Alejandro Pegoraro

Director de Consultora Politikon Chaco

Desinflación en marcha ¿Es suficiente?

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En los últimos años, nos acostumbramos, si vale la expresión, a vivir bajo un régimen de alta inflación que alteró notablemente la vida económica de los argentinos. Aún en procesos de expansión de empleo, el valor de la moneda se perdía e impedía incrementar niveles de calidad de vida ante la imposibilidad de ahorrar o, incluso, de consumir más. 

Hubo momentos, pocos, donde el salario, vía indexación, podía rendir un poco más, y se contenía la pérdida de poder adquisitivo vía otros mecanismos como ser subsidios, por ejemplo, que permitían destinar una parte menor del salario en servicios públicos u otros para poder usarlos al consumo del hogar. 

Esto tornó insostenible a la macro nacional pero también impactaba en la economía real, naturalmente. La solución, entonces, como ya incluso lo había dicho Mauricio Macri allá por 2015, era terminar con la inflación. La premisa parecía obvia: bajar inflación era terminar con prácticamente todos los problemas económicos de la sociedad.

Los simpatizantes del actual gobierno nacional sostienen, aún hoy, esa premisa. Celebran el dato de inflación como si, automáticamente, eso repercute en una mejora de la calidad de vida de la gente. Sin embargo, no es el único factor que está actualmente en juego y tampoco vino a ser la solución definitiva. 

Primero, hay que dejar claro lo siguiente: que la inflación transite un sendero a la baja es altamente positivo. No hay dudas que un proceso de desinflación, con los datos que conocimos esta semana, es una herramienta fundamental para que el país transite caminos de normalidad y para que se estabilice el escenario nacional. Pero solamente con bajas la inflación no alcanza: el Estado debe necesariamente articular políticas que permitan a la ciudadanía disfrutar, por llamarlo de un modo, de ese descenso en la velocidad de suba de precios. 

El 1,5% de inflación de mayo es la suba más leve desde 2020 para el país. Datazo. Pero ¿qué nos dicen otros datos vinculados a la calidad de vida? También esta semana conocimos los datos del empleo registrado que corresponden al mes de marzo: cayó 0,1% mensual que equivale a 12.729 empleos menos que en febrero de este año. Veamos por modalidad: el sector privado formal cayó 0,1% y perdió 7.310 empleos; el sector público tuvo una variación de -0,02% que significa 802 empleos perdidos; el empleo registrado en casas particulares descendió 0,2% con -870 puestos de trabajo. En el sector independiente, los autónomos cayeron 0,5% (-1.990 empleos), los monotributistas, en cambio, crecieron 0,2% sumando 5.091, y los Monotributistas Sociales descendieron 2,8% (-6.848 personas). 

Habrá algunos que quizás argumenten que el dato puntual de marzo, que había sido malo para la economía con una baja sustancial del EMAE, en parte por la incertidumbre ante la inminente corrección del esquema cambiario (que se dio finalmente en abril) no debe ser tomado como una generalidad. Pero hay dos cosas que agravan la situación del empleo: la trayectoria y las expectativas.

¿A qué nos referimos con la trayectoria? Si tomamos los datos de marzo 2025 respecto a noviembre 2023, el mes previo al cambio de gobierno, de modo tal de analizar globalmente todo el período del actual gobierno nacional, la pérdida de empleo fue importante: el total del empleo registrado (excluyendo el monotributo social por cambios administrativos en su régimen) bajó 0,9%: son 116.680 empleos menos. En ese marco, el sector privado está 1,8% por debajo de antes del inicio de la era Milei con 115.353 empleos perdidos; el sector público -1,7% y 58 mil empleos menos; en casas particulares -4,8% (-22.111) y por el contrario, creció el registro en los independientes: Autónomos +1% y Monotributistas +3,7%, sumando en conjunto 78.994 empleos. Aun suponiendo que una parte de las personas con empleo en el sector privado o público se haya reconvertido en monotributista, el saldo global es altamente negativo. 

Es decir, aun con un proceso de desinflación muy importante y con mejoras en las condiciones macro, el empleo sufrió mucho y no mostró señales claras de recuperación sostenida.

