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Ogun: el arte de moldear cuchillos de Misiones al mundo
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En el taller de Andrés Mayol lo primero que uno encuentra es metal, metal pesado. Se respira el aroma al acero forjado, se siente en el ambiente, se escucha metal. Andrés tiene un aspecto fornido, de tipo duro que trabajó más de 20 años con la fragua, el martillo y el yunque forjando cuchillos artesanales. Pero no hay que dejarse engañar, detrás del delantal de cuero, manchado por el trabajo y de sus manos callosas, se encuentra el trabajador más amable de la industria.
“Soy un artesano, artesano cuchillero, no un herrero”, se adelanta a decir, antes de sentarse y contar cómo este Diseñador Gráfico renunció a la docencia universitaria para dedicarse a forjar cuchillos artesanales. “Desde chico me apasionaron los cuchillos, no recuerdo algo que me genere tanta pasión como los cuchillos y es lo que hoy me permite ganarme el pan”, señala.
La amabilidad y humildad de Andrés no son una puesta en escena y son el contraste de la soberbia de sus obras. Ha recibido premios, reconocimientos y fue invitado a importantes exposiciones de armas blancas en todo el país, pero desde su punto de vista, el mejor premio es un cliente satisfecho con su producción. “No hay nada que me genere mayor satisfacción que un mensaje de un cliente que me pasa una foto suya acampando y usando el cuchillo que le fabriqué”, indicó.
De diseñador gráfico a artesano
“En el imaginario colectivo, el artesano suele ser la de esa persona que hace pulseritas, que vive una vida liberada de presiones, despreocupado, un vago. Por eso muchas veces no es valorado o hasta toman de menos nuestro trabajo”, reflexiona Andrés.

Andrés recuerda que siempre le gustaron los cuchillos y la cultura japonesa. “Cuando tenía unos 13 o 14 años, después de mucho rogarle a mis padres, me compraron un cuchillo de una ferretería del centro. Me duró menos de cinco minutos, lo quise clavar en una madera y la espiga del mango se rompió. Ese hecho me marcó y ahí ya me prometí que eso no me pasaría cuando haga mis cuchillos”, comenta con una sonrisa.
Terminó el secundario y se inscribió en la carrera de Diseño Gráfico. Cuando ya le quedaba poco por recibirse, había empezado a realizar adscripciones y tenía una prometedora carrera docente. No obstante, con unas pocas herramientas de la familia decidió armar una espada que siempre quiso, pero que nunca la pudo comprar.
“Era una actividad para desconectarme de los estudios; de pronto empecé a leer en foros, revistas, en aquellos años en muy pocos lugares había internet y costaba conseguir el material teórico para aprender, por lo que arruiné muchos materiales durante mi aprendizaje”, recuerda entre risas.
Andrés es una persona risueña, en cada anécdota termina con una sonrisa o una carcajada. “Una vez que me recibí, tenía la posibilidad de ocupar un cargo como Jefe de Trabajo Prácticos en una cátedra en la Universidad, pero la producción de cuchillos creció y, de alguna manera, sentía que me apasionaba más y tuve que elegir si seguía ligado al diseño o apostaba a la carrera de artesano cuchillero. La docente titular, que me quería mucho y me quería en su cátedra, no lo tomó bien en su momento, jaja”.
A pesar de ser autodidacta en el rubro de la cuchillería, Andrés considera que su carrera universitaria fue elemental para poder aprender sobre su actual oficio. “La universidad me dio herramientas teóricas sobre el método de aprendizaje, así supe cómo y dónde buscar la información que necesitaba; en la academia también tuvimos marketing, algo fundamental para todo emprendedor”, reflexiona.
Ogun
Antes de abocarse exclusivamente a la producción de cuchillos, Andrés consideró que era importante tener una marca. “Al tercer o cuarto cuchillo pensé que debía poner una marca, para que quede la marca en las producciones, fue una de las primeras cosas que hice”, señala. Para ello, eligió Ogun, en honor a una deidad africana de la religión yoruba y Edo, orisha o patrono de los herreros, guerreros, tecnología, cirujanos y de toda profesión que trabaje con metales.

“No quise poner mi nombre, es un camino de ida hacia la vanidad”, ríe Andrés que quiere escapar de todo aquello que haga crecer el ego insanamente. “Recibí premios y reconocimientos en varias exposiciones que los tengo por ahí tirados, para mí el mayor reconocimiento es cuando un cliente me pasa una foto mostrándome que llevó el cuchillo al monte para usarlo o esto”, dice señalando los dibujos encuadrados de su hija.
Como buen artesano, su trabajo es personalizado, no posee matrices y escapa a repetir trabajos de otros y hasta propios. “No me gusta hacer dos cuchillos iguales, dos fundas iguales, algo debo cambiar. Una mañana subí a mis redes una foto de un cuchillo muy bonito que hice y para el mediodía tenía cinco pedidos. Tardé dos días de procastinación, de ir al taller a barrer, patear algo, volver a limpiar y seguir desanimado, darme cuenta que no me inspira hacer algo en serie, me quita el ánimo y lo termino haciendo sin la pasión y el amor que caracterizan a mis trabajos”, remarcó.
Mitos y docencia
Para aprender sobre cuchillos, Andrés tuvo que recurrir a foros, bajar la información en un disquete y llevar a la casa para leer y conocer más sobre ese universo al que se metió a principio del siglo. “No había Facebook, Instagram, ni siquiera internet en todas las casas; nuestras redes sociales era contactarnos en foros y luego en encuentros que se realizaban en Córdoba, Colón y La Rural de Palermo, donde se interactuaba con otros cuchilleros de otras provincias”.
La imagen del cuchillero y herrero siempre estuvo ligada a personas mayores, por lo que en estas ferias todos creían que Andrés llevaba productos de otras personas. “Me preguntaban si vendía los cuchillos de mi viejo o un abuelo y se sorprendían cuando le decía que lo hice yo, con estas manos”, recuerda.
La experiencia y eventuales necesidades de amigos, lo llevaron a enseñar sobre el oficio. Primero a un amigo que necesitaba trabajo y vio la posibilidad de ayudarlo enseñándole el oficio. Luego se sumó un cliente y posteriormente decidió armar un programa de estudio, con material teórico y práctico. “Me salió el maestro ciruela, pero quería que mis alumnos aprendieran de los errores que yo tuve y me costó material y unos malos ratos. Muchos vinieron con esa imagen que le da el famoso programa de televisión (Desafío sobre fuego) y querían hacer cuchillos en acero damasco, pero todavía no habían aprendido a sujetar el metal sobre el yunque con las tenazas. Primero aprendé a pararte, luego caminá despacio y luego recién podés correr”, explica.

Ya el disco de metal que sonaba en la radio terminó, pero la charla continuó. “Si no me orientás, me voy por las ramas y sigo”, ríe Andrés. Ríe mientras cuenta de esa vez que tuvo que armar cuchillos para todo un pelotón que se entrenaba en medio del monte y quedaron maravillados con el cuchillo Ogun del instructor o cuando se peleó con un amigo porque le trae un plano para hacer un cuchillo y le dijo “¿te pensás que soy arquitecto? Ellos trabajan con planos, yo hago cuchillos”.
Andrés trabaja a pedido, forja cuchillos de diferentes usos, con materiales diversos, de acabados delicados y se lo puede encontrar en https://www.instagram.com/ogun_cuchillos/, donde exhibe gran parte de sus producciones.
