Wenceslao del Dollar Free

Candidatos testimoniales: los próceres del ¿“yo? Argentino”

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La política argentina tiene un talento especial: reciclar lo peor de sí misma con aire de novedad. Por ejemplo, cada tanto reaparece ese clásico de nuestra fauna electoral: los candidatos testimoniales, esos personajes que prometen representar al pueblo, pero terminan representando solo su conveniencia personal.
Son los artistas del “yo me anoto, pero no voy”, los reyes del “fue sin querer queriendo”. Figuras que se postulan con cara de compromiso ciudadano y después se bajan del cargo con la velocidad de un tuit borrado.
No es un invento nuevo, claro: allá por 2009, el kirchnerismo ya había estrenado el formato con Néstor Kirchner, Scioli, Nacha Guevara y Massa compartiendo cartel en Buenos Aires. De los cuatro, solo uno terminó en el Congreso. Los demás se evaporaron. Pero bueno, no seamos injustos: Nacha puede decir que lo suyo era una “actuación”.
Pero parece que la historia no se repite: se recicla. Y ahora tenemos una nueva camada de “testimonialistas” versión siglo XXI. En Misiones, está el caso del chico este Diego Hartfield, ex tenista, idóneo en acciones y bonos y ahora campeón mundial de la incoherencia política.
Desde la comodidad del que todo lo critica sin mover un dedo, Hartfield, aquel que primero se postuló como diputado provincial y luego como nacional, descubrió que la ética suena preciosa en los discursos… pero que el sillón en Buenos Aires es mucho más mullido.

En un acto de coherencia cero -o de practicidad suprema- decidió no asumir en la provincia porque, claro, ya estaba instalado en la Ciudad de Buenos Aires y mudarse da fiaca. Un verdadero ejemplo de la “ética del ascenso personal”, esa virtud moderna que consiste en trepar siempre y justificar después.

Y pensar que el muchacho hablaba de “moral y transparencia en la política” con la solemnidad de un monje tibetano.

Denunciaba la corrupción ajena con tono de iluminado, y terminó siendo otro farsante testimonial más, con sonrisa de LinkedIn y discurso de TED Talk. Si esto fuera tenis, diríamos que mintió con el saque y le cantaron doble falta.
Lo paradójico es esta gente se presentan como “lo nuevo” y “lo distinto”. Y tienen razón: distinto… pero por descarados.

A su lado, los casos de Manuel Adorni y del compañero, correligionario, camarada, “si se puede” y ahora fervoroso libertario Diego “el anticasta” Santilli suenan casi como un homenaje a la coherencia selectiva.

El primero, después de militar con entusiasmo su candidatura a legislador porteño, terminó ascendiendo a jefe de Gabinete.

El segundo, que armó un pequeño culebrón para encabezar la lista de diputados por la provincia de Buenos Aires -tras la salida del siempre “transparente” José Luis Espert, hoy ocupado en explicar algunas cuestiones financieras con narcos, digamos, algo difusas-, descubrió que el Ministerio del Interior ofrece calefacción central y mejor salario con exposición pública. Ambos juran que no son “testimoniales”. Por supuesto: también hubo quienes juraron que en el 2025 el salario en dólares iba a despegar y los precios a caer como un piano… y acá seguimos, esperando que empiece el concierto.

La consecuencia, claro, es la misma de siempre: el ciudadano que vota creyendo que el conocido fulano que puso en la boleta va a legislar algo, descubre después que fue parte de una comedia de enredos y asume alguien que ni registra. El electorado creyó elegir representantes, pero en realidad eligió espectros anónimos.


Y ahí está el problema: estas candidaturas “de utilería” no solo rozan la estafa electoral, la abrazan con cariño. Porque ¿cómo se llama cuando ponen a alguien “famoso” encabezando una lista y que promete representar al pueblo y después se va a otra oficina? Para mí: fraude con traje.

Y así, el sistema democrático se va llenando de ausencias y también de mermas de representados, porque el 33% de la gente no fue a votar. La representación se convierte en un simulacro, y la voluntad popular, en utilería.
En el fondo, los candidatos testimoniales son eso: una gran broma pesada con costo electoral. Hablan de ética, pero practican lo contrario y lo justifican. Prometen en los medios y en redes presencia, pero te entregan ausencia. Y mientras los votantes siguen esperando que alguien cumpla lo que promete, ellos perfeccionan el arte de no. Son un ejemplo viviente de la “ética del ascenso personal”.