Vamos a lo otro, ¿a qué nos referimos con expectativas? Marzo fue malo, sí. Pero parece que abril podría ser parecido. La misma Secretaría de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, en la Encuesta de Indicadores Laborales (EIL), el nivel de empleo privado registrado es -0,2% respecto a marzo. El EIL, que se puede considerar como un proxy de los registros de SIPA, releva a empresas de más de diez personas ocupadas en once aglomerados urbanos del país. La caída que presenta en abril de 2025 es la tercera consecutiva y es además más elevada que en los meses previos. Ese -0,2% global está contenido por GBA, pero es más grave si miramos hacia adentro del territorio nacional: en los aglomerados del interior marcó -0,4%. Al ver el EIL analizado por tamaño de empresa, en las pequeñas de 10 a 49 personas ocupadas la caída es del -0,5%. Pero hay un dato que pasó un poco por alto de la agenda económica que es preocupante: la tasa de despidos en abril 2025 se ubicó en su mayor nivel del último año. Esto naturalmente provoca que las expectativas en torno al empleo no sean favorables para el corto plazo. 

Volviendo al tema inicial: bien por la desinflación, pero sin mejora de empleo y principalmente, recuperación de lo perdido en este proceso, los beneficios en precios no se pueden ver reflejados en mejora de calidad de vida. 

La otra pata de esta discusión es el salario: en abril de 2025, el promedio de los salarios privados en SIPA tuvo una disminución del 1,6% mensual real y ya acumula tres meses consecutivos de caída (-0,2% en febrero y -2,6% en marzo). De esta forma, se ubicó en igual nivel de noviembre 2023 pero con una diferencia: habría logrado estar arriba del mismo entre septiembre 2024 y marzo 2025, por lo cual no está atravesando un sendero de recuperación sino por lo contrario, de nueva pérdida. 

Por otro lado, el promedio de los salarios de convenios colectivos de trabajo en abril sigue por debajo de niveles de noviembre 2023 en un 3%, por lo que no tuvieron recomposición salarial.  Si a esto le sumamos el hecho de que, en marzo, el salario en el sector público mostraba caída del 16,7% respecto a noviembre de 2023, se fortalece más el punto. 

Recapitulemos: el empleo no logra un proceso sostenido que le permita recuperar lo perdido y los salarios siguen en sendero bajista que se traduce, pese a la desinflación, en caída del poder adquisitivo. Esto, a su vez, se traslada inevitablemente a un consumo más débil aunque con algunas paradojas: se observa una fuerte dicotomía entre el consumo masivo (que no recupera) con los bienes durables (que están volando). ¿Qué significa esto? Los durables como ser electrodomésticos, automóviles, escrituraciones e incluso turismo están teniendo crecimientos muy importantes en el último tiempo; pero por el otro lado, los indicadores de venta en supermercados, autoservicios, minoristas pymes y consumo masivo siguen sin lograr recuperarse, ubicándose en todos los casos por debajo del nivel de noviembre 2023. 

Es decir, algunos pueden consumir más y se vuelcan a los durables, que son seguramente los que tenían poder de compra incluso con la crisis (y por ende no se modificó su comportamiento en la compra de masivos) pero los que no logran recuperar su poder adquisitivo (o su ingreso, en el caso de los que quedaron sin empleo) disminuyen sistemáticamente su canasta de consumo de bienes básicos. En otras palabras, una gran parte de la población compra menos, no porque los precios suban mucho, sino porque aún con precios relativamente estables, no le alcanza para aumentar su volumen de compra. 

En términos generales, aunque más aplicado a los bienes de consumo básicos, hay una evidente paradoja: los precios suben menos, pero la calidad de vida no mejora. Esto pone en evidencia que la desinflación, por sí sola, no implica bienestar. Es una condición necesaria, sí, y por ello se celebra el proceso. Pero esta estabilidad de precios necesariamente debe estar acompañada de mejoras en la situación del empleo y de salarios reales.

Reducir la inflación es clave, sin dudas. Pero lograrlo sin que la mayoría de la población lo sienta como una mejora concreta en su vida puede hacer que ese esfuerzo, por más consistente que sea, pierda legitimidad. Aunque la ideología libertaria no esté de acuerdo, el rol del Estado en acompañar procesos de recomposición de ingresos (como por ejemplo, no ponerle techo a paritarias en 1% cuando la inflación no llegó a ese nivel) y de creación de empleo (por ejemplo, obra pública) es clave para que la mejora en las condiciones macro tenga su impacto a nivel social. 

