Camilo Furlan

Mendoza y una comparación necesaria

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Las bases científicas que hoy justifican el desastre ambiental llevado a cabo en Mendoza son perfectamente comparables con los argumentos pseudocientíficos que argumentaron el holocausto de la Alemania nacional socialista.

La “eugenesia” es un término que refiere a las prácticas y creencias que promueven la idea de “mejorar” la genética humana propiciando la reproducción de aquellos que posean las características “deseables” en tanto a aspecto o inteligencia y, por otro lado, evitan la multiplicación de aquellos que posean características “indeseables”. El término fue acuñado en 1883 por Francis Galton, primo hermano de Charles Darwin, quien lo definió como “la ciencia de la mejora de la raza“. En sus inicios, la eugenesia ganó popularidad entre intelectuales y políticos, especialmente a principios del siglo XX, en países como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y los países nórdicos. A lo largo de la historia, la eugenesia, ha sido argumento de diversas violaciones de los derechos humanos, a continuación, unos ejemplos: La colonización de América se sustentó en una eugenesia basada en la supremacía racial y religiosa, que consideraba a indígenas y africanos como razas inferiores. Promovió su eliminación, desplazamiento, mestizaje forzado y el “blanqueamiento” de la población para “mejorar” la composición humana del continente según el modelo europeo, sentando así las bases ideológicas de la eugenesia moderna. “La conquista del desierto” en Argentina, también representó la purga de indígenas de la Patagonia por orden de Sarmiento, cuyo busto se venera en las escuelas primarias de Argentina. La esclavitud tanto en estados unidos como en el resto de América, en el transcurso de los siglos XIX y XX, fue respaldada por la nueva teoría “científica” que dio en llamarse eugenesia, lo que derivó en el holocausto, el genocidio sionista sobre palestina, y otras guerras y segregación hacia todo aquello que no cumpla con el estándar de raza deseable.

Pero, qué tiene que ver esto con Mendoza?

Al igual que con la eugenesia, los argumentos que intentan respaldar la megaminería de cobre bajo los términos que establece el gobierno nacional son una farsa demasiado evidente, claro, al mismo tiempo que representa un peligro inminente para millones de personas.

El proyecto San Jorge ha causado revueltas en la población civil por el asunto del agua, pero ¿Por qué? Claro, por un lado, el proyecto megaminero de producción de cobre fino requerirá 141 Litros de agua dulce por segundo, 12,1 Millones de Litros al día, suficiente para satisfacer a 4,7 Millones de personas, el 10% del País. Por otro lado, las perforaciones de las que se obtiene agua potable en Mendoza promedian los 120m de profundidad, y como el “tajo” del PSJ (Proyecto San Jorge) trasciende los 300m, el agua potable se acidificará con residuos tóxicos. Mendoza dedica actualmente el 82% de su agua a la irrigación de cultivos, los cuales, por su alta calidad, hacen que podamos hoy enorgullecernos del prestigio de nuestros vinos y frutas provenientes de la “capital del vino”.

Pero, ¿Que importa? Lo importante es que estamos trayendo inversiones del exterior ¿No? Lo importante es que estamos creando trabajo ¿No?

El PSJ es el primer gran proyecto de Mendoza en adherirse al nuevo Régimen de Incentivo de las Grandes Inversiones (RIGI), impulsado por el gobierno de LLA. La Inversión necesaria para crear el PSJ es de 3.5 billones de pesos, con lo que se esperan lograr entre 16 y 27 años de producción de cobre en un mundo con demanda extrema de cobre debido al desarrollo tecnológico. En contraposición a Chile, de dónde se extrae gran parte del cobre de todo el mundo, nosotros tendremos una renta del 16% de las ganancias para el Estado, mientras que en Chile no baja del 45%. Y a esto se le suma que los recursos que actualmente administra el Estado no se dirigen a la educación ni a proyectos que beneficien a los trabajadores.

¿Puestos de trabajo?

A Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza y simpatizante político de las estrategias económicas de Javier Milei, le enorgullece anunciar la masiva cantidad de empleos que generará el PSJ: 3.900 puestos de trabajo durante la construcción del proyecto (2 a 3 años) y 2.400 puestos una vez en marcha (16 a 27 años). No hace falta aclarar que fui sarcástico cuando el número de beneficiados cabe en cuatro cifras mientras que el de afectados es de siete. Es difícil defender esta iniciativa cuando todos los números hablan de genocidio silencioso (hay cada vez más macanas y menos derechos), destrucción del medio ambiente y de regalar nuestros recursos naturales a empresas suizas.

Comparar el proyecto megaminero de San Jorge con la eugenesia de la Alemania nazi no es exagerado, ya que las consecuencias de que más proyectos como este sigan llegando al país implican que no sea solo el agua la que se nos quite en pos de un propósito que es ajeno a la población civil.

Lamentablemente lo más probable sea que las miles de personas que se manifestaron en contra del PSJ no logren cambiar nada, ya que 3.5 billones de pesos es mucho dinero y el gobierno nacional parece tener claras sus intenciones cuando invierte en “seguridad” y compra aviones F-16 en lugar de comprar aviones hidrantes para los incendios de este verano.

Hay quienes afirman que, de lograrse masividad en las protestas contra el proyecto, podría evitarse su construcción. Yo, aunque la realidad me aplaste cada vez más, “elijo creer”.

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La gran mentira multitarea

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¿Y si te dijeran que en el más productivo de tus días esta semana, no estuviste realmente concentrado en ningún momento? La pregunta no es retórica, sino el incómodo resultado de décadas de investigación. Vivimos en la era de la supuesta eficiencia máxima, donde hacer multitarea simultáneamente se exhibe como un trofeo. Pero la evidencia cuenta una historia diferente, una de regresión cognitiva y de un cansancio peculiar que Byung-Chul Han diagnosticaría como el síntoma central de nuestra época.

En los pasillos corporativos de Hewlett-Packard, una inquietud se transformó en un experimento revelador. Se crearon dos grupos de trabajadores: uno operaba en silencio monacal, libre de dispositivos; el otro era sometido al tormento moderno de notificaciones incesantes. Los resultados fueron alarmantes: el coeficiente intelectual de los empleados del grupo hiperconectado cayó aproximadamente diez puntos. Para poner esto en perspectiva, los componentes activos de la marihuana reducen el CI en aproximadamente cinco puntos durante su efecto. La ironía es palpable: en nuestra búsqueda de máxima productividad, hemos creado entornos que deterioran nuestra capacidad intelectual más que sustancias psicoactivas estigmatizadas. Llegar a la oficina después de haber consumido cannabis sería, según estos datos, el doble de eficiente que trabajar bajo el asedio constante de notificaciones digitales.

Desde el punto de vista de la neurología, la multitarea humana es un mito bien estructurado. Nuestro cerebro no procesa atención paralela, sino atención secuencial con cambios costosísimos. Lo que llamamos multitarea es en realidad “switching” o cambio de tarea, y cada transición representa una fricción neuronal. La investigadora Gloria Mark ha cuantificado este costo con precisión escalofriante: el cerebro tarda aproximadamente 23 minutos en volver a enfocarse completamente en una tarea después de una interrupción. Considera las implicaciones: si has estado trabajando en un proyecto importante mientras recibías notificaciones cada 15 minutos, por más horas que hayas invertido, nunca experimentaste el “estado de flujo”, ese espacio de concentración profunda donde ocurre el trabajo verdaderamente creativo. Estuviste físicamente presente pero cognitivamente ausente, fragmentado en docenas de microatenciones que nunca se consolidaron en pensamiento sostenido.

Es aquí donde la filosofía de Byung-Chul Han en “La sociedad del cansancio” encuentra su corroboración empírica. Han retoma la crítica del escritor austriaco Peter Handke, quien en su “Ensayo sobre el jukebox” ya describía la multitarea no como un logro del progreso humano, sino como una peligrosa regresión. El hombre multitarea, según Handke, no representa la cúspide de la evolución cultural, sino un retorno a condiciones primitivas de atención dispersa. Handke emplea una metáfora poderosa: este comportamiento recuerda al de los animales en la sabana, que mientras comen su presa deben simultáneamente vigilar a sus crías, controlar el entorno en busca de peligros y monitorear oportunidades de apareamiento. Es una atención necesariamente superficial, reactiva, destinada a la supervivencia inmediata pero incapaz de la contemplación profunda que genera cultura, arte o pensamiento complejo. Han amplía esta intuición: hemos transformado nuestros espacios laborales y personales en sabanas digitales donde, en lugar de depredadores físicos, nos acechan notificaciones, correos pendientes y la ansiedad de lo que podríamos estar perdiendo.

