Iván Osvaldo Ortega

Mirtha Legrand, la mujer que fue Reina antes de que la coronaran

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A las puertas de sus cien años, España la distingue con la Orden de Isabel la Católica: no para consagrarla, sino para reconocer a una figura que siempre reinó en la cercanía con la gente —y que dejó en Misiones un recuerdo que aún respira.

Hay recuerdos que no se apagan.

En Misiones, todavía persiste —como una escena suspendida en el tiempo— el paso de Mirtha Legrand por la provincia en la década del 90.

No fue una visita más.

Fue una presencia.

Porque hay figuras que se construyen con los años. Y hay otras —mucho más raras— que nacen directamente en el vínculo con la gente. Mirtha pertenece a esta última categoría.

A meses de cumplir cien años, su nombre vuelve a ocupar el centro de la escena, no por nostalgia, sino por continuidad: será distinguida con la Orden de Isabel la Católica, una de las máximas condecoraciones del Reino de España.

Un gesto que no la eleva.

La reconoce.

Porque si algo ha definido a Mirtha Legrand durante toda su vida no es la distancia, sino la cercanía. No es una figura inaccesible. Es, por el contrario, profundamente popular, gestuosa, presente.

Una mujer que entendió desde siempre que el verdadero vínculo con el público no se impone.

Se construye.

En el detalle.
En la mirada.
En el gesto.

Y Misiones lo vivió de cerca.

Participaba del programa Mano a mano con usted, compartía mesas, recorría la vida social y política con una naturalidad que hoy resulta casi irrepetible. Almorzó en la residencia del entonces gobernador Ramón Puerta, dialogó con empresarios, se integró a una escena que la recibía sin solemnidad.

No era una diva distante.

Era una presencia viva.

En ese mismo clima, tuve la oportunidad de conocerla siendo apenas un adolescente. Uno más, en esos primeros pasos en los medios, cuando el entusiasmo suele ser mayor que las certezas.

Podría haber sido un encuentro fugaz.

No lo fue.

Años después, en Buenos Aires, ya como estudiante del Instituto Argentino de Gastronomía Gato Dumas, ese recuerdo se transformó en algo concreto: me reconoció, me dio lugar, me abrió una puerta.

Ese gesto —tan simple, tan natural— fue decisivo.

Porque no se trató sólo de una invitación a su programa, junto a mi colega Nicolás García Díaz, para presentar la apertura del restaurante Croque Madame.

Se trató de algo más profundo.

De validar un camino cuando todavía está en construcción.

De mirar a alguien que empieza.

Y hacerlo visible.

A partir de allí llegaron las repercusiones: notas en La Nación, en El Gourmet y en Cuisine & Vins.

Nada estridente.

Pero sí determinante.

Porque hay gestos que no hacen ruido.

Pero cambian destinos.

También en Misiones, esa cercanía se traducía en hechos: entrevistas a gobernadores como Ricardo Barrios Arrechea, Julio César Humada y el propio Ramón Puerta, almuerzos en vivo por Canal 12 Misiones, encuentros donde la política, la sociedad y los medios se cruzaban sin intermediarios.

Allí no había distancia.

Había conversación.

Y hay algo más —menos visible, pero igual de importante— que merece ser dicho.

La generosidad.

No la que se exhibe.

La que se ejerce en silencio.

Su compromiso con la Casa del Teatro, su cercanía con el Hospital Fernández, y tantas otras acciones que no buscan aplauso, hablan de una mujer que entendió que la visibilidad también implica responsabilidad.

Y la asumió.

Que hoy España la distinga no es un dato menor.

Es, en cierto modo, la confirmación de una evidencia.

La Orden de Isabel la Católica —instituida por Fernando VII— reconoce trayectorias que proyectan cultura e identidad más allá de sus fronteras.

Y Mirtha lo ha hecho durante décadas.

Hay incluso un detalle que no pasa desapercibido: la actual reina de España, Letizia Ortiz, proviene del periodismo.

Del mismo territorio simbólico.

El de la palabra.

El de la escena.

El del vínculo.

Pero más allá de títulos, medallas o comparaciones, lo esencial permanece intacto.

