Iván Osvaldo Ortega

Entre el nudo gordiano y la decisión, la política se miró a sí misma en Misiones

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Ayer, en el Salón de las Dos Constituciones de la Legislatura de Misiones, Carlos Rovira reunió a la dirigencia provincial en una escena que excedió la lógica de un encuentro partidario. No fue una cita más. Fue, en todo caso, una pausa deliberada para revisar, ordenar y, sobre todo, pensar. Estuve allí. Y lo que se insinuó no fue solo una reorganización política, sino algo más exigente: la percepción de que hay problemas que ya no admiten ser administrados como si el tiempo no pesara.

Hay imágenes que sobreviven a los siglos porque, cada tanto, encuentran un presente donde encajan con precisión. La del nudo gordiano es una de ellas. En la antigua Frigia, el rey Gordias había dejado su carro atado con una complejidad tal que nadie lograba deshacerla. La promesa era simple: quien resolviera ese enigma dominaría Asia. Hasta que Alejandro Magno comprendió que el problema no era solo el nudo, sino la forma de enfrentarlo, y lo cortó de un tajo. No lo desató: cambió las reglas.

Ayer, en Misiones, esa imagen no fue un recurso ornamental. Funcionó como diagnóstico.

La escena tenía algo de liturgia misionera y algo de examen de conciencia. En la mesa, dirigentes con trayectoria; en el salón, intendentes, referentes, estructuras que sostienen el andamiaje político de la provincia. En el centro, la palabra de Carlos Rovira, con un tono que evitó la épica fácil y se apoyó en una sobriedad poco frecuente.

Se habló de estanflación, con la precisión incómoda de quien nombra lo que ya se vive. Pero el punto no fue el diagnóstico —que cualquiera que pague sueldos o sostenga una actividad conoce—, sino el desplazamiento hacia la acción. La política, se dijo, debe volver a actuar. No a comentar. No a explicar indefinidamente. Actuar.

La consigna “el poder está en la gente” reapareció sin estridencias, casi como una verificación de origen.

Y entonces, el nudo.

Porque lo que se expuso no fue una coyuntura, sino una trama. La crisis de la producción, la concentración en sectores clave, la fragilidad de los pequeños actores, el costo de la energía, la informalidad creciente. Todo forma parte de un mismo entramado. También la política.

Hay un corrimiento que ya no puede negarse: sectores que se alejan, generaciones que no encuentran lugar, una franja —la de los cuarenta y cincuenta— que durante años quedó suspendida entre la experiencia y la renovación. Que hoy vuelva a ser convocada no es un detalle: es una corrección.

Abrirse, en ese sentido, no es diluirse. Es ordenar.

La idea de un “Encuentro Misionero” parece responder a esa necesidad: ensanchar la base, recuperar a los que se fueron, incorporar nuevas miradas sin perder identidad. No es una tarea menor. Supone admitir que el lenguaje político ha perdido capacidad de interpelación y que el vínculo con la sociedad necesita reconstruirse.

En paralelo, asoma otro fenómeno. Expresiones nuevas que capturan malestar y promesa de ruptura, pero que todavía no terminan de traducirse en una estructura sólida ni en una idea clara de provincia. La novedad, por sí sola, no constituye un proyecto. La diferencia, sin sustancia, se agota.

En ese contexto, la política provincial parece enfrentarse a una disyuntiva menos retórica de lo que suena: administrar el nudo o resolverlo.

Resolver, en este caso, no implica gestos intempestivos ni simplificaciones. Implica elegir. Priorizar. Corregir. Asumir que hay problemas que ya no admiten tratamientos graduales. Que el tiempo de las explicaciones se acorta y el de las decisiones se vuelve urgente.

El nudo existe. Está en la economía, en la producción, en la representación.

La pregunta es otra.

Si se lo sigue rodeando… o si alguien, finalmente, decide cortarlo.

Salí esperanzado, es cierto, sin un entusiasmo ingenuo. Con esa mezcla rara —y necesaria— de quien conoce las dificultades pero advierte, aun así, un gesto distinto.

A veces, en países como el nuestro, no es poco que la política se detenga, se mire y nombre el problema sin rodeos.

Lo demás vendrá después.

Si esa conciencia se traduce en decisiones que ordenen, corrijan y alivien la vida concreta de los misioneros, la metáfora habrá valido la pena. Si no, quedará como tantas otras: precisa, elegante, pero incapaz de torcer la realidad.

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Mario Wilde, la firmeza de la palabra

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Docente, periodista y hombre de redacción, formó parte de una generación que atravesó el cambio del papel a lo digital sin perder el oficio. Falleció esta mañana.Fue compañero de trabajo de mi padre. En 2006 le tocó despedirlo. Hoy, el turno es otro.

Hubo un tiempo en que escribir no era reaccionar, sino sostener. Y en ese tiempo se formó Mario Wilde.

Su muerte no cierra solo una trayectoria personal. Señala, también, el repliegue de una forma de ejercer el periodismo en Misiones: la de quienes aprendieron el oficio cuando cada línea tenía consecuencias, y cada edición se jugaba, entera, en una hoja de papel.