La multitarea no es simplemente un mal hábito individual, sino la expresión cognitiva del capitalismo de la atención. Las plataformas digitales están diseñadas específicamente para fragmentar nuestra concentración, porque cada interrupción representa una oportunidad económica: un nuevo clic, una nueva visualización, un nuevo dato para el perfil de comportamiento. Nos han convencido de que esta dispersión es empoderamiento, cuando en realidad es la externalización del costo de mantenimiento del sistema hacia nuestras capacidades mentales. Byung-Chul Han identifica esta dinámica como parte de la “sociedad del rendimiento”, donde el sujeto ya no es explotado por un poder externo, sino que se autoexplota creyendo estar realizándose. Decimos “sí” a más tareas simultáneas porque internalizamos que nuestro valor está en nuestra disponibilidad constante. El resultado es el cansancio particular que Han diagnostica: no el agotamiento del cuerpo que sigue a un esfuerzo significativo, sino la fatiga difusa del alma que sigue a mil pequeños esfuerzos inconexos.

El daño va más allá de la caída temporal del coeficiente intelectual. Lo que se erosiona es nuestra capacidad para el pensamiento complejo, la reflexión ética, la creatividad que requiere incubación lenta. Paradójicamente, mientras las organizaciones buscan empleados “innovadores” y “creativos”, diseñan entornos que sistemáticamente destruyen las condiciones neurológicas para la innovación. Pedimos pensamiento disruptivo mientras incentivamos la atención disruptiva.

La solución no es tecnológica, sino cultural y personal. Requiere reconocer que la atención no es un recurso infinito, sino el sustrato mismo de nuestra conciencia. Algunas organizaciones pioneras están implementando “horarios de concentración” o eliminando el correo electrónico interno, reemplazándolo por sistemas de comunicación asincrónica que respetan los ciclos de trabajo profundo. A nivel personal, la rebelión comienza con gestos pequeños pero radicales: desactivar notificaciones no esenciales, diseñar “bloques temáticos” en la jornada, recuperar espacios de ocio verdaderamente desconectado. No se trata de rechazar la tecnología, sino de renegociar nuestra relación con ella desde la soberanía atencional.

Handke y Han nos ofrecen un marco filosófico para esta resistencia: rechazar la multitarea no es ser anticuado, sino reafirmar lo específicamente humano frente a lo meramente animal. Es elegir la profundidad sobre la superficialidad, la contemplación sobre la reacción, el sentido sobre la velocidad. En un mundo que valora la cantidad de estímulos procesados, cultivar la capacidad de atender a una sola cosa con todo nuestro ser se convierte en un acto revolucionario. El experimento de HP nos dio el dato cuantitativo: diez puntos de CI perdidos. Handke nos dio la metáfora: la sabana digital. Han nos dio el diagnóstico: la sociedad del cansancio. La síntesis es clara: cada vez que elegimos la unidad de atención sobre la fragmentación, no solo somos más productivos, sino más inteligentes, más creativos y, en última instancia, más humanos. En la economía de la atención, el acto más radical podría ser simplemente terminar lo que empezamos, antes de comenzar otra cosa.

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Juventud, evasión y la búsqueda de un futuro en un país que agotó sus promesas

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En las estadísticas frías y en las pantallas luminosas de los celulares se libra una batalla silenciosa por el alma de una generación. Mientras los indicadores económicos pintan un panorama desolador, los algoritmos ofrecen refugios efímeros a una juventud que navega entre la precariedad laboral y la necesidad de desconectar de una realidad que los supera. Argentina enfrenta no solo una crisis económica, sino una crisis existencial de su juventud, atrapada entre el trabajo precario, el consuelo digital y la búsqueda de sentido en un mundo que parece haber agotado todas sus promesas.