Mirtha Legrand no se convirtió en reina por una condecoración.

Fue reconocida como tal porque, desde siempre, supo ocupar ese lugar.

En la memoria.

En la cercanía.

Y, sobre todo, en el afecto profundo de la gente.

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Posadas, la ciudad que no figura en los planos

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La versión escolar dirá que todo comienza en Trincheras de San José, en 1870, cuando la provincia de Corrientes organiza el territorio tras la Guerra de la Triple Alianza. Es cierto, pero insuficiente. Porque una ciudad no nace cuando alguien la nombra: nace cuando alguien la ordena. Y ese orden —en Posadas— tiene una fecha incómoda: el 30 de mayo de 1879, cuando se funda la Logia Roque Pérez.

No es un detalle. Es una clave.

Y hay un matiz más, que leído con la sensibilidad de la época, no puede pasarse por alto.

La Logia Roque Pérez se funda a fines de mayo. Bajo el signo de Géminis.

Para la mirada estrictamente administrativa, es una fecha más. Para la cultura simbólica del siglo XIX —donde la masonería dialogaba con tradiciones filosóficas, herméticas y, muchas veces, astrológicas—, las fechas no eran neutras.

Géminis representa la dualidad, el intercambio, el vínculo entre partes, la circulación de ideas, la construcción de redes.

Y si hay algo que define a la masonería —y particularmente a la Logia Roque Pérez en Posadas— es justamente eso: la capacidad de tejer vínculos, de articular actores, de conectar poder.

No hace falta afirmar que la fecha fue elegida por razones astrológicas para comprender algo más profundo: la fundación ocurre bajo una simbólica que coincide con la naturaleza misma de la institución.

Una logia en Géminis.
Una red en el signo de las redes.

Y si uno quisiera ir aún más lejos —sin abandonar el rigor—, hay otra imagen que se impone: Géminis, en muchas tradiciones, está asociado a lo doble, a lo gemelar, al umbral, a las columnas que marcan el ingreso a un espacio de conocimiento.

Dos pilares.
Dos accesos.
Dos dimensiones.

Una imagen que, curiosamente, dialoga con la simbología masónica.

Y entonces, la fecha deja de ser un número.

Se vuelve un gesto.

Para entender Posadas hay que volver a la frontera. A ese borde entre Argentina, Paraguay y Brasil, donde el Estado llegaba tarde y el poder necesitaba organizarse igual.

Y ahí aparece una evidencia histórica más amplia, que excede Misiones.

Tras la devastación de la Guerra de la Triple Alianza, el Paraguay quedó prácticamente desmantelado. En ese escenario, las primeras logias paraguayas surgen durante y después del conflicto, muchas bajo influencia brasileña y uruguaya. A partir de allí emergen nombres que no son menores en la reconstrucción institucional del país: José Segundo Decoud, Cecilio Báez, Bernardino Caballero, Juan G. González, Rosendo Carísimo.

La conclusión es incómoda y contundente: la reconstrucción del Paraguay no se hizo solamente desde el Estado formal, sino también desde redes de poder donde la masonería tuvo un papel organizador.

Y ese fenómeno no se detiene en Asunción.

Cruza el río.

En Brasil, particularmente en Río Grande do Sul, figuras como Bento Gonçalves da Silva, David Canabarro y Gaspar Silveira Martins forman parte de una tradición donde la logia no era un ámbito marginal, sino un espacio de articulación política.

Montevideo, Asunción, Porto Alegre.

Y en el medio, como una bisagra:

Posadas.

La Logia Roque Pérez nace exactamente en ese cruce. No como una curiosidad local, sino como una pieza dentro de un sistema regional de poder.

Y ahí vuelve la escena inicial.

Los nombres que aparecen en la logia son los mismos que aparecen en la ciudad: Juan Fernández Olmo, que traza Posadas y preside la logia; Rudecindo Roca, que organiza el territorio; Juan Ramón Madariaga, que construye la salud pública; Francisco Goicochea, Felipe Tamareu, Lázaro Gibaja, Juan José Lanusse, Benjamín Moritán, Arturo Fragueiro.

No son dos historias.

Es la misma.