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Empresas: el motor misionero en tiempos complejos

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En medio de la inestabilidad económica a la que nos tiene acostumbrados la Argentina, uno de los desafíos más urgentes —y muchas veces poco visibilizado— tanto para el país como para las provincias, es sostener su entramado productivo mediante, primero, el sostenimiento y, luego, la expansión de empresas activas que no solo generan empleo, sino que impulsan inversiones y le dan dinamismo a la economía local. Pero, sobre todo, son una señal clara de resiliencia frente a contextos adversos.

Es harto sabido que las empresas, en particular las pequeñas y medianas, son el corazón económico de muchas (por no decir todas) provincias argentinas. Pero aquí pueden encontrarse algunas sutilezas: en los grandes centros urbanos del centro del país, la concentración de capital y consumo define buena parte de la actividad, mientras que en las provincias, muchas veces, una sola empresa —como una fábrica, un aserradero, una firma exportadora o una pyme tecnológica— no solo genera empleo directo, sino que arrastra consigo una red de proveedores, contratistas, comercios y servicios conexos. Se convierten así en una pieza imprescindible del tejido económico y social, pero también de la política fiscal local: provincias con una estructura empresarial sólida tienen mayor actividad económica, lo que redunda en mejores niveles de recaudación en sus distritos.

En este sentido, Argentina presenta una densidad empresarial baja en comparación con otros países. En 2024, había unas 12 empresas cada 1.000 habitantes, un número significativamente inferior al promedio de países como México (40 empresas cada 1.000 habitantes) o los países de la Unión Europea (72). Esto, sumado a que el stock total de empresas en Argentina viene mostrando una tendencia decreciente, representa una problemática que obstaculiza el desarrollo económico nacional.

En contextos nacionales históricamente desafiantes, volátiles y altamente inciertos, la provincia de Misiones mostró signos de resiliencia económica. No estuvo exenta de los impactos de cada crisis, pero supo sostener una estructura que permitió amortiguarlos y, a la vez, propició una recuperación más rápida. Un primer ejemplo de esto se dio durante la pandemia: un golpe que se sintió en todo el país, pero del que Misiones comenzó a recuperarse con mayor celeridad que otras regiones. En los primeros meses de la crisis se cerraron casi 100 empresas, pero hacia fines de ese mismo año se habían abierto 184. Esto no es otra cosa que una potente demostración de capacidad de resistencia y despegue.

Misiones se destaca en la región del NEA por su liderazgo en cantidad de empresas y empleo. En particular, concentra el 36% del total de empresas de la región. Esto se explica por una economía diversificada, con fuerte peso del comercio y los servicios, pero también de la industria, que genera un movimiento de cadena fundamental para la vida económica misionera. En este marco, la provincia mostró un crecimiento sostenido en la creación de empresas en la última década: entre 2013 y 2023, el volumen creció un 10%.

El año 2024 presentó fuertes complejidades, marcadas por una feroz recesión que se llevó consigo muchos empleos y empresas. De hecho, entre noviembre de 2023 y mayo de 2024, se cerraron 220 empresas en la provincia. Sin embargo, a partir de allí volvió a evidenciarse la resiliencia de Misiones: de manera lenta pero sostenida, comenzó a recuperar lo perdido, logrando sumar 156 nuevas empresas hacia fin de año. Naturalmente, algunos sectores se recomponen más rápido que otros, pero lo relevante es el saldo global positivo.

El 2025 marca un rumbo que permite cierto optimismo: la cantidad de empresas, hacia abril, crece un 1,7%, con un desempeño parejo entre los distintos sectores, aunque algunos encabezan el proceso. Por ejemplo, el sector de Información y Comunicaciones crece 5,3%; las Asociaciones, 3,4%; los Servicios Inmobiliarios y los Servicios Profesionales, 3,1% cada uno; y las Actividades Administrativas y de Apoyo a Empresas, 2,5%. También hay crecimiento en sectores claves de la economía local: el Comercio aumenta un 1,7% y la Industria Manufacturera, un 2,6%.