Los números del desencanto: el panorama económico y social

Las cifras oficiales revelan un paisaje desolador para los jóvenes argentinos. Según el último informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la desocupación en menores de 29 años alcanza el 18.4%, casi el doble que el promedio nacional. Esta situación es particularmente crítica en el interior del país, donde las oportunidades formales escasean.

Frente a esta realidad, las fuerzas de seguridad se han convertido en un empleador clave. Datos del Ministerio de Seguridad de la Nación muestran que las fuerzas policiales y de seguridad son el principal empleador formal para varones jóvenes en muchas provincias del interior, con un aumento del 15% en las inscripciones durante el último año. Este dato no es una anécdota, sino un indicador crudo de la falta de alternativas en el mercado laboral formal.

La situación educativa completa este panorama desolador. Según el Ministerio de Educación de la Nación, la deserción escolar en el nivel secundario en provincias del NEA asciende al 8.5% anual, una de las tasas más altas del país. Los jóvenes que logran completar sus estudios se enfrentan a una elección imposible: migrar hacia centros urbanos o conformarse con empleos precarios que no requieren formación especializada.

El costo humano: salud mental y evasión digital

Esta realidad económica tiene su correlato en la salud mental. La Sociedad Argentina de Pediatría reporta en sus estudios que el 65% de los adolescentes y jóvenes presentan síntomas de ansiedad y depresión. A nivel nacional, el Ministerio de Salud de la Nación reporta que la tasa de suicidio en jóvenes de 15 a 24 años se ha incrementado en un 40% en la última década, transformándose en la segunda causa de muerte en este grupo etario.

Frente a este panorama, las pantallas se han convertido en el refugio predilecto. El informe Digital 2024 para Argentina, elaborado por las consultoras We Are Social y Meltwater, muestra que el país se ubica entre los tres de Latinoamérica con mayor consumo de contenidos breves en redes sociales, con un promedio de 2.7 horas diarias dedicadas específicamente a estas plataformas. Este escape digital no es casual: coincide temporalmente con el aumento del 30% en las consultas por trastornos de ansiedad en el sistema público de salud, según los registros de hospitales públicos nacionales.

“Lo que vemos es una generación que busca escapar de un presente angustiante a través de estímulos inmediatos”, explica la Dra. Ana López, especialista en salud mental adolescente del Hospital Ramos Mejía. “El problema es que estos mecanismos de evasión digital terminan profundizando el malestar, creando un círculo vicioso donde la realidad se vuelve cada vez más difícil de enfrentar”.

Donde la teoría encuentra la tierra: respuestas comunitarias desde la base

Mientras tanto, en los márgenes del sistema, surgen respuestas que combinan la tradición con la innovación. El Registro Nacional de la Economía Popular reporta que las ferias de trueque y las huertas comunitarias han experimentado un crecimiento del 45% en el último año. En Misiones, la Tecnicatura en Agroecología de la IEA N° 17 ha visto incrementar su matrícula en un 60% desde 2020, según datos de la propia institución, mientras que la Red de Ferias Francas de Misiones reporta que estos espacios de comercialización pasaron de 20 a más de 150 en toda la provincia.

El fenómeno de las ferias francas en Misiones representa un caso emblemático de esta búsqueda de alternativas. Según datos de la Subsecretaría de Agricultura Familiar de la Provincia, estas ferias movilizan anualmente más de 12.000 productores y generan un intercambio económico que supera los $3.500 millones anuales. Lo significativo no son solo los números, sino el modelo de organización: circuitos cortos de comercialización, precios justos y fortalecimiento de la economía local.

Entre el desencanto y la resiliencia: la tensión de una generación

La tensión entre la evasión digital y la búsqueda de alternativas concretas define el espíritu de esta generación. Mientras las plataformas digitales reportan récords de uso, las organizaciones comunitarias registran un incremento sin precedentes en la participación juvenil. Son dos caras de una misma moneda: la necesidad de encontrar sentido en un mundo que ha roto sus promesas tradicionales.

Los datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) muestran una contradicción reveladora: mientras el 48% de los jóvenes cree que su situación personal mejorará en los próximos años, solo el 23% confía en que el país vaya en esa dirección. Esta divergencia entre la esperanza personal y el pesimismo colectivo explica gran parte de las tensiones que definen el presente.