Y entonces aparece la pregunta que incomoda:
¿la ciudad se diseñó desde el plano… o desde la red?

El trazado urbano de Posadas responde a la cuadrícula clásica: manzanas regulares, ejes rectos, distribución funcional. Pero lo interesante no es la forma, sino quién la ejecuta. El centro histórico —en torno a la plaza 9 de Julio— concentra desde el inicio poder político, comercio, justicia, religión y sociabilidad.

Es decir, el corazón de la ciudad coincide con el corazón del poder.

Y ese poder tenía vínculos.

Si uno recorre hoy esas calles con atención, empiezan a aparecer detalles: fachadas con simetría rigurosa, puertas centrales jerarquizadas, repetición de módulos, proporciones que privilegian equilibrio sobre ornamentación.

No es una estética casual.

Es una forma de pensar la ciudad.

El edificio de la Logia Roque Pérez, en calle Córdoba, no es un dato arquitectónico menor. Es un documento. Su sobriedad, su proporción, su silencio, responden a una lógica donde lo importante no se exhibe: se reconoce.

Las primeras instituciones de Posadas —hospitales, sociedades de beneficencia, escuelas, juzgados— no nacen en el vacío. Nacen impulsadas por hombres que se reconocen entre sí. El Hospital de Caridad, base de la organización sanitaria; la Sociedad de Beneficencia; las primeras bibliotecas; el propio orden municipal: todo responde a una lógica de época que combina filantropía, progreso, disciplina social y sentido de misión.

En ese entramado aparecen también nombres que la historia suele relegar pero que sostuvieron la vida social: Leonor Paunero de Lanusse, Clotilde González de Fernández, Elisa Labat de Barthe. Desde la beneficencia y la educación, esas mujeres consolidaron la otra mitad del orden urbano.

El Cementerio La Piedad completa la escena.

Allí la historia deja de hablar en voz alta y empieza a susurrar. Apellidos que ya vimos en la vida pública reaparecen en mármol. Familias, linajes, jerarquías.

La ciudad también se escribe en sus muertos.

Pero hay un punto donde esa historia se vuelve todavía más visible, y más incómoda.

El edificio actual de la Legislatura de la Provincia de Misiones, en Posadas.

No nació como sede parlamentaria. Su origen está vinculado a la representación de la economía yerbatera y a la necesidad de proyectar una imagen moderna de la provincia. Fue concebido como un espacio simbólico, no solo funcional.

Y en esa concepción aparecen las columnas.

Columnas monumentales.
Clásicas.
Ordenadoras.

En la tradición arquitectónica occidental —y también en la simbología que la masonería adopta— las columnas representan sostén, conocimiento, equilibrio, acceso a un espacio de poder.

No es necesario afirmar que el edificio de la Legislatura sea “masónico”.

Pero sí que habla ese idioma.

Y hay un dato que, lejos de debilitar la lectura, la vuelve más reveladora: no existe una atribución pública, clara y consensuada sobre el arquitecto autor del proyecto original en su etapa fundacional.

Pero sí puede afirmarse algo más importante.

El edificio responde a una tradición arquitectónica estatal de mediados del siglo XX, donde se combinaban monumentalidad, lenguaje clásico reinterpretado, función representativa del poder y una fuerte carga simbólica vinculada a la economía regional.

No es la firma individual lo que explica el edificio.

Es la época.
Es el Estado.
Es la idea de poder que necesitaba ser representada.

Y hay algo más.

La memoria posadeña insiste en que esas columnas del edificio de la Legislatura estuvieron originalmente acompañadas por esculturas monumentales, entre ellas representaciones vinculadas al mundo guaraní, retiradas posteriormente durante la última dictadura militar bajo argumentos de decoro.

Leído en contexto, ese gesto adquiere otra dimensión.

La yerba mate —la economía que ese edificio buscaba representar— fue también el motor de una élite económica que llegó a la región con capital, proyecto y, en muchos casos, con pertenencia a redes de sociabilidad como la masonería.

Nombres como Goicochea o Gibaja no remiten solo a empresarios. Remiten a un entramado donde economía, poder y red de vínculos coincidían.

Entonces, aquellas figuras guaraníticas no eran únicamente una representación cultural.