En este contexto, solamente dos sectores muestran descensos: la Construcción y la Explotación de Minas y Canteras. Sin embargo, hay cierto optimismo, especialmente en el primer caso, de que la situación pueda revertirse en el mediano plazo si continúa el proceso de expansión del sector privado. No obstante, resulta igualmente importante que la Nación retome el financiamiento de obra pública para dinamizar el sector. En relación con esto, la ejecución de obras por parte del Estado nacional en la provincia (que incluye edificaciones, infraestructura, etc.) acumulada a mayo se ubica un 64% por debajo de los niveles de 2023, por lo cual aún queda mucho por recomponer en materia de inversión nacional.

En el plano regional, Misiones muestra una dinámica de crecimiento superior a otras provincias del NEA en 2025: su alza del 1,7% es mayor que la de Corrientes (0,2%) y contrasta con la baja del 1,2% que presenta Chaco. Nuevamente, se evidencia una diferenciación positiva de Misiones respecto de su entorno.

Así como es relevante entender qué sectores están traccionando la recuperación, también lo es analizar ese proceso por tamaño empresarial: entre diciembre de 2024 y abril de 2025, las empresas de hasta 10 empleados se mantienen estables, pero las que tienen entre 11 y 40 trabajadores son las que impulsan el crecimiento, con una suba promedio del 3,4%.

Detrás de estos datos, hay una articulación entre un perfil empresarial con capacidad de reinvención y un marco de políticas públicas provinciales orientadas al desarrollo del sector privado, con instrumentos clave como incentivos fiscales, financiamiento y acompañamiento en la gestión. En tiempos de crisis, las empresas no solo son un termómetro de la economía, sino que, ante todo, constituyen un motor fundamental para la recuperación y el crecimiento.

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El dólar colchón ¿motor del consumo?

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A medida que avanza el programa económico del Gobierno nacional, surgen nuevas iniciativas orientadas a profundizar la corrección macroeconómica y a fortalecer el proceso de bimonetarización de la economía, o, como algunos lo llaman, de dolarización endógena. Estas propuestas, naturalmente, no están exentas de polémica.

En las últimas semanas, en el marco del doble objetivo de “dar más libertad a los argentinos” y “remonetizar la economía”, el Gobierno lanzó el denominado Plan de Reparación Histórica de los Ahorros de los Argentinos. El propósito es que los ciudadanos comiencen a movilizar los ahorros que durante años estuvieron fuera del sistema financiero. El llamado “dólar colchón” no es una figura abstracta: estimaciones públicas y privadas coinciden en que, entre cajas de seguridad, cuentas en el exterior y billetes guardados en domicilios, los argentinos conservan entre 200 y 270 mil millones de dólares

Se trata de una expresión inequívoca de la desconfianza estructural que imperó en la Argentina durante décadas, y que ahora se busca revertir a través de un marco normativo más flexible que el vigente hasta hace poco.

La lógica del plan es relativamente sencilla en lo conceptual: una vez estabilizada la macroeconomía, con inflación en retroceso y un tipo de cambio sostenible, se pretende remonetizar la economía apelando a esos ahorros no declarados. El objetivo es que estos se integren al circuito económico, convirtiéndose en un motor de reactivación del consumo y la inversión. 

Sin embargo, la gran incógnita es: ¿eso puede suceder? La respuesta es afirmativa, pero requiere condiciones muy concretas.

La primera es imprescindible: avanzar en las modificaciones normativas que permitan utilizar dinero no declarado sin penalización. La segunda, establecer reglas de juego claras y sostenibles en el tiempo, algo que el Gobierno insiste en garantizar. La tercera, ofrecer incentivos concretos al consumo y la inversión, para evitar que esos fondos sean simplemente dilapidados. Si estas condiciones se cumplen, podríamos estar ante un escenario donde los dólares ahorrados comiencen a circular, generando un efecto dinamizador en sectores clave como los bienes durables, la construcción y el turismo.

Comprender dónde podrían producirse los mayores impactos es clave para entender la lógica del esquema. Algunas críticas apuntan a que el consumo no se vería beneficiado, con el argumento de que quien hoy no consume tampoco tiene dólares ahorrados, ya que lo que le falta es dinero. Pero partir de esa premisa sería erróneo. Es evidente que quienes tienen ahorros no los destinarán al consumo básico, pero sí podrían canalizarlos hacia sectores con capacidad de arrastre sobre el resto de la economía.