El desafío de conectar con lo real

El gran desafío que enfrenta esta generación es transformar el descontento en construcción. Mientras las estadísticas de salud mental muestran el costo del malestar, las iniciativas comunitarias demuestran que existe un camino posible. La clave parece estar en conectar el desencanto con proyectos tangibles, en transformar la evasión en participación y el malestar individual en construcción colectiva.

Como señalan análisis del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), “estamos ante una generación que ha comprendido que las soluciones individuales son insuficientes, pero que aún no termina de encontrar los canales para la acción colectiva. Su gran tarea será construir nuevas formas de organización que respondan a un mundo que ha cambiado para siempre”.

El rol de la educación técnica y la formación profesional

En este contexto, la educación técnica y la formación profesional aparecen como espacios privilegiados para la construcción de alternativas. Según datos del INET (Instituto Nacional de Educación Tecnológica), las escuelas técnicas de la provincia de Misiones han incrementado su matrícula en un 12% interanual, especialmente en las orientaciones relacionadas con la producción agroindustrial y el desarrollo de software.

La Tecnicatura en Desarrollo de Software del Instituto Posadas, por ejemplo, ha logrado una inserción laboral del 85% de sus egresados en los primeros seis meses, según datos de la propia institución. Estos casos muestran que cuando la formación se conecta con las demandas concretas del territorio y del mercado laboral moderno, los jóvenes encuentran caminos viables para proyectar su futuro sin necesidad de migrar.

Hacia un nuevo contrato social: políticas públicas y organización comunitaria

La magnitud del desafío requiere respuestas que combinen políticas públicas inteligentes con la potencia de la organización comunitaria. Programas como “Potenciar Trabajo” del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, que alcanza a más de 1.2 millones de personas en todo el país, representan un piso mínimo de contención, pero resultan insuficientes para construir proyectos de vida dignos.

Experiencias como la Ley de Promoción del Trabajo y Arraigo en Zonas Rurales de Misiones, que otorga beneficios fiscales a emprendimientos que se radiquen en el interior provincial, apuntan en la dirección correcta pero necesitan ser ampliadas y complementadas con estrategias integrales que incluyan acceso al crédito, capacitación técnica y conectividad digital.

El verdadero cambio, sin embargo, probablemente no vendrá desde arriba sino desde las bases. Las asambleas barriales de jóvenes que organizan huertas comunitarias, los colectivos de artistas urbanos que recuperan espacios públicos, las cooperativas de trabajo que generan empleo genuino: en estos espacios microscópicos pero vitales se está escribiendo el guión de una nueva forma de habitar el mundo.

Como bien señalaba el educador Paulo Freire, “la educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. En cada joven que elige la agroecología sobre el agronegocio, en cada programador que desarrolla software para economías regionales, en cada docente que enseña desde la realidad local, se cumple esta profecía pedagógica. Y tal vez en esta apuesta por una educación arraigada en el territorio resuene aquella consigna de Salvador Allende: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”. La verdadera revolución de esta generación podría estar en rechazar tanto la evasión digital como el conformismo, para embarcarse en la construcción paciente de un futuro donde el conocimiento y la tierra vuelvan a entrelazarse.

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I.E.A N°17: cuando la educación y la tierra enraízan la Esperanza

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En los rincones más profundos de Misiones, una revolución silenciosa está en marcha. No es la revolución del progreso que prometen los discursos oficiales, sino una más profunda y perdurable: la que reconcilia el saber con la tierra, la esperanza, la educación con la comunidad. Mientras el sistema empuja a los jóvenes rurales hacia las ciudades con la promesa de un futuro mejor, iniciativas como el Instituto de Educación Agropecuaria (IEA) N° 17 de Dos Hermanas plantan cara al desarraigo con las herramientas más poderosas: la organización comunitaria y el conocimiento con identidad.

La historia de esta escuela es un testimonio viviente de lo que el pensador Carlos Taibo llama “la construcción desde abajo”. Nacida de una lucha colectiva de familias campesinas que entendieron que la educación debía llegar al territorio y no al revés, la IEA N° 17 representa esa “anarquía ubérrima” donde la comunidad toma en sus manos los asuntos que realmente importan. Su lema -“Sembrando conocimientos, cultivando talentos y cosechando conquistas”- no es un eslogan vacío, sino la constatación de que otro modelo es posible.

El conocimiento como acto de resistencia

Frente a la agricultura industrial que envenena suelos y comunidades, esta escuela apuesta por la Agroecología como horizonte. Como señala Antonio Turiel, nos enfrentamos al ocaso de los recursos fósiles que sostienen el modelo agroindustrial. La apuesta de la IEA N° 17 por formar técnicos en Producción Agropecuaria y Agroecología no es casual: es la respuesta lógica a un modelo agotado. Es el “decrecimiento práctico” que venimos discutiendo, aplicado a la educación.

Los testimonios recogidos en foros y redes sociales muestran el costo humano del modelo actual. “Para estudiar en Oberá tengo que viajar 3 horas ida y vuelta. Salgo a las 4 AM y vuelvo a las 11 PM”, relata un estudiante de Colonia Aurora. Esta realidad no es solo un problema de transporte: es la expresión de un sistema educativo que, en nombre de la igualdad de oportunidades, perpetúa la colonialidad del saber.

Las soluciones existen, solo falta escalarlas

La Tecnicatura Superior en Agroecología que funciona en la IEA N° 17 no es una anécdota: es un faro. Demuestra que es posible crear “aulas satélite” donde el conocimiento universitario dialogue con los saberes locales. Como aprendimos con Chilico -el campesino que por pura necesidad económica transitó hacia la agroecología- cuando la cuenta no cierra, la gente busca alternativas. La educación formal tiene la obligación de reconocer y potenciar estas transiciones.

Las propuestas concretas emergen desde las bases:

· Crear carreras cortas y tecnicaturas superiores en las propias IEAs

· Desarrollar programas de becas de transporte y conectividad realistas

· Establecer sistemas de educación a distancia que reconozcan las brechas digitales

· Fortalecer la vinculación universitaria territorial más allá de la extensión esporádica

Hacia una pedagogía de la tierra

El verdadero desafío, como nos enseñan tanto Taibo como las luchas campesinas, es superar la lógica que equipara educación con urbanización y progreso con desarraigo. La IEA N° 17 encarna lo contrario: una educación que enraíza, que fortalece la soberanía alimentaria y que reconoce que el conocimiento más valioso a menudo nace de la relación directa con la tierra.

Mientras el sistema educativo siga midiendo su éxito por cuántos jóvenes “sacan” del campo, seguiremos perpetuando el desarraigo. El verdadero indicador de éxito debería ser cuántos conocimientos quedan en el territorio, cuántos proyectos de vida se construyen en las comunidades, cuánta esperanza se siembra en las chacras.

La IEA N° 17 y las miles de experiencias similares que surgen en el país no son el problema: son la solución. Nos muestran que otro modelo educativo es posible, uno donde aprender no signifique tener que irse, donde el diploma no sea un pasaje de ida, donde el conocimiento sirva para enraizar y no para desarraigar.

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No es ideología, es la cuenta

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Mientras los foros globales discuten roadmaps para 2050 y las corporaciones venden sostenibilidad de catálogo, en los barrios, las chacras y las veredas, una transición práctica y silenciosa ya está en marcha. No la impulsa una ideología, sino la necesidad. No la lideran teóricos, sino quienes, ante el costo insoportable del presente, empezaron a buscarle la vuelta.

Si uno se para en el centro de cualquier ciudad, la narrativa del progreso parece intacta: más consumo, más innovación, más crecimiento. Pero es una fachada. Detrás, la crisis se siente en el bolsillo, en el precio de los alimentos, en la factura de la luz, en la basura que se acumula en las esquinas. La gente está harta de que le “generen conciencia”. La conciencia, hoy, es un lujo que no se pueden permitir. Lo que necesitan son soluciones.

Y en esa búsqueda, sin saber que están protagonizando un cambio de paradigma, millones están inventando el futuro.

Chilico y la sabiduría de lo concreto

En una chacra, lejos del ruido de los gurús del desarrollo, un hombre de escasa preparación académica da una lección de economía avanzada. Chilico, como le dicen, dejó de usar herbicidas no por una epifanía ecológica, sino porque la cuenta no le daba. El precio de los agroquímicos se disparó más del 150% en los últimos dos años en Argentina, volviendo insostenible el paquete tecnológico para un pequeño productor. Los rendimientos prometidos nunca llegaban, y la tierra, cada vez más cansada y dependiente, pedía a gritos otro trato.