Eran una puesta en escena.

El territorio.
El origen.
La materia prima.

Frente a las columnas del poder.

Se retiraron las figuras del edificio de la Legislatura.
Quedaron las columnas.

Y eso también dice algo.

Porque las columnas, sin relato, quedan como sostén puro.
Como poder sin explicación.

Si uno mira hoy el edificio de la Legislatura de Misiones con esta clave, empieza a ver otra cosa: la escala institucional, el ritmo repetitivo, la teatralidad del acceso, la distancia que impone.

El edificio no invita.

Ordena.

Y en ese gesto, hay continuidad.

Porque la ciudad que nació de redes de poder termina representando el poder en su arquitectura.

En la avenida Mitre, un reloj marca el tiempo.

Asociado a la acción del Rotary Club, fundado en 1929, expresa una cultura cívica que comparte valores con la tradición masónica: servicio, organización, disciplina social, construcción de ciudad.

No es masonería directa.

Pero pertenece al mismo clima cultural.

Hay, además, un relato que corre por debajo de la ciudad.

Literalmente.

Durante décadas, en Posadas se ha repetido una historia: la existencia de túneles subterráneos que conectarían la Logia Roque Pérez con edificios centrales como la Casa de Gobierno, el Banco Nación y la Catedral.

Aquí el rigor obliga a una precisión incómoda.

No existe, hasta donde puede verificarse públicamente, una prueba documental firme que confirme esa red de túneles.

No hay planos difundidos, ni informes técnicos, ni registros oficiales que lo respalden.

Pero tampoco es un relato que deba descartarse con ligereza.

Porque en Posadas sí hay antecedentes de estructuras subterráneas: túneles antiguos en la zona de la costanera, galerías tapadas, obras de infraestructura que el tiempo fue ocultando.

Y porque, sobre todo, el mito elige bien sus edificios.

La logia.
El gobierno.
El banco.
La iglesia.

La red.
El poder político.
El dinero.
La fe.

Aunque el túnel no exista, la imagen funciona.

Y cuando una imagen persiste en la memoria colectiva, no revela necesariamente un hecho.

Revela una intuición.

Y hay, finalmente, una dimensión económica y social que completa el cuadro.

Posadas no solo fue un nodo político y administrativo.

Fue también un centro de acumulación económica.

El antiguo Hotel Savoy, durante décadas el más lujoso de la región, no era solo un edificio. Era un punto de encuentro. Un espacio donde convergían comerciantes, funcionarios, empresarios, viajeros.

Un escenario donde la ciudad se pensaba a sí misma como capital.

Del mismo modo, gran parte de los edificios más importantes del centro histórico estuvieron en manos de familias como los Barthe, protagonistas de la vida económica y urbana de Posadas.

Aquí el rigor vuelve a imponerse.

No existe documentación concluyente que permita afirmar una pertenencia masónica directa de la familia Barthe.

Pero sí hay una coincidencia que no puede ignorarse.

Las familias que concentraban propiedad, actividad económica y presencia urbana eran, muchas veces, las mismas que orbitaban los espacios de sociabilidad donde se organizaba el poder.

No siempre dentro de la logia.

Pero nunca lejos de ella.

Y hay, finalmente, un hallazgo puntual que refuerza esa idea de capas superpuestas.

En el actual edificio del Concejo Deliberante de Posadas, en 2004, apareció bajo el piso la lápida de una niña: Hilda V. Fernícola, fallecida en 1907 a los seis años.

No estaba enterrada allí. La piedra había sido reutilizada como material constructivo, una práctica habitual en ciudades en formación.

Su familia, los Fernícola, formaba parte de la vida económica de la Posadas de comienzos del siglo XX y había sido propietaria del inmueble.

No hay evidencia que los vincule directamente con la masonería.

Pero sí con algo más importante.

Con la ciudad.

La lápida no prueba nada oculto.

Pero dice algo evidente.

Posadas se construyó sobre capas.

Sobre familias.
Sobre decisiones.
Sobre memorias desplazadas.

La masonería, además, nunca fue local. Desde su organización en Londres en 1717, se expandió como una red global. En América Latina participó en procesos independentistas y en la construcción de los Estados modernos.

