La incivilidad como estrategia: el límite cultural del estilo Milei
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En la política, las palabras no son inocuas. Construyen identidades, trazan fronteras y, a veces, degradan el espacio público. Un adelanto del capítulo argentino de la investigación internacional que llevan adelante Patricia Nigro y Mario Riorda, especialistas en comunicación política, pone bajo la lupa un fenómeno creciente: el uso sistemático de discursos de incivilidad desde el poder.
El estudio define la incivilidad como la práctica discursiva que niega la condición identitaria del otro o lo excluye de su ciudadanía, generando un marco de hostilidad que trasciende el disenso legítimo. No se trata de lo que se dice, sino de cómo se dice: exageración, negación de hechos, ataques personales y descalificaciones que buscan deslegitimar al adversario. Y, en el caso argentino, el foco está puesto en el presidente Javier Milei.
Radiografía de un estilo
El análisis de contenido sobre discursos emblemáticos -como la presentación en Davos y la Apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso- detecta cinco rasgos dominantes en la retórica presidencial:
- Deslegitimación del adversario: presentarlo como enemigo, traidor o agente del caos, justificando su exclusión del juego político.
- Concentración del poder: centralidad del líder, minimización de contrapesos y uso de falacias o desinformación.
- Confusión entre campaña y gobierno: persistencia de la retórica electoral incluso desde la gestión.
- Apelación a valores tradicionales o nacionalistas: defensa de un orden moral “natural” con el líder como garante.
- Componente prescriptivo: doctrina única presentada como solución incuestionable.
El patrón que emerge -“deslegitimación más concentración”- proyecta una lógica de excepcionalidad permanente que tensiona los mecanismos de control y complica la construcción de consensos.
Los datos de la encuesta incluida en el estudio son reveladores. Cerca del 40% de los simpatizantes de Milei no se sienten identificados con su estilo y un 37% directamente lo desaprueba. En la oposición, la crítica es unánime.
Más de un cuarto de sus seguidores afirma observar “siempre” rasgos de incivilidad en su discurso, y un 30% lo detecta “frecuentemente”. Este malestar se traduce en consecuencias políticas: casi un tercio admite que podría reconsiderar su voto por “excesos comunicativos”.
La hostilidad y el ataque a opositores o a la prensa no generan habituación. Por el contrario, casi el 45% de sus simpatizantes cree que el estilo refuerza tendencias autoritarias, percepción compartida por la totalidad de la oposición.
La investigación advierte sobre los riesgos de normalizar lo excepcional. Aunque parte de la base electoral de Milei sostiene posturas ideológicas cercanas a la “ultraderecha”, la mayoría de la población -incluidos muchos adherentes- prefiere un estilo “crítico pero respetuoso” o “moderado y conciliador” antes que lo combativo o agresivo.
Este límite cultural es central: el electorado argentino mantiene una alta valoración de la democracia, y aunque un sector admite la posibilidad de soluciones no democráticas en casos extremos, no está dispuesto a aceptar sin costo la erosión del debate público y de la convivencia.
La incivilidad como estrategia puede ser eficaz para consolidar identidades duras, pero tiene retornos decrecientes. Entre los opositores solidifica el rechazo; entre los propios, abre una fisura que, en contextos de gestión sin resultados inmediatos, puede ampliarse. Además, radicaliza a las periferias del debate y encarece la moderación, un insumo esencial para aprobar reformas con múltiples actores de veto.
En palabras del informe, “no hay acostumbramiento a la hostilidad”. Y ese es quizás el hallazgo más significativo: el estilo Milei, que en campaña funcionó como una marca distintiva, en el ejercicio del poder enfrenta límites claros. Límites que no son solo políticos, sino culturales.
En definitiva, el estudio de Nigro y Riorda pone números y categorías a lo que se percibe en la conversación pública: el estilo ya no es gratis. El capital político que se invierte en confrontación permanente puede rendir menos de lo esperado. Y, en la Argentina, la historia muestra que cuando el discurso erosiona el pacto democrático, el electorado tiende a recordarlo en las urnas.
