Augusto Speratti: “Nos torturaron para que olvidemos, pero sobrevivimos para contar”
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Augusto Gilberto Speratti tenía apenas 14 años cuando empezó a militar. Lo hizo, como tantos otros jóvenes de su generación, desde el barrio, entre reuniones, debates políticos y tareas comunitarias.
“Nos iniciamos en la militancia con compañeros un poco mayores, dentro del peronismo revolucionario, el ala más combativa”, recuerda. Aquellos años previos al golpe estaban atravesados por la organización barrial, el trabajo con comisiones vecinales y una fuerte vocación pedagógica: “Lo principal era la toma de conciencia. Queríamos que la gente supiera lo que pasaba en la Argentina y en América Latina”.
Era una militancia que combinaba lo territorial con lo estudiantil. Speratti trabajaba en un comercio durante el día y por la noche cursaba en el Colegio Nacional. Integraba, además, la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), donde acompañaban reclamos y situaciones de injusticia.
“Nos organizábamos para defender derechos, incluso cuando alguna compañera era vulnerada. Salíamos a manifestarnos. Esa era nuestra política”, explica.
El clima regional también marcaba el pulso: dictaduras en Chile, Brasil y el avance del Plan Cóndor anticipaban lo que vendría.
La madrugada del secuestro
El golpe lo encontró con 19 años, una compañera y una hija de apenas siete meses. La madrugada del 24 de marzo de 1976 cambió su vida para siempre.
“A las cinco de la mañana irrumpen en mi casa. Eran unos 20 hombres, de civil, armados. Me sacaron prácticamente en ropa interior”, relata.
Fue trasladado al Departamento de Informaciones de la Policía, en Posadas. Desde ese momento comenzó un circuito de violencia sistemática.
“Me tiraron al piso, me pateaban, me golpeaban. Ya desde ese traslado recibí torturas”, cuenta. Vendado, sin poder ver, apenas podía reconocer voces o intuir movimientos.
Allí comenzó el primer interrogatorio. Buscaban nombres, vínculos, estructuras. “Querían saber quiénes éramos, quién lideraba, dónde estaban los mimeógrafos. Nuestro ‘arsenal’ eran libros y revistas”, dice.
El testimonio de Speratti expone con crudeza el funcionamiento del aparato represivo.
“Me desnudaron, me pusieron sobre una mesa y me empezaron a pasar picana en la cabeza y en los testículos. Mientras tanto me interrogaban”, recuerda.
Las sesiones de tortura eran constantes, alternadas con golpes, amenazas y simulacros de ejecución. La violencia no era sólo física, sino también psicológica.
“Me decían que tenían a mi compañera y a mi hija, que les iban a hacer de todo. Eso era lo que más me desesperaba”, relata.
En un momento, fue trasladado a lo que luego identificaría como la “Casita de los Mártires”, un centro clandestino de detención en Posadas. Allí permaneció colgado durante horas, atado de pies, sometido a golpes, quemaduras y picana eléctrica.
“Estábamos como bolsas de boxeo. Nos torturaban por turnos. Perdí el conocimiento varias veces”, dice.
La escena que describe es brutal: torturadores que entraban en grupo, una cadena de mandos reconocible por la voz, radios encendidas para tapar los gritos, y una lógica de deshumanización total.
Tras días de tortura, Speratti fue devuelto al Departamento de Informaciones y luego trasladado al penal de Candelaria.
“Allí creíamos que iba a ser distinto, pero también había torturas. Sacaban compañeros de noche, los golpeaban”, recuerda.
Pasó por distintos lugares de detención, incluyendo la cárcel de Resistencia, en Chaco. En total, estuvo detenido cerca de un año.
Su liberación llegó en el marco de presiones internacionales por los derechos humanos durante el gobierno de Jimmy Carter en Estados Unidos. Pero no fue una libertad plena.
“Salimos en libertad vigilada. Teníamos que ir todos los meses al regimiento a firmar. No podíamos salir de la provincia”, explica.
El regreso y el miedo
Volver a la vida civil no fue inmediato. El miedo persistía.
“Al principio no militábamos. Había terror. Recién en los años 80 empezamos a reorganizarnos”, cuenta.
Con el retorno de la democracia, Speratti volvió a la actividad política y a la militancia en derechos humanos. Desde entonces, su compromiso se mantiene intacto.
Hoy, como referente de memoria en Misiones, insiste en la necesidad de transmitir lo vivido a las nuevas generaciones.
“La política es necesaria para todo. Es la herramienta para cambiar la realidad”, sostiene.
Y deja una definición que atraviesa su historia: “Estoy convencido de que nuestra generación luchó por una sociedad más justa, por un país libre, justo y soberano”.
También advierte sobre los riesgos del negacionismo:
“Tenemos que conocer nuestra historia reciente. Esto no fue un error: fue un plan sistemático de secuestros, torturas y desapariciones”.
Speratti rechaza la idea de que en Misiones “no pasó nada”.
“En Misiones no hubo guerrilla, pero sí hubo represión. Fueron perseguidos especialmente los integrantes de las Ligas Agrarias”, afirma.
Recuerda casos emblemáticos:
- Pedro Peczak, dirigente agrario ejecutado
- Susana Ferreira, docente
- Carlos Pérez Rúa, militante peronista
- Miguel Ángel Sánchez, estudiante secundario asesinado tras torturas
Y agrega: “Fuimos cientos los secuestrados y detenidos. Más de 60 misioneros fueron asesinados o desaparecidos en todo el país”.
A medio siglo del golpe, Speratti no duda cuando se le pregunta si cambiaría algo.
“Lo volvería a hacer. Sin duda”, afirma.
Su respuesta no es épica ni retórica: es la síntesis de una vida atravesada por la militancia, el dolor y la memoria “Lo que hicieron nuestros compañeros no puede quedar en vano. Costó mucha sangre”, concluye.
