¿Las redes están deprimiendo a los jóvenes? La respuesta simple: TikTok en Europa sí, pero Whatsapp en la Argentina, no
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Hay una idea que se instaló con fuerza en la conversación pública: los jóvenes tienen más tecnología, más posibilidades de comunicarse y más libertades que las generaciones anteriores, pero son cada vez más infelices. Las pantallas habrían reemplazado los encuentros personales, las redes sociales alimentarían una comparación permanente con los demás y la ansiedad sería el signo distintivo de una generación que, pese a tenerlo todo al alcance de la mano, parece disfrutar cada vez menos de la vida.
El problema es que los datos no terminan de acompañar ese diagnóstico. O, al menos, no en todas partes, señala el especialista Daniel Schteingart.
El Informe Mundial de la Felicidad 2026, elaborado a partir de la Encuesta Mundial de Gallup, muestra que el deterioro del bienestar juvenil es especialmente visible en algunos países desarrollados, pero no constituye una tendencia universal. América Latina presenta un panorama diferente y la Argentina aparece entre los países con mayores niveles de satisfacción de sus jóvenes.
La diferencia no es menor. Sugiere que algunas interpretaciones sobre la crisis emocional de las nuevas generaciones, construidas principalmente a partir de la experiencia estadounidense y europea, no necesariamente sirven para explicar lo que ocurre en sociedades con otras formas de convivencia, sociabilidad y relaciones familiares.
Argentina, entre los 25 países con jóvenes más satisfechos
El indicador utilizado por Gallup es relativamente sencillo: cada persona debe evaluar su vida en una escala de cero a diez, donde cero representa la peor vida posible y diez, la mejor.
El promedio mundial de los menores de 25 años es de 6 puntos. En la Argentina alcanza 7,1 puntos, una diferencia de 1,1 puntos respecto del promedio global, que ubica al país en el puesto 21 de un universo de 147 naciones.
La comparación internacional resulta particularmente llamativa. Los jóvenes argentinos registran una satisfacción superior a la de sus pares de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Brasil y Chile. También superan a los jóvenes de 15 de los 20 países de Europa occidental incluidos en el relevamiento.
Es decir, vivir en una economía con mayores ingresos, salarios más elevados y mejores indicadores materiales no garantiza necesariamente una valoración más positiva de la propia vida.
Esto no significa que las condiciones económicas sean irrelevantes. Significa que el bienestar subjetivo es un fenómeno más amplio, atravesado por las expectativas, las relaciones personales, la salud, las oportunidades y la manera en que cada sociedad construye sus vínculos.
La particularidad latinoamericana: los jóvenes son más felices que los adultos
La segunda conclusión desafía otra creencia extendida: que las nuevas generaciones están emocionalmente peor que sus padres.
En la Argentina, los menores de 25 años registran una satisfacción de 7,1 puntos, frente a los 6,4 puntos del promedio general de la población. La brecha favorable a los jóvenes es de 0,7 puntos.
Y no se trata de una excepción argentina. En los 21 países de América Latina y el Caribe relevados, los jóvenes manifiestan mayor satisfacción con la vida que el conjunto de la población.
A escala mundial, esto sucede en 120 de 147 países, equivalentes al 82% de los casos.
La situación cambia en las economías anglosajonas desarrolladas. En Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, los jóvenes presentan niveles de satisfacción inferiores a los del resto de la población. En Europa occidental, esa situación aparece en nueve de los veinte países analizados.
La geografía del malestar juvenil, por lo tanto, es mucho menos uniforme de lo que suele suponerse.
La felicidad juvenil argentina no cayó: aumentó
La perspectiva histórica también contradice la hipótesis de un deterioro generalizado.
Al comparar los períodos 2006-2010 y 2023-2025, la satisfacción juvenil aumentó casi 0,3 puntos en el promedio mundial. Mejoró en 85 países y retrocedió en 51.
Entre las naciones que registraron las mayores caídas aparecen Canadá, Estados Unidos, España y Reino Unido. En cambio, buena parte de Asia, Europa oriental, África y América Latina exhibió mejoras.
La Argentina registró un incremento de 0,18 puntos.
Otra serie histórica, proveniente de la Encuesta Mundial de Valores, permite ampliar la perspectiva: entre los argentinos de hasta 29 años, la satisfacción con la vida pasó de 6,7 puntos en 1984 a 7,5 en 2017, último dato disponible de ese relevamiento.
Los resultados no permiten afirmar que todos los jóvenes estén bien, pero sí cuestionan la idea de que existe una caída sostenida y generalizada de su bienestar.
Las redes sociales: no todas producen el mismo efecto
Uno de los aspectos más interesantes del informe es su análisis sobre las plataformas digitales.
Durante los últimos años, buena parte de la discusión sobre salud mental juvenil se concentró en la cantidad de horas frente a las pantallas. Sin embargo, las comparaciones internacionales sugieren que el tiempo de uso, considerado aisladamente, no alcanza para explicar las diferencias de bienestar entre países.
América Latina ofrece un ejemplo significativo: registra un uso intenso de redes sociales y, al mismo tiempo, niveles relativamente elevados de satisfacción juvenil.