Para ir terminando mi gente. Lo más inquietante de todo esto no es solo la estafa electoral en sí, sino la tranquilidad con la que el público la aplaude o mira. Porque si los candidatos juegan a no cumplir, es también porque el electorado parece haber hecho las paces con el engaño.

Algunos nos indignamos un rato por redes, compartimos algún meme y, acto seguido, se vuelve a votar a los mismos u otros que nos birlan la representación. Tal vez el verdadero drama no sean los estafadores, sino que ya no nos importe que lo hagan. Hemos naturalizado la estafa democrática con la resignación de quien compra un electrodoméstico chino barato sabiendo que no tiene garantía. En ese espejo, la hipocresía deja de ser solamente de otros: es nuestra.

Como siempre, de un lado de la reja esta la realidad, del otro también está la realidad. Lo único irreal es la reja. O sea, lo que nos divide —ideologías, clases, bandos— no es la realidad, sino las barreras simbólicas o mentales que construimos para sostener esas divisiones. La realidad es común a todos; lo irreal es creer que estamos en lugares distintos.

En tiempos donde todos opinan, lo relevante no es quién habla o dice, sino la verdad de lo que se dice. Atacar una opinión por quién lo dice y no lo que expresa, es solamente un sesgo.
Hasta la próxima, me puse muy serio y esto es casi ficción con humor.

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Populismo cambiario y la república aspiracional

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Hay una frase que anda girando por ahí: “Con Milei al menos el dólar está tranquilo”. Y sí, es verdad: tranquilo, anestesiado, sedado y con respirador, pero tranquilo al fin. El único problema es que detrás de ese dólar que no se mueve (o se mueve lo justo para la foto) se está moviendo todo lo demás: cierran fábricas, se pierden empleos y el país sigue corriendo como hámster en la rueda… pero sin la semilla al final.

Lo que vivimos no es otra cosa que populismo cambiario, la versión libertaria del viejo truco peronista: mantener contentos a unos cuantos con la ilusión de prosperidad, mientras el resto mira desde la tribuna. Antes era el choripán, ahora es el dólar para pocos.

¿Progreso? No. Es un espejismo de aeropuerto: el país se achica, pero los free shops se llenan.

Y acá aparece la parte más divertida —o más triste, según el humor del día—: el fenómeno aspiracional. Ese delirio colectivo donde millones creen que, si pueden pagar un vuelo o comprar una notebook importada, ya están un paso más cerca de ser “ricos”.

La nueva clase media ya no aspira a tener casa, trabajo estable o vacaciones en la costa: aspira a tener una tarjeta que pase en dólares.

En Argentina, ser rico o de clase media, dejó de ser una categoría económica para convertirse en un estado mental.

Nos creemos ricos si viajamos, aunque debamos hasta el documento.

Nos creemos “en el primer mundo” si podemos traer un iPhone más barato, aunque el taller de la esquina haya cerrado porque no puede competir con China.

Mientras tanto, los verdaderos ricos, esos que no aparecen en TikTok o Instagram, ni hacen fila en Ezeiza, están ganando en serio: compran bonos a precio de remate, venden más caros, arbitran tasas, fugan capitales y se van a dormir tranquilos con la cuenta grande.

Los únicos inversores que hay hoy mayoritariamente, son los que aprovechan tasas altas en pesos para ganar intereses y luego compran dólares baratos, obteniendo ganancias rápidas sin producir nada real.

Y el resto… soñando con “invertir en dólares” desde Mercado Pago. Aspiracional nivel: querer ser el que te está estafando.

Porque esa es la gran trampa del populismo cambiario: te hace creer que estás participando del banquete, cuando en realidad estás lavando los platos.

El dólar “ficticio” se mantiene para calmar ansiedades, no para impulsar producción.

El país no gana competitividad; la pierde. Los dólares no se generan; se fugan.

Y la industria —ese bicho prehistórico que todavía da trabajo— sigue apagando las luces: más de 220.000 empleos formales menos, más de 15.000 pymes cerradas en apenas un año y medio.

Pero, “por lo menos el dólar no se disparó”.