Posadas, por su ubicación, se integró naturalmente a esa red.

Y esa red nunca desapareció del todo.

En marzo de 2026, el Gran Maestre de la masonería argentina visitó la ciudad.

No fue un gesto menor.

Fue un reconocimiento.

Entonces, la última pregunta:

¿Esto terminó?

Las ciudades no olvidan cómo fueron hechas.

Y Posadas, si se la mira sin ingenuidad, no es solo una ciudad fundada.

Es una ciudad pensada.

Y toda ciudad pensada
sigue pensando su presente.

Porque en el fondo, Posadas nunca dejó de ser eso:

una ciudad que no figura en los planos
pero que está perfectamente trazada.

*Foto de Portada: Posadas en 1927 | Fotografía de la colección privada de Santiago Manuel Ortega (abuelo del Iván Ortega)

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Cuando el compromiso empieza después

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La promesa de miles de puestos de trabajo en una pastera procesadora de celulosa de pino, en Corrientes, vuelve a abrir una pregunta incómoda —y necesaria—: ¿a quién se representa, en verdad, cuando se habla desde una banca en el Congreso de la Nación?

La cifra seduce. Siempre seduce. Trece mil puestos de trabajo pronunciados con soltura, como si el desarrollo pudiera resumirse en un número redondo, como si bastara con enunciarlo para que se vuelva incuestionable.

El diputado nacional Diego Hartfield eligió ese camino. Celebrar —con tono entre entusiasta y resignado— la posible instalación de una pastera procesadora de celulosa de pino en la vecina provincia de Corrientes. Como si la noticia fuera propia. Como si el impacto no mereciera, al menos, una pausa.

Pero Misiones no escucha esto por primera vez. Misiones no teoriza: recuerda.

Recuerda el olor penetrante de la celulosa, las discusiones ambientales, las tensiones entre producción y preservación. Recuerda, en definitiva, que no todo crecimiento es neutro, ni todo empleo es inocuo.

Y recuerda, sobre todo, algo que a veces se pierde en el vértigo del discurso: que en términos absolutos es la provincia más verde de la Argentina, núcleo de la selva paranaense, un ecosistema que no admite liviandades ni entusiasmos trasladados.

Por eso, cuando se nos habla de oportunidades en otra geografía, la reacción no es de entusiasmo sino de pregunta: ¿qué se está pensando para aquí?

Porque representar no es comentar lo que ocurre en otra provincia. Representar es pensar en la propia.

Se ha dicho —una vez más— que estas inversiones no llegan a Misiones por la presencia de un “Estado empresario” que compite con el sector privado. La frase, cómoda y repetida, omite lo esencial: en territorios donde el mercado no llega, el Estado no desplaza —habilita.

Allí donde no había innovación, apareció la Escuela de Robótica de Misiones. Allí donde la escala privada no encontraba incentivo, el Estado ensayó herramientas para sostener desarrollo, tecnología y oportunidades. No es ideología: es necesidad.

Pero hay algo más —más silencioso, más revelador— que asoma en este debate. Y es la identidad.

Porque representar no empieza el día en que se asume una banca. Empieza mucho antes, en la manera en que uno se reconoce —o no— como parte de un territorio. Durante años, la figura pública de Hartfield circuló en otros ámbitos, con otros códigos, con otra pertenencia: era “el argentino”. Misiones, en ese relato, aparecía poco.

No está mal trascender la aldea. Lo que resulta, cuanto menos, llamativo, es el regreso súbito al terruño cuando la política lo vuelve necesario. Como si la identidad pudiera activarse a demanda. Como si el arraigo fuera un recurso discursivo.

Y entonces aparece la ironía.

De pronto, la preocupación por el empleo irrumpe con urgencia. Se enumeran miles de puestos de trabajo con la liviandad de quien repite una fórmula probada. Pero el desarrollo no es una cifra, ni una promesa que se celebra a la distancia. Es una construcción compleja, situada, que exige algo más que entusiasmo.

Promover empleo no es celebrarlo cuando ocurre en otra provincia.
Es pensarlo aquí. Diseñarlo aquí. Defenderlo aquí.

