Venezuela después de la salida de Maduro: una transición larga, pactada y bajo presión externa

Getting your Trinity Audio player ready...
Compartí esta noticia !

La operación militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro y los bombardeos selectivos sobre territorio venezolano marcó, según el politólogo Fabián Calle, el inicio de una transición política que no será ni breve ni espontánea, sino diseñada, administrada y supervisada directamente por Estados Unidos. Para el profesor de la Escuela de Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Austral, lo que ocurrió en Caracas no fue el colapso de una dictadura tradicional, sino la decapitación de un esquema de poder construido por Cuba durante más de dos décadas.

Calle sostiene que Maduro nunca fue el centro real del régimen, sino un delegado del aparato cubano. Tras la muerte de Hugo Chávez, recordó, se produjo una disputa interna entre el sector militar del chavismo y el grupo alineado con La Habana, que terminó imponiendo a Maduro como hombre de confianza de Cuba. Desde el fallido golpe de 2002, Chávez había delegado la seguridad interna venezolana en el G2 cubano, que pasó a controlar los ascensos militares y la estructura de poder dentro de las Fuerzas Armadas. En ese marco, la decisión de Washington de capturar a Maduro tuvo un fuerte valor simbólico: no se trató de derribar a un dictador clásico, sino de romper el eje Cuba–Caracas.

El objetivo estratégico de la administración Trump, según Calle, es abrir una negociación con el estamento militar venezolano para que gane autonomía frente a Cuba. Por eso la lista de sanciones y objetivos militares no fue indiscriminada. En ella aparecen Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López, pero no los hermanos Rodríguez, lo que deja abierta una vía de interlocución. Tampoco se incluyó a una gran cantidad de generales, señal de que Washington viene trabajando hace tiempo en la construcción de canales internos dentro del régimen. El mensaje es claro: liberar presos políticos, permitir el regreso de empresas estadounidenses, dejar de perseguir a la oposición y reducir la presencia iraní y china. Si eso no ocurre, la alternativa es la ampliación de las listas de terroristas y nuevos ataques.

Una transición bajo amenaza militar

Para Calle, esta transición no es una restauración democrática sino un proceso tutelado, con premios y castigos administrados desde Washington. Trump y el secretario de Defensa ya advirtieron que podría haber una segunda oleada de bombardeos, mucho más intensa que la anterior. La señal está dirigida especialmente a las Fuerzas Armadas venezolanas, que hoy actúan con extrema prudencia no por convicción institucional sino por supervivencia. Estados Unidos tiene superioridad militar y tecnológica, una infiltración profunda de inteligencia y la capacidad de congelar activos y detener a dirigentes. La cúpula militar, explicó Calle, no quiere terminar presa en Estados Unidos ni perder fortunas acumuladas en actividades legales e ilegales.

Además, no se trata de un ejército profesional clásico. Las Fuerzas Armadas venezolanas están profundamente involucradas en negocios de contrabando, petróleo, narcotráfico y migración ilegal, lo que las lleva a comportarse más como organizaciones que negocian su continuidad que como una estructura militar tradicional. En ese contexto, la operación que capturó a Maduro fue técnicamente impecable: fuerzas especiales estadounidenses, inteligencia precisa, información desde dentro del propio entorno del régimen y una custodia compuesta mayormente por cubanos, lo que refuerza la idea de que el poder real no era venezolano.

Para Calle, el régimen como dictadura omnipotente terminó, pero no comenzó una democracia plena. Las restricciones a la libertad de prensa, los problemas económicos y la ausencia de derechos políticos persistirán durante un tiempo. Lo que sí cambió es el rol geopolítico de Venezuela: dejó de ser un refugio para rivales estratégicos de Estados Unidos como China, Rusia, Irán o las FARC.

La reacción regional fue débil. La izquierda latinoamericana, que durante años evitó condenar al régimen, prácticamente se llamó a silencio. Incluso gobiernos como los de Brasil y Chile habían comenzado a reconocer que Venezuela era una dictadura, aunque Cuba sigue siendo un tema tabú. Al mismo tiempo, Washington observa con atención a Colombia y México. En Bogotá, con Gustavo Petro en retirada, mantiene vínculos fluidos con militares, partidos y servicios de inteligencia. En México, el margen de Claudia Sheinbaum se reduce: la estrategia de “abrazos, no balazos” enfrenta una presión creciente y, si no hay cambios, Estados Unidos podría avanzar con operaciones más encubiertas.

Lo que se está desplegando en Venezuela no es una invasión ni una transición democrática clásica, sino un nuevo modelo de cambio de régimen: una negociación forzada, bajo amenaza militar, con Estados Unidos como árbitro último del proceso.

Autor

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin