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2020: Más pobres e indigentes

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Carta de Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 13° domingo durante el año 28 de junio de 2020

Este año de pandemia y cuarentena que va transcurriendo nos sumerge en formas singulares de confinamiento, con consecuencias difíciles de proyectar. No podemos anticipar demasiado las consecuencias que esto tendrá para el día después y esto nos genera muchos interrogantes. Es cierto que las formas telemáticas se potenciaron, pero el hambre y la pobreza también, marcando aún más la grieta entre los que pueden sobrevivir este duro momento y los que deben cruzarse al sector de los pobres e indigentes. Lamentablemente nuestro futuro es cada vez más impredecible.

En medio de esta realidad coyuntural, nos quedamos perplejos ante el rapidísimo avance tecnológico, bio-genético e informático que no para. Todo esto tiene una estrecha relación con ámbitos fundamentales para la existencia humana, como la ética, la economía o la misma cuestión social. Lamentablemente a veces el pragmatismo lleva a priorizar de hecho el «hacer sin pensar». No es raro que a veces se resuelvan y ejecuten cosas sin prever suficientemente las consecuencias. De esta manera las opciones que vamos realizando, con frecuencia acarrean serios problemas. Baste notar cómo a la par que los avances tecnológicos nos sorprenden, convivimos con muchísimos niños que están sumergidos en la desnutrición y son incapaces de acceder a un aprendizaje normal. Y a la hora de pensar la educación muchas veces no evaluamos suficientemente los contenidos y valores educativos que favorezcan un desarrollo integral. De hecho, priorizamos una especie de zapping informático y no nos planteamos el sentido de las cosas. Debemos ser conscientes que, sumergidos en la rapidez de los cambios, si vivimos sólo pragmáticamente, corremos el riesgo de deshumanizarnos y generar una crisis que degrada la sociedad y la cultura.

El Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si ́ nos advierte de esta situación. Los efectos negativos del cambio global son signos, «que muestran que el crecimiento de los últimos dos siglos no ha significado en todos sus aspectos un verdadero progreso integral y una mejora de la calidad de vida. Algunos de estos signos son al mismo tiempo síntomas de una verdadera degradación social, de una silenciosa ruptura de los lazos de integración y de comunión social.» (LS 46)

Muchas veces nos preguntamos cuál puede ser nuestro aporte como cristianos en esta hora de la historia. La auténtica contribución de los cristianos inicia con un compromiso serio por ahondar y formarnos en un humanismo compatible con nuestra fe, y desde ahí tener una real apertura y diálogo con nuestro tiempo. Quizá haya dos palabras claves que debemos tener en cuenta que son: «identidad» y «diálogo». El mismo Papa Francisco nos recuerda que «el cristianismo, manteniéndose fiel a su identidad y al tesoro de verdad que recibió de Jesucristo, siempre se repiensa y se reexpresa en el diálogo con las nuevas situaciones históricas, dejando brotar así su eterna novedad.» (LS 121)

En el centro de nuestra identidad como cristianos, está la persona de Jesucristo: Dios hecho hombre. Él es la piedra angular de la creación y de la historia de la Salvación. Es una tarea de cada cristiano comprender la centralidad de Jesucristo en su vida y asociarse libremente a Él. Desde esta reflexión podemos entender la afirmación del texto del Evangelio de este domingo (Mt 10,37-42). «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,3).

Una identidad clara nos permite un diálogo más fecundo con el mundo. Sólo entonces podemos entender que el discipulado debemos vivirlo en el mundo, en la familia, en el trabajo, en la política, en la escuela… El discípulo auténtico es a la vez misionero. Se siente impulsado a afrontar los desafíos del tiempo, iluminando desde Cristo las realidades con tantas penumbras. Nos permite entender que solo la solidaridad hará posible superar las grietas y vivir en paz.

Por la fe podemos comprender esta propuesta del Señor, exigente, difícil de entender y sobre todo de vivir, en este amanecer aún un tanto oscuro. Pero si somos capaces de asumir esta propuesta estaremos transitando un camino de esperanza

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo Domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas.

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