¿El país más racista de la Tierra? La campaña contra Argentina en el Mundial abrió un debate incómodo
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¿El país más racista de la Tierra? Bastaron seis palabras para incendiar las redes sociales. “The most racist country on Earth“ (“El país más racista de la Tierra”), escribió el reconocido actor afroamericano Samuel L. Jackson al compartir un mensaje en el que pedía que nadie apoyara a Argentina en la final del Mundial 2026.

La frase recorrió el planeta a una velocidad imposible de medir. Fue replicada por millones de usuarios, influencers, medios y cuentas anónimas. Se convirtió en tendencia global y terminó consolidando una narrativa que ya venía creciendo durante el campeonato: Argentina era presentada como un país estructuralmente racista.
No fue un episodio aislado. Durante semanas circularon videos editados, imágenes creadas con inteligencia artificial, recortes descontextualizados, publicaciones falsas y campañas coordinadas que amplificaban cada incidente protagonizado por hinchas argentinos mientras silenciaban hechos similares ocurridos con simpatizantes de otras selecciones.
El fenómeno expuso una realidad inquietante de esta nueva era digital: una mezcla explosiva de algoritmos, inteligencia artificial y polarización puede construir, en pocos días, la reputación internacional de un país entero. Pero una pregunta quedó flotando cuando terminó el Mundial.
¿Somos realmente el país más racista del mundo? Responderla exige salir del terreno de las consignas y entrar en uno mucho más incómodo: el de la historia.
Porque reducir un país de 47 millones de habitantes a un insulto viral resulta tan simplista como negar que en Argentina todavía persisten prácticas discriminatorias.
En ese delicado equilibrio se mueve la reflexión de Nélida Winecke, referente afrodescendiente, docente, escritora y activista por los derechos de la comunidad afro en Argentina, entrevistada por Open1017. Su mirada evita tanto la negación como la condena absoluta.

Un país construido sobre un relato
Winecke sostiene que Argentina fue concebida históricamente bajo la idea de una nación blanca, europea y homogénea.
Ese relato, explica, no nació espontáneamente sino que fue acompañado por decisiones políticas concretas. Una de ellas fue la eliminación de la variable étnico-racial de los censos nacionales durante el siglo XIX, proceso que terminó invisibilizando estadísticamente a la población afroargentina durante más de un siglo.
Durante décadas se consolidó un mito que todavía sobrevive en buena parte del imaginario colectivo: que “en Argentina no hay negros” porque todos murieron durante las guerras de independencia o la epidemia de fiebre amarilla.
La realidad, afirma Winecke, es muy distinta. Los afroargentinos nunca desaparecieron. Fueron invisibilizados.
Los números que rompieron el mito
Recién en el Censo 2010 volvió a incorporarse una pregunta específica sobre afrodescendencia como una prueba piloto.
En Misiones se registraron 3.776 personas afrodescendientes. A nivel nacional fueron cerca de 149.000.
Doce años después, tras campañas de sensibilización impulsadas principalmente por organizaciones civiles, el Censo 2022 contabilizó 302.936 personas que se reconocieron afrodescendientes en Argentina y 9.374 en Misiones.
Para Winecke, el crecimiento no significa que la población afro haya aumentado, sino que más personas comenzaron a reconocerse públicamente como tales.
“Un siglo y medio de ocultamiento no puede revertirse en apenas doce años”, resume.
La dirigente distingue entre una sociedad compuesta mayoritariamente por personas que no adhieren al odio racial y una estructura histórica que todavía reproduce desigualdades.
Su planteo apunta menos a la agresión individual y más al funcionamiento de las instituciones.
¿Por qué casi no existen docentes afro en las universidades? ¿Por qué prácticamente no hay representantes afrodescendientes en los espacios de decisión política? ¿Por qué la historia afro quedó reducida, durante generaciones, a las imágenes escolares del vendedor de empanadas del 25 de Mayo?
Son preguntas incómodas. Y justamente por eso, sostiene, deben discutirse. Para Winecke, la invisibilización también alcanzó la cultura.
Recuerda que géneros como el tango, la chacarera, la samba, el jazz o el blues poseen profundas raíces africanas que rara vez aparecen en los relatos oficiales.
Del mismo modo, señala que durante décadas existieron políticas sociales y culturales orientadas al “blanqueamiento“, donde mezclarse con personas blancas era presentado como una vía de ascenso social.
No se trata solamente de un problema estadístico. También es una cuestión de memoria.
La entrevista deja una definición que probablemente sintetice mejor el debate que cualquier consigna viral.
Winecke rechaza que pueda calificarse a todos los argentinos como racistas.
“Hay un grupo de argentinos que son maravillosos, que somos la mayoría”, afirma, al tiempo que reconoce que todavía existe mucho trabajo por hacer para desmontar prejuicios históricos.
“A nosotros, los argentinos, porque yo soy argentina, mis hermanos son argentinos, mi mamá, mis tíos y mis primos son argentinos… cuando hablamos de los argentinos estamos todos incluidos. Por eso siempre digo que el trabajo antirracista tiene que ser social, comunitario y colectivo. No puede ser solamente de quienes pertenecemos a los colectivos afro, sino de toda la sociedad”.
@manuntaka Una reflexión en el andén!
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Para Winecke, el Mundial dejó al descubierto una discusión que Argentina viene postergando desde hace más de un siglo. “Este Mundial sirvió para que nos pongamos todos a pensarnos como sociedad y a cuestionarnos qué hicimos con nuestras poblaciones afrodescendientes y con los pueblos originarios”, sostiene. La dirigente remarca que el problema no nació en las redes sociales, sino en una construcción histórica que invisibilizó deliberadamente una parte de la identidad nacional.
“Hay que trabajar mucho, sí, pero no podemos poner a todos los argentinos y las argentinas en la misma bolsa. Hay que hacer un trabajo serio”.
Ese último concepto puede funcionar como cierre del debate. La dirigente reconoce la existencia de un racismo estructural que aún deja huellas en la representación política, la educación y la memoria histórica, pero rechaza que un país entero pueda quedar reducido a una etiqueta viral construida en redes sociales. Una distinción que, en tiempos de algoritmos y sentencias instantáneas, adquiere un valor particular.
