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Volver a la naturaleza para volver a ser humanos

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La urbanidad, como constructo de arquitectura social y cultural, es el fruto de una muy amplia red de cooperación y de trabajo mancomunado que requirió desde siempre mucha organización. 

Ideas que han podido ser plasmadas en la materia al transformarse en producto tangible como cemento, tornillos, acero, cables, asfalto, etc. 

Parece una obviedad pero resulta que la constante especialización del trabajo, la permanente tecnificación de la industria, la educación convencional, entre otros factores que hacen al actual modo de producción y sus sociedades complejas, promueve el trastorno de la alienación, fruto del cual nos percibimos como entes separados de los objetos y la naturaleza. 

Toda la red de manos de obra que permitió a los materiales de construcción y cotidianos suministros llegar a su destino desaparece por completo ante nuestros ojos y se manifiesta así como entidad ajena y “extra – terrestre”.

Lo antes descrito corresponde a un fenómeno ampliamente estudiado en Ciencias Sociales y explica las raíces profundas que hacen a la discapacidad que tenemos para superar las deshumanizantes rutinas que nos adormecen y condicionan en el diario vivir. 

La ciudad es nuestra obra maestra cultural en un sendero que desde el año 3.000 a/C no ha parado de crecer y evolucionar hacia formas cada vez más complejas de producción y reproducción de la vida en entornos artificiales. 

No obstante, el 99% de nuestra historia, es decir aquello que bajo la órbita de la evolución natural, nos hizo seres humanos fue dado en entornos de organización  dentro de ecosistemas naturales con tribus nómadas sin jerarquía ni estratificación, más que aquellas que muy específicas circunstancias podían ocasionalmente exigir y de manera temporal muy breve.

Dos millones y medio de años fueron los que la naturaleza requirió para hacernos parte del reino animal en armonía con el entorno y desde el día que aprendimos a domesticar una semilla (7.000 a/C), no hemos podido dejar de perder esa función de equilibrio participante.

El licenciado madrileño, Jesús García Barcala expresa al respecto que:

“Ningún ser vivo está programado por la naturaleza para proteger su entorno conscientemente. Plantas y animales nacen, crecen, se reproducen y mueren sin ningún objetivo aparte del de su propia supervivencia, y nuestros antepasados prehumanos no eran diferentes. Un Australopithecus Afarensis como la célebre Lucy tomaba un fruto de un árbol, comía hasta saciarse, y seguramente tiraba el resto a una distancia no más larga que la que le permitiría la fuerza de sus brazos. Neandertales y Erectus cazarían lo que pudieran sin pensar jamás en la posibilidad de que alguna especie pudiese extinguirse, como le sucedió después a los mamuts debido a la caza masiva por Homo sapiens apenas hace una decena de miles de años. En todo caso, hasta aquellos días, el reducido número de humanos sobre la Tierra limitó el daño y permitió a la naturaleza repararlo a un ritmo más alto del que se producía. Todo cambió con la aparición de la agricultura… Muy pronto los hombres se vieron en la necesidad de robarle terreno a los bosques, ya fuese talándolos o quemándolos, y de transportar el agua a través de acequias o canales… Nuestros ancestros probablemente tenían la excusa de desconocer los daños que provocaban, nosotros no tenemos ese lujo”

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Percibimos una potente connotación pesimista en estas líneas expuestas por el historicismo clásico dejando entrever que la destrucción del medio ambiente aparentemente no es otra cosa más que el resultado de nuestra propia naturaleza, pero ¿qué sabemos en verdad acerca de esas cualidades naturales si es el mismo ser disfuncional quien, desde sus propios condicionamientos se proyecta y observa el pasado? ¿Podemos en verdad saber lo que fuimos sin estar atados a lo que somos?

¿Qué es esto que somos a fin de cuentas?

El neurocientífico Agustín Ibáñez sostiene que: “el ser humano es un ser social, lo que nos hace humanos es la capacidad de entender la mente del otro, pensar en conjunto y empatizar con el otro, eso nos distingue de todas las otras especies sociales, por lo que el cerebro humano está capacitado para hacer grandes cosas, en conjunto, gobernar, construir etc.

Somos seres tremendamente sociales, estamos hiper especializados para capturar lo que los otros piensan y sienten, porque el cerebro está cableado para eso”

Vemos que no está en la descripción precedente nuestro apetito por la destrucción sistemática e impulsiva, que la destrucción de la vida en el planeta no es el resultado obvio de nuestra permanencia en él. El mismo Wikipedia asegura que somos: un “primate caracterizado por el desarrollo de su capacidad intelectual, abstracción, introspección y comunicación de gran complejidad. Seres eminentemente sociales, formando complejas redes asociativas, incluyendo sofisticados sistemas de parentesco”.

Ser humanos es ser capaz de transformar el mundo como resultado de nuestra cualidad cooperativa. Eso es lo único que puede concluirse de lo expuesto. Y las evidencias dejan bien en claro que es lo que hemos venido haciendo de manera constante. Aunque, al tener que padecer tan arraigada la cárcel que representa nuestra enajenación y alienación de la vida, esas transformaciones nos condujeron irremediablemente a la sexta extinción masiva. 

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Me arriesgo a sostener que nuestra especie padece simplemente de una enfermedad mental muy emparentada con la esquizofrenia. Porque alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad describen a la perfección el conjunto de actitudes, hoy naturalizadas aunque las mismas, de naturales no tengan nada.

Vivimos una encrucijada inédita con el cambio climático y más que nunca la naturaleza reclama que pongamos en acción las habilidades que ella forjó en nosotros. La vida nos está reclutando a un viaje de retorno a nuestra re humanización pero ya no como entes de equilibrio inconsciente tal y como sucedió con nuestros ancestros, sino desde un lugar de participación despierta y por ende colectiva y planificada.

Sin ese salto cualitativo la supervivencia se torna un suplicio paulatino de acostumbramiento a la sentencia irremediable de la desaparición. 

Volver a la naturaleza para volver a ser humanos es el desafío del milenio y éste debe dar por tierra al individualismo egoísta y a la existencia de ser meros consumidores explotados. No hay ya más convivencia posible entre humanidad y capitalismo. El planeta concluyó su amorosa espera paciente.

Las condiciones para revertir el actual estado de cosas están bien dadas y hacen a nuestras condiciones y cualidades naturales. 

Lo que hoy somos no es lo que la evolución de la vida esperó como resultado de su accionar. No somos un experimento fallido de la evolución. Somos sapiens que han usado el regalo de la autodeterminación para construir caminos de despilfarro. 

¿Conoce usted la parábola del hijo pródigo?

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