De lo contrario, la preocupación suena tardía.
Y lo tardío, en política, suele confundirse con lo oportuno.

Los misioneros no esperamos uniformidad de pensamiento. No esperamos adhesión automática. Esperamos algo bastante más exigente: una visión propia, en sintonía con nuestra realidad. Una representación que no se funda en describir lo ajeno, sino en comprender lo propio y transformarlo en agenda.

Porque en democracia, la representatividad no se declama.
Se ejerce.

Y eso —a diferencia de las cifras— no admite atajos.

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Entre el nudo gordiano y la decisión, la política se miró a sí misma en Misiones

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Ayer, en el Salón de las Dos Constituciones de la Legislatura de Misiones, Carlos Rovira reunió a la dirigencia provincial en una escena que excedió la lógica de un encuentro partidario. No fue una cita más. Fue, en todo caso, una pausa deliberada para revisar, ordenar y, sobre todo, pensar. Estuve allí. Y lo que se insinuó no fue solo una reorganización política, sino algo más exigente: la percepción de que hay problemas que ya no admiten ser administrados como si el tiempo no pesara.

Hay imágenes que sobreviven a los siglos porque, cada tanto, encuentran un presente donde encajan con precisión. La del nudo gordiano es una de ellas. En la antigua Frigia, el rey Gordias había dejado su carro atado con una complejidad tal que nadie lograba deshacerla. La promesa era simple: quien resolviera ese enigma dominaría Asia. Hasta que Alejandro Magno comprendió que el problema no era solo el nudo, sino la forma de enfrentarlo, y lo cortó de un tajo. No lo desató: cambió las reglas.

Ayer, en Misiones, esa imagen no fue un recurso ornamental. Funcionó como diagnóstico.

La escena tenía algo de liturgia misionera y algo de examen de conciencia. En la mesa, dirigentes con trayectoria; en el salón, intendentes, referentes, estructuras que sostienen el andamiaje político de la provincia. En el centro, la palabra de Carlos Rovira, con un tono que evitó la épica fácil y se apoyó en una sobriedad poco frecuente.

Se habló de estanflación, con la precisión incómoda de quien nombra lo que ya se vive. Pero el punto no fue el diagnóstico —que cualquiera que pague sueldos o sostenga una actividad conoce—, sino el desplazamiento hacia la acción. La política, se dijo, debe volver a actuar. No a comentar. No a explicar indefinidamente. Actuar.

La consigna “el poder está en la gente” reapareció sin estridencias, casi como una verificación de origen.

Y entonces, el nudo.

Porque lo que se expuso no fue una coyuntura, sino una trama. La crisis de la producción, la concentración en sectores clave, la fragilidad de los pequeños actores, el costo de la energía, la informalidad creciente. Todo forma parte de un mismo entramado. También la política.

Hay un corrimiento que ya no puede negarse: sectores que se alejan, generaciones que no encuentran lugar, una franja —la de los cuarenta y cincuenta— que durante años quedó suspendida entre la experiencia y la renovación. Que hoy vuelva a ser convocada no es un detalle: es una corrección.

Abrirse, en ese sentido, no es diluirse. Es ordenar.

La idea de un “Encuentro Misionero” parece responder a esa necesidad: ensanchar la base, recuperar a los que se fueron, incorporar nuevas miradas sin perder identidad. No es una tarea menor. Supone admitir que el lenguaje político ha perdido capacidad de interpelación y que el vínculo con la sociedad necesita reconstruirse.

En paralelo, asoma otro fenómeno. Expresiones nuevas que capturan malestar y promesa de ruptura, pero que todavía no terminan de traducirse en una estructura sólida ni en una idea clara de provincia. La novedad, por sí sola, no constituye un proyecto. La diferencia, sin sustancia, se agota.

En ese contexto, la política provincial parece enfrentarse a una disyuntiva menos retórica de lo que suena: administrar el nudo o resolverlo.

Resolver, en este caso, no implica gestos intempestivos ni simplificaciones. Implica elegir. Priorizar. Corregir. Asumir que hay problemas que ya no admiten tratamientos graduales. Que el tiempo de las explicaciones se acorta y el de las decisiones se vuelve urgente.