Sin planearlo, Chilico inició una transición forzosa hacia la agroecología. Empezó a hacer abono con los residuos de la misma chacra, a rotar cultivos para que el suelo se recupere, a usar menos venenos y observar más. Su métrica no es la tonelada por hectárea que se cotiza en Chicago, sino la resiliencia de su chacra y la salud de su economía familiar. No sabe que está “decreciendo”, pero está aplicando el principio rector del decrecimiento: producir bienestar con menos recursos, priorizando lo local y lo esencial sobre el mercado global.

Chilico no es un caso aislado. Es el síntoma de un agotamiento. El modelo del agronegocio, con su promesa de eficiencia infinita, se está mostrando como lo que siempre fue: un sistema frágil, caro y ecológicamente suicida. La verdadera eficiencia, la que importa cuando se apagan las luces, es la que practica Chilico.

La huerta comunitaria: acción directa frente al colapso

Lo mismo ocurre en los barrios populares. Las huertas comunitarias no brotan de un ideal romántico, sino de una lógica ferozmente práctica. Son una respuesta a la inflación, a la falta de trabajo, a la necesidad de tejer redes de contención en un mundo que se fragmenta. Según el Relevamiento Nacional de la Agricultura Familiar, se estima que existen más de 10.000 experiencias de este tipo en el país, generando alimentos para unas 500.000 familias. Son cifras que hablan de una economía subterránea y vital.

Esta no es la “conciencia ambiental” que venden las multinacionales. Es soberanía alimentaria en acción. Es gente que, ante la incapacidad del sistema de proveerles comida sana y accesible, decide producirla por sus propios medios. Es la “anarquía ubérrima” de la que habla el pensador Carlos Taibo: la gente tomando en sus manos los asuntos que realmente importan —el alimento, la energía, el cuidado— sin pedirle permiso a un mercado que los ha defraudado. Como él mismo dice: “Frente a la ficción de la política institucional, la efectividad de la acción directa que construye mundos nuevos en los márgenes del viejo sistema que se desmorona”.

No están leyendo a Marx o a Kropotkin. Están leyendo la tierra, las estaciones y las necesidades del vecino. Su filosofía no está en los libros, está en las manos metidas en la tierra.

De la teoría a la trinchera: nombrar lo que ya existe

Esta es la gran desconexión entre la academia y la calle. Mientras los intelectuales debaten cómo bajar las emisiones de carbono, Chilico y los huerteros ya están viviendo en un mundo de bajas emisiones. Lo que falta no es conciencia, sino un marco que le dé nombre y apellido a lo que ya está ocurriendo.

A eso le llamamos agroecología: no es una técnica, es la lógica de producir comida sin envenenar la tierra ni endeudarse.

A eso le llamamos decrecimiento:no es pobreza, es la elección inteligente de privilegiar el bienestar sobre el despilfarro.

A eso le llamamos acción directa:no es desorden, es la capacidad de una comunidad para auto-organizarse y resolver sus problemas sin depender de un salvador externo.

El sistema nos dice que somos individuos aislados, culpables de la crisis y responsables de nuestra propia salvación. La práctica de Chilico y las huertas nos demuestra lo contrario: somos redes de cooperación, y la verdadera resiliencia es colectiva. Mientras el modelo extractivista nos empobrece y nos divide, estas prácticas construyen soberanía y comunidad. Son el único antídoto real.

Conclusión: El único camino es el que ya estamos caminando

No se trata de convencer a nadie de que adopte una ideología. Se trata de señalar lo que ya está pasando y preguntar: ¿A quién le conviene que no veamos esta rebelión silenciosa?

Le conviene a un sistema que se sustenta en nuestra dependencia. Le conviene a la lógica que nos vende soluciones individuales para problemas colectivos. Frente a esto, el acto más revolucionario es, simplemente, hacer como Chilico: mirar la realidad de frente, hacer la cuenta y empezar a construir, desde abajo, el único mundo posible. Un mundo que, contra todo pronóstico, ya está naciendo.

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