Es la típica historia nacional: nos enamoramos del síntoma y no curamos la enfermedad.

Nos reímos del que fabrica, idolatramos al que especula, y aplaudimos al que viaja.

Mientras tanto, el país productivo muere de hambre en silencio.

Y el discurso oficial repite: “ganamos las elecciones, el rumbo es correcto, pronto vamos a ser potencia”.

Perfecto, pero una potencia que no produce nada, salvo memes, influencers y mucha deuda.

Y que encima exporta lo único que le queda competitivo: sus propios cerebros.

A este paso, el próximo unicornio argentino va a ser una app para fugar dólares con estética patriótica. Capaz que ya hay.

¿Queremos ser como Perú? Bueno, vamos camino a eso: una economía de materias primas, con elites dolarizadas y clase media con síndrome aspiracional crónico.

Nos venden el sueño de la libertad individual mientras las fábricas cierran colectivamente.

Nos venden la épica del mérito mientras el mérito real es tener dólares afuera.

Nos venden la ilusión de ser “ricos por un rato”, pero los únicos que se hacen ricos son los que escriben las reglas del juego.

El problema es que el “país aspiracional” nunca se construye, solo se imagina.

Y mientras todos corremos detrás del sueño importado, los que de verdad importan —literalmente— se llevan el botín.

Así que, sí, el dólar está tranquilo.

Pero el país no produce, la industria se desangra y el sueño de progreso se convirtió en un delirio de consumo.

Nos estamos volviendo expertos en parecer ricos mientras nos empobrecemos con estilo.

Si ganaron las elecciones —felicidades— ahora es cuando hay que ponerse el overol y enchufarse a la línea de producción, no sólo al aeropuerto.

Si se pretende “ser primero”, pues hay que fabricar, exportar, generar empleo. Si no, nos quedamos con el slogan de promesa de campaña.

Y si seguimos pensando “viajemos, compremos afuera, dólar barato para algunos” mientras la fábrica de al lado baja la persiana… bueno, al menos tendremos muchas fotos de nostalgias para Instagram, pero un país con menos motor productivo.

En Argentina, el éxito no es tener dólar para vacacionar: es tener fábricas que trabajen, gente que cobre, país que crezca.

Si no, el único “turismo” que estamos exportando es el de la fuga de divisas.

Como diría un amigo sociólogo: “Argentina no es un país pobre; es un país que se cree millonario cuando el dólar baja 10 pesos”. De tanto mirar el blue, nos olvidamos de mirarnos en el espejo.

¡¡¡Qué día que tengo señor… que día!!!!

Como siempre, de un lado de la reja esta la realidad, del otro esta la realidad. Lo único irreal es la reja. Y se nota.

