paso, el próximo unicornio argentino va a ser una app para fugar dólares con estética patriótica. Capaz que ya hay.

¿Queremos ser como Perú? Bueno, vamos camino a eso: una economía de materias primas, con elites dolarizadas y clase media con síndrome aspiracional crónico.

Nos venden el sueño de la libertad individual mientras las fábricas cierran colectivamente.

Nos venden la épica del mérito mientras el mérito real es tener dólares afuera.

Nos venden la ilusión de ser “ricos por un rato”, pero los únicos que se hacen ricos son los que escriben las reglas del juego.

El problema es que el “país aspiracional” nunca se construye, solo se imagina.

Y mientras todos corremos detrás del sueño importado, los que de verdad importan —literalmente— se llevan el botín.

Así que, sí, el dólar está tranquilo.

Pero el país no produce, la industria se desangra y el sueño de progreso se convirtió en un delirio de consumo.

Nos estamos volviendo expertos en parecer ricos mientras nos empobrecemos con estilo.

Si ganaron las elecciones —felicidades— ahora es cuando hay que ponerse el overol y enchufarse a la línea de producción, no sólo al aeropuerto.

Si se pretende “ser primero”, pues hay que fabricar, exportar, generar empleo. Si no, nos quedamos con el slogan de promesa de campaña.

Y si seguimos pensando “viajemos, compremos afuera, dólar barato para algunos” mientras la fábrica de al lado baja la persiana… bueno, al menos tendremos muchas fotos de nostalgias para Instagram, pero un país con menos motor productivo.

En Argentina, el éxito no es tener dólar para vacacionar: es tener fábricas que trabajen, gente que cobre, país que crezca.

Si no, el único “turismo” que estamos exportando es el de la fuga de divisas.

Como diría un amigo sociólogo: “Argentina no es un país pobre; es un país que se cree millonario cuando el dólar baja 10 pesos”. De tanto mirar el blue, nos olvidamos de mirarnos en el espejo.

¡¡¡Qué día que tengo señor… que día!!!!

Como siempre, de un lado de la reja esta la realidad, del otro esta la realidad. Lo único irreal es la reja. Y se nota.

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El consuelo de los peores

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Hay algo profundamente argentino últimamente, que es celebrar un “rescate” económico como si fuera una victoria.
El Tesoro de Estados Unidos anuncia su “ayuda” -palabra amable que suele esconder la mano del acreedor- y muchos se apuran a justificarlo con una lógica tan vieja como dañina: “Peor estábamos antes”.
Y así, con ese consuelo de enfermo crónico, volvemos a agradecer la fiebre porque al menos ya no duele tanto la herida.
La comparación con el pasado se ha convertido en un salvoconducto moral.
Se nos dice que este acuerdo, este préstamo, este nuevo tutelaje internacional, “no es tan malo”, porque los anteriores fueron también desastrosos. Y, los medios, se pelean de un lado y otro para ver quien tomó más deuda.
Y el pueblo, fatigado, hastiado, desinformado y/o confundido, asiente. Pero ahí está el engaño.
Esa frase -“los de antes eran peores”- es una falacia, un truco del pensamiento que anestesia la conciencia.
Justifica el mal menor y termina normalizando el mal mismo.
Porque si el único parámetro es la catástrofe anterior, cualquier retroceso parecerá progreso.
Y con ese razonamiento, nada mejora: apenas cambia de uniforme el desastre.
Comparar con los peores del pasado no es analizar la realidad, es bajar el listón de la dignidad.
No hay futuro posible en un país que mide su esperanza por contraste con su ruina.
Aceptar un rescate como si fuera redención es olvidar que nadie se libera aceptando la tutela de otro, y que toda deuda -económica o moral- trae su propio carcelero.
Además, como cualquier economía -o cualquier hogar-, no se puede decir que uno está bien si necesita pedir prestado para sostenerse.
El crédito no es sinónimo de salud: es un síntoma de dependencia.
Si el Estado necesita que otro lo rescate, no está siendo salvado; está siendo administrado desde afuera.
Y cuando el que presta también dicta las condiciones, la soberanía deja de ser un derecho y se vuelve una concesión temporal.
El argumento del “mal menor” es el refugio de los resignados, de los fanáticos y de los ignorantes.
Nos decimos que “al menos no roban tanto”, que “por lo menos ahora hay orden”, que “ya vendrán tiempos mejores”. Pero el progreso no consiste en ser menos corruptos, menos dependientes o menos torpes: consiste en dejar de serlo.
Un país maduro no se compara con su pasado, sino con su potencial.
Porque aceptar este rescate sin autocrítica es como celebrar que el barco flota apenas porque el anterior se hundió.
Y el mar, que no olvida, siempre pasa factura a los que confunden sobrevivir con navegar.
Sin embargo, hay un leve rumor en el aire.
Este domingo el país vuelve a votar, y quizás -por fin- el cambio comience por donde debe comenzar: por la voluntad democrática y no por la imposición del crédito.
Tal vez llegue el día en que no necesitemos compararnos con lo peor para construir algo mejor.
El día en que el Estado deje de ser un barco rescatado y se convierta, otra vez, en un barco que elige su rumbo.
Porque la verdadera independencia no se firma en Washington ni en Bruselas: se construye, voto a voto, con la dignidad de un pueblo que decide no conformarse nunca más.
Decir que los de antes eran peores es como conformarse con un barco que hace agua sólo porque el anterior ya se había hundido.
No se trata de quién naufragó con más estilo, sino de aprender, al fin, a navegar sin hundirse.

Hasta la próxima. De una lado de la reja esta la realidad y del otro lado también hay otra realidad. Posta que lo único irreal es la reja, cada vez más alta.

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