Como señalamos: bienes durables, construcción y turismo. En el primer caso, el uso del “dólar colchón” podría reactivar la cadena de electrodomésticos o la compra de vehículos, rubros que ya están mostrando señales de recuperación gracias a la reaparición del crédito. Esta dinámica, a su vez, impactaría positivamente en el empleo y los ingresos de los trabajadores de estos sectores. En turismo, el efecto podría sentirse tanto en la demanda de viajes como en pequeñas inversiones hoteleras y gastronómicas. La construcción, por su parte, se vería beneficiada tanto en obras menores (como ampliaciones de viviendas) como en desarrollos más ambiciosos.

El impacto en las provincias no sería homogéneo, pero sí puede resultar positivo en la mayoría. En aquellos territorios con menor bancarización y limitado acceso al sistema financiero, el “dólar colchón” cumple una doble función: reserva de valor y fuente latente de consumo. Este fenómeno es más marcado aún en zonas de frontera o con alta informalidad comercial. Si mejora la confianza, esos dólares podrían dinamizar sectores rezagados, desde la construcción hasta el comercio.

Además, si esos ahorros se canalizan hacia los bancos -de forma directa o indirecta- también podrían transformarse en crédito para el consumo o la producción. De hecho, ya se observa a entidades financieras ofreciendo cuentas remuneradas o plazos fijos en dólares. El siguiente paso será ofrecer líneas de crédito con condiciones más favorables que las del pasado reciente.

Desde el punto de vista de las provincias, el plan genera un doble interés. Por un lado, la adhesión al esquema permitirá el acceso a información tributaria clave para una mejor administración fiscal. Por otro, el impacto económico puede derivar en mayores niveles de consumo, actividad económica y, en consecuencia, una mejora en la recaudación impositiva en un contexto de creciente preocupación por la caída de ingresos.

Catamarca y Tucumán ya firmaron los convenios con la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), y Misiones está próxima a hacerlo. En esta última, la expectativa es particularmente alta. Misiones posee un fuerte potencial de crecimiento económico a partir de pequeñas y medianas inversiones que podrían emerger con esta “liberación” del dólar colchón

La construcción es uno de los sectores que más podría beneficiarse, especialmente por inversiones privadas de escala media que dinamizarían el rubro de forma decisiva. En turismo, la oportunidad es aún mayor, dada la ventaja comparativa de la provincia en este ámbito, con un impacto directo sobre toda la cadena de valor, desde la infraestructura hasta el consumo.

El mercado automotor también podría consolidar su recuperación, que ya se viene observando en los primeros meses del año. El comercio, en general, podría ver una reactivación tangible, especialmente si se fortalece la formalización de las operaciones.

Desde el punto de vista fiscal, el impacto también sería significativo. Cada transacción formal genera recaudación, y la clave hoy no es recaudar más, sino recaudar mejor. La caída interanual del 1,1% en la recaudación del IVA durante mayo —que afecta la coparticipación— es un dato que enciende alarmas. En paralelo, el consumo informal reduce también los ingresos provinciales. El plan apunta a revertir esta tendencia, eliminando trabas burocráticas que desalientan la formalización. El caso paradigmático es el de los supermercados, donde se cortaban tickets para evitar declarar montos exigidos por los organismos de control. Estas prácticas, lejos de ser anecdóticas, reflejan una estructura de desincentivos que el nuevo esquema busca corregir.

Como todo plan orientado a movilizar capitales no declarados, el riesgo existe y debe ser cuidadosamente gestionado. Pero, en términos generales, los beneficios potenciales parecen superiores. El plan podría constituir, si se dan las condiciones adecuadas, el impulso que necesita la economía para reactivar uno de sus motores clave: el consumo.

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Potencia exportadora: Misiones y un perfil agroindustrial que hace la diferencia

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Como se ha señalado en más de una ocasión, Misiones cuenta con una fortaleza en sus características productivas y exportadoras que la distingue dentro de la región del NEA: un perfil marcadamente agroindustrial, en contraste con la matriz primarizada de las otras provincias del nordeste. Históricamente, productos como la pasta para papel y celulosa, el té, la yerba mate, el tabaco Burley y los productos forestales han sobresalido en el catálogo exportador misionero. A esto se suma un rasgo distintivo: si bien se trata de bienes de origen natural, en su mayoría atraviesan procesos de industrialización que les otorgan un mayor valor agregado.