La cuestión parece estar menos vinculada con cuánto tiempo se permanece conectado que con qué tipo de relaciones se construyen a través de esa conexión.
Las plataformas orientadas a la comunicación interpersonal, como WhatsApp, muestran asociaciones positivas con la satisfacción con la vida en América Latina. En cambio, aquellas organizadas principalmente alrededor del consumo de contenidos seleccionados por algoritmos, como TikTok e Instagram, presentan asociaciones negativas.
Es una distinción importante. Una herramienta digital utilizada para conversar con amigos, organizar encuentros o mantener el contacto familiar cumple una función social diferente de otra que expone permanentemente al usuario a contenidos, comparaciones y estímulos personalizados.
Pero conviene evitar conclusiones apresuradas: las asociaciones estadísticas no demuestran, por sí mismas, que una plataforma cause felicidad o infelicidad.
El capital social, una fortaleza que no aparece en las cuentas nacionales
¿Por qué América Latina presenta resultados relativamente favorables a pesar de sus dificultades económicas?
Una de las hipótesis más relevantes apunta a la densidad de los vínculos personales.
En sociedades como la argentina, la familia, las amistades, las reuniones y las redes informales de acompañamiento conservan una importancia considerable. Nueve de cada diez argentinos declaran tener a alguien con quien contar frente a una dificultad, una proporción que se mantuvo relativamente estable durante las últimas dos décadas.
También aparece otro indicador de sociabilidad: la Argentina figura entre los países donde compartir las comidas con otras personas es una práctica especialmente extendida.
Estos comportamientos no suelen aparecer en los indicadores tradicionales de desempeño económico. No forman parte del Producto Interno Bruto ni se expresan directamente en los salarios, el consumo o la inversión.
Sin embargo, pueden funcionar como recursos sociales capaces de amortiguar situaciones de incertidumbre, frustración o dificultades materiales.
La comparación con Europa occidental resulta ilustrativa. Allí, distintas investigaciones identifican un retroceso de la confianza interpersonal y de la frecuencia de encuentros entre jóvenes, dos dimensiones estrechamente vinculadas con el bienestar subjetivo.
En términos económicos, podría hablarse de un capital social que no cotiza en los mercados, pero que influye en la calidad de vida.
La paradoja más preocupante: aumenta el suicidio entre adultos jóvenes
El panorama favorable de la satisfacción juvenil argentina convive con un indicador mucho más inquietante.
Entre los adolescentes de 15 a 19 años, la tasa de suicidios disminuyó alrededor del 20% al comparar 2017-2019 con 2022-2024.
Sin embargo, entre los adultos jóvenes de 25 a 34 años ocurrió lo contrario: la tasa aumentó aproximadamente un 25% y alcanzó en 2024 los 13,5 suicidios cada 100.000 habitantes, el valor más elevado de las últimas dos décadas para esa franja etaria.
La tendencia aparece tanto en las estadísticas del Ministerio de Salud como en las del Ministerio de Seguridad, elaboradas mediante sistemas de registro diferentes.
También se observaron aumentos importantes en Brasil y Uruguay, según los datos internacionales recopilados por la Organización Mundial de la Salud.
No existe todavía una explicación concluyente sobre las causas de este fenómeno. Atribuirlo exclusivamente a las dificultades económicas, las consecuencias de la pandemia o el uso de redes sociales sería una simplificación que la evidencia disponible no permite sostener.
Tampoco existe una contradicción estadística necesaria entre ambos fenómenos. La satisfacción promedio con la vida mide cómo evalúa su situación el conjunto de una población. Las tasas de suicidio reflejan situaciones extremas que afectan a grupos específicos y que pueden quedar ocultas detrás de promedios elevados.
Una sociedad puede exhibir niveles relativamente altos de bienestar general y, simultáneamente, atravesar problemas graves de salud mental que requieren respuestas específicas.
Medir mejor para comprender mejor
La principal enseñanza de estos datos es que la discusión sobre el bienestar de los jóvenes necesita escapar de los diagnósticos automáticos.
Ni todos los jóvenes están peor que antes ni las redes sociales tienen efectos uniformes. Tampoco la prosperidad material explica por sí sola la satisfacción con la vida.
La Argentina aparece relativamente bien posicionada en las comparaciones internacionales, pero ese resultado no debería utilizarse para minimizar los problemas que atraviesan determinados grupos de edad.
Hay, además, una deuda estadística: el país no cuenta con una medición sistemática y frecuente del bienestar subjetivo comparable con sus principales indicadores económicos y sociales.
Incorporar estas dimensiones a los relevamientos oficiales permitiría comprender mejor cómo se relacionan las condiciones materiales, las expectativas y los vínculos personales con la calidad de vida.
Porque una economía puede crecer sin que necesariamente mejore la percepción de bienestar de sus habitantes. Y también puede atravesar dificultades materiales importantes mientras conserva recursos sociales que ayudan a sostener la satisfacción con la vida.
La Argentina parece ofrecer una muestra de esa complejidad: jóvenes que, en promedio, se declaran entre los más satisfechos del mundo, pero una franja de adultos jóvenes que enfrenta señales de sufrimiento extremo cada vez más preocupantes.
Entender ambas realidades, sin negar ninguna, es indispensable para construir un diagnóstico serio.