Wilde integró esa generación. La de las redacciones donde la noticia se pensaba antes de publicarse, donde la corrección era previa, no posterior, y donde lo escrito debía sostenerse sin posibilidad de rectificación inmediata. Era un tiempo más lento, sí, pero también más exigente.

Ahí se formaron.
Ahí trabajaron.

Y, a diferencia de otros, no quedaron detenidos en ese mundo.

Wilde fue parte de la transición. Vio cómo la tecnología alteraba los ritmos, cómo la velocidad desplazaba a la pausa, cómo la lógica digital modificaba, incluso, la jerarquía de lo noticioso. No todos atravesaron ese cambio con la misma consistencia.

Él sí.

No desde la adaptación superficial, sino desde algo más difícil de sostener: el criterio.

No era un periodista ornamental. Tampoco buscaba agradar. Había en su manera de decir una firmeza que podía resultar áspera, pero que nunca caía en la vaciedad. Esa forma directa —sin rodeos, sin concesiones— es la que hoy, a la distancia, adquiere valor.

En la redacción, ese carácter también se filtraba en los detalles. Mientras muchos resolvían su apellido con un apuro fonético —“Wilde”—, mi padre insistía, siempre, en pronunciarlo “Waild”. No era una corrección académica. Era, en todo caso, una forma de reconocer al otro en su singularidad, incluso en lo mínimo.

Son escenas menores. Pero, en el periodismo, muchas veces, lo que define a una generación no son los grandes títulos, sino esos gestos.

Como también lo fue aquella escena en mi casa, en una de las reuniones que organizaba mi madre, Numy Silva y que convocaban a buena parte de la prensa misionera. Una fiesta de disfraces cuya consigna había sido levantada a último momento. No todos recibieron el aviso.

Wilde y su esposa llegaron disfrazados.

No hubo corrección, ni incomodidad exagerada. Sostuvieron la situación con naturalidad. Sin explicaciones. Sin necesidad de acomodarse.

Ese tipo de escenas, con el tiempo, dicen más que cualquier definición.

En 2006 le tocó escribir sobre mi padre. Lo hizo con la sobriedad de quien conoce el oficio y no necesita subrayarlo.

Hoy la escena se invierte.

Pero no se trata de repetir aquel gesto, ni de responderlo.

Se trata, en todo caso, de señalar lo que queda.

Y lo que queda no es solo el recuerdo personal. Queda una forma de entender el periodismo, en un momento donde esa forma ya no es predominante.

Porque Wilde perteneció a una generación que no solo sobrevivió a los cambios: los atravesó, sin perder su eje.

Eso —en estos tiempos— no es poco.

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Cayetana, la reina que no fue y la duquesa que fue demasiado

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Es realmente asombroso, permítame decirlo, cómo la historia a veces se concentra en una sola biografía, con una intensidad que desafía cualquier lógica. Hoy quiero rescatar a una mujer que fue, en sí misma, un archivo viviente de la nobleza europea, pero que sobre todo fue una mujer que decidió, en tiempos de silencios obligados, vivir como le dio la gana. Me refiero, claro, a María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva.

La Duquesa de Alba no fue solo la decimoctava titular de su casa; fue, según el Libro Guinness de los récords, la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Española. Cinco veces duquesa, dieciocho veces marquesa, veinte veces condesa. Una acumulación de honores que, sin embargo, no lograron sepultar a la mujer de carne y hueso que se escondía tras el protocolo.

Muchos se preguntan por esa leyenda de “la reina que no pudo ser”. Cayetana poseía el título de Duquesa de Berwick, lo que le otorgaba una legitimidad histórica que algunos estudiosos vinculan incluso con derechos sobre el trono de Escocia. Se decía, con ese aire de misterio que tanto nos gusta desentrañar, que si Escocia se independizaba, ella podría haber reclamado una corona. Pero ella prefirió su corona de flores en el pelo y el suelo de Sevilla.

Es inadmisible que nos quedemos solo con la caricatura de sus últimos años. Cayetana fue una mujer de una cultura refinadísima, amiga de Churchill, retratada por los grandes, y alguien que custodió con un celo admirable uno de los patrimonios históricos más importantes de España. Pero también fue la transgresora que se casó tres veces, la última desafiando a sus propios hijos y a las convenciones de una sociedad que todavía se escandaliza por el amor en la madurez.
Recuerdo aquellas imágenes de ella bailando descalza en su boda con Alfonso Díez. Había allí una lección de libertad que trasciende los linajes. Cayetana demostró que se puede tener todo —castillos, Goya, esmeraldas imperiales— y, aun así, conservar lo más valioso: la soberanía sobre el propio destino. Poseía los derechos de sangre de Cristóbal Colón . Y dono joyas invaluables históricas a la Virgen de la Macarena, para adornarla.

¿Fue “demasiado” duquesa? Quizás. Pero en un mundo de grises y de tibiezas, una personalidad tan arrolladora, tan “muy noble de corazón” como dijeron en su despedida, se agradece. Porque al final del día, lo que queda no son los pergaminos, sino la huella de una mujer que no permitió que el peso de su pasado le impidiera caminar hacia su propio futuro.