Sin embargo, junto a estas ventajas, también persisten ciertos desafíos. La matriz exportadora provincial muestra una alta concentración: más del 80% de las ventas externas se explica por menos de cinco posiciones arancelarias. Aún más relevantes son las dificultades logísticas, que no solo complejizan el proceso de exportación, sino que además lo encarecen. En este sentido, la reactivación del Puerto de Posadas comienza a corregir parte de estas distorsiones y abre una oportunidad para mejorar la competitividad de las exportaciones misioneras.

Dicho esto, volvamos sobre la principal característica misionera: un perfil industrializado que es superior en la región del NEA. Este punto es relevante por más de una razón. En primer lugar, un perfil manufacturero agroindustrial conlleva mayor valor agregado y mejores ingresos, debido a que los productos industrializados incorporan procesos productivos que aumentan su valor de mercado, lo que equivale a decir que por la misma cantidad de materia prima, se obtiene más ingreso. A la par, se produce mayor generación de empleo más calificado y sostenido: la producción agroindustrial requiere más mano de obra que la producción primaria, un empleo que además suele ser más formal, mejor remunerado y estable. Una economía más industrializada tiende a crear puestos de trabajo más diversos, desde operarios hasta técnicos e ingenieros.

Desde el punto de vista de la exposición a los escenarios internacionales, un perfil mayormente agroindustrial tiene menor (aunque no nula) vulnerabilidad a los precios internacionales

Las provincias con alto perfil primarizado están altamente expuestas a fuertes oscilaciones de precios en los mercados internacionales, como la soja, donde si bien hay tiempos de fuerte bonanza, también hay las de fuertes caídas. 

En cambio, los productos con valor agregado tienen precios más estables. Si bien no están exentos de volatilidades de precios, como pasó esta temporada en Misiones por caída en precios internacionales, están algo menos expuestos que otras economías. 

Desde el punto de vista del “derrame”, los procesos agroindustriales generan mayores efectos multiplicadores en la economía local: demanda insumos, servicios logísticos, tecnología, transporte, energía, etc., que fortalecen el tejido productivo provincial y generan mayores oportunidades para pequeñas y medianas empresas.

Hay muchas más razones para indagar pero, en resumen, un perfil exportador agro industrializado no solo mejora las condiciones económicas generales sino que crea condiciones para un desarrollo más equilibrado, inclusivo y sustentable. En ese sentido, Misiones tiene una ventaja relativa frente a otras provincias del NEA. 

¿Cómo vemos reflejado esto en los datos? Hay dos formas directas de ratificar la posición agroindustrial misionera en la región. En primer lugar, su importancia relativa en las exportaciones manufactureras. En el primer cuatrimestre, Misiones concentró el 57% de las manufacturas agropecuarias del NEA y el 79% del total regional en las industriales

Por ende, Misiones explicó el 64% del total de manufacturas exportadas por el NEA, ratificando y fortaleciendo al mismo tiempo su perfil exportador en la región. Este grado de participación manufacturera misionera sobre la región no es nuevo, sino que es constante a lo largo de los años. 

En segundo lugar, el impacto del valor agregado se da por el lado de los precios promedio de exportación, un indicador clave para entender la calidad, el posicionamiento y el valor de lo que la provincia vende al mundo. No se trata solo de cuánto se exporta en términos de volumen, sino de cuánto se gana por cada unidad exportada. Un precio promedio alto suele indicar que el producto exportado no es simplemente una materia prima, sino que ha pasado por procesos de industrialización, mejora de calidad, empaque, diseño o certificación. 

Además, son un indicador de posicionamiento competitivo en mercados internacionales, a la par que tener mayores precios promedio suele traducirse en mejoras de recaudación y en mayor rentabilidad para las empresas, entre otras cosas.

