Ante una nueva forma de riesgo

El derrumbe de la lira turca se convirtió en un caso testigo del fenómeno global de la depreciación monetaria. La mayoría de las “monedas territoriales” (es decir, de las monedas que no son globales, como el dólar, el euro y en cierta forma el yen) perdieron frente al dólar. En el caso de Turquía, el vendaval fue disparado por una medida proteccionista fuerte de Estados Unidos que afecta a las exportaciones turcas. El otrora “aliado estratégico” de Washington en las puertas de Asia y Medio Oriente ahora fue tratado sin tantas contemplaciones. El “Make America Great Again” que prometía -y sigue prometiendo- Donald Trump está más fuerte que nunca, y se consigue a través de la competencia monetaria.
Esta vulnerabilidad cambiaria es un fenómeno difícil de analizar y de comprender. La economía y la ciencia política son dos disciplinas que estudian la realidad a partir de anteojeras nacionales. Admiten lo global (lo que está por encima) y lo local (lo que entra por abajo), y lo estudian, pero siempre en tanto variables exógenas al modelo. Por eso, se trata siempre de un fenómeno que nos toma por sorpresa. Pero hay que despojarse de esas anteojeras y estudiar la dimensión global con mayor fluidez y detenimiento. Más aún, cuando vivimos inmersos en una realidad bimonetaria.
Que algunos economistas y analistas políticos se esfuercen por destacar la importancia de la “dimensión interna” sobre el “factor externo” habla más de su amor por la anteojera que de la realidad. Si tenemos inflación de origen cambiario y no podemos explicarla por la emisión o el proceso de formación doméstica de los precios, y eso está sucediendo en forma simultánea (aunque con diferentes intensidades y velocidades) en países tan diferentes como Turquía, México, Rusia, Chile o Argentina es porque estamos ante un proceso global de magnitud. La incertidumbre surge del hecho de que Washington está actuando en contra del régimen que ella misma ha creado.
La globalización fue posible a partir de la hegemonía de los Estados Unidos, y perdura gracias a la estabilidad y la regulación que Estados Unidos le proveen. El sistema financiero global está valuado en dólares, evaluado en dólares, y regulado en dólares. Las (pocas) instituciones que proveen cierta arquitectura al sistema comercial, monetario y de inversión directa están gobernadas en buena medida por el accionista principal del sistema, que es Washington y su reserva federal. La Casa Blanca no rompe el sistema (no tendría el poder de hacerlo) pero juega con él para fortalecer sus intereses relativos. El resultado esperado de la era Trump, caracterizada por la competencia estratégica con las potencias emergentes (y con sus aliados históricos), el proteccionismo y la aspiradora de dólares (de la tasa de interés) es un Estados Unidos más fuerte que antes.
En este contexto, algunos analistas desde Washington están planteando una nueva forma de medir el riesgo cambiario y soberano. Dado que los mercados son impredecibles y las monedas se deprecian frente al dólar, es más importante que antes contar con las reservas monetarias en dólares para hacer frente a los vencimientos de la deuda. Es decir, observan la relación entre reservas y deuda. En tiempos de apogeo de la globalización financiera, los “fierros” macroeconómicos e institucionales de la refinanciación (deuda en relación al PBI, estabilidad, competitividad, calidad institucional) parecían ser los datos centrales; en un esquema de vulnerabilidad cambiaria, hasta países como Chile aparecen en la lista de los países de riesgo.
Si estos son los términos del análisis, uno de los grandes aciertos de la gestión del BCRA desde 2016 fue la recomposición de las reservas. Y a partir de ahora, deberá ser evaluada por su capacidad de sostenerlas.
Smiling George Washington

 
 
 

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