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El consuelo de los peores

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Hay algo profundamente argentino últimamente, que es celebrar un “rescate” económico como si fuera una victoria.
El Tesoro de Estados Unidos anuncia su “ayuda” -palabra amable que suele esconder la mano del acreedor- y muchos se apuran a justificarlo con una lógica tan vieja como dañina: “Peor estábamos antes”.
Y así, con ese consuelo de enfermo crónico, volvemos a agradecer la fiebre porque al menos ya no duele tanto la herida.
La comparación con el pasado se ha convertido en un salvoconducto moral.
Se nos dice que este acuerdo, este préstamo, este nuevo tutelaje internacional, “no es tan malo”, porque los anteriores fueron también desastrosos. Y, los medios, se pelean de un lado y otro para ver quien tomó más deuda.
Y el pueblo, fatigado, hastiado, desinformado y/o confundido, asiente. Pero ahí está el engaño.
Esa frase -“los de antes eran peores”- es una falacia, un truco del pensamiento que anestesia la conciencia.
Justifica el mal menor y termina normalizando el mal mismo.
Porque si el único parámetro es la catástrofe anterior, cualquier retroceso parecerá progreso.
Y con ese razonamiento, nada mejora: apenas cambia de uniforme el desastre.
Comparar con los peores del pasado no es analizar la realidad, es bajar el listón de la dignidad.
No hay futuro posible en un país que mide su esperanza por contraste con su ruina.
Aceptar un rescate como si fuera redención es olvidar que nadie se libera aceptando la tutela de otro, y que toda deuda -económica o moral- trae su propio carcelero.
Además, como cualquier economía -o cualquier hogar-, no se puede decir que uno está bien si necesita pedir prestado para sostenerse.
El crédito no es sinónimo de salud: es un síntoma de dependencia.
Si el Estado necesita que otro lo rescate, no está siendo salvado; está siendo administrado desde afuera.
Y cuando el que presta también dicta las condiciones, la soberanía deja de ser un derecho y se vuelve una concesión temporal.
El argumento del “mal menor” es el refugio de los resignados, de los fanáticos y de los ignorantes.
Nos decimos que “al menos no roban tanto”, que “por lo menos ahora hay orden”, que “ya vendrán tiempos mejores”. Pero el progreso no consiste en ser menos corruptos, menos dependientes o menos torpes: consiste en dejar de serlo.
Un país maduro no se compara con su pasado, sino con su potencial.
Porque aceptar este rescate sin autocrítica es como celebrar que el barco flota apenas porque el anterior se hundió.
Y el mar, que no olvida, siempre pasa factura a los que confunden sobrevivir con navegar.
Sin embargo, hay un leve rumor en el aire.
Este domingo el país vuelve a votar, y quizás -por fin- el cambio comience por donde debe comenzar: por la voluntad democrática y no por la imposición del crédito.
Tal vez llegue el día en que no necesitemos compararnos con lo peor para construir algo mejor.
El día en que el Estado deje de ser un barco rescatado y se convierta, otra vez, en un barco que elige su rumbo.
Porque la verdadera independencia no se firma en Washington ni en Bruselas: se construye, voto a voto, con la dignidad de un pueblo que decide no conformarse nunca más.
Decir que los de antes eran peores es como conformarse con un barco que hace agua sólo porque el anterior ya se había hundido.
No se trata de quién naufragó con más estilo, sino de aprender, al fin, a navegar sin hundirse.

Hasta la próxima. De una lado de la reja esta la realidad y del otro lado también hay otra realidad. Posta que lo único irreal es la reja, cada vez más alta.

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“Bienvenido al show. El país en modo recital”

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Anoche, el Presidente transformó el Movistar Arena en una suerte de teatro libre de críticas y aplausos garantizados. Allí, entre acordes de Charly, coreos de Lemia y riffs de batería de Bertie Benegas Lynch, presentó su nuevo libro La Construcción del Milagro. El milagro mismo!!!!.

No era solo un lanzamiento editorial: era un espectáculo multifunción donde los ministros ya no solo gobiernan, sino que presencian el acto, efusivamente, desde la primera fila.

Allí estaban, como si fueran el elenco de respaldo: Bullrich, Pettovello, Sturzenegger, Petri, Santilli… y hasta Menem, según la crónica. Aplaudiendo el karaoke mientras el país desafina.

Luces, humo, coros, ministros en primera fila. Un país en crisis, pero con muy buen sonido.

Muchos no daban crédito a lo que veían por redes y TV. Gente, es lo más normal del mundo. Un país serio hace eso. Y esta gente vino a poner seriedad al despilfarro anterior, a la casta y coso y todo eso. Fue un magnífico show surrealista en medio de la crisis.

Mientras la inflación desafina, vendemos como nunca en la historia dólares de reserva para contener el dólar y que hagan negocio los “especuladores” que no especulan, la deuda marca récord histórico pues pedimos deuda para pagar la deuda y, nada de eso, llega a la mesa de los argentinos, el gobierno ensaya nuevos acordes de optimismo.

Dicen que fue un éxito. Claro, en la Argentina siempre hay público para el espectáculo: las entradas y el show la pagamos entre todos.

Adentro, el cantor gritaba hasta hace poco “no hay plata”. Afuera, la gente hace números para llegar a fin de mes; y sí, no hay plata.

Y en el medio, una banda presidencial que confunde la épica con el karaoke.

Lo preocupante es que mientras él hace los bises, el país sigue esperando que alguien toque la de crecer.
Entiendo que muchos hayan votado con bronca o esperanza. Lo que cuesta entender es que todavía haya gente pensante aplaudiendo este despropósito, como si el ruido tapara la realidad.

No está mal tener un presidente que cante. Lo grave es que nos acostumbremos a que el show reemplace al gobierno.

Porque cuando se naturaliza el espectáculo, la realidad deja de tener sonido.