Los datos de 2025 muestran que Misiones lidera la región en este indicador, con un precio promedio de USD 667,5 por tonelada. En comparación, Chaco alcanza USD 317,5, Corrientes USD 535,6 y Formosa USD 399,9. La diferencia con Chaco es especialmente significativa: mientras esa provincia exportó USD 110 millones y 347 mil toneladas, Misiones vendió USD 147 millones con solo 221 mil toneladas

Es decir, Chaco exportó mayor volumen, pero Misiones generó ingresos mucho mayores por tonelada, con una brecha de USD 350,1.

A nivel nacional, Misiones sigue siendo un actor menor en volumen y monto, condicionado por su ubicación y la falta de infraestructura, una problemática recurrente en el norte argentino por años de abandono. Sin embargo, en términos de precios promedio de exportación, su posicionamiento es destacado.

En el primer cuatrimestre, el precio promedio argentino fue USD 575,3 por tonelada. Misiones lo supera con USD 667,5, ubicándose como la provincia con el undécimo mayor precio promedio del país, la más alta del NEA y la quinta en el Norte Grande

Incluso, este valor de Misiones supera a provincias líderes en volumen exportador como Buenos Aires (USD 617,6), Santa Fe (USD 508,1) y Córdoba (USD 422,5).

Dada esta situación, continuar impulsando el crecimiento y la diversificación de las exportaciones es clave para el desarrollo sostenible de Misiones. No solo contribuye a generar divisas que alivian las restricciones externas del país, sino que también fortalece el entramado productivo local, impulsa empleo calificado y estimula innovación e inversión. En un contexto nacional e internacional complejo, profundizar la inserción internacional de su agroindustria y avanzar hacia una mayor sofisticación exportadora permitirá a Misiones consolidar su perfil diferenciado en el NEA y ampliar su influencia en el escenario nacional.

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Frontera adentro: la lupa en la resiliencia del comercio misionero

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¿Debemos ser optimistas o pesimistas respecto al comercio misionero en 2025? Con esa pregunta quisiera comenzar un breve repaso de lo que ha sido la evolución del comercio como sector de actividad económica en la provincia de Misiones.

Complejo como pocos, el comercio misionero no solo está condicionado por el contexto socioeconómico, sino, sobre todo, por su posición fronteriza. Nada nuevo por conocer, aunque aún mucho por comprender. Su ubicación estratégica convierte a Misiones -especialmente en puntos clave como Posadas, Puerto Iguazú y Eldorado- en zonas de intercambio constante con los países vecinos, lo que impulsa un dinamismo comercial difícil de replicar en otras regiones del país. Sin embargo, ese dinamismo es altamente volátil: el sector se expande cuando el tipo de cambio resulta favorable para los visitantes extranjeros, pero se ve golpeado cuando sucede lo contrario.

Por ende, la principal característica del comercio misionero es su alta exposición a los vaivenes macroeconómicos, tanto nacionales como internacionales, y con ello, la necesidad permanente de reconvertirse, adaptarse y volverse más competitivo para subsistir primero y evolucionar después. Aunque podríamos mencionar otros desafíos estructurales —como las cuestiones logísticas o tributarias—, el factor que verdaderamente mueve la aguja es su geografía y todo lo que ello implica.

Aun con estas particularidades, ¿Qué podemos observar del comercio misionero en los últimos 20 años? Empecemos por su peso dentro de la economía provincial. Entre 2004 y 2023, el Comercio representó en promedio el 14% del Producto Bruto Geográfico (PBG) de Misiones, ubicándose de manera constante entre los sectores de mayor aporte. Si bien ha mostrado cierta volatilidad (como en 2016, cuando cayó al 12%, o en 2011, cuando alcanzó el 15%), estas variaciones respondieron principalmente a los ciclos económicos nacionales, que suelen impactar más directamente en los sectores ligados al consumo.

Por lo general, cuando el PBG misionero retrocedía como consecuencia de una recesión nacional, el Comercio sufría caídas aún más pronunciadas, ya que el impacto sobre el consumo se percibe de forma inmediata. Ejemplos claros: en la crisis de 2009, la economía misionera cayó 5%, pero el comercio se desplomó un 10%. En 2016, con una baja del 2% a nivel provincial, el comercio cayó un 5%; y en 2019, con recesión y coletazos de la crisis cambiaria, la economía provincial retrocedió 2% y el comercio, otra vez, un 5%.

