11 de noviembre: el día en que callaron los cañones de la Primera Guerra mundial
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Cada 11 de noviembre, el mundo recuerda el momento exacto en que cesaron los disparos de la Primera Guerra Mundial. A las 11:00 de la mañana de 1918 -la “undécima hora del undécimo día del undécimo mes”- se firmó en el bosque de Compiègne, al norte de Francia, el armisticio que puso fin a la guerra más devastadora que la humanidad había conocido hasta entonces. Aquel pacto silenció los cañones, pero no las heridas.
Hoy, más de un siglo después, el Día del Armisticio -conocido también como Día de la Memoria o Veterans Day en Estados Unidos- sigue siendo una jornada de reflexión y homenaje a las millones de vidas perdidas en el conflicto.
El disparo que incendió a Europa
El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un disparo cambió el rumbo del siglo XX. Gavrilo Princip, un joven nacionalista bosnio vinculado a la organización Mano Negra, asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa Sofía.
El atentado desató una cadena de alianzas y declaraciones de guerra: Austria-Hungría atacó a Serbia, Rusia defendió a los serbios, Alemania se enfrentó a Rusia y Francia, y la invasión alemana de Bélgica arrastró al Reino Unido al combate. La chispa se convirtió en incendio y el continente entró en la “Gran Guerra”.
Entre 1914 y 1918, más de 70 millones de soldados fueron movilizados. La guerra de trincheras se convirtió en símbolo de una época donde la modernidad trajo nuevas formas de muerte.
“Jugábamos a las cartas en las trincheras, y mientras eso, tu compañero quedaba atrapado en un fuego cruzado y muy pronto estaba muerto”, recordaba un veterano. “Era una vida imposible. Teníamos piojos, no nos lavábamos, y en el invierno había lodo en todas partes”.
La tecnología amplificó el horror: ametralladoras, gases tóxicos y artillería pesada provocaron casi diez millones de muertes militares y millones de civiles. La batalla de Verdún, en 1916, encarnó esa locura: 303 días de combate, más de 700.000 bajas y pueblos enteros borrados del mapa.
El ingreso de Estados Unidos en 1917 inclinó la balanza a favor de los aliados. Alemania, agotada y aislada, pidió el cese de las hostilidades. En una fría mañana del 11 de noviembre de 1918, en un vagón de tren detenido en el bosque de Compiègne, el secretario de Estado alemán Matthias Erzberger firmó el documento que selló la rendición frente al mariscal francés Ferdinand Foch.
El armisticio entró en vigor a las 11:11. La guerra había terminado, pero Europa quedó devastada.
Una paz que no trajo calma
El Tratado de Versalles, firmado en 1919, impuso duras condiciones a Alemania: cesión de territorios, desarme y pago de indemnizaciones. Aquella paz punitiva sembró resentimiento y alimentó el ascenso de los nacionalismos que, apenas dos décadas después, desembocarían en la Segunda Guerra Mundial.
Los imperios austrohúngaro, otomano, ruso y alemán desaparecieron, y el mapa político de Europa se redibujó para siempre.
El vagón CIWL 2419 donde se firmó el armisticio fue trasladado a París como trofeo de victoria. Pero en 1940, Adolf Hitler ordenó devolverlo al bosque de Compiègne y utilizarlo, en el mismo lugar, para la rendición de Francia ante la Alemania nazi. Fue su venganza histórica.
El vagón fue luego llevado a Berlín como símbolo de la revancha alemana, y al final de la Segunda Guerra Mundial desapareció. Se cree que fue destruido por orden de Hitler para evitar que los franceses lo reutilizaran en una nueva capitulación.
El 11 de noviembre es mucho más que una fecha en los calendarios militares. Es el día en que el mundo recuerda que la paz, frágil y esquiva, se construye sobre la memoria de quienes murieron en el barro, entre el humo y el silencio.
Las amapolas rojas que hoy se colocan en la solapa de millones de personas simbolizan esa sangre derramada.
Porque, como escribió el poeta británico Wilfred Owen antes de morir en combate una semana antes del armisticio: “Mi tema es la guerra y la piedad de la guerra. La poesía está en la piedad”.
