Cuando el compromiso empieza después

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La promesa de miles de puestos de trabajo en una pastera procesadora de celulosa de pino, en Corrientes, vuelve a abrir una pregunta incómoda —y necesaria—: ¿a quién se representa, en verdad, cuando se habla desde una banca en el Congreso de la Nación?

La cifra seduce. Siempre seduce. Trece mil puestos de trabajo pronunciados con soltura, como si el desarrollo pudiera resumirse en un número redondo, como si bastara con enunciarlo para que se vuelva incuestionable.

El diputado nacional Diego Hartfield eligió ese camino. Celebrar —con tono entre entusiasta y resignado— la posible instalación de una pastera procesadora de celulosa de pino en la vecina provincia de Corrientes. Como si la noticia fuera propia. Como si el impacto no mereciera, al menos, una pausa.

Pero Misiones no escucha esto por primera vez. Misiones no teoriza: recuerda.

Recuerda el olor penetrante de la celulosa, las discusiones ambientales, las tensiones entre producción y preservación. Recuerda, en definitiva, que no todo crecimiento es neutro, ni todo empleo es inocuo.

Y recuerda, sobre todo, algo que a veces se pierde en el vértigo del discurso: que en términos absolutos es la provincia más verde de la Argentina, núcleo de la selva paranaense, un ecosistema que no admite liviandades ni entusiasmos trasladados.

Por eso, cuando se nos habla de oportunidades en otra geografía, la reacción no es de entusiasmo sino de pregunta: ¿qué se está pensando para aquí?

Porque representar no es comentar lo que ocurre en otra provincia. Representar es pensar en la propia.

Se ha dicho —una vez más— que estas inversiones no llegan a Misiones por la presencia de un “Estado empresario” que compite con el sector privado. La frase, cómoda y repetida, omite lo esencial: en territorios donde el mercado no llega, el Estado no desplaza —habilita.

Allí donde no había innovación, apareció la Escuela de Robótica de Misiones. Allí donde la escala privada no encontraba incentivo, el Estado ensayó herramientas para sostener desarrollo, tecnología y oportunidades. No es ideología: es necesidad.

Pero hay algo más —más silencioso, más revelador— que asoma en este debate. Y es la identidad.

Porque representar no empieza el día en que se asume una banca. Empieza mucho antes, en la manera en que uno se reconoce —o no— como parte de un territorio. Durante años, la figura pública de Hartfield circuló en otros ámbitos, con otros códigos, con otra pertenencia: era “el argentino”. Misiones, en ese relato, aparecía poco.

No está mal trascender la aldea. Lo que resulta, cuanto menos, llamativo, es el regreso súbito al terruño cuando la política lo vuelve necesario. Como si la identidad pudiera activarse a demanda. Como si el arraigo fuera un recurso discursivo.

Y entonces aparece la ironía.

De pronto, la preocupación por el empleo irrumpe con urgencia. Se enumeran miles de puestos de trabajo con la liviandad de quien repite una fórmula probada. Pero el desarrollo no es una cifra, ni una promesa que se celebra a la distancia. Es una construcción compleja, situada, que exige algo más que entusiasmo.

Promover empleo no es celebrarlo cuando ocurre en otra provincia.
Es pensarlo aquí. Diseñarlo aquí. Defenderlo aquí.

De lo contrario, la preocupación suena tardía.
Y lo tardío, en política, suele confundirse con lo oportuno.

Los misioneros no esperamos uniformidad de pensamiento. No esperamos adhesión automática. Esperamos algo bastante más exigente: una visión propia, en sintonía con nuestra realidad. Una representación que no se funda en describir lo ajeno, sino en comprender lo propio y transformarlo en agenda.

Porque en democracia, la representatividad no se declama.
Se ejerce.

Y eso —a diferencia de las cifras— no admite atajos.

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