De forma inversa, en épocas de expansión económica, el comercio suele ser el primero en recuperarse, especialmente cuando hay una mejora del ingreso disponible en los hogares. Entre 2006 y 2007, por ejemplo, el PBG misionero creció 5%, pero el comercio lo hizo en un 8%. En el rebote post-crisis de 2009, en 2010 la economía provincial creció 8% y el comercio, 10%. Lo mismo ocurrió en 2011. En 2017, el único año de crecimiento durante la gestión Macri, el PBG creció 2% y el comercio 4%. Incluso en 2022 se repitió la dinámica: +3% para la provincia y +4% para el sector.

Existe, sin embargo, un caso atípico: el año 2020. La pandemia provocó una caída generalizada de la economía a nivel global debido a las restricciones para operar con normalidad, la pérdida de empleo y demás efectos de la emergencia sanitaria. La economía misionera cayó 4%, pero el comercio creció 5%. ¿La razón? El cierre de fronteras volcó al consumo interno una masa de recursos que usualmente se gastaba fuera del país, lo que disparó la actividad comercial. De hecho, el comercio misionero fue el único del país que creció ese año.

En resumen, el comercio en Misiones explica el 14% de la economía provincial en promedio, con fuertes oscilaciones derivadas de los ciclos económicos argentinos. Pero más allá de esas fluctuaciones, hay un dato clave: entre 2004 y 2023, el sector creció un 42%, alcanzando en 2023 el valor bruto agregado más alto de toda la serie histórica. Es decir, el comercio misionero tocó su techo histórico como actividad económica.

Además, el Comercio es uno de los sectores con mayor generación de empleo registrado en la provincia. Entre 2004 y 2023, explicó en promedio el 18% del empleo formal, pasando del 15% en 2004 al 22% en 2023. El crecimiento del sector también se tradujo en una notable capacidad de absorción de mano de obra, en una provincia con una población en constante expansión.

Durante ese período, el empleo formal en el comercio creció un 145%, mientras que el total del empleo formal privado en Misiones lo hizo en un 64%. En otras palabras, el comercio duplicó el ritmo de creación de empleo del promedio provincial. En ese marco, cobró especial relevancia el comercio minorista: en 2023 empleaba más personas que todo el sector comercial en 2006. En 20 años, ese segmento creció un 149%, superando incluso al promedio del sector, lo que confirma su papel dinamizador no solo dentro del comercio sino en toda la economía provincial.

Dicho todo esto, 2024 marcó sin dudas un retroceso para el comercio y para la economía provincial en general. Aún sin cifras definitivas, los efectos de la crisis son visibles: la devaluación y el salto inflacionario deterioraron el poder adquisitivo de los salarios; la posterior apreciación cambiaria en dólares desvió el flujo de consumo hacia Paraguay y Brasil; y la recesión impactó en el empleo, reduciendo los ingresos disponibles para consumo.

A diferencia de otros ciclos, en este 2025 la recuperación todavía no se consolida, principalmente porque, si bien hay cierta mejora en los ingresos, esta no alcanza para reactivar con fuerza el consumo. Frente a este escenario, es necesario ser proactivos con políticas que otorguen herramientas tanto para los comercios como para los consumidores. En este punto, Misiones se diferencia del resto del país con la continuidad de los programas Ahora.

Como se destacó recientemente en Economis, los programas Ahora alcanzaron un volumen récord de casi $20 mil millones en ventas durante el primer trimestre, con una facturación 74% superior a la de 2024 y un 5% por encima de 2023. Aún con margen para crecer más, resulta evidente que los Ahora permitieron una importante recuperación en las ventas, especialmente entre diciembre de 2024 y marzo de 2025, etapa clave para reimpulsar al sector.

En este contexto de estancamiento, los Ahora funcionan como una locomotora que empuja el tren del consumo. Pero, para que esa marcha no se detenga, se necesita de más acompañamiento, sobre todo en el plano nacional, con medidas de alcance macroeconómico.

El comercio misionero es un sector dinámico, resiliente y vital para la economía provincial. Pero también enfrenta desafíos complejos que deben ser abordados si se pretende liberar todo su potencial y amortiguar las recurrentes crisis que, una y otra vez, ponen a prueba su capacidad de resistir y crecer.

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