De un lado de la reja esta la realidad, y del otro lado también hay una realidad (bastante irreal por cierto).

Hasta la próxima.

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De la purga moral a la gourmet coima pastelera: la “dieta” de la nueva política

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Prometieron barrer con los chorros de siempre, con los kirchneristas. Que venían a limpiar la política de la casta, a hacerle un lifting al Estado con escoba de fibra, planilla de Excel y filtro de Instagram.

El peronismo ya estaba instalado como el demonio de bolsillo: chorros, causas, carpetas, prontuarios más largos que un capítulo de Casados con hijos. Y ellos llegaban con un solo eslogan tatuado en la frente: “No somos como ellos” y “la casta está con miedo”.

Aparece el capítulo $Libra, la cripto-emoción que iba a ser el Bitcoin del subdesarrollo hasta que explotó como un parlante trucho en alguna bailanta de la ruta 14. Resulta que también ahí corría plata. Una trama con más sospechas que carne agridulce de restaurante chino.

Y mientras todo esto pasaba, aparecieron las valijas VIP que entraron sin control en un avión que no se sabe bien de dónde venía. Avión cuyo dueño (amigo del peluca) ahora también se adueñó de la “bajo costo” Fly Bondi. Roguemos, querido lector, que ninguno se caiga… y si alguno se cae por falta de mantenimiento, que no sea en la que viaja usted. La culpa, si se cae un avión, seguro será Kirchnerista.

De fondo, la ANMAT, que anda más perdida que perro en cancha de bochas. Se nos muere gente -mucha gente- por fentanilo adulterado y nadie da explicaciones. Y no da para chiste esto.

Todo esto pasa, hasta qué sorpresa, aparecen audios que suenan como un sketch de Capusotto, pero sin gracia. El exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad, Diego Spagnuolo, grabó charlas de café con cucharita y medialuna, donde se habla de una coima del 8% en contratos de medicamentos. Según esas cintas, la hermana del presidente, Karina Milei, se quedaba con el 3%, Lule Menem con el 1%, y el resto para “operaciones”. ¿Operaciones? ¿Políticas? ¿De vesícula? ¿De liposucción? Misterio.

Entonces uno se recuerda: vinieron a escupir el pasado, a decir que se levantaban con “los huevos bien puestos” para limpiar la casta y patadas en el cul@ Y terminaron siendo lo mismo, pero en versión corrupción torta gourmet, con packaging dolce. Voceros del orden y la austeridad que ahora reparten coimas como si fueran voucher escolares

La ironía máxima: el peronismo nunca se vendió como puro y casto. Te robaba, sí, pero con la dignidad del ladrón profesional. En cambio estos venden pureza y entregan el paquete “honestidad platinum”: facturan moral y coimean al mismo tiempo.

¿Alguien podía creer que con Menem, Scioli, Caputo, Sturzenegger, Cúneo, Ritondo, Pato y toda esa comparsa de reciclados iba a ser distinto? Sí, claro: la misma gente educada que seguramente cree que Papá Noel baja por la chimenea en un departamento de dos ambientes.

Mientras nos prometían limpiar la política de la corrupción, hoy Argentina está endeudada por casi 467.800 millones de dólares, una marca histórica que ni el más copado de los libreros libertos podría ocultar. Cocinando a fuego lento ¿les suena?

Y aunque la inflación bajo a costos altísimos no medidos aún, los realidad insiste que la economía no termina de arrancar, con el consumo estancado, los ingresos congelados y una actividad real que coquetea con la recesión.

El final es desopilante si no fuese para llorar: uno quiere creer que existe una limpieza moral, pero descubre que el cepo existía, sí… solo para los demás. La moraleja: la fe sirve para ir a misa. Para gobernar, lamentablemente, hace falta realidad. A mí no me interesa la fé, me interesa la realidad. 

Seguramente todo será una gran opereta conspirativa, así que tranqui amigo lector votante de LLA.

Como dijo el maestro Alejandro Dolina: “A mí no me interesa creer en Dios, me interesa Dios”. Cambiemos la frase para estos tiempos: a mí no me interesa tener fe en políticos, me interesarían los políticos.

Gente. De una lado de la reja esta la realidad, del otro lado también está la realidad. Lo único irreal es la reja.

Bye bye.

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