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Lo que se come en las Fiestas bajo la lupa

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A nivel nacional, la crisis se refleja con claridad en la alimentación de las Fiestas de fin de año. No porque falten alimentos, sino porque el recorrido que hacen hasta llegar al plato se volvió largo, costoso y desconectado de su origen. En Misiones, en cambio, las políticas públicas de cercanía, las ferias francas y el comercio justo sostienen un modelo que funciona como excepción.

Hay crisis que se anuncian con estadísticas y otras que se comprueban en la cocina. La de este fin de año pertenece a la segunda categoría. Se compra menos, se reemplazan productos, calidad y se resignan platos tradicionales. No por falta de ganas de celebrar con lo tradicional, sino porque el precio final perdió relación con el valor real de los alimentos.

La gastronomía del nordeste ayuda a entenderlo. Platos como la sopa paraguaya, la torta de choclo o la chipa, nacieron de una lógica económica simple y eficiente: queso, huevos, leche y maíz. Antes que símbolos identitarios, fueron soluciones prácticas en su origen. Economía doméstica inteligente, basada en la cercanía y la disponibilidad.

La paradoja actual es evidente. En gran parte del país, esos mismos alimentos hoy resultan caros, incluso inaccesibles. Las recetas no cambiaron; cambió la estructura que las rodea. Entre quien produce y quien consume se acumularon intermediarios, costos financieros y márgenes superpuestos que encarecen lo esencial.

En nuestra provincia, el escenario es distinto. No porque la crisis no exista, sino porque la cadena productiva se organiza de otra manera. Los pequeños productores, los mercados concentradores barriales y los circuitos cortos de comercialización, sostenidos por acciones públicas desde hace décadas, funcionan como corrección concreta a esa distorsión.

Aquí, la distancia entre producir y consumir se reduce. El productor vende lo que produce; el consumidor paga lo que entiende. El precio recupera lógica. No se trata de romanticismo ni de folklore económico, sino de una decisión política sostenida en el tiempo.

Gracias a ese modelo, la identidad misionera no se conserva como relato, sino como práctica cotidiana. Comer sigue siendo un acto cercano. Las Fiestas no dependen exclusivamente de una góndola construida lejos del territorio, ni de precios ajenos a la producción local.

Esta comparación, no niega la crisis: la explica. Mientras a nivel nacional, el encarecimiento expone una estructura que excluye, En nuestro terruño, esa misma estructura, organizada con otros criterios, funciona. Sosteniendo además de manera genuina: la tradición, lo cultural y la identidad primigenia.

Porque cuando la mesa nacional entra en crisis, el problema queda expuesto. Y en Misiones, esa exposición no señala una carencia, sino una elección.

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Argentina mejora en números, pero empeora en la mesa

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El Gobierno nacional, celebra porcentajes mientras la calle mastica realidad, salarios que no alcanzan y energía, que se raciona; y una pobreza que baja en gráfica, pero, no en el plato donde todavía se come con calculadora y se vive con la luz justa

Argentina, acaba de anunciar una caída en la pobreza, medida por estadísticas oficiales, que muestran entusiasmo en los despachos porteños y números que descienden, como si la crisis, le hubiera aflojado el cuello al país.

La administración nacional, exhibe el dato como bandera de victoria técnica, y lo instala en titulares que fluyen con disciplina fiscal y tono celebratorio.

Sin embargo, la realidad doméstica dibuja una escena menos brillante que la planilla de Excel

En la cocina argentina el menú popular se simplifica ante cada aumento, el asado cede el lugar a la olla de lentejas, el pollo se reparte en porciones más pequeñas, la fruta se compra cuando se puede y nunca cuando se quiere.

La pobreza baja según los informes, pero no baja en el supermercado ni en la factura de luz, ni en el costo de una garrafa, que muchas familias comparten para estirar el calor.

Se enciende un solo ambiente, se ilumina lo necesario se cocina para dos días, porque el gas vale tanto como el pan.

El Gobierno sostiene que la tendencia es positiva, la macro acompaña y el déficit ordenado, permite proyectar una recuperación estable.

La vereda responde con otra música una música gastada, pero honesta, la música del bolsillo que se defiende con uñas huertas y compras vecinales de harina y verdura.

Argentina deja el lujo en la puerta, para sostener lo elemental, comer, dormir, calentar

España conoce ese olor a recorte y supervivencia, esa sensación de estadísticas exitosas, frente a vidas que no lo son tanto, por eso la fotografía argentina resuena en Madrid, como advertencia y espejo.

La mejora existe, sí, pero existe en un país, que todavía come ajustado y camina ajustado; respira ajustado.

El desafío no es que la pobreza baje en el PowerPoint, sino que baje en la mesa, en la heladera, en la factura que se paga a fin de mes; ahí donde la política deja de ser discurso y pasa a ser vida.

Argentina mejora en números, pero empeora en la mesa y en esa contradicción; late el destino futuro, de un país que sabe sobrevivir, pero aún espera vivir mejor.

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