El nudo existe. Está en la economía, en la producción, en la representación.

La pregunta es otra.

Si se lo sigue rodeando… o si alguien, finalmente, decide cortarlo.

Salí esperanzado, es cierto, sin un entusiasmo ingenuo. Con esa mezcla rara —y necesaria— de quien conoce las dificultades pero advierte, aun así, un gesto distinto.

A veces, en países como el nuestro, no es poco que la política se detenga, se mire y nombre el problema sin rodeos.

Lo demás vendrá después.

Si esa conciencia se traduce en decisiones que ordenen, corrijan y alivien la vida concreta de los misioneros, la metáfora habrá valido la pena. Si no, quedará como tantas otras: precisa, elegante, pero incapaz de torcer la realidad.

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Mario Wilde, la firmeza de la palabra

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Docente, periodista y hombre de redacción, formó parte de una generación que atravesó el cambio del papel a lo digital sin perder el oficio. Falleció esta mañana.Fue compañero de trabajo de mi padre. En 2006 le tocó despedirlo. Hoy, el turno es otro.

Hubo un tiempo en que escribir no era reaccionar, sino sostener. Y en ese tiempo se formó Mario Wilde.

Su muerte no cierra solo una trayectoria personal. Señala, también, el repliegue de una forma de ejercer el periodismo en Misiones: la de quienes aprendieron el oficio cuando cada línea tenía consecuencias, y cada edición se jugaba, entera, en una hoja de papel.

Wilde integró esa generación. La de las redacciones donde la noticia se pensaba antes de publicarse, donde la corrección era previa, no posterior, y donde lo escrito debía sostenerse sin posibilidad de rectificación inmediata. Era un tiempo más lento, sí, pero también más exigente.

Ahí se formaron.
Ahí trabajaron.

Y, a diferencia de otros, no quedaron detenidos en ese mundo.

Wilde fue parte de la transición. Vio cómo la tecnología alteraba los ritmos, cómo la velocidad desplazaba a la pausa, cómo la lógica digital modificaba, incluso, la jerarquía de lo noticioso. No todos atravesaron ese cambio con la misma consistencia.

Él sí.

No desde la adaptación superficial, sino desde algo más difícil de sostener: el criterio.

No era un periodista ornamental. Tampoco buscaba agradar. Había en su manera de decir una firmeza que podía resultar áspera, pero que nunca caía en la vaciedad. Esa forma directa —sin rodeos, sin concesiones— es la que hoy, a la distancia, adquiere valor.

En la redacción, ese carácter también se filtraba en los detalles. Mientras muchos resolvían su apellido con un apuro fonético —“Wilde”—, mi padre insistía, siempre, en pronunciarlo “Waild”. No era una corrección académica. Era, en todo caso, una forma de reconocer al otro en su singularidad, incluso en lo mínimo.

Son escenas menores. Pero, en el periodismo, muchas veces, lo que define a una generación no son los grandes títulos, sino esos gestos.

Como también lo fue aquella escena en mi casa, en una de las reuniones que organizaba mi madre, Numy Silva y que convocaban a buena parte de la prensa misionera. Una fiesta de disfraces cuya consigna había sido levantada a último momento. No todos recibieron el aviso.

Wilde y su esposa llegaron disfrazados.

No hubo corrección, ni incomodidad exagerada. Sostuvieron la situación con naturalidad. Sin explicaciones. Sin necesidad de acomodarse.

Ese tipo de escenas, con el tiempo, dicen más que cualquier definición.

En 2006 le tocó escribir sobre mi padre. Lo hizo con la sobriedad de quien conoce el oficio y no necesita subrayarlo.

Hoy la escena se invierte.

Pero no se trata de repetir aquel gesto, ni de responderlo.

Se trata, en todo caso, de señalar lo que queda.

Y lo que queda no es solo el recuerdo personal. Queda una forma de entender el periodismo, en un momento donde esa forma ya no es predominante.

Porque Wilde perteneció a una generación que no solo sobrevivió a los cambios: los atravesó, sin perder su eje.

Eso —en estos tiempos— no es poco.

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